Fake News De La Antigua Roma: Engaños, Propaganda Y Mentiras De Hace 2000 Años — Néstor F. Marqués / Fake News Of Ancient Rome: Deception, Propaganda And Lies 2000 Years Ago by Néstor F. Marqués (spanish book edition)

Libro de lectura obligatoria para todo amante de la antigua Roma. No solo las novelas enganchan. Este libro de divulgación histórica, a parte de desmentir muchos bulos históricamente aceptados sobre la antigua Roma, entretiene y, lo más importante, enseña mucho sobre su historia. Es un libro muy bueno, los engaños, bulos y mentiras que nos han contado sobre la historia de la antigua Roma. Aquellos que han creado, a veces incluso sin querer, los propios historiadores, los que se han formado por culpa del espeso velo que cubre la historia con el paso del tiempo, los que han quedado inmortalizados en películas, series y novelas e incluso los que los propios romanos generaron sobre ellos mismos. Desde la propaganda política de los emperadores, hasta la realidad sobre la gente corriente, olvidada en los bajos fondos de Roma, pasando por las mayores perjudicadas del mundo antiguo, las mujeres, que han sufrido el escarnio de una historia creada exclusivamente por y para los hombres.

El Paladioera, además, uno de los llamados pignora imperii, ­objetos sagrados en los que se confiaba la prosperidad del dominio romano. Mientras se mantuvieran en la ciudad, el Imperio de Roma no tendría fin. Sobre cuántos y cuáles eran los otros garantes del Estado no existen suficientes fuentes al respecto, tal vez por el afán de conservar algunos de ellos en la sombra para que ningún enemigo pudiera arrebatarlos.
Tan solo Servio (Comentario a la Eneida de Virgilio 7, 188), nos aporta una lista clara. Para este autor del siglo V eran siete los objetos que se custodiaban en Roma llegados en diferentes momentos de su historia arcaica: la roca de Magna Mater, tal vez un meteorito negro que representaba a la diosa Cibeles traído desde Frigia durante la segunda guerra púnica; la cuadriga de terracota traída de Veyes que coronaba el templo de Júpiter Óptimo Máximo Capitolino; las cenizas del héroe griego Orestes; el cetro del rey Príamo, portado por Eneas; el velo de Ilíona, hija del rey Príamo de Troya; el Paladio y los ancilia —el escudo sagrado del dios Marte y sus once copias—. La legitimación del poder mediante el uso de los antepasados no acabó ahí. Si César fue un inteligente estratega a la hora de controlar la opinión pública, su heredero —Augusto— acaso lo superó, consiguiendo pasar a la historia como uno de los hombres más poderosos de la Antigüedad gracias a su brillante empleo de la manipulación política, social y religiosa.
Fue él —a quien encontraremos mencionado indistintamente como Octavio, Octaviano o Augusto, dependiendo del momento de su vida que tratemos—, quien supo aprovechar la adopción como heredero por parte de su tío abuelo César para unir su linaje con el de los Julios y sacar el máximo partido al mítico origen divino de estos, entroncados con Venus y Marte, y llegar así a lo más alto del escalafón social. Y todo ello lo hizo utilizando solo su nombre. Octavio, de quien hablaremos en capítulos posteriores, usó la propaganda política y el nombre que le otorgó su padre adoptivo —Cayo Julio César, el mismo que el suyo—, para pasar de ser uno de tantos aristócratas romanos, a ser uno de los hombres más poderosos de Roma cuando no superaba los veinte años de edad.

En definitiva, fueron la mentira y el engaño, forjados en forma de épicas leyendas, los que fijaron en la memoria colectiva de los romanos el recuerdo de los orígenes más remotos de su propio pasado. El mito patriótico potenciado por Augusto para justificar su propio régimen quedó grabado a fuego en la historia durante los siglos siguientes. Las mentiras revestidas de brillo y convicción tienen largas piernas tanto en nuestros días como hace dos mil años. Acabamos de conocer una de las tramas políticas mejor desarrolladas de la historia, pero en el mundo romano —miremos donde miremos— podemos encontrar muchas más. Los mitos son, por lo general, historias creadas a medida para satisfacer un propósito. En este caso, hemos hablado de los mitos que dieron origen a la estirpe de la que nació Roma, escogidos y moldeados a imagen y semejanza del poder político posterior. Sin embargo, todavía no hemos hablado del mito fundamental de la civilización romana, el de la fundación de la Ciudad.
Se trata de una leyenda que cuenta con todos los ingredientes básicos de una buena novela de acción e intriga. La historia comienza con el nacimiento de dos gemelos —Rómulo y Remo— en el seno de la familia real de Alba Longa, la ciudad fundada por Ascanio varios siglos atrás. Su madre es Rea Silvia, un nombre que ya se nos antoja familiar cuando recordamos los de los míticos reyes de Alba, entre los que el de Silvius se repite en varias ocasiones. Rea es hija de Númitor, legítimo heredero del trono, desterrado por su malvado hermano Amulio, que se hace con el control de la ciudad y, para evitar que sus sobrinos reclamen sus derechos, ordena ejecutarlos.
A Rea, en cambio, le concede el honor de convertirse en una virgen vestal, con la secreta esperanza de que así no traiga al mundo a ningún heredero. Sin embargo, el destino de los hombres está marcado y el dios Marte acaba violando a Silvia mientras dormía, dejándola embarazada de gemelos… Aquellas leyendas neblinosas y dispersas, creadas a partir de historias variadas de la tradición popular, debían convertirse en dogmas de la conciencia general del pueblo romano. La historia de Rómulo y Remo es un buen ejemplo de ello; tanto, que los gemelos se mantuvieron en la conciencia de los romanos más allá del final del mundo antiguo. Ya en la Edad Media, cuando Roma comenzó a recuperar parte del poder del que fue despojada en la tardoantigüedad, mantuvo viva la justificación mítica del pasado, aunque ya no lo hiciera sobre la base de Rómulo y Remo sino sobre otra pareja, en esta ocasión formada por san Pedro y san Pablo.

Ni siquiera el enemigo, convertido más tarde en parte de la propia Roma, podía tolerar la traición a la patria. La infausta Tarpeya quedó para siempre como un recuerdo imborrable de la facilidad con que las mujeres se podían desviar del camino marcado por la moral, arrastradas por sus bajas pasiones.
Esta leyenda servía también para marcar el origen de una zona del Capitolio conocida como Tarpeium saxum (‘roca Tarpeya’). Se trataba de una zona con riscos y un precipicio de más de veinticinco metros de altura desde el que eran arrojados, como condena, aquellos romanos que habían cometido traiciones a la patria.

Tarquinio el Soberbio fue coronado rey tras cuarenta y cuatro años de reinado de Servio Tulio. Fue Tulia la primera en saludarlo como nuevo rey antes de volver a su casa en carro, asegurándose de atropellar el cadáver de su padre, que yacía tirado en la calle. Aquella imagen debía de estar grabada en la mente de todos los romanos que leían y descubrían su propia historia —o la que ellos creían que lo era— despertando un sentimiento de odio hacia aquel monarca y su estirpe, cuya deshonra ante los dioses y los hombres no quedaría sin castigo. Tanto fue así que un tramo de la calle recibió desde entonces el nombre de vicus Sceleratus (‘calle criminal’ o ‘impía’) por el ultraje que allí se había producido.

Este tipo de adivinación inspirada, en la que era la divinidad o el destino quienes decidían, era bastante común en el mundo antiguo. De hecho, el pueblo emulaba al Estado consultando ya no los libros sibilinos para obtener revelaciones, sino cualquier otra obra que encontraran. El éxito evidente que cosechó la Eneida de Virgilio en su época y en los siglos posteriores hizo que, en numerosas ocasiones, fuera este el libro elegido para revelar la respuesta a la pregunta formulada. Este popular método casero de adivinación era conocido como sortes vergilianae. La Historia Augusta («Vida de Adriano»II, 8) nos cuenta precisamente que el futuro emperador Adriano utilizó las sortes para predecir su ascenso al trono abriendo la Eneida por su sexto libro:
Quis procul ille autem ramis insignis olivae sacra ferens? Nosco crinis incanaque menta regis Romani primam qui legibus urbem fundabit, Curibus parvis et paupere terra missus in imperium magnum. Cui deinde subibit…

¿Quién es aquel que veo a lo lejos coronado de olivo? Va llevando en sus manos los objetos de culto. Reconozco los cabellos y la blanca barba del rey romano, que cimentará por primera vez la ciudad con leyes y que, desde su humilde Cures y su pobre tierra, será enviado a regir un gran Imperio. El que le seguirá…
(Virgilio, Eneida VI, 808-812).

Este método de adivinación y otros similares, como las sortes sanctorum —empleadas por los primeros cristianos del modo antes descrito, pero sobre pasajes de los diferentes libros de la Biblia—, se extendieron principalmente durante el Bajo Imperio e incluso durante la Edad Media.

En general, cuando pensamos en la antigua Roma es posible que la primera idea que aparezca sea la de la figura del emperador, gobernando de una forma autoritaria e incluso despótica sobre una majestuosa ciudad recubierta de mármoles blancos, grandes estatuas y gigantescos edificios y estructuras que harían empequeñecer hasta al más altivo de los humanos. Pensamos en el Imperio, en su gran extensión y en cómo la civilización romana creó un enorme territorio común desde el frío norte de Germania hasta el caluroso desierto africano y desde el Finisterre galaico hasta las fértiles llanuras de Mesopotamia.
Sin embargo, para llegar hasta ese punto, Roma tuvo que evolucionar y prosperar de forma lenta, y muchas veces dolorosa, por un mar de conquistas, luchas de poder y anexiones sociales y culturales. Sabemos que en la antigua Roma hubo algunas revueltas de esclavos como la de Espartaco —inmortalizada por Hollywood en el siglo XX—, que fueron duramente reprimidas para evitar males mayores. Aun así, la masa esclava nunca llegó a contar con los medios ni con la organización necesaria como para llevar a cabo sublevaciones a gran escala, salvo meritorias excepciones como la antes mencionada en la que los esclavos llegaron a poner en jaque a toda Roma. También podía ocurrir que un solo esclavo atacara de forma individual a su amo, una práctica que, si bien no debía de ser frecuente, sí cuenta con diversos casos documentados a lo largo del Mediterráneo.
Atiae Turel/liae C(ai) Turel/li f(iliae) an(norum) XXV[ii] / occis{s}a a s[er]/vo C(aius) Turel[i]/us et Vale/ri[a] /-—-—-—
Atia Turelia, hija de Cayo Turelio, de veintisiete años, fue asesinada por un esclavo. Cayo Aurelio y Valeria [dedicaron este monumento]
(Estela funeraria, procedente de Clunia, hallada en Huerta de Rey, Burgos. AE 1992, 1037).
Incluso para quienes toleraban la violencia física, existían límites morales que no debían traspasarse en la medida de lo posible, como golpearles con los puños desnudos o patearles. Sin embargo, encontramos casos en los que la rabia hacía que los amos se desataran, aunque luego pidieran perdón a sus esclavos. Eso fue precisamente lo que le sucedió al emperador Adriano.

El sexo y sus connotaciones en el mundo romano, queremos detenernos ahora en estas bacanales —bacchanalia—, para comprender su verdadero significado, muy distinto del mito que cualquiera de nosotros es capaz de dibujar en su mente.
Para ello debemos mirar más allá del estereotipo y las connotaciones impúdicas que tiene el concepto para nosotros, a saber: concurridas fiestas de placer desenfrenado, rituales orgiásticos, sexo en grupo y prácticas lujuriosas de las que los romanos más depravados disfrutaban sin cesar. Esta sería una definición que, sin duda, habrían apoyado muchos romanos como Tito Livio, el propio Senado y, por supuesto, los literatos cristianos del Bajo Imperio, que jugaron bien sus cartas perpetuando —por los siglos de los siglos— la gran bola de nieve formada alrededor de los vicios hedonistas de los más privilegiados de la antigua Roma.
Como casi siempre, la realidad es bien distinta, aunque prevalezcan solo los intereses de quienes escriben la historia mezclados con el velo de olvido y distorsión que supone el paso del tiempo.
La verdad de esta historia fue silenciada en el otoño del año 186 a. C. mediante una persecución —orquestada por el Senado—, que se inició en Roma y que se extendió prácticamente por toda Italia. El resultado: cientos de personas capturadas y ejecutadas solo por profesar una fe de salvación y vida eterna. Efectivamente, la religión —para muchos causa y para otros solución de todos los problemas humanos— está detrás de este macabro episodio de la historia romana. Mediante estas danzas, las bacantes trataban de llegar a un estado de éxtasis báquico que suponía la completa liberación mental. Los ritos y los movimientos, que podían llegar a ser violentos, provocaban que las fieles entraran en contacto directo y carnal con la divinidad. Este tipo de rituales sagrados en los que solo participaban mujeres, eran conocidos como orgium o, más comúnmente en plural, orgia.
Pero, ¿cómo pasó la palabra orgia de significar un ritual femenino de danza y espiritualidad a ser una depravada reunión de sexo grupal? La respuesta está en los cambios que se produjeron en el culto báquico en Roma hacia finales del siglo III y comienzos del II a. C. y en las ­reacciones que dichos cambios provocaron en las más altas esferas políticas y religiosas de Roma.
Fue Tito Livio (Desde la fundación de la ciudad XXXIX, 8-19) quien narró con todo detalle lo ocurrido a comienzos del siglo II a. C. dentro y fuera de los círculos de los misterios de Baco. El culto a Dioniso-Baco había sido introducido en Italia varios siglos atrás por influencia de los griegos que lo profesaban. En Roma era considerada como una aliena religio o religión extranjera, fuera de los límites de los cultos oficiales del Estado, que representaban la moral religiosa romana, encarnada en la pudicitia —la modestia o la castidad—. A pesar de ello, era tolerada siempre y cuando no atentara contra el orden establecido o contra dicha moral tradicional.

Uno de los mitos más claros que encontramos en la actualidad sobre el calendario romano. Los análisis en profundidad de este tema son escasos e, incluso entre los investigadores no especialistas en este campo concreto, existen desinformación y bulos de los que poco a poco debemos deshacernos. Uno de los que más se ha fijado en la conciencia colectiva, especialmente en internet, es la creencia de que el año romano había comenzado en el mes de marzo hasta el año 154 a. C. y que fue en el 153 a. C. cuando finalmente fue sustituido por el 1 de enero. Este bulo histórico, que se desmonta con solo leer a los diversos autores clásicos que hablan sobre el tema y atribuyen unánimemente el cambio a Numa, a finales del siglo VIII a. C., se basa en un error de interpretación de los hechos que acaecieron a mediados del siglo II a. C.
En aquel momento se estaban desarrollando las campañas militares contra los pueblos celtíberos de Hispania. En concreto fueron los segedenses, con ayuda de los numantinos, quienes habían conseguido causar amplias bajas entre las filas romanas del cónsul Quinto Fulvio Nobilior. Por tanto, el Senado decretó que al año siguiente —153 a. C.— los cónsules, que debían acabar con aquella rebelión lo antes posible, no tomaran sus cargos en las idus de marzo —15 de marzo—, como era costumbre en aquel momento, sino en las kalendae de enero —1 de enero—. Este cambio en el inicio del curso político romano fue, sin duda, el «causante» de esta extendida confusión que ha llegado hasta nuestros días.
A pesar de los esfuerzos —atribuidos a Numa— por regularizar el año, este calendario todavía adolecía de graves problemas de precisión que hacían que se desajustara fácilmente con respecto al ciclo natural de las estaciones. No sería hasta mediados del siglo V a. C., con la publicación de la Ley de las Doce Tablas —fundamento del derecho romano— cuando se regularizó el proceso de adecuación del año a la naturaleza. Se hizo añadiendo un mes, conocido como Interkalaris, que contaba con 27 días y se añadía tras el mes de febrero cada dos años.
Pese a esta reforma, los problemas continuaron provocando que el año llegara a tener un desfase de tres meses con respecto a las estaciones. Esto fue debido a que la intercalación no se cumplía estrictamente a causa de que los políticos corruptos la utilizaban a placer como una herramienta para alargar o acortar un mes el mandato de tal o cual magistrado que les era propicio o molesto.

El mito de la resistencia numantina ha sido siempre uno de los estereotipos más reconocibles del honor patrio de los «antiguos españoles», y lo sigue siendo. Ya incluso desde el siglo X tenemos constancia de la identificación de los restos de Numancia —de forma errónea— bajo Zamora, en un momento en el que era una de las ciudades cristianas más importantes entre las que defendían la frontera sur. Desgraciadamente, esta y otras lecturas interesadas, unidas a los peligrosos argumentos de autoridad de quienes perpetuaron el mito una y otra vez, han generado en la conciencia colectiva una historia deformada que no se corresponde con lo que cuentan las fuentes más antiguas.
La historia de Numancia fue recogida por algunos autores tanto griegos como romanos. La obra que seguramente más se aproximaba a la realidad histórica de lo allí sucedido es La guerra de Numancia de Polibio, desgraciadamente perdida. Según Apiano (Historia romana, «Sobre Iberia», 95-96), los numantinos habrían tratado de pactar la rendición con los romanos tras sufrir algún tiempo el sitio. Sin embargo, la negociación fue infructuosa, no porque Roma pidiera la esclavitud para ellos o impusiera la destrucción de la ciudad, sino porque debían entregar las armas. Para los numantinos —y para muchos otros pueblos prerromanos de la península ibérica—, las armas eran una extensión de sus propias extremidades que les conectaban con los dioses, por lo que despojarse de las armas representaba mucho más que un simple desarme militar. De hecho, un gran castigo para estas gentes consistía en cortarles las manos, pues así no podrían empuñar la espada, ni siquiera para suicidarse.
Los numantinos mantuvieron el estado de sitio durante más de ocho meses. Cuando el ganado y el trigo se acabaron, comenzaron a lamer pieles cocidas y, poco después, a comer carne humana. Primero la de los muertos, más tarde la de los enfermos y por último la de mujeres y niños, indefensos ante la violencia de sus propios allegados. Finalmente, sumidos en la enfermedad y la desesperación, los numantinos acordaron rendir la ciudad y entregarse junto con sus armas. Los romanos arrasaron entonces la ciudad hasta los cimientos, repartieron su territorio entre los pueblos indígenas cercanos que habían ayudado en el cerco, y vendieron a la mayor parte de los numantinos como esclavos. Cincuenta de ellos, en cambio, fueron seleccionados para ser mostrados en Roma como parte del botín de guerra en el desfile triunfal que se le concedió a Escipión Emiliano al año siguiente, el 132 a. C.
Esta es, probablemente, la versión menos adulterada que conservamos de aquel episodio en el que, si bien encontramos algunos de los elementos del mito que surgiría posteriormente (miseria, hambruna, antropofagia, suicidio y resistencia), también comprobamos que los numantinos rindieron la ciudad y se entregaron, algo presente en este y otros autores como Estrabón o Cicerón y que desaparecería completamente de la narración posterior.
El mito de la resistencia numantina nació tiempo más tarde entre los propios autores romanos, a quienes conmovió y sorprendió aquella historia.

Livia siempre ha sido una figura que ha despertado tanto odios como pasiones, en la que se mezclan los crímenes más ­terribles que se puedan imaginar con virtudes al alcance de muy pocos. Ciertamente es complicado entregar una visión unívoca de Livia: esposa de Augusto, madre de Tiberio y, ante todo, una mujer libre y empoderada que, a pesar de estar siempre a la sombra política de los hombres, consiguió llegar hasta donde ninguna otra mujer lo había hecho antes en Roma. Y eso es algo que ni Tácito ni Graves ni ningún otro hombre le podrá quitar jamás.

El plomo no envenenó masivamente a los romanos ni los volvió locos y mucho menos causó la caída del Imperio como llegó a sugerir algún autor pretencioso el siglo pasado. Otro de los motivos esgrimidos tradicionalmente de la supuesta decadencia de los emperadores que se desvanece ante nosotros para dejar libre el camino de la investigación y de la difusión de las hipótesis más recientes que eliminen las noticias falsas de la historia.
Hi omnes, quos paucis attigi, praecipue Caesarum gens, adeo litteris culti atque eloquentia fuere, ut, ni cunctis vitiis absque Augusto nimii forent, profecto texissent modica flagitia.
Todos estos, sobre los que he tratado brevemente, y en especial la familia de los Césares, fueron tan cultos en literatura y elocuencia que, sin el exceso de sus vicios, de los cuales, con la excepción de Augusto, fueron presas, sus grandes talentos hubieran hecho olvidar ciertamente sus pequeñas debilidades.
(Pseudo Aurelio Víctor, Sobre los Césares VIII, 7).

Aunque el periodo, tradicionalmente llamado «anarquía militar», se ha considerado como una época nefasta para la historia de Roma, lo cierto es que no todos estos emperadores fueron un desastre para el Imperio. Se vivieron buenos tiempos bajo los reinados de Filipo I, ­Aureliano, Galieno o Probo y aquella «crisis» dio lugar a un nuevo ­sistema que llegaría a finales de siglo de la mano de la tetrarquía de Diocleciano. Si realmente hubo una crisis global, como ha defendido siempre la historiografía tradicional, es algo que daría para llenar varios libros completos, una compleja tarea que se está llevando a cabo desde los nuevos planteamientos de la investigación. La historia está viva y su conocimiento se construye día a día.

Las certezas en historia son esquivas, pero investigadores y divulgadores tienen la obligación de transmitir lo que saben —en este caso, sobre el mundo romano— para que entre todos reconstruyamos nuestro propio pasado, del que somos herederos y que cimenta las bases de nuestra sociedad, nuestra cultura y nuestras ideas.

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Required reading book for every lover of ancient Rome. Not only do the novels engage. This book of historical disclosure, in addition to denying many historically accepted hoaxes about ancient Rome, entertains and, most importantly, teaches a lot about its history. It is a very good book, the deceptions, hoaxes and lies that have told us about the history of ancient Rome. Those who have created, sometimes even inadvertently, the historians themselves, those who have been formed by the thick veil that covers history over time, those that have been immortalized in movies, series and novels and even those that the Romans themselves generated on themselves. From the political propaganda of the emperors, to the reality about ordinary people, forgotten in the underworld of Rome, passing through the worst damaged in the ancient world, women, who have suffered the scorn of a story created exclusively by and for mens.

The Palladio was also one of the so-called “pignora imperii”, sacred objects in which the prosperity of the Roman domain was entrusted. As long as they remained in the city, the Empire of Rome would have no end. On how many and what were the other guarantors of the State there are not enough sources in this regard, perhaps because of the desire to keep some of them in the shade so that no enemy could snatch them.
Only Servio (Commentary on the Aeneid of Virgil 7, 188), gives us a clear list. For this author of the fifth century there were seven objects that were guarded in Rome arrived at different times in its archaic history: the rock of Magna Mater, perhaps a black meteorite that represented the goddess Cybele brought from Phrygia during the Second Punic War; the terracotta quadriga brought from Veyes that crowned the temple of Jupiter Optimum Maximum Capitoline; the ashes of the Greek hero Orestes; the scepter of King Priam, carried by Aeneas; the veil of Iliana, daughter of King Priam of Troy; the Palladium and the ancilia – the sacred shield of the god Mars and its eleven copies. The legitimation of power through the use of ancestors did not end there. If César was a clever strategist when it came to controlling public opinion, his heir – Augustus – perhaps surpassed it, managing to go down in history as one of the most powerful men of Antiquity thanks to his brilliant use of political, social manipulation. and religious.
It was he – whom we will find indistinctly mentioned as Octavio, Octaviano or Augusto, depending on the moment of his life we are dealing with – who knew how to take advantage of the adoption as heir by his great uncle César to unite his lineage with that of the Julios and draw the maximum party to the mythical divine origin of these, connected with Venus and Mars, and thus reach the top of the social ladder. And all he did using only his name. Octavio, of whom we will speak in later chapters, used the political propaganda and the name given him by his adoptive father -Cayo Julio César, the same as his-, to go from being one of many Roman aristocrats, to being one of the men most powerful of Rome when he was not over twenty years of age.

Ultimately, it was the lie and deception, forged in the form of epic legends, which fixed in the collective memory of the Romans the memory of the most remote origins of their own past. The patriotic myth promoted by Augustus to justify his own regime was engraved in history over the next centuries. The lies covered with brilliance and conviction have long legs both in our days and two thousand years ago. We have just met one of the best-developed political plots in history, but in the Roman world -we’ll look where we look- we can find many more. Myths are, in general, stories created to fit a purpose. In this case, we have spoken of the myths that gave rise to the lineage from which Rome was born, chosen and molded in the image and likeness of later political power. However, we have not yet spoken of the fundamental myth of Roman civilization, that of the foundation of the City.
It is a legend that has all the basic ingredients of a good novel of action and intrigue. The story begins with the birth of two twins – Romulo and Remo – in the bosom of the royal family of Alba Longa, the city founded by Ascanio several centuries ago. His mother is Rhea Silvia, a name that already seems familiar when we remember those of the mythical kings of Alba, among which the one of Silvius is repeated on several occasions. Rea is the daughter of Númitor, legitimate heir to the throne, banished by his evil brother Amulio, who takes control of the city and, to prevent his nephews from claiming their rights, orders them to be executed.
Rhea, on the other hand, gives her the honor of becoming a vestal virgin, with the secret hope that she will not bring any heir to the world. However, the destiny of men is marked and the god Mars ends up violating Silvia while she slept, leaving her pregnant with twins … Those misty and scattered legends, created from varied histories of popular tradition, should become dogmas of the general conscience of the Roman people. The story of Romulus and Remus is a good example of this; So much so, that the twins remained in the consciousness of the Romans beyond the end of the ancient world. Already in the Middle Ages, when Rome began to recover some of the power that was stripped in the late antiquity, kept alive the mythical justification of the past, although it did not do so on the basis of Romulus and Remus but on another couple, this time formed by Saint Peter and Saint Paul.

Even the enemy, who later became part of Rome itself, could not tolerate betrayal of the fatherland. The unfortunate Tarpeya remained forever as an indelible memory of the ease with which women could deviate from the path marked by morality, dragged by their low passions.
This legend also served to mark the origin of an area of the Capitol known as Tarpeium saxum (‘rock Tarpeya’). It was an area with cliffs and a precipice more than twenty-five meters high from which were thrown, as a condemnation, those Romans who had committed treasons to the fatherland.

Tarquinius the Proud was crowned king after forty-four years of reign of Servius Tullius. Tulia was the first to greet him as the new king before returning home by car, making sure to run over the body of his father, who lay on the street. That image must have been engraved in the minds of all the Romans who read and discovered their own history – or what they thought it was – awakening a feeling of hatred towards that monarch and his lineage, whose disgrace to gods and men I would not go unpunished. So much so that a section of the street since then received the name of Vicus Sceleratus (‘street criminal’ or ‘impious’) for the outrage that there had occurred.

This type of inspired divination, in which divinity or destiny was the one who decided, was quite common in the ancient world. In fact, the people emulated the State by consulting the Sibylline books no longer to obtain revelations, but any other work they could find. The evident success that Virgil’s Aeneid reaped in his time and in later centuries meant that, on numerous occasions, this book was chosen to reveal the answer to the question asked. This popular homemade method of divination was known as sortes vergilianae. The Augustan History (“Hadrian’s Life” II, 8) tells us precisely that the future Emperor Hadrian used the sortes to predict his accession to the throne by opening the Aeneid for his sixth book:
Quis procul ille autem ramis insignis olivae sacra ferens? Nosco crinis incanaque mint register Romani primam qui legibus urbem fundabit, Curibus parvis et paupere terra missus in imperium magnum. Cui deinde subibit …

Who is the one I see in the distance crowned with an olive tree? He is carrying in his hands the objects of worship. I recognize the hair and white beard of the Roman king, who will for the first time build the city with laws and who, from his humble Cures and his poor land, will be sent to rule a great empire. The one that will follow …
(Virgilio, Eneida VI, 808-812).

This method of divination and other similar ones, such as the sortes sanctorum – used by the first Christians in the manner described above, but on passages from the different books of the Bible – spread mainly during the Low Empire and even during the Middle Ages.

In general, when we think of ancient Rome it is possible that the first idea that appears is that of the figure of the emperor, governing in an authoritarian and even despotic manner over a majestic city covered with white marbles, large statues and gigantic buildings and structures that they would make even the most haughty of humans dwarf. We think of the Empire, its great extent and how the Roman civilization created an enormous common territory from the cold north of Germany to the hot African desert and from the Galician Finisterre to the fertile plains of Mesopotamia.
However, to reach that point, Rome had to evolve and prosper slowly, and often painful, by a sea of conquests, power struggles and social and cultural annexations. We know that in ancient Rome there were some slave revolts like that of Spartacus – immortalized by Hollywood in the twentieth century – which were harshly repressed to avoid greater evils. Even so, the slave mass never had the means or the organization necessary to carry out large-scale uprisings, except for meritorious exceptions such as the one mentioned above in which the slaves came to check all of Rome. It could also happen that a single slave attacked his master individually, a practice that, although it should not be frequent, does have several cases documented throughout the Mediterranean.
Atiae Turel / liae C (ai) Turel / li f (iliae) an (norum) XXV [ii] / occis {s} aas [er] / vo C (aius) Turel [i] / us et Vale / ri [a ] / ——
Atia Turelia, daughter of Cayo Turelio, twenty-seven years old, was murdered by a slave. Cayo Aurelio and Valeria [dedicated this monument]
(Funerary stele, from Clunia, found in Huerta de Rey, Burgos, AE 1992, 1037).
Even for those who tolerated physical violence, there were moral limits that should not be crossed as much as possible, such as hitting them with bare fists or kicking them. However, we found cases in which the rage caused the masters to break loose, even though they later apologized to their slaves. That was precisely what happened to the Emperor Hadrian.

Sex and its connotations in the Roman world, we want to stop now in these bacchanalia -bacchanalia-, to understand its true meaning, very different from the myth that any of us is able to draw in his mind.
For this we must look beyond the stereotype and the impudent connotations that the concept has for us, namely: busy parties of unbridled pleasure, orgiastic rituals, group sex and lustful practices of which the most depraved Romans enjoyed incessantly. This would be a definition that would undoubtedly have been supported by many Romans such as Livy, the Senate itself and, of course, the Christian literati of the Lower Empire, who played their cards well, perpetuating – for ever and ever – the great ball of snow formed around the hedonistic vices of the most privileged of ancient Rome.
As usual, the reality is very different, although only the interests of those who write history mixed with the veil of forgetfulness and distortion that the passage of time prevails.
The truth of this story was silenced in the autumn of 186 a. C. by means of a persecution – orchestrated by the Senate -, that began in Rome and that extended practically by all Italy. The result: hundreds of people captured and executed just for professing a faith of salvation and eternal life. Indeed, religion – for many causes and for other solutions to all human problems – is behind this macabre episode in Roman history. Through these dances, the Bacchae tried to reach a state of Bacchic ecstasy that supposed complete mental liberation. The rites and movements, which could become violent, caused the faithful to enter into direct and carnal contact with the deity. This type of sacred rituals in which only women participated, were known as orgium or, more commonly in the plural, orgia.
But how did the word orgia mean a female ritual of dance and spirituality to be a depraved meeting of group sex? The answer lies in the changes that took place in the Bacchic cult in Rome towards the end of the third century and the beginning of II a. C. and in the reactions that these changes caused in the highest political and religious spheres of Rome.
It was Tito Livio (From the foundation of the city XXXIX, 8-19) who narrated with all detail what happened at the beginning of the II century a. C. inside and outside the circles of the mysteries of Bacchus. The cult to Dioniso-Baco had been introduced in Italy several centuries ago by the influence of the Greeks who professed it. In Rome it was considered as an aliena religion or foreign religion, outside the limits of the official cults of the State, which represented the Roman religious morality, embodied in the pudicity-modesty or chastity. In spite of this, it was tolerated as long as it did not attempt against the established order or against this traditional morality.

One of the clearest myths we find today about the Roman calendar. The in-depth analysis of this topic is scarce and, even among researchers who are not specialists in this specific field, there is disinformation and hoaxes that we must gradually get rid of. One of the ones that has most focused on the collective consciousness, especially on the internet, is the belief that the Roman year had begun in the month of March until the year 154 a. C. and that was in 153 a. C. when it was finally replaced by January 1. This historical hoax, which is dismantled by reading only the various classical authors who speak on the subject and unanimously attribute the change to Numa, at the end of the 8th century BC. C., is based on an error of interpretation of the events that occurred in the middle of the II century a. C.
At that time, military campaigns were being carried out against the Celtiberian peoples of Hispania. In particular they were the Segedenses, with the help of the Numantinos, who had managed to cause extensive casualties among the Roman ranks of Consul Quinto Fulvio Nobilior. Therefore, the Senate decreed that the following year -153 a. C. – The consuls, who had to end that rebellion as soon as possible, did not take their positions in the Ides of March-March 15, as was customary at that time, but in the Kalendae of January -1 January. This change in the beginning of the Roman political course was undoubtedly the “cause” of this widespread confusion that has reached our days.
In spite of the efforts – attributed to Numa – to regularize the year, this calendar still suffered from serious problems of precision that made it easily unsettled with respect to the natural cycle of the seasons. It would not be until the middle of the fifth century BC. C., with the publication of the Law of the Twelve Tables – foundation of the Roman law – when the process of adapting the year to nature was regularized. It was done by adding a month, known as Interkalaris, which had 27 days and was added after the month of February every two years.
Despite this reform, the problems continued causing the year to have a lag of three months with respect to the seasons. This was due to the fact that the intercalation was not strictly complied with because corrupt politicians used it at their pleasure as a tool to lengthen or shorten for a month the mandate of this or that magistrate that was propitious or annoying.

The myth of the numantine resistance  has always been one of the most recognizable stereotypes of the patriotic honor of the “old Spaniards”, and it still is. Even from the tenth century we have proof of the identification of the remains of Numancia – wrongly – under Zamora, at a time when it was one of the most important Christian cities among those who defended the southern border. Unfortunately, this and other interested readings, together with the dangerous arguments of authority of those who perpetuated the myth again and again, have generated in the collective consciousness a distorted history that does not correspond to what the oldest sources tell.
The history of Numancia was collected by some authors both Greek and Roman. The work that surely more closely approximated the historical reality of what happened there is La guerra de Numancia de Polibio, unfortunately lost. According to Appian (Roman history, “On Iberia”, 95-96), the Numantians would have tried to agree to the surrender with the Romans after suffering some time the site. However, the negotiation was unsuccessful, not because Rome demanded slavery for them or imposed the destruction of the city, but because they had to surrender their weapons. For the Numantinos – and for many other pre-Roman peoples of the Iberian Peninsula – weapons were an extension of their own extremities that connected them with the gods, so stripping off weapons represented much more than mere military disarmament. In fact, a great punishment for these people was to cut off their hands, because they could not wield the sword, even to commit suicide.
The Numantinos maintained the state of siege for more than eight months. When cattle and wheat ran out, they began to lick cooked skins and, shortly after, to eat human flesh. First that of the dead, later that of the sick and finally that of women and children, defenseless against the violence of their own relatives. Finally, plunged into sickness and despair, the Numantians agreed to surrender the city and surrender along with their weapons. The Romans then razed the city to the foundations, divided their territory among the nearby indigenous peoples who had helped in the siege, and sold most of the Numantines as slaves. Fifty of them, however, were selected to be shown in Rome as part of the spoils of war in the triumphal procession granted to Scipio Emiliano the following year, the 132 a. C.
This is probably the least adulterated version that we have of that episode in which, although we find some of the elements of the myth that would emerge later (misery, famine, anthropophagy, suicide and resistance), we also prove that the Numantians surrendered the city and they surrendered, something present in this and other authors like Estrabón or Cicero and that would disappear completely from the later narration.
The myth of the resistance numantina was born later among the Roman authors themselves, who were moved and surprised by that story.

Livia has always been a figure that has aroused both hatreds and passions, in which the most terrible crimes that can be imagined are mixed with virtues within the reach of very few. Certainly it is difficult to deliver an univocal vision of Livia: wife of Augustus, mother of Tiberius and, above all, a free and empowered woman who, despite always being in the political shadow of men, managed to get to where no other woman I had done it before in Rome. And that is something that neither Tacitus nor Graves nor any other man can ever remove.

Lead did not poison the Romans en masse or drive them crazy, much less cause the fall of the Empire as some pretentious author came to suggest last century. Another reason traditionally used of the supposed decline of the emperors that vanishes before us to free the way of research and the dissemination of the most recent hypotheses that eliminate the false news of history.
Hi omnes, quos paucis attigi, praecipue Caesarum gens, adeo litteris culti atque eloquentia fuere, ut, ni cunctis vitiis absque Augustus nimii forent, profecto texissent modica flagitia.
All these, about which I have briefly treated, and especially the family of the Caesars, were so learned in literature and eloquence that, without the excess of their vices, of which, with the exception of Augustus, they were imprisoned, their great talents would have made her forget her little weaknesses.
(Pseudo Aurelio Víctor, On the Caesars VIII, 7).

Although the period, traditionally called “military anarchy”, has been considered a nefarious time for the history of Rome, the truth is that not all these emperors were a disaster for the Empire. Good times were lived under the reigns of Philip I, Aureliano, Galieno or Probo and that “crisis” gave rise to a new system that would reach the end of the century in the hand of the Tetrarchy of Diocletian. If there really was a global crisis, as traditional historiography has always defended, it is something that would give to fill several complete books, a complex task that is being carried out from the new approaches of research. History is alive and its knowledge is built day by day.

The certainties in history are elusive, but researchers and disseminators have the obligation to transmit what they know -in this case, about the Roman world- so that together we can reconstruct our own past, of which we are heirs and which foundations the foundations of our society , our culture and our ideas.

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