SOS Microbios. Cómo El Exceso De Antibióticos Aviva Las Plagas Modernas — Martin J. Blaser / Missing Microbes: How the Overuse of Antibiotics Is Fueling Our Modern Plagues by Martin J. Blaser

El Dr. Blaser, un destacado microbiólogo, cree que estamos usando demasiados antibióticos (para tratar nuestros resfriados, para criar nuestro ganado, para lavarnos las manos) y que esto está causando problemas de salud posteriores, desde el asma hasta la obesidad. Esto no es ciencia pop sensacionalista; su “Missing Microbes” aparece como la narrativa de una investigación seria y rigurosa que, aunque no está completa, exige una reconsideración de nuestro uso de antibióticos.
Leí esto por un interés personal en microbiología e inmunología, así como su intersección con la enfermedad celíaca y otras enfermedades. Me pareció una lectura fascinante y disfruté de las múltiples intersecciones de la microbiología con la política, la cultura, el comportamiento del consumidor, la salud pública y los negocios. El conocimiento y la pasión del Dr. Blaser por el tema es claro, al igual que su experiencia. Esto se presenta como una lectura bien informada con algunas deficiencias a tener en cuenta.
Los antibióticos son compuestos sintetizados que muchos de nosotros hemos tomado. Trabajan contra la infección destruyendo bacterias de un tipo específico o neutralizando su capacidad para reproducirse. La tesis del Dr. Blaser es que los antibióticos de amplio espectro, que generalmente son los que se recetan a los humanos y se usan en el ganado, también atacan a las bacterias útiles que colonizan nuestro tracto digestivo, un grupo de miles de especies a las que llama microbioma. Si bien el microbioma no se comprende por completo, se teoriza que los organismos dentro del microbioma ayudan a atenuar las respuestas inmunológicas, controlan la inflamación y ayudan a digerir los alimentos. Si los antibióticos también eliminan estas bacterias útiles, el microbioma del sistema digestivo pierde el equilibrio, posiblemente abriendo el camino para que las bacterias dañinas tomen el control.
El caso más sólido que Blaser y su equipo en la NYU juntos apoyan el uso de antibióticos como contribución al aumento de la obesidad. Su caso también es bastante fuerte para la conexión entre los antibióticos y el asma, aunque aquí observa con atención lo que no sabe. Por ejemplo, señala una asociación entre la ausencia de una bacteria en particular (H. pylori) y una mayor incidencia de asma, pero considera que H. pylori tiene un efecto positivo directamente o sirve como un indicador reconocible de la presencia de otra especie que juega un papel clave en el control de la inflamación del cuerpo en respuesta a los alérgenos u otros desencadenantes. Sin embargo, sus argumentos para la conexión con la enfermedad celíaca, la diabetes y otras enfermedades comunes en Occidente son más tenues, y esto es evidente en las pocas notas a pie de página que marcan estas secciones.
El Dr. Blaser se esfuerza por mantener el tono de conversación y se esfuerza por mantener los detalles técnicos simples. Descubrí que los primeros cuatro capítulos eran fácilmente comprensibles, y no fue hasta que él comenzó a describir la interacción del sistema digestivo con la inmunidad que surgieron los detalles abiertamente técnicos. El ritmo se ralentiza bastante cuando el Dr. Blaser discute los experimentos que realiza con ratones. Parte del material es inevitablemente científico, y muchos lectores pueden perder interés cuando Blaser discute sus experimentos con ratones. Trabajo en la estadística de la investigación y disfruté mucho los detalles del experimento, su diseño y ejecución y su discusión sobre las covariables. Los encontré útiles para guiarme a las conclusiones, pero su propia discusión en el capítulo que sigue al experimento es lo suficientemente clara y concisa, y muchos lectores pueden optar por omitir. Me impresionaron dos cosas en particular. La primera, que el Dr. Blaser mantuvo una distinción cuidadosa, aunque a veces sutil, entre lo que se ha probado y lo que sigue siendo sospechoso. Esto es más notorio en las notas al pie, y el texto es muy fuerte en el pie de página. Cuando hace una nota a pie de página, es más a menudo un artículo de una revista arbitrada, muchos de los cuales es autor o coautor. Lo segundo que me impresionó es que mantenía un saludable escepticismo sobre lo que aún no se había demostrado, incluso cuando mostró entusiasmo ante la perspectiva de comprender más y anticipar los resultados de su investigación.
Me pareció extraño que el enfoque del libro fuera tan importante en el papel del sistema digestivo en el desarrollo de la respuesta inmune, mientras que otros componentes primarios del sistema inmunitario (médula ósea, timo, sistema linfático) apenas se discutieron. Eso no quiere decir que las observaciones del Dr. Blaser sean inexactas, sino que las interacciones completas aún deben explorarse.
Me recomendaron las recomendaciones de Blaser: nada tan radical como para dejar de usar todos los antibióticos, sino que reflexiona sobre cómo abordar los aspectos económicos de los antibióticos y la producción de alimentos, cómo funcionan contra el desarrollo de tratamientos de espectro estrecho que se dirigen solo a las cepas patógenas, pero deje el microbioma beneficioso solo, y cómo aumentar la conciencia de los daños de prescribir en exceso los antibióticos.

«Los microbios están siempre al acecho buscando la oportunidad de invadir e infectar» es el axioma que impera en las facultades de medicina y los hospitales de todo el mundo desde finales del siglo XIX. La mejor y única estrategia admitida ha sido la de eliminarlos sin dejar rastro para conseguir la asepsia absoluta. La eficacia incontestable de los antibióticos para mejorar la esperanza y la calidad de vida del ser humano y de los animales domésticos (más longevos que sus pares de vida silvestre), es la mejor prueba a favor de la validez del mencionado axioma. La higiene y los antibióticos configuran el hito más destacable de la medicina (y la veterinaria), han marcado una época, y no admiten enmiendas a la totalidad. Sin embargo, su impacto negativo en la salud humana y en la vida del planeta está emergiendo poco a poco.
El aumento repentino de las enfermedades crónicas no transmisibles de la sociedad posmoderna, como el asma o la obesidad, no puede explicarse por mutaciones genéticas, sino que debe ser consecuencia de factores ambientales que han cambiado drásticamente en las últimas décadas, entre los que destacan el abuso o uso excesivo de antibióticos no solamente en medicina clínica sino también en aplicaciones de veterinaria. Los datos experimentales en modelos animales corroboran que puede existir una relación causal entre la exposición persistente a antibióticos y el desarrollo de patologías inmunoinflamatorias crónicas. En medio de todos estos avances médicos, algo ha ido muy mal. De las más diversas formas parece que estemos cada vez más enfermos. Solo hay que leer los titulares. Padecemos variadas y misteriosas «plagas modernas», como a mí me gusta llamarlas: obesidad, diabetes infantil, asma, alergia al polen y a determinados alimentos, reflujo esofágico, cáncer, enfermedad celíaca, enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa, autismo, eccemas… Con toda probabilidad, alguno de nosotros, alguien de nuestra familia o algún conocido sufre alguna de ellas. A diferencia de la mayoría de las plagas letales del pasado, que golpeaban con relativa rapidez y dureza, son enfermedades crónicas que disminuyen y degradan durante décadas la calidad de vida de sus víctimas.

Las causas de este desastre se hallan a nuestro alrededor, y son el uso excesivo de antibióticos en humanos y animales, las cesáreas y el uso generalizado de desinfectantes y antisépticos, por nombrar solo algunas. La resistencia a los antibióticos es un gran problema —antiguos homicidas como la tuberculosis son cada vez más resistentes y están regresando—, un problema que ahora parece diversificarse, azotando a las personas con golpes como Clostridium difficile (C. diff), bacterias del tubo digestivo resistentes a múltiples antibióticos que son un peligro potencial en los hospitales, y un patógeno que no deja de propagarse, el Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM), que puede contraerse en cualquier lugar. Está claro que la presión selectiva del uso de antibióticos está aumentando su presencia.
Sin embargo, cuanto más terribles son estos patógenos resistentes, mucho más perniciosa es la pérdida de diversidad de nuestro microbioma. Dicha pérdida altera el desarrollo mismo, pues afecta al metabolismo, la inmunidad y la cognición. Las plagas de hoy difieren de las que afectaron a las hermanas de mi padre, pero también son mortales.

Vivimos en un planeta microbiano que está del todo dominado por formas de vida demasiado pequeñas para que podamos verlas a simple vista. Durante tres mil millones de años, las bacterias fueron los únicos habitantes vivos de la Tierra. Ocuparon cada porción de tierra, aire y agua, generando reacciones. Los microbios habitan en todas partes. El océano es el hogar de un número insondable de ellos, aunque algunas estimaciones dan una idea de su omnipresencia. Al menos veinte millones de tipos de microbios marinos (posiblemente sean mil millones) componen entre el 50 y el 90 por ciento de la biomasa oceánica. El número de células microbianas en la totalidad del agua marina, es decir, desde la superficie hasta el fondo, es de más de 10 elevado a 30, o un quintillón.

Nuestro cuerpo es un ecosistema muy parecido a un arrecife de coral o a una jungla tropical, una compleja organización compuesta de formas de vida interactivas. Y, como en todos los ecosistemas, la diversidad es fundamental. En una jungla se refiere a los diferentes tipos de árboles, enredaderas, arbustos, plantas florales, helechos, algas, aves, reptiles, anfibios, mamíferos, insectos, hongos y gusanos. Una gran diversidad protege a todas las especies del ecosistema, porque sus interacciones crean robustas redes de aprovechamiento y circulación de recursos. Su pérdida conduce al debilitamiento o a la ruina del sistema cuando desaparecen especies clave, cuya abundancia relativa tiene un efecto desproporcionadamente grande en el medio. El cuerpo humano está compuesto de unos treinta billones de células, pero alberga más de cien billones de bacterianas y fúngicas, microbios amigos que coevolucionaron con nuestra especie. Pensemos esto: en este momento en nuestro cuerpo las células bacterianas superan sustancialmente en número a las humanas. Entre el 70 y el 90 por ciento de todas las que albergamos no son humanas. Se encuentran en cada centímetro de la piel, en la boca, la nariz y los oídos, en el esófago, el estómago y, sobre todo, el intestino. Las mujeres tienen una gran variedad de bacterias en la vagina. Las bacterias metabolizan los medicamentos. Por ejemplo, millones de personas de todo el mundo toman digoxina, un derivado de la dedalera, para tratar diversas afecciones del corazón. La cantidad de este medicamento que entra en el torrente sanguíneo depende de la composición del microbioma de cada persona; el intestino es el lugar donde la digoxina se somete a su primer procesamiento químico para luego ser absorbida. Las variaciones en este proceso tienen consecuencias.

Las enfermedades contagiosas son causadas por microorganismos que colonizan el cuerpo, donde se multiplican sin control y lo enferman. Pueden ser virus como los de la gripe, bacterias como las de la tosferina, hongos que crecen en las paredes de la boca o una variedad de organismos unicelulares llamados protistas, como una peligrosa ameba que causa disentería y diarrea sanguinolenta. Actualmente se conocen más de mil cuatrocientos patógenos que infectan a los humanos. Pueden ser de alta o baja virulencia. Al final, todos los microbios causantes de enfermedades contagiosas provienen de nuestros primos los primates, de los animales domesticados y, en otras formas cada vez más peligrosas, incluso de animales salvajes. Algunos «saltaron» de animales a humanos hace tantísimo tiempo que no podemos estar seguros de sus orígenes. Pero hay otras enfermedades que sí cabe rastrear: las plagas transmitidas por pulgas que viven en los roedores, la rabia procedente de los murciélagos, la gripe aviar o la enfermedad de Lyme, también transmitida por roedores, pero ahora a través de sus garrapatas. Algunos de los patógenos más letales son virus taimados que han aparecido mucho más recientemente: el ébola, el SRAG (síndrome respiratorio agudo grave)… El sarampión es el mejor ejemplo para ilustrar el modo en que se propagan las enfermedades multitudinarias. Las epidemias se presentan a menudo en oleadas, extendiéndose rápidamente de una persona a otra hasta que toda una población queda expuesta. En poco tiempo, se sobrevive o se muere. En el caso del sarampión, los supervivientes desarrollaron anticuerpos y permanecieron inmunes el resto de su vida.
Causado por el virus de la rubeola, el sarampión es la enfermedad más contagiosa que ha conocido la humanidad, con una tasa de contagio superior al 95 por ciento. En cambio, una nueva cepa de gripe puede infectar a entre un tercio y la mitad de los expuestos por primera vez.

A medida que se extendía el uso de los antibióticos, aparecían algunos efectos secundarios, pero en la mayoría de los casos eran leves —unos días con diarrea o una reacción alérgica—. En casi todos esos casos, tales problemas se solucionaban tan pronto como se dejaba de tomar el antibiótico. Había personas con alergias a la penicilina graves, y a veces mortales. Pero el riesgo de morir a causa de esto era, y es, menor que el de ser alcanzado por un rayo. El medicamento es muy seguro.
Sin embargo, había algunos antibióticos con efectos adversos. Unos dañaban el nervio auditivo; otros no podían utilizarse en niños porque les manchaban los dientes. Un antibiótico muy utilizado en la década de 1950, el cloranfenicol, causaba una rara reducción de la capacidad de la médula ósea para formar glóbulos sanguíneos, que resultó mortal en uno de cada cuarenta mil tratamientos. En infecciones muy serias, el bajo riesgo de morir a causa de la alergia a un antibiótico era infinitesimal en comparación con el de fallecer a causa de la infección. Pero en algunos lugares cientos de miles de niños sanos con dolor de garganta leve fueron tratados con cloranfenicol. Para ellos, el riesgo excedía claramente el beneficio, y había muchos antibióticos alternativos. Los médicos dejaron de usarlo casi por completo. Durante años, he dicho a mis alumnos que, si tuviera que vivir en una isla desierta y solo pudiera llevar conmigo un antibiótico, elegiría el cloranfenicol; tan bueno es.
La idea de que otros antibióticos potentes también podrían tener efectos secundarios más allá de los evidentes a simple vista no era parte del saber convencional; era algo que ni siquiera se consideraba. Si no se manifestaban alergias en los días o semanas posteriores a los tratamientos, el antibiótico utilizado se consideraba seguro.
Casi todos los grandes avances en medicina desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy fueron catalizados por los antibióticos. Ningún daño podría derivarse de su uso, o eso parecía. Las consecuencias aparecieron más tarde.

El primer problema reconocido del uso excesivo de los antibióticos fue la resistencia. Es muy sencillo: cuanto más a menudo introduzcamos antibióticos en nuestro cuerpo y el de nuestros hijos, tanto más probable será que seleccionemos las bacterias resistentes a su acción. Mucha gente no acaba de entender este fenómeno. Piensa que «se han vuelto resistentes a los antibióticos», cuando de hecho son las bacterias que encuentra o lleva las que se han vuelto resistentes. Aquí está el quid del problema: siempre hay transeúntes inocentes, multitud de ellos. En todas las poblaciones mixtas de bacterias las hay vulnerables y resistentes. El antibiótico elimina las vulnerables de todo el cuerpo junto con el patógeno, que por lo general está presente en un solo lugar. Es como bombardear toda una zona cuando solo se necesita un golpe bien localizado.
Y ahora nos vemos con problemas. Cuando las especies vulnerables han disminuido o han sido eliminadas, las poblaciones de bacterias resistentes se expanden. Con menos competidores a su alrededor, prosperan. Son las afortunadas que proliferarán en el cuerpo infantil. Las resistentes pueden ser el propio patógeno a destruir o los muchos, muchísimos transeúntes.
La resistencia a los antibióticos se difunde dentro de las comunidades bacterianas de dos maneras generales. En primer lugar, con la multiplicación de los microorganismos que ya han adquirido resistencia, lo que llamamos «transmisión vertical». Una segunda crisis, acentuada por el uso excesivo de los antibióticos y la resistencia a ellos: las compañías farmacéuticas rehúyen la tarea de desarrollar nuevos antibióticos que contrarresten la resistencia. Ya existen algunas infecciones que no pueden tratarse con los antibióticos actuales, y es probable que haya aún más.
Los antibióticos varían desde los de espectro reducido, que solo atacan a algunos tipos de bacterias, hasta los de amplio espectro, que matan a una mayor variedad de microbios. La mayoría de las compañías farmacéuticas favorecen a los segundos porque, cuanto más extendido esté su uso, mayores serán sus beneficios. Y los médicos también los prefieren por una buena razón, y es que puede ser difícil determinar si una infección la causan estreptococos, estafilococos o E. coli, y los agentes de amplio espectro cubren toda la variedad. Pero tienen un inconveniente nada desdeñable: cuanto más amplio es el espectro, tanto mayor es la selección para la resistencia.

La pérdida de H. pylori en el estómago de una persona ha creado un nuevo medio. En lugar del antiguo equilibrio, la regulación de la inmunidad, las hormonas y la acidez gástrica es ahora un baile sin pareja. Y como al final de la mayoría de las relaciones duraderas, los efectos no son solo inmediatos o locales; son para siempre.
Los cambios que se han producido en el siglo pasado no afectan solo al estómago. Afectan también, por lo menos, al cercano esófago, el siguiente episodio de la historia. Las nuevas enfermedades relacionadas con la pérdida de H. pylori van en aumento. Los patógenos causantes de epidemias ante las cuales estamos indefensos. La teoría ecológica nos dice que las personas cuyas bacterias residentes han sido alteradas serán las más vulnerables. En igualdad de condiciones, el asmático, el obeso y quien padezca alguna de las epidemias modernas serán los que estén en mayor riesgo de sucumbir. La historia y la prehistoria humanas están marcadas por plagas anteriores, y el mundo se hallaba entonces más desconectado. Los estudios genéticos indican que venimos de una pequeña población fundadora; nuestros ancestros quizá fueran supervivientes de algún cataclismo anterior que posiblemente estuviera relacionado con un cambio climático. Pero, por controvertida que en nuestros días sea la cuestión del cambio climático, el calentamiento global podría no ser nuestra mayor preocupación.
A menos que cambiemos nuestros hábitos, nos enfrentamos a un «invierno antibiótico», un peligro mucho mayor, una plaga mundial que no podamos detener. La biología de las poblaciones está contra nosotros; ya no estamos protegidos por el aislamiento, sino que ahora vivimos en un mundo muy conectado y somos miles de millones, y muchos millones de nosotros vivimos hoy con las defensas degradadas. Una era preantibiótica y de otra antibiótica; si no nos andamos con cuidado, pronto nos veremos en una era posantibiótica. Este tema se halla ahora en el foco de atención de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, y comparto su preocupación. Pero estoy pensando en un concepto diferente: no solo en el fracaso de los antibióticos debido a la resistencia, sino también en la mayor vulnerabilidad de millones de personas fruto de un ecosistema degradado. Ambas cosas van de la mano, pero, en un mundo interconectado, la segunda es un diluvio que espera su momento y que crecerá día tras día. Hemos hecho verdaderos progresos en la tarea de combatir y erradicar enfermedades terribles. Pero, ahora, nuestros esfuerzos han alcanzado su apogeo, y los frutos de los descubrimientos han dejado semillas indigeribles y tóxicas. Debemos actuar, pues las consecuencias empiezan a sobrepasarnos y se avecinan fuertes tormentas.
Con todo, disponemos de muchos tipos de soluciones, y entre algunas de ellas puede haber sinergias si combinamos los efectos de dos enfoques, como restringir tanto las cesáreas como el uso de antibióticos y, finalmente, recuperar los microorganismos desaparecidos.

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Dr. Blaser, a noted microbiologist, thinks that we’re using too many antibiotics – to treat our colds, to raise our livestock, to wash our hands – and that this is causing downstream health problems from asthma to obesity. This isn’t sensationalist pop science; his “Missing Microbes” comes across as the narrative of a serious and rigorous research that, while not fully complete, demands a reconsideration of our use of antibiotics.
I read this out of a personal interest in microbiology and immunology, as well as its intersection with celiac disease and other illnesses. I found it a fascinating read and enjoyed the multiple intersections of microbiology with politics, culture, consumer behavior, public health and business. Dr. Blaser’s knowledge of and passion for the subject is clear, as is his expertise. This comes across as a well-informed read with a few shortcomings to note.
Antibiotics are synthesized compounds that many of us have taken. They work against infection by destroying bacteria of a specific type, or neutralizing its ability to reproduce. Dr. Blaser’s thesis is that broad-spectrum antibiotics – which are generally the ones prescribed for humans and used in livestock – also attack helpful bacteria colonizing our digestive tract, a group of thousands of species he calls the microbiome. While the microbiome is not entirely understood, it is theorized that organisms within the microbiome help temper immunological responses, control inflammation and assist in digesting foods. If antibiotics take out these helpful bacteria as well, the digestive system’s microbiome falls out of equilibrium, possibly opening the way for harmful bacteria to take over.
The strongest case Blaser and his team at NYU put together supports the use of antibiotics as contributing to the rise in obesity. His case is also quite strong for the connection between antibiotics and asthma, although here he notes carefully what he does not know. For example, he notes an association between the absence of a particular bacterium (H. pylori) and a higher incidence of asthma, but he considers both that H. pylori directly has a positive affect, or it serves as a recognizable indicator for the presence of another species that plays a key role in controlling the body’s inflammation in response to allergens or other triggers. However, his arguments for the connection to celiac disease, diabetes and other illnesses common the West are more tenuous, and this is evident in the fewer footnotes that mark these sections.
Dr. Blaser goes to pains to keep the tone conversational, and makes efforts to keep the technical details simple. I found the first four chapters to be easily understandable, and it wasn’t until he begins to describe the interaction of the digestive system with immunity that overtly technical details came out. The pacing does slow down quite a bit when Dr. Blaser discusses the experiments he conducts with mice. Some of the material is unavoidably scientific, and many readers may lose interest as Blaser discusses his experiments with mice. I work on the statistical of research and I very much enjoyed the details of the experiment, its design and execution and his discussion of covariates. I found them helpful in leading me to the conclusions, but his own discussion in the chapter following the experiment is clear and concise enough, and many readers may opt to skip ahead.
I was impressed by two things in particular. The first, that Dr. Blaser maintained a careful, if sometimes subtle, distinction between what has been proven and what remains suspected. This is most noticeable in the footnotes, and the text is very heavily footnoted. When he makes a footnote, it is most often to a refereed journal article, many of which he has authored or co-authored. The second thing that impressed me is that he maintained a healthy skepticism about what has not yet been proven even while he showed excitement at the prospect of understanding more and anticipating the results of his research.
I did find it strange that the focus of the book was so strongly on the digestive system’s role in developing immune response, while other primary components of the immune system – bone marrow, thymus, lymphatic system – were scarcely discussed. That isn’t to say that Dr. Blaser’s observations are inaccurate, but rather that the full interactions yet need to be explored.
I was encouraged by Blaser’s recommendations – nothing so radical as to cease using all antibiotics, but rather he ponders carefully how to address the economics of antibiotics and food production, how they work against the development of narrow-spectrum treatments that target only pathogenic strains but leave the beneficial microbiome alone, and how to increase awareness of the harms of overprescribing antibiotics.

“Microbes are always on the lookout for the opportunity to invade and infect” is the axiom that prevails in medical schools and hospitals around the world since the late nineteenth century. The best and only strategy admitted has been to eliminate them without leaving a trace to achieve absolute asepsis. The incontestable efficacy of antibiotics to improve the hope and quality of life of human beings and domestic animals (more long-lived than their wildlife counterparts), is the best proof in favor of the validity of the aforementioned axiom. Hygiene and antibiotics are the most remarkable milestone in medicine (and veterinary), have marked a time, and do not admit amendments to the whole. However, its negative impact on human health and on the life of the planet is emerging little by little.

The sudden increase of chronic noncommunicable diseases of postmodern society, such as asthma or obesity, can not be explained by genetic mutations, but must be a consequence of environmental factors that have changed drastically in recent decades, among which the abuse or excessive use of antibiotics not only in clinical medicine but also in veterinary applications. The experimental data in animal models corroborate that there may be a causal relationship between persistent exposure to antibiotics and the development of chronic immunoinflammatory pathologies. In the midst of all these medical advances, something has gone very wrong. In the most diverse ways it seems that we are getting sicker and sicker. You just have to read the headlines. We suffer varied and mysterious “modern plagues”, as I like to call them: obesity, childhood diabetes, asthma, allergy to pollen and certain foods, esophageal reflux, cancer, celiac disease, Crohn’s disease, ulcerative colitis, autism, eczema .. In all likelihood, some of us, someone in our family or someone we know suffers from some of them. Unlike most of the deadly plagues of the past, which struck relatively quickly and hard, are chronic diseases that diminish and degrade for decades the quality of life of their victims.

The causes of this disaster are around us, and are the excessive use of antibiotics in humans and animals, caesarean sections and the widespread use of disinfectants and antiseptics, to name just a few. Resistance to antibiotics is a big problem – old killers like tuberculosis are becoming more resistant and are coming back – a problem that now seems to be diversifying, hitting people with blows like Clostridium difficile (C. diff), bacteria from the tube digestive resistant to multiple antibiotics that are a potential danger in hospitals, and a pathogen that does not stop spreading, methicillin-resistant Staphylococcus aureus (MRSA), which can be contracted anywhere. It is clear that the selective pressure of the use of antibiotics is increasing its presence.
However, the more terrible these resistant pathogens are, the much more pernicious is the loss of diversity in our microbiome. Said loss alters the development itself, since it affects metabolism, immunity and cognition. The plagues of today differ from those that affected my father’s sisters, but they are also mortal.

We live on a microbial planet that is totally dominated by life forms too small for us to see them with the naked eye. For three billion years, bacteria were the only living inhabitants of Earth. They occupied each portion of land, air and water, generating reactions. Microbes inhabit everywhere. The ocean is home to an unfathomable number of them, although some estimates give an idea of its omnipresence. At least twenty million types of marine microbes (possibly a billion) make up between 50 and 90 percent of the ocean biomass. The number of microbial cells in all of the seawater, that is, from the surface to the bottom, is more than 10 to 30, or a quintillion.

Our body is an ecosystem much like a coral reef or a tropical jungle, a complex organization composed of interactive life forms. And, as in all ecosystems, diversity is fundamental. In a jungle refers to the different types of trees, vines, shrubs, flowering plants, ferns, algae, birds, reptiles, amphibians, mammals, insects, fungi and worms. A great diversity protects all the species of the ecosystem, because their interactions create robust networks of exploitation and circulation of resources. Their loss leads to the weakening or ruin of the system when key species disappear, whose relative abundance has a disproportionately large effect on the environment. The human body is made up of some thirty trillion cells, but it houses more than a hundred trillion bacterial and fungal microbes that co-evolved with our species. Let’s think about this: at this moment in our body, bacterial cells substantially outnumber human cells. Between 70 and 90 percent of all those we harbor are not human. They are found in every inch of the skin, in the mouth, nose and ears, in the esophagus, stomach and, above all, the intestine. Women have a wide variety of bacteria in the vagina. Bacteria metabolize medications. For example, millions of people around the world take digoxin, a derivative of foxglove, to treat various heart conditions. The amount of this medicine that enters the bloodstream depends on the composition of each person’s microbiome; the intestine is the place where digoxin is subjected to its first chemical processing and then absorbed. Variations in this process have consequences.

Contagious diseases are caused by microorganisms that colonize the body, where they multiply uncontrollably and make you sick. They can be viruses like flu, bacteria like those of whooping cough, fungi growing on the walls of the mouth or a variety of unicellular organisms called protists, like a dangerous amoeba that causes dysentery and bloody diarrhea. Currently more than fourteen hundred pathogens are known to infect humans. They can be high or low virulence. In the end, all the microbes that cause contagious diseases come from our cousins, primates, domesticated animals and, in other more and more dangerous ways, even from wild animals. Some “jumped” from animals to humans so long ago that we can not be sure of their origins. But there are other diseases that can be traced: pests transmitted by fleas that live in rodents, rabies from bats, bird flu or Lyme disease, also transmitted by rodents, but now through their ticks. Some of the most lethal pathogens are taimados viruses that have appeared much more recently: Ebola, SARS (severe acute respiratory syndrome) … Measles is the best example to illustrate the way mass diseases spread. Epidemics often occur in waves, spreading rapidly from one person to another until an entire population is exposed. In a short time, he survives or dies. In the case of measles, the survivors developed antibodies and remained immune for the rest of their lives.
Caused by the rubella virus, measles is the most contagious disease known to mankind, with an infection rate of over 95 percent. In contrast, a new strain of influenza can infect between one third and half of those exposed for the first time.

As the use of antibiotics spread, some side effects appeared, but in most cases they were mild-a few days with diarrhea or an allergic reaction. In almost all such cases, such problems were solved as soon as the antibiotic was stopped. There were people with serious, and sometimes deadly, penicillin allergies. But the risk of dying because of this was, and is, less than being struck by lightning. The medication is very safe.
However, there were some antibiotics with adverse effects. Some damaged the auditory nerve; others could not be used in children because their teeth were stained. An antibiotic widely used in the 1950s, chloramphenicol, caused a rare reduction in the ability of the bone marrow to form blood cells, which was fatal in one in forty thousand treatments. In very serious infections, the low risk of dying from an allergy to an antibiotic was infinitesimal compared to that of dying from the infection. But in some places hundreds of thousands of healthy children with mild sore throat were treated with chloramphenicol. For them, the risk clearly exceeded the benefit, and there were many alternative antibiotics. The doctors stopped using it almost completely. For years, I have told my students that if I had to live on a desert island and could only take an antibiotic with me, I would choose chloramphenicol; so good is
The idea that other potent antibiotics could also have side effects beyond those evident to the naked eye was not part of conventional wisdom; it was something that was not even considered. If there were no allergies in the days or weeks after the treatments, the antibiotic used was considered safe.
Almost all the great advances in medicine since the second half of the 20th century until today were catalyzed by antibiotics. No harm could be derived from its use, or so it seemed. The consequences appeared later.

The first recognized problem of overuse of antibiotics was resistance. It is very simple: the more often we introduce antibiotics in our body and that of our children, the more likely we are to select bacteria resistant to their action. Many people do not just understand this phenomenon. He thinks that “they have become resistant to antibiotics”, when in fact it is the bacteria that find or carry the ones that have become resistant. Here is the crux of the problem: there are always innocent bystanders, a multitude of them. In all mixed populations of bacteria there are vulnerable and resistant. The antibiotic removes the vulnerable from the whole body along with the pathogen, which is usually present in one place. It’s like bombarding an entire area when only a well-placed blow is needed.
And now we see ourselves with problems. When vulnerable species have declined or have been eliminated, populations of resistant bacteria expand. With fewer competitors around you, they thrive. They are the lucky ones that will proliferate in the child body. The resistant ones can be the own pathogen to destroy or the many, very many passers-by.
Antibiotic resistance diffuses into bacterial communities in two general ways. In the first place, with the multiplication of microorganisms that have already acquired resistance, what we call “vertical transmission”. A second crisis, accentuated by the excessive use of antibiotics and resistance to them: pharmaceutical companies shirk the task of developing new antibiotics that counteract resistance. There are already some infections that can not be treated with current antibiotics, and there are probably more.
Antibiotics range from those of reduced spectrum, which only attack some types of bacteria, to those of broad spectrum, which kill a greater variety of microbes. Most pharmaceutical companies favor the latter because, the more widespread their use, the greater their benefits. And doctors also prefer them for a good reason, because it can be difficult to determine if an infection is caused by streptococci, staphylococci or E. coli, and broad-spectrum agents cover the entire variety. But they have a non-negligible disadvantage: the broader the spectrum, the greater the selection for resistance.

The loss of H. pylori in a person’s stomach has created a new medium. Instead of the old equilibrium, the regulation of immunity, hormones and gastric acidity is now a dance without a partner. And as at the end of most lasting relationships, the effects are not only immediate or local; they are forever.
The changes that have occurred in the last century do not affect only the stomach. They also affect, at least, the nearby esophagus, the next episode of the story. New diseases related to the loss of H. pylori are increasing. The pathogens that cause epidemics to which we are defenseless. Ecological theory tells us that people whose resident bacteria have been altered will be the most vulnerable. All things being equal, the asthmatic, the obese and those suffering from any of the modern epidemics will be those who are most at risk of succumbing. Human history and prehistory are marked by earlier plagues, and the world was then more disconnected. Genetic studies indicate that we come from a small founding population; our ancestors may have been survivors of some previous cataclysm that was possibly related to climate change. But, controversial as the issue of climate change is in our day, global warming may not be our biggest concern.
Unless we change our habits, we face an “antibiotic winter,” a much greater danger, a global plague that we can not stop. The biology of the populations is against us; We are no longer protected by isolation, but now we live in a very connected world and we are billions, and many millions of us live today with degraded defenses. One was preantibiotic and another antibiotic; If we are not careful, we will soon see ourselves in a post-antibiotic era. This issue is now in the focus of attention of the Centers for Disease Control and Prevention, and I share your concern. But I am thinking of a different concept: not only in the failure of antibiotics due to resistance, but also in the greater vulnerability of millions of people as a result of a degraded ecosystem. Both things go hand in hand, but, in an interconnected world, the second is a deluge that waits for its moment and that will grow day after day. We have made real progress in the task of combating and eradicating terrible diseases. But, now, our efforts have reached their apogee, and the fruits of the discoveries have left indigestible and toxic seeds. We must act, because the consequences begin to surpass us and strong storms are coming.
However, we have many types of solutions, and some of them may have synergies if we combine the effects of two approaches, such as restricting both cesareans and the use of antibiotics and, finally, recovering the missing microorganisms.

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