Apaciguar A Hitler. Chamberlain, Churchill Y El Camino A La Guerra — Tim Bouverie / Appeasement: Chamberlain, Hitler, Churchill, and the Road to War by Tim Bouverie

30545BD8-2B80-4D83-AB67-8852C4E4E854
Bouverie ha compuesto una relación increíblemente minuciosa de una historia estrecha de un momento en particular para un país en particular, y jugadores en particular y sus elecciones de acción particularmente desastrosas. Sus dotes de periodista político son evidentes … su investigación es extensa. Para un lector que no es de su país, las ideas fueron bien recibidas, incluidas las observaciones mordaces a lo largo (sobre el futuro Eduardo VIII y su opinión sin manos, dijo Bouverie «[l] a inteligencia y un sentido de propiedad constitucional, el Príncipe hizo su puntos de vista claros … «) Hay lecciones aquí que no están siendo atendidas en el país de este lector. Puedo dibujar puntos de mira para encontrar paralelos en el apaciguamiento de un partido político en particular de las acciones atroces y el comportamiento del ejecutivo electo actual (en el momento de escribir este artículo). Hay otras observaciones que hoy son paralelas; uno de ellos:
Tengo la impresión de que las personas que dirigen la política del gobierno de Hitler no son normales. Muchos de nosotros, de hecho, tenemos la sensación de que vivimos en un país donde los fanáticos, hooligans y excéntricos tienen la ventaja.
– Embajador británico en Berlín [Sir Horace Rumbold] ante el Secretario de Relaciones Exteriores [Sir John Simon], 30 de junio de 1933
Hitler expuso en texto plano sus intenciones en su manifiesto Mein Kampf, pero de alguna manera el letrero fue ignorado. (Obviamente yo no estuve allí … y la retrospectiva siempre es más clara). Rumbold escribió al general Sir Ian Hamilton en 1938
El esfuerzo continuo para exterminar a los judíos [Bouverie inserta «cuatro años antes de la Conferencia de Wannsee en la que se acordó el ‘Final Soultion'»] es parte de su política que no puedo entender y esto está volviendo la opinión mundial contra ellos con todas sus peligrosas repercusiones …
Descuidado. Rumbold hace otra aparición en el epígrafe del capítulo VII «El país de las maravillas de Hitler»:
Más bien he llegado a la conclusión de que el inglés medio, aunque tiene mucho sentido común en lo que respecta a los asuntos internos, suele ser torpe, descuidado y crédulo cuando considera los asuntos exteriores.
Eh. Avance rápido hasta 2016 y desde … poco ha cambiado, salvo que tal vez ese sentido común con respecto a los asuntos internos se haya desvanecido (especulo para Gran Bretaña, pero observo en los EE.UU.).
Hay mucho aquí. Un monton. Avanzaré yo mismo … Gracias a Bouverie, uno no puede evitar sentir la torpeza de Chamberlain. Cuando Alemania invadió Checoslovaquia en 1939, dice Bouverie
El consenso de que el apaciguamiento estaba muerto fue instantáneo. De un rápido golpe, Hitler había roto su palabra – repudiando la afirmación de que Sudetenland constituía su última demanda territorial – y reveló ese «ansia de conquista» que sus críticos siempre le habían acusado. No podría haber más tratos con un hombre así y, como señaló un leal de Chamberlain en su diario, «deberíamos» luchar contra él tan pronto como «seamos lo suficientemente fuertes».
Los franceses sabían que tenían que prepararse para la guerra, pero «Chamberlain, por el contrario, no comprendió de inmediato la naturaleza transformadora del evento».
Bouverie se burla cortésmente más de una vez, pero (sobre todo) mantiene su profesionalismo periodístico (me reí de su comentario sobre el representante británico en las conversaciones soviéticas en 1939, el almirante el honorable Sir Reginald Aylmer Ranfurly Plunkett-Ernle-Drax, que sonaba «como personaje de una opereta de Gilbert y Sullivan».!) Pero es duro en el punto en su conclusión
El hecho de no percibir el verdadero carácter del régimen nazi y de Adolf Hitler se erige como el mayor fracaso de los políticos británicos durante este período, ya que fue a partir de ahí que todos los fracasos posteriores: el fracaso para rearmarse lo suficiente, el fracaso para construir alianzas no menos importante con la Unión Soviética), el fracaso en proyectar el poder británico y el fracaso en educar a la opinión pública – se detuvo. Para los defensores del apaciguamiento, este es un ejercicio de ahistoricismo.
Hoy no mantenemos las alianzas, no medimos las amenazas de las naciones dictatoriales y permitimos que las distracciones twitteras inmediatas desvíen los ojos de otras amenazas como Daesh. Aquellos que no estudian historia pueden estar condenados a repetirla, pero los que sí lo hacen se ven obligados con demasiada frecuencia a observar a los que no.

Evitar una segunda guerra mundial fue, tal vez, el deseo más comprensible y compartido de la historia. Más de dieciséis millones y medio de personas —setecientos veintitrés mil británicos, un millón setecientos mil franceses, un millón ochocientos mil rusos, doscientos treinta mil súbditos del Imperio británico y más de dos millones de alemanes— murieron en la Primera Guerra Mundial.
Las decisiones que habrían de afectar no solo a Reino Unido sino al resto del mundo las tomó un número llamativamente reducido de personas y, por tanto, las páginas que siguen podrían interpretarse como la reivindicación máxima de la disciplina histórica de la «alta política». Sin embargo, estos hombres —pues eran hombres casi todos— no actuaron aisladamente, en el vacío. Los líderes políticos británicos, que fueron muy conscientes de las restricciones políticas, financieras, militares y diplomáticas —reales y supuestas—, no fueron menos considerados con la opinión pública.

Cualquier posibilidad de que el Tratado de Versalles garantizara la paz en Europa ya se había descartado mucho antes de que Hitler llegara al poder. De hecho, sus principales artífices habían advertido, antes incluso de la firma del documento, de que llevaría al desastre. «Podemos despojar a Alemania de sus colonias, convertir su ejército en una simple fuerza policial y su armada en la de una potencia de quinta categoría», escribió el primer ministro británico David Lloyd George en el así llamado Memorándum de Fontainebleau, en marzo de 1919; pero «si Alemania siente que se la ha tratado injustamente en esta paz, la de 1919, encontrará la manera de exigirles cuentas a sus conquistadores». Por desgracia, ni Lloyd George ni el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson (que defendía tratar a Alemania con la máxima indulgencia), fueron capaces de persuadir al primer ministro francés, Georges Clemenceau, que estaba decidido a maniatarla. Los años veinte, en consecuencia, se emplearon en buscar el modo de corregir los fallos de Versalles.
En 1925, el Tratado de Locarno ratificó la frontera occidental de Alemania —en esta ocasión los alemanes dieron su consentimiento— y, al año siguiente, el país fue admitido en la Liga de Naciones. El Pacto de Kellogg-Briand, de 1928, proscribió la guerra como medio de resolver las disputas internacionales, y los planes de Dawes y Young reajustaron y redujeron las reparaciones de guerra alemanas, que se abolieron finalmente en el Tratado de Lausana, en 1932.
La tarea de mediar entre los franceses y los alemanes les correspondió a los británicos, que simpatizaban, en su mayoría, con los segundos y se exasperaban cada vez más con los primeros. Volvían así, en cierto modo, a los prejuicios tradicionales. Antes de 1914, muchos británicos sentían más afinidad con los alemanes que con los franceses, algo que la Primera Guerra Mundial no logró eliminar por completo. Como escribió Robert Graves en Adiós a todo eso : «La aversión por lo francés alcanza en algunos antiguos soldados la categoría de obsesión»; y Edmund Blunden, poeta que había combatido tanto en el Somme como en Passchendaele, declaró que nunca participaría en otra guerra «salvo si es contra los franceses; en ese caso acudiré como un rayo». En los círculos oficiales, el sentimiento antifrancés se exacerbó por el deseo de hacer que Alemania se comprometiera a un tratado de desarme antes de que fuese demasiado tarde y el Gobierno británico se viese obligado a aceptar la alternativa: un rearme masivo.

Un joven diputado escocés del Partido Conservador. Bob Boothby era un tipo apuesto, talentoso y arrogante, que se había convertido en diputado por Aberdeen a los veinticuatro años. Aunque no tenía ni idea de agricultura, ni mucho menos de pesca, suplía esas carencias abordando los asuntos de su circunscripción con fervor y entusiasmo. Un día, cuando Stanley Baldwin entró en la Cámara y se encontró a Boothby hablando sin parar con su acostumbrada vehemencia, se detuvo en seco, refunfuñó: «¡Otra vez arenques!», y volvió sobre sus pasos. Boothby fue un gran viajero y visitó Alemania cada año desde 1925 hasta 1933, peregrinando a menudo a Bayreuth para escuchar los dramas musicales de Richard Wagner. En enero de 1932 se encontraba en Berlín dando unas charlas sobre la crisis económica cuando Hitler, que no era canciller aún, pidió reunirse con él. Lo citó en una habitación del hotel Esplanade. Cuando Boothby entró en ella, «una figura menuda, sombría y escuálida, con un pequeño bigote y unos ojos azules cristalinos» se levantó de un salto, entrechocó sus talones, alzó la mano y rugió: «¡Hitler!». El diputado británico, sin detenerse casi, y con bastante guasa, entrechocó los suyos, saludó y gritó: «¡Boothby!».
Boothby no fue el único que llegó a esta conclusión. Había otro político, mucho más famoso que él y con una facilidad de palabra inigualable. No pisaba Alemania desde el ascenso al poder de los nazis, pero estaba convencido de la peligrosidad del régimen y de que Reino Unido no se encontraba en condiciones de hacer frente a esta nueva amenaza. Sin embargo, Boothby tenía toda la vida por delante, y la carrera política de este hombre parecía haber entrado ya en su ocaso.

El problema al que Churchill se enfrentaba era que Reino Unido no había experimentado, desde el final de la guerra, un espíritu pacifista tan intenso como el que surgió entre 1933 y finales de 1934. Los años veinte y treinta se cerraron y abrieron, respectivamente, con un aluvión de libros, obras de teatro y películas sobre la guerra que tuvieron muchísimo éxito.
Churchill explotó sin piedad en sus memorias de guerra la «horrorosa franqueza» de esta confesión; dijo de ella que «no existía nada semejante en nuestra historia parlamentaria», y la mencionó en el índice con la referencia: «Confiesa anteponer el partido a su país». Pero el tema era más complejo.
El Almirantazgo estaba también muy inquieto. Chamberlain se aferraba a la conclusión del Comité de Defensa Imperial de que Alemania era el principal peligro, de modo que quería recortar los gastos de la Marina, y llegó tan lejos como para afirmar que, en caso de una guerra con Japón, sería imposible enviar la flota al Extremo Oriente. «Ya era bastante lamentable tener que vérselas con todo el mundo en la próxima Conferencia Naval —se quejaba el primer lord del Almirantazgo, sir Bolton Eyres-Monsell—, pero es del todo descorazonador tener que hacerlo mientras el ministro te apuñala por la espalda». Chamberlain se salió con la suya. Derrotó a Eyres-Monsell y al secretario de Estado para la Guerra, lord Hailsham, que luchaba para evitar que el ejército de tierra se convirtiera en «la cenicienta de las fuerzas armadas».
Las advertencias de Churchill —que se intensificaron durante el verano y el otoño de 1934— cosecharon respuestas encontradas de parte de los parlamentarios. Muchos conservadores —el ala más derechista del partido— apoyaron su campaña, pero había otros, como su viejo enemigo, el secretario de Estado para India, sir Samuel Hoare, que veían en su alarmismo un intento de resucitar su desfalleciente carrera política. El Partido Laborista lo tildó de belicista, mientras que el otrora líder de los liberales, sir Herbert Samuel, lo acusó de provocar «un pánico ciego e infundado». Por fortuna, aquellos ataques hicieron poca mella en Churchill, quien en su empeño de apremiar al Gobierno contó con la ayuda que le prestaron, bajo cuerda, dos altos funcionarios.
El debate en torno a la enmienda presentada por Churchill se sumó a las voces que estaban a favor de legalizar el rearme alemán. No se podía impedir que los alemanes desarrollasen su ejército, afirmaba lord Londonderry, y, por tanto, lo lógico era cancelar las cláusulas del Tratado de Versalles a cambio de que Alemania volviese a formar parte de la Liga de Naciones. El secretario de Exteriores, sir John Simon, opinaba lo mismo. Y el héroe de la Gran Guerra, David Lloyd George, advirtió de las consecuencias que conllevaría tratar a Alemania como a un «paria». Lo que había empujado a los alemanes a la revolución, afirmaba el «mago galés», era la negativa de las potencias a escuchar sus reclamaciones. Había llegado el momento, pues, de corregir los errores del pasado, de comprometerse, no de condenar: el momento de que Alemania volviese a formar parte de la comunidad de las naciones. Si no lo hacían, les esperaba una escalada armamentística y, posiblemente, otra guerra; así pues, no es de extrañar que muchos, tanto dentro como fuera del Gobierno, lo aceptaran, y varias misiones se pusieran en marcha con el objetivo de domesticar a Hitler.

A principios de la década de 1930, el Tratado de Versalles contaba con pocos defensores. Desde el punto de vista alemán, era esta una paz «dictada» por las potencias vencedoras, que habían «humillado» a Alemania al considerarla la única responsable de la guerra y habían reducido a cenizas sus fuerzas armadas e impuesto «ruinosas» reparaciones, además de apoderarse de sus colonias y de amputar partes de su territorio para beneficiar a otros nuevos países, como Checoslovaquia o la Polonia reconstruida. Durante los años veinte, los alemanes diseñaron una considerable y efectiva campaña propagandística contra el Tratado de Versalles y, en particular, contra la cláusula conocida como «la culpabilidad de guerra». De todos modos, en Reino Unido había bastante gente dispuesta a condenar el documento por su propia voluntad. «El Tratado de Versalles los ha empujado [a los alemanes] a someterse a la condena moral más radical y despiadada de la historia, y ha obligado a una nueva generación de alemanes a cargar con las cadenas de su viejo complejo de inferioridad», escribió el futuro historiador E. H. Carr, en enero de 1933.
En 1934, sin embargo, estaba claro que la revolución nazi se había asentado. Incluso los izquierdistas moderados estaban de acuerdo en que había que esforzarse por tender puentes con el régimen. El primer ministro, nada menos, llegó a proponer una idea aberrante: invitar a Hitler a visitar Londres. Ramsay MacDonald dejó muy claro al embajador alemán que esta era una ocurrencia puramente personal —el Gabinete la desconocía— pero «estaba seguro de que el canciller del Reich sería muy bien recibido en Inglaterra por el pueblo y por el Gobierno». El ministro de Exteriores alemán, Konstantin von Neurath, tildó la idea de «absurda». Pero aunque el Gobierno no podía agasajar públicamente a los nazis debido a su impopularidad, para los individuos particulares no había impedimentos. De modo que muchos de ellos emprendieron misiones para mejorar las relaciones angloalemanas.
El ministro de Hacienda, Neville Chamberlain, pensaba acertadamente que la purga haría «crecer el rechazo a las dictaduras». Y, a partir de aquel momento, las comparaciones entre los nazis y los gánsteres de la mafia italoamericana se generalizaron.
La solidarité entre Reino Unido y Francia solo existía, al parecer, cuando convenía, y el primer ministro francés tomó nota de ello. En Roma, Mussolini, igualmente molesto, sacó dos conclusiones importantes: Reino Unido no era amiga de la seguridad colectiva; por tanto, se la podría doblegar por la fuerza. El escenario estaba listo para que el Duce emprendiese su propia aventura en África oriental.

La entrada de la Wehrmacht en Renania también se había vaticinado en París. La inteligencia militar francesa previó el movimiento con un año de antelación, y los últimos informes incluso identificaban el pacto francosoviético como el desencadenante más probable. No había, sin embargo, planes militares para expulsar a las tropas alemanas. Con los efectivos reducidos por los aumentos en los recortes del presupuesto militar de 1935, el Estado Mayor francés era muy consciente de que no se encontraba en una situación idónea para arriesgarse a una guerra con Alemania. El Deuxième Bureau, aunque visionario en cuanto a las intenciones de los alemanes, había sobrevalorado bastante el tamaño del ejército germano, aunque el potencial de la industria alemana fuera, según estimaciones correctas, considerablemente mayor que el de la francesa.
Para el jefe del Estado Mayor francés, el general Maurice Gamelin, de mentalidad defensiva, cualquier acción militar para echar de Renania a los alemanes era uno de esos planes «descabellados» a los que había que oponerse por principios.
En retrospectiva, la remilitarización de Renania se vio como un punto de inflexión en los años de entreguerras: la última oportunidad de parar a Hitler sin entrar en un gran conflicto bélico. Esta interpretación, propuesta por Churchill en The Gathering Storm , se basaba en el conocimiento de que el audaz golpe de Hitler había sido un simple farol, y que incluso una acción limitada por parte de las fuerzas armadas francesas habría bastado para echar a los alemanes de la zona. De hecho, no fueron cientos de miles de soldados germanos, tal como informó el general Gamelin, los que cruzaron a la orilla occidental del Rin, sino tres mil. Tenían orden de resistir el avance de las tropas francesas, aunque esta resistencia no habría pasado de simbólica y se habría convertido enseguida en una retirada a gran escala. «Teniendo en cuenta la situación, el ejército francés hubiera podido hacernos volar en pedazos», admitió el general Alfred Jodl, antiguo jefe de operaciones de las fuerzas armadas alemanas, ante el tribunal de Nuremberg, en 1946.
Pero, en general, esto solo se pudo ver con claridad a posteriori.
La remilitarización de Renania, aunque pocos en Reino Unido lo apreciaran o se preocuparan por ello en aquel momento, restringió enormemente la capacidad de Francia para prestar ayuda a sus aliados de Europa del este —Checoslovaquia, Polonia, Rumanía y Yugoslavia, por no mencionar Austria— mediante una invasión de Alemania por la zona desprotegida. La puerta de acceso a Alemania se había cerrado, y los franceses habían salido del proceso humillados. Por el contrario, Alemania se había hecho bastante más fuerte y Hitler se había marcado un tanto ante el escepticismo de sus propios generales. Su creencia en su propia estrella aumentó, mientras que la capacidad de los militares más cautos para refrenar sus aventuras extravagantes declinó. La Liga de Naciones, destruida por lo de Abisinia, fue enterrada en silencio. La maquinaria de Ginebra seguiría funcionando hasta el estallido de la guerra, pero nunca volvió a darse ningún intento serio de utilizar la Liga como un medio para reprimir a los agresores. Hubo, en efecto, un antes y un después.

A lo largo de 1935 y 1936, Churchill siguió recibiendo información secreta sobre la cada vez más poderosa fuerza militar alemana. Desmond Morton le proveyó de cifras sobre el armamento, mientras que Ralph Wigram lo mantuvo al día sobre los últimos informes del Ministerio de Exteriores. También se acercaron a Churchill, en reuniones privadas, un número cada vez mayor de oficiales que, angustiados por el estado en que veían sus propias secciones del ejército, acudían a él para pedirle ayuda. Uno de los más importantes fue el jefe de escuadrón Torr Anderson, que telefoneó a la secretaria de Churchill el 20 de mayo de 1936. «Como oficial, apreciaría usted su punto de vista —le dijo Violet Pearman a Churchill—. Él no quería escribirle, sino… comunicarle que estaría usted muy interesado en saber lo que tiene que contarle.» Anderson, que era director de la academia de instrucción de la RAF, estaba preocupado por el bajo nivel que se les exigía a los futuros pilotos y porque no se estaban formando suficientes pilotos artilleros. El 25 de mayo le comunicó estas preocupaciones a Churchill y le presentó un memorándum de diecisiete páginas donde afirmaba que no se estaba haciendo.
La política del apaciguamiento no fue una invención de Chamberlain. Esta estrategia, que algunos historiadores han detectado en la diplomacia británica desde mediados del siglo XIX , se había convertido en el principio rector de la política británica desde principios de la década de 1920. Anthony Eden dijo en la Cámara de los Comunes en varias ocasiones que el propósito de Reino Unido era «la pacificación de Europa», y varias de las misiones diplomáticas que el Gobierno envió ante Hitler y Mussolini no eran sino intentos de ponerlo en práctica. El problema era que, en 1937, poco se había logrado. A pesar de las interminables ofertas de pactos y tratados, el único acuerdo real que se había alcanzado en cuatro años, desde que los nazis llegaron al poder, fue el Tratado Naval angloalemán de 1935. Mientras tanto, Hitler había logrado dividir a sus oponentes y aplicar su propia política de revisionismo agresivo de los tratados. Chamberlain esperaba poder cambiar esto.

Hitler empezó a considerar a Reino Unido más como un posible enemigo que como un amigo potencial. La transformación de Ribbentrop, que pasó de ser el más anglófilo del mundo a ser el mayor de los anglófobos, estaba conectada con este cambio de percepción. Frustrado por su falta de éxito, tanto social como diplomático, Ribbentrop pasó todo el mes de diciembre de 1937 recluido en su despacho, escribiendo un informe monstruoso para Hitler en el que le explicaba que su misión había fracasado y que Alemania debía, a partir de ese momento, considerar a Reino Unido uno de sus enemigos más implacables. Los británicos nunca abandonarían su compromiso con el equilibrio de poder, ni su amistad con Francia. La política alemana, por tanto, debía encaminarse a cimentar una serie de alianzas que ayudasen a contrarrestar «a nuestro enemigo más peligroso» y, si era necesario, a desmembrar su imperio. Hacia finales de 1937, las políticas británica y alemana se movían en direcciones opuestas: una polarización que no hizo sino agudizarse a lo largo del año siguiente y arrastrar a Europa al borde mismo de la guerra.

Armado con la rendición checoslovaca, Chamberlain partió hacia su segundo encuentro con Hitler, previsto para las once menos cuarto de la mañana del jueves 22 de septiembre de 1938 en la ciudad balneario de Bad Godesberg, cerca de Bonn. El ambiente que se encontró era muy distinto del de la semana anterior. Entonces el sentir general había sido de alivio y admiración; incluso John Masefield, el poeta laureado, se animó a escribir unos cuantos versos floridos. Ahora las dudas habían empezado a aparecer junto a una campaña de prensa, a ambos lados del Atlántico, contra la «Traición a Checoslovaquia».
“El de Múnich fue —y sigue siendo— uno de los acuerdos más polémicos de la historia. Una rendición deshonrosa, «un triunfo de lo mejor y más elevado que hay en nosotros», un «respiro» para prepararse: la discusión se ha prolongado más de ochenta años. [*] Lo que nadie niega es el desastre que supuso para el Estado checoslovaco, que perdió casi dieciocho mil kilómetros cuadrados de territorio, donde vivían 2,8 millones de alemanes y 800.000 checoslovacos. También perdió sus fortificaciones y la mayor parte de sus recursos naturales. Su capacidad para la defensa desapareció y el futuro del reducido estado —a pesar de contar con la «garantía» de las potencias de Múnich— se volvió, siendo muy generosos, precario. Para aquellos alemanes de los Sudetes que apoyaban el régimen nazi, fue una fiesta. Pero poco se alegraron los cuatrocientos mil socialdemócratas, los refugiados comunistas o los judíos. El único consuelo que les quedaba a los checoslovacos —aunque solo podría apreciarse en retrospectiva— era que al aceptar pacíficamente las exigencias alemanas evitaron la guerra devastadora y la brutal ocupación que sufrieron los polacos, que sí resistieron, «apoyados» por las democracias occidentales. Los checoslovacos sufrieron bajo el régimen nazi, pero los polacos sufrieron, que sí resistieron, «apoyados» por las democracias occidentales. Los checoslovacos sufrieron bajo el régimen nazi, pero los polacos sufrieron más.
Para Hitler, Múnich fue, al menos en apariencia, un éxito. Obtuvo todo lo que había exigido en Godesberg —la única diferencia era, como muy bien señaló Churchill, que la ocupación se había llevado a cabo por etapas, a lo largo de diez días, en lugar de desarrollarse de una sola vez. Por supuesto, lo que Hitler buscaba era una guerra local, ya que eso le habría permitido anexionarse el país entero. De modo que, casi inmediatamente después de haber firmado el pacto, empezó a arrepentirse.
La realidad era que los alemanes —como bien sabían los servicios de inteligencia británicos y franceses— no estaban listos para librar una guerra de grandes proporciones en 1938 y se habrían visto muy apurados, si no totalmente a merced, en el caso de que Reino Unido, Francia y la Unión Soviética se hubieran unido para defender a Checoslovaquia. «De ninguna manera —dijo en Nuremberg, en calidad de imputado, el general Alfred Jodl, cuando le preguntaron sobre si Alemania habría tenido alguna oportunidad real de vencer a Francia y Reino Unido en septiembre de 1938—, con cinco divisiones de combate y algunas de reserva en el muro occidental, donde apenas se había terminado de construir alguna fortificación, no habríamos podido contener a cien divisiones francesas.

El Acuerdo de Múnich llevó a Chamberlain a la cima de su popularidad. Los «muñecos Chamberlain», algunos trajeados, otros con indumentaria de pescador, volaban de los anaqueles de las tiendas, y noventa mil personas coleccionaron los cupones del Daily Sketch para canjearlos por un plato con la efigie del primer ministro grabada en relieve. Llegaron unas veinte mil cartas de felicitación al número 10 de Downing Street, junto con cañas de pescar, paraguas, flores, chocolate, mosca para pescar salmones, pantuflas, pipas, arenques, puros, champán, sidra, fotografías, «primorosos, y premiados, calcetines de punto», cajas de manzanas, una pierna de cordero galés, un urogallo, una «tarta nupcial», un piano de cola, binoculares para la ópera, relojes de pared, relojes de pulsera, «una réplica de las jarras de leche Jersey», un trébol de cuatro hojas, bulbos, pastel de jengibre, tweed, vino blanco del Rin, nata inglesa, «herraduras de la suerte» y un par de zuecos holandeses.
El país donde se protestó con más fuerza y donde más firmemente se condenó al Gobierno alemán fue Estados Unidos. El presidente Roosevelt denunció la violencia en una conferencia de prensa celebrada el 15 de noviembre e informó de que había retirado al embajador estadounidense de Berlín. También condenaron los hechos el Congreso y el Senado, además del expresidente Herbert Hoover, que ante las cámaras deploró esa intolerancia «tan brutal, sin parangón en la historia moderna».
La Noche de los Cristales Rotos destruyó por completo la ya menguada fe de los estadounidenses en el apaciguamiento. Aunque Roosevelt le dijo a Chamberlain en un telegrama, cuando se enteró de que Hitler le había invitado a la cumbre de cuatro países, que lo consideraba un verdadero «hombre bueno», el entusiasmo del presidente y de la mayoría de sus compatriotas por Múnich duró muy poco. Muchos estadounidenses, en realidad, habían sido muy críticos desde el principio con la gestión británica de la crisis checoslovaca, y Joseph Kennedy le dijo a Anthony Eden que el sentimiento «antibritánico» en Estados Unidos era más fuerte que nunca.

Por suerte para los británicos, los nazis tuvieron aún más éxito en ganarse el odio de la opinión pública estadounidense. La frustración con Reino Unido era una consecuencia de lo mucho y ampliamente que se detestaba a los nazis. Para colmo, estos empeoraron aún más sus crímenes con la grosería y la bajeza de su propaganda, como con el panfleto titulado Georges Washington, el primer nazi.

Bien entrada la noche del 21 de agosto 1939, la agencia oficial de noticias alemana anunció que «el Gobierno de Alemania y el de la Unión Soviética» habían llegado «a un acuerdo de no agresión mutua», y que «el ministro de Asuntos Exteriores, Herr Von Ribbentrop» viajaría «a Moscú el miércoles 23 de agosto con objeto de ultimar las negociaciones». Stalin había tomado su decisión.
El pacto nazisoviético cayó como un «mazazo» sobre las potencias occidentales. Oliver Harvey se encontró al ministro de Exteriores en estado de shock. Y el primer ministro francés, Édouard Daladier, se lamentaba porque «era incapaz de comprender cómo podían haber engañado de esa forma a los diplomáticos y negociadores franceses». Aquellos que siempre habían desconfiado de los soviéticos sintieron que la realidad les daba la razón.
Chamberlain estaba totalmente abatido. Aunque nunca había deseado una alianza con Rusia —y en gran parte fue culpa suya que fracasaran los intentos de establecerla—, se daba cuenta de que Alemania tenía ahora vía libre para invadir Polonia. «Parece un hombre acabado —señaló el embajador estadounidense, Joseph Kennedy, cuando lo visitó el 23 de agosto—. Dijo que no sabía qué más decir o hacer. Sentía que todo su esfuerzo se había visto reducido a la nada. “No puedo coger otro avión e ir de nuevo para allá porque eso solo sale bien una vez”.» Sin embargo, si el primer ministro se sentía con derecho a compadecerse de sí mismo, nunca se planteó ceder ante esta nueva alianza, la más nefasta de todas. Al contrario, a las pocas horas de recibir la confirmación de la noticia, el Gabinete emitió un comunicado declarando que el pacto no afectaba, de ningún modo, a las obligaciones que Reino Unido había contraído con Polonia; y pocas horas después, el embajador británico iba camino de Berchtesgaden, armado con una carta para Hitler en la que se repetían esas afirmaciones.

Mientras los últimos soldados aliados abandonaban por fin Dunkerque, Churchill capturó ese espíritu de lucha y resistencia en un discurso que ha perdurado durante generaciones. Tenía la absoluta seguridad, les dijo a los comunes, de que podrían defender sus islas, su hogar, y «resistir la tormenta de la guerra… durante años, si hace falta; y, si hace falta, solos». Esa era la resolución del Gobierno de Su Majestad. De «cada uno» de los que lo componían:

Lucharemos en Francia; lucharemos en los mares, los océanos; lucharemos en los cielos cada vez con más confianza, con más vigor; defenderemos nuestra isla, nos cueste lo que nos cueste. Lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de los aeródromos, lucharemos en los campos y en las calles, en las colinas; jamás nos rendiremos. Y si esta isla, o una gran parte de ella, llega a estar subyugada y muerta de hambre, cosa que no creo que suceda, entonces, de más allá del mar, armado, custodiado por la flota británica, acudirá a nosotros nuestro Imperio, para continuar con la lucha, para que el nuevo mundo, con todo su poder y con la ayuda de Dios, rescate al viejo y lo libere.

Fue la proclamación final de la victoria de Churchill sobre Halifax y los partidarios del apaciguamiento: la manifestación más espectacular de ese desafío que le hurtó a Hitler la victoria en 1940. Justo quince días después, Francia firmó un armisticio con Alemania. Media Europa se encontraba ya bajo el control de Hitler. Reino Unido se había quedado sola, pero siguió luchando. La era del apaciguamiento se había terminado; la era de la guerra había recomenzado.

La defensa del apaciguamiento se ha apoyado en cuatro puntos fundamentales: que el estado lamentable del rearme de Reino Unido y Francia les impidió estar listos para la contienda antes del otoño de 1939; que el estallido de la guerra antes de dicha fecha habría dividido a la opinión pública y muy probablemente al Imperio británico; que no fue hasta la invasión de Checoslovaquia, en marzo de 1939, cuando Hitler demostró que no se podía confiar en él; y que el intento de evitar los horrores de una segunda guerra mundial haciendo concesiones a la Alemania nazi era una política razonable que merecía la pena intentar.
No hay duda de que los ejércitos de Francia y Reino Unido sufrían grandes carencias en 1938 —el año en que las potencias occidentales podían haberle puesto freno a la expansión alemana y, por tanto, el año en que pudo haber estallado la guerra—. Solo veintinueve de los cincuenta y dos escuadrones aéreos que se estimaban necesarios para la defensa de Reino Unido estaban operativos cuando se firmó el Acuerdo de Múnich (la mayoría del contingente lo componían modelos Gladiator, Fury, Gauntlet y Demon, ya obsoletos). Los franceses, por su parte, habían empezado a cerrar la brecha que los separaba de la Luftwaffe solo seis meses antes. Pero es también verdad que los alemanes no estaban en condiciones de librar una gran guerra en 1938.
La auténtica naturaleza del régimen nazi era aún más obvia. La eliminación de los opositores y la persecución de los judíos comenzaron a las pocas semanas de la llegada de Hitler al poder. La Noche de los Cuchillos Largos y los campos de concentración conmocionaron profundamente a la opinión pública extranjera. Para aquellos que entendieron bien el régimen —cuyos abanderados llevaban calaveras con huesos cruzados en sus gorras y enseñaban a sus jóvenes a convertirse en guerreros y en supremacistas raciales— la idea de que unos demócratas «filo-pacifistas» pudieran alcanzar un acuerdo amistoso con la Alemania nazi siempre fue nada más que un delirio.
Es obvio que Chamberlain fracasó en su empresa. Dados el carácter y la ideología del hombre con quien estaba tratando, es inconcebible que pudiera haberlo hecho de otro modo. Lo que no era inevitable, sin embargo, fue descuidar como lo hizo la creación de alianzas que le habrían permitido disuadir a Hitler o, en caso de tener que ir a la guerra, derrotarlo lo más rápido posible. A diferencia de su sucesor, trató a Estados Unidos con frialdad y desdén. Por otro lado, su fallo al no asegurar un pacto con la Unión Soviética permanece como una de las meteduras de pata más grandes de aquella calamitosa década. Su único logro indiscutible fue hacer que Reino Unido, cuando por fin decidió parar a Hitler por la fuerza, se mostrara unida y con el imperio detrás, respaldándola. Pero incluso este logro nació del fracaso final de su política. El objetivo de Chamberlain nunca se puso en duda. Sus esfuerzos fueron considerables y voluntariosos. Pero su política malinterpretó fatalmente la naturaleza del hombre con el que trataba y descuidó esas eventualidades que podrían haber servido para contenerlo o derrotarlo más rápidamente. Fue, en todos los sentidos, una auténtica tragedia.

——————

D1B5BE4F-3BAB-4360-8F95-8839625A7A01
Bouverie has composed an incredibly thorough relation of a narrow history of a particular time for a particular country, and particular players and their particularly disastrous choices of action. His political journalist chops are apparent…his research is extensive. For a reader not of his country, the insights were well received, including the acerbic observations throughout (on the future Edward VIII and his hands off opinion, Bouverie said «[l]acking intelligence and a sense of constitutional propriety, the Prince made his views clear …») There are lessons here that are not being heeded in the country of this reader. I may draw crosshairs for finding parallels in a particular political party’s appeasement of the heinous actions and comportment of the current (as of this writing) elected executive. There are other observations that parallel today; one being:
I have the impression that the persons directing the policy of the Hitler Government are not normal. Many of us, indeed, have a feeling that we are living in a country where fanatics, hooligans and eccentrics have got the upper hand.
– British Ambassador to Berlin [Sir Horace Rumbold] to the Foreign Secretary [Sir John Simon], June 30, 1933
Hitler laid out in plain text his intentions in his manifesto Mein Kampf, yet somehow the sign were ignored. (Obviously I wasn’t there…and hindsight is always clearer.) Rumbold wrote to General Sir Ian Hamilton in 1938
The continued effort to exterminate the Jews [Bouverie inserts «four years before the Wannsee Conference at which the ‘Final Soultion’ was agreed»] is part of their policy I cannot understand and this is turning the world opinion against them with all its dangerous repercussions…
Unheeded. Rumbold makes another appearance in the epigraph to chapter VII «Hitler’s Wonderland»:
I have rather come to the conclusion that he average Englishman – whilst full of common sense as regards to internal affairs – is often muddle-headed, sloppy and gullible when he considers foreign affairs.
Huh. Fast forward to 2016 and since…little has changed save that maybe that common sense regarding internal affairs has waned (I speculate for Great Britain, but observe in the US.)
There is a lot here. A lot. I’ll fast forward myself… Thanks to Bouverie, one can’t help but feel for the bumbling of Chamberlain. When Germany invaded Czechoslovakia in 1939, Bouverie says
The consensus that appeasement was now dead was instantaneous. In one swift stroke, Hitler had broken his word – repudiating the claim that Sudetenland constituted his last territorial demand – and revealed that «lust for conquest» with which his critics had always charged him. There could be no further dealings with such a man and, as one Chamberlain loyalist noted in his diary, «we» should fight him as soon as «we are strong enough.»
The French knew they had to prepare for war, but «Chamberlain, by contrast, did not immediately grasp the transformative nature of the event».
Bouverie snarks politely more than once, but (mostly) maintains his journalistic professionalism (I laughed at his comment on the British representative to the Soviet talks in 1939, Admiral the Honorable Sir Reginald Aylmer Ranfurly Plunkett-Ernle-Drax, as sounding «like a character from a Gilbert and Sullivan operetta.»!) But he is hard on point in his conclusion
The failure to perceive the true character of the Nazi regime and Adolf Hitler stands as the single greatest failure of British policy makers during this period, since it was from this that all subsequent failures – the failure to rearm sufficiently, the failure to build alliances (not the least with the Soviet Union), the failure to project British power and the failure to educate public opinion – stemmed. For defenders of appeasement, this is an exercise in ahistoricism.
We are failing today to maintain alliances, failing to measure the threats of dictatorial nations, allowing immediate twitting distractions to sway eyes from other threats such as Daesh. Those who do not study history might be doomed to repeat it, but those who do are too often forced to watch those who don’t.

Preventing a Second World War was perhaps the most understandable and shared wish in history. More than sixteen and a half million people — seven hundred and twenty-three thousand British, one million seven hundred thousand French, one million eight hundred thousand Russians, two hundred and thirty thousand subjects of the British Empire, and more than two million Germans — died in the First World War.
The decisions that were to affect not only the United Kingdom but the rest of the world were made by a remarkably small number of people and, therefore, the pages that follow could be interpreted as the ultimate vindication of the historical discipline of ‘high politics’. However, these men — for they were almost all men — did not act in isolation, in a vacuum. British political leaders, who were well aware of political, financial, military and diplomatic constraints – real and alleged – were no less considerate of public opinion.

Any possibility that the Treaty of Versailles guaranteed peace in Europe had already been ruled out long before Hitler came to power. In fact, the main architects of it had warned, even before the document was signed, that it would lead to disaster. «We can strip Germany of her colonies, turn her army into a mere police force and her navy into a fifth-rate power,» wrote British Prime Minister David Lloyd George in the so-called Fontainebleau Memorandum in March 1919. ; but «if Germany feels that she has been treated unjustly in this peace, that of 1919, she will find a way to hold her conquerors accountable.» Unfortunately, neither Lloyd George nor the President of the United States, Woodrow Wilson (who advocated treating Germany with the utmost leniency), were able to persuade the French Prime Minister, Georges Clemenceau, who was determined to tie her down. The 1920s were consequently used to find a way to correct the failures of Versailles.
In 1925, the Treaty of Locarno ratified Germany’s western frontier – this time the Germans gave their consent – and the following year the country was admitted to the League of Nations. The Kellogg-Briand Pact of 1928 outlawed war as a means of settling international disputes, and the Dawes and Young plans readjusted and reduced German war reparations, which were finally abolished in the Treaty of Lausanne in 1932.
The task of mediating between the French and the Germans fell to the British, who for the most part sympathized with the latter and became increasingly exasperated with the former. Thus, in a way, they returned to traditional prejudices. Before 1914, many Britons felt more affinity with the Germans than with the French, something that the First World War failed to eliminate completely. As Robert Graves wrote in Farewell to All That: «The aversion to the French reaches in some former soldiers the category of obsession»; and Edmund Blunden, a poet who had fought on both the Somme and Passchendaele, declared that he would never take part in another war ‘except against the French; in that case I will come like a thunderbolt ». In official circles, anti-French sentiment was exacerbated by the desire to get Germany to commit to a disarmament treaty before it was too late and the British government was forced to accept the alternative: massive rearmament.

A young Scottish MP from the Conservative Party. Bob Boothby was a handsome, talented, and arrogant fellow, who had become an MP for Aberdeen at the age of twenty-four. Although he had no idea of agriculture, much less fishing, he made up for those deficiencies by approaching the affairs of his constituency with fervor and enthusiasm. One day when Stanley Baldwin walked into the Chamber and found Boothby talking non-stop with his customary vehemence, he stopped short, grumbled, «Herring again!» And retraced his steps. Boothby was a great traveler, visiting Germany every year from 1925 to 1933, often making the pilgrimage to Bayreuth to listen to Richard Wagner’s musical dramas. In January 1932 he was in Berlin giving talks on the economic crisis when Hitler, who was not yet chancellor, asked to meet him. He met him in a room at the Esplanade Hotel. When Boothby stepped into it, «a small, dark, scrawny figure with a small mustache and crystal blue eyes» sprang to his feet, clicked his heels, raised his hand, and roared, «Hitler!» The British MP, almost without stopping, and rather jokingly, clashed his own together, saluted, and yelled, «Boothby!»
Boothby was not the only one to come to this conclusion. There was another politician, much more famous than him and with an unequaled ease of speech. He had not been in Germany since the rise to power of the Nazis, but he was convinced of the dangerousness of the regime and that the United Kingdom was not in a position to face this new threat. Yet Boothby had his whole life ahead of him, and this man’s political career seemed to have already entered his twilight.

The problem Churchill faced was that the United Kingdom had not experienced, since the end of the war, a spirit of pacifism as intense as that which arose between 1933 and the end of 1934. The 1920s and 1930s closed and opened, respectively, with a barrage of books, plays and movies about the war that were hugely successful.
Churchill ruthlessly exploited in his war memoirs the «hideous frankness» of this confession; He said of her that «there was nothing like it in our parliamentary history», and mentioned her in the index with the reference: «He confesses to putting the party before his country.» But the issue was more complex.
The Admiralty was also very restless. Chamberlain clung to the conclusion of the Imperial Defense Committee that Germany was the main danger, so he wanted to cut the expenses of the Navy, and went so far as to say that, in the event of a war with Japan, it would be impossible to send the fleet to the Far East. «It was regrettable enough to have to deal with everyone at the next Naval Conference,» complained the First Lord of the Admiralty, Sir Bolton Eyres-Monsell, «but it is utterly disheartening to have to do it while the minister stabs you in the back.» . Chamberlain had his way. He defeated Eyres-Monsell and the Secretary of State for War, Lord Hailsham, who was fighting to prevent the land army from becoming «the Cinderella of the armed forces.»
Churchill’s warnings – which intensified during the summer and fall of 1934 – garnered mixed responses from parliamentarians. Many conservatives – the most right wing of the party – supported his campaign, but there were others, like his old enemy, the Secretary of State for India, Sir Samuel Hoare, who saw in his scaremongering an attempt to revive the his failing political career. The Labor Party called him a warmonger, while the former leader of the Liberals, Sir Herbert Samuel, accused him of provoking «a blind and unfounded panic.» Fortunately, those attacks made little impact on Churchill, who in his efforts to press the government was assisted, underhand, by two high-ranking officials.
The debate over Churchill’s amendment added to voices in favor of legalizing German rearmament. The Germans could not be prevented from developing their army, claimed Lord Londonderry, and therefore the logical thing to do was to cancel the provisions of the Treaty of Versailles in exchange for Germany rejoining the League of Nations. The Foreign Secretary, Sir John Simon, was of the same opinion. And the hero of the Great War, David Lloyd George, warned of the consequences of treating Germany as an «outcast.» What had driven the Germans to revolution, claimed the ‘Welsh magician’, was the refusal of the powers to listen to their claims. The moment had come, then, to correct the mistakes of the past, to compromise, not to condemn: the moment for Germany to become part of the community of nations. If they did not, an arms escalation and possibly another war awaited them; Thus, it is not surprising that many, both inside and outside the Government, accepted it, and various missions were launched with the aim of taming Hitler.

In the early 1930s, the Treaty of Versailles had few defenders. From the German point of view, this was a peace «dictated» by the victorious powers, who had «humiliated» Germany by considering it solely responsible for the war and had burned its armed forces to ashes and imposed «ruinous» reparations. to seize its colonies and amputate parts of its territory to benefit other new countries, such as Czechoslovakia or reconstructed Poland. During the 1920s, the Germans designed a considerable and effective propaganda campaign against the Treaty of Versailles and, in particular, against the clause known as «war guilt.» Still, there were quite a few people in the UK willing to condemn the document of their own free will. «The Treaty of Versailles has pushed [the Germans] to submit to the most radical and ruthless moral condemnation in history, and has forced a new generation of Germans to carry the chains of their old inferiority complex,» he wrote the future historian EH Carr, in January 1933.
By 1934, however, it was clear that the Nazi revolution had taken hold. Even moderate leftists agreed that efforts had to be made to build bridges with the regime. The prime minister, no less, came to propose an aberrational idea: invite Hitler to visit London. Ramsay MacDonald made it very clear to the German ambassador that this was a purely personal occurrence – the Cabinet was unaware of it – but «he was sure that the Reich Chancellor would be very well received in England by the people and the Government.» German Foreign Minister Konstantin von Neurath called the idea «absurd.» But although the Government could not publicly entertain the Nazis because of their unpopularity, for private individuals there were no impediments. So many of them went on missions to improve Anglo-German relations.
Finance Minister Neville Chamberlain rightly thought that the purge would «increase the rejection of dictatorships.» And, from that moment on, comparisons between the Nazis and the gangsters of the Italian-American mafia became general.
The solidarity between the United Kingdom and France only existed, apparently, when it was convenient, and the French Prime Minister took note of it. In Rome, Mussolini, equally upset, drew two important conclusions: Britain was not a friend of collective security; therefore, she could be bent by force. The stage was set for the Duce to embark on his own East African adventure.

The entry of the Wehrmacht into the Rhineland had also been predicted in Paris. French military intelligence foresaw the move a year in advance, and the latest reports even identified the Franco-Soviet pact as the most likely trigger. There were, however, no military plans to expel the German troops. With manpower reduced by increases in the 1935 military budget cuts, the French General Staff was well aware that it was not in an ideal position to risk a war with Germany. The Deuxième Bureau, while visionary in the intentions of the Germans, had greatly overestimated the size of the German army, although the potential of German industry was, according to correct estimates, considerably greater than that of the French.
For the French Chief of Staff, the defensive-minded General Maurice Gamelin, any military action to drive the Germans out of the Rhineland was one of those «wild» plans that had to be opposed on principle.
In retrospect, the remilitarization of the Rhineland was seen as a turning point in the interwar years: the last chance to stop Hitler without entering a major war. This interpretation, proposed by Churchill in The Gathering Storm, was based on the knowledge that Hitler’s audacious coup had been a mere bluff, and that even limited action on the part of the French armed forces would have been enough to drive the Germans out of the picture. area. In fact, it was not hundreds of thousands of German soldiers, as General Gamelin reported, who crossed to the western bank of the Rhine, but three thousand. They were ordered to resist the advance of the French troops, although this resistance would not have gone beyond symbolic and would have quickly turned into a full-scale retreat. «Given the situation, the French army could have blown us to pieces,» admitted General Alfred Jodl, former chief of operations of the German armed forces, before the Nuremberg tribunal in 1946.
But, in general, this could only be seen clearly in hindsight.
The remilitarization of the Rhineland, though few in Britain appreciated or cared about it at the time, severely restricted France’s ability to assist its Eastern European allies – Czechoslovakia, Poland, Romania and Yugoslavia, not to mention Austria. – by an invasion of Germany by the unprotected area. The gateway to Germany had been closed, and the French had come out of the process humiliated. On the contrary, Germany had grown considerably stronger and Hitler had scored somewhat before the skepticism of his own generals. His belief in his own star increased, while the ability of the more cautious military to restrain his extravagant adventures declined. The League of Nations, destroyed by Abyssinia, was quietly buried. The Geneva machine would continue to function until the outbreak of war, but no serious attempt was ever made to use the League as a means of suppressing the aggressors. There was, in effect, a before and an after.

Throughout 1935 and 1936, Churchill continued to receive secret information about the increasingly powerful German military force. Desmond Morton provided him with figures on the weapons, while Ralph Wigram kept him up to date on the latest reports from the Foreign Office. Churchill was also approached, in private meetings, by an increasing number of officers who, haunted by the state in which they saw their own sections of the army, came to him for help. One of the most important was Squad Leader Torr Anderson, who telephoned Churchill’s secretary on May 20, 1936. «As an officer, you would appreciate her point of view,» Violet Pearman told Churchill. He did not want to write to you, but … to tell you that you would be very interested in knowing what he has to tell you. » Anderson, who was director of the RAF training academy, was concerned about the low standards required of future pilots and that not enough gunner pilots were being trained. On May 25, he communicated these concerns to Churchill and presented him with a seventeen-page memorandum in which he claimed that he was not being done.
The politics of appeasement was not Chamberlain’s invention. This strategy, which some historians have detected in British diplomacy since the mid-19th century, had become the guiding principle of British politics since the early 1920s. Anthony Eden said in the House of Commons on several occasions that the purpose of the United Kingdom was «the pacification of Europe», and several of the diplomatic missions that the Government sent to Hitler and Mussolini were but attempts to put it into practice. The problem was that, in 1937, little had been accomplished. Despite endless offers of pacts and treaties, the only real agreement that had been reached in four years since the Nazis came to power was the Anglo-German Naval Treaty of 1935. Meanwhile, Hitler had succeeded in dividing his opponents and apply its own policy of aggressive revisionism of the treaties. Chamberlain hoped he could change this.

Hitler began to view the United Kingdom more as a possible enemy than as a potential friend. The transformation of Ribbentrop, who went from being the most Anglophobic in the world to being the greatest of Anglophobes, was connected with this change in perception. Frustrated by his lack of success, both socially and diplomatically, Ribbentrop spent the entire month of December 1937 secluded in his office, writing a monstrous report for Hitler in which he explained that his mission had failed and that Germany must, as of At that time, consider the United Kingdom one of its most implacable enemies. The British would never abandon their commitment to the balance of power, nor their friendship with France. German policy, therefore, should be aimed at cementing a series of alliances that would help counteract «our most dangerous enemy» and, if necessary, dismember his empire. Towards the end of 1937, British and German policies were moving in opposite directions: a polarization that only deepened over the next year and dragged Europe to the brink of war.

Armed with the Czechoslovak surrender, Chamberlain set out for his second meeting with Hitler, scheduled for a quarter to eleven in the morning on Thursday, September 22, 1938, in the spa town of Bad Godesberg, near Bonn. The atmosphere that was found was very different from the one of the previous week. Then the general feeling had been one of relief and admiration; even John Masefield, the poet laureate, dared to write a few flowery verses. Now doubts had begun to appear alongside a press campaign, on both sides of the Atlantic, against the «Betrayal of Czechoslovakia.»
“The Munich one was – and still is – one of the most controversial agreements in history. A dishonorable surrender, «a triumph of the best and highest in us,» a «respite» to prepare: the discussion has lasted more than eighty years. [*] What no one denies is the disaster it caused the Czechoslovak State, which lost almost eighteen thousand square kilometers of territory, where 2.8 million Germans and 800,000 Czechoslovaks lived. It also lost its fortifications and most of its natural resources. Their capacity for defense disappeared and the future of the reduced state – despite having the «guarantee» of the powers of Munich – became, being very generous, precarious. For those Sudeten Germans who supported the Nazi regime, it was a party. But little were the four hundred thousand Social Democrats, the Communist refugees or the Jews rejoicing. The only consolation left to the Czechoslovaks – though it could only be seen in hindsight – was that by peacefully accepting German demands they avoided the devastating war and brutal occupation suffered by the Poles, who did resist, «supported» by the Western democracies. The Czechoslovaks suffered under the Nazi regime, but the Poles suffered, who did resist, «supported» by the Western democracies. The Czechoslovaks suffered under the Nazi regime, but the Poles suffered more.
For Hitler, Munich was, at least on the surface, a success. He got everything he had demanded at Godesberg — the only difference was, as Churchill so well pointed out, that the occupation had been carried out in stages, over ten days, rather than in one go. Of course, what Hitler was looking for was a local war, since that would have allowed him to annex the entire country. So, almost immediately after signing the pact, he began to repent.
The reality was that the Germans – as the British and French intelligence services well knew – were not ready to fight a major war in 1938 and would have been in a great hurry, if not entirely at the mercy, had the United Kingdom , France and the Soviet Union would have joined forces to defend Czechoslovakia. ‘No way,’ said General Alfred Jodl as the defendant in Nuremberg, when asked whether Germany would have had a real chance of defeating France and the United Kingdom in September 1938, ‘with five combat divisions and some As a reserve on the western wall, where a fortification had hardly been completed, we would not have been able to contain a hundred French divisions.

The Munich Agreement brought Chamberlain to the peak of his popularity. The «Chamberlain dolls,» some in suits, some in fisherman’s clothes, flew off store shelves, and 90,000 people collected the Daily Sketch coupons to exchange for a plate embossed with the Prime Minister’s effigy. Some twenty thousand congratulatory letters arrived at 10 Downing Street, along with fishing rods, umbrellas, flowers, chocolate, salmon fly, slippers, pipes, herring, cigars, champagne, cider, photographs, «exquisite, and award-winning , knitted socks », boxes of apples, a leg of Welsh lamb, a grouse, a« wedding cake », a grand piano, binoculars for the opera, wall clocks, wrist watches,« a replica of the jugs of Jersey milk, «a four-leaf clover, bulbs, ginger cake, tweed, white Rhine wine, English cream,» lucky horseshoes, «and a pair of Dutch clogs.
The country where the German government was most strongly protested and where the German government was most strongly condemned was the United States. President Roosevelt denounced the violence at a press conference on November 15 and reported that he had removed the US ambassador from Berlin. The events were also condemned by Congress and the Senate, as well as former President Herbert Hoover, who before the cameras deplored this intolerance «so brutal, unparalleled in modern history.»
The Night of Broken Glass completely destroyed the already diminished faith of the Americans in appeasement. Although Roosevelt told Chamberlain in a telegram, when he learned that Hitler had invited him to the four-country summit, that he considered him a true «good man,» the enthusiasm of the president and most of his countrymen for Munich lasted. very little. Many Americans, in fact, had been very critical of Britain’s handling of the Czechoslovak crisis from the beginning, and Joseph Kennedy told Anthony Eden that «anti-British» sentiment in America was stronger than ever.

Luckily for the British, the Nazis were even more successful in winning the hatred of the American public. Frustration with Britain was a consequence of how widely and widely the Nazis were detested. To make matters worse, they made their crimes even worse with the rudeness and baseness of their propaganda, as with the pamphlet entitled Georges Washington, the First Nazi.

Well into the night of August 21, 1939, the official German news agency announced that «the Government of Germany and the Government of the Soviet Union» had reached «an agreement of mutual non-aggression», and that «the Minister of Foreign Affairs Herr Von Ribbentrop «would travel» to Moscow on Wednesday 23 August in order to finalize the negotiations. Stalin had made the decision for him.
The Nazi Soviet pact fell like a «blow» on the Western powers. Oliver Harvey found the foreign minister in shock. And the French Prime Minister, Édouard Daladier, lamented that he «was incapable of understanding how they could have deceived French diplomats and negotiators in this way.» Those who had always distrusted the Soviets felt that reality proved them right.
Chamberlain was totally dejected. Although he had never wanted an alliance with Russia – and it was largely his fault that attempts to establish one failed – he realized that Germany now had a free hand to invade Poland. «He seems like a finished man,» noted the American ambassador, Joseph Kennedy, when he visited him on August 23. He said that he didn’t know what else to say or do. He felt that all his effort had been reduced to nothing. «I can’t get on another plane and go there again because that only works out once.» However, if the prime minister felt entitled to pity himself, he never considered giving in to this new alliance, the most dire of all. On the contrary, a few hours after receiving the confirmation of the news, the Cabinet issued a statement declaring that the pact did not affect, in any way, the obligations that the United Kingdom had contracted with Poland; and a few hours later, the British ambassador was on his way to Berchtesgaden, armed with a letter to Hitler in which these statements were repeated.

As the last of the Allied soldiers finally left Dunkirk, Churchill captured that spirit of fighting and resistance in a speech that has endured for generations. He was absolutely certain, he told the commons, that they could defend their islands, their home, and «weather the storm of war … for years, if need be; and, if necessary, alone ». That was the resolution of her Majesty’s Government. From «each one» of those who made it up:

We will fight in France; We will fight in the seas, the oceans; We will fight in the skies with more and more confidence, with more vigor; We will defend our island, whatever it costs us. We will fight on the beaches, we will fight on the airfield tracks, we will fight in the fields and in the streets, on the hills; We will never give up And if this island, or a large part of it, becomes subjugated and starved, which I do not think will happen, then, from beyond the sea, armed, guarded by the British fleet, our Empire will come to us, to continue the fight, so that the new world, with all its power and with the help of God, rescue the old one and set it free.

It was the final proclamation of Churchill’s victory over Halifax and the appeasement supporters: the most spectacular manifestation of that defiance that robbed Hitler of victory in 1940. Just a fortnight later, France signed an armistice with Germany. Half of Europe was already under Hitler’s control. The UK was left alone, but it kept fighting. The era of appeasement was over; the era of war had begun again.

The defense of appeasement has been based on four fundamental points: that the lamentable state of rearmament of the United Kingdom and France prevented them from being ready for the fight before the autumn of 1939; that the outbreak of war before that date would have divided public opinion and most likely the British Empire; that it was not until the invasion of Czechoslovakia in March 1939 that Hitler proved that he could not be trusted; and that trying to avoid the horrors of a Second World War by making concessions to Nazi Germany was a reasonable policy worth trying.
There is no doubt that the armies of France and the United Kingdom were severely lacking in 1938 – the year that the Western powers could have stopped German expansion, and thus the year that war could have broken out. Only twenty-nine of the fifty-two air squadrons deemed necessary for the defense of the United Kingdom were operational when the Munich Agreement was signed (the majority of the contingent was made up of the obsolete Gladiator, Fury, Gauntlet and Demon models). The French, for their part, had begun to bridge the gap that separated them from the Luftwaffe only six months earlier. But it is also true that the Germans were in no condition to fight a great war in 1938.
The true nature of the Nazi regime was even more obvious. The elimination of opponents and the persecution of Jews began within weeks of Hitler’s rise to power. The Night of the Long Knives and the concentration camps deeply shocked foreign public opinion. For those who understood the regime well – whose flag-bearers wore skulls with crossbones on their caps and taught their youth to become warriors and racial supremacists – the idea that some «philo-pacifist» democrats could reach an amicable agreement with the Nazi Germany was always nothing more than a delusion.
It is obvious that Chamberlain failed in his endeavor. Given the character and ideology of the man with whom he was dealing, it is inconceivable that he could have done otherwise. What was not inevitable, however, was neglecting as he did the creation of alliances that would have allowed him to dissuade Hitler or, if he had to go to war, defeat him as quickly as possible. Unlike his successor, he treated America with coldness and disdain. On the other hand, his failure to secure a deal with the Soviet Union remains one of the biggest gaffes of that calamitous decade. His only indisputable achievement was to make the United Kingdom, when it finally decided to stop Hitler by force, show itself united and with the empire behind it, backing it up. But even this achievement was born out of the ultimate failure of his politics. Chamberlain’s goal was never in doubt. His efforts were considerable and willful. But his politics fatally misinterpreted the nature of the man he was dealing with and neglected those eventualities that might have served to contain or defeat him more quickly. It was, in every way, a real tragedy.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.