Mi Rey Caído — Laurence Debray / Mon Roi Déchu : Juan Carlos d Espagne by Laurence Debray

Juan Carlos sigue siendo un problema para España. Su ausencia de casi dos años no deja de obsesionar a los españoles; la más mínima noticia, aunque sea falsa, acapara los medios de comunicación. ¿Es por mala conciencia que se mantiene a un hombre en el ocaso de su vida lejos de su casa y su familia mientras la justicia se esfuerza por encontrar una razón válida para condenarlo? Como francesa, admiraba a España por su sentido del clan, la importancia de la familia, sus vínculos sagrados, sus ritos festivos. Pero esta vez la intransigencia triunfó sobre la tolerancia, en detrimento de la cohesión familiar; quizá, incluso, nacional. ¿Qué imagen pretende dar España tratando de esa manera a su antiguo héroe? A la inversa de la autocelebración francesa, los españoles se entregan a la autoflagelación, a la autodenigración, a revivir heridas y luchas fratricidas. Al final, cada país tiene sus propios rasgos de carácter.
Reconozco los deslices morales del rey emérito, que no deberían impedir el reconocimiento del papel histórico decisivo del que España se ha beneficiado durante casi cuarenta años. Reclamo una visión cercana pero distanciada…

Merece la pena leerlo pero la autora «usa» la figura del Rey Juan Carlos en aras del narcisismo. De principio a fin escribe de ella, su nacimiento, sus países de residencia, sus padres, los amigos de estos, lo que piensa, lo que interpreta, lo que juzga, lo que hace y deja de hacer, su familia…

Un 3 de agosto de 2020, cuando España se sofocaba bajo el calor, Juan Carlos decidió soltar amarras, salir con sigilo por la puerta trasera del Palacio de la Zarzuela y reanudar el exilio de su infancia. Seis años antes se había despojado de su corona. Esta vez, se despojaba de su reino. Un hombre de ochenta y dos años, debilitado por veinte operaciones —una de ellas a corazón abierto—, decidió desaparecer. ¿Tiene derecho un rey a desertar de su país como un furtivo soldado que huye del combate?
Sometido a la presión mediática, gubernamental y familiar, no le quedó otra opción. Demasiados escándalos, demasiadas cuentas bancarias astronómicas en paraísos fiscales, demasiadas amantes. No hurtó de las arcas del Estado; se benefició de los regalos y prebendas del rey de Arabia Saudita y de otros conocidos dueños de fortunas. ¿En nombre de la amistad o a cambio de servicios? El misterio permanece. En todo caso, se convirtió en el reprobado «padre de la nación», en una figura incómoda para su hijo Felipe VI y en un abuelo poco recomendable. Condenado por los medios y las redes sociales aun antes de presentarse ante los tribunales. De hecho, por el momento, no lo persigue la justicia. Pero debe expiar sus faltas, hacer penitencia, esfumarse. Una patética salida de escena para quien democratizó el país después de cuarenta años de dictadura, que lo salvó de un golpe de Estado y le aseguró el periodo de crecimiento más prolongado de su historia. Su tiempo ya pasó: el hombre que brilló durante el siglo XX no supo comprender ni adaptarse al siglo XXI, y decide eclipsarse.
Si finalmente regresara a España, sería un rey caído, un rey maldito. Ya fuera para someterse a la justicia o a una jubilación convencional. A los viejos leones se les permite volver a su territorio para morir. Incluso los elefantes tienen su cementerio, y los miembros de la familia real, su necrópolis milenaria. Pero el daño está hecho, se han revelado sus negocios.

El Rey protegía España: era un cortafuegos para sus tentaciones destructivas, para la guerra civil, para el terrorismo, para la disgregación nacional, para los golpes de Estado. Y, a su vez, el país lo protegía a él, obviando sus excentricidades amorosas o empresariales. Sin pedirlo formalmente, los medios de comunicación, el Gobierno, la justicia, sus amigos y su familia no revelaban nada. Reinaba la ley del silencio. Y los españoles lo admitían. Sabían lo que le debían: la democracia y la prosperidad. El prestigio de Juan Carlos influía sobre el reino, y viceversa. Todo iba bien en España, incluso demasiado bien. Y también le iba demasiado bien a este «rey camarada», que dejaba los conciertos de música clásica para Sofía, la «reina profesional», mientras él se dedicaba a charlar con deportistas, políticos, directores de empresa. Su sello distintivo: la elocuencia, las bromas, la familiaridad. Los españoles apreciaban ese carácter carismático, exuberante, pero algo impropio de la realeza al fin y al cabo… La pompa y el protocolo le aburrían, encorsetaban su espontaneidad y su vitalidad.
Al discurrir los años, sus problemas de salud ensombrecieron su carácter enérgico; sus caprichos y debilidades se volvieron flagrantes.
Un rey apela al corazón, mientras que un presidente o un jefe de Gobierno apela a la cabeza. Una severa recesión económica, que comenzó en 2008, dará fin a los años de fiestas, tolerancia y ocurrencias. Resultó un choque: los españoles creían que el crecimiento sería eterno. Sin duda ese fue el equívoco primigenio entre el país y Juan Carlos, el principio del descenso a los infiernos de España y del Rey, puesto que, al fin y al cabo, sus destinos estaban unidos. La prensa se emancipó: los casos de corrupción, que afectaban a todos los partidos en todas las regiones, estallaron uno tras otro.

Cuando en 1975 lo entronizaron, muchos presionaron a Juan Carlos para que restableciera la residencia tradicional de la Corona, el Versalles español. Inmenso y decrépito como estaba, habría supuesto unos gastos considerables para un país en plena crisis económica y reorganización política. Y Juan Carlos, fino gastrónomo, me explicó que en el Palacio de Oriente había tanta distancia entre la cocina y el comedor que la comida siempre llegaba fría. Los reyes tienen verdaderos problemas de intendencia…
Juan Carlos se acostumbró a conciliar la vida familiar con la vida profesional en la Zarzuela.
El Rey modeló una monarquía a su manera, sin corte, sin fasto, exenta de sus fastidiosas tradiciones y de su historia. Una monarquía nueva para unos tiempos nuevos, más prosaica que real. Fue una instauración más que una restauración de la Corona. Una realeza ingrávida, cuyo único sustrato sería la democracia. Así pensaba anclarla a las raíces del país.

Majestad, yo hago lo mismo que usted. No trabajo, no hago nada. Pero soy indispensable. Sin mí, no habría espectáculo.
Sin Juan Carlos, de manos inmaculadas, no habría España moderna.
—¿En su familia nunca se rebela nadie?
—Tu país, España, está por encima de ti, de tu personalidad y de tu rebelión. Si esa rebelión es en favor de tu país, muy bien. Si no, no sirve de nada. En nuestra familia es así. No eres nadie si no haces algo por tu país.
La familia real es la esclava voluntaria de su patria. España es su deber sagrado. Cuando el Rey habla de ella, alza los ojos al cielo, como si se refiriera a un dios omnipotente, a una fuerza espiritual. No conozco a nadie que mantenga una relación semejante con Francia. De Gaulle, seguramente. Y ¿quién más? El sentido de Estado no está muy de moda, y menos en España, donde se ha debilitado en beneficio de las regiones.
Le pregunto a Juan Carlos:
—¿Cómo surgió este vínculo tan íntimo con España, si vivía en el exilio?
—Desde niño, mi padre nos inculcó el amor por España. España era su gran leitmotiv. No pensaba en otra cosa. Se sacrificó por España.

Los jefes de Estado tienen la piel curtida. El poder suscita un cierto desapego, por lasitud, por protección. Puesto que solo se trata de gestionar problemas y de encajar malas noticias, el cargo los vuelve insensibles. Es una cuestión de supervivencia. Imaginaba que Juan Carlos tendría el mismo temple. A fuerza de encadenar audiencias y viajes oficiales, de ver desfilar los Gobiernos sin tener una influencia directa sobre ellos, sin duda el Rey debía de ser flemático respecto a sus obligaciones, y tal vez incluso respecto a la actualidad de su país. Tras treinta y nueve años de reinado, tenía derecho a estar hastiado. Entonces, al acabar la jornada, cuando la noche ha invadido los bellos jardines de la Zarzuela e incluso hemos olvidado la presencia de las cámaras, en este ambiente confinado en su despacho, tapizado con madera oscura, le pregunto:
—Majestad, ¿cuáles han sido los peores momentos de su reinado?
Espero que me hable de estos dos últimos años de oprobio que ha pasado entre operaciones quirúrgicas y el repudio de su reino, en la soledad del declive. Es la hora de las confidencias. Quiero que ponga palabras a sus desgracias. Me responde sin dudar:
—He tenido momentos difíciles, pero, para serte sincero, he tenido ochocientos momentos dolorosos. Son las ochocientas víctimas del terrorismo que hemos sufrido. Y me muestro solidario con ellas.

España nunca ha seguido el mismo camino que los demás. Es una tierra irascible y coriácea. Ya en tiempos de Solimán el Magnífico este fue incapaz de invadirla. Tres siglos más tarde, también se resistió a Napoleón, una tropa de campesinos andrajosos desconcertó al Ejército más poderoso de Europa gracias a unas tácticas de hostigamiento, que más tarde se llamaron «guerrilla». Su destino siempre fue una excepción: fue la primera potencia globalizadora con el descubrimiento de América; después, durante un largo periodo, fue el imperio más vasto y rico del mundo, el de Carlos V (Castilla, Aragón, Portugal, Sicilia, Milán, Nápoles, Flandes, Luxemburgo y las Indias), «el imperio donde nunca se pone el sol». Siempre distinta, España incluso se mantuvo al margen de las dos guerras mundiales. Franco no logró entenderse con Hitler, quien, después de un encuentro cara a cara, dijo que prefería que le arrancasen las muelas a repetirlo. El franquismo no hizo más que exacerbar esta epopeya solitaria.

A partir de ahora, la Casa Real está cerrada con triple vuelta y un candado. Felipe y Letizia han impuesto una distancia protectora para con los medios y los españoles. Se difunden algunas imágenes de la vida cotidiana de la familia real cuando Felipe cumple cincuenta años, por ejemplo, imágenes patéticas de una comida dominical alrededor de una simple sopa, de la salida matinal de las princesas hacia el colegio. Imágenes de la vida sin vida. Nunca tendré acceso a Felipe, a su entorno, a su verdad, a sus sentimientos, como lo he tenido con su padre.
Sin duda para atenuar la partida brutal de este rey tan incómodo con el que se ensaña el Gobierno. O para tratar de perdonar al padre de la nación por sus errores, al fin y al cabo insignificantes en la escala de la Historia. No obstante, la opinión pública y las redes sociales se alimentan más de acusaciones que de absoluciones, de maniqueísmos que de matices. Aunque ello suponga olvidar el largo e inusual periodo de paz y de crecimiento que supuso el reinado de Juan Carlos. Un desafío para este país.

Juan Carlos no cometió ningún crimen penal, ni un asesinato, ni un robo, ni una violación. Aceptó un regalo del rey de Arabia Saudita difícil de rechazar, ocultó el dinero, viajó en avión privado gracias a la generosidad de su primo, utilizó una tarjeta de crédito que le ofreció un amigo empresario para pagar los gastos de su familia, desde el caballo de su nieta a unas vacaciones en Londres de su mujer. Actuó como un hedonista, considerándose intocable, por encima de las leyes. Las cantidades de dinero hirieron a un país en dificultades que, después de vivir a lo grande, tuvo que abrazar dolorosamente la moderación. El tren de vida de Juan Carlos no se financiaba con dinero de los contribuyentes, pero no estaba acorde con lo que vivía España. Pecado de descaro.
Nuestro rey jubilado no vive como la mayoría de sus conciudadanos sino como sus iguales, como los jefes de Estado jubilados que hacen caja con conferencias a precio de oro, como los directores generales de empresas internacionales con hábiles organigramas que permiten la evasión fiscal, como sus primos en sus dominios señoriales. Mi héroe termina su existencia como rey mantenido.
Nadie se ha arriesgado a defenderlo. Ni siquiera su hijo, que ha heredado sus privilegios, ni su generación, a la que le ofreció la libertad y la estabilidad, ni los directores de empresas a quienes tanto facilitó contratos internacionales. De lejos llegaron algunas voces de unos pocos monárquicos leales; nada significativo.

Juan Carlos no oculta su aflicción. No sale con evasivas. Su alejamiento no le impide estar informado de todo, en todas partes. España, evidentemente, está en el centro de sus preocupaciones. El futuro de la monarquía es su inquietud principal. Pone las cartas sobre la mesa; habla abiertamente de la delicada situación en la que se encuentra. Y, con cierto pudor, de los amigos que le han dado la espalda. Incluso aquellos que le deben riqueza y popularidad. Sus palabras no destilan resentimiento en ningún momento. No se queja de nada, solo constata, resignado.
Un rey sin reino, un rey desarraigado, es la personificación de lo trágico. Aunque algunos conserven títulos rimbombantes y joyas. Han perdido su anclaje histórico, su razón de ser. Encarnan el rechazo. Con todo, Juan Carlos no reconoce la derrota. A pesar de todo, continúa inquebrantable.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/08/20/hija-de-revolucionarios-laurence-debray-fille-de-revolutionnaires-of-revolutionary-by-laurence-debray/

https://weedjee.wordpress.com/2022/05/16/mi-rey-caido-laurence-debray-mon-roi-dechu-juan-carlos-d-espagne-by-laurence-debray/

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Juan Carlos is still a problem for Spain. His absence of almost two years does not stop obsessing the Spanish; the slightest piece of news, even if it is false, monopolizes the media. Is it out of bad conscience that a man in the twilight of his life is kept away from his home and family while justice struggles to find a valid reason to convict him? As a Frenchwoman, she admired Spain for its sense of clan, the importance of the family, its sacred ties, its festive rites. But this time intransigence triumphed over tolerance, to the detriment of family cohesion; maybe even national. What image does Spain intend to give by treating its former hero in this way? Contrary to the French self-celebration, the Spanish indulge in self-flagellation, self-denigration, reliving wounds and fratricidal fights. In the end, each country has its own character traits.
I recognize the moral lapses of the King Emeritus, which should not prevent recognition of the decisive historical role that Spain has benefited from for almost forty years. I demand a close but distant vision…

It is worth reading but the author «uses» the figure of King Juan Carlos for the sake of narcissism. From start to finish he writes about her, her birth, her countries of residence, her parents, their friends, what she thinks, what she interprets, what she judges, what she does and doesn’t do, her family…

On August 3, 2020, when Spain was suffocating in the heat, Juan Carlos decided to let go, sneak out the back door of the Palacio de la Zarzuela and resume his childhood exile. Six years earlier he had stripped the crown from him. This time, he was stripping the kingdom from him. An eighty-two-year-old man, weakened by twenty operations—one of them open heart—decided to disappear. Has a king the right to desert his country like a furtive soldier fleeing from combat?
Subjected to media, government and family pressure, he had no other option. Too many scandals, too many astronomical bank accounts in tax havens, too many mistresses. He did not steal from the state coffers; he benefited from the gifts and prebends of the king of Saudi Arabia and other well-known owners of fortunes. In the name of friendship or in exchange for services? The mystery remains. In any case, he became the disapproved «father of the nation», an uncomfortable figure for his son Felipe VI and an unrecommended grandfather. Condemned by the media and social networks even before appearing in court. In fact, at the moment, justice is not persecuting him. But he must atone for his faults, do penance, vanish. A pathetic departure from the scene for someone who democratized the country after forty years of dictatorship, who saved it from a coup and ensured the longest period of growth in its history. His time has passed: the man who shone during the 20th century did not know how to understand or adapt to the 21st century, and decides to eclipse himself.
If he finally returned to Spain, he would be a fallen king, a cursed king. Whether it was to submit to justice or to a conventional retirement. The old lions are allowed to return to their territory to die. Even the elephants have their cemetery, and the members of the royal family, their thousand-year-old necropolis. But the damage is done, his business has been revealed.

The King protected Spain: he was a firewall for his destructive temptations, for civil war, for terrorism, for national disintegration, for coups. And, in turn, the country protected him, ignoring his love or business eccentricities. Without formally requesting it, the media, the government, the justice system, his friends and his family did not reveal anything. He reigned the law of silence. And the Spaniards admitted it. They knew what they owed him: democracy and prosperity. The prestige of Juan Carlos influenced the kingdom, and vice versa. Everything was going well in Spain, even too well. And it was also going too well for this «comrade king», who left the classical music concerts for Sofia, the «professional queen», while he dedicated himself to chatting with athletes, politicians, company directors. His hallmark: eloquence, jokes, familiarity. The Spaniards appreciated that charismatic, exuberant character, but something unbecoming of royalty after all… Pomp and protocol bored him, restricted his spontaneity and his vitality.
As the years passed, his health problems overshadowed his energetic character; his quirks and weaknesses became blatant.
A king appeals to the heart, while a president or head of government appeals to the head. A severe economic recession, which began in 2008, will put an end to the years of parties, tolerance and occurrences. A shock resulted: the Spanish believed that growth would be eternal. Without a doubt, that was the original mistake between the country and Juan Carlos, the beginning of the descent into hell for Spain and the King, since, after all, their destinies were united. The press was emancipated: cases of corruption, affecting all parties in all regions, broke out one after another.

When he was enthroned in 1975, many pressured Juan Carlos to reestablish the traditional residence of the Crown, the Spanish Versailles. Huge and decrepit as it was, it would have entailed considerable expense for a country in the midst of economic crisis and political reorganization. And Juan Carlos, a fine gastronome, explained to me that in the Palacio de Oriente there was such a distance between the kitchen and the dining room that the food always arrived cold. The kings have real quartermaster problems…
Juan Carlos got used to reconciling family life with professional life at the Zarzuela.
The King modeled a monarchy in his own way, without court, without pageantry, exempt from its tiresome traditions and its history. A new monarchy for new times, more prosaic than real. It was an establishment rather than a restoration of the Crown. A weightless royalty, whose only substratum would be democracy. He thus thought to anchor it to the roots of the country.

Your Majesty, I do the same as you. I don’t work, I don’t do anything. But I am indispensable. Without me, there would be no show.
Without Juan Carlos, with immaculate hands, there would be no modern Spain.
«In his family no one ever rebels?»
—Your country, Spain, is above you, your personality and your rebellion. If that rebellion is in favor of your country, very well. If not, it’s no use. In our family it is like that. You are nobody if you do not do something for your country.
The royal family is the voluntary slave of their country. Spain is his sacred duty. When the King speaks of her, he raises his eyes to heaven, as if he were referring to an omnipotent god, a spiritual force. I don’t know anyone who maintains such a relationship with France. De Gaulle, surely. And who else? The sense of State is not very fashionable, and less so in Spain, where it has been weakened to the benefit of the regions.
I ask Juan Carlos:
—How did this intimate link with Spain come about, if you lived in exile?
—Since I was a child, my father instilled in us a love for Spain. Spain was his great leitmotif. He didn’t think of anything else. He sacrificed himself for Spain.

The heads of state have weathered skin. Power arouses a certain detachment, out of lassitude, out of protection. Since it’s all about dealing with problems and taking in bad news, the job makes them callous. It is a matter of survival. He imagined that Juan Carlos would have the same temper. By dint of chaining audiences and official trips, of seeing governments parade without having a direct influence on them, without a doubt the King must have been phlegmatic regarding his obligations, and perhaps even regarding the current situation in his country. . After thirty-nine years of reign, he had a right to be jaded. So, at the end of the day, when night has invaded the beautiful Zarzuela gardens and we have even forgotten the presence of the cameras, in this confined environment in his office, upholstered in dark wood, I ask him:
«Your Majesty, what have been the worst moments of his reign?»
I hope he will tell me about these last two years of opprobrium that he has spent between surgical operations and the rejection of his kingdom, in the solitude of decline. It is the hour of confidences. I want you to put words to his misfortunes. He replies without hesitation:
“I’ve had difficult moments, but to be honest, I’ve had eight hundred painful moments. They are the eight hundred victims of terrorism that we have suffered. And I show solidarity with them.

Spain has never followed the same path as the others. It is a irascible and leathery land. Already in the times of Suleiman the Magnificent, he was unable to invade it. Three centuries later, also resisting Napoleon, a troop of ragged peasants baffled Europe’s most powerful army with harassing tactics, later called «guerrilla.» Its destiny was always an exception: it was the first globalizing power with the discovery of America; then, for a long period, it was the largest and richest empire in the world, that of Charles V (Castile, Aragon, Portugal, Sicily, Milan, Naples, Flanders, Luxembourg and the Indies), «the empire where the sun». Always different, Spain even stayed out of the two world wars. Franco failed to understand Hitler, who, after a face-to-face meeting, said that he would rather have his teeth pulled than repeat it. The Franco regime did nothing but exacerbate this lonely epic.

From now on, the Royal House is closed with a triple turn and a padlock. Felipe and Letizia have imposed a protective distance towards the media and the Spanish. Some images of the daily life of the royal family are broadcast when Felipe turns fifty, for example, pathetic images of a Sunday meal around a simple soup, of the princesses leaving for school in the morning. Images of life without life. I will never have access to Felipe, to his environment, to his truth, to his feelings, as I have had with his father.
Undoubtedly to mitigate the brutal departure of this uncomfortable king with whom the Government is merciless. Or to try to forgive the father of the nation for his mistakes, after all insignificant on the scale of history. However, public opinion and social networks feed more on accusations than on acquittals, on Manichaeism than on nuances. Although this means forgetting the long and unusual period of peace and growth that the reign of Juan Carlos meant. A challenge for this country.

Juan Carlos did not commit any criminal crime, not a murder, not a robbery, not a rape. He accepted a gift from the king of Saudi Arabia that was difficult to refuse, he hid the money, he traveled by private plane thanks to the generosity of his cousin, he used a credit card offered by a businessman friend to pay for his family’s expenses, from the horse from his granddaughter to a vacation in London for his wife. He acted like a hedonist, considering himself untouchable, above the law. The amounts of money hurt a struggling country that, after living large, had to painfully embrace moderation. Juan Carlos’ lifestyle was not financed with taxpayers’ money, but it was not in line with what Spain was experiencing. Sin of impudence
Our retired king does not live like the majority of his fellow citizens but like his equals, like the retired heads of state who cash in on conferences at the price of gold, like the CEOs of international companies with clever organization charts that allow tax evasion, like their cousins in their manorial domains. My hero ends his existence as kept king.
No one has risked defending him. Not even his son, who has inherited his privileges, nor his generation, to whom he offered freedom and stability, nor the company directors to whom he so much facilitated international contracts. From afar came some voices of a few loyal monarchists; nothing significant.

Juan Carlos does not hide his affliction. He doesn’t get evasive. His estrangement does not prevent him from being informed of everything, everywhere. Spain, obviously, is at the center of his concerns. The future of the monarchy is his main concern. He puts the cards on the table; he speaks openly about the delicate situation in which he finds himself. And, with some modesty, of the friends who have turned their backs on him. Even those who owe him wealth and popularity. His words do not distill resentment at any time. He doesn’t complain about anything, he just confirms, resigned.
A king without a kingdom, a rootless king, is the personification of the tragic. Although some retain bombastic titles and jewelry. They have lost their historical anchor, their reason for being. They embody rejection. However, Juan Carlos does not recognize defeat. Despite everything, he remains unshakeable.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/08/20/hija-de-revolucionarios-laurence-debray-fille-de-revolutionnaires-of-revolutionary-by-laurence-debray/

https://weedjee.wordpress.com/2022/05/16/mi-rey-caido-laurence-debray-mon-roi-dechu-juan-carlos-d-espagne-by-laurence-debray/

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