El Gran Miedo — James Harris / The Great Fear: Stalin’s Terror of the 1930s by James Harris

Un excelente ensayo sobre el Gran Terror del cual sabía muy poco. Es bien sabido y no es sorprendente que sepamos tan poco sobre los millones asesinados por los comunistas soviéticos. Stalin no actuó solo.

Entre el invierno de 1937 y el otoño de 1938, setecientos cincuenta mil ciudadanos soviéticos fueron ejecutados sumariamente y sus cadáveres arrojados a fosas comunes. Más de un millón más fueron condenados a cumplir penas prolongadas en los campos de trabajo del Gulag. Muchos de ellos no sobrevivieron a la terrible experiencia. Aunque ese no fue el único episodio de represión masiva en la historia de la Unión Soviética, sí fue con diferencia el más devastador. Figura entre los episodios más espantosos de violencia estatal en un siglo caracterizado por Estados violentos. Conocido comúnmente como el «gran terror» de Stalin, también está entre los momentos más incomprendidos de la historia del siglo XX.
Se trata, sin duda, de un episodio desconcertante. El terror se cebó con los ingenieros, los directores de las fábricas y otros especialistas del ámbito económico después de tres años de crecimiento sólido en los que se habían alcanzado todos los objetivos principales de los planes de desarrollo.

La participación de Rusia en la primera guerra mundial comenzó con la misma erupción de patriotismo que conoció el resto de Europa, pero el sentimiento se disipó mucho más rápido allí que en otros lugares. Las derrotas aplastantes sufridas por el ejército y la veloz pérdida de territorio a manos de los invasores alemanes fueron una causa decisiva, pero no única de esa reacción. Las finanzas estatales no estaban en condiciones de soportar un conflicto prolongado. Aumentar los impuestos nunca es una medida popular, pero la creación de un gravamen nuevo y oneroso para pagar por la incompetencia militar, y la espantosa pérdida de vidas en el frente como consecuencia de ella, inevitablemente se tradujo en protestas.
En los meses y años que siguieron, fue inevitable que los revolucionarios desarrollaran la misma sensación de vulnerabilidad que había experimentado el antiguo régimen. Al igual que sus predecesores, tuvieron que hacer frente a conflictos sucesorios. Al igual que ellos, tuvieron que enfrentarse a la hostilidad de las potencias extranjeras y a la necesidad de defender miles y miles de kilómetros de fronteras porosas. Y también a lidiar con el problema perenne de los nacionalismos periféricos. Ninguna de las preocupaciones que sirvieron para impulsar el aparato de represión bolchevique carecía de precedentes.

Aunque los revolucionarios eran por lo general gente violenta, los bolcheviques no destacaban de forma particular en ese ámbito. Los asesinatos y los atentados con bombas eran la especialidad de los socialistas revolucionarios (también conocidos como socialrevolucionarios o SR) y, en particular, del ala terrorista del movimiento, que buscaba provocar una revolución mediante la decapitación del antiguo régimen. En comparación, los bolcheviques soñaban con una revolución popular en la que se los aclamaría como los representantes naturales de las masas trabajadoras de Rusia. No obstante, eran conscientes de que los proletarios y los campesinos necesitaban que se los ayudara a superar la resistencia de las clases propietarias. Los bolcheviques eran marxistas, y los buenos marxistas son buenos historiadores. Conocían en profundidad los episodios revolucionarios previos y las razones por las que habían fracasado. No querían repetir los errores de la Revolución francesa, de los sucesos de 1848, de la Comuna de París de 1871 o de la propia revolución de 1905. Y aunque los desaciertos cometidos en cada uno de estos casos fueron muchos, el más común fue el de subestimar las fuerzas de la reacción.
La violencia de la guerra civil rusa fue una cuestión a la vez de teoría y de práctica. Los bolcheviques no estaban predestinados a gobernar por medios violentos debido a su orientación ideológica y el estudio de la historia, pero sí estaban resueltos a no acobardarse ante ellos cuando, desde su punto de vista, el momento lo exigiera. Y el momento llegó de forma decisiva cuando sus distintos enemigos pusieron al descubierto la vulnerabilidad del frente interno justo al mismo tiempo que los ejércitos blancos se acercaban más y más a Moscú y Petrogrado. A partir de entonces el uso del terror se amplió y profundizó no solo porque la jefatura bolchevique estaba convencida de que se necesitaba hacerlo, sino también porque las bases del Partido y las masas de la soldadesca habían estado endureciéndose desde el comienzo de la primera guerra mundial.
La Cheká se aficionó a destapar grandes conspiraciones: «El consejo de activistas públicos», «La unión de los terratenientes», «El comité comercial-industrial», «El centro derechista», «La unión para la regeneración», etcétera. Las detenciones y los interrogatorios se traducían en nuevos arrestos y nuevas «revelaciones» acerca de los vínculos entre estos grupos. Los juicios, el exilio y la ejecución de «contrarrevolucionarios» coincidían con el avance triunfal del Ejército Rojo. La Cheká estaba decidida a atribuirse el mérito de la victoria no solo porque creía con sinceridad en la importancia de su contribución a ella, sino porque sabía que seguía existiendo dentro del Partido un núcleo de opinión que veía con hostilidad la existencia de una policía política bolchevique poderosa. Documentos como el Libro rojo formaron parte de un esfuerzo consciente y concentrado de la Cheká por justificar su existencia. Por suerte para ellos, la mayoría de los líderes bolcheviques compartían la idea de que las conspiraciones contrarrevolucionarias habían sido, y seguirían siendo, una amenaza grave para el poder soviético.

A lo largo de la década de 1920, los servicios de inteligencia no dejaron de advertir de la creación por parte de gobiernos extranjeros de redes de agentes en territorio de la URSS con el objetivo de socavar el poder de los líderes soviéticos desde dentro mediante el sabotaje de las fábricas y las infraestructuras, el asesinato de funcionarios y la organización de una quinta columna en caso de guerra. Desde una perspectiva superficial, eso resultaba bastante coherente. El gobierno soviético había heredado muchas de las preocupaciones perennes del régimen zarista, incluido el problema que representaban miles de kilómetros de fronteras mal protegidas. Traspasarlas para realizar tales operaciones apenas suponía un reto para los enemigos foráneos de la Unión Soviética, y la infiltración de las organizaciones blancas en el extranjero llevada a cabo por la GPU sacó a la luz tramas y planes para nuevas incursiones. A comienzos de la década de 1920, la GPU consiguió en varias ocasiones recurrir los recortes presupuestarios que la afectaban con el propósito de ampliar su red de agentes en el extranjero.
El temor a una nueva invasión se combinó con las «pruebas» de las graves vulnerabilidades a nivel interno y, como era inevitable, eso influyó tanto en los debates acerca de la política económica como en la lucha por suceder a Lenin. De forma gradual, los temores alejaron la opinión del Partido de la «nueva política económica» y su cuasi economía de mercado. La lógica era bastante clara. Sin duda, la Unión Soviética necesitaba acelerar el ritmo de la industrialización con el fin de estar mejor preparada para la inevitable invasión de las potencias capitalistas. Sin duda, el desarrollo posterior de la economía industrial no debería ya depender de la voluntad de esos capitalistas mezquinos que eran los kuláks para poner el grano en el mercado. Sin duda, la Unión Soviética no podía permitirse seguir fortaleciendo durante más tiempo a los elementos capitalistas y los miembros de las «clases ajenas», sino que necesitaba volver a los métodos «comunistas» característicos del comunismo de guerra. Sin duda, ahora que la economía se había recuperado, el régimen estaba en condiciones de comprometerse con la clase de sistema totalmente planificado que solo había fracasado en un contexto de guerra y ruina. De hecho, el pánico bélico de 1927 favoreció un giro radical en contra de la NEP y el comienzo de lo que se conoció como la «gran ruptura». Asimismo marcó el comienzo de la fase final de la lucha por suceder a Lenin y el surgimiento de la dictadura de Stalin. Si bien el líder soviético usó la agudizada sensación de inseguridad para su provecho político a finales de la década de 1920, es necesario examinar con mayor detenimiento la lucha por el poder con el fin de entender en qué sentido la «gran ruptura» y el ejercicio de una autoridad cada vez más dictatorial de Stalin solo sirvieron para intensificar la propensión del régimen a percibir de forma equivocada y exagerada las amenazas a la URSS tanto dentro como fuera del país.

Un examen de las fuentes de archivo relativas al ascenso al poder de Stalin revela muchísimo no solo acerca de los orígenes de la dictadura sino también acerca de cuán fuerte y estable era el poder que poseía tanto en la realidad como en la percepción de sus contemporáneos y la de él mismo. La literatura existente atribuye su ascenso a una variedad de factores, desde el uso del terror y la propaganda hasta el atractivo de sus políticas, pero casi sin excepción mencionan el cargo de Stalin como secretario general. El relato más común propone que, en tanto secretario general, Stalin utilizó el control sobre los nombramientos para crear y cultivar un grupo de seguidores en el aparato del Partido.1 La mecánica de ese proceso se ha descrito en ocasiones como «flujo circular del poder». Stalin nombraba a los secretarios del Partido y ellos, a cambio, votaban por él en los congresos del Partido. Por lo general se da por sentado que Stalin usó el poder que eso le otorgaba para librarse de rivales políticos durante su ascenso a la jefatura de la URSS y, en años posteriores, para deshacerse de aquellos funcionarios que tenían reservas acerca de sus políticas. En resumen, la idea recibida es que, para finales de la década de 1920, Stalin tenía un control personal casi completo sobre la totalidad del aparato del Estado; que su dictadura era sólida y segura.
En lugar de sentirse seguro del control que tenía sobre los funcionarios del Partido, Stalin parece haber estado obsesionado por el fantasma del dvurushnik (alguien que es falso o hipócrita, una persona doble, traidora), que en público profesaba lealtad a la línea del Partido mientras que en privado trabajaba para subvertirla. Por tanto, las nuevas pruebas y testimonios contradicen la forma en que hemos entendido el surgimiento de la dictadura personal de Stalin y nos ofrecen una imagen más variable e inestable del poder soviético en las décadas de 1920 y 1930.
Con el fin de entender cómo surgió esta relación visiblemente tensa entre Stalin y la burocracia del Partido a comienzos de la década de 1930, debemos regresar a los orígenes mismos del Secretariado del Comité Central en el contexto de la toma del poder en 1917. Tras el golpe de octubre en Petrogrado, los bolcheviques se enfrentaron a la tarea colosal de tomar el control, y el gobierno, de los vastos territorios del Imperio ruso. Para hacerlo, tuvieron que eliminar o asimilar las estructuras burocráticas existentes, desde los ministerios centrales a los consejos de tierras locales. Tuvieron que batallar con los demás grupos con los que competían por el poder, incluidos los mencheviques, los socialistas revolucionarios y las minorías nacionales que buscaban crear Estados independientes.

Stalin era también muy consciente de que los nuevos planes industriales supondrían nuevas cargas excepcionales sobre la agricultura. El régimen no podía darse el lujo de apartarse de las «medidas extraordinarias». De hecho, la aplicación exitosa de la fuerza en los acopios de grano alentó a los funcionarios regionales a ejercer un control más permanente sobre el suministro de cereales y el traslado de campesinos a las granjas colectivas. La colectivización de la agricultura había sido una meta a largo plazo del régimen desde la revolución. El hecho de que en Rusia predominara la agricultura privada a pequeña escala limitaba la aplicación de las técnicas y tecnologías agrícolas modernas. La agricultura colectiva a gran escala prometía no solo aumentar la productividad, sino liberar el exceso de mano de obra rural para el trabajo en la industria. Para los funcionarios regionales que se habían acostumbrado a la batalla anual para conseguir que los campesinos se separaran de la cosecha, el crecimiento del sector agrícola colectivo tenía la ventaja adicional de extender el control estatal y simplificar los acopios. En el verano de 1928, menos del 2 por ciento de los hogares campesinos se encontraban en granjas colectivas.
Stalin y su círculo íntimo parecían por fin aceptar que su poder era seguro. Continuaron amnistiando a los antiguos opositores. Y no se mostraron en exceso preocupados cuando la situación internacional empeoró todavía más en el verano y otoño de 1934. A finales de junio, Stalin recibió información proporcionada por un topo en el Ministerio de Asuntos Exteriores polaco según la cual el dictador polonés Józef Pilsudski y su ministro de Asuntos Exteriores, Józef Beck, habían intentado (sin éxito) convencer al ministro francés de Exteriores, Louis Barthou, de los beneficios de sumarse a una alianza polaco-alemana contra la URSS; sin embargo, continuaba la fuente, Pilsudski y Beck creían que no tendrían que esperar mucho para que un gobierno más conservador reemplazara el del radical Daladier.

Las «pruebas» de la investigación llevada a cabo por el NKVD indicaron a Stalin que Zinóviev y Kámenev planeaban ataques más graves. En las semanas posteriores al asesinato de Kírov, Stalin había ordenado una revisión de la seguridad del Kremlin. Eso era del todo razonable, pues en Leningrado los investigadores parecían haber descubierto la existencia de una gran cantidad de «elementos hostiles» (Nikoláiev el primero) que tenían acceso a las instituciones del Partido y, en consecuencia, a sus líderes. La revisión del Kremlin, que estuvo a cargo de Nikolái Yezhov, reveló que los controles de seguridad habían sido laxos. Antiguos mencheviques, socialistas revolucionarios y elementos de las «clases ajenas» disponían del permiso para acceder a las instalaciones, un pase con el que, significativamente, también contaba N. B. Rozenfeld, el hermano de Lev Kámenev.
Las tensiones aumentaron bruscamente en 1935. A medida que el rearme de Alemania fue cobrando fuerza, las otras potencias «capitalistas» decidieron aumentar su capacidad militar para mantener el ritmo, y Stalin no tuvo más remedio que sumarse a la carrera armamentística.58 Sin embargo, en lugar de reducir la inversión en la producción civil y aceptar metas más bajas que las planificadas, optó por buscar a toda costa una productividad por trabajador significativamente mayor. El cambio constituyó una suspensión repentina de la «moderación» en materia de política económica. A finales de agosto de 1935, Alekséi Stajánov comunicó que había extraído ciento dos toneladas de carbón en un solo turno, catorce veces más que la media habitual en su trabajo. A su debido tiempo, se identificó a otros pulverizadores de récords que contribuyeron a ampliar la campaña y animar a todos los trabajadores a convertirse en «estajanovistas». Si bien la campaña sí parece haber logrado cierto aumento en la productividad laboral, resultó profundamente perjudicial.

Tanto bajo Lenin como bajo Stalin, el desencadenante de la represión masiva fue la sensación de que existía una amenaza inmediata a la revolución y la supervivencia del Estado soviético. Lo que comúnmente se conoce como el «gran terror» de 1936-1938 tenía precedentes, el más obvio de ellos durante la guerra civil de 1918-1920, cuando se facultó a la policía política para arrestar y ejecutar, en masa y sin limitaciones de ningún tipo, a los individuos y grupos que se consideraba que constituían un peligro para el nuevo régimen. En ese período, la amenaza era muy real. El poder soviético pendía de un hilo, y mientras el Ejército Rojo luchaba contra las fuerzas combinadas de los blancos y los ejércitos extranjeros, la policía política se ocupaba de intentos de subvertir la revolución en el frente interno. El siguiente gran episodio de represión masiva, que afectó a cientos de miles de ciudadanos soviéticos, llegó con la lucha por el control del suministro de grano a finales de la década de 1920. En ese caso, la resistencia campesina representaba un peligro no tanto para la supervivencia del Estado como para la visión que Stalin tenía de la revolución. El miedo a la invasión menguó y se desvaneció, pero nunca hasta el punto de permitir a Stalin sentirse cómodo en la confianza de que las potencias «capitalistas» no estaban conspirando contra la Unión Soviética y los comunistas dondequiera que estuvieran. El líder soviético siguió estando convencido de que, a pesar del enorme gasto y todo el esfuerzo invertido en asegurar las fronteras, continuaba siendo demasiado fácil para los Estados hostiles introducir espías y saboteadores en el territorio de la URSS. Rara vez pasaba una semana en la que no recibiera informes de incursiones fronterizas con el objetivo de realizar actos de sabotaje, cometer asesinatos o reclutar a grupos e individuos desafectos para esas labores.

La 00447 no fue en absoluto la única operación masiva. Las llamadas «operaciones nacionales» se enfocaron en los alemanes, los polacos, los finlandeses, los coreanos y muchas otras nacionalidades. El régimen tenía preocupaciones de larga data con respecto a la lealtad de las poblaciones «extranjeras», en especial en aquellos lugares en los que esos colectivos vivían cerca de las fronteras del país. Tales inquietudes se intensificaron debido a la experiencia de la emigración masiva durante el período de la colectivización y la hambruna y, por supuesto, a los informes de que algunos «refugiados políticos» eran en realidad espías, asesinos y saboteadores a las órdenes de Estados hostiles con los que la URSS compartía fronteras.
Según las estadísticas del NKVD, para el otoño de 1938, cuando se dieron por concluidas con firmeza las operaciones nacionales, estas habían permitido la captura de un total de 335.513 personas. De ellas, 247.157 habían sido ejecutadas. Las cifras combinadas para las operaciones nacionales y la 00447 resultan difíciles de asimilar. Es casi seguro que permitieron la captura de algunos agentes extranjeros, así como de otros elementos que se habrían unido al enemigo en caso de guerra; sin embargo, es poco probable que estos fueran algo más que un porcentaje ínfimo del número total de víctimas. La abrumadora mayoría de estas seguramente habrían defendido al régimen si hubieran vivido para ver el comienzo de la guerra. Las operaciones masivas fueron la apoteosis del «gran miedo».

La represión en el ejército se redujo en la primavera de 1938, pero el arresto y la ejecución de secretarios regionales del Partido, y otras figuras de relieve, continuaron durante el verano. El tercer juicio de Moscú, celebrado en marzo, gozó de una amplia difusión en la prensa, lo que contribuyó a reforzar la impresión de que «los enemigos del pueblo» estaban en todas partes. Con mucho menos ruido, se otorgó a los fiscales de distrito una mayor supervisión judicial de los casos de «delitos contrarrevolucionarios». El cambio más portentoso se produjo en agosto, cuando Stalin nombró a Lavrenti Beria como asistente de Yezhov. Este último había hecho más que cualquier otra persona por moldear la comprensión que Stalin tenía de las amenazas a las que se enfrentaba el régimen.
El miedo y la sospecha formaban parte de la estructura de la historia rusa. Desde los inicios más tempranos de la civilización eslava, la población era vulnerable a ataques procedentes de todos lados. La inseguridad fue uno de los factores que sirvió de impulso a la incesante expansión del imperio y la concentración del poder en un centro reducido. Los golpes palaciegos, las rebeliones populares, las invasiones extranjeras y, en tiempos más recientes, el terrorismo revolucionario engendraron un Estado policial de corte dictatorial en permanente estado de alerta, siempre vigilante ante las amenazas internas y externas a su existencia. El Estado bolchevique fue a la vez totalmente diferente y básicamente igual. Los bolcheviques querían reemplazar las antiguas instituciones religiosas y autocráticas por organizaciones modernas y científicas, dirigidas si no por las masas, por lo menos en nombre de ellas. Sin embargo, resultaba inevitable que heredaran los problemas geopolíticos de sus predecesores. Estaban tratando de ganar el control de un imperio inmenso, en extremo diverso e inquieto, rodeado, y de hecho ocupado, por Estados hostiles.
Stalin en persona tuvo una gran responsabilidad en la muerte de cientos de miles, si no millones, de ciudadanos soviéticos, pero las explicaciones de ese asesinato masivo que se concentran en su psicopatología son inadecuadas e inútiles. Stalin no era un paranoico, al menos no en el sentido clínico del término. Aunque es cierto que hizo más que cualquier otra persona por moldear el perverso sistema de información y dirigir las respuestas de la policía política, sus acciones y reacciones no fueron en absoluto únicas. Su círculo íntimo compartía su manera de reaccionar ante los informes de inteligencia que recibía. Muchos de los que se oponían a su gobierno también creían en la existencia de conspiraciones contrarrevolucionarias internas y externas.
La decisión de iniciar e intensificar, o contener y detener, las campañas de violencia política estaba en manos de Stalin, pero él nunca reconoció los fallos fundamentales del sistema de recolección y análisis de la información. Ni él ni muchos de sus colegas aceptaron jamás que la causa principal de la corrupción oficial y la duplicidad, los problemas económicos, las «conversaciones antiestatales» y la resistencia popular estuvieran más en el propio sistema que en las acciones de los supuestos agentes de la contrarrevolución. Stalin nunca tuvo un «momento eureka» en el que comprendiera qué había salido mal, aunque sí se dio cuenta de que se estaban cometiendo «excesos» en algunas fases de las campañas de represión.

El régimen nunca volvió a desencadenar una violencia política de las dimensiones de 1936-1938. Lo ocurrido siguió siendo un episodio único en la historia soviética, pero al mismo tiempo ni Stalin ni sus sucesores consiguieron librarse definitivamente de la sensación de que el Estado se enfrentaba a una amplia variedad de amenazas que ponían en peligro su existencia ya fuera por la acción de potencias extranjeras hostiles o por conspiraciones internas. En ningún momento la cúpula dirigente o la policía política asumieron el terror de forma cabal, más allá del reconocimiento de que se habían cometido «excesos». Nunca volvieron a reaccionar con una violencia tan extraordinaria, pero la sensación de amenaza permaneció. A finales de la década de 1930, mientras Europa entera se armaba a un ritmo cada vez más acelerado, Stalin solo tenía al Reino Unido y Francia entre la URSS y la guerra contra Japón y Alemania.
La guerra fría ofreció una gran cantidad de pruebas que sugerían que el Occidente capitalista no había renunciado a sus esfuerzos por socavar el poder soviético. La negativa de Estados Unidos a compartir la bomba atómica con su antiguo aliado parecía indicar no una mera falta de confianza, sino la anticipación de un nuevo conflicto. El Plan Marshall (1947) se interpretó como un desafío a la influencia soviética en Europa oriental. La Doctrina Truman (1947), los esfuerzos estadounidenses por romper el bloqueo de Berlín (1948) y los conflictos de Corea y Vietnam fueron algunos de los muchos momentos álgidos posteriores que servirían para mantener viva la creencia de que seguía siendo vigente la idea de Lenin acerca de la inevitabilidad de la confrontación entre el capitalismo y el comunismo. Los servicios de inteligencia soviéticos también eran muy conscientes de que la CIA gastaba miles de millones de dólares en satélites espías, dispositivos de escucha sofisticados y diversas formas de acción encubierta no solo para limitar la propagación de la influencia soviética a nivel internacional, sino también para debilitar el apoyo al régimen dentro de la URSS y fomentar la disidencia.
Tras concluir su adiestramiento en la KGB, el trabajo de Putin giró en torno al tipo de tareas que antes hemos descrito con amplitud: identificar las amenazas planteadas por los agentes enemigos. La calidad de la inteligencia rusa quizá haya mejorado desde entonces, pero dado que la exageración de aquellas tiene unas raíces tan profundas en la historia del país, sería sorprendente que los ecos del «gran miedo» se hubieran disipado por completo. Es posible que ciertos hábitos mentales profundamente arraigados tengan alguna relación con las severas restricciones impuestas en la actualidad a las libertades de prensa, reunión y expresión en Rusia, con la decisión de cerrar las oficinas del Consejo Británico, o la condena a trabajos forzosos de las integrantes de la banda punk Pussy Riot, entre otros hechos. Tal como están las cosas, la administración de Putin no alienta el tipo de investigación que haría posible responder de forma satisfactoria a ese interrogante, por lo que es probable que, durante algún tiempo, la cuestión siga siendo materia de conjetura.

An excellent essay into the Great Terror of which I knew so little. It’s well known and not surprising that we know so little about the millions murdered by Soviet Communists. Stalin did not act alone.

Between the winter of 1937 and the autumn of 1938, seven hundred and fifty thousand Soviet citizens were summarily executed and their corpses thrown into common graves. More than one million more were sentenced to serve extended sentences in the Gulag labor camps. Many of them did not survive the ordeal. Although that was not the only episode of massive repression in the history of the Soviet Union, it was by far the most devastating. It is among the most frightening episodes of state violence in a century characterized by violent states. Commonly known as Stalin’s “great terror”, it is also among the most misunderstood moments in twentieth-century history.
It is, without doubt, a disconcerting episode. Terror struck with the engineers, the directors of the factories and other specialists in the economic field after three years of solid growth in which all the main objectives of the development plans had been achieved.

The participation of Russia in the First World War began with the same eruption of patriotism that the rest of Europe knew, but the feeling dissipated much faster there than in other places. The crushing defeats suffered by the army and the rapid loss of territory at the hands of the German invaders were a decisive but not the only cause of that reaction. State finances were not in a position to withstand protracted conflict. Increasing taxes is never a popular measure, but the creation of a new and burdensome tax to pay for military incompetence, and the appalling loss of life on the front as a result of it, inevitably resulted in protests.
In the months and years that followed, it was inevitable that revolutionaries would develop the same sense of vulnerability that the old regime had experienced. Like their predecessors, they had to face succession conflicts. Like them, they had to face the hostility of foreign powers and the need to defend thousands and thousands of kilometers of porous borders. And also to deal with the perennial problem of peripheral nationalisms. None of the concerns that served to boost the Bolshevik apparatus of repression was unprecedented.

Although the revolutionaries were usually violent people, the Bolsheviks did not stand out particularly in this area. Murders and bombings were the specialty of the revolutionary socialists (also known as social revolutionaries or SR) and, in particular, of the movement’s terrorist wing, which sought to provoke a revolution by decapitating the old regime. By comparison, the Bolsheviks dreamed of a popular revolution in which they would be acclaimed as the natural representatives of the working masses of Russia. However, they were aware that the proletarians and peasants needed to be helped to overcome the resistance of the propertied classes. The Bolsheviks were Marxists, and good Marxists are good historians. They knew in depth the previous revolutionary episodes and the reasons why they had failed. They did not want to repeat the errors of the French Revolution, of the events of 1848, of the Paris Commune of 1871 or of the 1905 revolution itself. And although the mistakes made in each of these cases were many, the most common was the of underestimating the forces of reaction.
The violence of the Russian civil war was a question of both theory and practice. The Bolsheviks were not predestined to rule by violent means because of their ideological orientation and the study of history, but they were determined not to cower before them when, from their point of view, the moment demanded it. And the moment came decisively when their various enemies exposed the vulnerability of the domestic front just as the white armies were getting closer and closer to Moscow and Petrograd. From then on, the use of terror broadened and deepened not only because the Bolshevik leadership was convinced that it needed to be done, but also because the bases of the Party and the masses of the soldiery had been hardening since the beginning of the First World War.

The Cheká was keen to uncover great conspiracies: “The council of public activists”, “The union of the landowners”, “The commercial-industrial committee”, “The right center”, “The union for regeneration”, and so on. The arrests and interrogations resulted in new arrests and new “revelations” about the links between these groups. The trials, exile and execution of “counterrevolutionaries” coincided with the triumphant advance of the Red Army. The Cheká was determined to take credit for the victory not only because it believed with sincerity in the importance of its contribution to it, but because it knew that there was still a nucleus of opinion within the Party that viewed with hostility the existence of a Bolshevik political police. powerful. Documents such as the Red Book were part of a conscious and concentrated effort of the Cheká to justify its existence. Luckily for them, most Bolshevik leaders shared the idea that counterrevolutionary conspiracies had been, and would continue to be, a serious threat to Soviet power.

Throughout the 1920s, the intelligence services never failed to warn of the creation by foreign governments of agent networks in the territory of the USSR with the aim of undermining the power of Soviet leaders from within through sabotage of factories and infrastructures, the killing of officials and the organization of a fifth column in case of war. From a superficial perspective, that was quite coherent. The Soviet government had inherited many of the perennial concerns of the Tsarist regime, including the problem represented by thousands of kilometers of poorly protected borders. Passing them for such operations was hardly a challenge for the foreign enemies of the Soviet Union, and the infiltration of white organizations abroad carried out by the GPU brought to light plots and plans for new incursions. At the beginning of the 1920s, the GPU managed on several occasions to resort to budget cuts that affected it in order to expand its network of agents abroad.
The fear of a new invasion was combined with the “evidence” of the serious vulnerabilities internally and, as was inevitable, that influenced both the debates about economic policy and the struggle to succeed Lenin. Gradually, fears alienated the Party’s view of the “new economic policy” and its quasi-market economy. The logic was clear enough. Undoubtedly, the Soviet Union needed to accelerate the pace of industrialization in order to be better prepared for the inevitable invasion of the capitalist powers. Undoubtedly, the further development of the industrial economy should no longer depend on the will of those petty capitalists who were the kuláks to put the grain in the market. Undoubtedly, the Soviet Union could not afford to continue strengthening the capitalist elements and the members of the “alien classes” any longer, but needed to return to the “communist” methods characteristic of war communism. Undoubtedly, now that the economy had recovered, the regime was in a position to commit itself to the kind of totally planned system that had only failed in a context of war and ruin. In fact, the panic of 1927 favored a radical turn against the NEP and the beginning of what was known as the “great rupture.” It also marked the beginning of the final phase of the struggle to succeed Lenin and the emergence of the Stalin dictatorship. While the Soviet leader used the heightened sense of insecurity for his political gain in the late 1920s, it is necessary to look more closely at the struggle for power in order to understand in what sense the “big break” and the exercise of an increasingly dictatorial authority of Stalin only served to intensify the propensity of the regime to perceive in a wrong and exaggerated way the threats to the USSR both inside and outside the country.

An examination of archival sources regarding Stalin’s rise to power reveals a great deal not only about the origins of the dictatorship but also about how strong and stable was the power he possessed both in reality and in the perception of his contemporaries and his own The existing literature attributes its rise to a variety of factors, from the use of terror and propaganda to the attractiveness of its policies, but almost without exception they mention Stalin’s position as general secretary. The most common account proposes that, as general secretary, Stalin used control over appointments to create and cultivate a group of followers in the Party apparatus.1 The mechanics of that process have sometimes been described as “circular flow of power”. » Stalin appointed the secretaries of the Party and they, in turn, voted for him in the Party congresses. It is generally assumed that Stalin used the power that granted him to rid himself of political rivals during his rise to the leadership of the USSR and, in later years, to get rid of those officials who had reservations about his policies. In summary, the idea received is that, by the end of the 1920s, Stalin had almost complete personal control over the entire state apparatus; that his dictatorship was solid and secure.
Instead of feeling confident about the control he had over Party officials, Stalin seems to have been obsessed by the ghost of the dvurushnik (someone who is false or hypocritical, a double, traitor), who in public professed loyalty to the Party line. while in private he worked to subvert it. Therefore, the new evidence and testimonies contradict the way in which we have understood the emergence of Stalin’s personal dictatorship and offer us a more variable and unstable image of Soviet power in the 1920s and 1930s.
In order to understand how this visibly tense relationship between Stalin and the Party bureaucracy arose in the early 1930s, we must return to the very origins of the Central Committee Secretariat in the context of the seizure of power in 1917. October coup in Petrograd, the Bolsheviks faced the colossal task of taking control, and the government, of the vast territories of the Russian Empire. To do so, they had to eliminate or assimilate existing bureaucratic structures, from central ministries to local land councils. They had to battle with the other groups with which they competed for power, including the Mensheviks, the revolutionary socialists and the national minorities who sought to create independent states.

Stalin was also well aware that the new industrial plans would entail new exceptional burdens on agriculture. The regime could not afford to deviate from “extraordinary measures”. In fact, the successful application of force in grain storage encouraged regional officials to exercise more permanent control over the supply of grain and the movement of peasants to collective farms. The collectivization of agriculture had been a long-term goal of the regime since the revolution. The fact that small-scale private agriculture predominated in Russia limited the application of modern agricultural techniques and technologies. Large-scale collective farming promised not only to increase productivity, but to free up the surplus of rural labor for work in industry. For regional officials who had become accustomed to the annual battle to get the peasants separated from the harvest, the growth of the collective agricultural sector had the additional advantage of extending state control and simplifying stockpiles. In the summer of 1928, less than 2 percent of peasant households were on collective farms.
Stalin and his inner circle seemed at last to accept that his power was safe. They continued to amnesty the former opponents. And they were not overly concerned when the international situation worsened still further in the summer and autumn of 1934. At the end of June, Stalin received information provided by a mole at the Polish Foreign Ministry according to which the Polish dictator Józef Pilsudski and his Foreign Minister, Józef Beck, had tried (unsuccessfully) to convince the French Foreign Minister, Louis Barthou, of the benefits of joining a Polish-German alliance against the USSR; However, the source continued, Pilsudski and Beck believed that they would not have to wait long for a more conservative government to replace that of the radical Daladier.

The “evidence” of the investigation carried out by the NKVD indicated to Stalin that Zinoviev and Kamenev planned more serious attacks. In the weeks after Kirov’s assassination, Stalin had ordered a review of the Kremlin’s security. This was entirely reasonable, since in Leningrad the investigators seemed to have discovered the existence of a large number of “hostile elements” (Nikolaev the first) who had access to the institutions of the Party and, consequently, to its leaders. The revision of the Kremlin, which was conducted by Nikolai Yezhov, revealed that the security controls had been lax. Former Mensheviks, revolutionary Socialists and elements of the “alien classes” had permission to access the facilities, a pass with which, significantly, also counted N. B. Rozenfeld, the brother of Lev Kamenev.
Tensions rose sharply in 1935. As German rearmament gained strength, the other “capitalist” powers decided to increase their military capacity to keep pace, and Stalin had no choice but to join the arms race.58 , instead of reducing investment in civilian production and accepting goals lower than those planned, opted to seek at all costs a significantly higher productivity per worker. The change was a sudden suspension of “moderation” in economic policy matters. At the end of August 1935, Alekséi Stajánov reported that he had extracted one hundred and two tons of coal in a single shift, fourteen times more than the usual average for his work. In due time, other record sprayers were identified who helped to expand the campaign and encourage all workers to become “Stakhanovites.” While the campaign does seem to have achieved some increase in labor productivity, it was deeply damaging.

Both under Lenin and under Stalin, the trigger for mass repression was the feeling that there was an immediate threat to the revolution and the survival of the Soviet state. What is commonly known as the “great terror” of 1936-1938 had precedents, the most obvious of them during the civil war of 1918-1920, when the political police were empowered to arrest and execute, en masse and without limitations of no type, to the individuals and groups that were considered to constitute a danger to the new regime. In that period, the threat was very real. The Soviet power hung by a thread, and while the Red Army was fighting against the combined forces of the whites and the foreign armies, the political police were engaged in attempts to subvert the revolution on the internal front. The next major episode of mass repression, which affected hundreds of thousands of Soviet citizens, came with the struggle for control of the supply of grain in the late 1920s. In that case, peasant resistance represented a danger not so much for the survival of the State as well as Stalin’s vision of the revolution. The fear of invasion waned and faded, but never to the point of allowing Stalin to feel comfortable in the confidence that the “capitalist” powers were not conspiring against the Soviet Union and the communists wherever they were. The Soviet leader remained convinced that, in spite of the enormous expense and all the effort invested in securing the borders, it remained too easy for the hostile States to introduce spies and saboteurs into the territory of the USSR. Rarely did a week pass in which he did not receive reports of border incursions with the aim of carrying out acts of sabotage, committing murders or recruiting disaffected groups and individuals for these tasks.

The 00447 was not the only massive operation at all. The so-called “national operations” focused on the Germans, the Poles, the Finns, the Koreans and many other nationalities. The regime had long-standing concerns about the loyalty of “foreign” populations, especially in those places where those groups lived near the borders of the country. Such concerns intensified due to the experience of mass emigration during the period of collectivization and famine and, of course, to reports that some “political refugees” were actually spies, murderers and saboteurs under the command of hostile states. with which the USSR shared borders.
According to the statistics of the NKVD, for the autumn of 1938, when national operations were firmly concluded, they had allowed the capture of a total of 335,513 people. Of these, 247,157 had been executed. The combined figures for national operations and 00447 are difficult to assimilate. It is almost certain that they allowed the capture of some foreign agents, as well as other elements that would have joined the enemy in case of war; however, it is unlikely that these were anything more than a tiny percentage of the total number of victims. The overwhelming majority of these would surely have defended the regime if they had lived to see the beginning of the war. The massive operations were the apotheosis of the “great fear”.

The repression in the army was reduced in the spring of 1938, but the arrest and execution of regional secretaries of the Party, and other prominent figures, continued during the summer. The third Moscow trial, held in March, was widely reported in the press, which reinforced the impression that “the enemies of the people” were everywhere. With much less noise, district attorneys were given greater judicial oversight of cases of “counter-revolutionary crimes.” The most portentous change occurred in August, when Stalin named Lavrenti Beria as Yezhov’s assistant. The latter had done more than anyone else by shaping Stalin’s understanding of the threats the regime was facing.
Fear and suspicion were part of the structure of Russian history. From the earliest beginnings of Slavic civilization, the population was vulnerable to attacks from all sides. Insecurity was one of the factors that served as a boost to the incessant expansion of the empire and the concentration of power in a small center. Palacial blows, popular rebellions, foreign invasions and, in more recent times, revolutionary terrorism engendered a dictatorial police state in permanent alert state, always vigilant against internal and external threats to its existence. The Bolshevik State was at the same time totally different and basically the same. The Bolsheviks wanted to replace the old religious and autocratic institutions with modern scientific organizations, directed if not by the masses, at least in their name. However, it was inevitable that they inherited the geopolitical problems of their predecessors. They were trying to gain control of an immense empire, extremely diverse and restless, surrounded, and in fact occupied, by hostile states.
Stalin himself had a great responsibility in the deaths of hundreds of thousands, if not millions, of Soviet citizens, but the explanations for that mass murder that concentrate on his psychopathology are inadequate and useless. Stalin was not a paranoid, at least not in the clinical sense of the term. Although it is true that he did more than anyone else to mold the perverse information system and direct the responses of the political police, his actions and reactions were not at all unique. His inner circle shared his way of reacting to the intelligence reports he received. Many of those who opposed their government also believed in the existence of internal and external counterrevolutionary conspiracies.
The decision to initiate and intensify, or contain and stop, the campaigns of political violence was in Stalin’s hands, but he never acknowledged the fundamental failures of the information collection and analysis system. Neither he nor many of his colleagues ever accepted that the main cause of official corruption and duplicity, economic problems, “anti-state talks” and popular resistance were more in the system itself than in the actions of the alleged agents of the counterrevolution. Stalin never had a “eureka moment” in which he understood what had gone wrong, although he did realize that “excesses” were being committed in some phases of the repression campaigns.

The regime never again unleashed a political violence of the dimensions of 1936-1938. What happened remained a unique episode in Soviet history, but at the same time neither Stalin nor his successors managed to get rid definitively of the feeling that the State was facing a wide variety of threats that endangered its existence either by action of hostile foreign powers or by internal conspiracies. At no time did the top leadership or the political police fully assume terror, beyond the recognition that “excesses” had been committed. They never reacted again with such extraordinary violence, but the sense of threat remained. At the end of the 1930s, while Europe as a whole was arming itself at an increasingly accelerated rate, Stalin had only the United Kingdom and France between the USSR and the war against Japan and Germany.
The Cold War offered a wealth of evidence suggesting that the capitalist West had not renounced its efforts to undermine Soviet power. The refusal of the United States to share the atomic bomb with its former ally seemed to indicate not a mere lack of confidence, but the anticipation of a new conflict. The Marshall Plan (1947) was interpreted as a challenge to Soviet influence in Eastern Europe. The Truman Doctrine (1947), the American efforts to break the Berlin blockade (1948) and the conflicts in Korea and Vietnam were some of the many subsequent moments that would serve to keep alive the belief that Lenin’s idea was still valid about the inevitability of the confrontation between capitalism and communism. The Soviet intelligence services were also well aware that the CIA was spending billions of dollars on spy satellites, sophisticated listening devices and various forms of covert action not only to limit the spread of Soviet influence internationally, but also to weaken support for the regime within the USSR and encourage dissent.
After completing his training in the KGB, Putin’s work revolved around the kind of tasks that we have described before: to identify the threats posed by enemy agents. The quality of Russian intelligence may have improved since then, but since the exaggeration of those has such deep roots in the history of the country, it would be surprising if the echoes of the “great fear” had dissipated completely. It is possible that certain deep-seated mental habits have some relation to the severe restrictions currently imposed on the freedoms of the press, assembly and expression in Russia, with the decision to close the offices of the British Council, or the condemnation of forced labor of the members of the punk band Pussy Riot, among other events. As things stand, Putin’s administration does not encourage the kind of research that would make it possible to answer that question satisfactorily, so it is likely that, for some time, the issue remains a matter of conjecture.

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4 pensamientos en “El Gran Miedo — James Harris / The Great Fear: Stalin’s Terror of the 1930s by James Harris

  1. Parece muy interesante. Este blog es como un cofre de los tesoros: cada día que entro encuentro en él algo valioso.
    Un saludo.

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