Cómo Salvar Una Mala Racha: Ideas Filosóficas Para Tranquilizarnos Y Desdramatizar — Marie Robert / When You Kant Figure It Out, Ask a Philosopher: Timeless Wisdom for Modern Dilemmas (Kant Tu Ne Sais Plus Quoi Faire) by Marie Robert

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Ni una introducción a los pensamientos de cada filósofo, ni una guía para utilizar cada filosofía en el día a día. Este libro es lo que dice que es. Cada capítulo describe una situación única pero repetitiva que ocurre en la vida diaria, y cómo un filósofo podría ayudarnos en esa misma situación.
Si quiere leer el libro como una guía de la vida diaria, o si quiere leerlo como una introducción a la filosofía, consiga otro; pero si quieres encontrar ejemplos de cómo la filosofía podría usarse en la vida diaria y ayudarnos a sentirnos mejor, esta es una buena idea.
Una lectura fácil sin frases complicadas y arduas y palabras sofisticadas, y una buena elección si prefieres aprender algo sobre la vida y la filosofía, quieres leer algo solo por unos minutos (en cada sesión), y no te gusta la ficción.
Esta es una fusión tan brillante de dilemas modernos y grandes de la filosofía. Si eres nuevo en filosofía, esta es una forma realmente inteligente de sumergirte.
Es un poco autoayuda, un poco divertido, profundo y significativo, pero lo recomiendo mucho. ¡Especialmente si compras en IKEA!

La moraleja, según el filósofo, es la siguiente: si tienes deseos que se suceden cada semana, ya se trate de un viaje, un café, un encuentro, una actividad o un nuevo objeto, no es la enésima pataleta caprichosa, sino simplemente el conatus spinozista que se expresa. Como estamos vivos, es normal que nuestro deseo se manifieste, que participe en el esfuerzo que nos mantiene despiertos, y que hace de nosotros representantes honorables de la naturaleza divina. Casi sin querer, intentando solo examinar nuestras pulsiones, Spinoza marca un punto y hace bajar de nuevo la presión algunos grados, evitando que nos flagelemos e indicándonos que todo esto finalmente es una noticia excelente.
Sabio no es aquel que es razonable, sino aquel que accede a un saber real sobre sí mismo y sobre las cosas que le rodean, que llega a comprender lo que nos eleva, tanto como lo que nos lastra. Tener deseos es normal, e incluso beneficioso, pero lo que resulta esencial es aprender a reconocerlos, para sentirse menos contrariado y por tanto agitado, en cuanto estos se manifiesten. Ser virtuoso no es poner un bozal a tu conatus , sino convertirlo en un familiar.

La respuesta acerca de lo que debe influir en todas nuestras acciones habría podido explicarse en pocas líneas, ya que, en su pensamiento, nuestro horizonte último se resume en una palabra preciosa, y que se llama sencillamente el bien . Pero atención, en Aristóteles, el bien no es una noción imposible de alcanzar. Por el contrario, aquí el bien no es otra cosa que la felicidad, de la cual es sinónimo. En suma, la ambición de la moral sería lisa y llanamente que nos sintamos en armonía con nosotros mismos. Ser virtuoso no es privarse de una salida entre amigos, es más bien darse la posibilidad de ser feliz. Ya que si, en el lenguaje corriente, la virtud evoca una actitud un poco reprimida, aquí se trata simplemente de aprender a estar bien.
Pero atención, porque la felicidad privilegiada por Aristóteles no es un placer del cuerpo, ni un placer social, sino más bien una felicidad meditativa, la del sabio que sigue el justo medio con valor, templanza y serenidad. Describe una felicidad verdadera que no depende de los azares del mundo exterior. Es una felicidad que se aloja en nuestro interior.
Lo que hay que comprender es que la virtud es una manera de vida continuada. La culpabilidad no nos hace mejores, pero la experiencia que sacamos de lo que vivimos y de nuestros sinsabores, sí. No son una serie de resoluciones o una serie de imposiciones las que harán de nosotros un modelo de vida buena. Esa experiencia no se adquiere definitivamente jamás, no es un punto fijo, sino un paso que, con perseverancia, forja nuestro destino. Lo que cuenta no es ser perfecto, sino no reproducir unos errores idénticos, y evolucionar siempre.
En Aristóteles, la virtud se encuentra entre conocimiento y acción.

La pérdida de valores, tal y como los habíamos conocido, conduce al nihilismo. Este término se ha caricaturizado y mostrado como sinónimo de destrucción demasiado a menudo, cuando en realidad en el pensador alemán el nihilismo es sutil y lleno de matices. Adopta dos formas. En primer lugar, el nihilismo pasivo. El de «¿para qué sirve?». Desposeído de aquello que lo estructuraba, el hombre ya no tiene fuerzas para creer en nada, y no quiere erigir ningún principio, ni establecer valores. Ese nihilismo hay que entenderlo y combatirlo. Es eso lo que nos empuja hacia una inactividad total, un reblandecimiento de nuestra persona. Pero en Así habló Zaratustra , Nietzsche presenta también el nihilismo activo.
Nietzsche desvela el hecho de que cada individuo posee en sí mismo una energía que actúa como un motor, que nos empuja cada vez más lejos.

La felicidad se define más bien por aquello que no viene a alterarla. La felicidad es no tener ningún sufrimiento en el cuerpo, es decir, encontrarse en un estado que se llama aponía , ni problemas en el alma, que se designan con el término ataraxia . La tranquilidad del cuerpo y del alma, la aponía y la ataraxia, son los dos pasos obligados para encontrarse bien. Analizando la cuestión, efectivamente, es difícil decir que nos encontramos en el punto máximo de nuestra felicidad cuando nos agobia la indigestión, o nos sacude una crisis de pánico al pensar en una posible conspiración marciana. Aponía y ataraxia se convierten en la pareja simpática con la que tenemos ganas de irnos de vacaciones. El problema es que, como todas las personas simpáticas y agradables, no siempre es fácil encontrarlas.
Pero con fines tácticos, con el fin de garantizar el éxito de ese perfecto «programa felicidad», Epicuro empieza por establecer la lista de lo que supone un obstáculo a esa paz tan buscada. Y en cabeza de los que estropean el viaje, el fin de semana y la vida en general, identifica inmediatamente el miedo: miedo a la fatalidad, miedo a la muerte, miedo al sufrimiento emocional, miedo a no ser feliz.

Los hombres no viven en el presente. Siempre conseguimos recordar el pasado o bien montar un plan de conquista para el futuro, pero desertamos del instante actual con una facilidad desconcertante, como si vivir el presente estuviera destinado únicamente a aquellos que no tienen nada que hacer. Por tanto, pasamos los días llegando tarde, o llegando pronto. Nunca estamos en el tono adecuado, incapaces de considerar la duración tal y como es, y llorando cuando una arruga o la necesidad de llevar gafas vienen a recordarnos que tendríamos que saborearla. Con el fin de rectificar esa tendencia, hay que comprender antes que nada lo que nos aflige en ese momento. ¿Por qué deseamos tanto huir del momento presente? El filósofo francés desmonta nuestros mecanismos internos, esperando encontrar el grano de arena que acaba de infiltrarse en nuestros engranajes.
En primer lugar, Pascal va a buscar en el deseo. De hecho, queremos vivir cosas increíbles, y depositamos una esperanza tan viva en la mayor parte de nuestros proyectos que cuando se realizan, nos parecen a menudo muy decepcionantes, con relación a la intensidad de nuestro deseo.
En suma, estamos contrariados perpetuamente. El tiempo presente, ya sea decepcionante o hermoso, se convierte en fuente de toda nuestra angustia. El problema es que tal actitud nos conduce a no tener ningún punto de anclaje en la realidad. No sabemos ya quiénes somos, lo que vivimos y qué edad tenemos. Sin puntos de referencia ni conciencia de las etapas que componen nuestra existencia, un par de gafas se convierte en un recordatorio, un marcador más bien desagradable y bastante angustioso de esa realidad inmediata de la que querríamos huir. ¿Qué hacer, entonces? ¿Aceptar ahogarse en la hiperactividad o bien preparar sus funerales? Felizmente, Pascal tiene otra opción.
Lo que tiene el tiempo de apreciable es que pasa, pero sigue siendo el mismo. Nunca vamos demasiado retrasados para cambiar nuestra actitud hacia él, y eso es exactamente lo que nos propone Pascal.

Mill se muestra como un ferviente defensor de la verdad, no olvida tampoco que, con raras excepciones, la mentira también puede tener su utilidad, de alguna manera, y enumera un cierto número de situaciones en las que es así. La más importante es cuando la mentira permite preservar a alguien, ponerlo a salvo, evitarle un disgusto. Mill explica los casos extremos en los cuales la mentira puede resultar admisible. Por ejemplo, una situación en la que debamos ocultar la verdad para no revelar el paradero de un amigo a quien busca un malhechor, o cuando se miente a una persona gravemente enferma. Ciertamente, desde ese punto de vista, revelar nuestra decepción frente a un regalo que no nos ha gustado está lejos de ser una situación de urgencia, pero aun así, la experiencia está en primer plano y nos ayuda a determinar nuestros actos. ¿Qué es lo más útil para vivir bien y juntos, en este momento? Estar en situación de expresar lo que pensamos, sobre todo si nos han herido, es esencial, a condición de que eso no provoque al otro un dolor todavía mayor. Si eso coloca a la persona frente a un sufrimiento desmesurado, entonces es mejor callar.
La verdad sigue siendo más útil la mayor parte del tiempo, pero la mentira puede justificarse a veces. Esta preocupación por la diplomacia es una manera de cuidar al otro. La excepción, sin embargo, debe encuadrarse en dos condiciones. Por una parte, debe estar reconocida de un modo indiscutible. Por otra parte, hay que marcar los límites, definirlos con precisión, para evitar que se extienda a otras cosas, dañando nuestros preciosos vínculos sociales.

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Neither an introduction to each philosopher`s thoughts, nor a guide to use each philosophy in the daily routine. This book is what it says it is. Each chapter describes a single but repetitious ocurring situation in daily life, and how a philosopher could help us in that very situation.
If you want to read the book as a daily life guide, or if you want to read it as an introduction to philosophy, get another one; but if you want to find examples of how philosophy could be used in daily life and help us feel better, this ia good one.
An easy read with no arduous complicated phrases and sophisticated words, and a good choice if preferring to learn something about life and philosophy you want to read something only for a few minutes (in each session), and you`re not into fiction.
This is such a brilliant fusion of modern day dilemma and philosophy greats. If you’re new to philosphy, this is a really clever way to dive in.
It’s a bit self helpy, a bit funny and profound and meaningful but I highly recommend. Especially if you shop at IKEA!.

The moral, according to the philosopher, is this: if you have wishes that happen every week, whether it be a trip, a coffee, a meeting, an activity or a new object, it is not the umpteenth capricious tantrum, but simply the conatus spinozista that is expressed. As we are alive, it is normal for our desire to manifest itself, to participate in the effort that keeps us awake, and that makes us honorable representatives of the divine nature. Almost accidentally, trying only to examine our drives, Spinoza marks a point and lowers the pressure again a few degrees, preventing us from freaking out and indicating that all this is finally excellent news.
Wise is not he who is reasonable, but he who accesses a real knowledge about himself and about the things that surround him, who comes to understand what elevates us, as well as what weighs us down. Having wishes is normal, and even beneficial, but what is essential is to learn to recognize them, to feel less upset and therefore agitated, as soon as they manifest themselves. Being virtuous is not putting a muzzle on your conatus, but making it a familiar.

The answer about what should influence all our actions could have been explained in a few lines, since, in his thinking, our ultimate horizon is summed up in a precious word, which is simply called good. But beware, in Aristotle, good is not an impossible notion to achieve. On the contrary, here good is nothing other than happiness, of which it is synonymous. In short, the ambition of morality would be simply that we feel in harmony with ourselves. Being virtuous is not depriving yourself of an outing with friends, it is rather giving yourself the possibility of being happy. Since if, in ordinary language, virtue evokes a somewhat repressed attitude, here it is simply a matter of learning to be well.
But be careful, because the happiness privileged by Aristotle is not a pleasure of the body, nor a social pleasure, but rather a meditative happiness, that of the wise man who follows the right means with courage, temperance and serenity. It describes a true happiness that does not depend on the hazards of the outside world. It is a happiness that lodges within us.
What you have to understand is that virtue is a way of continuous life. Guilt does not make us better, but the experience we get from what we live and our troubles does. It is not a series of resolutions or a series of impositions that will make us a model of good life. This experience is definitely never acquired, it is not a fixed point, but a step that, with perseverance, shapes our destiny. What counts is not being perfect, but not reproducing identical errors, and always evolving.
In Aristotle, virtue is between knowledge and action.

The loss of values, as we had known them, leads to nihilism. This term has been caricatured and shown as synonymous with destruction too often, when in reality in the German thinker nihilism is subtle and full of nuances. It takes two forms. First of all, passive nihilism. That of «what is it for?» Dispossessed of that which structured him, man no longer has the strength to believe in anything, and he does not want to erect any principles or establish values. This nihilism must be understood and fought. This is what pushes us towards total inactivity, a softening of our person. But in Thus Spoke Zarathustra, Nietzsche also presents active nihilism.
Nietzsche reveals the fact that each individual has in himself an energy that acts as a motor, which pushes us further and further.

Happiness is defined rather by that which does not alter it. Happiness is not having any suffering in the body, that is, being in a state called aponia, nor problems in the soul, which are designated by the term ataraxia. The tranquility of the body and the soul, the aponia and the ataraxia, are the two steps required to be well. Analyzing the question, indeed, it is difficult to say that we are at the peak of our happiness when we are overwhelmed by indigestion, or when we are struck by a panic attack when thinking about a possible Martian conspiracy. Aponía and ataraxia become the nice couple with whom we want to go on vacation. The problem is, like all nice and personable people, they are not always easy to find.
But for tactical purposes, in order to guarantee the success of that perfect «happiness program», Epicurus begins by establishing the list of what is an obstacle to that much sought peace. And in the head of those who spoil the trip, the weekend and life in general, he immediately identifies fear: fear of doom, fear of death, fear of emotional suffering, fear of not being happy.

Men do not live in the present. We always manage to remember the past or to mount a plan of conquest for the future, but we desert the present moment with disconcerting ease, as if living in the present was intended only for those who have nothing to do. Therefore, we spend our days arriving late, or arriving early. We are never in the right tone, unable to consider duration as it is, and crying when a wrinkle or the need to wear glasses comes to remind us that we would have to savor it. In order to rectify this tendency, we must first understand what a fl icts us at that moment. Why do we want so much to flee from the present moment? The French philosopher disassembles our internal mechanisms, hoping to find the grain of sand that has just infiltrated our gears.
First, Pascal goes to look at the desire. In fact, we want to experience incredible things, and we place such a lively hope in most of our projects that when they are carried out, they often seem very disappointing, relative to the intensity of our desire.
In short, we are perpetually upset. The present weather, whether disappointing or beautiful, becomes the source of all our anguish. The problem is that such an attitude leads us to have no anchor point in reality. We no longer know who we are, what we live in and how old we are. Without reference points or awareness of the stages that make up our existence, a pair of glasses becomes a reminder, a rather unpleasant and quite distressing marker of that immediate reality from which we would like to flee. What to do then? Accept to drown in hyperactivity or prepare their funerals? Happily, Pascal has another option.
What has appreciable time is that it passes, but it remains the same. We are never too late to change our attitude towards him, and that is exactly what Pascal proposes.

Mill is shown as a fervent defender of the truth, he does not forget either that, with rare exceptions, the lie can also have its usefulness, in some way, and lists a certain number of situations in which it is so. The most important is when the lie allows to preserve someone, to save him, to avoid an upset. Mill explains the extreme cases in which lying can be admissible. For example, a situation in which we must hide the truth so as not to reveal the whereabouts of a friend from whom a criminal is looking for, or when a seriously ill person is lied to. Certainly, from that point of view, revealing our disappointment in the face of a gift that we did not like is far from being an emergency situation, but even so, the experience is in the foreground and helps us determine our actions. What is the most useful for living well and together, at this moment? Being in a position to express what we think, especially if we have been hurt, is essential, provided that this does not cause the other even greater pain. If that places the person in disproportionate suffering, then it is better to keep quiet.
The truth is still more useful most of the time, but the lie can sometimes be justified. This concern for diplomacy is a way of caring for the other. The exception, however, must be framed in two conditions. On the one hand, it must be recognized in an indisputable way. On the other hand, it is necessary to mark the limits, to define them precisely, to prevent it from spreading to other things, damaging our precious social ties.

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