Parásitos. El Extraño Mundo De Las Criaturas Más Peligrosas De La Naturaleza — Carl Zimmer / Parasite Rex: Inside the Bizarre World of Nature’s Most Dangerous Creatures by Carl Zimmer

Al principio había fiebre. Había orina sanguinolenta. Había largas tiras temblorosas de carne que se iban desenrollando de la piel. La muerte estaba aletargada esperando el despertar de moscas sedientas de picar.
Los parásitos se hicieron conocidos, o al menos sus efectos, hace miles de años, mucho antes de que los griegos crearan el nombre parásito —parasitos—. La palabra significa literalmente «junto a la comida», y los griegos tenían algo muy diferente en mente cuando usaban esa palabra, refiriéndose a los oficiales que servían en los banquetes del templo. En algún momento, la palabra se deshizo de su significado estricto y se usó para referirse a una especie de «adulador», alguien que podía conseguir una comida ocasional de un noble proporcionándole una buena conversación, entregándole mensajes, o realizando alguna tarea para él. Finalmente, el parásito pasó a ser un personaje habitual en la comedia griega, con su propia máscara. Esto ocurría muchos siglos antes de que la palabra pasase al campo de la biología, para definir la vida que vacía otras vidas desde dentro. Pero los griegos ya conocían los parásitos biológicos.
Otros parásitos eran indudablemente criaturas vivas. Por ejemplo, en los intestinos de los humanos y de los animales, había unos gusanos finos con forma de serpiente que más tarde recibieron el nombre de Ascaris, y tenias —cordones estrechos y planos que podían estirarse hasta tener una longitud de dieciocho metros—.
Los parásitos causaron tanta confusión porque tenían ciclos vitales diferentes a los que los humanos estaban acostumbrados a ver. Tenemos las mismas clases de cuerpos que nuestros padres tenían a nuestra edad, lo mismo que les pasa a los salmones o las ratas almizcleras o a las arañas. Los parásitos pueden romper esa regla. El primer científico que se dio cuenta de ello fue un zoólogo danés, Johann Steenstrup. En la década de 1830 reflexionó sobre el misterio de los trematodos, cuyos cuerpos con aspecto foliáceo podían encontrarse en casi cualquier animal que un parasitólogo observara con cuidado —en los hígados de las ovejas, en los cerebros de peces, en los intestinos de aves—. Los trematodos ponían huevos, y en la época de Steenstrup todavía nadie había encontrado un «bebé» trematodo en su hospedador.
Sin embargo, sí que habían encontrado criaturas que eran ligeramente diferentes.

El autor hace una incursión en el mundo de los parásitos, que, si pensábamos que no tendría mayor interés, resulta que es fascinante, e incluso apasionante. Tras un primer capítulo en que nos presenta una mínima historia de los hitos más destacados en la investigación parasitológica, pasa luego a referirnos múltiples ejemplos de los diversos métodos que utilizan los parásitos para hospedarse en otro ser vivo, así de cómo se las ingenian incluso para cambiar el comportamiento de su huésped. Hay luego un capítulo, algo más denso y árido, sobre la historia evolutiva de los parásitos. Pasa luego a plantear la hipótesis de que el sexo surgiera en el mundo animal como respuesta a los parásitos, y acaba el libro con un capítulo sobre los parásitos que albergamos los seres humanos y las enfermedades que nos provocan (malaria, Chagas, etc.), y otro sobre la importancia de los parásitos para la ecología y la biodiversidad del Medio Ambiente.
Se va a sorprender pero mucho, porque el libro es realmente apasionante.
No hace mucho tiempo que los parásitos se consideraban degenerados evolutivos. Criaturas perezosas y de baja vida incapaces de valerse por sí mismas en el mundo «real», viviendo de un anfitrión. Eso fue antes. En estos días, los científicos se han dado cuenta de que muchos parásitos, de hecho, son increíblemente sofisticados y pueden manipular el comportamiento de sus anfitriones. Pensamiento aterrador, terrorífico. Por ejemplo, el toxoplasma, un parásito que tiene a las ratas como su primer huésped y a los gatos como su segundo: hace que las ratas pierdan el miedo a la orina de los gatos y a los espacios abiertos. A veces, el toxoplasma acaba accidentalmente en los seres humanos. No nos hace ningún daño real, pero también puede hacernos más audaces y más propensos al riesgo. Hm. Las mujeres con toxoplasma se vuelven «más cálidas y extrovertidas». Este es sólo uno de muchos ejemplos. Hay otras criaturas completamente diferentes que manipulan a su anfitrión para que pueda extenderse más lejos. Entonces, en lugar de ser degenerados evolutivos, son maestros de la manipulación. En las criaturas que pueden reproducirse tanto asexualmente como sexualmente, si hay muchos parásitos, se prefiere este último porque diversifica los genes y dificulta que los parásitos se apoderen de la próxima generación. Por supuesto, es un caso de la «Reina Roja»: los parásitos también desarrollarán nuevas estrategias.
Esta fue una lectura absolutamente fascinante. Antes de contraerlo, pensaba que los parásitos eran absolutamente aborrecibles. Particularmente dignos de vergüenza son los diferentes tipos de avispas que usan tarántulas u orugas como banquetes vivientes para sus crías. No es que sea menos repugnante, pero aprecio cómo las avispas logran inhibir el sistema inmunológico para que sus huevos puedan eclosionar. Luego, las larvas se aseguran de dejar intactos los órganos principales del huésped, de modo que se mantenga vivo hasta que hayan tenido tiempo de madurar. Oh, qué asco. Me hace pensar en una escena particularmente repugnante en el último libro de Michael Crichton, en la que uno de los pobres idiotas que se encoge es visitado por una avispa así.
De todos modos, cualquiera que esté fascinado por la biología evolutiva y las criaturas vivientes en general seguramente disfrutará de «Parásitos» a pesar de su contenido ocasionalmente vergonzoso.
Déjame presentarte al gusano de Guinea …
Comienza su vida inocua como una larva flotando en agua dulce. Hasta que es devorado por crustáceos microscópicos (copépodos) donde madura hasta la adolescencia. Luego, un humano sediento, tal vez usted, llega y bebe del agua llena de estos crustáceos microscópicos y administra una inyección de gusano de Guinea directamente al intestino. Los gusanos de Guinea aman nuestro intestino. Para ellos, el estómago y los intestinos son como un restaurante elegante con iluminación tenue y música de violín. Después de que una hembra de gusano de Guinea se aparea con un macho, da un giro rápido y se dirige a la pierna carnosa y llena de arterias donde se instala, creciendo hasta 30 pulgadas de largo … cuando está lista para dar a luz a su larva, comienza para salir … causando una ampolla en la pierna (esto es muy doloroso). Cuando la ampolla estalla y la pierna se sumerge en agua (ella planeó todo esto, ya ves), asoma la cabeza y libera su larva en el agua para comenzar el ciclo de nuevo.
Una vez que muestre su rostro, querrás arrancarla directamente de tu pierna … pero ten cuidado, arranca su cabeza y su cuerpo morirá … mientras aún está en tu pierna … así que en lugar de actuar drásticamente, debes debe envolverla alrededor de un palo, y todos los días girar el palo poco a poco … lentamente, en el transcurso de varios días, se quita el gusano de Guinea de la pierna. Lo que te queda es un gusano envuelto alrededor de un palo, ¡que es donde obtenemos el caduceo médico!
Los parásitos son fascinantes y están a nuestro alrededor. Afectan a nuestro entorno, a nuestras mascotas y a nosotros mismos (a menudo sin que sepamos que están allí). Este libro le dará una introducción fascinante y un poco aterradora a nuestros pequeños amigos y sus anfitriones.

La gente ya recibía el calificativo de parásitos antes del final de la década de 1800, pero Lankester y otros científicos dotaron a dicha metáfora de una precisión y una claridad como jamás había tenido. Y hay una distancia muy corta entre el discurso de Drummond y el genocidio. Fíjese lo cerca que están sus palabras de ese paso en estas otras acerca de la mayor perfección concebible de la raza: «En la lucha por el pan de cada día sucumben todos aquellos que son débiles y enclenques o menos resueltos, mientras que la lucha de los machos por conseguir hembras otorga el derecho o la oportunidad de propagarse solo a los más saludables. Y la lucha siempre es un medio para mejorar la salud y la fortaleza de una especie y, por lo tanto, una causa de su mayor desarrollo». El autor de estas palabras no era un biólogo evolutivo, sino un político austríaco mezquino que posteriormente exterminaría a seis millones de judíos.
Los parásitos se habrían beneficiado de este cambio de perspectiva científica. Ya no serían nunca más los parias de la biología. Aunque, ya bien entrados en el siglo XX, los parásitos aún no se habían deshecho por completo del estigma de Lankester. Ese desprecio sobrevivió tanto en la ciencia como más allá de ella. Los mitos raciales de Hitler se derrumbaron, y las únicas personas que aún creían que los parásitos sociales debían ser erradicados, están en las periferias de la sociedad, entre los cabezas rapadas arios y los pequeños dictadores. Sin embargo, la palabra parásito todavía tiene ese significado peyorativo.

Desde Lankester hasta Lorenz, los científicos se han equivocado. Los parásitos son criaturas complejas, altamente adaptadas, que están en el corazón de la historia de la vida. Si no hubieran existido esos muros altos dividiendo a los científicos que estudiaban la vida —los zoólogos, los inmunólogos, los biólogos matemáticos, los ecólogos— es posible que se hubiera reconocido que los parásitos no son repugnantes, o al menos no son únicamente repugnantes. Si los parásitos fueran tan endebles, tan perezosos, ¿cómo se las podrían arreglar para vivir en el interior de todas las especies vivas e infectar a miles de millones de personas? ¿Cómo pueden cambiar a lo largo del tiempo para que los fármacos que una vez supusieron una amenaza para su existencia sean ahora inútiles? ¿Cómo pueden los parásitos desafiar a las vacunas, que pueden acorralar a asesinos tan brutales como la viruela o la poliomielitis?
El problema se reduce al hecho de que los científicos del principio del siglo XX pensaban que lo habían resuelto todo. Sabían cuáles eran las causas de las enfermedades y cómo tratar algunas de ellas; sabían cómo evolucionaba la vida. No eran conscientes de la profundidad de su ignorancia.

El mundo de un parásito es muy diferente al nuestro: tiene sus propias dificultades y oportunidades. Debido a las extrañas condiciones que se encuentran en el interior del cuerpo, Sukhdeo se preguntaba si los parásitos serían capaces de navegar, no en gradientes, sino, simplemente, reaccionando ante diferentes clases de estímulos. Konrad Lorenz había demostrado que los animales libres del mundo exterior se basan en conductas reflejas cuando se encuentran en situaciones previsibles.
Una vez que un parásito se las ha arreglado para encontrar el lugar del interior de su hospedador donde vivirá, no se limita a sentarse y disfrutar de la vida. En primer lugar, necesita una manera de quedarse en su nuevo hogar. Como adulto, un trematodo hepático está adaptado solo para la vida en el hígado; si lo ponemos en el corazón o en el pulmón, morirá. Para cada uno de los lugares en los que un parásito ha de vivir, la evolución ha producido el modo en que le sea posible quedarse allí.
Los parásitos han colonizado los hábitats más hostiles que la naturaleza puede ofrecer, desarrollando adaptaciones hermosamente complejas en el proceso. A este respecto, no son diferentes a sus homólogos que viven libres, algo que horrorizaría a Lankester.
Sobrevivir al sistema inmunológico es realmente difícil para un parásito unicelular, pero, al menos, cuenta con la ventaja del tamaño. Se puede esconder en el interior de las células o en los recodos de los conductos linfáticos. No se puede decir lo mismo de los animales parásitos. Estas criaturas pluricelulares atraviesan el radar del sistema inmunológico como enormes dirigibles. Son tan obvios como un pulmón trasplantado. Y, sin un continuo aporte de fármacos inmunosupresores que frenen el sistema inmunológico, un pulmón trasplantado morirá por su ataque. Y, sin embargo, los animales parásitos, algunos con una longitud de dieciocho metros, pueden vivir durante años en el interior de nuestros cuerpos, dándose un festín y criando a cientos de miles de descendientes.
Prosperan porque tienen muchas maneras de engañar a nuestro sistema inmunológico. Un ejemplo extraordinario es la tenia o solitaria Taenia solium.

El gran peligro a la hora de estudiar las manipulaciones de los parásitos es ver estrategias ingeniosas donde no las hay. Algunos cambios que causan en determinados hospedadores puede que no sean más que un simple daño. Y si una persona puede decir que un parásito ha cambiado el color de un pez, eso no significa realmente nada. Lo que importa es si el cambio hace que a un ave acuática le sea más fácil comérselo. La única forma de demostrar que una manipulación es auténtica es llevando a cabo experimentos, y los primeros que demostraron la existencia de manipulaciones reales con efectos significativos fueron realizados en la década de 1980 por Janice Moore, una parasitóloga de la Universidad del Estado de Colorado. Los parásitos que eligió fueron de una especie de gusanos de cabeza espinosa que viven en su fase larvaria dentro de bichos bola (o cochinillas de la humedad) que viven sobre el suelo forestal, y como adultos, en estorninos, y expulsan sus huevos al exterior con las deposiciones de los pájaros, para pasar de ahí a más bichos bola.
Seguimos viviendo como si estuviéramos por encima de los demás animales, pero sabemos que nosotros también somos colecciones de células que trabajan conjuntamente, que están armonizadas, no gracias a un ángel, sino gracias a señales químicas. Si un organismo puede controlar esas señales —un organismo como un parásito—, entonces puede controlarnos a nosotros. Los parásitos nos ven fríamente —como comida, o puede que como vehículos—. Cuando un alienígena sale rompiendo el pecho de un actor de cine, rasga violentamente nuestras pretensiones de ser algo más que criaturas brillantes. Es la propia naturaleza la que irrumpe repentinamente, y eso nos aterroriza.

Darwin siempre tuvo un agudo sentido de la ironía, pero esto quizá le hubiera resultado difícil de soportar. Para entender cómo la vida cambia de forma, cómo la evolución es impulsada hacia delante, y cómo aparecen nuevas especies, podría haberse inspirado en sus hijos moribundos. En el tapiz de la vida, los parásitos son la mano que lo teje.

La belleza de los parásitos es inhumana. Y lo es, no porque los parásitos hayan venido de otro planeta para esclavizarnos, sino porque llevan en este planeta mucho más tiempo que nosotros.

Erradicar parásitos puede incluso crear nuevas enfermedades. La colitis y la enfermedad de Crohn afectan actualmente a un millón de norteamericanos. En ambos casos, el sistema inmunológico de una persona ataca violentamente los revestimientos de los intestinos. La inflamación que desencadena arruina la digestión de la persona, y, a veces, es necesario que un cirujano corte una sección de los intestinos dañados. Ambas enfermedades pueden atormentar a una persona durante toda su vida, y, hasta ahora, no existe cura para ninguna de las dos. Sin embargo, a pesar de lo comunes que son en la actualidad, no se encuentra registro alguno de colitis o de enfermedad de Crohn antes de la década de 1930.
La vida libre de parásitos puede también ser la responsable del aumento de otros desórdenes inmunológicos, como las alergias. El 20 por ciento de la población del mundo industrializado sufre algún tipo de alergia, pero fuera de esos lugares es difícil de encontrar. Dado que es peligroso generalizar de un país a otro, el inmunólogo Neil Lynch ha llevado a cabo estudios pormenorizados sobre este modelo en Venezuela. Se fijó en personas de hogares de clase alta que tenían agua corriente y retretes, y los comparó con venezolanos pobres de barrios marginales. Mientras que el 43 por ciento de las personas de clase alta tenía alergias, solo el 10 por ciento tenía infecciones leves de gusanos intestinales. Entre los pobres, había la mitad de alergias que en la clase alta, pero el doble de gusanos. Y cuando Lynch estudió a los indios venezolanos que vivían en las selvas tropicales, el patrón era incluso más marcado: el 88 por ciento estaba infectado con parásitos y no tenía ningún tipo de alergia. Sin gusanos parásitos ejerciendo su influencia, nuestros sistemas inmunológicos pueden ser propensos a tener una reacción desmesurada frente a pequeños trozos de caspa de gato o moho.
Para luchar contra estas enfermedades, necesitaríamos admitir nuestro largo matrimonio con los parásitos. Esto no quiere decir que la gente con colitis deba comer huevos de Trichinella, a no ser que quieran sufrir una larga y agonizante muerte cuando el parásito se abra camino hacia sus músculos. Pero las sustancias químicas que usa el parásito para manipular nuestros sistemas inmunológicos pueden ofrecernos protección frente a la vida moderna. Puede que algún día, junto a las vacunas de la polio, los niños reciban proteínas de parásitos, para que así sus sistemas inmunológicos se entrenen para no perder el control. Sería un impresionante giro final para la historia de los parásitos en humanos. Puede que no siempre sean la causa de la enfermedad. En algunos casos pueden ser la cura.

La primera vez que los científicos pensaron en utilizar parásitos contra las plagas fue en la década de 1880. La idea original era sencilla. Un parásito es un pesticida barato e inagotable. Puede buscar a su hospedador e invadirlo, luchando contra el sistema inmunológico de este y, en muchos casos, matándolo. Los granjeros que usan pesticidas tienen que rociar sus plantas al menos una vez al año, pero los parásitos se siguen regenerando y localizando nuevos hospedadores. Simplemente, siembra el parásito, seguía el argumento, y tus problemas se habrán acabado. En la primera parte del siglo XX, los granjeros tenían el éxito que pronosticaba esa idea. Cochinillas, escarabajos y otras plagas fueron destruidas por avispas, moscas y otras clases de parásitos. Los parásitos no podían erradicar por completo las plagas, pero estas ya no eran una amenaza que pudiera arruinar cosechas enteras.
En la década de 1930, nació la industria agroquímica. El DDT llegó al mercado, un potente pesticida que llegó con el brillo de la ciencia moderna —una creación sintética que los humanos podían usar para controlar la naturaleza—. La consecuencia fue que el control biológico dejó de utilizarse.
Los parásitos no son solo una señal de una buena salud ecológica; en realidad son vitales para ella. Cuando vacas y ovejas pastan en exceso praderas frágiles, pueden modificar la ecología de la región y convertirla en un desierto. Por lo que saben hasta ahora los ecólogos, este cambio es bastante irreversible, porque los arbustos del desierto reorganizan el suelo de tal forma que las hierbas no pueden penetrar de nuevo en él. Es un asunto difícil y políticamente inestable decidir cuánto se puede permitir el pastoreo en una porción determinada de tierra.

No hay nada vergonzoso en ser un parásito. Nos unimos a un gremio venerable que lleva en este planeta desde su infancia y que ha llegado a ser la forma de vida más exitosa del planeta. Pero somos torpes en nuestra forma de vida parásita. Los parásitos pueden alterar a sus hospedadores con gran precisión y los cambian por propósitos concretos: para regresar a su hogar ancestral en un estanque, o para pasar a su fase adulta dentro de una golondrina de mar. Pero son expertos en causar solo el daño que es necesario, porque la evolución les ha enseñado que un daño sin motivo a la larga les dañará a ellos. Si queremos tener éxito como parásitos, tenemos que aprender de los maestros.

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At first there was a fever. There was bloody urine. There were long, trembling strips of flesh uncoiling from the skin. Death was lethargic awaiting the awakening of flies thirsty to bite.
Parasites became known, or at least their effects, thousands of years ago, long before the Greeks created the name parasite – parasites. The word literally means «next to the meal,» and the Greeks had something quite different in mind when they used that word, referring to the officials who served at temple banquets. At some point, the word got rid of its strict meaning and was used to refer to a kind of «flatterer,» someone who could get an occasional meal from a nobleman by providing good conversation, delivering messages, or performing some task for him. Eventually the parasite became a regular character in Greek comedy, wearing his own mask. This happened many centuries before the word passed into the field of biology, to define the life that empties other lives from within. But the Greeks already knew about biological parasites.
Other parasites were undoubtedly living creatures. For example, in the intestines of humans and animals, there were fine snake-like worms that later were called Ascaris, and tapeworms – narrow, flat cords that could be stretched to a length of eighteen meters.
Parasites caused so much confusion because they had different life cycles than what humans were used to seeing. We have the same kinds of bodies that our parents had at our age, the same as salmon or muskrat or spiders. Parasites can break that rule. The first scientist to realize this was a Danish zoologist, Johann Steenstrup. In the 1830s he reflected on the mystery of trematodes, whose leafy-looking bodies could be found in almost any animal that a parasitologist carefully observed – in the livers of sheep, in the brains of fish, in the intestines of birds. -. The flukes laid eggs, and in Steenstrup’s time no one had yet found a «baby» fluke in his host.
However, they did find creatures that were slightly different.

The author makes a foray into the world of parasites, which, if we thought it would not be of much interest, it turns out to be fascinating, and even exciting. After a first chapter in which he presents us with a minimal history of the most outstanding milestones in parasitological research, he then goes on to refer to multiple examples of the various methods that parasites use to lodge in another living being, as well as how they even manage to change the behavior of your guest. Then there is a chapter, somewhat denser and arid, on the evolutionary history of parasites. He then goes on to propose the hypothesis that sex arose in the animal world as a response to parasites, and ends the book with a chapter on the parasites that humans harbor and the diseases they cause us (malaria, Chagas, etc.) , and another on the importance of parasites for the ecology and biodiversity of the environment.
He will be very surprised, because the book is really exciting.
Not that long ago parasites were considered evolutionary degenerates. Low-life, lazy creatures unable to fend for themselves in the «real» world, living off a host. That was before. These days, scientists have come to realize that many parasites in fact are incredibly sophistacted and are able to manipulate their hosts’ behavior. Scary, scary thought. For example toxoplasma a parasite that has rats as its first host and cats as its second: it makes the rats lose its fear of cat urine and open spaces. Sometimes toxoplasma accidentally end up in humans. It doesn’t do us any real harm, but it can also make us bolder and more risk-prone. Hm. Women with toxoplasma become «warmer and more outgoing». This is just one of many examples. There are other entirely different creatures that manipulate its host so that it can spread the furthest afield. So rather than being evolutionary degenerates, they are masters of manipulation. In creatures that can reproduce both asexually and sexually, if there are lots of parasites, the latter is preferred because it diversifies the genes and makes it more difficult for parasites to take a hold of the next generation. Of course it’s a case of the «Red Queen» – the parasites will also develop new strategies.
This was an absolutely fascinating read. Before picking it up, I thought parasites downright abhorrent. Particularly cringe-worthy are the differents sorts of wasps that use tarantulas or caterpillars as living banquets for their offspring. Not that’s it’s any less disgusting, but I do appreciate how the wasps manage to suppress the immune system so that their eggs can hatch. The larvae then make sure to leave the main organs of the host intact, so that it is kept alive until they have had the time to mature. Oh yuck. Makes me think of a particularly loathsome scene in Michael Crichton’s last book, «Micro», in which one of the poor sods who gets shrunk is visited by such a wasp.
Anyway, anyone fascinated by evolutionary biology and living creatures in general will surely enjoy «Parasite Rex» despite its occassionally cringe-worthy content.
Let me introduce you to the guinea worm…
It begins its innocuous life as a larva floating in fresh water. Until it is eaten by microscopic crustacean (copepod) where it matures into adolescence. Then some thirsty human, maybe you, comes by and drinks from water full of these microscopic crustaceans and delivers a shot of guinea worm straight to the gut. Guinea worms love our gut. To them, your stomach an intestines are like a fancy restaurant with dim lighting and violin music. After a female guinea worm mates with a male she takes a swift turn and heads for the meaty, artery filled leg where she sets up shop, growing up to 30 inches long…when she is ready to give birth to her larva she begins to work her way out…causing a blister on the leg (this is oh so very painful). When the blister bursts and the leg is submerged in water (she planned this all out you see), she pokes her head out and releases her larva into the water to start the cycle all over again!
Once she shows her face, you will want to rip her right out of your leg…but beware, tear off her head and her body will die…while still in your leg…so instead of acting drastically, you must wrap her around a stick, and everyday turn the stick a little at a time…slowly, over the course of several days you remove the guinea worm from your leg. What your are left with is a worm wrapped around a stick, which is where we get the medical caduceus!
Parasites are fascinating, and they are all around us. They impact our environments, our pets and ourselves (often without us even knowing they are there). This book will give you a fascinating and slightly terrifying introduction to our tiny friends and their hosts.

People were called parasites before the end of the 1800s, but Lankester and other scientists gave the metaphor a precision and clarity like never before. And there is a very short distance between Drummond’s speech and the genocide. Notice how close his words are to that step in these others about the greatest conceivable perfection of the race: «In the struggle for daily bread all those who are weak and puny or less resolute succumb, while the struggle of males for females gives the right or the opportunity to spread only to the healthiest. And the fight is always a means to improve the health and strength of a species and, therefore, a cause of its further development. The author of these words was not an evolutionary biologist, but a petty Austrian politician who would later exterminate six million Jews.
Parasites would have benefited from this shift in scientific perspective. They would no longer be the outcasts of biology. Although, well into the 20th century, parasites had not yet completely shed the Lankester stigma. That contempt survived both in science and beyond. Hitler’s racial myths collapsed, and the only people who still believed that social parasites should be eradicated are on the fringes of society, among Aryan skinheads and petty dictators. However, the word parasite still has that pejorative meaning.

From Lankester to Lorenz, scientists have been wrong. Parasites are complex, highly adapted creatures that are at the heart of life’s history. If these high walls had not existed dividing the scientists who studied life – zoologists, immunologists, mathematical biologists, ecologists – it is possible that it would have been recognized that parasites are not disgusting, or at least not just disgusting. If parasites were so flimsy, so lazy, how could they manage to live inside all living species and infect billions of people? How can they change over time so that drugs that once threatened their existence are now useless? How can parasites defy vaccines, which can corner killers as brutal as smallpox or polio?
The problem boils down to the fact that scientists in the early 20th century thought they had solved everything. They knew what the causes of diseases were and how to treat some of them; they knew how life evolved. They were not aware of the depth of their ignorance.

The world of a parasite is very different from ours: it has its own difficulties and opportunities. Due to the strange conditions found inside the body, Sukhdeo wondered if parasites would be able to navigate, not in gradients, but simply reacting to different kinds of stimuli. Konrad Lorenz had shown that free animals in the outside world rely on reflex behaviors when they are in predictable situations.
Once a parasite has managed to find the place inside its host where it will live, it doesn’t just sit back and enjoy life. First of all, you need a way to stay in your new home. As an adult, a liver fluke is adapted only for life in the liver; if we put it in the heart or the lung, it will die. For each of the places in which a parasite has to live, evolution has produced the way in which it is possible to stay there.
Parasites have colonized the most hostile habitats nature can offer, developing beautifully complex adaptations in the process. In this respect, they are no different from their free-living counterparts, something that would horrify Lankester.
Surviving the immune system is really difficult for a single-celled parasite, but at least it has the advantage of size. It can hide inside cells or in the bends of lymphatic ducts. The same cannot be said for parasitic animals. These multicellular creatures pierce the immune system’s radar like huge airships. They are as obvious as a transplanted lung. And, without a continuous supply of immunosuppressive drugs to slow down the immune system, a transplanted lung will die from its attack. And yet parasitic animals, some as long as eighteen meters, can live for years inside our bodies, feasting and raising hundreds of thousands of offspring.
They thrive because they have many ways to trick our immune system. An extraordinary example is the tapeworm or tapeworm Taenia solium.

The great danger in studying parasite manipulations is seeing ingenious strategies where there are none. Some changes that they cause in certain hosts may be nothing more than simple damage. And if a person can tell that a parasite has changed the color of a fish, that doesn’t really mean anything. What matters is whether the change makes it easier for a waterfowl to eat it. The only way to prove that a manipulation is authentic is by conducting experiments, and the first to demonstrate the existence of real manipulations with significant effects were carried out in the 1980s by Janice Moore, a parasitologist at Colorado State University. The parasites he chose were from a species of spiny-headed worms that live in their larval stage inside ball bugs (or moisture mealy bugs) that live on the forest floor, and as adults, in starlings, and expel their eggs to the outside with the depositions of the birds, to go from there to more ball bugs.
We continue to live as if we were above other animals, but we know that we too are collections of cells that work together, that are harmonized, not thanks to an angel, but thanks to chemical signals. If an organism can control those signals — an organism like a parasite — then it can control us. Parasites see us coldly – as food, or perhaps as vehicles. When an alien breaks out of a movie actor’s chest, it violently tears apart our claims to be more than just brilliant creatures. It is nature itself that suddenly breaks in, and that terrifies us.

Darwin always had a keen sense of irony, but this might have been difficult for him to bear. To understand how life changes shape, how evolution is propelled forward, and how new species appear, he could have been inspired by his dying children. In the tapestry of life, parasites are the hand that weaves it.

The beauty of parasites is inhuman. And it is, not because the parasites have come from another planet to enslave us, but because they have been on this planet much longer than we have.

Eradicating parasites can even create new diseases. Colitis and Crohn’s disease currently affect one million Americans. In both cases, a person’s immune system violently attacks the linings of the intestines. The inflammation it triggers ruins a person’s digestion, and sometimes a surgeon needs to cut a section of the damaged intestines. Both illnesses can plague a person for their entire life, and as of now, there is no cure for either. However, as common as they are today, no record of colitis or Crohn’s disease is found before the 1930s.
Life free of parasites may also be responsible for the increase in other immune disorders, such as allergies. Twenty percent of the population of the industrialized world suffers from some type of allergy, but outside these places it is difficult to find. Since it is dangerous to generalize from one country to another, the immunologist Neil Lynch has carried out detailed studies on this model in Venezuela. He looked at people from upper-class homes with running water and toilets, and compared them to poor Venezuelans from slums. While 43 percent of upper-class people had allergies, only 10 percent had mild intestinal worm infections. Among the poor, there were half as many allergies as the upper class, but twice as many worms. And when Lynch studied Venezuelan Indians living in rainforests, the pattern was even more stark: 88 percent were infected with parasites and did not have any allergies. Without parasitic worms exerting their influence, our immune systems can be prone to overreacting to small pieces of cat dander or mold.
To fight these diseases, we would need to admit our long marriage to parasites. This is not to say that people with colitis should eat Trichinella eggs, unless they want to suffer a long, agonizing death when the parasite makes its way into their muscles. But the chemicals the parasite uses to manipulate our immune systems can offer us protection from modern life. Perhaps one day, along with polio vaccines, children will receive proteins from parasites, so that their immune systems can be trained not to lose control. It would be an impressive final twist to the human parasite story. They may not always be the cause of the disease. In some cases they can be the cure.

Scientists first thought of using parasites against pests was in the 1880s. The original idea was simple. A parasite is a cheap and inexhaustible pesticide. It can seek out and invade its host, fighting the host’s immune system and, in many cases, killing it. Farmers using pesticides have to spray their plants at least once a year, but the parasites continue to regenerate and find new hosts. Just plant the parasite, follow the argument, and your problems will be over. In the early part of the 20th century, farmers were as successful as predicted by that idea. Mealy bugs, beetles, and other pests were destroyed by wasps, flies, and other kinds of parasites. Parasites could not completely eradicate pests, but pests were no longer a threat that could ruin entire crops.
In the 1930s, the agrochemical industry was born. DDT hit the market, a powerful pesticide that arrived with the brilliance of modern science – a synthetic creation that humans could use to control nature. The consequence was that the biological control was no longer used.
Parasites are not just a sign of good ecological health; they are actually vital to her. When cows and sheep overgraze fragile grasslands, they can alter the ecology of the region and turn it into a desert. From what ecologists know so far, this change is quite irreversible, because desert shrubs rearrange the soil in such a way that grasses cannot penetrate it again. It is a difficult and politically unstable matter to decide how much grazing can be allowed on a given piece of land.

There is nothing shameful about being a parasite. We join a venerable guild that has been on this planet since its infancy and has grown to be the most successful life form on the planet. But we are clumsy in our parasitic way of life. Parasites can alter their hosts with great precision and change them for specific purposes: to return to their ancestral home in a pond, or to move to adulthood in a tern. But they are adept at causing only the harm that is necessary, because evolution has taught them that harm for no reason will eventually harm them. If we want to be successful as parasites, we have to learn from the masters.

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