El Significado Del Fuego — Kike Ferrari / The Meaning of Fire by Kike Ferrari (spanish book edition)

La búsqueda de información sobre la muerte de Sergio Miguel —el Gordo— Gómez fue ardua. Primero, porque no sabía la fecha con precisión. Segundo, porque el nombre es de lo más habitual. Pero no por ardua fue infértil.
El lunes 18 de abril de 2011 —el mismo día que a don Alfredo Mejía Durán, de quien hablaremos algunas páginas más adelante, le daba el ataque que lo mandaría a la Residencia Geriátrica Martínez Luro— había aparecido en el placard de la habitación del departamento del abogado Juan Pablo Morelli, en Las Cañitas, el cuerpo sin vida de Sergio Gómez, ahorcado con una de las corbatas del letrado.
El impacto del caso se debió, más allá de a las implicancias sexuales que los medios le dieron al tema, a que, en el momento del hecho, el doctor Morelli se encontraba en Punta del Este, asesorando a la señora Camila Herrón de Castilla —empresaria y dueña del grupo Konzern, el multimedio más importante del país—, en el baúl de cuyo automóvil había sido encontrado el cadáver de un hombre con la cara deshecha por disparos de una pistola Glock de gran calibre. La mitad del periodismo que no era parte del poderosísimo grupo Konzern trató de relacionar estos dos casos, brindando infinidad de detalles, casi todos inexactos, gran parte de ellos contradictorios. Mucho se habló, por ejemplo, de dos investigadores fantasmas, Hammond y Shukman, aunque no quedó ningún registro de ellos.

En El significado del Fuego, se construye, una novela sobre el cuerpo, ya no quién es ese muerto, quién es ese que sobra, sino dónde se metió Machi.
¿Cómo se narra la ausencia?
¿Cómo construir una novela cuyo centro neurálgico no está?
Dice el escritor, lo más parecido a una protagonista después del ausente, “quisiera construir una novela de la ausencia con los materiales de la presencia. Un relato híbrido que borronee las fronteras entre géneros, intentar romper con la lógica, cuento/novela, crónica/ficción, realismo/fantástico”.
Tenemos una novela –río a la deriva–, sin más orden que la deriva donde se apilan los testimonios inconcluyentes, subjetivos, donde hay recuerdos pero no verdades, donde la presunción reemplaza a las respuestas.
Es también una novela de la impunidad. Una historia donde no se intenta hacer justicia, sino favores.
Machi desaparece como vive, rompiendo todas las reglas, dejando detrás un montón de merca en el piso, como una sombra tardía, quizás la sombra de las ausencias sea blanca, blanca como la merca, como la parte de los ojos que no miran, que esquivan.
Kike trabaja como una bomba construida en el infierno.

Las horas siguientes a la desaparición del señor Machi y su automóvil —casi como una unidad, el auto como extensión y confirmación de lo que el señor Machi era o creía ser— fueron de mucha confusión.
En algún momento, después de que fuera hecha la denuncia por ausentamiento de persona, alguien avisó a alguien que se comunicó con Mirta, la esposa, que estaba en Santa Fe en la casa de su padre, y unas horas después tanto ella como Alan, el hijo, estaban volviendo a Buenos Aires, acompañados por don Alfredo Mejía Durán, padre de Mirta, abuelo de Alan, suegro del señor Machi, al que en público llamaba Luisito y, en su fuero íntimo, ese advenedizo bastardo.
La Dodge Journey 4×4 desandaba la Panamericana con don Alfredo en el asiento trasero, junto a su hija…
Eran las 21.15 del jueves 7 de octubre de 2005. El cielo estaba estrellado y límpido.
A esa hora, minuto más, minuto menos, el BMW E46 negro de Luis Machi apareció —reluciente, como recién lavado— a media cuadra de El Imperio. O eso suponemos. No hubo testigos que hayan visto quiénes —o en qué momento— lo estacionaron, lo abrieron y prepararon la sorpresa. La posterior revisión de las cámaras de seguridad de la zona también fue infructuosa. O bien quienes abandonaron ahí el BMW conocían a la perfección las locaciones y, en consecuencia, los puntos ciegos de las cámaras, o bien el auto, sin más, se había materializado ahí, llegado de ninguna parte.

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The search for information on the death of Sergio Miguel —Fat man— Gómez was arduous. First, because he did not know the exact date. Second, because the name is the most common. But not because she was arduous was she infertile.
On Monday, April 18, 2011 —the same day that Mr. Alfredo Mejía Durán, whom we will talk about a few pages later, had the attack that would send him to the Martínez Luro Geriatric Residence— had appeared in the closet of the apartment room of the lawyer Juan Pablo Morelli, in Las Cañitas, the lifeless body of Sergio Gómez, hanged with one of the lawyer’s ties.
The impact of the case was due, beyond the sexual implications that the media gave to the subject, to the fact that, at the time of the event, Dr. Morelli was in Punta del Este, advising Mrs. Camila Herrón de Castilla — businesswoman and owner of the Konzern group, the most important multimedia in the country—, in the trunk of whose car the body of a man had been found with his face shattered by shots from a large-caliber Glock pistol. The half of journalism that was not part of the extremely powerful Konzern group tried to relate these two cases, providing countless details, almost all of them inaccurate, many of them contradictory. Much was made, for example, of two ghost investigators, Hammond and Shukman, although no record of them remained.

In The Meaning of Fire, a novel about the body is built, no longer who is that dead person, who is that leftover, but where did Machi go.
How is absence narrated?
How to build a novel whose neuralgic center is not there?
Says the writer, the closest thing to a protagonist after the absent one, “I would like to build a novel of absence with the materials of presence. A hybrid story that blurs the boundaries between genres, trying to break with logic, short story/novel, chronicle/fiction, realism/fantasy”.
We have a novel –drifting river–, with no more order than the drift where inconclusive, subjective testimonies are piled up, where there are memories but no truths, where presumption replaces answers.
It is also a novel of impunity. A story where justice is not tried, but favors.
Machi disappears as she lives, breaking all the rules, leaving behind a pile of merch on the floor, like a late shadow, perhaps the shadow of absences is white, white like the merch, like the part of the eyes that don’t look, that dodge.
Kike works like a bomb built in hell.

The hours following the disappearance of Mr. Machi and his car—almost as a unit, the car as an extension and confirmation of what Mr. Machi was or thought he was—were very confusing.
At some point, after the report was made for the absence of a person, someone notified someone who contacted Mirta, the wife, who was in Santa Fe at her father’s house, and a few hours later both she and Alan, the son, were returning to Buenos Aires, accompanied by don Alfredo Mejía Durán, Mirta’s father, Alan’s grandfather, Mr. Machi’s father-in-law, whom he called Luisito in public and, in his private heart, that upstart bastard.
The Dodge Journey 4×4 retraced the Panamericana with Don Alfredo in the back seat, along with his daughter…
It was 9:15 p.m. on Thursday, October 7, 2005. The sky was starry and clear.
At that time, minute more, minute less, Luis Machi’s black BMW E46 appeared —gleaming, as if it had just been washed— half a block from El Imperio. Or so we suppose. There were no witnesses who saw who – or at what time – parked it, opened it and prepared the surprise. The subsequent review of the security cameras in the area was also unsuccessful. Either those who left the BMW there knew the locations perfectly and, consequently, the blind spots of the cameras, or else the car, without further ado, had materialized there, come from nowhere.

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