¡Que Los Dioses Nos Ayuden!: Religiones, Ritos Y Supersticiones De La Antigua Roma — Néstor F. Marqués / by Néstor F. Marqués (spanish book edition)

Una historia entretenida y con verdadero rigor histórico. Siguiendo la estela de sus anteriores publicaciones, nos adentra de nuevo en el seno de la Antigua Roma para desvelarnos esta vez sus incontables mitos y leyendas. La religión, es un tema apasionante para cualquier amante de la antigua Roma.

La religiosidad griega y la romana eran en realidad muy diferentes, incluso sin tener en cuenta la propia mitología griega, si es que podemos nombrarla de forma unívoca y en singular, puesto que la componían numerosas tradiciones diferentes. Estas, en ocasiones, llegaban hasta el extremo de ser diametralmente opuestas y contradictorias entre sí, sin que aquello realmente supusiera un problema.
Pero, ¿por qué digo que la religiosidad griega y la romana son tan diferentes? ¿Acaso no compartían los mismos dioses? ¿Nos mintieron de pequeños cuando nos contaron que Júpiter no era más que Zeus con otro nombre? Por supuesto, tendremos tiempo de resolver, a lo largo de las páginas de esta primera parte, esas y otras dudas que te pueden estar surgiendo.
Como cristianos que somos la mayoría de nosotros —incluso aunque solo sea culturalmente, claro está, por haber crecido en una sociedad fundamentada durante siglos en esta religión—, tenemos implantado el sesgo creacionista que heredamos, de forma común con los griegos, de tradiciones orientales antiquísimas. No podemos concebir no pensar en los orígenes remotos, la creación, el principio de las cosas. Incluso eliminando a los dioses de la ecuación, como tantas veces sucede en nuestro mundo actual…
Si todos los pueblos con raíz indoeuropea, e incluso algunas culturas no indoeuropeas —incluyendo, por ejemplo, una tan cercana a la romana como la etrusca—, comparten la idea de los mitos creacionistas del universo, ¿por qué los romanos no lo hacen? Este tipo de ausencias son tan importantes para conocer la historia como las presencias.
Una posible explicación de la investigación tradicional para esta pregunta se basó en la idea de que aquellos primeros romanos sí tuvieron mitos cosmogónicos, teogónicos y antropogónicos, pero los olvidaron. La transmisión oral hizo que, en algún momento, esos mitos comunes se perdieran y que las generaciones sucesivas no fuesen capaces de plasmarlos por escrito. Realmente es una explicación lógica.
Desde los albores de su existencia como civilización, los romanos tuvieron muy claro que su papel tenía que ser, necesariamente, trascendental y transformador. No en vano se consideraban a sí mismos descendientes de los dioses a través de Eneas el dárdano, hijo de Venus, que tras la destrucción de la ciudad de Troya surcó el mar hasta llegar al Lacio (Latium, en latín), la tierra prometida en la que nacería la nueva estirpe romana. Desde la ciudad de Lavinio (lat. Lavinium).

A diferencia de los mitos griegos, centrados en los orígenes universales, los de los romanos eran, como hemos comprobado, mucho más humanos. El origen que les interesaba era el de la ciudad y los ciudadanos. Aun así, la épica que muestra la raíz legendaria del pueblo romano no tiene nada que envidiar a la de cualquier otra civilización. No fueron los primeros en creer que su historia era la del pueblo elegido por los dioses, que les habían guiado hasta la tierra prometida. Lo que sí es cierto es que el paso de los siglos terminaría por darles la razón, a los romanos y a sus dioses.
Unos dioses a los que estos primeros romanos rendían culto sin preocuparse tampoco de cuándo habían surgido o de cómo eran sus vidas antes de recibir la veneración por su parte. De hecho, el dies natalis —día del nacimiento— de las divinidades romanas se celebraba cada año en el día de la dedicatio —inauguración— del templo en el que se les comenzaba a rendir culto.
Los mitos originalmente romanos, ahora ya podemos verlo con claridad, tienen como protagonistas a los propios romanos y como punto central la fundación de la ciudad eterna: Roma. Estas son las leyendas que fueron transmitiéndose a través de los siglos; primero de boca en boca y más adelante, seguramente ya desde el siglo IV y especialmente en el III a. C., fijadas en los volúmenes de papiro. Las distintas versiones del mito fundacional romano, que divergen ampliamente en elementos importantes de la trama, por fin llegan a un mismo desenlace: el rito fundacional de Rómulo.

Según la tradición romana, Júpiter, soberano de los dioses, asentía con la cabeza cuando tomaba una decisión en firme para demostrar su poder y su voluntad divina. A partir de ese gesto seguro y afirmativo, que llenaba todo con su poder, creían los romanos que había surgido la palabra numen, cuya raíz significa literalmente ‘asentir con la cabeza’ y, de forma figurada, ‘ordenar o mostrar la voluntad’. De ahí que el numen —numina en plural— fuera realmente el poder o la voluntad divina de los dioses romanos.
En la antigua Roma existían numerosísimas divinidades a las que venerar. Tantas, seguramente, como acciones se podían realizar.
Pero si había una asociación de divinidades que sobresalía en el mundo romano por encima de todas las demás, esta era la tríada capitolina. Podemos vislumbrar que tal vez en los tiempos más arcaicos existiera una tríada compuesta por Júpiter, Quirino y Marte, los dioses que en adelante fueron representados por tres de los sacerdotes más importantes del mundo religioso romano —los llamados flamines maiores—. De ser así, aunque realmente no es más que una conjetura, podrían representar a los tres estamentos arcaicos romanos: Júpiter se asimilaría con los sacerdotes, Quirino con los guerreros y Marte con los agricultores. En cualquier caso, si realmente existió, pronto dio paso al archiconocido trío que nos ocupa.
La tríada capitolina estaba conformada por Júpiter —dios supremo del mundo—, Juno —su fiel esposa y matrona— y Minerva, hija del primero. Esta última era la protectora de ciudades, un papel similar al de la diosa Atenea.
Es evidente que los romanos contaban con una cantidad ingente de divinidades, algunas muy especializadas en pequeños detalles de la vida de los mortales y otras, de gran prestigio, que aglutinaban en sí muchos atributos de importancia. Pero, realmente, todo lo que ya hemos comentado no es más que el producto de la propia recreación que los romanos hacían de sus orígenes y de la interpretación divina que daban a todos los aspectos de su día a día.

Pero no fue hasta el siglo VII a. C. cuando se produjo un cambio de mentalidad que sería crucial para el desarrollo de la posterior religiosidad romana. Este momento fundamental está fosilizado en el tiempo en el yacimiento de Sátrico (lat. Satricum), un pequeño asentamiento en el Lacio, a unos cincuenta kilómetros al sureste de Roma saliendo por la Via Appia.
En él encontramos los mismos pozos rituales de ofrendas en los que ya nos habíamos fijado, que incluyen además el depósito ritual de huesos de cordero, ternera y cerdo, lo que muestra que la comunidad seguramente realizaba banquetes donde el vino, que había llegado a Italia hacia el siglo IX a. C., sería protagonista. Y, sin embargo, en este yacimiento se ha encontrado un elemento que lo cambiaría todo. Junto al pozo, la comunidad construyó una estructura techada identificada como una verdadera precursora de lo que más adelante serían los templos.

La hepatoscopia ya era practicada en el segundo milenio a. C. por los babilonios, pero para los etruscos se convirtió en la forma de adivinación más precisa posible. Su éxito era tal que terminó por extenderse también entre los romanos, convirtiéndose en uno de los elementos más importantes de su sistema religioso. Esta extraña forma de interpretación ritual del futuro era transmitida por los arúspices —especialistas en esta disciplina— de generación en generación. Tenemos la suerte de que en 1877 se halló en la ciudad de Piacenza una pieza de bronce etrusca —realizada ya bajo dominio romano, pues está fechada en el siglo II a. C.— que representa precisamente, a tamaño natural, un hígado de animal, empleado con toda probabilidad como modelo de aprendizaje y referencia. En él están marcadas diferentes divisiones con nombres de divinidades. En concreto, cuenta con dieciséis nombres rodeando el borde exterior de la pieza y otras veinticuatro en el interior, junto a dos más en la parte inferior.
La adivinación se realizaba revisando con atención los posibles defectos que podía contener la superficie del hígado, el tamaño de las diferentes partes o su forma. Dependiendo de lo que se descubriera, se interpretaba en clave positiva o negativa y, atendiendo a la zona en la que se localizase, se podía asociar dicha actitud a una divinidad concreta.
Entre los dioses más importantes que aparecen en el hígado de Piacenza destaca Tin o Tinia, el portador del rayo y el conciliador de los dioses, representado en muchas ocasiones con barba y un aspecto venerable, que podemos asociar fácilmente con Zeus, Júpiter o Yahvé. Aun así, también se le podía representar joven y sin barba. Por otro lado, el rayo, uno de los elementos fundamentales de la religión etrusca, no era suyo en exclusiva, pudiendo ser usado también por otras divinidades, un dato diferenciador más que moldea la opinión que deberíamos estar formándonos sobre las interpretaciones de las divinidades en diferentes culturas.
Es interesante pensar en la enorme cantidad de dudas e incógnitas que todavía quedan por despejar en el mundo etrusco a pesar de ser un pueblo que influyó tanto en la idiosincrasia de los romanos, en especial en materia de consultas adivinatorias. Quizá precisamente porque muchas veces solo sabemos de ellos lo que nos contaron los autores de la antigua Roma, más allá de los fundamentales datos arqueológicos, la visión que tenemos de los etruscos queda algo deformada. Aun así, los conocimientos que hemos adquirido en estas páginas serán fundamentales para comprender más adelante los orígenes de algunos puntos clave de la religión romana que se desarrollaron a partir de ellos.

Poco a poco la sociedad romana fue asimilando la influencia griega como algo positivo, entroncando con el conocimiento de las poderosas divinidades del pasado griego. Aunque, en realidad, la mayoría de romanos tomaban la literatura griega no tanto como un elemento religioso sino como una forma más de arte que, de igual modo que cualquier novela de hoy en día, no trataba de reflejar la realidad —o, al menos, no hacía de ello su razón de ser— sino más bien de entretener, dentro de una ficción dramatizada, a quienes leían los textos o asistían como público a las representaciones teatrales —incluyendo entre ellos, por supuesto, a los propios dioses romanos—.
En este contexto de fuerte intercambio cultural se hizo cada vez más patente la necesidad de intentar equiparar entre sí a las divinidades procedentes de las diferentes culturas. Ya sabemos que los romanos pensaban que existían una serie de poderes divinos universales que, solo con el paso del tiempo, los mortales habían ido descubriendo. Por un lado, los elementos más destacados y reconocibles del mundo natural, como el sol, la tierra o la luna, eran siempre los mismos para todos los pueblos, y eran ellos los que les daban nombre en sus diferentes lenguas. Helios, Usil o Sol representan el mismo concepto físico elemental, común a todas las culturas de la antigüedad.
Pero hay muchos otros casos en los que no sucedía así. Las divinidades, especialmente las que habían adquirido más de un atributo, no solían coincidir a la perfección entre culturas. De ahí que fuera necesario establecer una «traducción»razonable entre ellas. El problema era que realmente aquel proceso no funcionaba como una especie de «traductor automático» de divinidades —como se suele plantear en la actualidad de forma despreocupada—, puesto que tenía un importante grado de incertidumbre y arbitrariedad.

Las antiguas leyes romanas determinaban con claridad todo lo relacionado con la vida en comunidad, también en lo referente al mundo religioso. A pesar de estar escritas en grandes placas de bronce para que quien quisiera pudiera consultarlas, la historia nos enseña muy a menudo que el paso del tiempo es cruel y pocas veces nos permite conservar vestigios como estos. En nuestro caso, las leyes sacerdotales romanas podemos conocerlas solo gracias a autores como Cicerón, que transcribieron algunos de sus puntos más importantes en sus obras.
No sería hasta el período imperial cuando aparecerían nuevos sacerdotes y se produciría un desarrollo todavía mayor del sistema religioso romano con la inclusión del culto a los emperadores divinizados. Pero por ahora, y a través de algunos de los ejemplos más interesantes y sorprendentes que hemos conservado de la Roma de hace más de dos mil años, vamos a hablar en detalle de todos los sacerdotes que ya hemos conocido y, especialmente, de sus funciones dentro de los tres campos en los que Cicerón dividió la religión romana: ritos, auspicios y presagios.

PONTÍFICES
Su nombre latino significa literalmente ‘constructores de puentes’ —de pons, puente, y facere, hacer o construir—, por lo que la tradición romana opinaba que se les llamaba así porque fueron ellos quienes construyeron el llamado puente Sublicio, el primero que se situó sobre las aguas del río Tíber. Se trataba de un puente sagrado hecho completamente de madera que debía ser reparado y reconstruido cada cierto tiempo. Eran los pontífices quienes, una vez reconstruido, lo volvían a sacralizar.
Aun así, había otras teorías antiguas como la que relacionaba su nombre no con pons sino con posse —poder—, bien porque ellos eran los únicos que podían hacer que los rituales fueran correctos, bien porque los dioses, a los que ellos servían, eran poderosos. Ni que decir tiene que todas estas etimologías son completamente falsas. No pasan de puras especulaciones populares sin un respaldo real.
Parece posible pensar que realmente se trataba, en los tiempos más arcaicos de su existencia, de hombres sabios, encargados de dirimir, por su prestigio, los asuntos que podían afectar a los miembros de la comunidad.
En definitiva, los pontífices se encargaban de conectar el pasado con el presente y el futuro a través de la legislación de los ritos religiosos, de la legitimidad y del poder de su cargo y no menos aún del recuerdo y de la documentación del pasado, como modelo de lo que estaba por venir.
No en vano los sacerdotes más importantes de la religión romana formaban parte también de esta agrupación. Entre ellos encontramos a los tres flamines maiores, dedicados al culto individual de tres divinidades fundamentales —Júpiter, Marte y Quirino—, al rex sacrorum, una figura arcaica que representaba las funciones religiosas de los antiguos reyes romanos, y al ya mencionado pontifex maximus, el director de orquesta de este gran grupo sacerdotal. Además, estaban asociados al collegium, aunque no eran realmente miembros del mismo, las vírgenes vestales, protectoras del fuego sagrado de Vesta, los doce flamines minores, dedicados al culto a otras divinidades de menor relevancia —que tal vez formaran en tiempos arcaicos su propia asociación, que quedó absorbida—, y los escribas, encargados de transcribir todos los documentos del collegium.

Los romanos, en realidad, despreciaban cualquier ritual que se acercara a lo que podemos interpretar como un sacrificio humano a los dioses. Este es otro de los motivos por los que a las vestales impías se las dejaba morir «por sí solas» y sin que nadie tuviera nada que ver con aquello. Por supuesto, se creía que había magos y brujas que sacrificaban niños pequeños, pero eso es algo que entraba dentro de lo esperable —fuera o no real— en correspondencia con sus prácticas superstitiosas, que se exageraban para mostrar el barbarismo e involución de estos individuos desviados frente a las prácticas tradicionales romanas.
Al fin y al cabo, un sacrificio humano no era más que la deformación del sacrificio animal. Tal vez en tiempos arcaicos se recurriera a víctimas humanas —hostiae humanae—, pero su sacrificio, si aceptamos esta idea, se fue sustituyendo paulatinamente por el de animales. Existen indicios que apuntan a que tanto los etruscos como los romanos realizaron sacrificios humanos en sus etapas más remotas.

Pantheon en griego significa ‘todos los dioses’. Esta estructura circular, según Dión Casio, recibió este nombre tal vez por contener en su interior estatuas de culto de diversos dioses, quizá los dii consentes —incluyendo también al divino Julio César— o, más bien, porque su cúpula representaba los cielos donde habitaban todos los seres divinos. Lo cierto es que poco sabemos del edificio dedicado por Agripa puesto que, a pesar de la inscripción que todavía puede leerse —con letras de bronce modernas—, la estructura visible hoy en día es muy posterior. Parece ser que el Panteón quedó destruido en el gran incendio de Roma del año 80 y Domiciano ordenó su rehabilitación. Más adelante, tras ser alcanzado por un rayo durante el reinado de Trajano, tuvo que ser reconstruido —aunque no sabemos en qué medida— y finalmente Adriano lo completó y colocó una inscripción dedicatoria en honor de Agripa. A comienzos del siglo III sufrió una nueva restauración, acometida por Septimio Severo y su hijo Caracalla, y posteriormente varias más, efectuadas por la Iglesia católica desde su conversión en templo cristiano en el año 609.

La enfermedad era vista por la mayor parte de los romanos como un castigo divino, que podía ser individual, debido a la impiedad de esa persona, pero que a menudo perjudicaba al conjunto de la sociedad. Las epidemias, a pesar de que no existía un conocimiento médico como el actual, afectaban a todos por igual. Eran conocidas como pestilentiae. Estas pestilencias, de donde procede el concepto de peste, eran la consecuencia de una grave ruptura en la pax deorum. Como tales, se las consideraba dentro del campo de los prodigia y era necesario atajarlas con expiaciones y rituales.
Las fuentes solo recogen algunas de las epidemias que tuvieron lugar a lo largo de los siglos puesto que, por sus características y por la elevada mortalidad existente en la antigua Roma, muchas veces sus efectos pasarían totalmente inadvertidos o no se considerarían como relevantes. Tan solo algunas de las más significativas terminaron reflejándose en escritos como los de Tito Livio.
Las plegarias a los dioses, tanto personales como públicas por la salud general y particular, eran continuas. Se rezaba especialmente a diosas como Salus, la personificación de la salud, pero también a Febris, la de la fiebre, para aplacar su ira. Algunos como Cicerón opinaban que era un error venerar a dioses vengativos y malignos porque su naturaleza les impediría ser bondadosos, aunque recibieran ofrendas. Sin embargo, una buena cantidad de gente no debía de compartir esta postura dado que la diosa de la fiebre contaba con hasta tres templos en la ciudad de Roma. En ellos se guardaba todo aquel objeto que, habiendo sido impuesto sobre el cuerpo de una persona enferma, había conseguido reducir su fiebre.

Las religiones desarrolladas principalmente entre los siglos II y III fueron aceptadas por los ciudadanos del Imperio, ya fuera de forma global o local, ya tuvieran unos rasgos más conservadores o innovadores —y hasta disparatados—. Todos estos cultos, expandidos y popularizados por comerciantes, esclavos y otros representantes de los niveles sociales menos favorecidos, conseguían su espacio dentro de la religiosidad general, sobre la que seguía imperando en mayor o menor medida el culto tradicional a los dioses romanos y a los emperadores.
Es momento ahora de descubrir qué ocurriría si una de estas religiones «exóticas» se introdujera de forma abrupta en el corazón del Imperio y fuera una figura destacada quien la trajera consigo. Me estoy refiriendo al culto al dios Elagabalus —forma latinizada del nombre semítico El-Gabal, el Señor de la Montaña—, importado a Roma por el emperador Vario Avito Basiano, más conocido por su apodo tardío: Heliogábalo. En el año 218, tras la derrota del emperador Macrino, la dinastía familiar de los Severos consiguió recuperar el poder imperial que había perdido el año anterior tras el asesinato de Caracalla.

Especialmente a partir del siglo VI los cultos públicos tradicionales que todavía estaban activos en algunos lugares se fueron reduciendo cada vez más. Los cristianos, por su parte, adoptaron una postura que, si bien no dejaba de ser intolerante, trataba de ser integradora y atractiva para quienes deseaban la continuidad de sus tradiciones.
Sin embargo, a pesar de aquellas medidas presuntamente conciliadoras, la religiosidad piadosa hacia los dioses romanos se mantuvo activa durante varios siglos más en todos los rincones del Mediterráneo. Era vivida en privado por quienes conservaban su devoción tradicional, evitando manifestaciones públicas que pudiesen comprometer la coexistencia pacífica con los cristianos. Este culto privado a los dioses ya no contemplaba grandes ofrendas o sacrificios cruentos —que habían ido decayendo a lo largo del siglo IV—, pero mantenía toda su esencia originaria. Aquella que más de mil años atrás congregaba a la familia ante el fuego del hogar en el que se realizaban pequeñas ofrendas.
Como si de una vuelta a los orígenes se tratase, los que veneraban a los dioses en secreto lo hacían normalmente con sencillas libaciones de incienso y vino, suficientes para complacer a las divinidades que el monoteísmo cristiano había pretendido condenar públicamente al olvido por los siglos de los siglos.

No olvides esto: el espíritu de cada uno es un dios, una emanación
de la divinidad; que nada es propiedad de nadie, incluso los hijos,
el cuerpo y hasta el alma existen por haber surgido de este origen divino; que todo es conjetura y, por último, que la vida de cada uno se reduce al presente y que lo único que podemos perder es este preciso instante. (Marco Aurelio, Meditaciones XII, 26)

Libros del autor comentados en el blog:

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https://weedjee.wordpress.com/2022/06/23/que-los-dioses-nos-ayuden-religiones-ritos-y-supersticiones-de-la-antigua-roma-nestor-f-marques-by-nestor-f-marques-spnish-book-edition/

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An entertaining story and with true historical rigor. Following the wake of his previous publications, he goes back in the bosom of ancient Rome to reveal this time his countless myths and legends. Religion is an exciting theme for any lover of ancient Rome.

The Greek religiosity and the Roman religiosity were actually very different, even without taking into account the Greek mythology itself, if we can name it in a univocal way and in singular, since it composed numerous different traditions. These, sometimes, reached the extreme of being diametrically opposed and contradictory with each other, without that really assumed a problem.
But why do I say that Greek and Roman religiosity are so different? Did not the same gods share? Were they lying out of children when they told us that Jupiter was nothing more than Zeus with another name? Of course, we will have time to solve, along the pages of this first part, those and other doubts that may be emerging.
As Christians that we are most of us – even if only culturally, of course, for having grown up in a society based for centuries in this religion – we have implemented the creationist bias that we inherit, commonly with the Greeks, of Oriental traditions Antiquísimas We can not conceive not to think about the remote origins, creation, the principle of things. Even eliminating the gods of the equation, as it happens as many times in our current world …
If all the peoples with Indo-European root, and even some non-indooropeous cultures – including, for example, as close to La Romana as the Etrusca, share the idea of the creative myths of the universe, why the Romans do not? This type of absences are so important to know history as presence.
A possible explanation of traditional research for this question was based on the idea that those first Romans did have cosmogonic, theogonic and anthropogonic myths, but they forgot them. Oral transmission caused, at some point, those common myths were lost and that successive generations were not able to capture them in writing. It really is a logical explanation.
From the dawn of its existence as civilization, the Romans were very clear that their role had to be, necessarily, transcendental and transformer. Not in vain, they considered themselves descendants of the gods through Aeneas, the son of Venus, who after the destruction of the city of Troya surrounded the sea until reaching the Lazio (Latium, Latin), the promised land in The one that would break the new Roman lineage. From the city of Lavinio (lat. Lavinium).

Unlike Greek myths, focused on universal origins, those of Romans were, as we have proven, much more humans. The origin that interested them was that of the city and the citizens. Even so, the epic showing the legendary root of the Roman people has nothing to envy that of any other civilization. They were not the first to believe that their story was that of the people chosen by the gods, who had guided them to the promised land. What is true is that the passage of the centuries would end up giving them the reason, the Romans and their gods.
Some gods that these first Romans surrendered worshiplessly either when they had arisen or how their lives were before receiving veneration on their part. In fact, the Dies Natalis -Day of the birth – of the Roman Divinities was celebrated every year on the day of the dedication -inuguration – of the temple in which they were beginning to yield.
The originally Roman myths, now we can see it clearly, have as protagonists the Romans themselves and as a central point the Foundation of the Eternal City: Rome. These are the legends that were transmitted through the centuries; First of Boca in Boca and later, surely from the 4th century and especially in III a. C., fixed on the Papius volumes. The different versions of the Roman foundational myth, which broadly diverge into important elements of the plot, finally reach the same outcome: the Foundational Rite of Romulus.

According to the Roman tradition, Jupiter, sovereign of the gods, nodded with his head when he took a firm decision to demonstrate his power and his divine will. From that safe and affirmative gesture, which filled everything with the power of him, the Romans believed that the word numen had, whose root literally means «nod with the head ‘and, in a figurative way,’ ordering or showing the will ‘. Hence, the numen -numinates in plural-was really the power or divine will of the Roman gods.
In ancient Rome there were numerous divinities to venerate. So many, surely, as actions could be done.
But if there was an association of divinities that excelled in the Roman world above all the others, this was the capitoline triad. We can glimpse that perhaps there would be a triad composed by Jupiter, Quirino and Mars, the gods who were later represented by three of the most important priests in the Roman religious world – the so-called Flamina Hallow. If so, although it really is nothing more than a conjecture, they could represent the three Roman archaic estates: Jupiter would assimilate with the priests, Quirino with the warriors and Mars with farmers. In any case, if it really existed, it soon gave way to the inflated trio that concerns us.
The Capitoline Triad was made up of Jupiter-Supreme Affairs of the world, «Juno -Su faithful wife and matenade from him – and Minerva, daughter of the first. The latter was the protector of cities, a role similar to that of the goddess athena.
It is evident that the Romans had a huge amount of divinities, some very specialized in small details of the life of mortals and others, of great prestige, which agglutinated many attributable attributes. But, really, everything we have already mentioned is nothing more than the product of the recreation itself that the Romans did from their origins and the divine interpretation that gave all aspects of their day to day.

But it was not until the VII century. C. When a change of mentality occurred that would be crucial for the development of the subsequent Roman religiosity. This fundamental moment is fossilized in time in the Satrician deposit (LAT. Satricum), a small settlement in Lazio, about fifty kilometers southeast of Rome departing through Via Appia.
In it we find the same ritual wells of offerings in which we had already set ourselves, which also include the ritual deposit of bones of lamb, veal and pork, which shows that the community will surely carry out banquets where the wine, which had arrived in Italy Towards the ninth century a. C., it would be protagonist. And yet, in this field an element has been found that would change everything. Next to the well, the community built a roofed structure identified as a true precursor of what the temples would later be.

Hepatoscopy was already practiced in the second millennium a. C. For the Babylonians, but for the Etruscans it became the most accurate divination form possible. His success was such that he ended up spreading also between the Romans, becoming one of the most important elements of his religious system. This strange form of ritual interpretation of the future was transmitted by the arusics – specialists in this generation-generation discipline. We are fortunate that in 1877 a piece of Etruscan bronze was found in the city of Piacenza, as already under Roman dominion, because it is dated on the second century. C.- that it represents precisely, in a natural size, an animal liver, employed in all probability as a learning and reference model. In it, different divisions with divinity names are marked. Specifically, it has sixteen names surrounding the outer edge of the piece and another twenty-four inside, next to two more at the bottom.
The divination was performed with attention with attention the possible defects that could contain the liver surface, the size of the different parts or their shape. Depending on what was discovered, it was interpreted in a positive or negative key and, attending to the area where it was located, this attitude could be associated with a specific divinity.
Among the most important gods that appear in the liver of Piacenza stands out Tin or Tinia, the bearer of the Ray and the Conciliator of the Gods, represented on many occasions with a beard and a venerable aspect, which can easily associate with Zeus, Jupiter or Yahweh. Even so, he could also be represented young and without a beard. On the other hand, the ray, one of the fundamental elements of the Etruscan religion, was not his exclusively, being able to be used by other divinities, a differentiated data more than molding the opinion that we should be forming about the interpretations of the divinities in different cultures.

It is interesting to think about the enormous amount of doubts and unknowns that still remain to be clear in the Etruscan world despite being a people that influenced both the idiosyncrasy of the Romans, especially in terms of divinatory consultations. Perhaps precisely because many times we only know about them what the authors of ancient Rome told us, beyond the fundamental archaeological data, the vision we have of the Etruscans is somewhat deformed. Even so, the knowledge we have acquired on these pages will be fundamental to fully understand the origins of some key points of Roman religion that were developed from them.

Little by little, Roman society was assimilating Greek influence as something positive, clinking with the knowledge of the powerful divinities of Greek past. Although, in reality, most Romans took Greek literature not as much as a religious element but as an more art form that, in the same way that any novel today, did not try to reflect reality – or at least , he did not do his reason for being- but rather to entertain, within a dramatized fiction, to those who read the texts or attended the theatrical performances – including among them, of course, the Roman gods themselves.
In this context of strong cultural exchange, the need to try to equate divinities from different cultures becomes increasingly patent. We already know that the Romans thought that there were a series of universal divine powers that, only with the passage of time, the mortals had been discovering. On the one hand, the most outstanding and recognizable elements of the natural world, such as the sun, the earth or the moon, were always the same for all peoples, and they were the ones who gave them names in their different languages. Helios, usil or sun represent the same elementary physical concept, common to all cultures of antiquity.
But there are many other cases in which it did not happen like that. Divinities, especially those that had acquired more than one attribute, did not usually coincide perfectly between cultures. Hence, it was necessary to establish a reasonable «translation» between them. The problem was that this process really did not work as a kind of «automatic translator» of divinities – as it is usually raised at a carefree in a way – since it had an important degree of uncertainty and arbitrariness.

The ancient Roman laws clearly determined everything related to life in community, also in relation to the religious world. Despite being written in large bronze plates so who who wanted to consult them, history teaches us very often that the passage of time is cruel and rarely allows us to preserve vestiges like these. In our case, Roman priestly laws can know them only thanks to authors such as Cicero, who transcribed some of their most important points in the works of Him.
It would not be until the imperial period when new priests would appear and there would be an even greater development of the Roman religious system with the inclusion of the cult of divinated emperors. But for now, and through some of the most interesting and surprising examples that we have preserved from Rome for more than two thousand years, we are going to speak in detail of all the priests that we have already known and, especially, of their functions within Of the three fields in which Cicero divided Roman religion: Rites, auspices and omen.

Pontiffs
His Latin name literally means ‘Bridge builders’ -de Pons, Bridge, and Facere, do or build-, so the Roman tradition felt that they were called like that because they were who built the so-called sublicious bridge, the first one that was It placed over the waters of the Tiber River. It was a sacred bridge made entirely of wood that should be repaired and rebuilt every so often. They were the pontiffs who, once reconstructed, were sacralizing him again.
Even so, there were other ancient theories like the one that related his name not with Pons but with Posse -Poder-, well because they were the only ones who could make the rituals correct, well because the gods, whom they served, were powerful Needless to say, all these etymologies are completely false. They do not go from pure popular speculations without a real backup.
It seems possible to think that it was really, in the most archaic times of its existence, of wise men, in charge of directing, for its prestige, the issues that could affect the members of the community.
In short, the pontiffs were responsible for connecting the past with the present and the future through the legislation of religious rites, of legitimacy and the power of their position and not even less than the memory and documentation of the past, as model of what was to come.
Not in vain, the most important priests of Roman religion were also part of this group. Among them we find the three Flaminas, dedicated to the individual cult of three fundamental divinities -Jupiter, Mars and Quirino-, Rex Sacrarum, an archaic figure that represented the religious functions of the ancient Roman kings, and the already mentioned Pontifex Maximus, The Orchestra Director of this great priestly group. In addition, they were associated with the Collegium, although they were not really members of it, the Vesta Vesta Virgins, the twelve Flamines Minores, dedicated to the cult of other divinities of lower relevance – which may be in archaic times their own Association, which was absorbed -, and the scribes, in charge of transcribing all Collegium documents.

The Romans, in fact, despised any ritual that approached what we can interpret as a human sacrifice to the gods. This is another of the reasons why Impious Vestals were let them die «by themselves» and without anyone having anything to do with that. Of course, it was believed that there were magicians and witches that sacrificed young children, but that is something that came into the expected – off or not real- in correspondence with their superstitious practices, which were exaggerated to show the barbarism and involution of these individuals diverted against traditional Roman practices.
After all, a human sacrifice was no more than the deformation of animal sacrifice. Perhaps in archaic times, human victims were resorted – Hostiae Humanae, but his sacrifice, if we accept this idea, was gradually replaced by animals. There are indications that aim that both the Etruscans and the Romans performed human sacrifices in their most remote stages.

Pantheon in Greek means ‘all the gods’. This circular structure, according to Dion Casio, received this name perhaps in its interior statues of worship of various gods, maybe the dii consensus – including the divine Julio César- or, rather, because his dome represented the heavens where they live All divine beings. The truth is that we do not know about the building dedicated by Agrippa since, despite the inscription that can still be read – with modern bronze letters -, the visible structure today is very later. It seems that the pantheon was destroyed in the great fire of Rome of the year 80 and Domitian ordered his rehabilitation. Later, after being reached by a ray during the reign of Trajan, it had to be rebuilt. At the beginning of the third century, he suffered a new restoration, undertaken by Septimio Severo and that of his son of his Caracalla, and later several more, carried out by the Catholic Church since his conversion in Christian temple in the year 609.

The disease was seen by most of the Romans as a divine punishment, which could be individual, due to the impiety of that person, but which often harmed the whole of society. The epidemics, although there was no medical knowledge like the current one, affected everyone equally. They were known as Pestilentiae. These pestilences, from which the concept of plague proceeds, were the consequence of a serious rupture in the pax Deorum. As such, they were considered within the field of prodigy and it was necessary to stop them with expirations and rituals.
The sources only collect some of the epidemics that took place over the centuries since, by its characteristics and by the high mortality existing in ancient Rome, many times its effects would be totally unnoticed or would not be considered as relevant. Only some of the most significant ended up reflecting written as those of Tito Livio.
The prayers to the gods, both personal and public by general health and particular, were continuous. It was especially prayed to gods as Salus, the personification of health, but also to febris, that of fever, to placate his anger. Some as Cicero thought it was a mistake to venerate vengeful and evil gods because their nature would prevent them from being kind, even if they received offerings. However, a good number of people should not share this posture given that the goddess of fever had up to three temples in the city of Rome. In them he kept all that object that, having been imposed on the body of a sick person, had managed to reduce her fever.

The religions developed mainly between the centuries II and III were accepted by the citizens of the Empire, beside globally or local, already had more conservative or innovative-and even cracked traits. All these cults, expanded and popularized by merchants, slaves and other representatives of the least favored social levels, achieved their space within the general religiosity, on which the traditional cult to the Roman gods and the Emperators continued to greaterly extent .
It is now to discover what would happen if one of these «exotic» religions were introduced abruptly in the heart of the Empire and was a leading figure who brought her with it. I am referring to the cult of the God Elagabalus -orma Latinized the Semitic name El-Gabal, the Lord of the Mountain-, Imported to Rome by the Various Emperor Avito Basiano, better known by the late nickname of him: heliogaballo. In 218, after the defeat of the Macrino Emperor, the Family Dynasty of the Severe managed to recover the imperial power that had lost the previous year after the assassination of Caracalla.

Especially from the sixteenth century the traditional public cults that were still active in some places were increasingly reducing. Christians, on the other hand, adopted a position that, while not ceased to be intolerant, tried to be integrative and attractive for those who wanted the continuity of their traditions.
However, despite those presumably conciliatory measures, pious religiosity towards the Roman gods remained active for several more centuries in all corners of the Mediterranean. He was lived in private by those who retained his traditional devotion, avoiding public demonstrations that could compromise peaceful coexistence with Christians. This private cult to the gods no longer contemplated great offerings or bloody sacrifices – which had been declining throughout the fourth century – but maintained all its original essence. One that more than a thousand years ago brought to the family before the fire of the home in which small offerings were made.
As if a return to the origins, those who venerated the gods secretly did it normally with simple libations of incense and wine, sufficient to please the divinities that the Christian monotheism had intended to publicly be forgotten for the centuries of the ages.

Do not forget this: the spirit of each one is a god, an emanation
of divinity; that nothing is owned by anyone, including children,
the body and even the soul exist because they have emerged from this divine origin; that everything is conjecture and, finally, that the life of each one is reduced to the present and that the only thing we can lose is this precise moment. (Marco Aurelio, Meditations XII, 26)

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/08/25/fake-news-de-la-antigua-roma-enganos-propaganda-y-mentiras-de-hace-2000-anos-nestor-f-marques-fake-news-of-ancient-rome-deception-propaganda-and-lies-2000-years-ago-by-nestor-f-marqu/

https://weedjee.wordpress.com/2022/06/23/que-los-dioses-nos-ayuden-religiones-ritos-y-supersticiones-de-la-antigua-roma-nestor-f-marques-by-nestor-f-marques-spnish-book-edition/

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