El Siglo De La Soledad: Recuperar Los Vínculos Humanos En Un Mundo Dividido — Noreena Hertz / The Lonely Century: How to Restore Human Connection in a World That’s Pulling Apart by Noreena Hertz

La soledad se ha convertido en la condición definitoria del siglo XXI. Daña nuestra salud, nuestra riqueza y nuestra felicidad e incluso amenaza nuestra democracia. Nunca hasta ahora ha sido tan omnipresente o generalizada, pero tampoco nunca hasta ahora hemos tenido tanto a nuestro alcance para poder hacer algo al respecto.
Antes incluso de que la pandemia mundial introdujera el concepto de «distanciamiento social», el tejido de la comunidad se estaba desmoronando y nuestras relaciones personales estaban amenazadas. Y la tecnología no era la única culpable. Igual de culpables son el desmantelamiento de las instituciones cívicas, la reorganización radical del lugar de trabajo, la migración masiva a las ciudades y décadas de políticas neoliberales que han colocado el interés propio por encima del bien colectivo.
No se trata tan solo de una crisis de bienestar mental. La soledad aumenta nuestro riesgo de enfermedades cardíacas, de padecer un cáncer o demencia.
Pero el «siglo de la soledad» no comenzó en el primer trimestre de 2020. Cuando la COVID-19 asestó el primer golpe, la mayoría de nosotros ya nos sentíamos solos, aislados y atomizados la mayor parte del tiempo.
Antes incluso de que el coronavirus provocara una «recesión social» por el peligro del contacto cara a cara, tres de cada cinco adultos estadounidenses se sentían solos.
En Europa sucedía más o menos lo mismo. En Alemania, dos terceras partes de la población consideraban la soledad como un problema grave. Casi un tercio de los holandeses reconocía sentirse solo, y uno de cada diez se sentía realmente desolado. En Suecia, una cuarta parte de la población afirmaba estar sola con frecuencia. En Suiza, dos de cada cinco personas afirmaban sentirse así en ocasiones, a menudo o todo el tiempo.
En el Reino Unido el problema adquirió una magnitud tal que en 2018 el primer ministro llegó al extremo de crear un Ministerio de la Soledad.

El libro teje una narrativa con estadísticas y anécdotas diseñadas para apoyar los argumentos de la autora, ya sea culpa del capitalismo, culpa de las redes sociales, etc.
Sin embargo, a pesar de toda la culpa que se arroja, hay una omisión flagrante del culpable más obvio: la dependencia reducida de las personas entre sí para otras cosas que no sean el apoyo social/emocional.
Para mí, el estudio más revelador fue el de Banerjee et al., «Cambios en la estructura de la red social en respuesta a la exposición a los mercados de crédito formales», que describe cómo, en un experimento natural, las aldeas de la India expuestas a las microfinanzas mostraron una reducción de los lazos sociales, incluso entre los hogares que probablemente no se endeudarán. ¿Por qué la gente que pasaba el rato en la plaza del pueblo hablaba entre sí? Parece que en parte al menos lo era porque no era solo una red social, sino también una red informal de crédito, al menos para algunos.
Pensando ahora en nuestras vidas modernas: ¿por qué le pediríamos a un vecino una taza de azúcar cuando podemos ir fácilmente a la tienda de comestibles (próximos en áreas urbanas) o incluso cuando podemos recibirla? Mucha información está disponible en línea. Es posible que no necesitemos pedirle a nuestro tío esa receta, o a nuestra tía erudita en algún período de la historia, porque podemos buscar muchas cosas. La autora insinúa que las relaciones sociales son trabajo, ¡y lo son! Parte de la recompensa, además del disfrute de la compañía mutua y la expectativa de reciprocidad, es que se trata de personas en las que se puede confiar, p. un viaje al aeropuerto (pero ahora hay aplicaciones para compartir viajes), recomendaciones (ahora hay Yelp y reseñas de productos) o un pequeño préstamo (ahora hay tarjetas de crédito…), etc. Más allá de los amigos uno elegiría, tal vez uno también era amigo de muchos otros porque existía la posibilidad de que en algún momento uno pudiera necesitar confiar en ellos para un servicio o favor.
Los grandes conciertos y las pastelerías son agradables porque brindan comunidad para las personas que están allí para divertirse. Pero si la amistad y la socialización se reducen al disfrute conjunto, es un espacio mucho más reducido que el papel que solían jugar.
Sin considerar este aspecto crucial de las relaciones sociales, el libro parece incompleto, tanto en el diagnóstico de las raíces de la soledad como en la provisión de soluciones. Algunos, como el servicio comunitario, la participación cívica o los arreglos cooperativos que comparten responsabilidades contribuyen a esto, pero uno podría hacerlo aún mejor pensando en nuevas formas en que los lazos sociales y las comunidades pueden intercambiar beneficios más allá de brindar compañía. Con tal vez muchas de nuestras necesidades materiales y prácticas en su mayor parte atendidas por sistemas optimizados a gran escala, ¿cómo podemos invertir nuestra energía y construir nuestras redes para volvernos importantes en nuevos esfuerzos conjuntos?
«Unirnos en un mundo que se está separando»: hay algo inherentemente intrigante en esta declaración que realmente me atrajo a leer este libro. Eso, y el título en sí mismo es un gancho grande y extenso para todo el libro.
Pero tal vez, fue realmente porque solo ver el título me resonó de una manera muy subconsciente. Al principio del libro, Hertz presenta la Escala de soledad de la UCLA como una medida objetiva de si realmente se siente solo o no. Me sorprendió mucho ver que mi puntaje superaba dos puntos el puntaje de referencia para ser considerado solo. Tal vez solo estaba en negación.
Por otra parte, tal vez todos nosotros estemos en negación. Hertz explica que su definición de soledad es «no solo como sentirse privado de amor, compañía o intimidad. Tampoco se trata solo de sentirse ignorado, no visto o desatendido por aquellos con quienes interactuamos regularmente… También se trata de sentirse sin el apoyo y el cuidado de nuestros conciudadanos, empleadores, nuestra comunidad, nuestro gobierno». En resumen, dice que «no se trata sólo de carecer de apoyo en un contexto social o familiar, sino también de sentirse excluido política y económicamente».
Bien.
El libro presenta una imagen completa de cómo la soledad afecta a esta sociedad y generación actual, cómo todos estamos desconectados unos de otros más que nunca a pesar de los diversos mecanismos que ya existen para «conectarnos». En general, el problema radica en el sistema al que todos estamos sujetos y cómo nos convierte en personas amables y solidarias, en individuos egoístas y groseros. Para pintar un cuadro: realmente no puedes culpar a esa persona que pasó junto a ti de manera grosera por no disculparse si sabías que era un cuidador que llegó tarde al trabajo porque tenía que llevar a su hijo a una escuela que estaba al otro lado de la ciudad porque vivían en viviendas sociales separadas intencionalmente de las viviendas regulares y si llegaban tarde, no les pagaban su salario casi mínimo. Presiona el punto de que no puede darse el lujo de ser amable y afectuoso si el sistema no le permite ser amable y afectuoso por defecto.
Publicado en los primeros meses de la pandemia de COVID-19, el libro es una imagen oportuna de cómo nosotros, como una generación solitaria, nos hemos visto muy afectados por estos mecanismos a lo largo de los años y cómo se amplificarán con nuestro aislamiento social forzado. Pero al final, Hertz ofrece posibles soluciones que van desde el nivel individual hasta el nivel de la industria, hasta el gobierno y luego la sociedad en su conjunto.
Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza. Después de la pandemia, siempre encontraremos formas de unirnos. Pero por ahora, no se necesita mucho para ser un poco más amable todos los días. Y si lee este libro, sabrá por qué algo tan simple como levantar la vista de su teléfono, sonreírle a un vecino y saludarlo «buenos días» puede ayudar a transformar una sociedad solitaria para mejor.

Una vez más, esta inquietante situación ha ido empeorando de forma progresiva durante los últimos años en todo el mundo. En casi todos los países miembros de la OCDE (a la que pertenecen la mayor parte de las naciones europeas, Estados Unidos, Canadá y Australia) el porcentaje de adolescentes que afirman sentirse solos en el colegio aumentó de manera significativa entre 2003 y 2015. Una vez más, como consecuencia de la COVID-19, es probable que la proporción sea ahora considerablemente mayor.
No se trata solo de una crisis relacionada con la salud mental. Estamos ante una crisis que nos hace enfermar. Las investigaciones indican que la soledad es más nociva para la salud que la falta de ejercicio físico, tan dañina como el alcoholismo y más perjudicial que la obesidad. Desde una perspectiva estadística, la soledad equivale a fumar quince cigarrillos al día. Conviene señalar que todas estas cuestiones son independientes del nivel de vida, el sexo, la edad o la nacionalidad.
Se trata también de una crisis económica. En Estados Unidos, antes incluso de la aparición de la COVID-19, el aislamiento social le costaba a Medicare (un programa de seguridad social) unos 7.000 millones de dólares anuales, es decir, más de lo que gasta en el tratamiento de la artrosis y casi tanto como lo que invierte en la prevención de la hipertensión, y eso ciñéndonos únicamente a las personas de edad avanzada. En el Reino Unido, los solitarios de más de cincuenta años costaban al Servicio Nacional de Salud 1.800 millones de libras al año, lo que equivale más o menos al presupuesto anual del Ministerio de Vivienda, Comunidades y Administraciones Locales.
Lo más preocupante es que estamos subestimando el verdadero alcance del problema, y ello se debe en parte al estigma que supone la soledad. A muchas personas les cuesta reconocer que están solas: la tercera parte de los trabajadores británicos que se sienten solos nunca se lo han contado a nadie; a otras les resulta difícil admitirlo incluso ante sí mismas, pues consideran su situación más como un fracaso que como la consecuencia de las circunstancias de la vida y de toda una serie de factores económicos, sociales y culturales que escapan al control individual.

Para mí la soledad es un estado interior y al mismo tiempo un estado existencial, es decir, personal, social, económico y político.
Creo que la soledad contemporánea —alterada por la globalización, la urbanización, las desigualdades sociales y las asimetrías de poder, por el cambio demográfico, el aumento de la movilidad, el desbarajuste tecnológico, la austeridad y ahora también el coronavirus— va más allá del anhelo de confraternización, del deseo de amar y ser amados y de la tristeza que sentimos cuando pensamos que no tenemos amigos. Porque a todo ello hay que añadir también el distanciamiento con respecto a la política y sus representantes, la impresión de aislamiento en el trabajo, la exclusión social y la sensación de invisibilidad, impotencia e inutilidad. Es una soledad inclusiva, pero también es mayor que el deseo de sentirnos cerca de los demás, de que nos escuchen, nos vean y nos presten atención, de tener cierto protagonismo, de que nos traten con justicia, amabilidad y respeto.

El estilo de vida, la naturaleza cambiante del trabajo y de las relaciones personales, el modo de construir las ciudades y diseñar las oficinas, la manera en que nos tratamos unos a otros y en que el Gobierno nos trata a nosotros, la adicción a los teléfonos móviles e incluso la forma de amar al prójimo… todos esos factores contribuyen a que nos sintamos cada vez más solos. Pero para comprender por qué hemos llegado a esta situación de aislamiento, incomunicación y desamparo debemos retroceder un poco en el tiempo, pues los fundamentos ideológicos de la actual crisis de soledad son anteriores a la tecnología digital, a la fiebre urbanística, a los profundos cambios habidos en el ámbito laboral y a la crisis económica de 2008, así como, por supuesto, a la pandemia del coronavirus.
Los orígenes de todo esto se remontan a la década de 1980, momento en el que arraigó una forma de capitalismo especialmente cruel —el neoliberalismo—, una ideología que hacía especial hincapié en la libertad: «libre» elección, mercados «libres», «libertad» con respecto a los Gobiernos o los sindicatos.
En segundo lugar, porque el neoliberalismo ha dado siempre prioridad a las grandes empresas y al capital financiero, permitiendo que los mercados y los accionistas modifiquen a su antojo las reglas del juego y las condiciones laborales, aunque para ello los trabajadores y la sociedad en general tengan que pagar un precio demasiado alto. A principios de esta década, la mayor parte de la población mundial consideraba que el capitalismo, en su forma actual, es realmente pernicioso.
En tercer lugar, porque esa doctrina ha alterado profundamente las relaciones no solo económicas, sino también personales. El capitalismo neoliberal no fue nunca una simple política económica, como dejó bien claro Margaret Thatcher cuando en 1981 declaró al Sunday Times: «La economía es el método, pero el objetivo es cambiar el alma y el corazón». Y en muchos sentidos el neoliberalismo ha alcanzado ese objetivo, ya que transformó por completo la forma de vernos a nosotros mismos y las obligaciones que teníamos para con los demás, valorizando cualidades tales como la hipercompetitividad y la búsqueda del interés personal, sin tener en cuenta las consecuencias.

La soledad afecta, además, al sistema inmunitario no solo porque nos mantiene en un constante estado de «alerta máxima», que sería como un coche que lleva circulando ocho horas seguidas en primera, sino también porque nos afecta a escala celular y hormonal. Un importante estudio ha señalado que la soledad altera el funcionamiento de diversas glándulas endocrinas que segregan hormonas y están relacionadas con la respuesta inmunitaria.

La soledad no es, evidentemente, la única causa del populismo. El crecimiento de esta lacra contemporánea tiene precedentes culturales, tecnológicos y sociales, así como causas económicas. Entre ellas se encuentran el rápido aumento de la desinformación y la división en las redes sociales, el choque entre valores liberales y conservadores, progresistas y tradicionales, así como los cambios demográficos. Por otra parte, el populismo tiene en cada país distintas causas subyacentes. Tampoco se puede decir que todas las personas que están solas o marginadas votan a los populistas, ya sean de izquierdas o de derechas, del mismo modo que no todas las personas que están solas caen enfermas. Incluso entre quienes están política, económica y socialmente marginados, hay muchos que mantienen la esperanza de que los partidos tradicionales acudan en su ayuda, mientras que otros se desentienden por completo de la política.
Pero uno de los principales motivos —que a menudo no se tiene en cuenta— de por qué tanta gente ha votado a los líderes populistas en los últimos años —y a los de derechas en particular— es la soledad.
En todo el mundo, las personas que se sienten marginadas, que creen que los partidos tradicionales, que antes las apoyaban, miran ahora para otro lado y no escuchan sus quejas ni resuelven sus problemas, se han ido desplazando, durante estas primeras décadas del siglo XXI, hacia los extremos del espectro político. Y es lógico que sea así. Cuando uno se siente marginado y ninguneado, es comprensible que le seduzcan los cantos de sirena de quienes prometen ayudarle.
Las causas y consecuencias de la soledad son el epicentro de los principales problemas políticos y sociales a que se enfrenta la sociedad. En los últimos tiempos son los políticos populistas, sobre todo los de derechas, los que mejor han sabido analizar esta situación, pero no debemos permitir que sean percibidos como los únicos que ofrecen soluciones a quienes se encuentran solos. Hay demasiadas cosas en juego.

No es que la soledad sea un problema exclusivamente urbano. Si bien los habitantes de las ciudades tienden a estar más solos que los de los pueblos, quienes viven en zonas rurales también experimentan a su manera la soledad: la relativa falta de transporte público hace que quienes no tienen coche se sientan muy aislados; la emigración de los jóvenes a la ciudad hace que muchos ancianos se queden sin redes asistenciales; el hecho de que el gasto público tienda a favorecer a los centros urbanos hace que los habitantes del medio rural se sientan marginados en lo que respecta a las prioridades del Gobierno. Sin embargo, comprender las características y las causas concretas de la soledad en las ciudades modernas es de especial importancia en estos momentos, sobre todo si tenemos en cuenta la velocidad a la que se está urbanizando el mundo entero.

En Corea del Sur, por ejemplo, se ha puesto de moda el mukbang, que consiste en ver a otras personas atiborrándose de comida en la web como si fueran amenos comensales. Aunque parezca raro, esta moda tiene cada vez más éxito en todo el mundo, sobre todo en Japón, Malasia, Taiwán, la India y Estados Unidos. En Malasia, la afición al mukbang aumentó un 150 % en 2019.
Las estrellas del mukbang tienen más de dos millones de seguidores y llegan a ganar cerca de un millón de euros al año con los anuncios incluidos en sus vídeos. Las más populares han empezado a buscar patrocinadores. El indonesio Kim Thai tiene un acuerdo con los fabricantes de Pepto-Bismol —un fármaco para combatir el malestar estomacal—, y el youtubero gringo Nikocado Avocado anuncia el juego de ordenador Cooking Diary.

El estado de conexión permanente hace que el uso de los teléfonos y las redes sociales sea un hecho insólito en la historia de la humanidad, y está agravando sobremanera la crisis de soledad que vivimos actualmente.
No es solo el ritmo acelerado de la vida cotidiana lo que nos impide saludar a los pacientes en la consulta del médico o a los pasajeros en el autobús; ni siquiera las nuevas convenciones sociales. Durante todo ese tiempo que pasamos ante el teléfono —navegando, viendo vídeos, leyendo tuits, comentando fotos—, permanecemos ajenos a las personas que nos rodean y nos desentendemos de las relaciones sociales que nos integran en la sociedad; y recordemos que esos momentos que nos hacen sentirnos valorados y nos dan visibilidad son verdaderamente importantes. El simple hecho de estar con el smartphone modifica nuestro comportamiento y nuestra forma de interactuar con el mundo que nos rodea. La gente sonríe mucho menos a los demás cuando lleva un teléfono en la mano.
Los teléfonos inteligentes nos distancian también de la gente que conocemos, incluso de nuestros seres queridos, y eso es aún más preocupante. Todo ese tiempo que pasamos con el teléfono es tiempo que no pasamos con nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestra pareja o nuestros hijos. Nunca antes habíamos estado tan ensimismados y al mismo tiempo tan afligidos.
Las consecuencias negativas de las redes sociales son aún más graves. No es solo que nos metan en burbujas digitales que dificultan el beneficioso contacto con los demás. Se trata también de que esas redes están haciendo que el mundo se vuelva más inhóspito, menos empático y menos agradable. Y eso afecta considerablemente al bienestar colectivo.
«Trolear»: publicar textos con la intención de ofender o molestar a otras personas; doxxing: difusión de información personal con el fin de facilitar el acoso; swatting: uso de la información difundida para provocar una falsa alarma de atentado o de secuestro con el fin de atraer a las unidades de intervención policial para que detengan a una persona en su propia casa. Toda esta jerga describe el insidioso comportamiento de muchos internautas en el siglo XXI.
Las redes sociales no solo nos están convirtiendo en vendedores cuyo producto es nuestro yo cosificado y recompuesto, lo que nos lleva a sentirnos menos populares y hace que nuestro verdadero yo sea menos respetado que nuestro yo virtual. Y eso también nos aleja de los demás.

Puesto que el mundo está atravesando una crisis única en su género, y como el avance de la automatización es imparable, vamos a tener que elegir entre muchas opciones políticas. Pero mientras reflexionamos sobre cómo actuar durante las próximas décadas, lo esencial es que todas las medidas laborales se basen en un principio de equidad, no solo en cuanto a los resultados, sino también en lo que se refiere al rumbo que debemos tomar. Hay que escuchar atentamente a los más afectados por la ola de despidos y a los que probablemente sufran el segundo embate de la automatización, a medida que se barajan distintas soluciones políticas. Si no queremos que la gente se desvincule cada vez más de la política y de la sociedad, los representantes políticos deben tener en cuenta a los trabajadores a la hora de tomar decisiones.
Es evidente que tanto nosotros como los Gobiernos y los empresarios podemos hacer muchas cosas para reagrupar a la sociedad y conseguir que la gente se sienta menos sola. ¿También pueden hacer algo las empresas? ¿Los avances en automatización e inteligencia artificial podrían formar parte de la solución?.

El 15 % de los ancianos japoneses pasa hasta dos semanas sin hablar con nadie. Casi la tercera parte de los ancianos no tiene a nadie a quien recurrir para cosas tan sencillas como cambiar una bombilla. Y no nos olvidemos de esas jubiladas cuya espantosa soledad las arrastra a cometer pequeños hurtos con el fin de que las metan en la cárcel, donde se sienten acompañadas y atendidas. Japón se enfrenta, además, a una escasez crónica de cuidadores, debido en gran parte al estricto control de la inmigración y a lo mal pagados que están esos trabajadores. Para agravar aún más la situación, los jóvenes dedican cada vez menos atención a sus mayores. Mientras que antes lo habitual era que los ancianos, cuando enviudaban o se quedaban solos, se fueran a vivir con sus hijos, ahora esa tradición está desapareciendo.
En un mundo cada vez más ajeno al contacto físico, en el que nos sentimos cada vez más solos y faltos de compañía, porque estamos tan ocupados que no tenemos tiempo para nada ni para nadie, en el que el aislamiento se da tanto en el trabajo como en casa, pues vivimos lejos de nuestra familia, parece inevitable que los robots de compañía terminen formando parte de la solución al problema de la soledad. El salto entre preguntarle a Alexa por el tiempo y considerarla una amiga es mucho menor de lo que pensamos, sobre todo porque los robots simulan cada vez mejor que nos cuidan y nos necesitan, y porque la idea del robot-acompañante está cada vez más generalizada y su diseño y funcionalidad no dejan de evolucionar. Es probable que la pandemia acelere la aceptación general de los robots de compañía. Un robot, al fin y al cabo, no nos puede contagiar un virus.

Abyss Creations —la empresa que fabrica RealDoll—, ubicada en San Marcos (California), afirma que sus robots sexuales, que tienen labios vaginales «que parecen de verdad», articulaciones de acero inoxidable y una boca que se abre y se cierra, son los más realistas del mercado. En su página web se pueden elegir los detalles: tamaño del cuerpo y del pecho, peinado y color del pelo, estilo de la vagina (afeitada o sin afeitar) y color de los ojos (para añadirles más realismo hay que pagar entre 25 y 50 dólares adicionales). Por otros 150 dólares se pueden añadir pecas a la cara, y por 300 dólares al resto del cuerpo. También hay piercings: 50 dólares para las orejas y la nariz, 100 dólares para los pezones y el ombligo. El modelo más popular —Body F— mide 1,65 cm, pesa 32 kilos y tiene unos pechos enormes: ninguna mujer tiene esas dimensiones hipersexualizadas.
A medida que crece la demanda, otras firmas tecnológicas se van sumando a la carrera armamentística de los robots sexuales.

Mientras buscamos la mejor manera de reconstruir la sociedad tras la COVID-19 y de volver a relacionarnos con los demás, habrá sin duda muchas cosas útiles que los Gobiernos, los ayuntamientos, los arquitectos, los urbanistas y el empresariado pueden aprender de estos nuevos negocios que se centran en el espíritu de comunidad, tanto para lo bueno como para lo malo.
Un aspecto que da qué pensar, es que incluso cuando las comunidades mercantilizadas consiguen transmitir un sentimiento de pertenencia a un grupo o colectividad, muchas veces sigue habiendo un problema de inclusión. Las colatecas surcoreanas, con sus precios tan bajos, el centro de yoga con sus descuentos para pensionistas o desempleados y el círculo de lectores subvencionado siguen siendo excepciones. No podemos ser miembros de una comunidad mercantilizada si no tenemos dinero para pagar las mensualidades.

La soledad no es solo un estado de ánimo. También es un estado de ánimo colectivo que nos está pasando factura a nosotros como individuos y a la sociedad en su conjunto, que influye en la muerte de millones de personas todos los años, que cuesta miles de millones de euros a la economía mundial y que constituye una grave amenaza para las democracias solidarias e incluyentes.
Antes incluso de que apareciera el coronavirus, este era el siglo de la soledad. Pero el virus ha puesto aún más de relieve la falta de apoyo y atención que sentimos muchas personas, no solo por parte de nuestros familiares y amigos, sino también por parte de nuestros jefes y del Estado; ha subrayado lo desligados que estamos no solo de nuestros seres queridos, sino también de nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo y nuestros representantes políticos.
Si queremos mitigar la soledad individual y colectiva, es necesario que las instituciones que gobiernan nuestra vida se den cuenta de la magnitud del problema. El Gobierno, las empresas y nosotros en cuanto individuos desempeñamos un papel protagonista. La crisis de soledad es demasiado compleja para dejarla en manos de una sola entidad.
Es necesario un cambio de mentalidad en general. Tenemos que pasar de consumidores a ciudadanos, de tomadores a dadores, de observadores casuales a participantes activos. Se trata de aprovechar las oportunidades que se nos brindan para ejercitar nuestra capacidad de escucha, ya sea en el contexto del trabajo, la vida familiar o las relaciones sociales. Se trata de asumir que en ocasiones el interés colectivo está por encima de nuestras necesidades individuales. Se trata de utilizar nuestro empuje para provocar un cambio positivo, aunque no siempre resulte agradable arriesgarse. Y eso significa también identificarnos activamente con los demás, lo cual se nos olvida con demasiada frecuencia.

El antídoto contra la soledad de este siglo solo puede ser la ayuda mutua, con independencia de quién sea el otro. Si queremos mantenernos unidos en un mundo que se está desintegrando, no nos queda otra.

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Loneliness has become the defining condition of the 21st century. It damages our health, our wealth and our happiness and even threatens our democracy. Never before has it been so ubiquitous or widespread, but never before have we had so much at our fingertips to do something about it.
Even before the global pandemic introduced the concept of «social distancing,» the fabric of community was unraveling and our personal relationships were threatened. And technology wasn’t the only culprit. Equally to blame are the dismantling of civic institutions, the radical reorganization of the workplace, mass migration to the cities, and decades of neoliberal policies that have placed self-interest above the collective good.
It’s not just a mental wellness crisis. Loneliness increases our risk of heart disease, cancer and dementia.
But the “century of loneliness” did not begin in the first quarter of 2020. When COVID-19 struck the first blow, most of us already felt alone, isolated and atomized most of the time.
Even before the coronavirus caused a «social recession» over the danger of face-to-face contact, three out of five American adults felt lonely.
More or less the same thing happened in Europe. In Germany, two-thirds of the population considered loneliness to be a serious problem. Almost a third of the Dutch admitted to feeling lonely, and one in ten felt really lonely. In Sweden, a quarter of the population reported being alone frequently. In Switzerland, two out of five people said they felt this way sometimes, often or all the time.
In the United Kingdom, the problem reached such a magnitude that in 2018 the prime minister went so far as to create a Ministry of Solitude.

The book weaves a narrative with statistics and anecdotes designed to support the author’s arguments, whether that it is capitalism’s fault, or social media’s fault etc.
However, for all the blame that is thrown around, there is a glaring omission of the most obvious culprit — people’s reduced dependence on each other for things other than social/emotional support.
For me the most eye-opening study was Banerjee et al., «Changes in Social Network Structure in Response to Exposure to Formal Credit Markets,» describing how in a natural experiment, villages in India exposed to microfinance showed a reduction in social ties, even among households unlikely to borrow. Why were people hanging out in the village square talking to each other? It seems that in some part at least it was because it was not just a social network, but also an informal network of credit, at least for some.
Thinking now to our modern lives: why would we ask a neighbor for a cup of sugar when we can easily go the grocery store (proximate in urban areas) or even when we can get it delivered. Lots of information is available online. We may not need to ask our uncle for that recipe, or our scholar-aunt some period in history, because we can look a lot of stuff up. The author hints that social relationships are work, and they are! Part of the reward, besides the enjoyment of one another’s company, and the expectation of reciprocity, is that these are people whom one could rely on for e.g. a ride to the airport (but now there are ride sharing apps), recommendations (now there’s Yelp and product reviews) or a small loan (now there are credit cards…), etc. etc. Beyond friends one would choose, perhaps one was also friendly with many others because there was a possibility that at some point one might need to rely on them for a service or favor.
Big concerts and pie shops are nice because they provide community for people who are there to enjoy themselves. But if friendship and socializing is reduced to joint enjoyment, it is a much reduced space than the role that they used to play.
Without considering this crucial aspect of social relationships, the books seems incomplete, both in diagnosing the roots of loneliness and in providing solutions. Some, like community service, civic participation or co-op arrangements that share responsibilities go a ways toward this, but one could do even better by thinking of new ways that social ties and communities can exchange benefit beyond providing companionship. With maybe many of our material and practical needs for the most part taken care of by optimized, large-scale systems, how can we invest our energy and build our networks to become important in new joint endeavors?.
«Coming Together in a World that’s Pulling Apart»—there’s something inherently intriguing to this one statement that really drew me to read this book. That, and the title itself is a big, fat hook for the whole book.
But maybe, it was really because just seeing the title resonated with me in a very subconscious way. Early on in the book, Hertz presents the UCLA Loneliness Scale as an objective measure of whether you are indeed lonely or not. I was genuinely shocked to see my score go two points over the baseline score to be considered lonely. Maybe I was just in denial.
Then again, maybe all of us are in denial. Hertz explains that her definition of loneliness is «not only as feeling bereft of love, company or intimacy. Nor is it just about feeling ignored, unseen or uncared for by those with whom we interact on a regular basis…It’s also about feeling unsupported and uncared for by our fellow citizens, employers, our community, our government.» To sum it up, she says that «it’s about not only lacking support in a social or familial context, but feeling politically and economically excluded as well.»
Well.
The book presents a thorough picture of how loneliness affects this current society and generation, how we are all disconnected from each other more than ever despite the several mechanisms already in place for us to «connect.» Overall, the problem lies in the system that we are all subjected to and how it turns us into kind and caring people, to selfish and rude individuals. To paint a picture: you can’t really blame that person who shouldered past you rudely for not apologizing if you knew that they were a caregiver who was late for work because they had to bring their kid to a school that was on the other side of town because they lived in social housing that was purposely separated from regular housing and if they were late, they wouldn’t be paid their almost minimum wage salary. It pushes the point that you can’t afford to be kind and caring if the system does not allow you to be kind and caring by default.
Published in the early months of the COVID-19 pandemic, the book is a timely picture of how we, as a lonely generation, have been affected greatly by these mechanisms over the years and how they will be amplified with our forced social isolation. But by the end, Hertz offers possible solutions that range from the individual level to the industry level, up to the government, and then society as a whole.
Humans are naturally social beings. After the pandemic, we will always find ways to come together. But for now, it doesn’t take too much to be a bit kinder every day. And if you read this book, you’ll know why something as simple as looking up from your phone, smiling at a neighbor, and greeting them «good morning» can help transform a lonely society for the better.

Once again, this worrying situation has been progressively worsening throughout the world in recent years. In almost all member countries of the OECD (to which most European nations, the United States, Canada and Australia belong) the percentage of adolescents who say they feel lonely at school increased significantly between 2003 and 2015. Again, as a consequence of COVID-19, the proportion is now likely to be considerably higher.
This is not just a crisis related to mental health. We are facing a crisis that makes us sick. Research indicates that loneliness is more harmful to health than lack of physical exercise, as harmful as alcoholism, and more harmful than obesity. From a statistical perspective, loneliness is equivalent to smoking fifteen cigarettes a day. It should be noted that all these issues are independent of standard of living, gender, age or nationality.
It is also an economic crisis. In the United States, even before the appearance of COVID-19, social isolation cost Medicare (a social security program) about 7 billion dollars a year, that is, more than what it spends on the treatment of osteoarthritis and almost as much as it spends on hypertension prevention, and that’s just for the elderly. In the UK, lonely people over fifty cost the NHS £1.8bn a year, roughly equivalent to the annual budget of the Department for Housing, Communities and Local Government.
The most worrying thing is that we are underestimating the true extent of the problem, and this is due in part to the stigma attached to loneliness. Many people find it difficult to admit that they are lonely: a third of British workers who feel lonely have never told anyone; others find it difficult to admit it even to themselves, seeing their situation more as a failure than as the consequence of life circumstances and a whole series of economic, social and cultural factors beyond individual control.

For me loneliness is an inner state and at the same time an existential state, that is, personal, social, economic and political.
I believe that contemporary loneliness – altered by globalization, urbanization, social inequalities and power asymmetries, by demographic change, increased mobility, technological disarray, austerity and now also the coronavirus – goes beyond the longing for fellowship, the desire to love and be loved and the sadness we feel when we think we have no friends. Because to all this we must also add the distance from politics and its representatives, the impression of isolation at work, social exclusion and the feeling of invisibility, impotence and uselessness. It is an inclusive loneliness, but it is also greater than the desire to feel close to others, to be heard, seen and paid attention to, to have a certain role, to be treated with justice, kindness and respect.

Lifestyle, the changing nature of work and personal relationships, the way cities are built and offices designed, the way we treat each other and the way the government treats us, addiction to mobile phones and even the way of loving others… all these factors contribute to us feeling more and more alone. But to understand why we have reached this situation of isolation, lack of communication and helplessness, we must go back a little in time, since the ideological foundations of the current crisis of loneliness predate digital technology, the urban fever, the profound changes in the workplace and the economic crisis of 2008, as well as, of course, the coronavirus pandemic.
The origins of all this go back to the 1980s, when a particularly cruel form of capitalism took hold—neoliberalism—an ideology that placed a strong emphasis on freedom: «free» choice, «free» markets, freedom’ from governments or trade unions.
Secondly, because neoliberalism has always given priority to large companies and financial capital, allowing the markets and shareholders to modify the rules of the game and working conditions at will, although for this the workers and society in general have to pay too high a price. At the beginning of this decade, the majority of the world’s population considered that capitalism, in its current form, is really pernicious.
Thirdly, because this doctrine has profoundly altered not only economic relations, but also personal ones. Neoliberal capitalism was never a simple economic policy, as Margaret Thatcher made clear when in 1981 she declared to the Sunday Times: «Economics is the method, but the aim is to change the heart and soul.» And in many ways, neoliberalism has achieved that goal, since it completely transformed the way we see ourselves and the obligations we had towards others, valuing qualities such as hyper-competitiveness and the search for personal interest, without taking into account the consequences.

Loneliness also affects the immune system not only because it keeps us in a constant state of «maximum alert», which would be like a car that has been running eight hours straight in first gear, but also because it affects us on a cellular and hormonal level. An important study has indicated that loneliness alters the functioning of various endocrine glands that secrete hormones and are related to the immune response.

Loneliness is obviously not the only cause of populism. The growth of this contemporary scourge has cultural, technological and social precedents, as well as economic causes. These include the rapid rise in misinformation and divisiveness on social media, the clash between liberal and conservative, progressive and traditional values, as well as changing demographics. On the other hand, populism has different underlying causes in each country. Nor can it be said that all people who are lonely or marginalized vote for populists, whether on the left or right, just as not all people who are lonely fall ill. Even among those who are politically, economically and socially marginalized, there are many who hold out hope that the traditional parties will come to their aid, while others disregard politics altogether.
But one of the main reasons — often overlooked — why so many people have voted for populist leaders in recent years — and right-wing ones in particular — is loneliness.
All over the world, people who feel marginalized, who believe that the traditional parties, which used to support them, now look the other way and do not listen to their complaints or solve their problems, have been displaced, during these first decades of the century XXI, towards the ends of the political spectrum. And it is logical that it be so. When you feel marginalized and ignored, it is understandable that you are seduced by the siren songs of those who promise to help you.
The causes and consequences of loneliness are at the epicenter of the main political and social problems facing society. In recent times it is the populist politicians, especially those on the right, who have best known how to analyze this situation, but we must not allow them to be perceived as the only ones who offer solutions to those who find themselves alone. There are too many things at stake.

It is not that loneliness is an exclusively urban problem. While city dwellers tend to be lonelier than those in towns, those living in rural areas also experience loneliness in their own way: the relative lack of public transport makes those without cars feel very isolated; the emigration of young people to the city means that many elderly people are left without assistance networks; the fact that public spending tends to favor urban centers makes rural people feel marginalized when it comes to government priorities. However, understanding the specific characteristics and causes of loneliness in modern cities is especially important at the moment, especially considering the speed at which the entire world is urbanizing.

In South Korea, for example, mukbang has become fashionable, which consists of seeing other people stuffing themselves with food on the web as if they were pleasant diners. Although it may seem strange, this fashion is becoming more and more successful all over the world, especially in Japan, Malaysia, Taiwan, India and the United States. In Malaysia, mukbang fandom increased by 150% in 2019.
The mukbang stars have more than two million followers and earn close to a million euros a year from the ads included in their videos. The most popular have started looking for sponsors. The Indonesian Kim Thai has an agreement with the manufacturers of Pepto-Bismol —a drug to combat stomach upset—, and the gringo youtuber Nikocado Avocado announces the computer game Cooking Diary.

The state of permanent connection makes the use of telephones and social networks an unusual event in the history of humanity, and is greatly aggravating the crisis of loneliness that we are currently experiencing.
It’s not just the fast pace of everyday life that keeps us from greeting patients at the doctor’s office or passengers on the bus; not even the new social conventions. During all that time we spend in front of the phone —browsing, watching videos, reading tweets, commenting on photos—, we remain oblivious to the people around us and we ignore the social relationships that integrate us into society; and let us remember that those moments that make us feel valued and give us visibility are truly important. The simple fact of being with the smartphone modifies our behavior and the way we interact with the world around us. People smile a lot less at others when they have a phone in their hand.
Smartphones also distance us from the people we know, even our loved ones, and that’s even more worrying. All that time we spend on the phone is time we don’t spend with our friends, our co-workers, our partner or our children. Never before have we been so self-absorbed and at the same time so afflicted.
The negative consequences of social networks are even more serious. It is not just that they put us in digital bubbles that make it difficult to have beneficial contact with others. It is also that these networks are making the world more inhospitable, less empathetic and less pleasant. And that considerably affects collective well-being.
“Trolling”: posting texts with the intention of offending or annoying other people; doxxing: dissemination of personal information for the purpose of facilitating harassment; swatting: use of the information disseminated to cause a false alarm of an attack or kidnapping in order to attract police intervention units to arrest a person in his or her own home. All this jargon describes the insidious behavior of many Internet users in the 21st century.
Social media isn’t just turning us into vendors whose product is our reified and recomposed selves, leading us to feel less popular and making our real selves less respected than our virtual selves. And that also distances us from others.

As the world is going through a unique crisis, and as the advance of automation is unstoppable, we are going to have to choose between many political options. But as we reflect on how to act for decades to come, what is essential is that all labor measures be based on a principle of fairness, not only in terms of results, but also in terms of the direction we must take. Listen carefully to those most affected by the wave of layoffs and those likely to suffer the second blow of automation, as different political solutions are considered. If we do not want people to become more and more disassociated from politics and society, political representatives must take workers into account when making decisions.
It is clear that we, as well as governments and businessmen, can do many things to regroup society and make people feel less alone. Can companies do something too? Could advances in automation and artificial intelligence be part of the solution?

15% of Japanese seniors spend up to two weeks without speaking to anyone. Almost a third of the elderly have no one to turn to for things as simple as changing a light bulb. And let’s not forget those retired women whose frightening loneliness drags them to commit petty thefts in order to be put in jail, where they feel accompanied and cared for. Japan also faces a chronic shortage of caregivers, due in large part to strict immigration control and the low pay of these workers. To further aggravate the situation, young people devote less and less attention to their elders. Whereas before the usual thing was that the elderly, when widowed or left alone, went to live with their children, now that tradition is disappearing.
In a world that is increasingly alienated from physical contact, in which we feel more and more alone and lacking company, because we are so busy that we do not have time for anything or anyone, in which isolation occurs so much at work like at home, since we live far from our family, it seems inevitable that companion robots end up being part of the solution to the problem of loneliness. The gap between asking Alexa for the time and considering her a friend is much smaller than we think, especially since robots increasingly simulate that they take care of us and need us, and because the idea of the robot-companion is increasingly widespread and its design and functionality are constantly evolving. The pandemic is likely to accelerate the general acceptance of companion robots. A robot, after all, cannot give us a virus.

Abyss Creations, the company that makes RealDoll, based in San Marcos, California, claims that its sex robots, which have «real-looking» vaginal lips, stainless-steel joints, and a mouth that opens and closes, are the most realistic on the market. On their website you can choose the details: body and breast size, hairstyle and hair color, vagina style (shaved or unshaven) and eye color (to add more realism you have to pay between 25 and 50 additional dollars). Freckles can be added to the face for another $150, and the rest of the body for $300. There are also piercings: $50 for ears and nose, $100 for nipples and navel. The most popular model – Body F – measures 1.65 cm, weighs 32 kilos and has enormous breasts: no woman has such hypersexualized dimensions.
As demand grows, other tech firms are joining the sex robot arms race.

As we look for the best way to rebuild society after COVID-19 and to reconnect with others, there will certainly be many useful things that governments, municipalities, architects, urban planners and entrepreneurs can learn from these new businesses. that focus on the spirit of community, both for the good and for the bad.
One aspect that gives food for thought is that even when commodified communities manage to convey a feeling of belonging to a group or collectivity, many times there is still a problem of inclusion. The South Korean colatecas, with their very low prices, the yoga center with its discounts for pensioners or the unemployed, and the subsidized book club remain exceptions. We cannot be members of a commodified community if we do not have money to pay the monthly payments.

Loneliness is not just a state of mind. It is also a collective state of mind that is taking its toll on us as individuals and on society as a whole, influencing the deaths of millions of people every year, costing the world economy billions of euros and constituting a serious threat to caring and inclusive democracies.
Even before the coronavirus appeared, this was the century of loneliness. But the virus has highlighted even more the lack of support and attention that many people feel, not only from our family and friends, but also from our bosses and the State; it has underscored how cut off we are not only from our loved ones, but also from our neighbors, our co-workers, and our political representatives.
If we want to mitigate individual and collective loneliness, it is necessary that the institutions that govern our lives realize the magnitude of the problem. The Government, the companies and we as individuals play a leading role. The loneliness crisis is too complex to be left in the hands of a single entity.
A change of mentality in general is necessary. We have to move from consumers to citizens, from takers to givers, from casual observers to active participants. It is about taking advantage of the opportunities offered to us to exercise our ability to listen, whether in the context of work, family life or social relationships. It is about assuming that sometimes the collective interest is above our individual needs. It’s about using our push to bring about positive change, even if it’s not always nice to take a risk. And that also means actively identifying with others, which we too often forget.

The antidote to the loneliness of this century can only be mutual help, regardless of who the other is. If we want to stay united in a world that is disintegrating, we have no other choice.

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