Afganistán: La Vida Más Allá De La Batalla — Antonio Pampliega / Afghanistan: Life Beyond Battle by Antonio Pampliega (spanish book edition)

El blanco cubre la tierra baldía hasta donde alcanza la vista. No hay vida, no hay nada… Esto es Afganistán. Me viene a la cabeza un dicho muy popular entre los afganos que dice: «Cuando Alá hizo el resto del mundo, vio que había quedado un montón de desechos, fragmentos, trozos y restos que no encajaban en ninguna otra parte. Tras reunirlos, los arrojó a la tierra y así creó Afganistán».
La ciudad, que en otro tiempo fue residencia de grandes reyes y que era envidiada en toda Asia Central por su esplendor, tiene como original banda sonora los cláxones de los miles de coches que colapsan las arterias de una ciudad a medio derruir y huérfana de alegría. Los habitantes de Kabul no sonríen, pero es que tampoco tienen motivos para ello. Nada invita al optimismo.
¿Y el dinero que han donado los países? ¿Dónde está? –pregunto. Supongo que la mentalidad de un occidental aquí, en Afganistán, no está construida con los mismos sólidos cimientos.
–Ja, ja, ja… Afganistán padece un cáncer que se llama corrupción. El dinero que dais los países del «primer mundo» no llega a los afganos. De cada diez dólares, en la población es posible que revierta uno. Los otros nueve se los quedan los políticos. Además, los contratistas compran materiales baratos para levantar casas, y debido a su mala calidad, los cimientos ceden a los pocos meses. Los miles de millones que los países están enviando a Afganistán están cayendo en manos codiciosas.
En Afganistán no tenemos pensión de viudedad. Esa mujer perdió a su marido hace siete meses por un atentado suicida y no tiene otra forma de alimentar a su pequeño que mendigando por las calles en busca de unos pocos afganis.
–¿Y por qué no trabaja?
–¿De qué? En Afganistán el ochenta por ciento de las mujeres no saben leer ni escribir. No tiene otra forma de ganarse la vida. Aquí no está bien visto que la mujer trabaje fuera del hogar; además, usar el burka mientras trabajas no es sencillo; apenas pueden andar por las calles sin tropezarse como para ponerse a trabajar –sentencia.
Puede que la democracia occidental haya llegado a este pedazo de tierra llamado Afganistán, pero los afganos siguen aferrados a sus costumbres. Están tan arraigados a ellas como su corazón al país. La mujer debe estar guardando la casa, cuidando de los hijos y sirviendo al hombre. Ésa debe ser su única finalidad en la vida. Servir y servir…

Sin ser el mejor libro del autor tiene una cosa a destacar para el lector, la pasión y en los tiempos que corren una relectura ha sido interesante al rememorar eso de aquellos polvos estos lodos.

El Ministerio de Asuntos Religiosos ordenó el cierre de todos los cines de Afganistán, así como la quema de la totalidad de las películas. El arte, la cultura, la historia… murieron el mismo día que los talibanes prendieron fuego a las salas de cine del país. Sí, merecía la pena, y mucho, acudir a una de esas salas rehabilitadas y ver cómo, catorce años después, los afganos habían recuperado unas migajas de su cultura, que les fue arrebatada por el totalitarismo y el integrismo de un puñado de fanáticos más interesados en amedrentar a los afganos que en tratarlos como a sus iguales.
Soñar. Parece sencillo visto desde el prisma de un occidental. Para los afganos supone un esfuerzo sobrehumano…
¿Crees que a alguien le importa esta gente? Los políticos son todos unos corruptos y el dinero se lo quedan ellos antes que apostar por mejorar la educación. La incultura del pueblo es el arma más poderosa. Es más fácil manejar a un ejército de ignorantes que a personas capaces de pensar por sí mismas y hacerse preguntas.

En Kabul, a pesar de que más del 50 % de los hombres son analfabetos, cifra que se eleva hasta el 80 % en las mujeres, las librerías han florecido como las amapolas de las que se extrae el apreciado opio. Pero esta librería tiene una peculiaridad que la hace diferente del resto.

Valientes mujeres han decidido no ceder ante las tradiciones. Son las abanderadas de un país que quiere luchar contra la opresión que sufre la mujer, y han decidido quitarse el burka y dejar de estar encerradas bajo la cárcel azulada a la que han sido condenadas por buena parte de la sociedad afgana. Esa lucha las ha llevado a disputar varios torneos internacionales en la vecina Pakistán, donde se proclamaron subcampeonas, o en Jordania, donde fueron aclamadas por el público asistente. Pero en su propio país se sienten menospreciadas y ése es el legado que no quieren dejar a las generaciones venideras.
A los pocos meses de hacerse con el poder, los talibanes obligaron a mi madre, y a todas las mujeres de Afganistán, a abandonar su trabajo y a quedarse en casa –recuerda–. Pero mi madre es una luchadora, y decidió no ceder ante el chantaje de los talibanes y hacer la guerra por su cuenta. Hablé con las madres de mis compañeras de clase que vivían en nuestro barrio y organicé clases clandestinas en mi propia casa…
Las mujeres podemos salir solas a la calle, ir a la escuela, tabajar… –enumera–. Las cosas están cambiando y yo quiero que ese cambio continúe. Occidente debe ayudarnos a que esos avances continúen, para poder disfrutar de nuestras libertades sin temor a ser lapidadas o apaleadas por enseñar los tobillos en público.

El problema es que tras la victoria de los muyahidines sobre los rusos, Estados Unidos se marchó del país sin dejar un líder sólido al frente de Afganistán. Los señores de la guerra comenzaron a luchar ferozmente por conseguir el poder y emplearon el arsenal que los americanos les habían dado para combatir a los soviéticos. Afganistán se convirtió en un país inestable y los gobiernos extranjeros optaron por la vía fácil. Armaron y entrenaron a los talibanes para que pudieran recuperar el país y estabilizarlo… Pero dieron armas a unos fanáticos a los que no pudieron controlar… Ellos son tan responsables como aquellos que apretaron el gatillo. Y juzgar a unos sería juzgarlos a ellos también…, y no están dispuestos.
Pero, a pesar de todo, el valle ha vuelto a recuperar el pulso de la vida. La gente intenta rehacer su vida, aunque las heridas de su corazón no cicatrizarán nunca.

Afganistán es el tercer país del mundo, sólo superado por Angola y Sierra Leona, en tasa de mortalidad infantil, llegando a los 151,95 fallecimientos por cada 1.000 nacimientos en 2009. El 15 % de los nacidos en el país centroasiático no llegan a cumplir un año de vida. Un dato que estremece pero que sorprende si lo comparamos con los datos de 2000, cuando gobernaban los talibanes que era inferior al 14 %… Una guerra que no acaba nunca. Bombas. Ataques suicidas. Balas perdidas. Malnutrición –se estima que más de cinco millones de niños la sufren en todo el país–. Falta de vacunas contra enfermedades como el sarampión… Los motivos son infinitos, pero los datos son claros y contundentes. Al menos tres menores de edad fallecen cada día, y más del 60 % de las muertes infantiles se deben a infecciones respiratorias e intestinales. Datos contra los que nada pueden hacer los médicos afganos, que se ven impotentes ante la escasez de medios.
En Afganistán dormitan más de diez millones de minas esperando para dar su dentellada a la carne fresca. Es el triste recordatorio de la crueldad de las guerras. Los mutilados son la memoria histórica del pasado. Algo que hace que no olvidemos nunca las décadas pasadas, que recordemos que no hemos vivido un mal sueño. Las cicatrices, las piernas ortopédicas, los muertos… son la memoria de Afganistán. Una memoria que sólo recuerda cruentas guerras. Una memoria demasiado frágil y cercenada.

Siempre queda algo de esperanza… Grandes, pequeños, ovalados, rasgados… Almendrados como la tierra del desierto, azulados como el cielo que cubre la tierra, verdes como el trigo que crece en el valle de Bamiyán… Pastunes, hazaras, uzbekos, tayikos… Da igual la etnia, su color o su forma. Sus ojos son testigos del horror de la guerra, pero su sonrisa nos devuelve –a los que cubrimos las zonas de conflicto– esa humanidad que hemos perdido después de ver las atrocidades que somos capaces de cometer los adultos.
Todos, sin excepción, tienen un brillo que los hace especiales, únicos. Una vitalidad que contrasta con el país. Una chispa que hace décadas se perdió por estos lares.
Un simple vistazo, unas pocas horas sirven para darse cuenta de que estos niños están hechos de una pasta especial.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/09/en-la-oscuridad-diez-meses-secuestrado-por-al-qaeda-en-siria-antonio-pampliega-in-the-dark-ten-months-kidnapped-from-al-qaeda-in-syria-by-antonio-pampliega-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2019/03/28/las-trincheras-de-la-esperanza-antonio-pampliega-trenches-of-hope-by-antonio-pampliega-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/02/11/afganistan-la-vida-mas-alla-de-la-batalla-antonio-pampliega-afghanistan-life-beyond-battle-by-antonio-pampliega-spanish-book-edition/

——————–

White covers the wasteland as far as the eye can see. There is no life, there is nothing … This is Afghanistan. A popular saying among Afghans comes to mind: “When Allah made the rest of the world, he saw that there was a lot of debris, fragments, bits and pieces left that did not fit anywhere else. After gathering them, he threw them to the ground and thus he created Afghanistan.
The city, which was once the residence of great kings and which was envied throughout Central Asia for its splendor, has as its original soundtrack the horns of the thousands of cars that collapse the arteries of a city half demolished and orphan of joy . The people of Kabul are not smiling, but they have no reason to do so either. Nothing invites optimism.
And the money that the countries have donated? Where is? -I ask. I suppose the mentality of a Westerner here in Afghanistan is not built on the same solid foundation.
Ha ha ha … Afghanistan suffers from a cancer called corruption. The money you give the «first world» countries does not reach the Afghans. Of every ten dollars, in the population it is possible that one reverts. The other nine are left to politicians. In addition, contractors buy cheap materials to build houses, and because of their poor quality, the foundation gives in within a few months. The billions that countries are sending to Afghanistan are falling into greedy hands.
In Afghanistan we do not have a widow’s pension. That woman lost her husband seven months ago to a suicide bombing and she has no other way to feed her little one than by begging in the streets in search of a few Afghans.
«And why doesn’t he work?»
-About what? In Afghanistan, eighty percent of women cannot read or write. He has no other way to earn a living. Here it is not well seen that women work outside the home; Furthermore, wearing the burqa while you work is not easy; They can barely walk the streets without stumbling to get to work, ”she says.
Western democracy may have come to this piece of land called Afghanistan, but the Afghans still stick to their customs. They are as ingrained to them as their heart to the country. The woman must be guarding the house, taking care of the children and serving the man. That must be her only purpose in her life. Serve and serve …

Without being the best book by the author, it has one thing to highlight for the reader, passion and in these times a rereading has been interesting to recall that of those powders these muds.

The Ministry of Religious Affairs ordered the closure of all cinemas in Afghanistan, as well as the burning of all films. Art, culture, history… died the same day that the Taliban set fire to the country’s movie theaters. Yes, it was worth it, and a lot, to go to one of those rehabilitated rooms and see how, fourteen years later, the Afghans had recovered a few crumbs of their culture, which was taken from them by the totalitarianism and fundamentalism of a handful of other fanatics. interested in intimidating Afghans rather than treating them as equals.
Sound. It seems simple seen from the prism of a Westerner. For the Afghans it is a superhuman effort …
Do you think anyone cares about these people? The politicians are all corrupt and the money is left to them rather than betting on improving education. The ignorance of the people is the most powerful weapon. It is easier to handle an army of ignorant people than people who can think for themselves and ask questions.

In Kabul, despite the fact that more than 50% of men are illiterate, a figure that rises to 80% of women, bookstores have flourished like the poppies from which the prized opium is extracted. But this library has a peculiarity that makes it different from the rest.

Brave women have decided not to give in to traditions. They are the standard bearers of a country that wants to fight against the oppression of women, and they have decided to remove their burqa and stop being locked up under the blue prison to which they have been condemned by much of Afghan society. That struggle has led them to play several international tournaments in neighboring Pakistan, where they were proclaimed runners-up, or in Jordan, where they were acclaimed by the audience. But in their own country they feel belittled and that is the legacy they do not want to leave to future generations.
Within a few months of seizing power, the Taliban forced my mother, and all the women of Afghanistan, to leave their jobs and stay at home, ”she recalls. But my mother is a fighter, and she decided not to give in to the blackmail of the Taliban and wage war on her own account. I spoke with the mothers of my classmates who lived in our neighborhood and organized clandestine classes in my own home …
Women can go out alone, go to school, work… –he lists–. Things are changing and I want that change to continue. The West must help us continue these advances, so that we can enjoy our freedoms without fear of being stoned or beaten for showing our ankles in public.

The problem is that after the victory of the Mujahideen over the Russians, the United States left the country without leaving a solid leader in front of Afghanistan. The warlords began to fight fiercely for power and used the arsenal that the Americans had given them to fight the Soviets. Afghanistan became an unstable country and foreign governments took the easy route. They armed and trained the Taliban so that they could take back the country and stabilize it … But they gave arms to fanatics whom they could not control … They are as responsible as those who pulled the trigger. And to judge some would be to judge them too … and they are not willing.
But, despite everything, the valley has regained the pulse of life. People try to rebuild their lives, although the wounds in their hearts will never heal.

Afghanistan is the third country in the world, only surpassed by Angola and Sierra Leone, in infant mortality rate, reaching 151.95 deaths per 1,000 births in 2009. 15% of those born in the Central Asian country do not comply one year of life. A data that shocks but that surprises if we compare it with the data of 2000, when the Taliban ruled, which was less than 14% … A war that never ends. Pumps Suicide attacks Lost bullets. Malnutrition – it is estimated that more than five million children suffer from it throughout the country. Lack of vaccines against diseases such as measles … The reasons are endless, but the data are clear and convincing. At least three minors die every day, and more than 60% of infant deaths are due to respiratory and intestinal infections. Data against which Afghan doctors, who are powerless in the face of limited resources, can do nothing.
In Afghanistan, more than ten million mines are dozing, waiting to take their bite out of fresh meat. It is the sad reminder of the cruelty of wars. The mutilated are the historical memory of the past. Something that makes us never forget the past decades, that we remember that we have not lived a bad dream. The scars, the orthopedic legs, the dead… they are the memory of Afghanistan. A memory that only remembers bloody wars. A too fragile and severed memory.

There is always some hope … Big, small, oval, ragged … Almond like the land of the desert, blue like the sky that covers the earth, green like the wheat that grows in the Bamiyan valley … Pashtuns, Hazaras, Uzbeks, Tajiks … It does not matter the ethnic group, its color or its shape. His eyes are witnesses to the horror of war, but his smile gives us back – to those of us who cover conflict zones – that humanity that we have lost after seeing the atrocities that adults are capable of committing.
All, without exception, have a shine that makes them special, unique. A vitality that contrasts with the country. A spark that was lost decades ago in these parts.
At a glance, a few hours are enough to realize that these children are made of a special paste.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/09/en-la-oscuridad-diez-meses-secuestrado-por-al-qaeda-en-siria-antonio-pampliega-in-the-dark-ten-months-kidnapped-from-al-qaeda-in-syria-by-antonio-pampliega-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2019/03/28/las-trincheras-de-la-esperanza-antonio-pampliega-trenches-of-hope-by-antonio-pampliega-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/02/11/afganistan-la-vida-mas-alla-de-la-batalla-antonio-pampliega-afghanistan-life-beyond-battle-by-antonio-pampliega-spanish-book-edition/

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.