El Origen Del Mundo. El Poder De La Vagina A Través De La Historia — Catherine Blackledge / Raising the Skirt: The Unsung Power of the Vagina by Catherine Blackledge

En general, el libro me pareció bastante agradable, bien escrito y aprendí algunas cosas que no sabía. Disfruté de los aspectos históricos y los mitos, y del fenómeno de desnudar las redes para protegerse del mal. Encontré algunas citas más descaradas que me encantaron aún más. Disfruté el libro, pero …
Mi interés se limita realmente a los seres humanos. He perdido todo sentido de maravilla al extraer lecciones sobre la sexualidad humana de los miembros del reino animal. He leído sobre ratones de campo y bonobos hasta el punto de que mis ojos se ponen vidriosos ante su mera mención. Así que me decepcionó un poco la cantidad de artimañas astutas (palabras de la autora) que relató del mundo natural para revertir “la idea de la vagina como un recipiente pasivo, actuando simplemente como un canal para el paso de los espermatozoides en una dirección y descendencia en el otro «. Parecía haber una colección interminable de pájaros, insectos, primates, serpientes, arañas, todos con una vagina “de acero” que podía detectar espermatozoides pésimos y de alguna manera desviarlos, digerirlos o expulsarlos. La autora parecía tener una especie de orgullo femenino por estas hazañas.
Es un buen libro y lo disfruté, pero encontré la cantidad de ginezoología tediosa y un poco extraña en su abundancia.

En la mitología helénica y en la gaélica existen historias de este tipo: grupos de mujeres que se levantan la falda para derrotar al dios irlandés Cúchulain o al héroe griego Belerofonte. La historia, tanto antigua como moderna, recoge situaciones en las que las mujeres recurrieron a este mismo gesto como protesta o como táctica militar. En el año 551 a. EC, una exhibición colectiva de la vulva marcó el resultado de la guerra entre el ejército meda y el ejército persa. En la China del siglo XIX , grupos de ancianas se encaramaron a las murallas de una ciudad asediada y exhibieron sus genitales para espantar a los enemigos.
En estos casos, la acción de levantarse la falda se emplea para desconcertar al atacante y obligarlo a recapacitar. Las mujeres muestran su vulva para gritar al unísono: «Basta ya, reflexionad: lo que estáis haciendo está muy mal». Hace poco más de sesenta años, en 1958, siete mil mujeres de la región occidental de Camerún pusieron de manifiesto el poder de los genitales femeninos cuando se levantaron la falda para protestar contra un decreto gubernamental que les impedía cultivar sus tierras. Ganaron.
Ahora bien, el gesto de enseñar el sexo femenino es mucho más que un intento de vencer a los atacantes o de proteger familias y comunidades: se le atribuye, también, fertilidad. Fertilidad humana, fertilidad de la tierra, fertilidad del ganado y fertilidad de los cultivos. En la Antigüedad, el gesto de mostrar el sexo estaba presente en diversas celebraciones rituales: en Egipto servía para conceder potencia al toro sagrado Apis o para infundir fertilidad en las fiestas de Bubastis, y en las Tesmoforias griegas o las Floralias romanas se empleaba también como invocación de la fertilidad.
Hoy en día se sabe que la vagina dista mucho de ser un simple conducto por el que se desplazan el esperma en una dirección y la descendencia en la otra. En realidad, los genitales femeninos son una maquinaria extraordinariamente precisa y eficaz que clasifica el esperma y actúa como un guardaespaldas o como un gorila de discoteca, dirigiendo, almacenando, alimentando o destruyendo espermatozoides y, en definitiva, controlando cuál de ellos tendrá la posibilidad de ser elegido por el óvulo.

Según un dicho catalán, «La mar es posa bona si veu el cony d’una dona » («El mar se calma cuando ve el coño de una mujer»). Esta fe de los catalanes en el poder de la vagina se refleja en una costumbre de buen agüero: las mujeres de los pescadores enseñan sus genitales al mar antes de que zarpen sus maridos. Lógicamente, esta creencia tiene una contrapartida: la mujer que orina dentro del mar puede provocar una tormenta. Pero hay otras tradiciones donde la visión de los genitales femeninos tiene el poder de aplacar a las fuerzas de la naturaleza. Por ejemplo, en la región de Madrás, al sur de la India, se creía que una mujer podía frenar una tormenta enseñando el sexo. Y en la Historia natural de Plinio, escrita en el siglo I de nuestra era, se dice que las granizadas, los torbellinos y los relámpagos se aquietan ante la visión de una mujer desnuda.
Esta curiosa capacidad para aplacar a los elementos no es la única que el folclore y la historia atribuyen a la exhibición del sexo femenino.
Al parecer, la fe en el poder de la vulva para derrotar al demonio o a los enemigos estuvo muy extendida en el tiempo y en el espacio, ya que los relatos de mujeres que se exhiben con este propósito no se limitan a un solo momento histórico ni a una sola cultura. Al contrario, existían hace milenios y siguen existiendo en la actualidad y se han encontrado en todos los continentes.
Fuera del mundo occidental, en las islas Marquesas, los antropólogos han descubierto una reverencia similar ante los genitales femeninos, aunque con una pequeña variante. La cultura polinesia atribuye un poder sobrenatural a los genitales de la mujer, y según los habitantes de las islas Marquesas, la vulva es tan poderosa que puede aterrorizar a los dioses y expulsar a los demonios del cuerpo. Por eso, en esta parte del mundo, para llevar a cabo un exorcismo, una mujer desnuda se sienta sobre el pecho de la persona poseída. Pero la fe en los misteriosos poderes de la anatomía sexual de la mujer no se limita a esto: además, los habitantes de las Marquesas creen que una mujer puede echar mal de ojo a alguien si le da el nombre de sus genitales.
Heródoto fue testigo presencial de las fiestas anuales de Bubastis, la más concurrida de las celebraciones egipcias, el Glastonbury o el Kumbh Mela de aquellos tiempos. En este festival se rendían honores a la diosa gata Bast o Bastet, una de las más populares del panteón egipcio. El principal centro de culto de Bastet, diosa del placer, la danza, la música y la alegría, era el templo de la ciudad de Bubastis («la casa de Bast», actual Zagazig), en la orilla del Nilo.

Curiosamente, hoy en día los gatos siguen guardando una inextricable relación con los genitales femeninos y con otros aspectos de la feminidad. En Gran Bretaña, la palabra pusse («minino») empezó a usarse como sinónimo de vulva en 1662; hoy en día se ha convertido en pussy . En Francia y en Italia respectivamente, las palabras chatte y gatta , que significan «gata», también sirven para nombrar el sexo de la mujer. En muchas culturas, los gatos se relacionan con el sexo, con la sexualidad femenina y, a veces, con la prostitución. Las mujeres son felinas; los hombres no lo son nunca. En muchos lugares se respeta a los gatos porque se les atribuyen poderes mágicos; por ejemplo, son acompañantes habituales de las brujas. En otros sitios, como en Japón, se cree que estos animales traen buena suerte. En los burdeles japoneses, el gato señala la índole del establecimiento: un lugar donde se puede ver, y no solo ver, el sexo femenino. Muchos siglos después de las fiestas egipcias en las que las mujeres se exhibían en honor de Bast, la diosa felina del placer, seguimos relacionando los gatos y la vulva.
La influencia del mito de Amaterasu en la conciencia colectiva del país se hace también visible en el cine japonés contemporáneo. En la década de 1990, la película Weather Girl —la historia de Keiko, una chica del tiempo que impulsó su carrera televisiva exhibiéndose desnuda en un programa nacional— tuvo un gran éxito, tanto por los premios recibidos como por el número de espectadores.
En la Antigua Grecia, la ceremonia del ana-suromai formaba parte de diversas celebraciones religiosas relacionadas con Deméter, su hija Core y Baubo, como los misterios de Eleusis, los festivales de las Tesmoforias y las fiestas de primavera conocidas como Floralia, que se llevaban a cabo en abril. Las fiestas de las Tesmoforias, en las que solo participaban mujeres, duraban tres días y se celebraban en octubre, coincidiendo con la siembra; los misterios de Eleusis, que también se llevaban a cabo en otoño, duraban ocho días y congregaban a miles de participantes, hombres y mujeres. Según las crónicas, todas estas fiestas conmemoraban la fertilidad y la reanudación de la vida, y la exhibición de los genitales recreaba el encuentro entre Deméter y Baubo.
Una de las colecciones más interesantes de figuras exhibicionistas procede de la Europa medieval. Algunas de estas figuras femeninas de piedra están de pie, enseñando orgullosamente los genitales. Otras se representan en cuclillas, con las piernas separadas. Algunas se separan los muslos con las manos o se sujetan las piernas con los brazos. Muchas de ellas se pasan los brazos por detrás de los muslos y los adelantan para insertarse los dedos en la vagina o se abren los labios vaginales para ofrecer una mejor visión. Algunas señalan la vulva, que suele representarse de tamaño mayor al normal y con los bordes de los labios muy destacados, y otras se tocan el sexo. Algunas tienen vello púbico. Una de estas figuras mide unos 30 centímetros, pero la incisión de la vulva mide por lo menos un quinto de la longitud total. Otra de las figuras tiene unos grandes pechos y unos genitales enormes, que ocupan mucho espacio entre sus dos piernas. Esta vulva —la mayor de todas— tiene el clítoris y el orificio ovalado de la vagina claramente marcados.
No sabemos si la idea de que los genitales femeninos son símbolos arcaicos de la fertilidad resistirá el paso del tiempo. Esta teoría, como todas, es subjetiva y se apoya tanto en los datos como en las modas culturales de la época. Sin embargo, a diferencia de la hipótesis que atribuye un carácter pornográfico a las imágenes de la vagina, esta otra idea se apoya en una comprensión más acertada del papel de los hombres y las mujeres en la Antigüedad. Hay otro dato en favor de este argumento: las vulvas no aparecen solamente en el arte prehistórico, ya que algunas sociedades modernas siguen venerando imágenes similares.

Natura, otro sinónimo latino de los genitales de la mujer, no tenía connotaciones vulgares ni técnicas y podía utilizarse en un registro culto. Esta palabra podría proceder de nascor , que significa «lugar donde se nace», es decir, los genitales de la mujer. Natura , a su vez, dio lugar a naturale , nombre que Celso (c. 30 EC) reserva específicamente para el conducto vaginal. Según algunos filólogos, la palabra pudendum no siempre significó ‘vergüenza’. El primero en usarla fue el filósofo romano Séneca, y en él la palabra no tiene ninguna connotación vergonzosa y alude indistintamente a los genitales de hombres y de mujeres. Son los autores de los primeros tiempos del cristianismo, como san Agustín, los que vincularon los órganos sexuales humanos, especialmente la vagina, a la vergüenza. La palabra pudenda , que podía significar «modesto», pasó a aludir algo de lo que sentirse avergonzado, reforzando determinada creencia religiosa.
La palabra pene se origina en la similitud entre el miembro masculino con una parte de la anatomía animal: antiguamente, pene significaba «rabo». Hoy en día, este término también puede ser un nombre coloquial del pene. El empleo de este vocablo podría deberse a que el pene, como el rabo de los animales, puede erguirse o colgar inerte. (Esta etimología añade una connotación inesperada a la expresión «marcharse con el rabo entre las piernas».) Al principio, la palabra pene se usaba solamente en el registro vulgar, del mismo modo que cauda , que significaba «rabo» en latín clásico. Por el motivo que sea, la palabra que ha perdurado es pene , mientras que mentula, caulis y cauda han caído en el olvido.
A veces es difícil saber por qué unos nombres perduran y otros no. En mi opinión, la visión de Realdo Colón sobre la vagina pudo haber triunfado porque colmaba una necesidad antigua: la de nombrar una zona específica de la anatomía sexual de la mujer con un término concreto. En el siglo XVI , antes de la propuesta de Colón, la terminología de los genitales femeninos parece pensada para confundir, más que para aclarar. Algunos apelativos de la vagina, como sinus pudoris , el agujero del pudor, eran imprecisos, y en otros vocablos se solapaban los significados de vagina, útero y vulva. Por ejemplo, en el latín de finales de la Antigüedad, vulva podía ser la cámara y el vestíbulo vaginales, pero en algunas situaciones, aludía a la parte externa de los genitales de la mujer. Además, la palabra vulva podía significar útero o nombrar el conjunto de útero, vagina y vestíbulo vaginal.
Una de las fuentes de confusión más evidentes es la forma en que se conceptualiza el útero a partir de Aristóteles.

La relación entre los genitales femeninos y los cuernos es muy antigua. Como hemos visto, una de las primeras estatuillas femeninas prehistóricas, la Venus de Laussel (c . 24.000 a. EC), representa a una mujer que sostiene un cuerno con trece muescas en una mano y con la otra se señala los genitales. Unos 18.000 años después, la vinculación entre los genitales femeninos, los cuernos y la fertilidad se pone de manifiesto con más fuerza todavía. La cultura neolítica de Çatal Hüyük, en el valle de Konya (Turquía), floreció en 6500 a. EC y perduró durante unos diez siglos. En este importante yacimiento prehistórico se han encontrado figuras de divinidades femeninas acompañadas de imágenes de cuernos (bucranium en los textos de arqueología) y cabezas de toro. Las diosas y sus bucrania adornaban templos, santuarios y muros de edificios particulares. Uno de los templos está decorado con unos torsos femeninos en los que una cabeza de toro y unos cuernos ocupan la posición del útero y las trompas, sugiriendo una inequívoca relación. En otras imágenes, el artista representó en forma de rosa los característicos extremos de las trompas.
En la civilización minoica (2900-1200 a. EC) encontramos los mismos iconos de la diosa y el toro astado adornando altares, santuarios, tumbas y muros. Los «cuernos de consagración» minoicos señalaban la presencia de un lugar sagrado, y el hacha doble (el labrys ) que empuñaban las diosas era un símbolo de poder. En algunas imágenes, las diosas minoicas llevan una corona con cuernos de toro. Aunque también se representan dioses masculinos, siempre que aparecen dioses y diosas en una misma imagen, la diosa es de mayor tamaño que el dios.
Esta vinculación primitiva entre cuernos, úteros y fecundidad se refleja en el lenguaje escrito y gestual, tanto antiguo como moderno.
¿De dónde viene la palabra clítoris ? A pesar de su precisión, hoy en día este término no nos dice mucho sobre la naturaleza del objeto nombrado. ¿Qué significaba originalmente? Podemos ir a diversas fuentes para averiguarlo. Según algunos etimólogos, esta palabra venía del griego kleitys , colina o ladera, lo que recuerda el caso de mons Veneris o monte de Venus, la montaña que deben escalar los amantes. Según otros autores, clítoris viene del griego kleitos , que significa «eminente, espléndido o excelente». También se ha citado el verbo griego kleiein , cerrar, o la palabra kleis, llave, lo que convertiría al clítoris en la llave o la cerradura que abre la puerta del placer. Asimismo, se ha apuntado a una relación con la palabra danesa keest , que significa «núcleo», «centro».
Lo que está claro es que la palabra aparece por primera vez como término anatómico en el siglo I EC, en los escritos de Rufo de Éfeso. Rufo añadía que la palabra clítoris , el nombre del órgano sexual, había dado lugar al verbo «clitorizar», que significaba «acariciar voluptuosamente el clítoris». Parece que el verbo alemán kitzlen , «hacer cosquillas», y un sinónimo coloquial de clítoris, der Kitzler , se derivan de esta etimología. En este sentido, la palabra clítoris se distingue del resto de la terminología sexual de Occidente, ya que tanto este término como muchos de sus sinónimos aluden al placer sexual. Por ejemplo, algunos de los nombres antiguos del clítoris son amoris dulcedo («dulzura del amor»), sedes libidinis («sede del amor»), oestrus Veneris («mosca de Venus»), Wollustorgan («órgano del éxtasis») y gaude mihi («gran placer»).

La última vez que nos referimos al sexo de la mujer, nos centrábamos en el cunnus. Pero el coño no es lo único que vemos en los genitales externos. Si separamos los labios mayores encontraremos una imagen muy distinta… Veamos: aparecen en todo su esplendor el clítoris y los labios menores, formando delicadas curvas, contornos y repliegues. Algunos labios dibujan una bonita forma de corazón, mientras que otros se ven más ovalados. Unas pequeñas circunvalaciones que recuerdan un molusco marcan el punto en el que se unen los labios menores y el clítoris, en la parte donde los labios se incorporan al glande. Los vivos colores de la vagina, rosa, castaño rojizo o bermellón, son un placer para la vista.
Además encontramos una deliciosa asimetría, ya que algunos labios son más largos o curvilíneos que otros. En algunas vulvas, el clítoris se esconde bajo el capuchón de piel, mientras que en otras es más sobresaliente y a veces recuerda una nariz. Todos son distintos. Y en el centro de la vulva destaca el vestíbulo vaginal, esté o no excitado. En mi opinión, el sexo de la mujer es una obra de arte digna de admiración, una joya magnífica.
Al parecer, en el siglo XVII se disponía de una sólida información sobre el clítoris. Los científicos habían escrito y debatido sobre su existencia durante siglos, se había reconocido su contribución al placer sexual y se conocían las dimensiones y características de su estructura tripartita. Sin embargo, estos aspectos del clítoris no pasaron al conocimiento común; por el contrario, durante los tres siglos siguientes, quedaron relegados en el olvido.
La idea de que el clítoris es un elemento protector de la vagina se recoge en diversos mitos. En muchas tradiciones folclóricas, el clítoris adquiere vida propia. En un cuento típico de las islas Trobiand, «La cacatúa blanca y el clítoris», una muja llamada Karawata sale al jardín y deja que su clítoris (kasesa ) vigile el horno donde esta cociendo el pan. Mientras está fuera, aparece una cacatúa blanca que derriba al clítoris y se come el pan del horno. Al día siguiente, Karawata, hambrienta, vuelve a dejar el clítoris vigilando el horno mientras sale en busca de unos cerdos y unos ñames. Otra vez aparece la cacatúa, que derriba al clítoris para comerse el contenido del horno. Al tercer día vuelve a suceder lo mismo, y Karawata y su clítoris mueren de hambre. Se podría interpretar esta leyenda diciendo que el horno es un símbolo del útero, y su contenido, un niño.
Lo que importa respecto al clítoris es valorar su verdadera estructura, comprender que funciona en combinación con el resto de los genitales de la mujer, externos e internos, y ser conscientes de que los genitales masculinos y los femeninos presentan más semejanzas que diferencias, y que lo mismo puede decirse de su influencia crucial en el placer y la reproducción sexual.

El mundo occidental, por su parte, también ha conocido una profunda y prolongada fascinación por la emisión de fluidos vaginales. En los tratados clásicos de medicina, desde los textos de Aristóteles (siglo IV a. EC) en adelante, se cita la emisión femenina de copiosas cantidades de simiente. En la época de Aristóteles, se podía observar que tanto las mujeres como los hombres producen fluidos genitales con la excitación erótica; el problema era cómo interpretar ese dato. Una de las posibles explicaciones era que la emisión de fluidos, en forma de semen, sudor, leche o sangre, servía para mantener el equilibrio del cuerpo. Por lo tanto, el coito, con todas las secreciones que implicaba, era una buena manera de alcanzar la armonía y el equilibrio.
¿Cómo describiría usted el olor de los genitales femeninos? ¿Es como la fragancia de la azucena o del loto o como el olor dulzón y aromático de la miel? ¿O es como «los almizcles y ámbares» que el poeta Robert Herrick atribuye a su amante? Una de las descripciones más bellas del olor secreto de una mujer se debe a Pierre Louÿs, quien dice estar «flotando entre fragancias de azucena» mientras apoya la cabeza en el abdomen de una joven. Este verso evoca un aroma sorprendentemente sensual y poderoso. Pierre Louÿs no es el único que identifica la vagina con una azucena. Las azucena, los lirios y los lotos (la flor del loto es un tipo de nenúfar o lirio de agua) son un símbolo de la vagina o el yoni muy habitual en las culturas orientales.
Las vinculaciones entre el loto y los genitales femeninos no acaban aquí. En la mitología griega, el loto se representa como una fruta que produce una ensoñación lánguida e inconsciente en quien la consume. Los comedores de loto se pasan el día acostados, consumiendo la fruta legendaria. No se dice qué es exactamente esta fruta, aunque es uno de los símbolos de la vagina, lo cual añade un significado nuevo al término «comedor de loto». Al parecer, otro de los pasatiempos del Antiguo Egipto consistía en olfatear esta flor.

El lenguaje nos dice que la palabra orgasmo se deriva del griego orgasmos , que a su vez viene de orgon , que significa «madurar», «hincharse» o «sentir lujuria», conceptos cargados de connotaciones sexuales y genitales. La palabra sánscrita urira significa «vitalidad» o «fuerza» y puede referirse a la energía sexual. Sin embargo, ninguno de estos términos logra definir absolutamente la compleja psicología de la experiencia orgásmica.
Los demás nombres del orgasmo en inglés —climax, come, spend oneself y the Big O — tampoco logran describir del todo la realidad. En latín, el vocabulario erótico del orgasmo se basaba en metáforas relacionadas con la consecución de un objetivo, la llegada a un punto (peruenies ) o la finalización de una tarea (patratio ). El francés resalta la fase de alteración de la conciencia en la expresión petite morte y expresa los placeres del orgasmo con el verbo jouir , que literalmente significa «gozar». Los franceses utilizan también la sorprendente expresión vider ses burettes para describir el orgasmo femenino. Esta frase significa literalmente «vaciar las burettes» , donde burette es el cáliz de la misa, pero también, en francés antiguo, cualquier recipiente de boca ancha. Es posible que esta expresión aluda al fenómeno de la eyaculación femenina. Los alemanes añaden un toque efervescente al describir el orgasmo como höchste Wallung, es decir, «máximo burbujeo», retratando de una forma especialmente graciosa este placentero fenómeno.
Historias indias, como en el poema épico Ramayana , transmiten un mensaje similar: las mujeres disfrutan más del sexo que los hombres, son más sensuales y son eróticamente insaciables. Un proverbio indio dice que la capacidad de comer de la mujer duplica la del hombre; su astucia y su vergüenza son cuatro veces mayores; su capacidad de decisión y su atrevimiento, seis veces mayores, y su impetuosidad y placer en el amor, ocho veces mayores. Si nos remontamos al siglo III a. EC, en el Antiguo Testamento se habla de la voluptuosidad de la vagina, anunciando sus peligros con el siguiente versículo: «Tres cosas hay que nunca se hartan… el sepulcro, la matriz y la tierra sin agua».

Según Mead, para que una mujer pueda disfrutar eróticamente:
1. Debe vivir en una cultura donde se valore el deseo femenino.
2. Su cultura tiene que enseñarle los mecanismos de su anatomía sexual.
3. Su cultura debe enseñarle las habilidades sexuales necesarias para facilitar la consecución del orgasmo.
Por suerte para las mujeres (y los hombres), estos tres principios básicos de la educación sexual están empezando a difundirse en las sociedades occidentales, si bien algo lentamente. Cada vez es más fácil disponer de información no sesgada sobre los genitales femeninos y su papel en el placer sexual y la reproducción, y la vulva y la vagina empiezan a valorarse desde un punto de vista científico y cultural, tal como sucede en la mitología. A diferencia de lo que le ocurría a santa Teresa en el siglo XVI , las mujeres pueden disfrutar, y disfrutan, de sus genitales y del placer que estos les proporcionan, como se puede ver en la siguiente descripción de un orgasmo femenino realizada en el siglo XX : «Sin intervención por mi parte, mi cuerpo empezó a moverse desde el interior, por decirlo así, y todo estaba bien. Noté un movimiento rítmico y una sensación de éxtasis como si formara parte de algo mucho mayor que yo misma, y todo culminó en una genuina satisfacción y sensación de paz». Orgullo, placer y el milagro de la creación: esta es la auténtica historia de la vulva.

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Generally I found the book to be quite enjoyable, well written and I learned a few things that I didn’t know. I enjoyed the historical aspects and the myths, and the phenomena of baring one’s nethers to ward off evil. I found a few more blatant quotes that further charmed me. I enjoyed the book, but…
My interest is really limited to human beings. I have lost any sense of wonder of drawing lessons about human sexuality from the members of the animal kingdom. I have read about prairie voles and bonobos to the point of my eyes glaze over at their mere mention. So I was somewhat disappointed with the amount of cunning stunts (the author’s words) that she related from the natural world to overturn “the idea of the vagina as a passive vessel – acting simply as a channel for the passage of sperm in one direction and offspring in the other.” There seemed to be an endless menagerie of birds, insects, primates, snakes, spiders all with some “steely” vagina that could detect lousy sperm and somehow divert, digest, or eject it. The author seemed to take some sort of feminine pride in these feats.
It is a good book and I enjoyed it, but I found the amount of gyne-zoology to be tedious and a bit weird in its abundance.

In Hellenic and Gaelic mythology there are stories of this type: groups of women raising their skirts to defeat the Irish god Cúchulain or the Greek hero Bellerophon. History, both ancient and modern, records situations in which women resorted to this same gesture as a protest or as a military tactic. In the year 551 a. CE, a collective exhibition of the vulva marked the outcome of the war between the Median army and the Persian army. In 19th-century China, groups of old women climbed onto the walls of a besieged city and displayed their genitals to scare off enemies.
In these cases, the action of lifting the skirt is used to confuse the attacker and force her to reconsider. The women show their vulva to shout in unison: «Enough already, reflect: what you are doing is very wrong.» Just over sixty years ago, in 1958, 7,000 women in western Cameroon brought out the power of female genitalia when they lifted their skirts to protest a government decree that prevented them from cultivating their land. They won.
Now, the gesture of teaching the female sex is much more than an attempt to defeat the attackers or to protect families and communities: it is also attributed fertility. Human fertility, land fertility, livestock fertility, and crop fertility. In ancient times, the gesture of showing sex was present in various ritual celebrations: in Egypt it served to give power to the sacred bull Apis or to infuse fertility in the festivals of Bubastis, and in the Greek Themoforias or the Roman Floralias it was also used as invocation of fertility.
Today it is known that the vagina is far from being a simple tube through which the sperm travel in one direction and the offspring in the other. In reality, the female genitalia are an extraordinarily precise and efficient machinery that classifies sperm and acts like a bodyguard or a disco gorilla, directing, storing, feeding or destroying sperm and, ultimately, controlling which of them will have the possibility of be chosen by the ovum.

According to a Catalan saying, «The sea is posa bona si veu el cony d’una dona» («The sea calms down when it sees a woman’s pussy»). This faith of the Catalans in the power of the vagina is reflected in a good omen custom: the fishermen’s wives show their genitals to the sea before their husbands set sail. Logically, this belief has a counterpart: the woman who urinates in the sea can cause a storm. But there are other traditions where the sight of the female genitalia has the power to appease the forces of nature. For example, in the Madras region of southern India, it was believed that a woman could stop a storm by teaching sex. And in Pliny’s Natural History, written in the first century AD, hailstorms, whirlwinds, and lightning are said to quieten down at the sight of a naked woman.
This curious ability to appease the elements is not the only one that folklore and history attribute to the display of the female sex.
Apparently, belief in the power of the vulva to defeat the devil or enemies was very widespread in time and space, since the accounts of women exhibited for this purpose are not limited to a single historical moment or to a single culture. On the contrary, they existed millennia ago and continue to exist today and have been found on all continents.
Outside the Western world, in the Marquesas Islands, anthropologists have discovered a similar reverence for female genitalia, albeit with a slight variation. Polynesian culture attributes supernatural power to a woman’s genitalia, and according to the inhabitants of the Marquesas Islands, the vulva is so powerful that it can terrorize the gods and drive demons out of the body. That is why, in this part of the world, to carry out an exorcism, a naked woman sits on the chest of the possessed person. But faith in the mysterious powers of a woman’s sexual anatomy is not limited to this: furthermore, the Marquesas people believe that a woman can cast an evil eye on someone if she names him after her genitals.
Herodotus was an eyewitness to the annual Bubastis festivals, the most popular of Egyptian celebrations, the Glastonbury or the Kumbh Mela of those times. In this festival honors were paid to the cat goddess Bast or Bastet, one of the most popular of the Egyptian pantheon. The main cult center of Bastet, goddess of pleasure, dance, music and joy, was the temple of the city of Bubastis («the house of Bast», now Zagazig), on the bank of the Nile.

Interestingly, today cats still have an inextricable relationship with female genitalia and other aspects of femininity. In Great Britain, the word pusse («pussycat») began to be used as a synonym for vulva in 1662; today it has become pussy. In France and Italy respectively, the words chatte and gatta, which mean «cat,» also serve to designate the sex of the woman. In many cultures, cats are associated with sex, female sexuality, and sometimes prostitution. Women are felines; men never are. In many places cats are respected because they are attributed magical powers; for example, they are regular companions of witches. In other places, such as Japan, these animals are believed to bring good luck. In Japanese brothels, the cat signals the nature of the establishment: a place where the female sex can be seen, and not just seen. Many centuries after the Egyptian festivals in which women were displayed in honor of Bast, the feline goddess of pleasure, we continue to link cats and the vulva.
The influence of the Amaterasu myth on the collective consciousness of the country is also visible in contemporary Japanese cinema. In the 1990s, the movie Weather Girl – the story of Keiko, a weather girl who launched her television career by showing herself naked on a national show – was a huge success, both in terms of awards received and viewership.
In Ancient Greece, the ana-suromai ceremony was part of various religious celebrations related to Demeter, her daughter Core, and Baubo, such as the Eleusinian mysteries, the Themoforia festivals, and the spring festivals known as Floralia, which were out in April. The Tesmoforias festivals, in which only women participated, lasted three days and were celebrated in October, coinciding with the sowing; the Eleusinian mysteries, which also took place in the autumn, lasted eight days and brought together thousands of participants, men and women. According to the chronicles, all these festivals commemorated fertility and the resumption of life, and the exhibition of the genitals recreated the meeting between Demeter and Baubo.
One of the most interesting collections of exhibitionist figures comes from medieval Europe. Some of these female stone figures are standing, proudly showing their genitals. Others are represented squatting, with their legs apart. Some spread their thighs with their hands or hold their legs with their arms. Many of them put their arms behind their thighs and reach forward to insert their fingers into the vagina or spread their labia to provide a better view. Some point to the vulva, which is usually represented larger than normal and with the edges of the lips very prominent, and others touch the sex. Some have pubic hair. One of these figures is about 12 inches long, but the incision in the vulva measures at least one-fifth of the total length. Another figure has large breasts and huge genitalia, which take up a lot of space between her two legs. This vulva – the largest of all – has a clearly marked clitoris and oval orifice of the vagina.
We don’t know if the idea that female genitalia are archaic symbols of fertility will stand the test of time. This theory, like all, is subjective and is supported by both the data and the cultural fashions of the time. However, unlike the hypothesis that attributes a pornographic character to the images of the vagina, this other idea is based on a more accurate understanding of the role of men and women in ancient times. There is another fact in favor of this argument: vulvas do not appear only in prehistoric art, since some modern societies continue to venerate similar images.

Natura, another Latin synonym for female genitalia, had no vulgar or technical connotations and could be used in a cult record. This word could come from nascor, which means «place where one is born», that is, the woman’s genitalia. Natura, in turn, gave rise to naturale, a name that Celsus (c. 30 CE) reserves specifically for the vaginal canal. According to some philologists, the word pudendum did not always mean «shame.» The first to use it was the Roman philosopher Seneca, and in him the word has no shameful connotation and alludes interchangeably to the genitals of men and women. It is the authors of the early days of Christianity, such as Saint Augustine, who linked human sexual organs, especially the vagina, to shame. The word pudenda, which could mean «modest,» came to allude to something to be ashamed of, reinforcing a certain religious belief.
The word penis originates from the similarity between the male member and a part of the animal anatomy: formerly, penis meant «tail.» Today, this term can also be a colloquial name for the penis. The use of this word could be due to the fact that the penis, like the tail of animals, can stand up or hang inert. (This etymology adds an unexpected connotation to the expression «to leave with the tail between the legs.») At first, the word penis was used only in the vulgar register, in the same way as cauda, which meant «tail» in Classical Latin. For whatever reason, the word that has endured is penis, while mentula, caulis, and cauda have fallen into oblivion.
Sometimes it is difficult to know why some names last and others do not. In my opinion, Realdo Colón’s vision of the vagina could have succeeded because it fulfilled an ancient need: that of naming a specific area of a woman’s sexual anatomy with a specific term. In the 16th century, before Columbus’s proposal, the terminology of female genitalia seems intended to confuse rather than clarify. Some names for the vagina, such as sinus modesty, the hole of modesty, were imprecise, and in other words the meanings of vagina, uterus and vulva overlapped. For example, in late-ancient Latin, the vulva could be the vaginal chamber and vestibule, but in some situations, it alluded to the outer part of the female genitalia. In addition, the word vulva could mean uterus or name the set of uterus, vagina and vaginal vestibule.
One of the most obvious sources of confusion is the way in which the uterus is conceptualized from Aristotle.

The relationship between the female genitalia and the horns is very old. As we have seen, one of the earliest prehistoric female figurines, Laussel’s Venus (c. 24,000 BC), represents a woman holding a thirteen-notched horn in one hand and pointing to her genitals with the other. Some 18,000 years later, the link between female genitalia, horns, and fertility is revealed even more strongly. The Neolithic culture of Çatal Hüyük, in the Konya Valley (Turkey), flourished in 6500 BC. CE and lasted for about ten centuries. Figures of female deities accompanied by images of horns (bucranium in archeology texts) and bull heads have been found in this important prehistoric site. The goddesses and their bukraine adorned temples, shrines and walls of private buildings. One of the temples is decorated with female torsos in which a bull’s head and horns occupy the position of the uterus and the tubes, suggesting an unmistakable relationship. In other images, the artist depicted the characteristic ends of the tubes as a rose.
In the Minoan civilization (2900-1200 BC) we find the same icons of the goddess and the horned bull adorning altars, shrines, tombs and walls. The Minoan «consecration horns» signaled the presence of a sacred place, and the double ax (the labrys) wielded by the goddesses was a symbol of power. In some images, Minoan goddesses wear a crown with bull horns. Although male gods are also represented, whenever gods and goddesses appear in the same image, the goddess is larger than the god.
This primitive link between horns, wombs and fertility is reflected in written and gestural language, both ancient and modern.
Where does the word clitoris come from? Despite its precision, today this term does not tell us much about the nature of the named object. What originally it meant? We can go to various sources to find out. According to some etymologists, this word came from the Greek kleitys, hill or hillside, which is reminiscent of the case of Mons Veneris or Mount of Venus, the mountain that lovers must climb.
Where does the word clitoris come from? Despite its precision, today this term does not tell us much about the nature of the named object. What originally it meant? We can go to various sources to find out. According to some etymologists, this word came from the Greek kleitys, hill or hillside, which is reminiscent of the case of Mons Veneris or Mount of Venus, the mountain that lovers must climb. According to other authors, clitoris comes from the Greek kleitos, which means «eminent, splendid or excellent.» The Greek verb kleiein, to close, or the word kleis, key, has also been cited, which would make the clitoris the key or lock that opens the door of pleasure. Also, a relationship with the Danish word keest has been pointed out, which means «core», «center».
What is clear is that the word first appears as an anatomical term in the first century CE, in the writings of Rufus of Ephesus. Rufo added that the word clitoris, the name of the sexual organ, had given rise to the verb «clitorize,» which meant «voluptuously caressing the clitoris.» It appears that the German verb kitzlen, «to tickle,» and a colloquial synonym for clitoris, der Kitzler, are derived from this etymology. In this sense, the word clitoris is distinguished from the rest of the sexual terminology of the West, since both this term and many of its synonyms refer to sexual pleasure. For example, some of the old names for the clitoris are amoris dulcedo («sweetness of love»), sedes libidinis («seat of love»), oestrus Veneris («fly of Venus»), Wollustorgan («organ of ecstasy»), and gaude mihi («great pleasure»).

The last time we talked about the sex of the woman, we focused on the cunnus. But the pussy is not the only thing we see on the external genitalia. If we separate the labia majora, we will find a very different image … Let’s see: the clitoris and the labia minora appear in all their splendor, forming delicate curves, contours and folds. Some lips draw a nice heart shape, while others look more oval. Small circuits reminiscent of a mollusk mark the point where the labia minora and the clitoris meet, where the lips join the glans. The vivid colors of the vagina, pink, reddish brown or vermilion, are a pleasure to behold.
We also find a delicious asymmetry, since some lips are longer or curvier than others. In some vulvas, the clitoris is hidden under the skin cap, while in others it is more protruding and sometimes reminiscent of a nose. They are all different. And in the center of the vulva the vaginal vestibule stands out, whether or not it is aroused. In my opinion, the sex of the woman is a work of art worthy of admiration, a magnificent jewel.
Apparently, in the seventeenth century there was solid information about the clitoris. Scientists had written and debated its existence for centuries, its contribution to sexual pleasure had been recognized, and the dimensions and characteristics of its tripartite structure were known. However, these aspects of the clitoris did not pass into common knowledge; on the contrary, for the next three centuries, they were relegated to oblivion.
The idea that the clitoris is a protective element of the vagina is reflected in various myths. In many folk traditions, the clitoris takes on a life of its own. In a typical tale from the Trobiand Islands, «The White Cockatoo and the Clitoris,» a woman named Karawata goes out into the garden and lets her clitoris (kasesa) watch over the oven where the bread is baking. While he’s out, a white cockatoo appears, knocks down the clitoris and eats the bread from the oven. The next day, Karawata, hungry, leaves her clitoris again watching the oven as she goes out in search of pigs and yams. Again the cockatoo appears, which knocks down the clitoris to eat the contents of the oven. On the third day the same thing happens again, and Karawata and her clitoris starve to death. This legend could be interpreted as saying that the oven is a symbol of the uterus, and its contents, a child.
What matters with respect to the clitoris is to assess its true structure, understand that it works in combination with the rest of the female genitalia, external and internal, and be aware that male and female genitalia have more similarities than differences, and that The same can be said for its crucial influence on sexual pleasure and reproduction.

The western world, for its part, has also known a deep and long-standing fascination with vaginal fluids. In classical medical treatises, from the texts of Aristotle (4th century BC) onwards, the female emission of copious amounts of seed is cited. In Aristotle’s time, it could be observed that both women and men produce genital fluids with erotic arousal; the problem was how to interpret that data. One of the possible explanations was that the emission of fluids, in the form of semen, sweat, milk or blood, served to maintain the balance of the body. Therefore, intercourse, with all the secretions that it involved, was a good way to achieve harmony and balance.
How would you describe the smell of the female genitalia? Is it like the fragrance of the lily or the lotus or like the sweet, aromatic smell of honey? Or is it like «the musks and amber» that the poet Robert Herrick attributes to his lover? One of the most beautiful descriptions of a woman’s secret scent is due to Pierre Louÿs, who claims to be «floating among the fragrances of lily» while resting his head on the abdomen of a young woman. This verse evokes a surprisingly sensual and powerful scent. Pierre Louÿs is not the only one who identifies the vagina with a lily. The lilies, the lilies and the lotuses (the lotus flower is a type of water lily or water lily) are a symbol of the vagina or the yoni very common in Eastern cultures.
The links between the lotus and the female genitalia do not end here. In Greek mythology, the lotus is represented as a fruit that produces a languid and unconscious reverie in those who consume it. Lotus eaters spend their days lying down, consuming the legendary fruit. What exactly this fruit is is not stated, although it is one of the symbols of the vagina, which adds a new meaning to the term «lotus eater.» Apparently, another of the pastimes of Ancient Egypt consisted of sniffing this flower.

The language tells us that the word orgasm is derived from the Greek orgasmos, which in turn comes from orgon, which means «to mature,» «to swell,» or «to feel lust,» concepts loaded with sexual and genital connotations. The Sanskrit word urira means «vitality» or «strength» and can refer to sexual energy. However, none of these terms fully defines the complex psychology of the orgasmic experience.
The other names for orgasm in English — climax, eat, spend oneself, and the Big O — don’t quite describe reality either. In Latin, the erotic vocabulary of orgasm was based on metaphors related to the achievement of a goal, the arrival at a point (peruenies) or the completion of a task (patratio). French emphasizes the phase of alteration of consciousness in the expression petite morte and expresses the pleasures of orgasm with the verb jouir, which literally means «to enjoy.» The French also use the surprising expression vider ses burettes to describe the female orgasm. This phrase literally means «to empty the burettes», where burette is the chalice of the mass, but also, in Old French, any container with a wide mouth. It is possible that this expression refers to the phenomenon of female ejaculation. The Germans add an effervescent touch by describing orgasm as höchste Wallung, that is to say, «maximum bubbling», portraying this pleasant phenomenon in a particularly funny way.
Indian stories, as in the epic poem Ramayana, convey a similar message: women enjoy sex more than men, are more sensual, and are erotically insatiable. An Indian proverb says that a woman’s ability to eat is twice that of a man; her cunning and shame are four times greater; her decision-making capacity and her daring, six times greater, and her impetuosity and pleasure in love, eight times greater. If we go back to the 3rd century BC. EC, in the Old Testament the voluptuousness of the vagina is spoken of, announcing its dangers with the following verse: «There are three things that are never satisfied … the grave, the womb and the land without water.»

According to Mead, for a woman to enjoy erotically:
1. You must live in a culture where female desire is valued.
2. Your culture has to teach you the mechanisms of your sexual anatomy.
3. Your culture should teach you the sexual skills necessary to facilitate orgasm.
Fortunately for women (and men), these three basic principles of sex education are beginning to spread in Western societies, albeit somewhat slowly. Non-biased information about female genitalia and their role in sexual pleasure and reproduction is becoming increasingly available, and the vulva and vagina are beginning to be valued scientifically and culturally, as is the case in mythology. Unlike what happened to Saint Teresa in the 16th century, women can and do enjoy their genitals and the pleasure they provide them, as can be seen in the following description of a female orgasm made in the 19th century. XX: «Without intervention on my part, my body began to move from the inside, so to speak, and everything was fine. I felt a rhythmic movement and a sense of ecstasy as if I was part of something much greater than myself, and it all culminated in a genuine satisfaction and sense of peace. Pride, pleasure and the miracle of creation: this is the true story of the vulva.

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