El Pueblo Soy Yo — Enrique Krauze / The People is Me by Enrique Krauze (spanish book edition)

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Aunque la primera parte podría resultar tediosa para muchos lectores, esta radiografía histórica del populismo nos permite comprender los perfiles progresistas y dictatoriales de los líderes actuales: Trump, López Obrador y Maduro, entre otros, así como los remedos abanderados de la izquierda colombiana, todos los cuales tienen varias cosas en común: incitar el odio de clases, abusar de la palabra, hacer uso de la posverdad, invitar permanentemente a la movilización, desconocer la institucionalidad, y acusar a la oligarquía o las fuerzas externas de todo problema. Pero la más peligrosa característica, es el uso de la democracia para subvertirla.
Krauze establece su motivo: «Éste es un libro contra la entrega del poder absoluto a una sola persona», desde la primera página. Y eso es lo que hace usando materiales previamente publicados y otros, cuyo común denominador ese precisamente, una advertencia sobre el riesgo de concentrar el poder en una sola persona.
Comienza con un examen acerca de las premisas profundas de la política en América Latina para seguir con el populismo y luego centrarse en cuatro personajes que ilustran sus ideas: F. Castro, H. Chávez, A. M. López Obrador y D. Trump, para terminar con un ensayo acerca del demagogo y su origen. Solamente releer «El mesías tropical» justifica su lectura total.
No hay duda de que es una buena lectura para cualquiera siquiera medianamente interesado en la política de la región, especialmente ahora en tiempos electorales y cuando existe una probabilidad cierta del regreso a esa «entrega del poder absoluto a una sola persona»; una de las premisas profundas del entendimiento de la política en México y otras partes.

Presenta cierta dificultad por su profundidad y multiplicidad de temas. Pero va encantando y premiando al lector con la claridad del lenguaje y la solidez de los argumentos. Son artīculos diversos que abatcan desde antes de la conquista, de 1521, a las elecciones de 2016 y 2018, en EE UU y México. Incluso con un brinco sorpresivo a la Atenas clásica. Todo en aras de un poderoso y urgente mensaje: la democracia está en peligro.

México fue la meca cultural para una generación de escritores estadounidenses en los años veinte: John Dos Passos, Katherine Anne Porter, Carleton Beals y Frank Tannenbaum. Los atraía el renacimiento del país luego de la cruenta Revolución mexicana: los murales de Diego Rivera y José Clemente Orozco, la cruzada educativa que llevaba escuelas, maestros y libros a todos los rincones, la entrega de la tierra a los campesinos, la avanzada legislación laboral, la reivindicación del pasado indígena. Por un tiempo vieron a México como la proyección de sus propias utopías sociales. Todos sintieron “la beatitud de México”.
En varios casos, esa fascinación rebasó las fronteras mexicanas y abarcó a toda Iberoamérica, hogar de una antigua cultura que parecía ofrecer una alternativa espiritual al materialismo moderno.
Al margen de los crímenes e injusticias de la dominación española, Morse sugiere que la visión incluyente de Vitoria arraigó en las sociedades americanas conquistadas, pobladas y evangelizadas por España, y es uno de los rasgos más contrastantes con la experiencia excluyente de los ingleses en América. Para España, la conquista fue un tema que torturó su conciencia moral. Para Inglaterra, no.

El tema del racismo me lleva a tu reflexión sobre la “próspera” pero miserable sociedad americana. Cuando leí la frase “fascismo amigable”, creí que estabas bromeando. Pero tenías razón. La historia —como siempre— nos tenía deparada una sorpresa cósmica: un nuevo Great Awakening religioso y político de extrema derecha (racista, nativista, elitista), más poderoso que el del siglo XVIII. Y algo más debo reconocer. Nuestra deuda con la Escuela de Frankfurt. Nunca fui partidario de su crítica a la sociedad democrática liberal, pero nuestro tiempo les ha dado la razón al menos en un aspecto: lejos de sus costas liberales e ilustradas, en el sur y el centro (escenarios supersticiosos, racistas, primitivos, de la guerra civil y los “grandes despertares”), Estados Unidos alojaba, casi sin saberlo, el huevo de la serpiente. A principios de los cincuenta, los filósofos de Frankfurt emprendieron su estudio sobre la personalidad autoritaria y, basados en técnicas de sociología cuantitativa que conociste, hicieron una amplia encuesta. Lo llamaron F Index (F de fascismo). Los resultados que encontraron parecieron, en su momento, increíbles: Estados Unidos no era inmune al virus del fascismo.

El populismo es un término resbaladizo. No obstante, la palabra ha terminado por encontrar (en la realidad, no en los diccionarios) su significación definitiva. Es una forma de poder, no una ideología. Más precisamente, el populismo es el uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática para prometer la vuelta de un orden tradicional o el acceso a una utopía posible y, logrado el triunfo, consolidar un poder personal al margen de las leyes, las instituciones y las libertades.
En junio de 2016 Barack Obama se asumió como populista en la tradicional definición anglosajona del término, la referida a “aquellas políticas que buscan apoyar al pueblo, y en particular a las personas de clase trabajadora”. En ese momento aún se veía remoto, por no decir imposible, el arribo de Trump al poder. Tras el triunfo del Brexit y del fascista que habita (a veces) la Casa Blanca, y ante el ascenso mundial de los líderes que desde la izquierda o la derecha representan y defienden feroces políticas antiliberales, significativamente, Obama dejó de usar el término.
Los “populistas” estadounidenses eran campesinos que se organizaron local o regionalmente. El presidente Andrew Jackson fue “populista” porque abrió una era intensa participación popular en la democracia estadounidense. El movimiento de los naródniki (literalmente “populistas”) tuvo una gran importancia en la formación de la conciencia revolucionaria en Rusia.
En América Latina no hemos dudado en llamar populista al populista, con el sentido real del término. Populista fue Eva Perón, que dijo: “Yo elegí ser ‘Evita’… Populista fue Hugo Chávez, que en infinitas ocasiones alardeó de ser la encarnación del pueblo: “Aquí no hay nada más que amor: amor de Chávez al pueblo, amor del pueblo a Chávez”. “Yo ya no soy Chávez, yo soy un pueblo, carajo”, dijo al final de su vida. Las consecuencias históricas de ambos regímenes están a la vista. Pronto lo podrían estar también en Gran Bretaña y Estados Unidos. También en México.
En las librerías del mundo occidental proliferan ahora las obras sobre el populismo. Ya no hay equívocos. El populismo es el uso demagógico de la democracia para acabar con ella.
López Obrador había afirmado, en innumerables ocasiones, que admiraba a Benito Juárez sobre todos los seres en la tierra. Pero su identificación política con Juárez era, sencillamente, insostenible. Fuera de una apelación formal a la “austeridad republicana” de aquel legendario presidente, o la repetición escolar de algunas de sus frases, López Obrador tenía poco en común con su héroe.

México no es Venezuela. Si bien ya no existen los antiguos valladares del sistema que autolimitaban un poco los excesos del poder absoluto, ahora contamos con otros, nuevos, pero más sólidos: la división de poderes, la independencia del Poder Judicial, la libertad de opinión en la prensa y los medios, el Banco de México, el IFE. México es, además, un país sumamente descentralizado en términos políticos y diversificado en su economía. El federalismo es una realidad tangible: los gobernadores y los estados tienen un margen notable de autonomía y fuerza propia frente al centro. Adicionalmente, dos protagonistas históricos, la Iglesia y el ejército, representarán un límite a las pretensiones de poder absoluto, o a un intento de desestabilización revolucionaria: la Iglesia se ha pronunciado ya por el respeto irrestricto al voto, y el ejército es institucional. Por sobre todas las cosas, México cuenta con una ciudadanía moderna y alerta. Los instintos dominantes del mexicano son pacíficos y conservadores: teme a la violencia porque en su historia la ha padecido en demasía.
Costó casi un siglo transitar pacíficamente a la democracia. El mexicano lo sabe y lo valora. De optar por la movilización interminable, potencialmente revolucionaria, López Obrador jugará con un fuego que acabará por devorarlo. Y de llegar al poder, el “hombre maná”, que se ha propuesto purificar, de una vez por todas, la existencia de México, descubrirá tarde o temprano que los países no se purifican: en todo caso se mejoran. Descubrirá que el mundo existe fuera de Tabasco y que México es parte del mundo. Descubrirá que, para gobernar democráticamente a México, no sólo tendrá que pasar del trópico al Altiplano sino del Altiplano a la aldea global. En uno u otro caso, la desilusión de las expectativas mesiánicas sobrevendrá inevitablemente. En cambio la democracia y la fe sobrevivirán, cada una en su esfera propia. Pero en el trance, México habrá perdido años irrecuperables.

El diálogo expresa la democracia ateniense en tiempos de Pericles. El poder lo tiene el pueblo, orgulloso de ir a la batalla y a la muerte por la Hélade (su escuela de virtud, su ciudad, su patria), por todo lo que ella había construido en unas cuantas décadas, por lo que representaba para la humanidad de entonces y para la humanidad futura, que Pericles expresamente vislumbró. Un pueblo sumiso a un “solo dueño” (filósofo rey o demagogo) no podía aspirar a ese temple.
Han pasado 2 500 años desde aquellos hechos. El siglo XX fue pródigo en “dueños” de sus pueblos, no sólo tiranos viles sino filósofos que proponían la vuelta de un orden perdido o el advenimiento de uno futuro, ambos centrados en sus personas. Y el siglo XXI se ha degradado aún más, llevando al poder a demagogos que harían palidecer de vergüenza a los pícaros o canallas de Aristófanes. ¿Habrá futuro para la sociedad abierta o sucumbirá a manos de sus antiguos y nuevos enemigos?.

Nosotros no podemos caer en esa amnesia. Advertidos de que las democracias son mortales, debemos honrar las voces de aquel pasado y defender la palabra libre, razonada, transparente y veraz, ante la demagogia.

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Although the first part could be tedious for many readers, this historical x-ray of populism allows us to understand the progressive and dictatorial profiles of current leaders: Trump, López Obrador and Maduro, among others, as well as the standardized imitations of the Colombian left, all which have several things in common: incite class hatred, abuse the word, use post-truth, permanently invite the mobilization, ignore the institutional framework, and accuse the oligarchy or external forces of any problem. But the most dangerous feature is the use of democracy to subvert it.
Krauze states his motive: «This is a book against handing over absolute power to one person,» from the first page. And that is what it does using previously published materials and others, whose common denominator is precisely that, a warning about the risk of concentrating power in one person.
It begins with an examination of the deep premises of politics in Latin America to continue populism and then focus on four characters who illustrate their ideas: F. Castro, H. Chávez, AM López Obrador and D. Trump, to end with an essay about the demagogue and its origin. Only rereading «The Tropical Messiah» justifies its total reading.
There is no doubt that it is a good read for anyone even mildly interested in the politics of the region, especially now in electoral times and when there is a certain probability of a return to that «transfer of absolute power to a single person»; one of the profound premises for understanding politics in Mexico and elsewhere.

It presents some difficulty due to its depth and multiplicity of topics. But it enchants and rewards the reader with the clarity of the language and the solidity of the arguments. They are diverse articles that fall from before the conquest, from 1521, to the elections of 2016 and 2018, in the US and Mexico. Even with a surprise jump to classic Athens. All for the sake of a powerful and urgent message: democracy is in danger.

Mexico was the cultural mecca for a generation of American writers in the 1920s: John Dos Passos, Katherine Anne Porter, Carleton Beals, and Frank Tannenbaum. They were attracted by the rebirth of the country after the bloody Mexican Revolution: the murals of Diego Rivera and José Clemente Orozco, the educational crusade that took schools, teachers and books to all corners, the handing over of the land to the peasants, the advanced legislation labor, the vindication of the indigenous past. For a time they saw Mexico as the projection of their own social utopias. Everyone felt «the beatitude of Mexico».
In several cases, that fascination spanned Mexican borders and spanned all of Latin America, home to an ancient culture that seemed to offer a spiritual alternative to modern materialism.
Apart from the crimes and injustices of the Spanish domination, Morse suggests that the inclusive vision of Vitoria took root in the American societies conquered, populated and evangelized by Spain, and is one of the most contrasting features with the exclusive experience of the English in America . For Spain, the conquest was an issue that tortured its moral conscience. For England, no.

The subject of racism leads me to your reflection on the «prosperous» but miserable American society. When I read the phrase «friendly fascism», I thought you were joking. But you were right. History —as always— had a cosmic surprise in store for us: a new extreme-right religious and political Great Awakening (racist, nativist, elitist), more powerful than that of the 18th century. And something else I must admit. Our debt to the Frankfurt School. I was never a supporter of their criticism of liberal democratic society, but our time has proved them right in at least one respect: far from their liberal and enlightened coasts, in the south and center (superstitious, racist, primitive scenes of the civil war and the «great awakenings»), the United States housed, almost unknowingly, the serpent egg. In the early 1950s, the philosophers of Frankfurt undertook their study of the authoritarian personality and, based on quantitative sociology techniques that you knew, they carried out an extensive survey. They called it the F Index (F for fascism). The results they found seemed incredible at the time: The United States was not immune to the fascism virus.

Populism is a slippery term. However, the word has ended up finding (in reality, not in dictionaries) its final meaning. It is a form of power, not an ideology. More precisely, populism is the demagogic use that a charismatic leader makes of democratic legitimacy to promise the return of a traditional order or access to a possible utopia and, achieved victory, consolidate a personal power outside the laws, the institutions and freedoms.
In June 2016, Barack Obama was assumed as a populist in the traditional Anglo-Saxon definition of the term, the one referring to «those policies that seek to support the people, and in particular working-class people.» At that time, Trump’s arrival to power was still remote, if not impossible. After the triumph of Brexit and the fascist that inhabits (sometimes) the White House, and before the worldwide rise of leaders who from the left or the right represent and defend fierce anti-liberal policies, significantly, Obama stopped using the term.
The American «populists» were peasants who organized locally or regionally. President Andrew Jackson was «populist» because he opened an intense era of popular participation in American democracy. The narodniki (literally «populist») movement was of great importance in the formation of revolutionary consciousness in Russia.
In Latin America we have not hesitated to call the populist populist, with the real meaning of the term. Populist was Eva Perón, who said: «I chose to be ‘Evita’ … Populist was Hugo Chávez, who on infinite occasions boasted of being the embodiment of the people:» There is nothing here but love: Chávez’s love for the people, love of the people to Chávez ”. «I am no longer Chávez, I am a town, damn,» he said at the end of his life. The historical consequences of both regimes are in sight. They might soon be in Britain and the United States as well. Also in mexico.
Books on populism are now proliferating in bookstores in the western world. There are no more misunderstandings. Populism is the demagogic use of democracy to end it.
López Obrador had affirmed, on countless occasions, that he admired Benito Juárez over all beings on earth. But his political identification with Juárez was simply unsustainable. Outside of a formal appeal to the «republican austerity» of that legendary president, or the school repetition of some of his phrases, López Obrador had little in common with his hero.

Mexico is not Venezuela. Although there are no longer the old fences of the system that self-limited the excesses of absolute power, now we have others, new, but more solid: the division of powers, the independence of the Judiciary, freedom of opinion in the press and the media, Banco de México, IFE. Mexico is also a highly decentralized country in political terms and diversified in its economy. Federalism is a tangible reality: Governors and states have a remarkable margin of autonomy and their own strength compared to the center. Additionally, two historical protagonists, the Church and the army, will represent a limit to the claims of absolute power, or to an attempt at revolutionary destabilization: the Church has already spoken out for unrestricted respect for the vote, and the army is institutional. Above all, Mexico has a modern and alert citizenship. The dominant instincts of the Mexican are peaceful and conservative: he fears violence because in his history he has suffered too much.
It took almost a century to move peacefully to democracy. The Mexican knows it and values it. If he opts for the endless, potentially revolutionary mobilization, López Obrador will play with a fire that will eventually devour him. And upon coming to power, the “manna man”, who has set out to purify, once and for all, the existence of Mexico, will sooner or later discover that countries are not purified: in any case they improve. You will discover that the world exists outside of Tabasco and that Mexico is part of the world. You will discover that, to democratically govern Mexico, you will not only have to move from the tropics to the Altiplano but from the Altiplano to the global village. In either case, the disappointment of messianic expectations will inevitably ensue. Instead democracy and faith will survive, each in its own sphere. But in the trance, Mexico will have lost irrecoverable years.

Dialogue expresses Athenian democracy in the time of Pericles. Power is held by the people, proud to go to battle and to death for Hélade (her school of virtue, her city, her homeland), for everything that she had built in a few decades, for what she represented for the humanity then and for future humanity, which Pericles expressly glimpsed. A people submissive to a «single owner» (philosopher king or demagogue) could not aspire to that temper.
2,500 years have passed since those events. The twentieth century was lavish in “owners” of their peoples, not only vile tyrants but philosophers who proposed the return of a lost order or the advent of a future one, both centered on their people. And the 21st century has been further degraded, bringing to power demagogues who would shame the rogues or scoundrels of Aristophanes. Will there be a future for the open society or will it succumb at the hands of its old and new enemies?

We cannot fall into that amnesia. Warned that democracies are deadly, we must honor the voices of that past and defend the free, reasoned, transparent and truthful word, before demagogy.

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