Las Trincheras De La Esperanza — Antonio Pampliega / Trenches Of Hope by Antonio Pampliega (spanish book edition)

El mejor libro del autor, no conocía a historia del italiano, pero bien merece un libro, sin duda un héroe moderno. Alberto Cairo no es un santo… ¿o sí? Te tocará a ti, lector, juzgarlo. Por mi parte, tengo respuesta a la pregunta.
Espero que disfrutes de este país maravilloso y desconocido. Un lugar que solo tiene cabida en los medios de comunicación cuando mueren civiles a cascoporro. Pero hay mucho, muchísimo más allá del Hindú Kush, el macizo central de Afganistán. Es un país que enamora y el testimonio pese a ser atroz te engancha como pocos.

El centro ortopédico era un sitio destinado a ayudar a gente discapacitada. Gente que llega con graves problemas depresivos. Cabizbaja. Que piensa que jamás va a volver a caminar o a trabajar. Sí. Sigue con vida. Pero el precio a pagar ha sido tan elevado…
—Habíamos creado un centro de paz. Donde las diferencias se dejaban a un lado porque todos eran iguales. Posiblemente fuera del centro serían capaces de matarse a sangre fría, pero aquí llegaban con otra mentalidad. Creamos un lugar donde estaban prohibidas las armas y las discusiones. Donde no se permitía hablar de política. Aquí venían a otra cosa… Y en eso residía la fuerza de este centro. Y todos, sin excepción, lo respetaban.
En medio de un panorama tan desolador decidió quedarse en el lugar más cercano al infierno. ¿Por qué? Por los discapacitados.
—¿Qué puede mover a una persona a sacrificar su vida para ayudar a los demás? —pregunto con curiosidad.
—Mis ideales. Sin duda —responde.
La puta guerra. Implacable. Despiadada. Inflexible. Democrática. De su voracidad nadie escapa. Todos, sin excepción, tenemos un día. Hay quien espera escondido en un sótano y quienes, como Alberto, salían cada día a enfrentarse a ella. Cara a cara. A pecho descubierto. Su trabajo, en aquellos días, consistía única y exclusivamente en ayudar a los doctores y a los cirujanos. Hacían falta manos y daba igual que el que las prestara fuera fisioterapeuta. A pesar de las atrocidades que se cometían a diario, el italiano tenía la esperanza de que las cosas se calmasen y, tarde o temprano, el centro ortopédico pudiese volver a abrir. Pero la realidad era bien distinta. La situación no hacía más que empeorar y empeorar.
En agosto de 1992 el hospital de Cruz Roja fue alcanzado por un cohete. Desde Ginebra se decidió evacuar a todo el personal extranjero y dejar el centro en manos del Gobierno de los muyahidines para que ellos lo gestionasen.
La razón principal es mi trabajo. Es gratificante. Después de un par de semanas lejos de Afganistán estoy deseando regresar. Aquí soy útil. Tengo un propósito. Después de tantos años hay personas a las que amo y con las que me siento feliz de poder estar. ¿Por qué debería irme a otro lugar? ¿Por qué? Aquí soy feliz. Estoy en el lugar donde quiero estar. A pesar de que hay momentos en los que me siento muy cansado y necesito desconectar. Afganistán es mi sitio —sentencia con vehemencia. A continuación, el italiano me estrecha la mano con fuerza—. Ya te he dado más tiempo del que mereces —me espeta con una risa maliciosa—. Por hoy ha sido suficiente… Ahora, haz como me prometiste. Sal. Y habla con los afganos. Ellos son los protagonistas. Yo solo soy un viejo que trabaja aquí…

Los afganos no somos una sociedad guerrera o violenta. Quienes nos gobiernan son los que nos empujan a matarnos entre nosotros. Los que combatíamos contra los rusos éramos muy jóvenes y…
Afganistán es mucho más que el burka o los talibanes. Mi país es como un frondoso bosque donde los árboles más grandes impiden ver toda su inmensidad. Desde vuestro prisma, los occidentales os quedáis en lo superficial; no queréis penetrar más para examinar con independencia la realidad.
El problema de las mujeres afganas no es el burka. ¿Cuándo lograréis entenderlo? —me reprocha, y hace una larga pausa mientras escoge las palabras de manera adecuada para no resultar muy agresiva—. Los talibanes me obligaron a llevar burka durante su régimen. Sí, era humillante y vejatorio. Odiaba llevarlo. Pero lo realmente grave era que las mujeres no podíamos trabajar y las niñas no podían ir a la escuela a estudiar. Cuando salíamos de casa teníamos que ir acompañadas por un familiar varón. En la calle teníamos que ir siempre cubiertas por el burka y con unos calcetines que nos ocultasen los pies. No podíamos mostrar ni un centímetro de piel porque si los talibanes se daban cuenta, nos azotaban.

La educación, como dijo Nelson Mandela, «es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo». La educación es democracia, cultura, futuro, esperanza, inconformismo, lucha, dignidad… La educación es la herramienta que tienen las sociedades para no dejarse domar y para combatir por sus derechos.
Por ese motivo, los regímenes dictatoriales aprovechan la educación en beneficio propio para adormecer las mentes, como si de opio se tratase. «Todas las dictaduras ponen su esperanza en la fabricación artificial de una juventud que consolide su obra», escribió el periodista español Manuel Chaves Nogales el 23 de mayo de 1933, después de realizar un viaje por la Alemania nazi, donde Adolf Hitler comenzaba a adoctrinar a los jóvenes alemanes.
Los talibanes no quisieron ser menos que los grandes sátrapas de la historia. Metieron el Corán en vena a los estudiantes para cimentar su régimen. Se acabó el estudio de todo aquello que no tuviese relación directa con la palabra de Alá. Deseaban crear clones y más clones cincelados a su imagen y semejanza.

Los talibanes se creían por encima de lo divino y de lo humano. Si había veinte pacientes esperando en la sala de espera, exigían ser los primeros en ser atendidos, así que los tuve que «educar». En el centro mandaba yo y había un orden. De vez en cuando algún talibán no se lo tomaba bien y protestaba, pero me daba exactamente lo mismo. Tenía que guardar turno —comenta Alberto con total parsimonia, restando importancia al hecho de que él, un extranjero e infiel, ponía firmes a aquellos que habían arruinado el país y que eran temidos por la población civil.
El bueno del italiano, capaz de sacar momentos cómicos donde otros solo ven dramas, recuerda a un alto cargo del Gobierno talibán que olía muy mal.
—El tipo usaba una colonia muy desagradable, lo que en Italia llamamos «pachuli».
Afganistán es un lugar propicio para construir y moldear héroes para, posteriormente, mitificarlos. Con historias del pueblo indomable, invencible, inconquistable; una sociedad de guerreros que lucha por unos ideales hasta su último aliento… Esta tierra tiene todos los ingredientes para que los periodistas occidentales envolvamos la realidad en una especie de mantra místico. Somos muy dados a darle a todo un toque romántico que acaba oliendo a rancio de tanto usarlo.
Nuestra sociedad, carente de referentes morales y huérfana de líderes carismáticos, abraza, en multitud de ocasiones, estas historias haciéndolas suyas y apropiándose de ellas. Erigimos héroes tan rápido como chasqueamos los dedos. Convertimos en nuestra su lucha, por aquello del aura de heroicidad que rodea a la guerra, a pesar de que no sabemos qué se esconde en verdad tras ella. Pero eso es lo de menos, no dejemos que la realidad nos estropee un buen relato. Lo importante es la envoltura, lo de dentro es secundario…, aunque esté podrido.

Entre los afganos hay un dicho muy popular que usan para describir su país: «Cuando Alá hizo el resto del mundo, vio que habían quedado un montón de desechos, fragmentos, trozos y restos que no encajaban en ninguna otra parte. Tras reunirlos, los arrojó a la Tierra y así creó Afganistán». Nada más que añadir…
El reloj se quedó parado hace siglos, y así sigue, esperando a que alguien vuelva a darle cuerda para que las manecillas giren de nuevo. Aquí la vida se mide por estaciones. Calor, un poco más de calor y muchísimo calor… Y así pasan sus habitantes los días. Despreocupados… ¿Felices? Ni idea. Es posible que no sepan darle significado a esa palabra, pero quizás, a su manera, sean felices. Y nosotros, ¿somos felices?
En esta zona se sigue viviendo como se hacía tres o cuatro siglos atrás.

Afganistán es el primer productor mundial de opio y de heroína del mundo. Pero además, desde la caída de los talibanes, se enfrenta a un grave problema de consumo interno. Según la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Crimen Organizado (UNODC, por sus siglas en inglés) en el país centroasiático hay más de cuatro millones de adictos. Es decir, el ocho por ciento del total de la población afgana; lo que duplica la media mundial.
Quizás ese sea el quid de la cuestión. El valor de los opiáceos producidos aquí ronda los 1.500 millones de euros anuales, es decir, el equivalente al 7,4 por ciento del producto interior bruto de Afganistán. ¿Quién iba a renunciar a estas suculentas cifras por unos «pocos yonquis de mierda»?.

La afgana es una sociedad machista y patriarcal como pocas y en la que no encontrar marido supone un fracaso para la mujer. De hecho, a las escasas mujeres que deciden no casarse se las mira con desconfianza. No se contempla que una mujer pueda querer ser independiente y no desee depender de un hombre. Para Subaidan, el mundo, su pequeño mundo, gira en torno a estar casada y a depender económicamente de un hombre, y ella misma tardó menos de un año en volver a contraer matrimonio. Por eso, cuando mira a Fausia, con sus prótesis, lo que ve es una niña desvalida y a la que nadie querrá desposar. Pero en ningún momento se le pasa por la cabeza que el futuro de su hija depende del colegio. De tener una profesión…
Según el Gobierno afgano, de los 3,5 millones de menores que no tienen acceso a la escuela, el ochenta y cinco por ciento son niñas. Además, solo el treinta y siete por ciento de las mujeres adolescentes saben leer y escribir, mientras que, en el caso de los varones, la cifra llega al sesenta y seis por ciento.

Es un orgullo poder lucir los colores de mi país en el extranjero, pero, sobre todo, demostrar que los afganos ni somos unos salvajes, ni somos violentos, ni somos unos terroristas.
Sé que podemos cambiar nuestro país. Costará. Será con esfuerzo y tesón de generaciones y generaciones. Pero cambiaremos la situación. Las mujeres somos el futuro de este país. Los hombres lo han llevado a la ruina y nosotras lo levantaremos.
Afganistán tiene nombre de mujer; y el futuro es de ellas, aunque a muchos les pese.

¿El futuro? Hay tantísimas cosas que hacer en Afganistán. Si la guerra concluyese mañana, cosa que no va a ocurrir, Cruz Roja debería sopesar si quedarse o marcharse. Por desgracia aquí tenemos trabajo para muchísimos, muchísimos años. Cuatro décadas de guerra han conseguido destruir el país y hay que ayudar a levantarlo… ¿Y yo? —hace una pausa y reflexiona.
El silencio se prolonga en el tiempo. No veo en su rostro ni duda ni cansancio ni hartazgo. Desvía la mirada al exterior, por donde van entrando y saliendo pacientes del centro ortopédico.
Tiene sesenta y seis años. Lleva veintiocho en Afganistán. Es uno de los extranjeros que más tiempo lleva en el país centroasiático. Quizás, quizás… hubiese soñado con un retiro lejos de la tierra de la guerra eterna.
—Me gustaría quedarme en Afganistán. Ahora mismo estoy implicado con el deporte. Me voy con la selección de baloncesto en silla de ruedas a China a jugar un campeonato, todo gracias a una ONG italiana. Quiero construir un gimnasio…
La dignidad no puede esperar tiempos mejores. El primer paso para que un ser humano lo sea de verdad es devolverle la dignidad —responde con sosiego y calma—. Y por eso me quedo. Por eso continúo, año tras año, aquí, en Afganistán. Y estaré hasta que no me sea posible.
Ante esta disertación no hay mucho que añadir.

The author’s best book, he did not know Italian history, but he deserves a book, no doubt a modern hero. Alberto Cairo is not a saint … is it? It will touch you, reader, judge him. For my part, I have an answer to the question.
I hope you enjoy this wonderful and unknown country. A place that only has a place in the media when civilians die in cascoporro. But there is a lot, very much beyond the Hindu Kush, the central massif of Afghanistan. It is a country that falls in love and the testimony, despite being atrocious, gets you hooked with few people.

The orthopedic center was a site designed to help people with disabilities. People who come with serious depressive problems. Cabizbaja Who thinks that he will never walk or work again? Yes. Stay alive. But the price to pay has been so high …
-We had created a center of peace. Where the differences were set aside because they were all the same. Possibly outside the center they would be able to kill themselves in cold blood, but here they came with another mentality. We created a place where weapons and arguments were banned. Where it was not allowed to talk about politics. Here they came to something else … And that was the strength of this center. And everyone, without exception, respected him.
In the midst of such a bleak panorama he decided to stay in the place closest to hell. Why? For the disabled
-What can move a person to sacrifice his life to help others? I ask curiously.
-My ideals No doubt, “he replies.
The fucking war. Relentless. Ruthless Inflexible. Democratic Nobody escapes from its voracity. Everyone, without exception, we have a day. There are those who wait hidden in a basement and who, like Alberto, went out every day to confront her. Face to face. A bare chest. His work, in those days, consisted solely and exclusively in helping doctors and surgeons. They needed hands and it did not matter that the borrower was a physiotherapist. Despite the atrocities committed daily, the Italian hoped that things would calm down and, sooner or later, the orthopedic center could reopen. But the reality was very different. The situation was only getting worse and worse.
In August 1992, the Red Cross hospital was hit by a rocket. From Geneva it was decided to evacuate all foreign personnel and leave the center in the hands of the Government of the Mujahideen for them to manage.
The main reason is my work. It is rewarding. After a couple of weeks away from Afghanistan I am looking forward to returning. Here I am useful. I have a purpose After so many years there are people that I love and with whom I feel happy to be. Why should I go somewhere else? Why? I’m happy here I’m in the place where I want to be. Although there are times when I feel very tired and need to disconnect. Afghanistan is my place – judgment with vehemence. Then the Italian shakes my hand tightly. I’ve given you more time than you deserve, “he snaps with a malicious laugh. For today it has been enough … Now, do as you promised me. Sal. And talk to the Afghans. They are the protagonists. I’m just an old man who works here …

Afghans are not a warrior or violent society. Those who govern us are those who push us to kill each other. Those of us who fought against the Russians were very young and …
Afghanistan is much more than the burqa or the Taliban. My country is like a leafy forest where the biggest trees impede to see all its immensity. From your prism, Westerners stay in the superficial; you do not want to penetrate further to independently examine reality.
The problem of Afghan women is not the burka. When will you be able to understand it? She reproaches me, and pauses for a long time as she chooses the words appropriately so as not to be too aggressive. The Taliban forced me to wear a burka during their regime. Yes, it was humiliating and humiliating. I hated taking him. But the really serious thing was that women could not work and girls could not go to school to study. When we left home we had to be accompanied by a male relative. On the street we had to always be covered by the burka and with socks that hid our feet. We could not show an inch of skin because if the Taliban realized it, they would whip us.

Education, as Nelson Mandela said, “is the most powerful weapon you can use to change the world.” Education is democracy, culture, future, hope, nonconformity, struggle, dignity … Education is the tool that societies have to not let themselves be tamed and to fight for their rights.
For that reason, the dictatorial regimes take advantage of education for their own benefit to numb the minds, as if it were opium. “All dictatorships put their hope in the artificial manufacture of a youth that consolidates their work,” wrote the Spanish journalist Manuel Chaves Nogales on May 23, 1933, after making a trip through Nazi Germany, where Adolf Hitler began to indoctrinate to the young Germans.
The Taliban did not want to be less than the great satraps of history. They put the Koran in vein to the students to build their regime. The study of everything that had no direct relation with the word of Allah was finished. They wanted to create clones and more clones chiseled in their image and likeness.

The Taliban believed themselves above the divine and the human. If there were twenty patients waiting in the waiting room, they demanded to be the first to be attended, so I had to “educate” them. In the center I ordered and there was an order. Occasionally a Taliban would not take it well and protest, but it gave me exactly the same. He had to take turns, Alberto says with total parsimony, playing down the fact that he, a foreigner and infidel, put firm those who had ruined the country and were feared by the civilian population.
The good of the Italian, able to take comic moments where others only see dramas, reminds a senior Taliban government that smelled very bad.
-The guy used a very nasty colony, which in Italy we call “patchouli.”
Afghanistan is a propitious place to build and mold heroes to later mythologize them. With stories of the indomitable, invincible, unconquerable people; a society of warriors that fights for ideals until their last breath … This land has all the ingredients so that western journalists wrap reality in a kind of mystical mantra. We are very given to give everything a romantic touch that ends up smelling stale from so much use.
Our society, lacking moral referents and orphan of charismatic leaders, embraces, on many occasions, these stories making them their own and appropriating them. We erect heroes as fast as we snap our fingers. We turn our struggle into ours, because of the aura of heroism that surrounds the war, even though we do not know what is really behind it. But that is the least of it, do not let reality spoil a good story. The important thing is the envelope, the inside is secondary … even if it is rotten.

Among Afghans there is a very popular saying used to describe their country: “When Allah made the rest of the world, he saw that there was a pile of debris, fragments, pieces and remains that did not fit anywhere else. After gathering them, he threw them to Earth and thus created Afghanistan. ” Nothing more to add …
The clock stopped for centuries, and so on, waiting for someone to wind it again so that the hands turn again. Here life is measured by seasons. Heat, a little more heat and a lot of heat … And that’s how the inhabitants spend their days. Carefree … Happy? No idea. They may not know how to give meaning to that word, but perhaps, in their own way, they may be happy. And we, are we happy?
In this area we continue living as we did three or four centuries ago.

Afghanistan is the world’s leading producer of opium and heroin. But also, since the fall of the Taliban, it faces a serious problem of internal consumption. According to the United Nations Office on Drugs and Organized Crime (UNODC) in the Central Asian country there are more than four million addicts. That is, eight percent of the total Afghan population; what doubles the world average.
Maybe that is the crux of the matter. The value of opiates produced here is around 1,500 million euros per year, that is, the equivalent of 7.4 percent of Afghanistan’s gross domestic product. Who would give up these succulent figures for a few “shitty junkies”?.

The Afghan is a macho and patriarchal society as few and in which not find a husband is a failure for women. In fact, the few women who decide not to marry look at them with suspicion. It is not contemplated that a woman may want to be independent and not want to depend on a man. For Subaidan, the world, her little world, revolves around being married and economically dependent on a man, and it took her less than a year to remarry. That is why, when she looks at Fausia, with her prosthesis, what she sees is a helpless girl whom no one will want to marry. But at no time does it cross his mind that his daughter’s future depends on school. To have a profession …
According to the Afghan government, of the 3.5 million children who do not have access to school, eighty-five percent are girls. In addition, only thirty-seven percent of adolescent women know how to read and write, while, in the case of males, the figure reaches sixty-six percent.

It is a pride to be able to wear the colors of my country abroad, but, above all, to show that Afghans are not savages, nor are we violent, nor are we terrorists.
I know we can change our country. It will cost. It will be with effort and tenacity of generations and generations. But we will change the situation. Women are the future of this country. The men have led him to ruin and we will raise him up.
Afghanistan has a woman’s name; and the future is theirs, although many of them are sorry.

The future? There are so many things to do in Afghanistan. If the war ends tomorrow, which is not going to happen, the Red Cross should weigh whether to stay or leave. Unfortunately, here we have work for many, many, many years. Four decades of war have managed to destroy the country and we must help to raise it … And me? He pauses and reflects.
The silence is prolonged in time. I do not see in his face neither doubt nor fatigue nor satiety. He looks away from the outside, where patients from the orthopedic center are entering and leaving.
He is sixty-six years old. He’s twenty-eight in Afghanistan. He is one of the longest-serving foreigners in the Central Asian country. Perhaps, perhaps … I would have dreamed of a retreat away from the land of eternal war.
-I would like to stay in Afghanistan. Right now I am involved with sports. I’m going with the wheelchair basketball team to China to play a championship, all thanks to an Italian NGO. I want to build a gym …
Dignity can not wait for better times. The first step for a human being to be truly is to restore dignity, “he replies calmly and calmly. And that’s why I stay. That’s why I continue, year after year, here in Afghanistan. And I will be until it is not possible for me.
Before this dissertation there is not much to add.

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