Dioses Útiles. Naciones Y Nacionalismos — José Álvarez Junco / Useful Gods. Nations and Nationalisms by José Álvarez Junco (spanish book edition)

No es un libro demasiado original, el autor lo reconoce, casi todo está dicho, pero se agradece poder organizar las ideas una vez más. Junco es uno de mis autores favoritos desde Mater Dolorosa, escribe con claridad y corrección y en un tema tan delicado como el nacionalismo no se anda por las ramas. Lleva muchos años dando vueltas al tema y lo tiene claro. En definitiva, para quien haya leído los clásicos de B. Anderson o Hobsbawm nada nuevo, para quien llegue de nuevo al tema, una delicia, y como dije, muy bien escrito.
Un libro que concentra lo mejor del mismo al comienzo, para luego resultar un poco denso. El autor explica las naciones (y, en consecuencia, los nacionalismos) como “construcciones históricas, de naturaleza contingente”. Como tales construcciones son útiles, normalmente, para determinadas élites sociales. De la misma forma, con su contenido de “creencia”, generan reacciones de alto contenido emocional y que rechazan la discusión racional. Así, se pueden utilizar para todo tipo de objetivos políticos, desde Hitler hasta Trump, pasando por todos los objetivos intermedios que se quiera. La visión del autor coincide con la mayoría de historiadores serios actuales y, a pesar de ello, no le gusta a ningún nacionalista.

La identidad española, como cualquier otra, es una construcción histórica, producto de múltiples acontecimientos y factores, algunos estructurales pero en su mayoría contingentes. Es decir, que no hay nada atribuible a designios providenciales o misteriosos, ni tampoco a un espíritu colectivo que habite en los nativos del país desde hace milenios. Dicho de otra manera, no hay nada parecido a un «genio nacional» español. Y no hay tampoco ninguna excepcionalidad, anormalidad o “rareza”. No estoy diciendo, entiéndanme bien, que el caso español sea igual a los demás en el sentido de que las cosas que han sucedido en este país se hallen también en el pasado de cualquier otro. Todo lo contrario: ningún proceso de construcción nacional en el mundo es idéntico al español. En este sentido, sí, es excepcional o anormal. Pero es que todos los demás lo son también. Las naciones, los países, las sociedades, al igual que los individuos.

Hasta mediados del siglo pasado, la visión consagrada partía de la base de que el nacionalismo era una idea o doctrina política, comparable al liberalismo o al marxismo, y que el sentimiento de pertenencia a una colectividad nacional era un fenómeno natural, que había existido a lo largo de todo el pasado humano conocido. Las naciones eran «tan viejas como la historia», había escrito en el siglo XIX el ensayista británico Walter Bagehot; es decir, la humanidad se hallaba y se había hallado siempre dividida en pueblos o naciones, equivalentes a grupos raciales, lingüísticos o culturales reconocibles por rasgos externos patentes. A partir de ahí –seguía la teoría– nacían espontáneamente sentimientos de solidaridad interna, diferenciación externa y, con el moderno despertar de la conciencia de derechos políticos, exigencias de un mayor o menor grado de autogobierno. Lo único peculiar de la modernidad habría sido el surgimiento de la conciencia nacional, de la ideología nacionalista y de los derechos políticos derivados de la pertenencia a la nación.
Los estados y las élites dirigentes encontraron en el nacionalismo el instrumento que facilitaba el crecimiento económico, la integración social y la legitimación de la estructura de poder. Y se convirtieron en promotores entusiastas de estas identidades, favoreciendo la difusión de la conciencia nacional por medio, sobre todo, de la educación pública; a lo cual las élites de las culturas no dominantes, distintas a la elegida por el Estado como cultura oficial, respondieron protestando por su situación de desventaja e iniciando, en los casos extremos, la pugna por poseer un Estado propio.
De la nueva manera de entender el fenómeno nacional atrajo especialmente el interés de los investigadores el proceso de «etnicización» de la polity, es decir, la difusión por parte del Estado de pautas culturales y lingüísticas oficiales entre sus ciudadanos. Todos recordaban la célebre observación del ministro Massimo D’Azeglio en 1870, al poco de haber conseguido completar la unidad italiana: «ya tenemos Italia; ahora hay que crear italianos». Este fue el programa, muchas veces explícito, de los gobernantes de los estados-nación nacidos en los siglos XIX y XX. Fuera de Europa, resultó fácil comprobar que así se planeó y se llevó a cabo en países recién descolonizados o de inmigrantes, como Argentina o Estados Unidos, donde todavía hoy se canta el himno nacional o se jura cada día la bandera en las escuelas primarias. La explicación era obvia: había que nacionalizar a los recién independizados o recién llegados. Pero lo raro, lo que realmente alteraba las presuposiciones comunes sobre la antigüedad de los pueblos, es que un proceso de nacionalización semejante se hubiera producido también en los estados europeos, muchos de ellos con profundas raíces en los siglos premodernos. La conclusión de aquellos estudios demostró, sin embargo, que en toda la Europa del XIX se inventaron banderas y fiestas nacionales, himnos patrios, ceremonias y ritos colectivos que reemplazaron a los viejos rituales regios, se crearon instituciones culturales que sustituían el adjetivo «real» por el de «nacional»… Sólo las entidades políticas que supieron llevar a cabo tal proceso con éxito consiguieron sobrevivir. Las que fueron incapaces de llevarlo a cabo –como el Imperio de los Habsburgo, el otomano o la república veneciana– desaparecieron, pese a poseer una existencia histórica pluricentenaria.
Las identidades nacionales no son, pues, eternas. No son hechos naturales, objetivos, estables, como los ríos o las montañas, sino construcciones de carácter contingente que, debido a una confluencia de circunstancias, políticas sobre todo, surgieron en algún momento del pasado (un momento no fechable, ni repentino, sino incierto y lento), han tenido vigencia a lo largo de un lapso de tiempo más o menos largo (lo que de ningún modo significa que hayan mantenido un significado inalterado durante todo ese tiempo) y han acabado, o acabarán algún día, por desaparecer (pues nada es eterno en la historia, y menos aún las identidades colectivas, contra lo que tienden a creer los creyentes o militantes de cualquiera de ellas).
La segunda conclusión que se deduce de estos estudios recientes se relaciona con la artificialidad y la instrumentalización política de las identidades nacionales.

Las peleas sobre los términos no son, desde luego, nuevas. El debate filosófico más apasionado que se desarrolló en el Occidente cristiano entre los siglos XII y XIII, momento de la plenitud escolástica, versó sobre si los términos y conceptos utilizados por los seres humanos eran reales (o, más bien, eran la única realidad sustancial; si existían incluso ante rem, como esencias anteriores a las cosas), o si eran meros nombres, invenciones destinadas a expresar cualidades genéricas de los objetos y fenómenos particulares (y sólo existían, por tanto, post rem). La Iglesia tendió a inclinarse a favor de los escolásticos realistas, porque su filosofía convertía en realidades dogmas como la Santísima Trinidad o la Eucaristía, y vio en general con malos ojos a los nominalistas.
Las peleas sobre los términos no son, desde luego, nuevas. El debate filosófico más apasionado que se desarrolló en el Occidente cristiano entre los siglos XII y XIII, momento de la plenitud escolástica, versó sobre si los términos y conceptos utilizados por los seres humanos eran reales (o, más bien, eran la única realidad sustancial; si existían incluso ante rem, como esencias anteriores a las cosas), o si eran meros nombres, invenciones destinadas a expresar cualidades genéricas de los objetos y fenómenos particulares (y sólo existían, por tanto, post rem). La Iglesia tendió a inclinarse a favor de los escolásticos realistas, porque su filosofía convertía en realidades dogmas como la Santísima Trinidad o la Eucaristía, y vio en general con malos ojos a los nominalistas.
La primera, la estatalista, tiene un contenido estrictamente político, pues identifica la nación con el Estado. Se halla muy extendida en el lenguaje coloquial, aunque para ello el Estado se defina también en términos poco rigurosos, no como estructura política y administrativa que rige un territorio sino como conjunto del territorio y los habitantes dominados por esa estructura de poder; es decir, en el sentido en el que se usa también –más adecuadamente, creo– el término «país» (combinación de espacio y población). A este uso corresponden, entre otras muchas, las dos primeras acepciones del Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española (D. R. A. E.): «conjunto de habitantes de un país regido por el mismo gobierno» y «territorio de ese país».
Es la tercera acepción del D. R. A. E. («conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común») y es también habitual en otras obras de referencia. Es una visión heredada de Herder y el romanticismo que domina, por supuesto, en los medios nacionalistas. Al principal problema que se alza ante ella me he referido ya: no es posible delimitar de manera nítida y objetiva los grupos humanos marcados por rasgos étnicos. Incluso aunque tal cosa fuera posible, estos rasgos no coinciden con los grupos que mayor conciencia nacional poseen. Existe innegable conciencia nacional en grupos humanos con varias lenguas (Suiza) o con varias razas o religiones (Estados Unidos). De hecho, la mayoría de los estados actuales no poseen religión homogénea ni están integrados por un mismo grupo étnico, lo cual no impide que entre sus habitantes domine una marcada conciencia «nacional».
Por otro lado, los cuatro rasgos étnicos clásicos de aparente objetividad (raza, lengua, religión, pasado histórico) conducen a otro que, en definitiva, es la piedra angular del asunto: una «forma de ser», una psicología colectiva, sobre cuya concreción, hay que añadir de inmediato, reina la más absoluta confusión y falta de acuerdo.
Y, en efecto, naciones y nacionalismos son términos recientes porque están asociados a un fenómeno político de los últimos siglos: la legitimación del poder como expresión de la voluntad colectiva, algo que no había existido antes de las revoluciones antiabsolutistas y el surgimiento del Estado contemporáneo. En la era premoderna existieron, sin duda, clanes, etnias, linajes, e incluso se utilizó, para designarlos, el término «naciones». Pero su significado era otro, porque no estaba ligado a la legitimación del poder como expresión de la voluntad colectiva.
La gran pregunta, por tanto, es por qué de la existencia de unos rasgos culturales diferenciados debemos deducir que al grupo humano portador de tales rasgos ha de corresponder la gobernación del territorio en el que habita.

En la Petición de Derechos de 1628 se afirmó ya el derecho de todos los «ingleses libres» a no ser cargados con impuestos sin el consentimiento del Parlamento y a no ser procesados sin el debido proceso legal. Y no eran sólo derechos individuales. En aquella pugna se acuñaron términos tales como «pueblo», «patria», «república» e incluso «nación» (People, Country, Commonwealth, Nation). El avance importante, desde el punto de vista de la construcción nacional, era que quien se enfrentaba con la «tiranía» del rey era una colectividad que se proclamaba «libre» y que además estaba representada por una institución, el Parlamento. Ese Parlamento al principio no negó la autoridad del monarca. Al revés, incluso la ensalzó: el rey era inviolable, sagrado, quería el bien del pueblo y no podía cometer errores (the King can do no wrong). Pero sus ministros los cometían, porque tomaban medidas que el Parlamento juzgaba contrarias al bien de la colectividad; un bien que sólo el Parlamento, como representante de esa colectividad, podía definir.
Los casos de Gales, Escocia y el Ulster podrían compararse con los del País Vasco, Aragón/Cataluña y otros reinos y señoríos peninsulares, y podrían buscarse paralelismos también entre la independencia de Irlanda y la de Portugal. Las recientes pulsiones independentistas en Escocia presentan, sin duda, analogías con los escollos que el españolismo encuentra en amplios sectores de la población catalana y vasca, aunque también hay grandes diferencias, como la lingüística, pues los residuos del gaélico en rincones de Gran Bretaña son muy inferiores a la fuerza y vitalidad actuales del catalán, gallego o vasco en España. En todo caso, lo que distingue radicalmente el proceso británico del español es que en el primero de ellos existieron, desde la Edad Media, límites y controles institucionales al absolutismo monárquico por medio de la representación corporativa en el Parlamento de las clases altas, al principio, y del conjunto de la población, más tarde. Y ese Parlamento es el auténtico representante de la colectividad británica, aunque en el terreno simbólico lo sea la monarquía.
No hay gran cosa que decir sobre los paralelismos o enseñanzas de este proceso de construcción identitaria en relación con el caso español, por lo radicalmente distintas que han sido las circunstancias históricas de los dos países. En cuanto a la Alemania moderna, desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, su carácter modélico para las élites españolas ha ido en dos direcciones radicalmente opuestas, como corresponde al carácter dual del Sonderweg germano. Por un lado, el institucionismo krausista, empezando por Julián Sanz del Río y culminando en los intelectuales de la llamada Edad de Plata de la cultura española, se sintió atraído por sus universidades y centros de investigación (de los que tantos cerebros, especialmente judeo-alemanes, escaparon hacia Estados Unidos tras la subida de Hitler al poder y convirtieron, no por casualidad, a las universidades norteamericanas en las mejores del mundo).

La Unión Europea, si ha de ser algo más que una unión de estados, debe basarse en un nacionalismo cívico. Con cabida, desde luego, para inmigrantes procedentes de otras culturas; lo cual plantea retos nuevos, nada fáciles de superar, en un terreno en el que además carece de experiencia.

Quienes se refieran a Viriato como un luchador «por la independencia de España», a la Reconquista como una «empresa nacional» o a los Reyes Católicos como creadores de la «unidad nacional», abusan de los términos. Pero es no menos innegable que España existió, en el sentido de que el vocablo Hispania, sucesor del griego Iberia, fue acuñado por los romanos y sobrevivió en el romance medieval traducido como Espanna o España. Este término tuvo, sin embargo, durante muchos siglos un contenido meramente geográfico; e incluso en este terreno difería de su significado actual, pues quería decir la península Ibérica, y por tanto incluía a Portugal. Tal entidad sólo adquirió contenido político hace poco más de quinientos años, cuando todos los reinos peninsulares menos Portugal fueron reunidos en las manos de un solo monarca. Y aun entonces no fue nacional, pues a nadie se le hubiera ocurrido defender que el depositario de la soberanía política era un sujeto colectivo llamado «los españoles».
El gentilicio, españoles, procede del latino hispani, acuñado por geógrafos o historiadores grecorromanos, observadores ajenos al territorio, ya que los habitantes del mismo se autodenominaban, según las zonas, celtas, vetones, carpetanos, turdetanos, cántabros… Aquellos observadores foráneos no sólo crearon el adjetivo global sino que comenzaron además a darle algunos rasgos de psicología colectiva al subrayar la belicosidad de los habitantes de la península.

La construcción identitaria parece, por tanto, haber estado fuertemente consolidada y su conversión en nación moderna seriamente emprendida por las élites ilustradas en víspera de la gran ruptura de 1808. Pero tenía sus límites.
Para empezar, desde el punto de vista institucional, «España» no era un reino, por mucho que empezara a denominarse así, sino que seguía siendo una monarquía imperial, un complejo agregado de reinos y señoríos con diferentes leyes, idiomas y sistemas tributarios; se habían eliminado, sí, los fueros de los reinos aragoneses, pero Navarra y las Provincias Vascongadas conservaban sus fueros. En segundo lugar, el conjunto étnico se identificaba con la monarquía, y no había instituciones alternativas a la corona capaces de tomar sobre sí la tarea de representar al conjunto. Las había, en todo caso, de los reinos. La nobleza no desempeñaba el papel integrador que hemos visto en Inglaterra, sino que pugnaba con la monarquía únicamente para mantener sus privilegios familiares.
En tercer lugar, el esfuerzo nacionalizador no llegaba más allá de los círculos de las élites cultas, cercanas a la administración central de la monarquía. Si la monarquía reorientaba sus símbolos (por ejemplo, si las estatuas regias colocadas frente al nuevo palacio real representaban un cambio frente a la decoración del Salón de Reinos de Felipe IV), lo seguro es que el público que visitó esos espacios fue muy reducido. Quien seguía informando y formando a la opinión popular, sobre todo rural –que era la abrumadoramente mayoritaria– era el clero católico, que mantenía su discurso basado en la lealtad a la religión y a la institución eclesiástica.
Las glorias imperiales, en cuarto lugar, no parecen haber desempeñado un papel de importancia tan destacada como en Inglaterra, por ejemplo, como factor españolizador. Su exaltación era incluso incoherente con el estereotipo heredado, y todavía vigente, sobre la identidad española basada en su milenaria resistencia frente a toda invasión foránea y con la condena de los Habsburgo por haberse lanzado a una expansión imperial contraria a los intereses del país.
También debe anotarse el impacto, sobre las propias élites modernizadoras, de la imagen negativa que dominaba en los ambientes europeos sobre la monarquía española, vista como despótica hasta mediados del siglo XVII y como decadente –
Los datos indican que, al terminar el Antiguo Régimen, existía una fuerte identidad española y que las élites ilustradas estaban intentando dotarla de un contenido moderno, es decir, nacional. Pero los elementos centrales alrededor de los que estaba construida eran la lealtad al rey y a la religión, aparte de un orgullo relacionado con las hazañas guerreras de los antepasados y la tierra ubérrima en la que la divina providencia había situado a este pueblo excepcional. Nada de ello era especialmente moderno.

El principal problema que caracteriza al proceso nacionalizador español del siglo XIX y primer tercio del XX, y lo que le diferencia radicalmente de otros nacionalismos europeos, es que carecía de objetivos definidos. Hemos dicho y repetido que los nacionalismos son construcciones culturales, «comunidades imaginadas», que pueden servir para los objetivos políticos más diversos: la modernización de la economía y la sociedad o, por el contrario, el mantenimiento de tradiciones heredadas; la formación de espacios políticos más grandes o, al revés, la fragmentación de imperios multiétnicos en unidades más pequeñas y homogéneas; la ampliación territorial del Estado frente a sus vecinos o rivales o su expansión interna por la asunción de áreas y competencias que previamente le eran ajenas…
La monarquía española, a diferencia de la inglesa, careció de una institución representativa del conjunto, de un Parlamento como el británico; y, además, no se convirtió en gran potencia al llegar la modernidad, sino que perdió su imperio. También tiene rasgos que la asemejan a Francia: de nuevo una monarquía prenacional, que creó unas estructuras estatales tempranas. Pero no sufrió una gran revolución, al iniciarse la época contemporánea, que reforzara la identidad colectiva en términos jacobinos unitarios a partir de mitos tan potentes como la igualdad y la libertad. Como Italia o Alemania, en el caso español se partió de un vasto espacio dominado por una lengua mayoritaria; pero no vivió la enorme y entusiasta oleada nacionalista romántica del siglo XIX.
Una monarquía muy antigua, prenacional, como Inglaterra, Francia, Austria-Hungría, Rusia o Turquía. Varios reinos sometidos a una misma corona, pero sin homogeneidad administrativa, lo mismo que ocurría en Gran Bretaña, Rusia o Turquía. Pero sin vivir en ningún momento un período de fuerte revolución antiabsolutista, como el ocurrido en Inglaterra, Estados Unidos o Francia, ni la gran oleada nacionalista del siglo XIX que caracterizó a Italia, Alemania o Polonia. El Estado renunció a desempeñar un importante papel en el escenario internacional, al revés de lo que hicieron Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia o Austria-Hungría, aunque a cambio no tenía vecinos que fomentaran los nacionalismos disgregadores, como los tenían el sultán otomano o los Habsburgo austríacos.
A la debilidad económica, asociando en el siglo XX el españolismo a dos dictaduras que terminaron siendo muy impopulares. Con lo que sobrevivió, pero seriamente cuestionada por segmentos de la población periférica, quizás no mayoritarios, pero sí suficientemente amplios como para crear serios problemas; unos problemas que siguen sin resolverse.

Portugal, junto con Dinamarca, está considerado actualmente como uno de los estados-nación más compactos, o con menos fisuras internas, de Europa. Pero las raíces de esa solidez identitaria no pueden encontrarse en un pasado remoto, pues durante muchos siglos se trató de un territorio al que no diferenciaba ningún rasgo especial del resto de la península en la que está situado.
Su nombre procede de Portus Cale (Cale, una población situada en el área del actual Oporto) o Portus Galia (puerto de los galos, de la misma raíz por tanto que Galicia). Como el conjunto peninsular, su territorio pasó por sucesivas ocupaciones romana, visigoda y musulmana. Roma creó la provincia de Lusitania, pero ésta no coincidía con el Portugal posterior, pues sólo comenzaba al sur del Duero y se extendía por toda la actual Extremadura, con Mérida como capital.

Al igual que Portugal, pero en el extremo opuesto, Cataluña es un territorio periférico de la península Ibérica. Y ha compartido durante mucho tiempo, como ella, la historia del conjunto peninsular sin peculiaridades radicales con el resto. Hubo en Cataluña colonias griegas y fenicias, llegaron después los romanos (que crearon una provincia, la Tarraconense, que abarcaba todo el valle del Ebro, muy distinta por tanto a la Cataluña posterior) y más tarde los visigodos y los musulmanes. Esta última dominación duró apenas cien años en las actuales zonas de Gerona y Barcelona, pero se extendió hasta más de cuatrocientos en Lérida y Tarragona. Los francos del Imperio carolingio expulsaron a los musulmanes de la parte norte y conquistaron Barcelona hacia el año 800, creando la Marca Hispánica, zona fronteriza formada por un conjunto de condados. Un siglo después, un poderoso señor, titular de varios de aquellos condados, Guifré el Pilós, los trasmitió directamente a sus hijos, mostrando así su autonomía respecto del poder imperial carolingio.
La monarquía catalano-aragonesa se convirtió en una gran potencia mediterránea entre el siglo XIII y la primera mitad del XIV. Jaime I (1213-1276) conquistó Mallorca y Valencia; sus descendientes inmediatos se hicieron con Sicilia y, transitoriamente, con Cerdeña. Su poder llegó a extenderse hasta el otro extremo del Mare Nostrum, donde crearon y consiguieron retener durante ochenta años el ducado de Neopatria. Aparte de su fuerza militar, el pilar económico básico de aquella monarquía imperial era el comercio marítimo, como prueban las lonjas, corporaciones, consulados del mar y los Usatges o recopilación del derecho mercantil. Testimonio de aquel esplendor dan las cuatro grandes crónicas históricas de esa época: el Llivre dels feits del rei en Jacme.
La crisis social se agravó en el siglo XV, con constantes conflictos entre los partidos de la Busca y la Biga en Barcelona y con revueltas campesinas protagonizadas por los payeses de remensa. Con la población rural reducida por la Peste Negra, los nobles aumentaron las cargas y presiones sobre los campesinos, sometiéndolos a una serie de «malos usos» que, en conjunto, les reducían a la condición de siervos de la gleba. El rey aprovechó la situación para debilitar el poder nobiliario, lo cual llevó a una dura guerra civil de diez años entre Juan II y el Consejo del Principado (1462-1472). El monarca acabó imponiéndose, pero el conflicto social continuaría hasta que su hijo, Fernando el Católico, dictara en 1486 la sentencia arbitral de Guadalupe, que abolió los «malos usos» a cambio de indemnizaciones.
El momento en que estuvo a punto de romperse la integración catalana en el Imperio de los Habsburgo españoles llegó en 1640, el año de la rebelión portuguesa y debido a las mismas causas: la angustiosa situación de la monarquía, embarcada en la guerra de los Treinta Años, que llevó al conde-duque de Olivares a planear una centralización y homogeneización de los reinos en términos de impuestos y levas para contribuir al esfuerzo defensivo. A ello se sumaban viejos agravios, como la pérdida de algunos privilegios nobiliarios de procedencia medieval y el nombramiento de no catalanes para cargos públicos; pero la causa inmediata de la protesta fue la presencia en territorio catalán de tropas castellanas.
El relato nacionalista deforma, en general, estos hechos, idealizando como democráticas o abiertas al pueblo las instituciones de autogobierno, presentando el levantamiento como una respuesta unánime del pueblo catalán y olvidando tanto la unión con Francia como el hecho de que Felipe IV, tras la victoria, respetara el régimen foral. Las instituciones eran oligárquicas, típicas del Antiguo Régimen, basadas en privilegios heredados y no en derechos de todos; en la rebelión nunca hubo nada parecido a «unanimidad catalana»; la efímera unión con Francia fue desastrosa; y aquella guerra sólo llevó a la desaparición de las instituciones catalanas en la parte que quedó en manos francesas. Lo que sí es cierto es que las Cortes catalanas no volvieron a ser convocadas en lo que quedaba de siglo. Y que defensas de privilegios nobiliarios y de cuerpos intermedios estamentales que venían de la Edad Media fueron también las que impulsaron inicialmente las revoluciones holandesa o inglesa que avanzaron después en sentido liberal-democrático.
La Renaixença fue un movimiento cultural, y no político, e incluso en aquel terreno no se planteaba en contradicción con lo español, pues la idea dominante era que cada región debía aportar a la patria común sus glorias pretéritas. Pero también es cierto que la Renaixença elaboró los mitos de los que más tarde se nutriría el nacionalismo. Un Buenaventura Carlos Aribau, autor del poema Oda a la patria, que se considera iniciador de la Renaixença, escribió la mayor parte de su obra en castellano, tuvo diversos cargos políticos y profesionales en Madrid y, sobre todo, dirigió, con el también catalán Manuel Rivadeneyra, la emblemática Biblioteca de Autores Españoles.
También la Iglesia católica, castellanizada en sus niveles jerárquicos superiores en los decenios anteriores, giró en esta época hacia unas posiciones catalanistas, bajo la dirección del obispo de Vic Josep Torras i Bages, que en 1892 publicó su obra La tradició catalana. Su posición se resumía en la identificación entre Cataluña y el cristianismo y el enfrentamiento de esta cultura regional tradicional contra los males de la modernidad liberal-revolucionaria. Unida esta corriente al Centre Escolar Catalanista y a los redactores de Renaixensa, que se separaron del Centre Català, formaron en 1887 la Lliga de Catalunya. En ella aparecen ya los principales dirigentes del catalanismo futuro: Enric Prat de la Riba, Francesc Cambó o Josep Puig i Cadafalch. La Lliga se transformó en 1891 en la Unió Catalanista…
Jordi Canal observa que la cultura catalana ha tendido a convertirse en «altamente ensimismada y autorreferencial». Lo cual no quiere decir que no siga existiendo otra Cataluña compleja y plural, con un cosmopolitismo expresado por el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), L’Auditori o el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), e incrementado por la fuerte inmigración, sobre todo marroquí, que aporta hoy un 15% del total de la población catalana. Pero es cierto que entre las realizaciones más notables de estos años figuran el Museo de Història de Catalunya, el Memorial Democràtic o el Museo del Barça; esta última no es una referencia anecdótica, pues el Barcelona F. C. es realmente, como dice su eslogan publicitario, més que un club, una seña de identidad catalana, y sus triunfos recientes han sido únicos en el mundo. El catalanismo dirigido por Pujol ha respondido ante cualquier dificultad o cortapisa con actitudes victimistas.
En noviembre de 2014, el Gobierno catalán lanzó su «consulta popular no referendaria» sobre dos preguntas: si Cataluña debería ser un Estado y si ese Estado debería ser independiente. Pese a ser declarada ilegal por el Tribunal Constitucional, la consulta se celebró y votó en ella cerca del 33% del censo, del que un 80% votó sí a ambas cuestiones, lo que permite calcular el número de catalanes favorables a la independencia en ese momento en unos 1,8 millones. Las elecciones autonómicas, de septiembre de 2015, declaradas «plebiscitarias» por el Gobierno de Mas, fueron perdidas desde este punto de vista, pues el conjunto de listas independentistas, sumado a un grupo de izquierda radical como la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), sólo alcanzó un 47% de los votos, pero su número de escaños era suficiente para votar un presidente independentista, cosa que hicieron en enero de 2016, en la persona de Carles Puigdemont. Hay, sin embargo, fenómenos nuevos en el panorama político catalán, como la emergencia de una izquierda no vinculada al nacionalismo catalán, como la Catalunya en Comú aliada de Podemos, o de Ciutadans, primer partido de la oposición no nacionalista, por delante del PSC y del Partido Popular (PP).
Concluyamos. Entre los factores que se destacan en el proceso de construcción de la identidad catalana hay uno cultural, o primordial, como es la lengua, con la que la mayoría de la población catalana siente un vínculo afectivo muy profundo. Alrededor de la lengua hay toda una identidad étnica, ligada a una serie de marcas de catalanidad, que está asumida por el conjunto de la población, como demuestra el hecho de que los representantes políticos elegidos democráticamente sean en mayor proporción nativos de Cataluña, catalanoparlantes y con más apellidos catalanes que el conjunto de la población que les ha elegido.
Desde un punto de vista muy distinto, el geográfico, hay otro dato de gran importancia, como es la rivalidad Madrid-Barcelona, muy marcada desde finales del siglo XIX y excepcional en Europa, donde es raro que en un mismo país existan dos ciudades de tanta paridad en su peso demográfico, económico y cultural. Por último, hay un factor internacional crucial que diferencia a Cataluña de Portugal, o de otras naciones europeas que han llegado a poseer Estado propio, que es la falta de apoyos exteriores al proyecto independentista. Si Francia hubiera actuado, durante la sublevación catalana de 1640-1652, como lo hizo Gran Bretaña con Portugal, muy distinto hubiera sido, probablemente, el curso de los hechos. Como podría serlo en este momento si los independentistas encontraran eco en alguna potencia internacional importante o, como mínimo, cercana.

Al revés de lo ocurrido con el catalanismo, el año 1898 inició una fase de mayor moderación en sus posiciones, quizás debido a su implicación en política práctica, al ser elegido diputado provincial por Bilbao. Otros éxitos electorales, muy modestos, del partido fueron la obtención de cinco concejalías en Bilbao en las municipales de 1899 y de una alcaldía en Mundaca. La suspensión de garantías constitucionales en Vizcaya llevó, sin embargo, a la suspensión de todos sus centros y periódicos hasta 1900.
Debemos catalogar el caso vasco como el de un triunfo verdaderamente espectacular de una invención de la identidad y de la tradición hoy asumida no sólo por la comunidad nacionalista sino por la mayoría de la sociedad vasca. Hubo, desde luego, un dato inicial que fue la fuerte identidad creada a partir del siglo XVI en defensa de una situación legal privilegiada, consistente sobre todo en la exención de levas e impuestos. A partir de ahí emergió el nacionalismo, en la última década del siglo XIX, hace ahora sólo ciento veinticinco años. Fue entonces cuando se inventaron la bandera (bicrucífera o ikurriña), el himno (Gora ta Gora) e incluso el nombre de la entidad (Euzkadi, luego cambiado a Euskadi). Más tarde aún, a partir de la fundación de la Euskaltzaindia o Academia de la Lengua Vasca (1919), se emprendió la unificación de la lengua, el euskera, eliminando sus variantes locales y depurándola de «extranjerismos», y al fin, en 1968-1969, se estableció el euskera batua o unificado. Incluso la estética considerada «tradicional», como el estilo arquitectónico o el tipo de letra en la escritura, es reciente. El discurso en el que se basó todo, la doctrina de Sabino Arana, es hoy abiertamente obsoleto e inaplicable a una sociedad moderna como la vasca.
Pese a ello, el PNV ha demostrado una gran habilidad para oscilar entre ese fundamentalismo doctrinal y un autonomismo pragmático diario, así como una admirable capacidad para ser más que un partido, una comunión o comunidad, identificándose con la sociedad en la que vive y creando una trama asociativa de solidez inigualada. En esta última destacan los batzokis (o euzko etxeas), centros cruciales de la sociabilidad política, pero también forman parte de ella la Iglesia católica vasca, la familia, las cuadrillas, las ikastolas y asociaciones en pro de la lengua y la cultura vascas, los montañeros (autodefinidos alguna vez como «apóstoles del ideal sabiniano y soldados de la patria vasca»), las sociedades folclóricas y deportivas, las organizaciones juveniles, las femeninas (Emakumes), un sindicato como Eusko Langileen Alkartasuna-Solidaridad de los Trabajadores Vascos (ELA-STV), nacionalista, católico, antisocialista, pero no exactamente amarillo.

Galicia es un caso interesante que reúne todos los factores étnicos que para un planteamiento primordialista explicarían una movilización nacionalista y donde, sin embargo, ésta nunca ha sido masiva. Galicia posee, desde hace siglos, fronteras bien delimitadas, una lengua hablada por la mayoría de la población e incluso un arsenal de agravios creíbles, a partir del sentimiento de haber sido explotados o marginados por un centro político que unas élites reivindicativas podrían presentar como dominador o imperialista.
En el origen, existió una provincia romana llamada Gallaecia, que cubría todo el noroeste de España, con límites no siempre fijos pero sí mucho más grandes que la Galicia posterior, pues su capital era Braga, por el sur llegaba hasta la actual Oporto.
En el caso gallego hay datos étnicos sobrados para construir una identidad nacional: un reino medieval, una lengua, un territorio bien definido, un problema social alrededor de los foros, unos niveles de renta inferiores a la media española –hecho que puede presentarse como consecuencia de la explotación o dependencia colonial–… Y, sin embargo, no ha surgido un nacionalismo reivindicativo o secesionista con suficiente potencia como para plantear graves problemas a los gobiernos españoles.
Para explicar esta aparente paradoja podemos recurrir a factores tanto estructurales como contingentes. Empecemos por los últimos. Desde el punto de vista histórico, nunca hubo una representación institucional del reino, como unas Cortes, a diferencia de Cataluña o el País Vasco.
No es despreciable el dato de que varios de los grupos y las iniciativas galleguistas se iniciaran en Madrid, La Habana o Buenos Aires. Por último, Galicia carece de una capital, de un centro natural. Hay siete ciudades importantes (las cuatro capitales provinciales más Ferrol, Vigo y Santiago de Compostela). Y el nacionalismo es un fenómeno urbano. La existencia de una ciudad en la que se reúnan de manera fácil y constante las élites regionales parece un requisito imprescindible para que se forme un núcleo impulsor del nacionalismo.

No puede hablarse de nacionalismo andaluz. Incluso el fenómeno así llamado, dirigido por Blas Infante, no pasó de un planteamiento regionalista. Y, sin embargo, como en el caso gallego, en Andalucía se dan muchos de los rasgos que podrían favorecer el surgimiento de una fuerte reivindicación nacional: posee límites bien marcados, una larga historia con rasgos muy específicos y unos problemas sociales y una situación de marginalidad que podría haber sido achacada a la opresión de latifundistas «españoles». Es cierto que, a diferencia de Galicia, carece de una lengua propia, pero la variedad del castellano hablada en Andalucía tiene tales peculiaridades, sobre todo de pronunciación, que podría considerarse una marca de identidad.
A cambio de todo esto, hay datos geográficos, similares también a los gallegos, desfavorables para una movilización nacionalista, como la dispersión de sus centros urbanos, pues la capitalidad sevillana no deja de suscitar recelos entre quienes se sienten, antes que andaluces, granadinos, gaditanos, cordobeses o malagueños. A ello se añade la herencia histórica, ya que la referencia a una situación con un poder político andaluz independiente y glorioso tendría que vincularse al período califal, y no parece fácil hoy –aunque algunos lo han hecho– proponer el retorno
a la época gloriosa de Abderramán III. La limpieza étnica llevada a cabo en aquel territorio en los siglos XVI y XVII fue, por otra parte, tan implacable, con episodios genocidas y sustitución de la población exterminada con gente traída de fuera, que no es lógico esperar de los sucesores de estos últimos que exalten la identidad de los primeros; aunque cosas más raras se han visto en el mundo de la «memoria colectiva».
La identidad cultural andaluza se ha convertido en núcleo central del estereotipo de lo español, lo que también dificulta su visión como entes antagónicos.

Las identidades que rivalizan con la española se limitan, en conclusión, a la catalana, la vasca y, con menor apoyo social, la gallega. Ese es el forcejeo que todavía hoy se mantiene, con especial intensidad en el caso catalán.

It is not a very original book, the author recognizes it, almost everything is said, but it is grateful to be able to organize the ideas once more. Junco is one of my favorite authors since Mater Dolorosa, he writes with clarity and correctness and in such a delicate subject as nationalism does not go around the bush. It has been around the subject for many years and it is clear. In short, for those who have read the classics of B. Anderson or Hobsbawm nothing new, for who comes back to the subject, a delight, and as I said, very well written.
A book that concentrates the best of it at the beginning, to then be a little dense. The author explains the nations (and, consequently, the nationalisms) as “historical constructions, of a contingent nature”. As such constructions are useful, usually, for certain social elites. In the same way, with their content of “belief”, they generate reactions of high emotional content and that reject rational discussion. Thus, they can be used for all kinds of political objectives, from Hitler to Trump, through all the intermediate objectives you want. The author’s vision coincides with most of today’s serious historians and, in spite of that, no nationalist likes it.

The Spanish identity, like any other, is a historical construction, product of multiple events and factors, some structural but mostly contingent. That is to say, that there is nothing attributable to providential or mysterious designs, nor to a collective spirit that inhabits the natives of the country for millennia. In other words, there is nothing like a Spanish “national genius”. And there is also no exceptionality, abnormality or “rarity”. I am not saying, understand me well, that the Spanish case is the same as the others in the sense that the things that have happened in this country are also in the past of any other. On the contrary: no process of national construction in the world is identical to Spanish. In this sense, yes, it is exceptional or abnormal. But it is that all the others are also. Nations, countries, societies, just like individuals.

Until the middle of the last century, the consecrated vision started from the basis that nationalism was an idea or political doctrine, comparable to liberalism or Marxism, and that the feeling of belonging to a national community was a natural phenomenon, which had existed throughout the known human past. Nations were “as old as history,” wrote the British essayist Walter Bagehot in the 19th century; that is to say, humanity was found and had always been divided into peoples or nations, equivalent to racial, linguistic or cultural groups recognizable by overt external features. From then on, the theory followed, feelings of internal solidarity, external differentiation arose spontaneously and, with the modern awakening of the awareness of political rights, demands of a greater or lesser degree of self-government. The unique peculiarity of modernity would have been the emergence of national consciousness, nationalist ideology and political rights derived from belonging to the nation.
The states and the ruling elites found in nationalism the instrument that facilitated economic growth, social integration and the legitimation of the power structure. And they became enthusiastic promoters of these identities, favoring the dissemination of national consciousness through, above all, public education; to which the elites of the non-dominant cultures, different from the one chosen by the State as official culture, responded by protesting their disadvantaged situation and initiating, in extreme cases, the struggle to possess a State of their own.
The new way of understanding the national phenomenon has especially attracted the interest of researchers in the process of “ethnicization” of polity, that is, the dissemination by the State of official cultural and linguistic patterns among its citizens. All recalled the famous observation of Minister Massimo D’Azeglio in 1870, shortly after having succeeded in completing Italian unity: “we already have Italy; now we have to create Italians ». This was the program, often explicit, of the rulers of nation-states born in the 19th and 20th centuries. Outside of Europe, it was easy to see that this was planned and carried out in newly decolonized countries or immigrants, such as Argentina or the United States, where the national anthem is still sung or the flag is sworn every day in elementary schools. The explanation was obvious: you had to nationalize the newly independent or newly arrived. But the strange, what really altered the common assumptions about the antiquity of the people, is that a similar process of nationalization would have occurred also in the European states, many of them with deep roots in the premodern centuries. The conclusion of those studies showed, however, that in all of Europe in the nineteenth century flags and national holidays, national anthems, ceremonies and collective rites were invented to replace the old royal rituals, cultural institutions were created that replaced the adjective “real” by the “national” … Only the political entities that knew how to carry out such a process successfully managed to survive. Those who were unable to carry it out – such as the Habsburg Empire, the Ottoman Empire or the Venetian Republic – disappeared, despite having a pluricentennial historical existence.
National identities are therefore not eternal. They are not natural, objective, stable facts, like rivers or mountains, but constructions of a contingent nature that, due to a confluence of circumstances, especially policies, arose at some point in the past (a non-dateable, sudden moment, uncertain and slow), have been valid over a more or less long period of time (which in no way means that they have maintained an unaltered meaning during all that time) and have ended, or will end some day, by disappearing ( for nothing is eternal in history, let alone collective identities, against what believers or militants of any of them tend to believe).
The second conclusion that emerges from these recent studies is related to the artificiality and political instrumentalization of national identities.

The fights over the terms are not, of course, new. The most passionate philosophical debate that took place in the Christian West between the 12th and 13th centuries, the moment of scholastic fulfillment, was about whether the terms and concepts used by human beings were real (or, rather, they were the only substantial reality) if they existed even before rem, as essences before things), or if they were mere names, inventions destined to express generic qualities of particular objects and phenomena (and only existed, therefore, post rem). The Church tended to lean in favor of the royalist scholastics, because their philosophy converted dogmas like the Holy Trinity or the Eucharist into realities, and generally saw the nominalists with a bad eye.
The fights over the terms are not, of course, new. The most passionate philosophical debate that took place in the Christian West between the 12th and 13th centuries, the moment of scholastic fulfillment, was about whether the terms and concepts used by human beings were real (or, rather, they were the only substantial reality) if they existed even before rem, as essences before things), or if they were mere names, inventions destined to express generic qualities of particular objects and phenomena (and only existed, therefore, post rem). The Church tended to lean in favor of the royalist scholastics, because their philosophy converted dogmas like the Holy Trinity or the Eucharist into realities, and generally saw the nominalists with a bad eye.
The first, the statist, has a strictly political content, because it identifies the nation with the State. It is very widespread in the colloquial language, although for this the State is also defined in terms of little rigor, not as a political and administrative structure that governs a territory but as a whole of the territory and the inhabitants dominated by that power structure; that is, in the sense in which the term “country” (combination of space and population) is also used -more appropriately, I believe-. To this use correspond, among many others, the first two definitions of the Dictionary of the Spanish language of the Royal Spanish Academy (D. R. A. E.): “set of inhabitants of a country governed by the same government” and “territory of that country.”
It is the third meaning of D. R. A. E. (“set of people of the same origin and who generally speak the same language and have a common tradition”) and is also common in other reference works. It is a vision inherited from Herder and the romanticism that dominates, of course, in the nationalist media. The main problem that arises before it I have already referred to: it is not possible to delimit in a clear and objective way the human groups marked by ethnic characteristics. Even if such a thing were possible, these features do not coincide with the groups that have the greatest national consciousness. There is undeniable national consciousness in human groups with several languages ​​(Switzerland) or with several races or religions (United States). In fact, most of the current states do not have a homogenous religion nor are they composed of the same ethnic group, which does not prevent the domination of a marked “national” conscience among its inhabitants.
On the other hand, the four classic ethnic traits of apparent objectivity (race, language, religion, historical past) lead to another, which is, in short, the cornerstone of the subject: a “way of being”, a collective psychology, about which concretion, we must add immediately, there reigns the most absolute confusion and lack of agreement.
And, in effect, nations and nationalisms are recent terms because they are associated with a political phenomenon of the last centuries: the legitimation of power as an expression of the collective will, something that had not existed before the anti-absolutist revolutions and the emergence of the contemporary state . In the pre-modern era there were undoubtedly clans, ethnic groups, lineages, and even the term “nations” was used to designate them. But its meaning was different, because it was not linked to the legitimation of power as an expression of the collective will.
The big question, therefore, is why, from the existence of differentiated cultural traits, we must deduce that the human group that bears such traits must correspond to the governance of the territory in which it lives.

In the Petition of Rights of 1628 the right of all “free Englishmen” was already affirmed not to be charged with taxes without the consent of the Parliament and not to be prosecuted without due legal process. And they were not just individual rights. In that struggle, terms such as “people”, “homeland”, “republic” and even “nation” were coined (People, Country, Commonwealth, Nation). The important advance, from the point of view of the national construction, was that who was faced with the “tyranny” of the king was a community that proclaimed itself “free” and that was also represented by an institution, the Parliament. That Parliament at first did not deny the monarch’s authority. On the contrary, he even extolled it: the king was inviolable, sacred, he wanted the good of the people and he could not make mistakes (the King can do no wrong). But their ministers committed them, because they took measures that Parliament considered contrary to the good of the community; a good that only the Parliament, as representative of that community, could define.
The cases of Wales, Scotland and Ulster could be compared with those of the Basque Country, Aragon / Catalonia and other peninsular kingdoms and manors, and parallels could also be sought between the independence of Ireland and that of Portugal. The recent independentist impulses in Scotland present, without a doubt, analogies with the pitfalls that Spanishism finds in broad sectors of the Catalan and Basque population, although there are also great differences, such as linguistics, since Gaelic residues in corners of Great Britain are very inferior to the current strength and vitality of Catalan, Galician or Basque in Spain. In any case, what radically distinguishes the British process from Spanish is that in the first of them there existed, from the Middle Ages, limits and institutional controls to monarchical absolutism through corporate representation in the parliament of the upper classes, at first , and of the whole population, later. And that Parliament is the true representative of the British community, although in the symbolic field it is the monarchy.
There is not much to say about the parallels or teachings of this process of identity construction in relation to the Spanish case, so radically different have been the historical circumstances of the two countries. As for modern Germany, from the mid-nineteenth century to the mid-twentieth century, its exemplary character for Spanish elites has gone in two radically opposite directions, as befits the dual character of the German Sonderweg. On the one hand, the Krausist institutionism, starting with Julián Sanz del Río and culminating in the intellectuals of the so-called Silver Age of Spanish culture, was attracted by its universities and research centers (of which so many brains, especially Judeo- Germans, escaped to the United States after the rise of Hitler to power and turned, not by chance, American universities into the best in the world).

The European Union, if it is to be more than a union of states, must be based on a civic nationalism. With room, of course, for immigrants from other cultures; which poses new challenges, not easy to overcome, in a field where it also lacks experience.

Those who refer to Viriato as a fighter “for the independence of Spain,” to the Reconquista as a “national enterprise,” or to the Catholic Monarchs as creators of “national unity,” abuse the terms. But it is no less undeniable that Spain existed, in the sense that the word Hispania, successor of the Greek Iberia, was coined by the Romans and survived in medieval romance translated as Spain or Spain. This term had, however, for many centuries a merely geographical content; and even in this field it differed from its current meaning, because it meant the Iberian Peninsula, and therefore it included Portugal. Such an entity only acquired political content a little more than five hundred years ago, when all the peninsular kingdoms except Portugal were reunited in the hands of a single monarch. And even then it was not national, because nobody would have thought to defend that the repository of political sovereignty was a collective subject called “the Spaniards.”
The name, Spaniards, comes from the Latin hispani, coined by Greco-Roman geographers or historians, observers from outside the territory, since the inhabitants of the territory called themselves, according to the zones, Celts, Vettones, Folk, Turdetanians, Cantabrians … Those foreign observers not only did they create the global adjective but they also began to give some features of collective psychology by underlining the bellicosity of the inhabitants of the peninsula.

The construction of identity seems, therefore, to have been strongly consolidated and its conversion into a modern nation seriously undertaken by the enlightened elites on the eve of the great rupture of 1808. But it had its limits.
To begin with, from the institutional point of view, “Spain” was not a kingdom, however much it began to be called that, but it remained an imperial monarchy, an aggregate complex of kingdoms and manors with different laws, languages ​​and tax systems; Yes, the fueros of the Aragonese kingdoms had been eliminated, but Navarre and the Basque Provinces kept their privileges. Secondly, the ethnic group identified with the monarchy, and there were no alternative institutions to the crown capable of taking on the task of representing the whole. There were, in any case, the kingdoms. The nobility did not play the integrating role we have seen in England, but struggled with the monarchy solely to maintain their family privileges.
Third, the nationalizing effort did not reach beyond the circles of educated elites, close to the central administration of the monarchy. If the monarchy reoriented its symbols (for example, if the royal statues placed in front of the new royal palace represented a change compared to the decoration of the Kingdom Hall of Philip IV), the sure thing is that the public that visited those spaces was very small. Who continued to inform and train popular opinion, especially rural-which was the overwhelming majority-was the Catholic clergy, who kept his speech based on loyalty to religion and the ecclesiastical institution.
The imperial glories, in the fourth place, do not seem to have played such an important role as in England, for example, as a Spanishizing factor. His exaltation was even incoherent with the stereotype inherited, and still in force, on the Spanish identity based on its millenary resistance against any foreign invasion and with the condemnation of the Habsburgs for having launched an imperial expansion contrary to the interests of the country.
The impact, on the modernizing elites themselves, of the negative image that dominated European environments on the Spanish monarchy, seen as despotic until the middle of the seventeenth century and as decadent, should also be noted.
The data indicate that, at the end of the Old Regime, there was a strong Spanish identity and that the enlightened elites were trying to give it a modern, that is, national content. But the central elements around which it was built were loyalty to the king and religion, apart from a pride related to the warrior deeds of the ancestors and the bountiful land in which divine providence had placed this exceptional people. None of it was especially modern.

The main problem that characterizes the Spanish nationalizing process of the 19th century and the first third of the 20th century, and what differentiates it radically from other European nationalisms, is that it lacked definite objectives. We have said and repeated that nationalisms are cultural constructions, “imagined communities” that can serve the most diverse political objectives: the modernization of the economy and society or, on the contrary, the maintenance of inherited traditions; the formation of larger political spaces or, conversely, the fragmentation of multiethnic empires into smaller and more homogeneous units; the territorial expansion of the State in front of its neighbors or rivals or its internal expansion by the assumption of areas and competences that were previously alien to it …
The Spanish monarchy, unlike the English monarchy, lacked an institution representative of the whole, of a Parliament like the British; and, in addition, it did not become a great power when modernity arrived, but it lost its empire. It also has features that resemble France: again a pre-national monarchy, which created some early state structures. But it did not undergo a great revolution, at the beginning of the contemporary era, that reinforced the collective identity in unitary Jacobin terms from myths as powerful as equality and freedom. Like Italy or Germany, in the Spanish case, it started from a vast space dominated by a majority language; but he did not live the enormous and enthusiastic nineteenth-century romantic nationalist wave.
A very old, pre-national monarchy, like England, France, Austria-Hungary, Russia or Turkey. Several kingdoms subject to the same crown, but without administrative homogeneity, the same that happened in Great Britain, Russia or Turkey. But without living at any time a period of strong anti-absolutist revolution, as happened in England, the United States or France, nor the great nationalist wave of the nineteenth century that characterized Italy, Germany or Poland. The State renounced to play an important role on the international stage, contrary to what England, France, Germany, Russia or Austria-Hungary did, although in return it had no neighbors to foment disintegrating nationalisms, as had the Ottoman Sultan or the Austrian Habsburgs.
To economic weakness, associating in the twentieth century Spanishism to two dictatorships that ended up being very unpopular. With what survived, but seriously questioned by segments of the peripheral population, perhaps not majority, but wide enough to create serious problems; some problems that remain unsolved.

Portugal, together with Denmark, is currently considered one of the most compact nation states, or with the least internal fissures, in Europe. But the roots of that identitary solidity can not be found in a remote past, because for many centuries it was a territory that did not differentiate any special feature of the rest of the peninsula in which it is located.
Its name comes from Portus Cale (Cale, a town located in the area of ​​the current Oporto) or Portus Galia (port of the Gauls, from the same root as Galicia). Like the peninsular set, its territory passed through successive Roman, Visigoth and Muslim occupations. Rome created the province of Lusitania, but this one did not coincide with the later Portugal, since it only began to the south of the Duero and it extended by all the present Extremadura, with Mérida like capital.

Like Portugal, but at the opposite extreme, Catalonia is a peripheral territory of the Iberian Peninsula. And she has shared for a long time, like her, the history of the peninsular group without radical peculiarities with the rest. There were Greek and Phoenician colonies in Catalonia, the Romans arrived later (they created a province, the Tarraconense, which encompassed the entire Ebro valley, very different to later Catalonia) and later the Visigoths and Muslims. This last domination lasted just one hundred years in the current areas of Gerona and Barcelona, ​​but it extended to more than four hundred in Lleida and Tarragona. The Franks of the Carolingian Empire expelled the Muslims from the northern part and conquered Barcelona around 800, creating the Marca Hispanica, a border area formed by a set of counties. A century later, a powerful lord, owner of several of those counties, Guifré el Pilós, transmitted them directly to their children, thus showing their autonomy from the Carolingian imperial power.
The Catalan-Aragonese monarchy became a great Mediterranean power between the 13th century and the first half of the 14th century. Jaime I (1213-1276) conquered Mallorca and Valencia; their immediate descendants were made with Sicily and, temporarily, with Sardinia. His power extended to the other end of the Mare Nostrum, where they created and succeeded in retaining the Duchy of Neopatria for eighty years. Apart from its military force, the basic economic pillar of that imperial monarchy was maritime trade, as evidenced by the fish markets, corporations, consulates of the sea and the Usatges or collection of commercial law. Testimony of that splendor give the four great historical chronicles of that time: the Llivre dels feits del rei in Jacme.
The social crisis worsened in the fifteenth century, with constant conflicts between the parties of the Busca and the Biga in Barcelona and peasant revolt led by the peasants of Remensa. With the rural population reduced by the Black Death, the nobles increased the burdens and pressures on the peasants, subjecting them to a series of “bad uses” that, on the whole, reduced them to the condition of serfs of the glebe. The king took advantage of the situation to weaken the nobility power, which led to a ten year civil war between John II and the Principality Council (1462-1472). The monarch ended up being imposed, but the social conflict would continue until his son, Fernando the Catholic, dictated in 1486 the arbitral sentence of Guadalupe, that abolished the “bad uses” in exchange for indemnifications.
The moment when the Catalan integration in the Spanish Habsburg Empire was about to break down came in 1640, the year of the Portuguese rebellion and due to the same causes: the anguished situation of the monarchy, embarked on the Thirty War Years, which led the Count-Duke of Olivares to plan a centralization and homogenization of the kingdoms in terms of taxes and levies to contribute to the defensive effort. Added to this were old grievances, such as the loss of some nobiliary privileges of medieval origin and the appointment of non-Catalans for public office; but the immediate cause of the protest was the presence in Catalan territory of Castilian troops.
The nationalist story deforms, in general, these facts, idealizing as democratic or open to the people the institutions of self-government, presenting the uprising as a unanimous response of the Catalan people and forgetting both the union with France and the fact that Philip IV, after the victory, respect the statutory regime. The institutions were oligarchic, typical of the Old Regime, based on inherited privileges and not on the rights of all; in the rebellion there was never anything like “Catalan unanimity”; the ephemeral union with France was disastrous; and that war only led to the disappearance of the Catalan institutions in the part that remained in French hands. What is certain is that the Catalan Cortes were not summoned again in what remained of the century. And that defenses of nobility privileges and of intermediate estates that came from the Middle Ages were also those that initially drove the Dutch or English revolutions that later advanced in a liberal-democratic sense.
La Renaixença was a cultural movement, and not a political one, and even in that area it was not posed in contradiction with the Spanish, because the dominant idea was that each region should contribute to the common homeland its past glories. But it is also true that the Renaixença elaborated the myths that would later be nurtured by nationalism. A Buenaventura Carlos Aribau, author of the poem Oda a la patria, who considers himself the initiator of the Renaixença, wrote most of his work in Spanish, had various political and professional positions in Madrid and, above all, directed, with the also Catalan Manuel Rivadeneyra, the emblematic Library of Spanish Authors.
Also the Catholic Church, Castilianized in its hierarchical levels superiors in the previous decades, turned at this time towards a Catalanist positions, under the direction of the Bishop of Vic Josep Torras i Bages, who in 1892 published his work La tradició catalana. His position was summarized in the identification between Catalonia and Christianity and the confrontation of this traditional regional culture against the evils of liberal-revolutionary modernity. Together with this stream, the Catalan School Center and the editors of Renaixensa, who separated from the Center Català, formed the Lliga de Catalunya in 1887. In it, the main leaders of future Catalanism appear: Enric Prat de la Riba, Francesc Cambó or Josep Puig i Cadafalch. The Lliga was transformed in 1891 into the Unió Catalanista …
Jordi Canal observes that Catalan culture has tended to become «highly self-absorbed and self-referential». This does not mean that there is no other complex and plural Catalonia, with a cosmopolitanism expressed by the Center for Contemporary Culture of Barcelona (CCCB), L’Auditori or the Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), and increased by the strong immigration, especially Moroccan, which today contributes 15% of the total Catalan population. But it is true that among the most notable achievements of these years include the History Museum of Catalonia, the Memorial Democràtic or the Barça Museum; the latter is not an anecdotal reference, since the Barcelona F. C. is really, as its advertising slogan says, more than a club, a Catalan identity sign, and its recent triumphs have been unique in the world. The Catalanism led by Pujol has responded to any difficulty or obstacle with victim attitudes.
In November 2014, the Catalan government launched its “non-referendum referendum” on two questions: whether Catalonia should be a State and whether that State should be independent. Despite being declared illegal by the Constitutional Court, the consultation was held and voted in it about 33% of the census, of which 80% voted yes to both issues, which allows calculating the number of Catalan pro-independence in that moment in about 1.8 million. The regional elections of September 2015, declared “plebiscitary” by the Mas Government, were lost from this point of view, as the set of independentist lists, added to a radical left group such as the Popular Unity Candidacy (CUP) ), only reached 47% of the votes, but their number of seats was enough to vote for an independentist president, which they did in January 2016, in the person of Carles Puigdemont. There are, however, new phenomena in the Catalan political scene, such as the emergence of a left not linked to Catalan nationalism, such as Catalonia in Comú allied with Podemos, or Ciutadans, the first non-nationalist opposition party, ahead of the PSC and the Popular Party (PP).
Let’s conclude. Among the factors that stand out in the process of construction of Catalan identity, there is one cultural, or primordial, such as language, with which the majority of the Catalan population feels a very deep affective bond. Around the language there is a whole ethnic identity, linked to a series of catalanity marks, which is assumed by the population as a whole, as evidenced by the fact that the democratically elected political representatives are in greater proportion natives of Catalonia, Catalan speakers and with more Catalan surnames than the whole population that has chosen them.
From a very different point of view, the geographical, there is another important fact, such as the rivalry Madrid-Barcelona, ​​very marked since the late nineteenth century and exceptional in Europe, where it is rare that in the same country there are two cities of so much parity in its demographic, economic and cultural weight. Finally, there is a crucial international factor that differentiates Catalonia from Portugal, or from other European nations that have come to possess their own state, which is the lack of external support for the pro-independence project. If France had acted, during the Catalan uprising of 1640-1652, as Britain did with Portugal, the course of events would have been very different. As it could be at this time if the independence will find an echo in some important international power or, at least, close.

Contrary to what happened with Catalanism, the year 1898 began a phase of greater moderation in their positions, perhaps due to their involvement in practical politics, to be elected provincial deputy for Bilbao. Other electoral successes, very modest, of the party were the obtaining of five councils in Bilbao in the municipal ones of 1899 and of a mayoralty in Mundaca. The suspension of constitutional guarantees in Vizcaya led, however, to the suspension of all its centers and newspapers until 1900.
We must classify the Basque case as a truly spectacular triumph of an invention of identity and tradition now assumed not only by the nationalist community but by the majority of Basque society. There was, of course, an initial fact that was the strong identity created from the sixteenth century in defense of a privileged legal situation, consisting above all in the exemption of levies and taxes. From that moment nationalism emerged, in the last decade of the 19th century, only one hundred and twenty-five years ago. It was then when they invented the flag (bicrucífera or ikurriña), the anthem (Gora ta Gora) and even the name of the entity (Euzkadi, then changed to Euskadi). Later still, from the foundation of the Euskaltzaindia or Academy of the Basque Language (1919), the unification of the language, the Basque language, was undertaken, eliminating its local variants and purifying it of “extranjerismos”, and finally, in 1968 -1969, Basque or unified Basque was established. Even aesthetics considered “traditional,” such as architectural style or typeface in writing, is recent. The discourse on which everything was based, the doctrine of Sabino Arana, is today openly obsolete and inapplicable to a modern society like the Basque one.
Despite this, the PNV has demonstrated a great ability to oscillate between that doctrinal fundamentalism and a daily pragmatic autonomism, as well as an admirable capacity to be more than a party, a communion or community, identifying with the society in which it lives and creating an associative plot of unequaled solidity. In this last one they emphasize the batzokis (or euzko etxeas), crucial centers of the political sociability, but also they comprise of the Basque Catholic Church, the family, the cuadrillas, the ikastolas and associations in pro of the Basque language and culture, mountaineers (self-defined as “apostles of the Sabine ideal and soldiers of the Basque homeland”), folk and sports societies, youth organizations, women’s organizations (Emakumes), a union like Eusko Langileen Alkartasuna-Solidarity of Basque Workers ( ELA-STV), nationalist, Catholic, anti-socialist, but not exactly yellow.

Galicia is an interesting case that brings together all the ethnic factors that for a primordialist approach would explain a nationalist mobilization and where, however, it has never been massive. Galicia has, for centuries, well-defined borders, a language spoken by the majority of the population and even an arsenal of credible grievances, based on the feeling of having been exploited or marginalized by a political center that claiming elites could present as a dominator or imperialist.
In the origin, there was a Roman province called Gallaecia, which covered the entire northwest of Spain, with limits not always fixed but much larger than the later Galicia, as its capital was Braga, by the south it reached the current Oporto.
In the Galician case there are enough ethnic data to build a national identity: a medieval kingdom, a language, a well-defined territory, a social problem around the forums, income levels lower than the Spanish average – a fact that can arise as a consequence of colonial exploitation or dependence -… And, however, there has not emerged a nationalist or secessionist claim with enough power to pose serious problems to Spanish governments.
To explain this apparent paradox we can resort to both structural and contingent factors. Let’s start with the last ones. From the historical point of view, there was never an institutional representation of the kingdom, like a Cortes, unlike Catalonia or the Basque Country.
The fact that several of the Galician groups and initiatives began in Madrid, Havana or Buenos Aires is not negligible. Finally, Galicia lacks a capital, a natural center. There are seven important cities (the four provincial capitals plus Ferrol, Vigo and Santiago de Compostela). And nationalism is an urban phenomenon. The existence of a city in which the regional elites meet easily and consistently seems a prerequisite for the formation of a nucleus to promote nationalism.

Can not speak of Andalusian nationalism. Even the so-called phenomenon, led by Blas Infante, did not go beyond a regionalist approach. And yet, as in the case of Galicia, there are many traits in Andalusia that could favor the emergence of a strong national demand: it has well-defined limits, a long history with very specific features and social problems and a situation of marginality that could have been blamed on the oppression of “Spanish” landowners. It is true that, unlike Galicia, it lacks its own language, but the variety of Spanish spoken in Andalusia has such peculiarities, especially pronunciation, that it could be considered a mark of identity.
In exchange for all this, there are geographical data, similar also to Galician, unfavorable to a nationalist mobilization, as the dispersion of its urban centers, as the Sevillian capital does not stop raising suspicions among those who feel, rather than Andalusians, from Granada, Cadiz, Cordoba or Malaga. To this is added the historical heritage, since the reference to a situation with an independent and glorious Andalusian political power would have to be linked to the Caliphate period, and it does not seem easy today – although some have done so – to propose the return
to the glorious age of Abderramán III. The ethnic cleansing carried out in that territory in the sixteenth and seventeenth centuries was, on the other hand, so relentless, with genocidal episodes and replacement of the exterminated population with people brought from abroad, which it is not logical to expect from the successors of the latter. that exalt the identity of the first; although weird things have been seen in the world of “collective memory”.
The Andalusian cultural identity has become the central nucleus of the stereotype of the Spanish, which also hinders its vision as antagonistic entities.

The identities that rival the Spanish are limited, in conclusion, to the Catalan, the Basque and, with less social support, the Galician. That is the struggle that still stands today, with special intensity in the Catalan case.

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