El Relato Nacional. Historia De La Historia De España — José Álvarez Junco & Gregorio De La Fuente / The National Story. History Of The Story of Spain – José Álvarez Junco & Gregorio De La Fuente (spanish book edition)

Debo decir que todos sus libros son interesantes. Este El relato nacional (Ed. Taurus) está basado aunque reescrito, anotado y completado en Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de la identidad (Ed. Crítica-Marcial Pons 2013), todo un referente para la historiografía en España.
Estamos ante un ensayo sobre la relación entre la visión del pasado con el territorio y lo que hoy llamamos españoles. Una visión que comenzó en el plano legendario, con inverosímiles antepasados y tribus que habitaban en la península Ibérica vinculados con los poderosos del momento.
En los siglos medievales Isidoro de Sevilla redactó la primera historia colectiva, pero la del pueblo godo, no del español, que habría recibido una paradisíaca Hispania como premio a sus proezas.
A finales del siglo IX, Alfonso III para legitimar su poder elabora las crónicas históricas vinculando su monarquía asturiana a la sangre del linaje real godo, algo imposible dado que se trataba de una monarquía electiva en la que se alternaban diferentes familias dominantes.
En el siglo XIII surgieron las crónicas generales que pretendían aunar el pasado romano con el godo para así lograr el primer relato peninsular unificado. Más adelante la escuela judeoconversa del siglo XV dirigió sus esfuerzos hacia Europa dada la pretensión de los reinos peninsulares de rivalizar con otros reinos europeos. En el eje astur-galaico-leonés-castellano que acabaría siendo el poder central fue especialmente evidente, pero sucedió también en Portugal, Navarra, Aragón y Cataluña además de la España musulmana donde nacieron tradiciones historiográficas diferentes.
Caso curioso de la mitología medieval es el de los patrones, Santiago, patrón inicial de los reinos cristianos del norte peninsular incluido Portugal, sustituido allí por San Jorge, soldado romano del siglo III que venció al dragón, el cambio de patrón se produjo después de la llegada de la dinastía Avis tras la batalla de Aljubarrota (1385) cuando sus aliados ingleses se acogieron a la protección de Saint George frente al Santiago castellano.
Los aragoneses por influencia francesa invocaban a San Martí aunque en Cataluña se abría paso bajo Pedro IV el Ceremonioso Sant Jordi.
En el Renacimiento y Barroco aparecieron eruditos que sin el menor pudor o escrúpulo inventaban antecedentes a la carta a las casas nobiliarias a las que servían, frente a ellos reaccionaron en el siglo XVII y XVIII los novatores o ilustrados que defendieron la crítica documental lo más rigurosa posible.
“Las décadas centrales del XVIII fueron también el momento en que comenzó a escribirse la historia con la idea de que pudiera ser utilizada en la enseñanza (…) representaron la plasmación del canon historiográfico que el siglo ilustrado había ido perfilando.”
Con las tropas napoleónicas aparece el relato liberal con la creencia en que los pueblos además de independientes desde un pasado remoto se habían dotado de instituciones “libres”.
Será todo el siglo IX un permanente debate entre la tradición laico-liberal y la católica-conservadora, la primera bajo el ideal de una España que debe su identidad a las luchas medievales por la libertad y la independencia patria y la otra en la expansión imperial al servicio de la religión.
“Quedaba así planteado, en términos historiográficos, el abismo que separaba la interpretación del pasado entre aquellos dos mundos culturales que fueron llamados “las dos Españas (…) Así la visión negativa, en relación con el pasado español, que provenía de la llamada leyenda negra. Los conservadores no podían consentir que se generalizara esta versión y pasarían pronto a la contraofensiva. Y su argumento principal residiría, precisamente, en la valoración positiva que hacían del papel de la Iglesia católica en el pasado nacional.”
A finales del siglo XIX con la llegada del positivismo y de nuevos campos científicos como la arqueología, la antropología física, la historia institucional y la cultural, la nación no dejará de ser el marco incuestionable del relato, la crisis del 98 traería el “problema de España” destinado a gozar del protagonismo más de medio siglo, se convertirá en un angustiado género identitario regeneracionista presente en lo ensayístico, filosófico y literario.

En plena oleada populista la visión de la historia cumple una función definitiva, especialmente en el caso de los nacionalismos que en España ha alcanzado niveles delirantes como los que estamos asistiendo en el Procès, un ejemplo de como la historia es necesaria para legitimar cualquier pretensión identitaria.
Pero coincidiendo con las lecciones de Álvarez Junco a lo largo de toda su obra, las identidades nacionales son una construcción histórica que viene de factores contingentes aunque por supuesto también los hay estructurales. Nada es atribuible a lo religioso, a lo mítico ni a espíritus colectivos que habitan en los nativos de cualquier lugar.
Así que no hay un espíritu ni español ni de ningún otro país, en nuestra identidad y en la forma de construirse no hay excepcionalidad alguna.
Estamos ante un libro extraordinario.

La península recibió de los griegos un nombre global, «Iberia», relacionado, al parecer, con un río Iber —que no para todos los que lo mencionan es el Ebro actual—, mezclado a veces con «Hesperia», derivado, también según parece, de la estrella occidental Véspero. Los romanos lo convirtieron en «Hispania», que, a su vez, según Samuel Bochart, vendría del fenicio «i-sephan-im», reino o costa de los conejos, aunque esta interpretación ha sido muy discutida y también podría ser costa de los fundidores o costa septentrional. Nombres, pues, existieron, y desde épocas muy remotas. Pero a esta constatación deben añadirse de inmediato un par de precisiones: la primera, que su significado era meramente geográfico, es decir, que no se refería a una unidad política ni a un conjunto humano con rasgos culturales o psicológicos que lo distinguieran de sus vecinos; se hablaba de Hispania como territorio —clima o geografía de Hispania, ir a Hispania o salir de ella—, pero no de «los hispanos» como un pueblo diferente a otros, ni de un «reino de Hispania», que no existió en la prehistoria ni en la Antigüedad clásica. Y la segunda advertencia es que ese término geográfico incluyó en todo
momento lo que luego sería Portugal, es decir, que no se refería a la actual España, sino a la península Ibérica en su conjunto.
Geográficamente, es importante recordar que Iberia o Hispania estaba situada en los confines de lo que durante milenios fue el mundo conocido. Basta imaginar un mapa de Eurasia y África, con sus bordes norte y sur confusos —como fue el de Tolomeo, gran referencia hasta los viajes de Colón—, para hacerse a la idea de hasta qué punto la península Ibérica era un apéndice localizado en el extremo occidental. Ello quiere decir que se hallaba muy distante de los grandes centros culturales mundiales anteriores a la era cristiana: Egipto, Mesopotamia, Grecia, India, China. Tampoco parece que produjera una gran cultura propia en esa época. En los textos bíblicos, fenicios y griegos hay referencias a Tartesos, reino situado alrededor del actual golfo de Cádiz, pero ni se ha encontrado la localización exacta de la urbe que sería el centro de esa cultura ni puede asegurarse que no tuviese un origen colonial, a juzgar por las fuertes influencias orientales que se detectan en los restos hallados. En todo caso, ninguna de las grandes civilizaciones humanas anteriores a la fenicia o la griega parece haber tenido contactos con las culturas o con los asentamientos humanos situados en lo que luego sería España.

Sobre la etimología y el significado del nuevo nombre, al-Andalus, no hay acuerdo entre los historiadores arabistas. Reinhart Dozy lanzó la idea, que C. F. Seybold y E. Lévy-Provençal hicieron suya, de que procedía de «Vandalicia», nombre supuesto de la Bética, pero Vallvé Bermejo lo relaciona más bien con «yazirat al-Andalus», isla del Atlántico o Atlántida, lo que reforzaría la pervivencia de los mitos grecolatinos en el mundo islámico. Sobre el contenido del término, las fuentes musulmanas lo aplican con preferencia a la zona por ellos dominada (cuya extensión se va reduciendo con el paso de los siglos), mientras que el norte cristiano es visto, por el contrario, como territorio Franchi; si bien al principio apenas dedican atención a esta zona de conflicto, al revés que en las crónicas cristianas, cuyo tema central es su relación bélica con los musulmanes. Las fuentes cristianas, por su parte, tienden a mantener el nombre latino —evolucionado ya por entonces hacia «Spania»— para la península entera, lo cual incluye tanto las zonas cristianas como las musulmanas, si bien Reinhart Dozy sostuvo que en los primeros siglos de la ocupación árabe el término se reservaba únicamente para al-Andalus, excluyendo el Reino astur y sus sucesores cristianos del norte.

El objetivo inmediato del goticismo seguía siendo legitimar la guerra contra el último reino musulmán. Los propios Reyes Católicos, en una carta dirigida al sultán de Egipto —y citada por Suárez Fernández— en respuesta a su petición de que cesen las hostilidades contra el reino de Granada, le explican que «las Españas en los tiempos antiguos fueron poseídas por los reyes sus progenitores; e que si los moros poseían agora en España aquella tierra del reino de Granada, aquella posesión era tiranía, e non juridicia. E por escusar esta tiranía, los reyes sus progenitores de Castilla y de León siempre pugnaron por lo restituir a su señorío, segund antes lo avía sido». Que nadie, en el momento, llamara al asedio y rendición del reino de Boabdil la «reconquista de Granada» parece indicar que aquello era más recurso literario y ardid jurídico que interpretación diaria de la realidad.
La época de los Reyes Católicos significó un nuevo avance en la creación de una imagen histórica colectiva. Escalones previos habían sido las crónicas generales de la época de Alfonso X, un rey que coincidía con Fernando e Isabel en la voluntad de hacer política europea; el ciclo de Alfonso III, que respondía a la necesidad de legitimar un núcleo de poder en proceso de afirmación; e Isidoro de Sevilla, quien representaba la conciencia de la monarquía visigoda en su etapa católica.

A partir de la comparación de las diversas causas autonomistas, es que en todas ellas desempeñó un papel destacado el culto a un pasado histórico descrito, como no podría ser menos en la época, de forma mitificada. En los relatos históricos se fundamentaron los debates sobre los títulos jurídicos que avalaban la legitimidad de los contendientes. Pero no debemos sobrevalorar la incidencia del campo que aquí estudiamos, pues en la resolución de estos enfrentamientos la fuerza militar y los apoyos internacionales pesaron más que la historia y el derecho. En 1640, y en el caso portugués, fueron cruciales los apoyos francés e inglés, que no habían existido en 1580, como lo fue la debilidad militar de Felipe IV y Carlos II, comparada con la de Felipe II; en el catalán, donde el resultado fue el opuesto al portugués, no se debió a la carencia de un pasado mítico —tan elaborado como el portugués o más—, sino a la menor implicación inglesa y a las dificultades surgidas en la alianza con la Francia de Richelieu y Mazarino, menos dispuesta aún que los Habsburgo españoles a respetar los fueros catalanes. En cualquier caso, el final del siglo XVII coincidió con el de la era barroca y con el comienzo de la mentalidad ilustrada; con la extinción de la dinastía de los Habsburgo, reemplazada por la de Borbón; y con la aceptación de la nueva configuración de la identidad española desvinculada ya de la portuguesa. Se sentaban así las nuevas bases sobre las que se construiría el relato histórico.

Se deben justificar otras políticas ilustradas en la línea del absolutismo reformista.
Lo que domina, pues, es una reivindicación de lo propio, y lo propio es «la nación», entendida como un colectivo popular, más que como una monarquía o una dinastía, que alcanzó su expresión plena en una época histórica idealizada. Tan central es la nación en este relato histórico que incluso se defendió el uso de una cronología distinta a la de la «era cristiana», a partir de la «era hispánica», iniciada treinta y nueve años antes, con la pacificación de la península por Augusto. De esa manera, «España» se situaba dentro de un marco temporal propio y profano, que competía con el bíblico, universal y sagrado, hasta entonces vigente. Y, al coincidir esta construcción ideal de la identidad colectiva con el marco territorial y humano que domina la monarquía, se esboza ya un rasgo que será propio de los nacionalismos en su época cenital: la identificación entre la estructura de poder y la cultura política (en este caso, la historia asumida por la colectividad). Le falta aún, para ser nacionalismo pleno, que ese sujeto colectivo —la nación— sustituya al monarca como portador legítimo de la soberanía. Pero esa reclamación está a la vuelta de la esquina. Para entonces, ese planteamiento desembocará en el nacionalismo romántico y lo que ha sido común a reformistas ilustrados y a tradicionalistas será también común a liberales y a absolutistas.
El ejemplo quizá más significativo y, sobre todo, más sorprendente de la fuerza de la sensibilidad patriótica o prenacional en la época fue la reacción de los jesuitas expulsados por Carlos III al buscar refugio en los territorios italianos. De lo dicho unas páginas antes sobre los compendios pedagógicos se puede deducir el casi completo dominio de los jesuitas en materia cultural y educativa; lo cual explica, en buena medida, la reacción de la segunda mitad del XVIII contra ellos, que de ningún modo se derivó únicamente de impulsos anticlericales de raíz masónica, sino que tuvo sólidos respaldos dentro de la Iglesia. La compañía no solo fue expulsada de las grandes potencias católicas, como Austria, Francia, Portugal o España, sino que el propio Vaticano, que acogió a sus miembros en sus territorios, la acabó disolviendo.

El fenómeno más destacado de la España postfranquista ha sido el interés despertado, de manera repentina, por lo regional y lo local, que ha reflejado el reconocimiento de la pluralidad que ha tenido lugar en la esfera política. Nada tiene que ver la situación actual con la de hace cuarenta años, cuando Tuñón de Lara pedía más «monografías provinciales»; pero la nueva historiografía local ya no está imbuida del espíritu localista de corte romántico del erudito local a la antigua, sino que tiende a convertirse en plataforma de reivindicaciones de autonomía regional o nacional.
La reivindicación de la historia cultural y la política o el resurgimiento de la biografía han servido de estandartes para la rebelión contra la visión estructural con supremacía de lo socioeconómico. La historia económica, por su parte, sin aspirar a ser ya la clave del conjunto de la evolución social, se ha convertido en un mundo autónomo y muy técnico, con mayores contactos con ambientes académicos internacionales que otras especialidades; algo semejante podría decirse de la demografía histórica.
Además de los temas culturales, otro terreno preferido para los investigadores en historia de las últimas décadas ha sido el político.
El rasgo más destacado en la situación historiográfica española de comienzos del siglo XXI es la fragmentación y la inexistencia de un paradigma histórico dominante. Ni siquiera hay autores o escuelas de gran prestigio que se atrevan a ofrecer una interpretación global de la historia de España.
En un mundo que tiende a eludir el debate, el torbellino político sigue, sin embargo, reinando en el terreno de los nacionalismos. Entre los historiadores que han defendido una visión más unitaria del pasado español, por mencionar únicamente a autores de primera fila y ya fallecidos.
Otro tipo de polémicas han sido las desatadas en torno a la llamada «memoria histórica», o tratamiento historiográfico —y judicial—, de la represión política bajo el franquismo. Son debates políticos, aunque se disfracen de históricos y adopten a veces terminología científica; pero su legitimidad es, por otra parte, indiscutible. En ellos se ha visto también envuelta la RAH, con ocasión de su Diccionario biográfico español, cuya orientación política conservadora en algunas biografías claves relacionadas con la República y la Guerra Civil causó cierto escándalo.
La historiografía española, en resumen, se caracteriza hoy por la ausencia de un paradigma dominante, la diversificación de temas y enfoques, la fuerte impronta regional o local y la contaminación del trabajo del historiador por contiendas políticas en terrenos relacionados con los nacionalismos o con el periodo que transcurre entre la década de 1930 y el franquismo. Los lazos con el mundo académico internacional, y la participación en los grandes debates historiográficos, siguen siendo escasos, aunque incomparablemente superiores a los de cualquier otro momento anterior. El futuro está más abierto que nunca y el momento puede considerarse prometedor.

I must say that all his books are interesting. This The national tale (Ed. Taurus) is based but rewritten, annotated and completed in The Stories of Spain. Visions of the past and construction of identity (Ed. Crítica-Marcial Pons 2013), a reference for historiography in Spain.
We are facing an essay on the relationship between the vision of the past with the territory and what we now call Spaniards. A vision that began in the legendary plane, with unlikely ancestors and tribes that lived in the Iberian Peninsula linked with the powerful of the moment.
In the medieval centuries Isidoro of Seville wrote the first collective history, but that of the Goth people, not of Spanish, who would have received a paradisiacal Hispania as a reward for their exploits.
At the end of the ninth century, Alfonso III, to legitimize his power, elaborated the historical chronicles linking his Asturian monarchy to the blood of the royal Gothic lineage, something impossible given that it was an elective monarchy in which different dominant families alternated.
In the thirteenth century came the general chronicles that sought to combine the Roman past with the Goth in order to achieve the first unified peninsular account. Later on, the Judeoconversation school of the 15th century directed its efforts towards Europe, given the pretension of the peninsular kingdoms to rival other European kingdoms. In the Asturian-Galician-Leonese-Castilian axis that would end up being the central power was especially evident, but it happened also in Portugal, Navarre, Aragon and Catalonia as well as Muslim Spain where different historiographical traditions were born.
Curious case of the medieval mythology is the one of the patrons, Santiago, initial pattern of the Christian kingdoms of the peninsular north including Portugal, replaced there by San Jorge, third-century Roman soldier who defeated the dragon, the change of pattern occurred after the arrival of the Avis dynasty after the battle of Aljubarrota (1385) when its English allies accepted the protection of Saint George against the Castilian Santiago.
The Aragonese by French influence invoked to San Martí although in Catalonia it was made passage under Pedro IV the Sant Jordi Ceremonious.
In the Renaissance and Baroque appeared scholars who without the slightest shame or scruple invented antecedents to the letter to the noble houses they served, in front of them they reacted in the seventeenth and eighteenth century novatores or enlightened that defended the documentary criticism as rigorous possible.
“The central decades of the 18th century were also the moment in which the history began to be written with the idea that it could be used in teaching (…) they represented the expression of the historiographic canon that the enlightened century had been shaping.”
With the Napoleonic troops the liberal story appears with the belief that the peoples as well as independents from the remote past had endowed themselves with “free” institutions.
The whole 9th century will be a permanent debate between the secular-liberal and the catholic-conservative tradition, the first under the ideal of a Spain that owes its identity to the medieval struggles for freedom and independence and the other in imperial expansion at the service of religion.
“It was thus raised, in historiographical terms, the abyss that separated the interpretation of the past between those two cultural worlds that were called” the two Spains (…) Thus the negative view, in relation to the Spanish past, that came from the so-called legend black The conservatives could not consent to the generalization of this version and would soon pass the counter-offensive. And their main argument would reside, precisely, in the positive assessment they made of the role of the Catholic Church in the national past. ”
At the end of the 19th century with the arrival of positivism and new scientific fields such as archeology, physical anthropology, institutional history and culture, the nation will not cease to be the unquestionable framework of the story, the crisis of ’98 would bring the “problem of Spain “destined to enjoy prominence for more than half a century, will become an anguished gender identitarian regenerationist present in the essay, philosophical and literary.

In full populist wave the vision of history has a definitive function, especially in the case of nationalism that in Spain has reached delirious levels as we are witnessing in the Procès, an example of how history is necessary to legitimize any identity claim .
But coinciding with the lessons of Alvarez Junco throughout his work, national identities are a historical construction that comes from contingent factors although of course there are also structural ones. Nothing is attributable to the religious, to the mythical or to collective spirits that inhabit the natives of any place.
So there is no spirit neither Spanish nor any other country, in our identity and in the way of building there is no exception.
We are facing an extraordinary book.

The peninsula received from the Greeks a global name, «Iberia», apparently linked to a river Iber -which is not for all those who mention it is the current Ebro-, sometimes mixed with «Hesperia», derivative, also according to it seems, of the western star Vesperus. The Romans turned it into “Hispania”, which, in turn, according to Samuel Bochart, would come from the Phoenician “i-sephan-im”, kingdom or coast of the rabbits, although this interpretation has been much discussed and could also be cost of the smelters or northern coast. Names, then, existed, and from very remote times. But to this observation should be added immediately a couple of precisions: the first, that its meaning was merely geographical, that is, it did not refer to a political unit or a human group with cultural or psychological features that distinguished it from its neighbors ; Hispania was spoken of as territory -climate or geography of Hispania, going to Hispania or leaving it-, but not of “Hispanics” as a people different from others, nor of a “Kingdom of Hispania”, which did not exist in the prehistory nor in classical antiquity. And the second caveat is that that geographical term included in everything
What would later be Portugal, that is to say, that did not refer to the current Spain, but to the Iberian Peninsula as a whole.
Geographically, it is important to remember that Iberia or Hispania was located in the confines of what the known world was for millennia. It is enough to imagine a map of Eurasia and Africa, with its confused north and south edges -as it was that of Ptolemy, a great reference until the voyages of Columbus-, to get an idea of ​​the extent to which the Iberian Peninsula was an appendix located in the western end. This means that it was very distant from the great world cultural centers before the Christian era: Egypt, Mesopotamia, Greece, India, China. Neither does it seem that it produced a great culture of its own at that time. In the biblical, Phoenician and Greek texts there are references to Tartesos, a kingdom located around the current Gulf of Cádiz, but neither the exact location of the city that would be the center of that culture nor can it be assured that it did not have a colonial origin, judging by the strong oriental influences that are detected in the remains found. In any case, none of the great human civilizations before the Phoenician or the Greek seems to have had contacts with the cultures or with the human settlements located in what would later be Spain.

On the etymology and the meaning of the new name, al-Andalus, there is no agreement among Arabist historians. Reinhart Dozy launched the idea, which CF Seybold and E. Lévy-Provençal endorsed, that it came from “Vandalicia”, supposed name of the Bética, but Vallvé Bermejo relates it rather to “yazirat al-Andalus”, Atlantic island or Atlantis, which would reinforce the survival of Greco-Roman myths in the Islamic world. On the content of the term, the Muslim sources apply it with preference to the zone dominated by them (whose extension is reduced with the passage of the centuries), while the Christian north is seen, on the contrary, as Franchi territory; although at first they hardly pay attention to this zone of conflict, unlike in the Christian chronicles, whose central theme is their war relation with the Muslims. The Christian sources, for their part, tend to maintain the Latin name – already evolved at that time towards “Spania” – for the entire peninsula, which includes both Christian and Muslim areas, although Reinhart Dozy maintained that in the first centuries of the Arab occupation the term was reserved only for al-Andalus, excluding the Asturian Kingdom and its Christian successors of the north.

The immediate goal of Gothicism was to legitimize the war against the last Muslim kingdom. The Catholic Kings themselves, in a letter addressed to the sultan of Egypt – and cited by Suárez Fernández – in response to his request to cease hostilities against the kingdom of Granada, explain that “the Spains in ancient times were owned by the kings his parents; and that if the Moors possessed that land in the Kingdom of Granada in Spain, that possession was tyranny, and not juridice. And to excuse this tyranny, the kings their progenitors of Castile and Leon always struggled to restore their lordship, second before it had been. That no one, at the time, would call the siege and surrender of Boabdil’s kingdom the “reconquest of Granada” seems to indicate that this was more a literary device and a legal device than a daily interpretation of reality.
The era of the Catholic Kings meant a new advance in the creation of a collective historical image. Previous steps had been the general chronicles of the time of Alfonso X, a king who coincided with Fernando and Isabel in the will to make European politics; the cycle of Alfonso III, which responded to the need to legitimize a nucleus of power in process of affirmation; and Isidoro de Sevilla, who represented the conscience of the Visigothic monarchy in its Catholic period.

From the comparison of the various autonomist causes, is that in all of them played a prominent role the cult of a historical past described, as it could not be less at the time, in a mystified way. Historical debates were based on the legal titles that supported the legitimacy of the contestants. But we should not overestimate the impact of the field we are studying here, because in the resolution of these confrontations, military force and international support weighed more than history and law. In 1640, and in the Portuguese case, the French and English supports, which had not existed in 1580, were crucial, as was the military weakness of Philip IV and Charles II, compared with that of Philip II; in Catalan, where the result was the opposite of Portuguese, it was not due to the lack of a mythical past – as elaborated as Portuguese or more – but to the lesser English implication and to the difficulties that arose in the alliance with France. Richelieu and Mazarin, less willing even than the Spanish Habsburgs to respect the Catalan fueros. In any case, the end of the seventeenth century coincided with that of the Baroque era and with the beginning of the enlightened mentality; with the extinction of the Habsburg dynasty, replaced by that of Bourbon; and with the acceptance of the new configuration of the Spanish identity already disconnected from the Portuguese one. Thus, the new bases on which the historical story would be built were laid.

Other policies illustrated in the line of reformist absolutism must be justified.
What dominates, then, is a vindication of one’s own, and what is proper is “the nation,” understood as a popular collective, rather than as a monarchy or a dynasty, which reached its full expression in an idealized historical epoch. So central is the nation in this historical account that it even defended the use of a chronology different from that of the “Christian era”, starting from the “Hispanic era”, started thirty-nine years earlier, with the pacification of the peninsula by Augusto. In this way, “Spain” was placed within a proper and profane temporal framework, which competed with the biblical, universal and sacred, until then in force. And, when this ideal construction of collective identity coincides with the territorial and human framework that dominates the monarchy, a feature that will be characteristic of nationalisms in its zenith era is already outlined: the identification between the structure of power and political culture ( in this case, the history assumed by the community). It still lacks, to be full nationalism, that collective subject – the nation – replaces the monarch as a legitimate bearer of sovereignty. But that claim is just around the corner. By then, this approach will lead to romantic nationalism and what has been common to enlightened reformers and traditionalists will also be common to liberals and absolutists.
Perhaps the most significant and, above all, the most striking example of the strength of the patriotic or prenational sensibility at the time was the reaction of the Jesuits expelled by Carlos III when seeking refuge in the Italian territories. From what has been said a few pages before about the pedagogical compendiums one can deduce the almost complete dominance of the Jesuits in cultural and educational matters; which explains, to a large extent, the reaction of the second half of the XVIII against them, which in no way derived solely from anticlerical impulses of Masonic roots, but had solid support within the Church. The company was not only expelled from the great Catholic powers, such as Austria, France, Portugal or Spain, but the Vatican itself, which hosted its members in their territories, ended up dissolving it.

The most outstanding phenomenon of post-Franco Spain has been the interest aroused, suddenly, by the regional and the local, which has reflected the recognition of the plurality that has taken place in the political sphere. The present situation has nothing to do with that of forty years ago, when Tuñón de Lara asked for more “provincial monographs”; but the new local historiography is no longer imbued with the romantic-minded localist spirit of the old-fashioned local scholar, but tends to become a platform for claims of regional or national autonomy.
The vindication of cultural history and politics or the resurgence of biography have served as banners for the rebellion against the structural vision with supremacy of the socioeconomic. Economic history, for its part, without aspiring to be the key to the whole of social evolution, has become an autonomous and very technical world, with greater contacts with international academic environments than other specialties; Something similar could be said of historical demography.
In addition to cultural issues, another favorite ground for researchers in history in recent decades has been the political one.
The most outstanding feature in the Spanish historiographic situation at the beginning of the 21st century is the fragmentation and non-existence of a dominant historical paradigm. There are not even authors or schools of great prestige that dare to offer a global interpretation of the history of Spain.
In a world that tends to avoid debate, the political whirlwind continues, nevertheless, reigning in the realm of nationalism. Among the historians who have defended a more unitary vision of the Spanish past, to mention only first-rate authors and already deceased.
Another type of controversy has been those unleashed around the so-called “historical memory”, or historiographic -and judicial- treatment, of political repression under the Franco regime. They are political debates, although they disguise themselves as historical and sometimes adopt scientific terminology; but its legitimacy is, on the other hand, indisputable. They have also been involved in the RAH, on the occasion of his Spanish biographical Dictionary, whose conservative political orientation in some key biographies related to the Republic and the Civil War caused some scandal.
Spanish historiography, in short, is characterized today by the absence of a dominant paradigm, the diversification of themes and approaches, the strong regional or local imprint and the contamination of the work of the historian by political contests in areas related to nationalism or period that elapses between the decade of 1930 and the Franco regime. Links with the international academic world, and participation in major historiographical debates, remain scarce, although incomparably superior to those of any previous moment. The future is more open than ever and the moment can be considered promising.

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