Yo, Negacionista — Fernando López-Mirones / I, Denier by Fernando López-Mirones (spanish book edition)

Es una profunda y documentada obra sobre lo que ha sido la pandemia y los verdaderos motivos de la manipulación que hemos sufrido. Lo que más destaca, además de lo accesible al público en general, es que puede verificarse cada afirmación aunque mucho haya sido ocultado. Muy recomendable para la reflexión personal aunque mucha gente dira que es unlibro manipulador, sigue la linea de investigación de Cristina Martín Jiménez cuyos libros están referenciados en el blog.

El hecho de que las llamadas vacunas propuestas contra el virus SARS-CoV-2 sean de carácter voluntario demuestra que sus fabricantes y promotores buscan cargar la responsabilidad de sus efectos adversos graves y letales en los individuos que se las inocularon para librarse ellos de posibles consecuencias legales y éticas: usted se inyectó porque quiso.
Para que las personas de medio mundo se presten a recibir en sus cuerpos unas terapias génicas experimentales sin aprobación, nunca antes ensayadas en humanos, y con más dudas que certezas, era muy importante generar una amenaza exterior que creara un miedo tan grande como las orcas para los atunes. La fuerza combinada del terror y el gregarismo es capaz de anular las mentes más inteligentes y preparadas, como hemos podido comprobar.
La ciencia ficción no puede funcionar sin las verdades a medias; el urbanita medio del siglo XXI sabe menos sobre ciencia que nunca, incluso los propios investigadores ya no suelen ser eclécticos, no tienen una visión general, sus perspectivas son cada vez menos holísticas; se los ha educado como especialistas de una sola hierba o gusano sin ver jamás el bosque entero; esto favorece el triunfo de un buen relato pactado general porque, en realidad, ni siquiera los expertos son capaces de tener una visión panorámica, sobre todo cuando se les abruma con matemáticas alteradas, porque, literalmente, los datos no les dejan ver ese bosque. Pero las precuelas de la fábula del pangolín llevan al menos dos siglos funcionando, preparar a la humanidad para que acepte esta distopía no es algo que se consiga fácilmente. Primero había que desmontar toda referencia moral, religiosa y cultural que supusiera un obstáculo, desinstalándola del cerebro de varias generaciones a las cuales se privó de algo fundamental.

Desde hace más de diez mil años, como hemos visto, todas las civilizaciones han criado a sus hijos de un modo u otro acostumbrándolos a pensar en el final de la existencia terrenal, bien como un inicio de otra trascendencia, bien como el camino de la vida eterna a través de los relatos de los héroes, el honor, el buen nombre, el recuerdo de los grandes. Los niños acudían a las impresionantes pompas fúnebres de sus abuelos, padres y hermanos soñando con que, cuando lleguen las suyas, todos los recordarán como personas notables, y, por ello, si había que dar la vida por el clan, lo harían con orgullo. Eso hace tiempo que terminó en las autodenominadas sociedades modernas; los hijos desde finales del siglo XX y lo que va de XXI ya no van a tanatorios ni funerales, porque sus padres quieren que recuerden a sus abuelos «tal como eran en vida» o por «evitarles el mal rato», y acaban por usar esa terrible frase de «El abuelo se fue» o «Allá donde esté».
Una sociedad que crece de espaldas a la muerte no es capaz de gestionarla cuando de pronto se la ponen delante, entra en pánico. Eso es exactamente lo que ocurrió desde enero del año 2020. Al no crecer con un concepto trascendente de lo que son las enfermedades, la vida y su final, ni siquiera con los animales.

Un buen día todo comenzó. Un virus nuevo, una nueva enfermedad, un origen remoto que se acerca, y, cuando la gente fue a abrazarse, no pudo; cuando buscó a sus amigos, no había bares ni iglesias; cuando quiso aire y sol, ya se lo habían quitado; solo quedaba una frase sacrosanta: la evidencia científica.
Y nos convencieron de que había sido culpa nuestra. A todos esos males uniríamos el remordimiento de haber creado un «cambio climático» y haber propiciado que un murciélago chino se encontrara con un pangolín lechal en un mercado húmedo de humanos malos que tienen lo que se merecen por comer carne y cazar tótems.
Y las Scheherezades de la Organización Mundial de la Salud, las agencias del medicamento, las asociaciones, colegios de médicos y biólogos, fundaciones y autoridades continuaron contándonos un cuento diferente de ciencia ficción cada día, siempre basado en hechos reales, siempre moviendo el foco solo a un lado de la biología.
Pero todo buen guion precisa de antagonistas, de personajes que protagonicen un falso conflicto, alguien a quien culpar cosificándolo. Así surgieron «personas malas» que no obedecían, gentuza a la que le dio por pensar, investigar y leer, demonios con ciencia y conciencia: los negacionistas. Son seres mitológicos, ángeles caídos hacia arriba que la buena gente no debe ver jamás porque se rompería el conjuro. Primero estaban aislados, cada uno en su casa, en su castillo por encima de la niebla viendo que la caja con gente que habla no estaba diciendo la verdad.

No hemos cambiado nada, desde hace unos cien mil años el Homo sapiens es biológicamente el mismo a pesar de que la soberbia cultural del ser humano del siglo XXI le haga creerse superior a sus ancestros. Nos siguen fascinando o dando miedo las mismas imágenes, idénticos conceptos; por eso reaccionamos exactamente igual ante ideas como la enfermedad, la muerte y el miedo que un hombre de Cromañón; no hay corbata ni software que puedan borrar tantos años de evolución del cerebro de este mono egoísta. Toda esta historia está impresa en nuestros genes, en esos cromosomas, en ese ADN que ahora está en peligro de ser alterado.
Los promotores del relato pactado de la pandemia de COVID-19 que más adelante veremos quiénes son y que, paradójicamente, son casi todos muy viejos, no contaban con la extraordinaria fuerza de los científicos jubilados liberados del influjo de la ambición, porque ya lo obtuvieron todo, no contaban con el Consejo de Ancianos que se iba a formar en todo el mundo de forma espontánea como reacción a la cantidad de incongruencias científicas que se estaban utilizando para engañar a la gente común; despreciaron a los gerentes, que en todas las civilizaciones inteligentes hubieran regido los organismos supranacionales y que lo hubieran hecho con ética desinteresada. Los que debieran regir a la humanidad y a la ciencia, son los llamados senex, justo los que han dejado fuera de las decisiones importantes.

En 1980, hace más de cuarenta años, con la entrada en vigor en Estados Unidos de la llamada Ley Bayh-Dole, que puso a las universidades a merced de las empresas privadas respecto a sus hallazgos de investigación biológica. Puedo afirmar que esta ley destruyó la ciencia para siempre al permitir que las instituciones públicas como universidades, pequeñas empresas y entes «sin ánimo de lucro» pudieran patentar y comerciar con sus descubrimientos biomédicos, aunque hubieran sido obtenidos con dinero público; así como aceptar financiación de empresas privadas y grandes multinacionales para ello.
La Ley Bayh-Dole decidió que los descubrimientos científicos realizados en las universidades no debían hacerse públicos en beneficio de la población. El dinero de las Big Pharma y el capital de los grandes fondos de inversión entraron en el sacrosanto ámbito de la ciencia, desde entonces la investigación biológica dejó de ser algo que se hacía por el bien de la humanidad para convertirse en el mayor negocio de la historia. Un simple cambio legislativo como este está detrás de todo lo que viene ocurriendo desde entonces y que denuncio en este libro; el consenso científico es privado, esa idea romántica que todavía tiene mucha gente de que los científicos buscan descubrir medicamentos para salvar gente no es real desde hace más de cuarenta años.
En el momento en el que universidades como Harvard, Stanford, MIT, Princeton, Yale o California, por citar solo algunas, empiezan a medir sus líneas de investigación y publicaciones en términos de ingresos y gastos como si fueran empresas cualesquiera, se extingue por completo su esencia, que debería ser avanzar en el conocimiento por el bien de la humanidad. Empiezan a medir qué conviene y qué no.
El biólogo español que ha estado apareciendo en las televisiones muchas veces, Adolfo García Sastre, nacido en 1964 en Burgos, codirector del Global Health & Emerging Pathogens Institute del Hospital Mount Sinai de Nueva York, becado Fulbright (consideradas las becas de globalismo por excelencia e incluso con ciertas vinculaciones a la CIA) y becado postdoctoral OTAN, centra sus investigaciones desde hace años, teóricamente, en mejorar las vacunas contra el virus de la gripe y los coronavirus investigando diversas interacciones entre el hospedador y estos agentes. Posee al menos las siguientes siete patentes activas:
– Vacunas y sistemas de expresión de ARN del virus de la enfermedad de Newcastle recombinante.
– Nuevos métodos y sustratos deficientes en interferón para la propagación de virus.
– 20090061521 Vacunas y sistemas de expresión de virus de ARN de cadena negativa recombinante.
– 20090053264 Virus de cadena negativa atenuados con actividad antagonista de interferón alterada para uso como vacunas y productos farmacéuticos.
– 20090028901 Métodos de cribado para identificar proteínas virales con funciones antagonistas del interferón y posibles agentes antivirales.

El problema de crear virus Frankenstein que mezclan genes de diferentes especies es que a sus promotores se les pueden caer encima, por eso todas estas investigaciones usan la excusa perfecta de que están buscando «vacunas o antídotos» por si «otro» los ataca, en lugar de lo que en realidad están haciendo. Boyle considera que la pandemia de ébola en África occidental se originó en las instalaciones de NBS-4 de los Estados Unidos en Sierra Leona, y que es posible que estuvieran haciendo pruebas sobre una vacuna que contenía virus de ébola vivo y se la hubieran suministrado a esas pobres personas, y sentencia que estima que solo en los Estados Unidos trabajan alrededor de trece mil biólogos en la industria de armas biológicas.
La Universidad John Hopkins; sí, la que organizó junto con la Fundación Bill y Melinda Gates y la Open Philanthropy el famoso simulacro llamado Evento 201, en octubre de 2019, en un hotel de Nueva York, para los empreSaurios y los líderes de salud sobre una supuesta pandemia igualita a la que vino meses más tarde. O tienen al mismísimo Harry Potter de rector, o sabían perfectamente lo que iba a pasar.
Pues bien, el 16 de diciembre de 2017, el Johns Hopkins Center for Health Security había creado otro evento menos conocido con una supuesta nueva pandemia de algo llamado SPARS previsto en el ensayo para 2025-2028. Lo llamaron Fictional Narrative Scenario, más en concreto, The SPARS Pandemic 2025-2028: A Futuristic Scenario for Public Health Risk Communicators; o sea, la academia de los mentirosos, para que sepan cómo engañar de nuevo al mundo con eficiencia sin cometer tantos errores como en COVID-19. En su documento oficial especifican que «este simulacro no es una predicción: es un entrenamiento y aprendizaje para los funcionarios de la salud».

En marzo de 2015, sabían perfectamente que tanto la toxicidad de la proteína spike S1 como la intervención del receptor ACE II representaban un grave riesgo para la salud humana y estos estudios se estaban financiando con dinero público sin que la gente estuviera debidamente informada.
El zoólogo Dr. Peter Daszac declaró: «La gente ignora una crisis virológica hasta que llega la emergencia. Para mantener la financiación necesitamos aumentar la comprensión pública de la necesidad de una vacuna pan-influenza o pan-coronavirus. Los medios de comunicación son impulsores clave, porque la economía bailará al son publicitario. Necesitamos usar esa exageración a nuestro favor […]. Los inversores responderán si ven ganancias al final del proceso».
Todos estos proyectos se llevaron a cabo en países extranjeros, mientras en USA estaban prohibidos, se financió a Shi Zhengli en China durante años hasta que, en febrero de 2020, ella misma, junto con Cui Jie, identificó y nombró por primera vez a su gran criatura nueva: SARS-CoV-2.

Es importante tener en cuenta que se trata de algo llamado virus quimera, es decir, no es un microorganismo natural ni ha saltado de ningún murciélago o pangolín al ser humano de forma accidental natural, ni es culpa del tráfico de animales salvajes, ni de que la gente coma carne de monte, ni mucho menos del cambio climático… Se trata de un producto de laboratorio trabajado deliberadamente mediante técnicas de ganancia de función usando patrones de «virus» de varias especies con inserciones genéticas artificiales y cultivados deliberadamente para infectar células humanas.
Todo esto figura oficial y científicamente en decenas de papers
publicados, no es ninguna teoría conspirativa. Todo está publicado, firmado y con fechas, lugares y financiación. Lo que el lector debe pensar por sí mismo es ¿por qué motivos se extraen materiales genéticos microbiológicos de otras especies animales que jamás infectarían a los seres humanos en la naturaleza y se los manipula para que lo hagan?.
Dado que parece que a los creyentes del relato oficial covidiano no les bastan las declaraciones grabadas del propio inventor de la prueba afirmando que no sirven para diagnosticar y determinar que alguien tiene o no una enfermedad, un puñado de contrarians
en el mundo nos desgañitamos durante dos años explicando una y otra vez por qué las PCR en la COVID-19 eran la mayor estafa científica de los últimos tiempos. Simplemente, estaban siendo utilizadas a unos niveles de amplificación tales, llamados ct
o ciclos de amplificación, que las autoridades sanitarias podían convertir a cualquier persona sana, a cualquier paciente (o accidentado) o a cualquier fallecido por otras causas ajenas en un peligroso asintomático, un ingreso o un muerto por COVID-19.
Los kits precalibrados estaban siendo analizados a menudo por máquinas que ni siquiera los departamentos de microbiología clínica de los grandes hospitales conocían exactamente cómo funcionaban; salían «positivos» a «COVID» por millones porque a tales niveles de amplificación absolutamente todas las enfermedades infecciosas, respiratorias e incluso el estrés reaccionaban. No solo eso, es que estas pruebas estaban detectando material genético de «virus» endógenos que forman parte del microbioma humano habitual en estado de salud absoluta. El truco era sencillo: cuantas más PCR hagas a la población sana, más peligrosísimos asintomáticos podrás sumar a las curvas estadísticas de los telediarios; de este modo se da la sensación de emergencia que justificarán las lucrativas inyecciones a las que la gente se prestaría de forma voluntaria.
Están reconociendo haber estado dando datos falsos de la pandemia durante dos años, datos que sirvieron para crear una emergencia que no era tal, y que justificaron la autorización de uso de emergencia de unas terapias génicas sintéticas de ARN mensajero que media humanidad ha aceptado inyectarse precisamente por esos datos. ¿Y ya está?, ¿no pasa nada? O sea, os hemos mentido para asustaros, os hemos encerrado en vuestras casas arruinando la economía, os hemos obligado a llevar compresas en la cara impidiéndoos respirar, hemos dividido las familias y las sociedades y os hemos inducido a aceptar terapias inútiles y muy peligrosas, simplemente, cambiando un POR y un CON. Y, además, esos CON ni siquiera eran verdaderos, pues estaban generados por unas pruebas PCR diseñadas para fallar. ¿El mundo no se levantó? No, el mundo no se levantó.

El cómplice necesario de la industria farmacéutica es la industria alimentaria, curiosamente de los mismos dueños. La alimentaria nos hace enfermar, nos convierte en yonquis del azúcar y los hidratos de carbono vacíos para que tengamos que acudir al médico, que, en lugar de recetarnos menos dulces, nos recomienda tratamientos químicos para compensar nuestros excesos y, ¡siguiente, por favor!
Pero quiero romper una lanza por los médicos de verdad, deben ser un dos por ciento del total, pero ellos son los más valientes y sabios que he conocido. No hay mejor biólogo que un médico despierto.
La mayor parte de los muertos no los pudo producir ninguna enfermedad contagiosa respiratoria. Con una letalidad oficial de 0,15 % como mucho, morirían uno de cada mil «contagiados»; por tanto, para causar cincuenta mil muertos debería haber habido cincuenta millones de infectados, lo cual es imposible matemáticamente. El pico de mortalidad lo produjeron los cierres de centros de salud y hospitales, los confinamientos, la cancelación de operaciones programadas, la desatención a los más vulnerables y el terror. No murieron de una enfermedad llamada COVID, murieron de un fenómeno social inducido llamado COVID, que es más una patología mental que microbiológica.
Hoy, pasados casi tres años de aquello, múltiples estudios han certificado que las cifras de fallecidos de la primera y única ola se debieron a iatrogenia, es decir, a la falta de atención médica inducida por protocolos, y al miedo provocado por los medios. Literalmente les quitaron las ganas de vivir. Mientras tanto, la sugestión colectiva seguía avanzando.

Al momento de escribir este libro, los datos oficiales dicen que en España se han inoculado estas sustancias génicas de ARN mensajero sintético en fase experimental el noventa por ciento de la población, pero los datos mundiales no son tan halagüeños para las grandes empresas farmacéuticas inoculadoras y sus amos globalistas. Según Our World in Data, en marzo de 2022 solo el cincuenta y ocho por ciento de la población mundial ha recibido ese concepto siniestro llamado pauta completa
; la pauta nunca será completa porque pretenden inyectar cosas a la gente al menos tres o cuatro veces al año durante toda su vida.
El fin último es que esas dosis anuales figuren en un expediente sanitario digital que cada persona porte en un dispositivo dentro de su cuerpo o en su teléfono móvil, junto con sus datos bancarios, su huella de carbono y sus costumbres, que serán divididas en buenas o malas para el planeta. Aquellos ciudadanos que se porten bien de acuerdo con las reglas impuestas conservarán sus puntos teniendo acceso a los servicios de todo tipo.
El globalismo financia al partido de gobierno y a los de la oposición en todos los países; los ciudadanos creen que eligen, pero en realidad ellos ganan siempre; salvo que aparezca alguien que se salte el guion, como ocurrió con Trump o Putin, en cuyo caso ponen todos sus medios para acabar con ellos…

Si existe una entidad que ha obtenido beneficios del fenómeno mundial llamado COVID-19, esa es BlackRock. BlackRock es el principal accionista de los dos imperios agroquímicos que Pasteur hubiera soñado con dirigir: la alemana Bayer y la estadounidense Monsanto, que están en proceso de fusión. Ambas ostentan el liderazgo mundial del tráfico de semillas patentadas, transgénicas casi todas; los pesticidas e insecticidas; los fertilizantes; todas las patentes agrícolas del planeta; piensos, y cuanto cualquiera que quiera hacer algo con la tierra pueda imaginar.
BlackRock con sus prácticas fraudulentas empobrece a los Estados, hace decaer las infraestructuras públicas en favor de las privadas, contribuye a la bajada de salarios, los alquileres en alza, las condiciones de trabajo precarias, impide las innovaciones y «pone en peligro la supervivencia de la humanidad». Añade que utiliza los rearmes, las intervenciones militares y las guerras como fuentes de ganancias. Que, además, interviene en el llamado Great Reset,
que sería una renovación del capitalismo a través de la excusa de los asuntos ambientales y climáticos, el nuevo capitalismo ecológico, el enjuague verde o Green Washing; pero, sobre todo, y lo que es una de las claves de este libro, provoca que la mayoría de la población mundial tenga cada vez menos peso en las decisiones de los partidos y los Gobiernos cómplices.
BlackRock es, por último, el principal accionista de Pfizer y de la revista médica más importante del mundo, en la cual todo lo que se publica es como si fuera la palabra de Dios, The Lancet.
En el caso de la plandemia maldita, una pléyade de ideas de biología, microbiología, virología, epidemiología y sociología muy fijas, aunque absolutamente equivocadas si las obtuvieron del ambiente. El único COVID letal que asoló la Tierra fue la desinformación institucional generalizada con la complicidad necesaria de los biólogos y médicos con conflictos de intereses, que le dieron cobertura intelectual al contagio masivo que las televisiones, las radios y los periódicos propiedad de los fondos buitre extendieron por todas partes.
La mayor parte de estos oligarcas están convencidos de que están destinados a ser los regentes del mundo, pero deben llegar a esas posiciones de poder absoluto sin que la humanidad se dé cuenta, por eso han creado esa red de ONG, fundaciones y organizaciones supranacionales con nombres atractivos que supuestamente luchan contra el hambre, las enfermedades, la desigualdad, el racismo, las migraciones, los derechos de las mujeres y, sobre todo, el ecologismo. Su gran baza es eso que empezaron llamando calentamiento global; pero cuando la gente comenzó a sospechar que hacía más frío, lo renombraron cambio climático; mas, cuando nos dimos cuenta de que el cambio era desde siempre, lo acabaron por bautizar emergencia climática.

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It is a deep and documented work about what the pandemic has been and the true reasons for the manipulation that we have suffered. What stands out the most, in addition to being accessible to the general public, is that each statement can be verified even if much has been hidden. Highly recommended for personal reflection although many people will say that it is a manipulative book, it follows the line of investigation of Cristina Martín Jiménez whose books are referenced on the blog.

The fact that the so-called proposed vaccines against the SARS-CoV-2 virus are voluntary shows that their manufacturers and promoters seek to place responsibility for their serious and lethal adverse effects on the individuals who were inoculated with them in order to rid themselves of possible consequences. legal and ethical: you injected because you wanted to.
For the people of half the world to lend themselves to receiving in their bodies experimental gene therapies without approval, never before tested in humans, and with more doubts than certainties, it was very important to generate an external threat that would create fear as great as the killer whales for tuna. The combined force of terror and gregariousness is capable of nullifying the most intelligent and prepared minds, as we have seen.
Science fiction cannot function without half-truths; the average urbanite of the 21st century knows less about science than ever, even the researchers themselves are often no longer eclectic, they do not have a general vision, their perspectives are less and less holistic; they have been educated as specialists of a single herb or worm without ever seeing the entire forest; this favors the triumph of a good general agreed story because, in reality, not even the experts are capable of having a panoramic view, especially when they are overwhelmed with altered mathematics, because, literally, the data does not let them see that forest. But the prequels of the pangolin fable have been running for at least two centuries, preparing humanity to accept this dystopia is not something that is easily achieved. First, it was necessary to dismantle any moral, religious and cultural reference that was an obstacle, uninstalling it from the brains of several generations who were deprived of something fundamental.

For more than ten thousand years, as we have seen, all civilizations have raised their children in one way or another, accustoming them to think of the end of earthly existence, either as the beginning of another transcendence, or as the path to eternal life through the stories of the heroes, the honor, the good name, the memory of the great. The children went to the impressive funeral pomps of their grandparents, parents and siblings dreaming that, when theirs arrive, everyone will remember them as remarkable people, and, therefore, if they had to give their lives for the clan, they would do it with pride. . That has long since ended in self-styled modern societies; children since the end of the 20th century and so far in the 21st century no longer go to funeral homes or funerals, because their parents want them to remember their grandparents «as they were in life» or to «save them a bad time», and they end up using that terrible phrase of «Grandpa left» or «Wherever he is.»
A society that grows with its back to death is not capable of managing it when suddenly it is put in front of it, it panics. That is exactly what has happened since January 2020. By not growing up with a transcendent concept of what diseases, life and its end are, not even with animals.

One fine day it all started. A new virus, a new disease, a remote origin that is approaching, and, when people went to hug, they could not; when he looked for his friends, there were no bars or churches; when he wanted air and sun, they had already taken it away; only one sacrosanct phrase remained: scientific evidence.
And they convinced us that it was our fault. To all these evils we would add the remorse of having created a «climate change» and having caused a Chinese bat to meet a suckling pangolin in a wet market of bad humans who have what they deserve for eating meat and hunting totems.
And the Scheherazades of the World Health Organization, drug agencies, associations, colleges of doctors and biologists, foundations and authorities continued to tell us a different story of science fiction every day, always based on real events, always moving the focus only aside from biology.
But every good script needs antagonists, characters who lead a false conflict, someone to blame by objectifying it. This is how “bad people” emerged who did not obey, riffraff who took to thinking, researching and reading, demons with science and conscience: the deniers. They are mythological beings, angels fallen upwards that good people should never see because the spell would be broken. First they were isolated, each one in his house, in his castle above the fog, seeing that the box with people who talk was not telling the truth.

We have not changed anything, for about a hundred thousand years Homo sapiens has been biologically the same despite the fact that the cultural arrogance of the 21st century human being makes him believe he is superior to his ancestors. The same images, identical concepts continue to fascinate or frighten us; That is why we react exactly the same to ideas such as illness, death and fear as a Cro-Magnon man; There is no tie or software that can erase so many years of evolution from the brain of this selfish monkey. All this history is imprinted in our genes, in those chromosomes, in that DNA that is now in danger of being altered.
The promoters of the agreed narrative of the COVID-19 pandemic, who we will see later and who, paradoxically, are almost all very old, did not have the extraordinary strength of retired scientists freed from the influence of ambition, because they already obtained it everything, they did not count on the Council of Elders that was going to form all over the world spontaneously as a reaction to the amount of scientific inconsistencies that were being used to deceive the common people; they despised the managers, who in all intelligent civilizations had governed the supranational organisms and who had done so with disinterested ethics. Those who should govern humanity and science are the so-called senex, just those who have been left out of important decisions.

In 1980, more than forty years ago, with the entry into force in the United States of the so-called Bayh-Dole Act, which put universities at the mercy of private companies regarding their biological research findings. I can affirm that this law destroyed science forever by allowing public institutions such as universities, small companies and «non-profit» entities to patent and trade their biomedical discoveries, even if they had been obtained with public money; as well as accept financing from private companies and large multinationals for it.
The Bayh-Dole Act decided that scientific discoveries made in universities should not be made public for the benefit of the population. The money of the Big Pharma and the capital of the large investment funds entered the sacrosanct field of science, since then biological research ceased to be something that was done for the good of humanity to become the biggest business in the world. history. A simple legislative change like this is behind everything that has been happening since then and that I denounce in this book; scientific consensus is private, that romantic idea that many people still have that scientists seek to discover medicines to save people has not been real for more than forty years.
At the moment in which universities such as Harvard, Stanford, MIT, Princeton, Yale or California, to name just a few, begin to measure their lines of research and publications in terms of income and expenses as if they were any other company, it becomes completely extinct. its essence, which should be to advance knowledge for the good of humanity. They begin to measure what is convenient and what is not.
The Spanish biologist who has been appearing on television many times, Adolfo García Sastre, born in 1964 in Burgos, co-director of the Global Health & Emerging Pathogens Institute of Mount Sinai Hospital in New York, a Fulbright scholar (considered the quintessential globalism scholarship and even with certain ties to the CIA) and NATO postdoctoral fellow, has focused his research for years, theoretically, on improving vaccines against influenza viruses and coronaviruses investigating various interactions between the host and these agents. He holds at least the following seven active patents:
– Vaccines and recombinant Newcastle disease virus RNA expression systems.
– New methods and interferon-deficient substrates for virus propagation.
– 20090061521 Vaccines and expression systems for recombinant negative-stranded RNA viruses.
– 20090053264 Attenuated negative chain viruses with altered interferon antagonist activity for use as vaccines and pharmaceuticals.
– 20090028901 Screening methods to identify viral proteins with interferon antagonist functions and potential antiviral agents.

The problem with creating Frankenstein viruses that mix genes from different species is that their promoters can fall on them, which is why all these investigations use the perfect excuse that they are looking for «vaccines or antidotes» in case «another» attacks them, in rather than what they are actually doing. Boyle believes that the Ebola pandemic in West Africa originated at the US NBS-4 facility in Sierra Leone, and that it is possible that a vaccine containing live Ebola virus was being tested and given to those poor people, and states that he estimates that in the United States alone, around thirteen thousand biologists work in the biological weapons industry.
The John Hopkins University; yes, the one that organized, together with the Bill and Melinda Gates Foundation and the Open Philanthropy, the famous drill called Event 201, in October 2019, in a hotel in New York, for entrepreneurs and health leaders about an alleged pandemic just like the one that came months later. Either they have Harry Potter himself as rector, or they knew perfectly well what was going to happen.
Well, on December 16, 2017, the Johns Hopkins Center for Health Security had created another lesser-known event with a supposed new pandemic of something called SPARS planned in trial for 2025-2028. They called it Fictional Narrative Scenario, more specifically, The SPARS Pandemic 2025-2028: A Futuristic Scenario for Public Health Risk Communicators; that is, the academy of liars, so that they know how to deceive the world again efficiently without making as many mistakes as in COVID-19. In their official document they specify that «this drill is not a prediction: it is training and learning for health officials.»

In March 2015, they knew perfectly well that both the toxicity of the spike S1 protein and the intervention of the ACE II receptor represented a serious risk to human health and these studies were being financed with public money without people being properly informed.
Zoologist Dr. Peter Daszac stated: “People ignore a virological crisis until the emergency arrives. To maintain funding we need to increase public understanding of the need for a pan-influenza or pan-coronavirus vaccine. The media is a key driver, because the economy will dance to the tune of advertising. We need to use that exaggeration to our advantage […]. Investors will respond if they see profit at the end of the process.»
All these projects were carried out in foreign countries, while in the USA they were prohibited, Shi Zhengli was financed in China for years until, in February 2020, she herself, together with Cui Jie, identified and named for the first time her great new creature: SARS-CoV-2.

It is important to bear in mind that it is something called a chimera virus, that is, it is not a natural microorganism nor has it jumped from any bat or pangolin to the human being in an accidental natural way, nor is it the fault of the traffic of wild animals, nor of that people eat bushmeat, let alone climate change… It is a laboratory product deliberately worked through gain-of-function techniques using patterns of “viruses” of various species with artificial genetic inserts and deliberately cultivated to infect human cells.
All this appears officially and scientifically in dozens of papers
published, it is not a conspiracy theory. Everything is published, signed and with dates, places and financing. What the reader must think for himself is why are microbiological genetic materials extracted from other animal species that would never infect humans in nature and manipulated to do so?
Since it seems that the believers of the official covidian story are not satisfied with the recorded statements of the test’s own inventor stating that they are not useful for diagnosing and determining that someone has a disease or not, a handful of contrarians
in the world we hollered for two years explaining over and over again why PCR in COVID-19 was the biggest scientific scam of recent times. Simply, they were being used at such amplification levels, called ct
or amplification cycles, that the health authorities could turn any healthy person, any patient (or injured) or any deceased from other causes into a dangerous asymptomatic person, an admission or a death from COVID-19.
Pre-calibrated kits were often being analyzed by machines that even clinical microbiology departments in large hospitals didn’t know exactly how they worked; millions came out “positive” for “COVID” because at such levels of amplification absolutely all infectious, respiratory diseases and even stress reacted. Not only that, but these tests were detecting genetic material from endogenous «viruses» that are part of the normal human microbiome in absolute health. The trick was simple: the more PCR you do on the healthy population, the more dangerous asymptomatic patients you can add to the statistical curves of the news; in this way the sense of emergency is given that will justify the lucrative injections to which people would lend themselves voluntarily.
They are acknowledging having been giving false data on the pandemic for two years, data that served to create an emergency that was not such, and that justified the authorization for the emergency use of synthetic gene therapies of messenger RNA that half of humanity has agreed to inject precisely for those data. And that’s it?, nothing happens? In other words, we have lied to you to scare you, we have locked you in your houses ruining the economy, we have forced you to wear compresses on your face preventing you from breathing, we have divided families and societies and we have induced you to accept useless and very dangerous therapies, simply changing a BY and a WITH. And, furthermore, those CONs weren’t even real, since they were generated by PCR tests designed to fail. Didn’t the world get up? No, the world did not rise.

The necessary accomplice of the pharmaceutical industry is the food industry, curiously under the same owners. Food makes us sick, turns us into junkies of sugar and empty carbohydrates so that we have to go to the doctor, who, instead of prescribing us less sweets, recommends chemical treatments to compensate for our excesses and, next, please! !
But I want to break a spear for real doctors, they must be two percent of the total, but they are the bravest and wisest I have ever met. There is no better biologist than a awake doctor.
Most of the deaths could not be caused by any contagious respiratory disease. With an official lethality of 0.15% at most, one in every thousand «infected» would die; therefore, to cause fifty thousand deaths, there should have been fifty million infected, which is mathematically impossible. The peak in mortality was caused by the closure of health centers and hospitals, confinements, the cancellation of scheduled operations, neglect of the most vulnerable, and terror. They did not die of a disease called COVID, they died of a socially induced phenomenon called COVID, which is more of a mental pathology than a microbiological one.
Today, almost three years after that, multiple studies have certified that the death toll from the first and only wave was due to iatrogenesis, that is, to the lack of medical attention induced by protocols, and to fear provoked by the media. They literally took away the will to live. Meanwhile, the collective suggestion continued to advance.

At the time of writing this book, official data says that ninety percent of the population has been inoculated in Spain with these synthetic messenger RNA gene substances in the experimental phase, but global data is not so encouraging for the large pharmaceutical companies that inoculate and their globalist masters. According to Our World in Data, as of March 2022 only fifty-eight percent of the world’s population has received that sinister concept called the full guideline.
; the pattern will never be complete because they intend to inject things into people at least three or four times a year for their entire lives.
The ultimate goal is that these annual doses appear in a digital health file that each person carries on a device inside their body or on their mobile phone, along with their bank details, their carbon footprint and their customs, which will be divided into good or bad for the planet. Those citizens who behave well in accordance with the imposed rules will keep their points, having access to services of all kinds.
Globalism finances the governing party and the opposition party in all countries; the citizens believe that they choose, but in reality they always win; unless someone appears who skips the script, as happened with Trump or Putin, in which case they put all their means to finish them off…

If there is an entity that has benefited from the global phenomenon called COVID-19, it is BlackRock. BlackRock is the main shareholder of the two agrochemical empires that Pasteur would have dreamed of leading: the German Bayer and the American Monsanto, which are in the process of merging. Both hold the world leadership in the trafficking of patented seeds, almost all of them transgenic; pesticides and insecticides; fertilizers; all the agricultural patents on the planet; you feed, and how much anyone who wants to do something with the land can imagine.
BlackRock with its fraudulent practices impoverishes the States, makes public infrastructures decline in favor of private ones, contributes to lower wages, rising rents, precarious working conditions, prevents innovations and “endangers the survival of The humanity». It adds that it uses rearmaments, military interventions and wars as sources of profit. That, in addition, intervenes in the so-called Great Reset,
that it would be a renewal of capitalism through the excuse of environmental and climatic issues, the new ecological capitalism, green rinsing or Green Washing; but, above all, and what is one of the keys to this book, it causes the majority of the world’s population to have less and less weight in the decisions of the complicit parties and governments.
BlackRock is, finally, the main shareholder of Pfizer and of the most important medical journal in the world, in which everything that is published is as if it were the word of God, The Lancet.
In the case of the cursed plandemic, a pleiad of ideas from biology, microbiology, virology, epidemiology and sociology very fixed, although absolutely wrong if they got them from the environment. The only lethal COVID that ravaged the Earth was widespread institutional disinformation with the necessary complicity of biologists and doctors with conflicts of interest, who gave intellectual cover to the massive contagion spread by television, radio and newspapers owned by vulture funds. all over.
Most of these oligarchs are convinced that they are destined to be the rulers of the world, but they must reach those positions of absolute power without humanity realizing it, which is why they have created this network of NGOs, foundations and supranational organizations with attractive names that supposedly fight against hunger, disease, inequality, racism, migration, women’s rights and, above all, environmentalism. Its great asset is what they began calling global warming; but when people began to suspect that it was getting colder, they renamed it climate change; But when we realized that the change had always been there, they ended up baptizing it as a climate emergency.

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