En Busca De Dora Maar: Una Artista, Una Libreta De Direcciones, Una Vida — Brigitte Benkemoun / (Je Suis Le Carnet De Dora Maar) Finding Dora Maar: An Artist, an Address Book, a Life by Brigitte Benkemoun

Dora Maar… Solo me vienen a la mente sus fotografías: Picasso con el torso desnudo, Picasso con una camiseta de rayas, Picasso pintando el Guernica… Y después, todos los cuadros en los que él la pinta o la representa como la «mujer que llora», desfigurada, devastada por el dolor.
«Dora Maar, fotógrafa y pintora francesa, compañera sentimental de Picasso», «Dora Maar, cuyo nombre real es Henriette Theodora Markovitch, nació el 22 de noviembre de 1907 en París», «hija única de un arquitecto croata y una madre de Tours», «pasa su infancia en Argentina antes de volver a vivir en Francia», «amiga de André Breton y de los surrealistas», «amante de Georges Bataille». Fechas, ciudades, nombres. «Dora Maar, figura notable del siglo XX», «un estilo de una profunda originalidad». Y siempre referencias a Picasso: «amó a otras mujeres más apasionadamente, pero ninguna le influenció tanto», «Picasso la instó a renunciar a la fotografía», «Picasso la dejó por la joven Françoise Gilot»… Fragmentos de vida, reflejos de sufrimiento: internada, electrochoques, psicoanálisis, Dios, soledad…
La propietaria de la agenda fue compañera de Picasso durante casi diez años, de 1936 a 1945. Antes de estar con él, era una gran fotógrafa. Luego, una pintora que se hundió en la locura, después en el misticismo y que acabó recluida.

Intrigante exploración del entorno artístico de París desde la década de 1920 hasta la década de 1950. Benkemoun se topó con una libreta de direcciones de Hermes encuadernada en cuero en eBay que tenía algunas direcciones sorprendentes.
Picasso, Braque, Brassai, Nathalie Sarraute, Jean Cocteau, Ned Rorem, Roland Penrose y muchos otros. La investigación demostró que pertenecía a Dora Maar (19071-1997), fotógrafa y pintora más conocida como la amante de Picasso que documentó varias etapas de su pintura de Guernica. Maar es un personaje fascinante, poderoso, a veces repelente, cuyos primeros trabajos en fotografía surrealista se destacan. Su retrospectiva de Pompidou de 2019 mostró una gran cantidad de trabajo, dominando la pintura después de 1935, cuando Picasso, que despreciaba la fotografía, la convenció de cambiar a la pintura.
Al estructurar su pequeño volumen según los contactos enumerados, Benkemoun se permite un viaje fragmentado a través de peripecias, personalidades, cotilleos y leyendas en torno a los artistas que se reunían a diario en cafés como el Deux Magot, el Catalan o el Boeuf sur le toit. La dificultad de ejercer y ganarse el respeto como artista femenina se combina con el dolor traumático y permanente de Maar por la ruptura con Picasso, quien la abandonó brutalmente en favor de la muy joven Françoise Gilot. Maar se presenta como una personalidad elocuente y cortante, que aporta opiniones estéticas incisivas a la conversación grupal, al menos hasta que sus crisis nerviosas la llevaron a preocupaciones místicas, un catolicismo ferviente y el autoaislamiento. Es doloroso saber que Mein Kampf se sentó abiertamente en sus estantes en años posteriores, cuando desarrolló un caso grave de antisemitismo. Sin embargo, antes de la guerra, había adoptado fervientemente puntos de vista de izquierda y se juntaba con antifascistas y activistas. El libro ofrece un retrato complicado de ella, mucho más fiel a la verdadera Maar que la serie «La mujer que llora» de Picasso para la que modeló.

Físicamente, Dora era una mujer muy guapa de cabello oscuro, elegante y sofisticada, con un rostro ovalado y bello, ojos de un color claro que cambiaba con la luz y unas largas manos de uñas pintadas. Man Ray la fotografió en aquella época; una mujer sensual y a la vez autoritaria. Sin embargo, el pintor Marcel Jean recuerda haberla visto «llegar un día al café Cyrano, con el cabello enmarañado que le caía sobre el rostro y los hombros, como si acabasen de rescatarla de un naufragio. En la mesa de los surrealistas, ¡todo el mundo o casi todo el mundo soltó un grito de admiración!». Me imagino a Breton asombrado, sin tratar de disimularlo. Resultaba sorprendente verla llegar tan desaliñada, ella que siempre iba hecha un pincel. Es posible que quisiera sorprenderlos, provocar un efecto inesperado. O quizá no estaba bien, se sentía ya frágil, a veces perdida, como le ocurrió más tarde cuando Picasso la abandonó.
La carrera de Dora experimentó un crecimiento más espectacular que la de Jacqueline. Enseguida se hizo un lugar como fotógrafa de moda y publicidad. Y, aunque todavía vivía en casa de sus padres, ya era económicamente independiente.
En el ámbito personal, seguían compartiéndolo casi todo. Jacqueline estaba al corriente de la relación de su amiga con el guionista Louis Chavance y, sin duda, también de algunas más. No obstante, más adelante supo un poco menos sobre su vínculo con Bataille, su ausencia de límites, la atracción por lo oscuro y los confines de la perversión hasta los que Dora era capaz de aventurarse. Jacqueline nunca tuvo miedo, pero su instinto de supervivencia y una especie de sentido común la mantuvieron alejada de relaciones insensatas o de hombres retorcidos.
En 1937, Dora empezó a dejar de lado su Rolleiflex. Muchos escritos sugieren que Picasso podría haberla presionado para que renunciase a la fotografía, el arte en el que sobresalía, para dominarla mejor. No hay duda de que él la influenció. ¿Quién podría vivir a su lado impermeable a algún tipo de influencia? Tampoco quedaba duda alguna de que ese hombre machista no soportaba que su compañera fuese demasiado independiente. Sin embargo, tal y como Jacqueline seguramente presenció, al aconsejarle que pintase no intentaba minarla, ¡consideraba que estaba empujándola a convertirse en una verdadera artista! Para Picasso, la fotografía era solo una técnica, un arte menor y comercial. En aquella época, diversas personas compartían esa opinión: artistas, críticos, galeristas, e incluso fotógrafos como Man Ray.
Al principio de su relación, el pintor se divertía con esa «técnica». Incluso hizo algunos experimentos con Dora de rayogramas sobre placas fotográficas. Los firmaron como Picamaar. Pero se hartó, como si de un juego se tratase. Para él, solo contaba la pintura.
Y después vino el Guernica…
Cuando se lanzó a hacer el cuadro monumental, Picasso aceptó lo que nunca había tolerado: dejó que Dora le fotografiase día tras día y que obtuviera el fiel y único testimonio de la metamorfosis de una obra.
¡Y qué obra! Se trataba de gritarle al mundo entero la tragedia que estaba viviendo España. Dora estaba todavía más indignada que él, más politizada. Fue ella quien le enseñó las imágenes del pueblo de Guernica masacrado, fue ella quien encendió su rabia y atizó las brasas. Fue ella quien le instó a que se comprometiera con los republicanos y luchase contra Franco con sus armas.
El lienzo era tan grande que había que inclinarlo para que cupiera bajo las vigas. La fotógrafa tenía que trampear para compensar las distorsiones de perspectiva y luego corregir, en las impresiones, la luz demasiado cruda del taller. Tenía una solución para cada problema. El desafío político era colosal, el artístico, apasionante.

Dora, que también aborrecía al Partido Comunista de Picasso y a sus camaradas. La injusticia cometida contra su amigo aumentaba su ira y el resentimiento. No obstante, no compartían nada más allá de esa aversión. Chavance ya no creía en nada, se había convertido en anarquista, sin Dios ni amo. Su relación no era otra cosa que un diálogo de sordos.
Y, sin embargo, volvieron a verse… ¡Pero Dora era tan volátil! Nunca se sabía qué esperar de ella.

«No entenderá nada de Dora si pasa por alto su profundo masoquismo —advierte John Richardson—. Se había convertido en la esclava de Picasso, quien en realidad no tenía una relación amorosa con ella… Su modus operandi era sadomasoquista. Él la castigaba, y disfrutaba castigándola». Quizá ella también…
Recuerda el día en que Picasso le envió con Douglas Cooper a casa de Dora a que recuperaran una libreta de esbozos para poder publicarla. Por extraño que parezca, Dora rompió en lágrimas cuando Douglas se la reclamó y los dos hombres, incómodos, decidieron no insistir. No obstante, cuando supo que no había obedecido, Picasso montó en cólera y delante de ellos llamó a su antigua amante. Los dos emisarios volvieron a casa de Dora. Ella había dejado la libreta sobre su escritorio. En apariencia, solo se trataba de una especie de cómic que describía una visita al Palais du Facteur Cheval, pero, a medida que iban pasando las páginas, veían como Dora palidecía y se inquietaba. Entendieron el porqué cuando descubrieron los últimos dibujos que la representaban en posiciones casi pornográficas. «Ese monstruo, ¿cómo puede torturarme de esta manera?», dijo entre sollozos. «¿Así que ha llorado?», preguntó después Picasso.
Solo quedan dos páginas de esa libreta que al final no fue publicada. Antes de morir, debió de encargarse de que las otras desaparecieran.
«Las mujeres son máquinas de sufrir —le decía Picasso a Malraux—. Dora, para mí, siempre fue la mujer que llora. Siempre fue un personaje kafkiano».
Picasso nunca vivió en Arlés.

En 1951, los Anchorena seguían siendo los primeros a los que Dora apuntó en su directorio. Pero tras escribir solo cuatro letras, la pluma recién estrenada dejó ir una burbuja de tinta negra que estalló sobre la pequeña hoja blanca dejándola toda sucia. Al no poder borrar la salpicadura, intentó disimularla agrandando la «O» de «AnchOrena».
Pero la verdadera mancha estaba en otro sitio: en aquellas relaciones indignas y en esas ligerezas obscenas, en ese nazismo de salón y en el hecho de traicionar sus propios valores a cambio de comida. Hitler y Mein Kampf bañados en champán.
Aparte de la homosexualidad, Dora tenía otras dos fijaciones. La primera era que sus fotos no despertaban ningún tipo de interés; solo contaba su pintura. La segunda tenía que ver con Picasso: estaba convencida de que la gente solo quería verla por temas relacionados con él, para extraerle confidencias o cuadros (y no se equivocaba). Eso no le impedía recordarlo, con ternura o con amargura. También rectificaba algunos aspectos de su biografía que la exasperaban: no, ella jamás le pidió a Man Ray ser su ayudante, fue él, ese maníaco sexual, que quería acostarse con ella a toda costa. Mentía a menudo o explicaba su versión de la verdad. Después se contradecía. También contaba cosas horribles de algunos de sus antiguos amigos, sobre todo de James Lord, cuyo libro sobre Giacometti odiaba. ¿Cómo se atrevía a proyectar sobre él su propia homosexualidad? Y otra vez contra los homosexuales… Olvidando quizá que no mucho tiempo atrás Sherban, James y Théo habían sido sus mejores amigos y admiradores.
Es curioso que Dora Maar y André Marchand murieran el mismo año, en 1997, ambos con noventa años. Ella en París, en la rue de Savoie. Él en Arlés, en el quai de Saint-Pierre, en ese edificio que todavía da al Ródano y a sus golondrinas.
Y allí estaba yo, dividida entre las dos ciudades, pasando de los archivos de Dora a los de mis padres, que habían fallecido hacía poco. Rodeada de cajas de donde exhumo los correos, las fotografías, las agendas de una y, otros días, rellenando otras cajas con sus pertenencias, sus cartas, sus recuerdos. Todo se mezcla… Hasta la imagen de Dora y de mi madre, que algunos han dicho que se parecen.

Su vida recuerda a un retrato cubista, dividida en distintas facetas, algunas totalmente opacas, que multiplican los puntos de vista y enturbian las pistas y las perspectivas. «Cuanto más miro a Dora, menos la veo. Cuanto más pienso en su vida, menos la entiendo», escribía el biógrafo catalán de Picasso, Josep Palau i Fabre. Y luego añadía: «Quizá era lo que quería, ser impenetrable, y convertirse en una esfinge para la posteridad». ¿Eso es lo que quería de verdad? A mí me da sobre todo la sensación de que nunca dejó de buscarse a sí misma. Siguiendo esta agenda, me crucé con diversas Dora Maar:
La primera es la joven fotógrafa ambiciosa, muy comprometida con la izquierda, muy liberada, brillante pero irascible.
La segunda, la amante pasional que renuncia por completo a su independencia, cada vez más sumisa con respecto a su maestro, disfrutando de su sumisión, sufriendo porque no la aman bien.
La tercera, una mujer perdida que delira y pierde la razón.
La cuarta, la que se recupera, gracias al psicoanálisis, Dios y la pintura. Es la de la agenda de direcciones, en 1951.
La quinta es una persona mística que, poco a poco, se encierra en su arte, en el silencio y el recogimiento.
Por último, está la sexta, una mujer mayor que ya no ve a casi nadie y solo sigue manteniendo el contacto con algunas personas por teléfono. Es imprevisible, de pronto encantadora, de pronto paranoica y amarga… A veces homófoba y antisemita. No he querido reducirla a este personaje de vieja loca exaltada por sus obsesiones, pero también existe.
Tampoco he querido convertirla solo en una víctima. La última crueldad de Picasso fue endilgarle para la posteridad el humillante sobrenombre de «la mujer que llora». Sin embargo, muy pocos la vieron llorar. Picasso también dio muchos motivos para que la gente sintiera lástima por la suerte de aquella musa martirizada, repudiada y después constantemente torturada a distancia para mantenerla bajo control. Y, sin embargo, desde el primer día en Les Deux Magots, Dora Maar se entregó de manera voluntaria, se abandonó con furia. Si bien el hecho de que disfrutase del sufrimiento sigue siendo un misterio insondable, hay que aceptar su libre albedrío en la esclavitud que escogió o se impuso, tanto con Dios como con Picasso. «Yo no era su amante, él era mi maestro».

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Dora Maar… Only her photographs come to mind: Picasso bare-chested, Picasso in a striped shirt, Picasso painting Guernica… And then all the paintings in which he paints her or represents her as the “woman who cries”, disfigured, devastated by pain.
«Dora Maar, French photographer and painter, sentimental partner of Picasso», «Dora Maar, whose real name is Henriette Theodora Markovitch, was born on November 22, 1907 in Paris», «only daughter of a Croatian architect and a mother from Tours », «spends his childhood in Argentina before returning to live in France», «friend of André Breton and the surrealists», «lover of Georges Bataille». Dates, cities, names. «Dora Maar, notable figure of the 20th century», «a style of profound originality». And always references to Picasso: «he loved other women more passionately, but none influenced him so much», «Picasso urged her to give up photography», «Picasso left her for the young Françoise Gilot»… Fragments of life, reflections of suffering : boarding school, electroshocks, psychoanalysis, God, loneliness…
The owner of the agenda was a companion of Picasso for almost ten years, from 1936 to 1945. Before being with him, she was a great photographer. Later, she was a painter who sank into madness, then into mysticism and ended up in seclusion.

Intriguing exploration of the artistic milieu of Paris from 1920s through the 1950s. Benkemoun stumbled upon a leather-bound Hermes address book on eBay that had some startling addresses.
Picasso, Braque, Brassai, Nathalie Sarraute, Jean Cocteau, Ned Rorem, Roland Penrose and many others. Sleuthing proved that it belonged to Dora Maar (19071-1997), a photographer and painter most known as the lover of Picasso who documented various stages of his painting of Guernica. Maar is a fascinating, powerful, sometimes repellent character whose early work in surrealist photography stands out. Her 2019 Pompidou retrospective showed a large amount of work, with painting dominating after 1935 when Picasso who looked down on photography persuaded her to switch to painting.
By structuring her little volume according to the contacts listed, Benkemoun permits herself a fragmented journey through incidents, personalities, gossip and legend surrounding the artists who met daily at cafes like the Deux Magot, the Catalan and the Boeuf sur le toit. THe difficulty of practicing and winning respect as a female artist combines uneasily with Maar’s traumatic and lifelong grief over the breakup with Picasso who brutally dropped her in favor of the very young Francoise Gilot. Maar comes across as an articulate and cutting personality, contributing incisive aesthetic opinions to group conversation, at least until her breakdowns led to mystical preoccupations, fervent Catholicism and self-isolation. It is painful to learn that Mein Kampf sat openly on her bookshelves in later years, as she developed a bad case of anti-semitism. Yet before the war, she had ardently espoused left-wing views and hung out with anti-fascists and activists. The book offers a complicated portrait of her, much truer to the real Maar than Picasso’s «Weeping Woman» series for which she modeled.

Physically, Dora was a very pretty woman with dark hair, elegant and sophisticated, with a beautiful oval face, pale eyes that changed in the light, and long hands with varnished nails. Man Ray photographed her at that time; She is a sensual and at the same time authoritarian woman. However, the painter Marcel Jean recalls seeing her “arrive one day at the Cyrano café, her shaggy hair falling over her face and shoulders, as if she had just been rescued from a shipwreck. At the table of the surrealists, everyone or almost everyone let out a cry of admiration! I imagine Breton amazed, without trying to hide it. It was surprising to see her arrive so disheveled, she who was always a brush. It is possible that she wanted to surprise them, provoke an unexpected effect. Or maybe she wasn’t well, she already felt fragile, sometimes lost, as happened to her later when Picasso abandoned her.
Dora’s career experienced more spectacular growth than Jacqueline’s. She quickly made a name for herself as a fashion and advertising photographer. And, although she still lived in her parents’ house, she was already financially independent.
On a personal level, they still shared almost everything. Jacqueline knew about her friend’s relationship with screenwriter Louis Chavance, and no doubt a few others as well. However, she later learned a little less about her bond with Bataille, her boundlessness, her attraction to the dark and the perverted reaches to which her Dora was able to venture. Jacqueline was never afraid, but her survival instinct and a kind of common sense of hers kept her away from foolish relationships or twisted men.
In 1937, Dora began to put aside her Rolleiflex. Many of her writings suggest that Picasso may have pressured her to give up photography, the art in which she excelled, in order to better master it. There is no doubt that he influenced her. Who could live next door to her impervious to any kind of influence? There was also no doubt that this macho man could not stand that his partner was too independent. However, as Jacqueline surely witnessed from her, by advising her to paint she was not trying to undermine her, she considered that he was pushing her to become a true artist! For Picasso, photography was just a technique, a minor and commercial art. At that time, various people shared that opinion: artists, critics, gallery owners, and even photographers like Man Ray.
At the beginning of their relationship, the painter was amused by this «technique.» He even did some experiments with Dora of rayograms on photographic plates. They signed them as Picamaar. But he got fed up, as if it were a game. For him, only the painting counted.
And then came Guernica…
When he launched into making the monumental painting, Picasso accepted what he had never tolerated: he let Dora photograph him day after day and obtain the faithful and unique testimony of the metamorphosis of a work.
And what work! It was about shouting to the whole world the tragedy that Spain was experiencing. Dora was even more indignant than he was, more politicized. It was she who showed him the images of the massacred town of Guernica, it was she who ignited his rage and stirred up the embers. It was she who urged him to compromise with the Republicans and fight Franco with his arms.
The canvas was so large that it had to be tilted to fit under the beams. The photographer had to trick to compensate for perspective distortions and then correct, in the prints, the too harsh light of the workshop. She had a solution for every problem. The political challenge was colossal, the artistic, exciting.

Dora, who also hated Picasso’s Communist Party and his comrades. The injustice done to her friend increased her anger and her resentment. However, they shared nothing beyond that aversion. Chavance no longer believed in anything, he had become an anarchist, without God or master. Their relationship was nothing more than a dialogue of the deaf.
And yet, they met again… But Dora was so volatile! You never knew what to expect from her.

«He won’t understand anything about Dora if she ignores her deep masochism,» warns John Richardson. Hers She had become the slave of Picasso, who was not really in a romantic relationship with her… her modus operandi was sadomasochistic. He punished her, and he enjoyed her punishing her ». Maybe she too…
He remembers the day Picasso sent him and Douglas Cooper to Dora’s house to retrieve a sketchbook so they could publish it. Oddly enough, Dora burst into tears when Douglas called her out, and the two men, uneasy, decided not to pursue it. However, when he learned that she had not obeyed, Picasso flew into a rage and in front of them called his former mistress. The two emissaries returned to Dora’s house. She had left the notebook on her desk. Apparently it was just some kind of comic describing a visit to the Palais du Facteur Cheval, but as the pages turned, they saw Dora turn pale and fidget. They understood why when they discovered the last drawings of her that represented her in almost pornographic positions. «That monster, how can he torture me like this?» she said between sobs. “So he has cried?” Picasso asked afterwards.
There are only two pages left of that notebook that was not published in the end. Before she died, she must have seen to it that the others disappeared.
«Women are machines for suffering,» Picasso told Malraux. Dora, for me, was always the woman who cries. She was always a Kafkaesque character ».
Picasso never lived in Arles.

In 1951, the Anchorenas were still the first Dora listed in her directory. But after writing only four letters, her newly released pen let go a bubble of black ink that burst on the small white sheet leaving it all dirty. Unable to erase the splatter from it, she tried to disguise it by enlarging the «O» in «AnchOrena».
But the real stain on her was elsewhere: in those undignified relationships and in those obscene flippancies, in that parlor Nazism and betraying her own values in exchange for food. Hitler and Mein Kampf bathed in champagne.
Apart from homosexuality, Dora had two other fixations. The first was that the photos of her did not arouse any kind of interest; she only counted her painting. The second had to do with Picasso: she was convinced that people only wanted to see her for issues related to him, to extract confidences or paintings from her (and she was not wrong). That didn’t stop him from remembering it, tenderly or bitterly. It also corrected some aspects of her biography that exasperated her: no, she never asked Man Ray to be her assistant, it was him, that sexual maniac, who wanted to sleep with her at all costs. She often lied or explained his version of the truth about him. Then she contradicted herself. She also told horrible things about some of her old friends, especially James Lord, whose book on Giacometti she hated. How dare she project her own homosexuality onto him? And again against homosexuals… Perhaps forgetting that not so long ago Sherban, James and Théo had been her best friends and admirers.
It is curious that Dora Maar and André Marchand died the same year, in 1997, both at the age of ninety. She in Paris, on the rue de Savoie. He in Arles, on the quai de Saint-Pierre, in that building that still overlooks the Rhône and the swallows of it.
And there I was, torn between the two cities, going from Dora’s files to those of my parents, who had recently passed away. Surrounded by boxes from which I exhume one’s emails, photographs, agendas and, on other days, filling other boxes with their belongings, their letters, their memories. Everything is mixed… Even the image of Dora and my mother, who some have said look alike.

His life is reminiscent of a cubist portrait, divided into different facets, some totally opaque, which multiply points of view and blur clues and perspectives. «The more I look at Dora, the less I see her. The more I think about her life, the less I understand about her », wrote the Catalan biographer of Picasso, Josep Palau i Fabre. And then he added: «Perhaps it was what she wanted, to be impenetrable, and become a sphinx for posterity.» Is that what she really wanted? Above all, it gives me the feeling that she never stopped looking for herself. Following this agenda, I came across several Dora Maar:
The first is the ambitious young photographer, very committed to the left, very liberated, brilliant but irascible.
The second, the passionate lover who completely renounces her independence, more and more submissive with respect to her master, enjoying her submission, suffering from her because they do not love her well.
The third, a lost woman who is delirious and loses her reason.
The fourth, the one that she recovers, thanks to psychoanalysis, God and painting. She’s the one in the address book, in 1951.
The fifth is a mystical person who, little by little, encloses herself in her art, in silence and recollection.
Finally, there is the sixth, an older woman who hardly sees anyone anymore and only keeps in touch with a few people by phone. She is unpredictable, sometimes charming, sometimes paranoid and bitter… Sometimes homophobic and anti-Semitic. I have not wanted to reduce her to this character of a crazy old woman exalted by her obsessions, but she also exists.
Nor have I wanted to make her just a victim. Picasso’s last cruelty was to foist on her for posterity the humiliating nickname of «the crying woman.» However, very few saw her cry. Picasso also gave many reasons for people to feel sorry for the fate of this martyred muse, disowned and then constantly tortured from a distance to keep her under control. And yet, from the first day at Les Deux Magots, Dora Maar gave herself up voluntarily, abandoned herself furiously. Although the fact that she enjoyed her suffering remains an unfathomable mystery, one must accept her free will in the slavery that she chose or imposed, both with God and with Picasso. «I was not her lover, he was my teacher».

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