La Tabla Periódica De Los Elementos Químicos — José Elgero & Pilar Goya & Pascual Román / The Periodic Table of Chemical Elements by José Elgero & Pilar Goya & Pascual Román (spanish book edition)

Gran libro divulgativo. La tabla periódica es la piedra Rosetta de la naturaleza. Para el no iniciado es solo un centenar largo de recuadros numerados, cada uno de ellos con una o dos letras, dispuestos con una extraña simetría asimétrica. Sin embargo, para los químicos revela los principios organizativos de la materia, es decir, los principios organizativos de la química.
La tabla periódica tiene dos partes esenciales comunes en todas las lenguas del mundo: el número atómico y el símbolo —que representa el nombre del elemento con una o dos letras, la primera de ellas siempre se escribe con mayúscula—. Los nombres se pueden representar de forma distinta y con caracteres muy diversos en las diferentes lenguas. No obstante, la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC, en sus siglas inglesas), institución encargada de velar por el nombre de los elementos químicos, ha adoptado el inglés como lengua universal. Desde el 28 de noviembre de 2016 se conocen 118 elementos químicos, tras la aprobación y adopción por la IUPAC de los elementos de números atómicos 113 (nihonio, Nh), 115 (moscovio, Mc), 117 (teneso, Ts) y 118 (oganesón, Og). De esta manera, se completa el periodo séptimo de las tablas periódicas de 18 y 32 columnas. Los elementos químicos se acomodan en la tabla periódica siguiendo el orden creciente de los números naturales que se corresponde con el orden creciente del número atómico.

La importancia del uso y dominio de los elementos químicos y sus compuestos ha tenido un papel decisivo en el desarrollo de la humanidad. Las distintas civilizaciones y cul­­turas se interesaron por el conocimiento del origen y composición del cosmos. Entre ellas destacan las culturas egipcia, babilónica, hinduista, budista, china, griega y tibetana. Los filósofos griegos, tras largos periodos de reflexión, llegaron a la conclusión de que el cosmos estaba constituido por cuatro elementos (agua, aire, fuego y tierra), a los que Aristóteles añadió el quinto elemento, quintaesencia o éter, representación de la perfección y la pureza. Además, establecieron las cualidades que exhibía la materia al combinarlos. Así, lo cálido surgía al mezclar el aire y el fuego; la sequedad resultaba al combinar el fuego y la tierra; el frío aparecía por la acción del agua sobre la tierra, y la humedad al mezclar el agua con el aire. Estos elementos se relacionaron con los cinco poliedros platónicos. Aristóteles, discípulo de Platón, asoció estos cinco elementos con otros tantos poliedros: el fuego al tetraedro, el aire al octaedro, la tierra al cubo, el agua al icosaedro y el éter al dodecaedro. Así fueron recogidos por Johannes Kepler en su obra Mysterium Cosmographicum, publicada en 1595.
Por otra parte, los filósofos chinos creían que el universo estaba constituido por cinco elementos (agua, fuego, madera, metal y tierra). Establecieron entre ellos las siguientes relaciones para explicar su generación: la madera alimenta el fuego, el fuego crea la tierra (cenizas), la tierra contiene al metal, el metal recoge al agua y el agua nutre la madera.
En la Edad Media se propagaron las ideas de Aristóteles junto con las de los alquimistas. La alquimia se transmitió a través de los siglos desde Egipto y Arabia a Grecia y Roma y, finalmente, a Europa occidental y central, gracias a los alquimistas árabes y chinos. Los objetivos de los alquimistas eran tres: hallar la piedra filosofal o piedra del conocimiento, revelar los secretos de la eterna juventud y la salud y descubrir la transmutación de los metales. Los alquimistas medievales pensaban que los distintos elementos eran una misma sustancia con diversos grados de pureza. El oro era el más puro de todos y la plata lo seguía de cerca. Los alquimistas utilizaban los signos astronómicos de los planetas para representar los elementos químicos. Fueron capaces de desarrollar equipos de laboratorio, procesos experimentales y obtuvieron nuevas sustancias que han llegado hasta nuestros días. La principal aportación de los alquimistas fueron los metales y sus compuestos derivados. Cuando calentaban los metales al aire prepararon la calx metallica, lo que hoy se conoce como el óxido metálico, que se forma por la reacción del metal con el oxígeno del aire.

Durante el siglo XIX un gran número de científicos fueron ampliando y mejorando la tabla de elementos propuesta por Lavoisier. Así, John Dalton presentó, en 1803, una tabla con 20 elementos, sus símbolos, sus pesos atómicos y sus compuestos. Los pesos atómicos se basaban en la hipótesis de Prout. Cinco elementos eran compuestos (magnesia, lima, soda, potasa y baritas). Los símbolos de los elementos los representaba con círculos en los que introducía signos o letras para diferenciarlos. En 1808, Dalton había completado esta tabla hasta alcanzar 36 elementos. Además, formuló los compuestos químicos utilizando sus símbolos como se aprecia en la parte inferior de la tabla derecha. Sus pesos atómicos le condujeron a formular el agua como HO.
Una gran aportación al desarrollo de la formulación y clasificación de los elementos químicos vino de la mano de Jöns Jacob Berzelius, quien inspirado en el sistema de Linneo para clasificar los seres vivos, propuso en 1813-1814 una tabla con 19 elementos y una nueva nomenclatura para los elementos químicos derivándolos del latín y los representó por símbolos utilizando una o dos letras derivadas de sus nombres latinos. Cannizzaro construye una tabla con 33 sustancias y determina el peso atómico de 31 elementos químicos. Es la primera gran relación con pesos atómicos y moleculares semejantes a los que hoy conocemos. Establece la ley de los átomos en la que introduce el concepto de átomo: “Las diferentes cantidades del mismo elemento contenido en distintas moléculas son todas ellas múltiplos enteros de una misma cantidad, que, siendo entera siempre, debe llamarse por esta razón átomo”.

El químico y profesor ruso Dimitri Ivánovich Mendeléiev es el científico ruso más famoso en nuestros días. Fue el codescubridor más reconocido de la tabla periódica, que basó en la ley periódica descubierta por él y que creía que era una ley de la naturaleza. Mendeléiev fue el último de los seis codescubridores de la tabla periódica a quien se atribuye su paternidad que le llevó a la fama cuando propuso la primera versión de la tabla periódica en 1869. Perteneció al grupo de codescubridores de la tabla periódica y, sin duda alguna, es el más consistente de todos ellos. Se distingue Mendeléiev de los pioneros y codescubridores de la tabla periódica por su fe en su descubrimiento, que continuó estudiando, enriqueciendo y situando los nuevos elementos a lo largo de los años. Su dedicación al estudio de la tabla periódica, al ordenar los elementos químicos por su peso atómico creciente, le condujo a la predicción de nuevos elementos y a avanzar algunas de sus propiedades. Se permitió corregir el peso atómico de algunos elementos que consideraba erróneos, a otros los situó en un lugar distinto al que les correspondía por su peso atómico, dando prioridad a las propiedades a las propiedades químicas del grupo en el que lo clasificaba. Cuando se celebró el Congreso de Karlsruhe, Mendeléiev se encontraba en la Universidad de Heidelberg, investigando al lado de Bunsen… Mendeléiev estaba convencido de la validez universal de su ley periódica en la que los elementos químicos se ordenaban según sus pesos atómicos crecientes tras la publicación de las primeras versiones de sus primeras tablas periódicas (1869 y 1871). Entre las dos versiones de sus tablas periódicas hay algunas diferencias notables en el valor de los pesos atómicos de algunos elementos como el itrio, indio, didimio, cerio, erbio, lantano, torio y uranio.
Había lanzado un desafío a la comunidad científica mundial con notable osadía. Observó que algunos elementos no encajaban en la columna que les correspondía por su peso atómico. Las predicciones de Mendeléiev no eran fruto de la casualidad, como habían sugerido algunos de sus detractores. Dimitri Mendeléiev junto con Lothar Meyer fueron reconocidos por la Royal Society de Londres en 1882 con la Medalla Davy “por sus descubrimientos de las relaciones periódicas de los pesos atómicos”. En 1889, Mendeléiev fue nombrado socio extranjero de la Royal Society (ForMemRS, en sus siglas inglesas) y recibió la Medalla Faraday de la Chemical Society de Gran Bretaña. En 1905 fue distinguido con la Medalla Copley de la Royal Society de Londres. Sin embargo, Mendeléiev no recibió el Premio Nobel de Química en 1906. Aquel año le fue entregado al químico francés Henry Moissan “en reconocimiento a los grandes servicios proporcionados por él en su investigación y aislamiento del elemento flúor, y por la adopción en el servicio de la ciencia del horno eléctrico nombrado en su honor”.

Aportaciones españolas:

– Platino. En 1735 (reinando el duque de Anjou con el nombre de Felipe V, 1700-1746), don Antonio de Ulloa y de la Torre Giral, astrónomo y marino, en su viaje con don Jorge Juan y Santacilia a la América Meridional observó un mineral denominado “platina” (pequeña plata) en las minas de oro del río Pinto en lo que hoy es Colombia. Al regresar a España en 1745 su barco fue atacado por corsarios y finalmente Ulloa fue capturado por la marina británica. Fue conducido a Londres y sus documentos confiscados, pero sus amigos de la Royal Society lo liberaron, sus documentos le fueron devueltos y él fue elegido miembro de dicha sociedad en 1746. Mientras tanto, en 1741, sir Charles Wood llevó a Inglaterra las primeras muestras del metal y siguiendo la publicación de Ulloa de 1748 (ya reinaba en España Fernando VI, 1746-1759), comenzaron a estudiar sus propiedades en Inglaterra y Suecia. Se le empezó a conocer como “oro blanco” (ese término se usa hoy día para describir una aleación oro-paladio) y como “el octavo metal” (en referencia a los siete metales oro, plata, mercurio, cobre, hierro, estaño y plomo, conocidos desde la Antigüedad), pero hubo muchas dificultades para trabajarlo debido a su alto punto de fusión y su carácter quebradizo (por impurezas de hierro y cobre).
– Wolframio. El único elemento químico aislado en suelo español fue el wolframio, y lo hicieron en 1783 los riojanos Juan José y Fausto de Delhuyar (o Elhuyar o De Luyart), que trabajaban en el Real Seminario Patriótico Bascongado de Ver­­gara (Guipúzcoa). Aunque no hay ninguna duda sobre la paternidad de este elemento, es el único elemento de la tabla periódica para el que la IUPAC admite (o admitía) dos nombres: wolframio y tungsteno (curiosamente, el diccionario Espasa lo llama tungsteno). En 1781, el gran Carl Wilhelm Scheele tiene en su haber el descubrimiento del oxígeno, nitrógeno, cloro, bario, manganeso y molibdeno, describió el tungsteno, aunque de este último no aisló el elemento, sino su óxido, WO3, a partir de un mineral llamado hoy día scheelita en su honor. El elemento puro lo aislaron los hermanos Delhuyar dos años más tarde, de la wolframita. A pesar de los esfuerzos realizados por químicos españoles de la Real So­­ciedad Española de Química, parece ser que la IUPAC se ha inclinado por el nombre tungsteno, aunque el símbolo sigue siendo W y, en español, su nombre es wolframio y las sales se seguirán llamando wolframatos.
– Vanadio. En 1801 (reinando Carlos IV), Andrés Manuel del Río Fernández dijo haber descubierto el elemento 23 de la tabla periódica de los elementos, hasta entonces desconocido, en una mina de plomo mexicana (Zimapán), y como sus sales eran rojas, lo denominó eritronio. Cuatro años más tarde, el francés Hippolyte Victor Collet-Descotils manifestó que lo que había aislado era en realidad cromato básico de plomo, lo cual condujo a Del Río a retirar su reivindicación. En 1830, el elemento fue redescubierto (de ahí el reparto entre España y Suecia) por Nils Gabriel Sefström en ciertos minerales de hierro suecos. Por la riqueza y variedad de colores de sus sales, lo denominó vanadio en recuerdo de Vanadis, la diosa escandinava de la belleza. Un año más tarde, 1831, Friedrich Wöhler (el que sintetizó la urea) estableció la identidad del vanadio y eritronio.

La ley periódica de Mendeléiev ha tenido un amplio eco en la cultura popular. La imagen de una naturaleza ordenada, previsible, sujeta a una bella estructura, ha ido seduciendo a todo tipo de creadores. Los elementos de la tabla periódica pasaron a percibirse como individuos dotados de un carácter particular, una forma de ser y de comportarse: una personalidad, en suma. Esta humanización de los elementos es una de las constantes de la recepción que la obra de Mendeléiev ha tenido en el imaginario colectivo. En la época de la ebullición de los nacionalismos, este fenómeno se vio reforzado por las pugnas entre países para descubrir y dar nombre a los nuevos elementos cuya existencia había anticipado el genial químico ruso.

La vida de Maria Skłodowska Curie, la gran científica, descubridora de dos elementos importantes, el polonio y el radio, ha merecido la atención de la literatura y el cine. De las numerosas biografías sobre ella, la más emotiva y que se convirtió en un best seller es la de su hija Eva publicada por primera vez en 1937. Recientemente, Rosa Montero se ha acercado al personaje en su obra La ridícula idea de no volver a verte. Ha habido también dos películas sobre ella, una de 1946 interpretada por Greer Garson, y la segunda de 2016 por la actriz Karolina Gruszka. En 2011 Elzbieta Sikora escribió una ópera titulada Madame Curie.
En 2019, Correos de España ha emitido un sello dedicado al Año Internacional de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos donde se muestran los tres elementos descubiertos o aislados por científicos españoles.

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Great didactic book. The periodic table is the Rosetta stone of nature. For the uninitiated it is only a hundred long numbered boxes, each one with one or two letters, arranged with a strange asymmetric symmetry. However, for chemists it reveals the organizational principles of matter, that is, the organizational principles of chemistry.
The periodic table has two essential parts common in all the languages of the world: the atomic number and the symbol -which represents the name of the element with one or two letters, the first of which is always capitalized. Names can be represented differently and with very different characters in different languages. However, the International Union of Pure and Applied Chemistry (IUPAC, in its English acronym), institution responsible for ensuring the name of chemical elements, has adopted English as a universal language. Since November 28, 2016, 118 chemical elements have been known, following the approval and adoption by the IUPAC of the elements of atomic numbers 113 (nihonio, Nh), 115 (moscovio, Mc), 117 (teneso, Ts) and 118 ( oganneson, Og). In this way, the seventh period of the periodic tables of 18 and 32 columns is completed. The chemical elements are arranged in the periodic table following the increasing order of the natural numbers that corresponds to the increasing order of the atomic number.

The importance of the use and mastery of chemical elements and their compounds has played a decisive role in the development of humanity. The different civilizations and cultures were interested in the knowledge of the origin and composition of the cosmos. These include the Egyptian, Babylonian, Hindu, Buddhist, Chinese, Greek and Tibetan cultures. The Greek philosophers, after long periods of reflection, came to the conclusion that the cosmos was constituted by four elements (water, air, fire and earth), to which Aristotle added the fifth element, quintessence or ether, representation of perfection and purity. In addition, they established the qualities exhibited by the material when combined. Thus, the warm arose when mixing air and fire; dryness resulted from combining fire and earth; the cold appeared by the action of water on the earth, and the humidity by mixing the water with the air. These elements were related to the five Platonic polyhedra. Aristotle, disciple of Plato, associated these five elements with many other polyhedra: fire to the tetrahedron, air to the octahedron, earth to the bucket, water to the icosahedron and ether to the dodecahedron. Thus they were picked up by Johannes Kepler in his work Mysterium Cosmographicum, published in 1595.
On the other hand, the Chinese philosophers believed that the universe was constituted by five elements (water, fire, wood, metal and earth). They established among themselves the following relationships to explain their generation: wood feeds fire, fire creates earth (ashes), earth contains metal, metal collects water and water nourishes wood.
In the Middle Ages the ideas of Aristotle along with those of the alchemists were propagated. Alchemy was transmitted through the centuries from Egypt and Arabia to Greece and Rome and, finally, to Western and Central Europe, thanks to the Arab and Chinese alchemists. The objectives of the alchemists were three: to find the philosopher’s stone or stone of knowledge, to reveal the secrets of eternal youth and health and to discover the transmutation of metals. The medieval alchemists thought that the different elements were the same substance with varying degrees of purity. Gold was the purest of all and silver followed close behind. The alchemists used the astronomical signs of the planets to represent the chemical elements. They were able to develop laboratory equipment, experimental processes and obtained new substances that have survived to this day. The main contribution of the alchemists were the metals and their derived compounds. When they heated the metals to the air they prepared the metallica calx, what is now known as the metallic oxide, which is formed by the reaction of the metal with the oxygen of the air.

During the nineteenth century a large number of scientists were expanding and improving the table of elements proposed by Lavoisier. Thus, John Dalton presented, in 1803, a table with 20 elements, their symbols, their atomic weights and their compounds. The atomic weights were based on the Prout hypothesis. Five elements were compounds (magnesia, lime, soda, potash and barites). The symbols of the elements represented them with circles in which he introduced signs or letters to differentiate them. In 1808, Dalton had completed this table until it reached 36 elements. In addition, he formulated the chemical compounds using his symbols as shown in the lower part of the right table. His atomic weights led him to formulate the water as HO.
A great contribution to the development of the formulation and classification of chemical elements came from the hand of Jöns Jacob Berzelius, who inspired in the Linnaeus system to classify living beings, proposed in 1813-1814 a table with 19 elements and a new nomenclature for the chemical elements deriving them from Latin and represented them by symbols using one or two letters derived from their Latin names. Cannizzaro builds a table with 33 substances and determines the atomic weight of 31 chemical elements. It is the first great relationship with atomic and molecular weights similar to those we know today. Establishes the law of atoms in which introduces the concept of atom: “The different quantities of the same element contained in different molecules are all integer multiples of the same amount, which, being always always, must be called atom for this reason.”

Russian chemist and professor Dimitri Ivanovich Mendeleev is the most famous Russian scientist in our day. He was the most recognized co-discoverer of the periodic table, which based on the periodic law discovered by him and which he believed was a law of nature. Mendeleev was the last of the six co-discoverers of the periodic table to whom is attributed his paternity that led him to fame when he proposed the first version of the periodic table in 1869. He belonged to the group of co-discoverers of the periodic table and, without a doubt , is the most consistent of them all. Mendeleev distinguishes himself from the pioneers and co-discoverers of the periodic table by his faith in his discovery, which continued to study, enrich and situate the new elements over the years. His dedication to the study of the periodic table, when ordering the chemical elements by his increasing atomic weight, led him to the prediction of new elements and to advance some of their properties. It was allowed to correct the atomic weight of some elements that it considered erroneous, to others it placed them in a different place to the one that corresponded to them by its atomic weight, giving priority to the properties to the chemical properties of the group in which it classified it. When the Karlsruhe Congress was held, Mendeleev was at the University of Heidelberg, investigating alongside Bunsen … Mendeleev was convinced of the universal validity of his periodic law in which the chemical elements were ordered according to their increasing atomic weights after the publication of the first versions of his first periodic tables (1869 and 1871). Between the two versions of its periodic tables there are some notable differences in the value of the atomic weights of some elements such as yttrium, indium, didymium, cerium, erbium, lanthanum, thorium and uranium.
He had launched a challenge to the world scientific community with remarkable boldness. He observed that some elements did not fit in the column that corresponded to them because of their atomic weight. Mendeleev’s predictions were not the result of chance, as some of his detractors had suggested. Dimitri Mendeleev together with Lothar Meyer were recognized by the Royal Society of London in 1882 with the Davy Medal “for their discoveries of the periodic relations of the atomic weights”. In 1889, Mendeleev was appointed foreign partner of the Royal Society (ForMemRS) and received the Faraday Medal from the Chemical Society of Great Britain. In 1905 he was distinguished with the Copley Medal of the Royal Society of London. However, Mendeleev did not receive the Nobel Prize in Chemistry in 1906. That year it was delivered to the French chemist Henry Moissan “in recognition of the great services provided by him in his research and isolation of the fluorine element, and by the adoption in the service of the science of the electric furnace named in his honor “.

spaniard aportations:

– Platinum. In 1735 (reigning the Duke of Anjou with the name of Felipe V, 1700-1746), Don Antonio de Ulloa and the Torre Giral, astronomer and sailor, on his trip with Don Jorge Juan and Santacilia to South America observed a mineral called “platina” (small silver) in the gold mines of the Pinto River in what is now Colombia. Upon returning to Spain in 1745 his ship was attacked by corsairs and finally Ulloa was captured by the British Navy. He was taken to London and his documents confiscated, but his friends from the Royal Society released him, his documents were returned to him and he was elected a member of that society in 1746. Meanwhile, in 1741, Sir Charles Wood took the first samples to England of the metal and following the publication of Ulloa of 1748 (already reigned in Spain Fernando VI, 1746-1759), they began to study their properties in England and Sweden. It began to be known as “white gold” (that term is used today to describe a gold-palladium alloy) and as “the eighth metal” (in reference to the seven metals gold, silver, mercury, copper, iron, tin and lead, known since Antiquity), but there were many difficulties to work it due to its high melting point and its brittle character (due to iron and copper impurities).
– Wolfram. The only chemical element isolated on Spanish soil was the tungsten, and in 1783 the Rioja Juan José and Fausto de Delhuyar (or Elhuyar or De Luyart), who worked at the Royal Patriotic Seminary Bascongado de Vergara (Guipúzcoa). Although there is no doubt about the paternity of this element, it is the only element of the periodic table for which the IUPAC admits (or admitted) two names: tungsten and tungsten (interestingly, the Espasa dictionary calls it tungsten). In 1781, the great Carl Wilhelm Scheele has to his credit the discovery of oxygen, nitrogen, chlorine, barium, manganese and molybdenum, described tungsten, although the latter did not isolate the element, but its oxide, WO3, from a mineral called today scheelite day in his honor. The pure element was isolated by the Delhuyar brothers two years later, from the wolframite. Despite the efforts made by Spanish chemists of the Royal Spanish Society of Chemistry, it seems that the IUPAC has been inclined by the name tungsten, although the symbol remains W and, in Spanish, its name is tungsten and the salts will be followed calling wolframatos.
– Vanadio. In 1801 (reigning Carlos IV), Andrés Manuel del Río Fernández said he discovered element 23 of the periodic table of elements, hitherto unknown, in a Mexican lead mine (Zimapán), and since its salts were red, he named it erythronium. Four years later, the French Hippolyte Victor Collet-Descotils said that what he had isolated was actually basic lead chromate, which led Del Rio to withdraw his claim. In 1830, the element was rediscovered (hence the division between Spain and Sweden) by Nils Gabriel Sefström in certain Swedish iron ores. Because of the richness and variety of colors of its salts, he named it Vanadium in memory of Vanadis, the Scandinavian goddess of beauty. A year later, 1831, Friedrich Wöhler (the one who synthesized urea) established the identity of vanadium and erythronium.

Mendeleev’s periodic law has had a widespread echo in popular culture. The image of an orderly, predictable nature, subject to a beautiful structure, has seduced all kinds of creators. The elements of the periodic table came to be perceived as individuals endowed with a particular character, a way of being and behaving: a personality, in short. This humanization of the elements is one of the constants of the reception that Mendeléiev’s work has had in the collective imagination. At the time of the boiling of nationalisms, this phenomenon was reinforced by the struggles between countries to discover and give name to the new elements whose existence had been anticipated by the brilliant Russian chemist.

The life of Maria Skłodowska Curie, the great scientist, discoverer of two important elements, polonium and radio, has deserved the attention of literature and cinema. Of the numerous biographies about her, the most emotional and which became a best seller is that of her daughter Eva, first published in 1937. Recently, Rosa Montero has approached the character in her work The ridiculous idea of not returning to to see you. There have also been two films about her, one from 1946 played by Greer Garson, and the second from 2016 by actress Karolina Gruszka. In 2011 Elzbieta Sikora wrote an opera entitled Madame Curie.
In 2019, Correos de España has issued a stamp dedicated to the International Year of the Periodic Table of Chemical Elements, which shows the three elements discovered or isolated by spanish scientists.

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