Gentleman Jack. Una Biografía de Anne Lister. Terrateniente, Seductora Y Diarista Secreta Del Siglo XIX— Angela Steidele / Gentleman Jack: A Biography of Anne Lister, Regency Landowner, Seducer and Secret Diarist by Angela Steidele

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Anne Lister tenía catorce o quince años cuando se enamoró por primera vez. Ella y Eliza Raine tenían la misma edad y estaban en la misma clase en la escuela Manor House, sita en York. Ni Anne ni Eliza podían ser más distintas de las otras chicas. Eliza había nacido en Madrás y tenía la piel oscura y el cabello negro. Anne llevaba ropas raídas y era objeto de muchas miradas y burlas por ser diferente. «¡Me traía sin cuidado!». Quería aprender más de lo que correspondía a una chica, y recibió el apelativo de «la Salomón del colegio».
Rebecca pensaba que su hija mayor era «a veces un poco pretenciosa». Se negaba a aprender a cocinar o arreglar la casa y dejaba que su madre se las apañara con la doncella el día de la colada. La única tarea doméstica de la que Anne no podía escapar era la costura, puesto que debía zurcir y remendar sus propias ropas. Para disgusto de su madre, Anne no quería llevar el obligado tocado de las niñas ni los sombreros poke ya que su prominente ala le limitaba la visión. Cada vez que Anne visitaba Shibden Hall, las cartas de Rebecca no dejaban de preguntar con inquietud por la manera en que su hija se vestía.

Ella era una ególatra, encontrando fallas en todos sus amantes por varias razones, todas ellas demostrando más acerca de los defectos de personalidad de Anne y su orgullo inflado que condenar a cualquiera de sus mujeres rechazadas. Encontró a algunos demasiado poco inteligentes, otros no eran lo suficientemente ricos, otros demasiado por debajo de ella en posición social. No le gustaba ninguna mujer que se hubiera acostado con un hombre, prefiriendo a las vírgenes que no habían sido «consentidas». No le gustaba que sus amantes fueran asertivos, prefiriéndolos pasivos y dóciles tanto en el dormitorio como en el día a día.
La monogamia era aburrida para ella, pero en lugar de decirle eso a sus amantes, prefería mentir y engañar literalmente. Con frecuencia, muchos de ellos, comprensiblemente, sufrieron crisis nerviosas y depresión que Anne, hilarantemente, nunca llega a imaginar que ella misma podría ser la causa.
Dos de sus amantes terminaron en manicomios, el primero y el último; el primero, Eliza Raine, animó a Anne a haber estado encarcelada de por vida para no poder testificar en su contra en la corte.
No es culpa de los biógrafos si el tema es repulsivo, pero también encontré el enfoque de Steidele demasiado neutral y sin ningún tipo de chispa. Era más como leer el mapa de una vida, en lugar de sumergirme en el tiempo y el mundo de Anne Lister.
De todos modos, si estás entrando en esto buscando algún tipo de familiaridad, estaré muy preocupado si encuentras alguna. Como registro de la historia del amor entre mujeres, es un gran punto de partida (hay varios nombres incluidos en este libro que quiero explorar más a fondo) pero no es en profundidad.
Este libro es juez, jurado y verdugo de su tema, que se siente como una completa violación de las reglas de una biografía. Puede decirlo solo por el índice: su vida no está dividida por eventos importantes, sino por las mujeres a las que seduce. Porque claramente cuando alguien no es heterosexual, lo único interesante de ellos es su vida sexual. Todo lo demás en lo que Lister estuvo involucrado o interesado, excepto sus viajes, se descarta con un par de líneas cada uno.
Peor aún, la biógrafa está haciendo juicios de valor descarados a lo largo del camino, sin comprometerse en ningún momento con el contexto en el que vivía su sujeto. En el último tercio del libro, se burla abiertamente al describir las actividades de Lister.
Para ser claros, no es que necesite que este libro sea una hagiografía. He leído algunos libros sobre Lister en este momento. Entiendo que ella podría ser una gilipollas. Pero también era una mujer inteligente que navegaba por el mundo de los hombres a principios del siglo XIX y caminaba por la línea de ser una (una especie de) lesbiana «fuera» cuando nunca había habido nadie antes que ella para modelar su comportamiento. Excepto los hombres. Dudo que hubiera habido la mitad de juicio si el biógrafo hubiera estado contando la vida de un joven canalla en busca de una novia rica.
El contexto es importante. Y esta biógrafa NO tiene ninguna comprensión de eso en absoluto, porque claramente ella no comprende el contexto. En su último capítulo, escribe: “En lo que consideramos la mojigata era pre-victoriana, no parece haber un gran riesgo o consecuencia para las mujeres que aman a las mujeres y no se pensó que fuera incorrecto. Simplemente no hablaron de eso y se casaron aparentemente sin mancha «. ¡¿Justo?! ¿Cómo pudo este biógrafo haber leído las obras de Jill Liddington y seguir con ese tipo de torpe generalización? Cuando el trabajo de Liddington se trataba de las formas sutiles que la comunidad encontró para expresar su desaprobación de que Anne Lister y su esposa vivieran juntas. Cuando la rabia política hacia Lister se expresó en forma de ataques homofóbicos. ¿Cuándo recibió cartas burlonas en el correo y calumnias en la calle a lo largo de su vida?
Me refiero al trabajo de Liddington aquí particularmente porque el biógrafo escribió este libro sin haber leído los diarios de Anne Lister por sí misma. Ella depende completamente de fuentes secundarias. El libro es básicamente una recapitulación de las obras de Helena Whitbread y Jill Liddington, con algunas referencias adicionales a las cartas y correspondencia de Lister incluidas. Además de MUCHA editorialización, además de las humeantes pilas de juicio, la biógrafa afirma regularmente su propia interpretación como si es un hecho probado. Y su interpretación se basa a menudo en pruebas extremadamente débiles.

En mayo de 1813, y antes de su regreso a Yorkshire, Anne e Isabella obtuvieron permiso para viajar solas durante una semana. Vieron la catedral de Salisbury, la colección de pinturas y esculturas del conde de Pembroke, en Wilton House, y Stonehenge. Aquel primer viaje en compañía de una amante propició el gusto de Anne por tales excursiones, que repitió siempre que se le presentó la oportunidad. Le encantaba explorar lugares nuevos y disfrutar de la libertad que proporcionaban los lugares desconocidos (era natural que dos mujeres que viajaban juntas compartieran la misma habitación en casas de invitados, y tenían más privacidad allí que en sus propios hogares familiares).
Los Norcliffe se dirigieron al norte a finales de mayo. A su vuelta visitaron el castillo de Warwick —«el castillo de Inglaterra más bello de los de su clase»— y las ruinas del castillo de Kenilworth. «Qué duda cabe que regresaré a casa convertida en una verdadera viajera». Para Anne, sin embargo, no fue arduo regresar a York.

A Caroline Greenwood y sus cuatro hermanas no se les habían pasado por alto las inclinaciones de Anne Lister. Algunas veces Anne tocaba música con ellas. Los Greenwood, una familia de clase media de Halifax, eran, de hecho, «muy buena gente, y honorables, y serviciales», pero Anne los tenía por «un grupito vulgar». Antes, «me imaginaban bastante encaprichada de Miss Norcliffe»; ahora «coincidían conmigo respecto al objeto de mi mayor admiración». Caroline formulaba maliciosas preguntas acerca de lo que Anne consideraba «mi hombre ideal, a lo que dije que, por encima de todo, aparte de una buena cabeza y un buen carácter, debía ser de buena familia y tener modales de marcada elegancia», cosa que más bien describía su propia persona idealizada. Con segundas intenciones, Caroline invitó a Anne y a Elizabeth Browne a tomar juntas el té. «Miss Brown es maravillosa: guapa, o, mejor dicho, atractiva, de maneras amables, del todo ajena a cualquier clase de afectación y mucho más elegante que cualquier chica que haya conocido por aquí», escribió Anne tras aquella ocasión. Elizabeth Browne era una de esas «criaturas dulces e interesantes que no me cuesta amar»…

El 21 de marzo de 1829, Anne viajó con Charles y Mariana Lawton y Lou Belcombe a Londres, donde Sibella Maclean llevaba seis meses esperándola. Sibella había aprovechado la oportunidad para ponerse en manos de un tal Mr. John Long, que diagnosticó correctamente su tos constante como tuberculosis, pero prescribió desconcertantes métodos para intentar curarla. A Anne le refirió el «gran descubrimiento» del médico: tres cerditos a los que su propia madre había aplastado habían sido arrojados a un montón de estiércol; uno salió arrastrándose de allí, pues el calor del estiércol fermentado le había devuelto a la vida. Aquella observación convenció a Mr. Long no solo de los poderes curativos del calor en general, sino también de esa variedad en particular («ojalá pudiera enterrar a sus pacientes en una colina de estiércol»). Para Anne, estaba claro desde el primer encuentro que «aquel hombre tenía que estar loco». Sibella, en cambio, había depositado en él grandes esperanzas. Mr. Long había predicho que Sibella moriría si viajaba a París y renunciaba a su carísimo tratamiento.
Aquel charlatán de Mr. Long no fue el único punto de discusión entre Sibella y Anne. Sibella, al parecer, acusó a Anne de algunas cosas; en lugar de vivir con ella en las suaves temperaturas de París, Anne había preferido pasar los fríos meses de invierno en Yorkshire junto a Mariana, que ocupaba un lugar en la vida de Anne que Sibella no podía adivinar. Según los extractos que hizo Phyllis Ramsden de los diarios codificados de Anne, ambas discutían cada día. Al final, Sibella se decidió en favor de Mr. Long y en contra de Anne. Por primera vez, una mujer abandonaba a Anne.
Mientras Anne discutía con Sibella Maclean también, sin embargo, entablaba amistad con los aristocráticos parientes de Sibella en Londres, en especial con la viuda Lady Louisa Anne Stuart. Anne siempre había hecho buenas migas con las damas de avanzada edad. El muy impresionante Pembroke Lodge de Lady Stuart, en Richmond Park, era también el hogar de la sobrina de Sibella, Vere Hobart, la hermana del quinto conde de Buckinghamshire. Estaba previsto que la huérfana Vere pasase el verano con el hijo de Lady Stuart, el embajador inglés en París, Charles Stuart, primer barón de Rothesay. Al ser joven y estar todavía soltera, Vere necesitaba una compañía de viaje adecuada. A sus treinta y ocho años, Anne Lister no podía ocultar su dicha por acompañar a Vere en París. Anne dejó una nota en la Embajada británica el día siguiente de la llegada del grupo, tras lo cual la esposa del embajador, Lady Elizabeth Stuart de Rothesay, hija del tercer conde de Hardwicke, hizo una visita personal a Anne y la invitó a una soirée en la Embajada el 30 de abril. No había honor más grande para una viajera inglesa en París.

Ann Walker tuvo que pedirlo tres veces para que Anne por fin se metiera en la cama con ella. Por la mañana, sin embargo, no se levantó lo que se dice feliz. «Miss W… no está bien, se quedó tumbada todo el día en el sofá y me senté a su lado con mucha ternura, y le di sus gachas». Ann pensaba que «su sufrimiento se debía al hecho de haberse acostado conmigo anoche», y se esforzaba (o parecía esforzarse) por recuperarse de la pérdida de su virginidad. «Jamás se le había pasado por la cabeza que yo le haría sufrir tantísimo, nunca me permitirá hacérselo de nuevo. Me tomé todo esto bastante bien», igual que se tomó con la mayor calma la información que Ann le había proporcionado aquella misma noche acerca de sus ingresos: Ann recibía 2.500 libras al año, pero solo podía gastar 1.000 con entera libertad; era mucho menos de lo que Anne había asumido. Ambas habían obtenido lo que habían estado esperando —Ann, sexo, y Anne, las cuentas claras—, pero ambas despertaron decepcionadas.
Y, con todo, ambas querían más. En las noches siguientes, Anne acariciaba a Ann y «le proporcionaba, como ella reconocía, placer», hasta el punto de que consiguió acortar el periodo de espera propuesto: Ann Walker quería ahora decidir para finales de año si vivir con Anne, y coqueteaba con la idea de viajar con ella en enero. Era un tiempo que reservaba a unos amigos suyos, los Ainsworth, pero Mrs. Ainsworth había muerto de repente en un accidente de carruaje. El impacto que aquello supuso para Ann se vio redoblado por las insinuaciones del recién enviudado Mr. Ainsworth, que le pidió mantener con él una correspondencia secreta. Ann, bañada en lágrimas, le dio a Anne la carta para que la leyese. «“Ajá”, pensé, “todo esto está muy claro”, y le dije lo que pensaba con toda franqueza», esto es, que Mr. Ainsworth pretendía ganarse el corazón de Ann antes de que los parientes de esta la mandaran a freír espárragos. Para sorpresa de Anne, sin embargo, Ann Walker no se sintió capaz de rechazar de manera categórica las insinuaciones de Mr. Ainsworth. «Esto me llevó a decirle que debía decidirse entre Mr. A… y yo», y le dio aquel ultimátum el jueves. Ann entró en pánico.

No era solo Anne Lister quien estaba poniendo a prueba los nervios de Ann Walker; también tenía problemas a causa de un conflicto con los residentes de una zona pobre llamada Caddy Fields. Los habitantes de aquel lugar siempre habían recogido el agua potable de una corriente cuya fuente se encontraba en las propiedades de Ann Walker. Cuando, de repente, el caudal de agua se vio interrumpido, y una iracunda multitud exigió su agua, Robert Parker, el abogado de Anne Lister de Halifax, aconsejó colocar un barril de alquitrán en el nacimiento de la fuente para hacerla imbebible durante al menos un año. Así sabrían aquellos advenedizos a quién pertenecía el agua en realidad. La gente de Caddy Fields estaba fuera de sí de pura ira, y «nos quemaron a A… y a mí en efigie».
El envenenamiento del agua llegó a los tribunales, pero ni Robert Parker ni Ann Walker fueron procesados por el delito; fueron, más bien, los cuatro trabajadores que habían sumergido el barril siguiendo sus instrucciones quienes acabaron ante el juez. La corte determinó que el agua no pertenecía a Ann Walker, sino que era propiedad pública, como un derecho adquirido. Del caso se habló en todas partes, y el Halifax Guardian cargó toda la responsabilidad en Ann Walker.
Anne Lister siempre olvidaba sus preocupaciones cuando viajaba. Aquel parecía un buen momento para viajar: Northgate House había sido reformada, y, a través de un anuncio en el Leeds Mercury, Anne había encontrado un inquilino que pagaría 300 libras al año a partir del 1 de enero de 1838. La segunda mina de carbón, Listerwick, fue concluida en abril de 1838. La veta era solo de un metro de ancho, pero el carbón era de buena calidad. Anne decidió aprovechar el momento y cumplir su sueño de viajar a Rusia, en especial ahora que Shibden Hall resultaba menos confortable que nunca debido a las obras de construcción. Sin embargo, «A. W. no quiere pasar tanto tiempo en el extranjero, pero tampoco quiere que A. L. esté en el extranjero sin ella». Al final, acordaron hacer un nuevo viaje a Francia.

Partieron de Moscú el 5 de febrero de 1840. Para avanzar más rápido, se detuvieron solo a cambiar los caballos durante las primeras cuarenta y ocho horas. «Tenemos la nieve justa: desde mi lado es posible ver la deteriorada grava del camino». La situación seguiría así hasta Astracán, pues el suave clima que había traído una cantidad de nieve suficiente para viajar se había visto seguido por un periodo tremendamente frío. Pese a las temperaturas de 18 º bajo cero que tenían lugar durante el día, Anne dejaba la ventanilla de su lado abierta, pues de otro modo todo se llenaba de vaho y no podía ver el paisaje. En las ocasiones en que tuvieron que ir más despacio, a paso de marcha, incluso abría la puerta. Tras cuatro largos días y casi 500 kilómetros llegaron a Nizhni Nóvgorod (conocido de 1932 hasta 1992 como Gorki) a la una de la madrugada, y por primera vez durmieron vestidas con sus «habituales prendas para la noche», de nuevo en una posada.
Desde Nizhni continuaron a lo largo del helado Volga, siguiendo su curso casi hasta su desembocadura en el mar Caspio. «Dejamos atrás varias islas boscosas en el río y seguimos hasta casi pasar bajo las embarcaciones de algunos pequeños muelles congelados». El Volga aún no estaba controlado en 1840.
Llegaron a Kazán el 15 de febrero, diez días después de abandonar Moscú. Tanto entonces como ahora, la mayor parte de la población de la ciudad la componían «tártaros de pequeños ojos oscuros y semblante afilado, de tez oscura, bastante diferentes de los rusos». También aquí la alta sociedad cuidó a las dos inglesas, que recibieron invitaciones para cenar y para ir al teatro y pudieron visitar la universidad. El orientalista Alexander Kasimovich Kazembek, que iba a tener entre sus estudiantes a un joven Leo Tolstoi cuatro años después, obtuvo una invitación muy especial de Anne y Ann. Primero visitaron una mezquita, luego «acudimos a la casa del mercader de miel tártaro Arsayeff, no el más rico de aquí, pero es muy bueno y muy respetado, y tiene mucho dinero. 4 esposas.
Para compensar lo que suponía perderse Persia, Anne, al menos, quiso ver el mar Caspio. El camino de postas ruso más común llegaba hasta Bakú, y Anne había decidido llegar hasta allí. Esto provocó un «desacuerdo con A. W., que no quiere ir tan lejos»,39 pero Anne, como siempre, se salió con la suya. La única a la que le dieron permiso para marcharse fue a Domna, al encontrarse embarazada. Con menos equipaje, partieron rumbo a Azerbaiyán el 13 de mayo, un mes después de su llegada a Tiflis. George Tchaikin iba con ellas, así como cuatro jinetes cosacos y un oficial, todos ellos para su protección personal. Durante un tiempo tuvieron también que añadir a cuatro tártaros a su escolta, pues el camino pasaba por territorios todavía en disputa.
Tardaron cinco días en llegar a Bakú.

Anne Lister escribió en su diario. Era el 11 de agosto de 1840. Murió seis semanas después. Se desconoce lo que sucedió entre esas fechas. ¿Se sintió débil e incapaz de seguir escribiendo? Según Muriel Green, el grupo llegó a Lailashi, en Lechkhumi, el 31 de agosto. Desde allí, todos regresaron a Kutaisi por la misma ruta que habían seguido cuatro semanas antes. George y Domna esperaban allí, y esa era también la ciudad donde trabajaba el médico alemán que Ekaterina Dadiani hizo llevar a Zugdidi. Pero el doctor no pudo hacer nada por la niña, ni hubiera podido hacerlo por Anne Lister, de haber coincidido con ella. La fecha señalada en su obituario como el día en que tuvo lugar su fallecimiento es el «martes, 22 de septiembre, en Kutaisi, de la fièvre chaude».
«Fiebre» era en aquella época un cajón de sastre que englobaba diferentes enfermedades. Si la enfermedad de Anne Lister duró varias semanas, ello podría indicar que se trataba del tifus, pero es también posible que hubiera contraído la malaria en la pantanosa región de la Cólquide. Durante aquel viaje le había exigido demasiado a su cuerpo. Persistente y tenaz como era, siempre había tendido a sobrevalorarse. En el Distrito de los Lagos, en el Gran Paso de San Bernardo, en Monte Perdido, en Viñamala, así como posteriormente en el helado Volga, Anne Lister había desafiado al destino. Mr. Duffin había demostrado estar en lo cierto: su mente había desgastado a su cuerpo.

Ni siquiera tras la muerte de Anne Lister, Ann Walker se reconcilió con sus parientes de Halifax y Escocia. ¿Qué le hubiera podido decir a los Priestley y a los Sutherland? ¿Que habían estado en lo cierto al advertirle desde el principio acerca de Anne Lister? George Sutherland consideraba a Ann Walker una presa fácil. Empezó por convencer a su propia esposa, Elizabeth, de que la hermana de esta necesitaba de nuevo la asistencia médica de Stephen Belcombe. Contrató después los servicios del abogado Robert Parker para llevar a cabo los procedimientos legales que permitiesen recluir a Ann en el hospital mental de York contra su propia voluntad. El 9 de septiembre de 1843, los Sutherland, el doctor y el abogado irrumpieron en Shibden Hall junto al comisario de policía de Halifax. Ann huyó a la Habitación Roja del piso superior, y cerró la puerta a su espalda. Stephen Belcombe y Robert Parker le pidieron al comisario que «la abriese, cosa que hizo desatornillando las bisagras: la habitación estaba en unas condiciones deplorables, y a un lado de la cama había una abrazadera con varias pistolas cargadas». El abogado describió así la situación, posiblemente exagerándola para justificar su comportamiento: «Los postigos estaban cerrados; un viejo y sucio portavelas se hallaba cerca de la cama, cubierto de sebo, como si la vela se hubiera fundido allí mismo», escribió, sugiriendo con ello que Ann ya no sabía controlar el fuego y debía ser protegida de sus propias acciones. «Había papeles por todas partes, tirados en el más completo desorden. En la Habitación Roja había gran cantidad de pañuelos manchados de sangre». Dado que, en opinión de Parker, Ann necesitaba atención médica urgente, fue internada de inmediato en el psiquiátrico dirigido por Stephen Belcombe. Puede entenderse que Ann Walker sufriera de verdad de algún trastorno mental después del traumático viaje por toda Europa con el cadáver de su esposa a cuestas. Lo que cabe cuestionar es que fuera necesario recluirla en una clínica.
Ann Walker había vuelto a vivir en Lightcliffe. Tras dos años en el hospital mental de York, su tía, de ochenta y ocho años, se apiadó de ella y la trasladó a Cliffe Hill en 1845. Ann Walker sénior murió dos años más tarde, el mismo año que el capitán Sutherland. Ahora, a los cuarenta y cuatro años, Ann Walker heredaba de él las disputas legales que había librado con John Lister, quien fue incapaz de disputar los derechos que Ann tenía sobre la propiedad. Sin embargo, Ann permaneció en Cliffe Hill, y vivió allí con una enfermera irlandesa hasta su muerte en 1854, a la edad de cincuenta y un años. Dejó a su sobrino lo que Anne Lister y George Sutherland le habían dejado a ella, unas 2.000 libras, una fracción de lo que llegó a tener en el pasado.
Evan Charles Sutherland disolvió todo el legado de los Walker y se mudó a Escocia. Vendió la casa familia de los Walker, Crow Nest, en Lightcliffe, a Titus Salt, el fundador de Salts Mill y del pueblo obrero de Saltaire, en Bradford. La casa familiar de Ann Walker ya no existe; sus terrenos se han convertido en un campo de golf. La espaciosa Cliffe Hill ha sido dividida en varios apartamentos. Lidgate, donde Ann vivía cuando conoció a Anne, está ahora rodeada de casas de reciente construcción. Solo el viejo muro de la hacienda perdura desde los días en que Anne Lister se convirtió en tan asidua visitante.

Anne creó una obra audaz de corporeidad puramente femenina. Los goces y deseos y el afanoso esfuerzo de satisfacerlos dieron forma a su vida y también a su diario. Escribir sustituía, al mismo tiempo que lo prolongaba y reinventaba, al deseo. El placer del sexo se repetía en el acto de la escritura. La sexualidad se convertía en textualidad en sus diarios; el cuerpo y la vida se transformaban en escritura. Como mujer deseante y mujer escribiente, Anne Lister, literalmente, se creó a sí misma en sus diarios, su cuerpo por escrito, la novela de su vida.

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Anne Lister was fourteen or fifteen when she first fell in love. She and Eliza Raine were the same age and in the same class at Manor House School in York. Neither Anne nor Eliza could be more different from the other girls. Eliza was born in Madras and had dark skin and black hair. Anne wore ragged clothes and was the subject of much stares and ridicule for being different. «I didn’t care!» She wanted to learn more than a girl was entitled to, and she received the nickname «the Solomon of the school.»
Rebecca thought her oldest daughter «sometimes a little pretentious.» She refused to learn to cook or fix the house and she let her mother handle the maid on laundry day. The only household chore Anne could not escape was her sewing, since she had to mend and mend her own clothes. To the chagrin of her mother, Anne did not want to wear the required girls’ headgear or poke hats as her prominent brim limited her vision. Every time Anne visited Shibden Hall, Rebecca’s letters kept asking uneasily about the way her daughter dressed her.

She was an egomaniac, finding fault in all of her lovers for swathes of reasons, all of them demonstrating more about Anne’s personality flaws and inflated pride than damning any of her rejected women. She found some too unintelligent, others weren’t rich enough, others too far below her in social standing. She didn’t like any woman who had slept with a man, preferring virgins who had not been ‘spoiled.’ She didn’t like her lovers to be assertive, preferring them passive and docile both in the bedroom and in day to day life.
Monogamy was boring for her, but rather than tell her various lovers that, she preferred to lie and quite literally cheat. Frequently many of them, understandably, suffered from break downs and depression which Anne, hilariously, never fathoms that she herself might be the cause.
Two of her lovers ended up in mental asylums – the first and the last – the first, Eliza Raine, Anne encouraged to have incarcerated for life so she would be unable to testify against her in court.
It’s not the biographers fault if the subject is repulsive, but I also found Steidele’s approach too neutral, and lacking any kind of spark. It was more like reading a chart of a life, rather than steeping myself in the time and world of Anne Lister.
Anyway, if you’re going into this looking for any kind of familiarity, I will be greatly concerned if you find any. As a record the history of love between women, it is a great starting off point (there are several names dropped in this book that I want to explore further) but is hardly in depth.
This book is judge, jury, and executioner to its subject, which feels like a complete violation of the rules of a biography. You can tell just by the table of contents – her life is divided up not by milestone events but by the women she seduces. Because clearly when someone isn’t straight, the only interesting thing about them is their sex life. Everything else Lister was ever involved or interested in – except her travels – is dismissed with a couple of lines each.
Worse, the biographer is making blatant value judgements along the way, without at any point engaging with the context in which her subject lived. In the last third of the book, she is openly derisive when describing Lister’s activities.
To be clear, it’s not that I need this book to be a hagiography. I’ve read a few books about Lister at this point. I get that she could be an asshole. But she was also an intelligent woman navigating a man’s world in the early 19th century and walking the line of being an ‘out’ (sort of) lesbian when there had never been anyone before her to pattern her behaviour on. Except men. I doubt there would have been half so much judgement had the biographer been recounting the life of a young cad on the hunt for a rich bride.
Context is important. And this biographer has NO grasp of that whatsoever, because she clearly doesn’t understand the context herself. In her final chapter she writes “In what we think of as the prudish pre-Victorian age, there seems to have been no great risk or consequence to women loving women and it was not thought wrong. They simply did not talk about it, and went on to marry apparently unsullied.” Just… WHAT?! How could this biographer have read the works of Jill Liddington and still come out with that kind of clumsy generalization? When Liddington’s work was all about the subtle ways the community found to express its disapproval of Anne Lister and her wife living together. When political rage towards Lister was expressed in the form of homophobic attacks. When she received taunting letters in the post and slurs hurled at her in the street throughout her life?
I reference Liddington’s work here particularly because the biographer wrote this book without ever having read Anne Lister’s diaries for herself. She is entirely reliant upon secondary sources. The book is basically a recap of Helena Whitbread’s and Jill Liddington’s works, with some additional references to Lister’s letters and correspondence thrown in. Plus a LOT of editorializing – in addition to the steaming piles of judgement, the biographer regularly states her own interpretation as though it’s proven fact. And it’s interpretation based often on extremely thin evidence.

In May 1813, and before her return to Yorkshire, Anne and Isabella were allowed to travel alone for a week. They saw Salisbury Cathedral, the Earl of Pembroke’s collection of paintings and sculptures, at Wilton House, and Stonehenge. That first trip in the company of a mistress fostered Anne’s taste for such excursions, which she repeated whenever the opportunity presented itself. She loved exploring new places and enjoying the freedom that unfamiliar places provided (it was natural for two women traveling together to share the same room in guest houses, and they had more privacy there than in their own family homes).
The Norcliffees headed north in late May. On their return they visited Warwick Castle – «England’s most beautiful castle of its kind» – and the ruins of Kenilworth Castle. «There is no doubt that I will return home a true traveler.» For Anne, however, it was not difficult to return to York.

Caroline Greenwood and her four sisters hadn’t missed Anne Lister’s inclinations. Sometimes Anne played music with them. The Greenwoods, a middle-class family from Halifax, were, in fact, «very nice people, and honorable, and helpful,» but Anne called them «a vulgar little bunch.» Before, «they imagined me quite infatuated with Miss Norcliffe»; now they «agreed with me on the object of my greatest admiration.» Caroline asked malicious questions about what Anne considered «my ideal man, to which I said that, above all, apart from a good head and good character, he must be of good family and have markedly elegant manners.» Rather, he was describing his own idealized persona. With ulterior motives, Caroline invited Anne and Elizabeth Browne to tea together. «Miss Brown is wonderful: pretty, or rather, attractive, in kind ways, completely oblivious to any kind of affectation and much more elegant than any girl she has ever met around here,» Anne wrote after that occasion. Elizabeth Browne was one of those «sweet and interesting creatures that I love loving» …

On March 21, 1829, Anne traveled with Charles and Mariana Lawton and Lou Belcombe to London, where Sibella Maclean had been waiting for her for six months. Sibella had taken the opportunity to put herself in the hands of a Mr. John Long, who correctly diagnosed her constant cough as tuberculosis, but prescribed puzzling methods to try to cure it. To Anne she recounted the doctor’s «great discovery»: three little pigs that her own mother had crushed had been thrown into a dung heap; one crawled out of there, for the heat of the fermented manure had brought him back to life. That observation convinced Mr. Long not only of the healing powers of heat in general, but also of that variety in particular («I wish he could bury his patients on a hill of manure»). It was clear to Anne from the first meeting that «this man had to be crazy.» Sibella, on the other hand, had placed great hopes on him. Mr. Long had predicted that Sibella would die if she traveled to Paris and renounced the expensive treatment of her.
That charlatan Mr. Long was not the only point of discussion between Sibella and Anne. Sibella, apparently, accused Anne of some things; Instead of living with her in the mild temperatures of Paris, Anne had preferred to spend the cold winter months in Yorkshire with Mariana, who held a place in Anne’s life that Sibella could not guess. According to Phyllis Ramsden’s excerpts from Anne’s coded diaries, the two argued every day. In the end, Sibella decided in favor of Mr. Long and against Anne. For the first time, a woman was leaving Anne.
While Anne was arguing with Sibella Maclean so did she, however, she befriended Sibella’s aristocratic relatives in London, especially the widowed Lady Louisa Anne Stuart. Anne had always hit it off with elderly ladies. Lady Stuart’s very impressive Pembroke Lodge in Richmond Park was also the home of Sibella’s niece, Vere Hobart, the sister of the 5th Earl of Buckinghamshire. The orphan Vere was scheduled to spend the summer with Lady Stuart’s son, the English ambassador to Paris, Charles Stuart, 1st Baron of Rothesay. As she was young and still single, Vere needed a suitable travel company. At thirty-eight, Anne Lister could not hide her happiness for accompanying Vere in Paris. Anne left a note with the British Embassy the day after the group’s arrival, after which the Ambassador’s wife, Lady Elizabeth Stuart de Rothesay, daughter of the 3rd Earl of Hardwicke, paid Anne a personal visit and invited her to a soirée. at the Embassy on April 30. There was no greater honor for an English traveler in Paris.

Ann Walker had to ask three times for Anne to finally get into bed with her. In the morning, however, she did not get up what is said to be happy. «Miss W … not well, she lay all day on the couch and I sat next to her very tenderly, and gave her her porridge.» Ann thought that «his suffering from her was due to the fact that she had slept with me last night,» and she was struggling (or seemed to be struggling) to recover from the loss of her virginity. «She had never crossed her mind that I would make her suffer so much, she will never allow me to do it again. I took all of this pretty well, ‘just as she took the information Ann had given her that night about her income in stride: Ann received £ 2,500 a year, but she could only freely spend £ 1,000. ; it was much less than what she had assumed Anne. They had both gotten what they had been waiting for — Ann, sex, and Anne, the clear accounts — but both woke up disappointed.
And yet they both wanted more. In the following nights, Anne caressed Ann and ‘gave her, as she recognized, pleasure’, to the point that she managed to shorten the proposed waiting period: Ann Walker now wanted to decide by the end of the year whether to live with Anne, and flirted with the idea of traveling with her in January. It was a time when she reserved some friends of hers, the Ainsworths, but Mrs. Ainsworth had died suddenly in a carriage accident. The impact this had on Ann was redoubled by the insinuations of the newly widowed Mr. Ainsworth, who asked her to maintain a secret correspondence with him. Ann, bathed in tears, gave Anne her letter to read. «Aha,» I thought, «this is all very clear,» and I told her what I thought quite frankly, «that is, Mr. Ainsworth was trying to win Ann’s heart before her relatives sent her to fry. asparagus. To Anne’s surprise, however, Ann Walker was unable to categorically reject Mr. Ainsworth’s advances. «This led me to tell her that she had to decide between Mr. A … and me,» and she gave him that ultimatum on Thursday. Ann panicked.

It wasn’t just Anne Lister who was testing Ann Walker’s nerves; she, too, was in trouble because of a conflict with residents of a poor area called Caddy Fields. The locals had always collected their drinking water from a stream whose source was on Ann Walker’s properties. When the water flow was suddenly cut off, and an irate crowd demanded their water, Robert Parker, Anne Lister’s Halifax attorney, advised placing a barrel of tar at the source of the fountain to make it undrinkable for at least one year. So those upstarts would know who the water really belonged to. The Caddy Fields people were beside themselves with sheer rage, and «they burned A … and me in effigy».
The water poisoning went to court, but neither Robert Parker nor Ann Walker were prosecuted for the crime; Rather, it was the four workers who had submerged the barrel following his instructions who ended up before the judge. The court determined that the water did not belong to Ann Walker, but was public property, as an acquired right. The case was talked about everywhere, and the Halifax Guardian put all the responsibility on Ann Walker.
Anne Lister always forgot her worries when she traveled. This seemed like a good time to travel: Northgate House had been refurbished, and, through an advertisement in the Leeds Mercury, Anne had found a tenant who would pay £ 300 a year from 1 January 1838. coal, Listerwick, was completed in April 1838. The seam was only one meter wide, but the coal was of good quality. Anne decided to seize the moment and fulfill her dream of traveling to Russia, especially now that Shibden Hall was less comfortable than ever due to construction sites. However, «A. W. doesn’t want to spend so much time abroad, but she also doesn’t want A. L. to be abroad without her. ‘ In the end, they agreed to make a new trip to France.

They left Moscow on February 5, 1840. To move faster, they stopped only to change horses for the first forty-eight hours. «We have just enough snow: from my side it is possible to see the deteriorated gravel of the road.» The situation would continue like this until Astrakhan, as the mild climate that had brought enough snow to travel had been followed by a tremendously cold period. Despite the temperatures of minus 18 degrees that occurred during the day, Anne would leave the window on the open side of her, otherwise everything would get steamy and she could not see the landscape. On the occasions when she had to slow down, at a walking pace, she even she would open the door. After four long days and almost 500 kilometers they reached Nizhny Novgorod (known from 1932 to 1992 as Gorky) at one in the morning, and for the first time they slept dressed in their «usual night clothes», again in an inn.
From Nizhni they continued along the frozen Volga, following its course almost to its mouth in the Caspian Sea. «We left behind several wooded islands in the river and continued until we almost passed under the boats of some small frozen docks.» The Volga was not yet controlled in 1840.
They arrived in Kazan on February 15, ten days after leaving Moscow. Both then and now, most of the city’s population consisted of «Tatars with small dark eyes and sharp countenance, dark complexions, quite different from Russians.» Here too the high society took care of the two English women, who received invitations to dinner and to the theater and were able to visit the university. The orientalist Alexander Kasimovich Kazembek, who was to have a young Leo Tolstoy among his students four years later, obtained a very special invitation from Anne and Ann. First they visited a mosque, then “we went to the house of the Tatar honey merchant Arsayeff, not the richest here, but he is very good and highly respected, and has a lot of money. 4 handcuffs.
To make up for the loss of Persia, Anne at least wanted to see the Caspian Sea. The most common Russian post road led to Baku, and Anne had decided to get there. This caused a «disagreement with A. W., who does not want to go that far,» 39 but Anne, as always, got her way. The only one who was given permission to leave was Domna, when she was pregnant. With less luggage, they left for Azerbaijan on May 13, a month after arriving in Tbilisi. George Tchaikin was with them, as well as four Cossack horsemen and an officer, all of them for his personal protection. For a time they also had to add four Tatars to their escort, as the road passed through territories still in dispute.
It took them five days to reach Baku.
Anne Lister wrote in her diary. She was August 11, 1840. She died six weeks later. What happened between those dates is unknown. Did she feel weak and unable to continue writing? According to Muriel Green, the group arrived in Lailashi, in Lechkhumi, on August 31. From there, they all returned to Kutaisi by the same route that they had followed four weeks earlier. George and Domna were waiting there, and that was also the city where the German doctor Ekaterina Dadiani had Zugdidi brought to work. But the doctor could do nothing for the girl, nor could he have done for Anne Lister, had he agreed with her. The date indicated in her obituary as the day of her death is «Tuesday, September 22, in Kutaisi, de la fièvre chaude.»
«Fever» was at that time a mixed bag that encompassed different diseases. If Anne Lister’s illness lasted for several weeks, this could indicate that it was typhus, but it is also possible that she had contracted malaria in the swampy Colchis region. During that trip she had demanded too much of her body. Persistent and tenacious as she was, she had always tended to overrate herself. In the Lake District, in the Great San Bernardo Pass, in Monte Perdido, in Viñamala, as well as later in the frozen Volga, Anne Lister had defied fate. Mr. Duffin had proven himself right: his mind had worn out her body.

Even after Anne Lister’s death, Ann Walker was not reconciled with her relatives from Halifax and Scotland. What could she have said to the Priestleys and the Sutherlands? That they had been right to warn him all along about Anne Lister? George Sutherland considered Ann Walker an easy target. He began by convincing her own wife, Elizabeth, that her sister needed Stephen Belcombe’s medical assistance again. He later enlisted the services of attorney Robert Parker to carry out legal proceedings that would allow Ann to be confined to the York Mental Hospital against her own will. On September 9, 1843, the Sutherlands, the doctor, and the lawyer stormed Shibden Hall along with the Halifax Police Commissioner. Ann fled to the Red Room upstairs, closing the door behind her. Stephen Belcombe and Robert Parker asked the commissioner to «open it, which he did by unscrewing the hinges: the room was in appalling condition, and on one side of the bed there was a bracket with several loaded pistols.» The lawyer described the situation thus, possibly exaggerating it to justify her behavior: “The shutters were closed; a dirty old candle holder was near the bed, covered with tallow, as if the candle had melted right there, «he wrote, suggesting that she Ann no longer knew how to control fire and should be protected from her own actions. her. “There were papers everywhere, thrown in complete disarray. In the Red Room there were a lot of bloodstained handkerchiefs. Since, in Parker’s opinion, Ann needed urgent medical attention, she was immediately admitted to the psychiatric hospital run by Stephen Belcombe. It can be understood that Ann Walker really suffered from some mental disorder after the traumatic trip across Europe with the corpse of her wife in tow. What is questionable is whether it was necessary to confine her to a clinic.
Ann Walker had returned to live in Lightcliffe. After two years in York Mental Hospital, her eighty-eight-year-old aunt took pity on her and transferred her to Cliffe Hill in 1845. Ann Walker Senior died two years later, the same year as Captain Sutherland. . Now, at age forty-four, she Ann Walker inherited from him the legal disputes that she had fought with John Lister, who was unable to dispute the rights that she Ann had to her property. However, she Ann herself remained at Cliffe Hill, and lived there with an Irish nurse until her death in 1854, at the age of fifty-one. She left her nephew what Anne Lister and George Sutherland had left her, some 2,000 pounds, a fraction of what she had in the past.
Evan Charles Sutherland dissolved the entire Walker legacy and moved to Scotland. He sold the Walker family home, Crow Nest, in Lightcliffe, to Titus Salt, the founder of Salts Mill and the working-class town of Saltaire in Bradford. Ann Walker’s family home no longer exists; the grounds of it have been converted into a golf course. The spacious Cliffe Hill has been divided into several apartments. Lidgate, where Ann lived when she met Anne, is now surrounded by newly built houses. Only the old hacienda wall has survived from the days when Anne Lister became such a regular visitor.

Anne created a bold work of purely female embodiment. Her joys and desires and the eager effort to satisfy them shaped her life and her daily life as well. Writing substituted, while prolonging and reinventing it, desire. The pleasure of sex was repeated in the act of writing. Sexuality became textuality in her diaries; the body and life were transformed into writing. As a desiring woman and a writing woman, Anne Lister literally created herself in her diaries, her body in writing, the novel of her life.

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