Breve historia de Satanás — Gabriel Andrade / Brief History Of Satan by Gabriel Andrade (spanish book edition)

Este me parece entre los miles de libros que existen de los más interesantes por la síntesis. Satanás tiene una singular cualidad en nuestro tiempo: es probablemente uno de los personajes más flexibles de cuantos existen en el folclore contemporáneo. Hay varias versiones de Superman, Asterix, Batman, el hombre del saco o los vampiros; pero al menos, todas ellas mantienen cierta unidad respecto al personaje que retratan. No así Satanás. Hay representaciones terroríficas del diablo, y representaciones sumamente simpáticas y divertidas.
El diablo es fundamentalmente una invención judía, que luego fue desarrollada por la civilización cristiana. Si bien el pueblo de Israel merece distinción por su singularidad en muchas ideas religiosas (entre ellas, por supuesto, el mismísimo Satanás), los judíos fueron apenas uno entre muchos pueblos que se alojaron en la cuenca del Mediterráneo. Y, en este sentido, muchas de las ideas religiosas aparentemente singulares desarrolladas por los judíos, cuentan con una notable influencia por parte de sus vecinos. Israel siempre mantuvo la preocupación casi obsesiva de rechazar lo extranjero y mantener su singularidad (en buena medida esta sutil xenofobia permitió que los judíos mantuvieran su identidad cultural después de tres mil años, a diferencia de los sumerios, acadios, babilonios, persas y otros pueblos circunvecinos), pero con todo, no pudo evitar la incorporación de ideas religiosas foráneas.
Satanás es una de esas ideas foráneas. No existía entre los pueblos vecinos de Israel una figura que nítidamente podamos asimilar al diablo, pero sí hubo varios candidatos que ofrecieron algunas características que, eventualmente, se verían reflejadas en la concepción del diablo y, hasta el día de hoy, mantienen cierta vigencia en la representación popular de Satanás.
La primera gran influencia religiosa a considerar procede de las distintas civilizaciones mesopotámicas.

Así como la religión de Israel estuvo bajo la sombra de las influencias mesopotámicas, también fue inevitable que recibiera cierta influencia religiosa de sus vecinos cananeos. La religión cananea era, como tantas otras en el Mediterráneo, politeísta. El panteón cananeo estaba conformado por distintos dioses, pero el principal de ellos era El. Este dios era padre de muchos otros dioses, entre ellos destacan Baal y Mot.
La aparición del monoteísmo hizo que entre los mismos israelitas surgiera una furibunda oposición especialmente dirigida al culto de Baal. Y, esto es relevante en nuestra genealogía de Satanás. Pues los judíos inauguraron una tendencia que se ha repetido a lo largo de la expansión del monoteísmo por el mundo entero. Los dioses de las religiones que anteceden a la llegada del judaísmo, cristianismo e islam en muchos contextos, han sido frecuentemente satanizados. Y así, desde la perspectiva de los monoteístas, los dioses adorados por los politeístas en realidad son demonios.
Pues bien, Baal es probablemente la deidad que más ha sido satanizada, hasta el punto de que varios demonios en la imaginación judía y cristiana recapitulan su nombre.

Si bien en el arte pictórico y la representación popular del diablo en nuestra civilización, la imagen del diablo depende mucho más de la mitología griega, fue la religión zoroastriana de origen persa, la que más contribuyó al diablo como concepto, a saber, la personificación del mal absoluto. En el siglo VI antes de nuestra era, los babilonios expulsaron a los judíos, y es muy probable que estuvieran en contacto con ideas persas y las incorporaran a su religión. El diablo es una de estas ideas.
La antigua religión iraní era fundamentalmente politeísta. Los antiguos persas rendían culto a los ahura y daevas, dioses del antiguo panteón. Zaratustra promovió la reforma de esta antigua religión. Poco conocemos sobre este personaje no ficticio, y los historiadores no nos ofrecen fechas firmes de su existencia, pero pudo haber existido entre el siglo XVII y el VI antes de nuestra era. Frente al tradicional politeísmo iraní, Zaratustra sentó las bases para un sistema religioso que prescindía de los antiguos dioses.

En el Nuevo Testamento, Satanás ya no es el fiscal acusador en la corte divina, a la manera del libro de Job. Antes bien, tiene el perfil que le dieron los textos apocalípticos judíos en los dos siglos que precedieron a la aparición del cristianismo. Satanás sería ahora la representación del mal absoluto al mando de legiones demoniacas, que será derrotado en una batalla cósmica una vez que Dios intervenga para vencer a los opresores y salvar a los oprimidos.
En los evangelios, Satanás trata de tentar a Jesús para apartarlo de su misión y envía demonios para atormentar a algunas personas. Los autores del cuerpo epistolar del Nuevo Testamento hacen referencia a él como una amenaza siempre latente. Y, finalmente, en el Apocalipsis, texto emblemático de la literatura apocalíptica (de este texto procede el calificativo de «apocalíptico»), Satanás escenifica una batalla espectacular frente a Dios al final de los tiempos, en la cual, es derrotado de una vez por todas.
Contraria a la imagen que tradicionalmente se nos presenta, el cristianismo en sus primeros tres siglos estuvo bastante fragmentado en diversas sectas. Y, del mismo modo, hubo muchos textos apócrifos que no fueron incluidos en el canon del Nuevo Testamento. Satanás aparece en algunos de estos textos.
Así aparece, por ejemplo, en su tradicional rol como archirrival de Dios en los Hechos de Pedro, un texto del siglo II. Se narran ahí las aventuras de Pedro después de la muerte y resurrección de Jesús. El grueso de este texto narra los pormenores de una confrontación entre Pedro y Simón el Mago. Este personaje es mencionado en el Nuevo Testamento, en Hechos 8: 9-24: ahí, se narra que Simón realizaba prodigios con su magia. Pero, al ver que los discípulos de Jesús recibían el Espíritu Santo, Simón les ofreció dinero para que él también recibiera el Espíritu Santo.

En términos doctrinales, el concepto del diablo quedó más o menos bien delineado durante los cinco primeros siglos de la historia del cristianismo. Satanás ya no sería meramente el adversario en la corte de Dios, sino que se habría convertido ya en el archienemigo, dispuesto a asediar a los hombres con sus tentaciones y, en fechas más tardías, cargaba con la responsabilidad de administrar los castigos en el Juicio final.
Pero, todo esto permaneció fundamentalmente en un elevado nivel de abstracción. Los teólogos discutían sobre cuál fue el pecado primordial de Satanás, cómo fue engañado por Dios en el pago del rescate, etc.; pero muy rara vez se plantearon su aspecto físico. Si bien, en especial en épocas más tardías, hubo algunos teólogos que insistían en la inmaterialidad de los demonios y ángeles y, en ese sentido, no podían ser representados pictóricamente, la inmensa mayoría de cristianos asumía que el diablo sí tenía una figura representable físicamente.
Con todo, es curioso que, hasta el siglo VI, no hubiera ninguna representación pictórica de Satanás.

La literatura popular medieval se impregnó de las imágenes bestiales de Satanás. La leyenda dorada, un compendio de historias sobre santos recopiladas por Santiago de la Vorágine en el siglo XIII, adaptó el antiguo tema del mito de combate a un contexto cristiano. Así, en varias de las historias recopiladas en esta colección, un santo se enfrenta a un monstruo que presumiblemente es un representante de Satanás y lo vence.
Por ejemplo, la veneración por san Jorge se hizo popular, a partir de su reseña en La leyenda dorada. Se narra ahí que un dragón (quizás en forma de cocodrilo) tenía un nido en un riachuelo que abastecía de agua a la ciudad de Cirene. Para distraer al dragón, los ciudadanos le ofrecían ovejas y, en su defecto, hermosas doncellas escogidas al azar.

En medio de aquella explosión artística, el Vaticano tenía la ambición de recaudar fondos para construir el majestuoso templo que hoy es la basílica de San Pedro. Una forma bastante eficiente de recaudar los fondos fue mediante la venta de indulgencias: a partir de la creencia en el purgatorio como lugar post mortem, la Iglesia vendía certificados que, se creía, podían sacar a las almas del purgatorio.
El vulgo aceptaba la legitimidad de esta práctica, pero naturalmente, una élite intelectual se sentía indignada, pues, se trataba de una burda muestra de estafa religiosa. Pero, no fue sino hasta el siglo XVI cuando un monje agustino, Martín Lutero, cansado ya de tantos abusos clericales, decidió rebelarse y dar pie al movimiento que vino a llamarse la ‘Reforma protestante. En una célebre escena (pero de dudosa historicidad), se narra que Lutero en 1517, clavó sobre las puertas de la catedral de Wittenberg sus famosas Noventa y cinco tesis. Como los reformadores previos, Lutero denunciaba la venta de indulgencias, pero lo hacía con mayor vehemencia y habilidad retórica.
El clero, opinaba Lutero, es innecesario para la salvación. Pues, la relación entre Dios y el individuo sería directa.

Probablemente el ocultista más conocido y el que más contribuyó por voluntad propia a la asociación popular entre el ocultismo y el satanismo, fue el inglés Aleister Crowley. Edward Alexander (luego se cambiaría el nombre) Crowley, era un aristócrata inglés que procedía de una familia conservadora cristiana de finales del siglo XIX. Desde su infancia, Crowley dio muestras de poseer una personalidad difícil. Según parece, su madre no le brindó mucho cariño y frecuentemente lo llamaba la bestia, en clara alusión a la bestia del Apocalipsis, debido a su comportamiento desobediente. Presumiblemente, esto contribuyó a la futura excentricidad (y posiblemente inestabilidad mental de Crowley), pero extrañamente, en vez de resentirse por el apodo, Crowley lo asumió con orgullo.

No hay nada en las prácticas o creencias masónicas que permita suponer racionalmente, que esta sociedad secreta tiene algún vínculo con el culto a Satanás. Pero, en vista de que originalmente atrajo a intelectuales hostiles a las autoridades eclesiásticas, desde muy temprano la Iglesia católica ha manifestado desdén por esta sociedad secreta. Además, toda sociedad secreta corre el riesgo de que, en la medida en que mantengan ocultas sus prácticas, se abra el compás de sospecha para todo tipo de especulaciones. Y, puesto que sus rituales son secretos, no están en buena posición para refutar a quienes lanzan acusaciones en su contra.
Pues bien, hacia finales del siglo XIX, se empezó a correr el rumor, especialmente auspiciado por la Iglesia católica, de que los masones adoraban al diablo. Por aquella época, un escritor francés llamado Léo Taxil (su nombre real era Marie Joseph Gabriel Antoine Jogand-Páges), había pertenecido a la sociedad de los masones. Pero Taxil solo había alcanzado los primeros niveles en la compleja jerarquía de iniciación en esa sociedad y, debido a algunas disputas, fue expulsado.
Taxil decidió, entonces, orquestar una broma. Hasta ese momento, Taxil había sido autor de textos pornográficos y varios panfletos en contra de la Iglesia católica, especialmente durante su época de membresía en la sociedad de los masones. Pero, repentinamente, en 1885 anunció su conversión al catolicismo y censuró públicamente sus panfletos anteriores.
Las publicaciones de Taxil denunciando las atrocidades masónicas en su culto a Lucifer se hicieron cada vez más numerosas, y contó con el apoyo irrestricto de la Iglesia católica. De hecho, Taxil llegó a reunirse con el papa León XIII, un pontífice notorio por su oposición a los masones y firme creyente en la conspiración masónica y su culto a Lucifer.
Pero los alegatos de Taxil cada vez se volvían más extravagantes. Empezaba a incorporar elementos sobrenaturales, como por ejemplo, que los demonios combatían con Diana Vaughan y escribían textos proféticos sobre su espalda. El grueso de los católicos en Francia aceptaba sin más estos alegatos, pero surgió un grupo escéptico que exigía pruebas como respaldo.
En 1897, Taxil prometió presentar al público a Diana Vaughan, para que ella misma contara los detalles de su historia. Así, convocó una rueda de prensa con muchas personalidades célebres de la Francia de finales de siglo. En la rueda de prensa, Taxil proclamó que todo aquello había sido una broma.
La broma de Taxil tenía dos objetivos. Por una parte, quería vengarse de los masones, pues Taxil había sido expulsado de esa sociedad. Así, durante varios años, Taxil se deleitó difundiendo el rumor de que los masones rendían culto a Lucifer. Pero, el objetivo de la broma de Taxil era más bien someter al escarnio público la mentalidad tan crédula que promovía la Iglesia católica. Taxil era cada vez más osado en presentar acusaciones monstruosas en contra de los masones y la Iglesia católica, en vez de mostrar una dosis saludable de escepticismo, en su histeria colectiva daba aval a las denuncias de Taxil.
Taxil ofreció una lección de sentido crítico. Pero, como veremos, la lección de Taxil no ha sido asimilada del todo. Pues, hacia finales del siglo XX, surgió nuevamente una histeria colectiva (esta vez mucha más grave que la vivida en Francia a finales del siglo XIX en torno a los masones) en torno a la supuesta proliferación de sectas satánicas y sus crímenes abominables.

En los años setenta, surgió Led Zeppelin, una banda con interés en la vida y obra de Aleister Crowley. Naturalmente, su interés por el llamado «hombre más perverso del mundo» hizo inevitable que los grupos religiosos más conservadores los etiquetasen de satánicos. Por aquella misma época, Black Sabbath también surgió con algunas canciones que explícitamente hacían referencia a Satanás, a pesar de que nunca se hacía una invitación a rendirle culto.
Muy vagas celebraciones del suicidio también las han hecho la banda Judas Priest. Más explícitamente satánica es la banda AC/DC; pero lo mismo que muchos movimientos satánicos inspirados en LaVey, hay más referencia a Satanás como símbolo de rebeldía que como objeto de culto o la representación del mal absoluto.
Hay, por otra parte, algunas bandas que han llevado el género metal a variantes más extremas y, según parece, han asumido el satanismo con mayor convicción, y no meramente como un mero truco publicitario. Marilyn Manson, por ejemplo, es un artista en cuyas líricas predominan mensajes anticristianos y nihilistas. Otras bandas han formado el género black metal (una versión más extrema del heavy metal), el cual incorpora muchas imágenes del folclore escandinavo y coquetean con las ideas darwinistas sociales.

According to me among the thousands of books that exist of the most interesting for the synthesis. Satan has a singular quality in our time: he is probably one of the most flexible characters of all that exists in contemporary folklore. There are several versions of Superman, Asterix, Batman, the bag man or the vampires; but at least, all of them maintain a certain unity with respect to the character they portray. Not so Satan. There are terrifying representations of the devil, and very nice and funny representations.
The devil is fundamentally a Jewish invention, which was later developed by Christian civilization. While the people of Israel deserve distinction because of their uniqueness in many religious ideas (including, of course, Satan himself), the Jews were just one among many people who stayed in the Mediterranean basin. And, in this sense, many of the seemingly singular religious ideas developed by the Jews, have a remarkable influence on the part of their neighbors. Israel always maintained the almost obsessive concern to reject the foreign and maintain its uniqueness (to a large extent this subtle xenophobia allowed the Jews to maintain their cultural identity after three thousand years, unlike the Sumerians, Akkadians, Babylonians, Persians and other peoples surrounding), but with everything, could not avoid the incorporation of foreign religious ideas.
Satan is one of those foreign ideas. There was not among the neighboring peoples of Israel a figure that can clearly assimilate the devil, but there were several candidates who offered some characteristics that, eventually, would be reflected in the conception of the devil and, to this day, maintain some validity in the popular representation of Satan.
The first great religious influence to consider comes from the different Mesopotamian civilizations.

Just as the religion of Israel was under the shadow of Mesopotamian influences, it was also inevitable that it received some religious influence from its Canaanite neighbors. The Canaanite religion was, like so many others in the Mediterranean, polytheist. The Canaanite pantheon was made up of different gods, but the main one was El. This god was the father of many other gods, among them Baal and Mot.
The appearance of monotheism caused a fierce opposition among the Israelites themselves, especially directed at the cult of Baal. And, this is relevant in our genealogy of Satan. For the Jews inaugurated a tendency that has been repeated throughout the expansion of monotheism throughout the world. The gods of religions that predate the arrival of Judaism, Christianity and Islam in many contexts have often been demonized. And so, from the perspective of the monotheists, the gods worshiped by the polytheists are really demons.
Well, Baal is probably the deity that has been demonized the most, to the point that several demons in the Jewish and Christian imagination recapitulate his name.

Although in the pictorial art and the popular representation of the devil in our civilization, the image of the devil depends much more on Greek mythology, it was the Zoroastrian religion of Persian origin, which contributed the most to the devil as a concept, namely, the personification of absolute evil. In the sixth century BC, the Babylonians expelled the Jews, and it is very likely that they were in contact with Persian ideas and incorporated them into their religion. The devil is one of these ideas.
The ancient Iranian religion was fundamentally polytheistic. The ancient Persians worshiped the ahura and daevas, gods of the ancient pantheon. Zarathustra promoted the reform of this ancient religion. Little we know about this non-fictional character, and historians do not offer us firm dates of their existence, but it may have existed between the 17th century and the 6th before our era. Faced with the traditional Iranian polytheism, Zarathustra laid the foundations for a religious system that dispensed with the ancient gods.

In the New Testament, Satan is no longer the prosecuting prosecutor in the divine court, in the manner of the book of Job. On the contrary, it has the profile given to it by the Jewish apocalyptic texts in the two centuries that preceded the appearance of Christianity. Satan would now be the representation of absolute evil commanded by demonic legions, who will be defeated in a cosmic battle once God intervenes to overcome the oppressors and save the oppressed.
In the gospels, Satan tries to tempt Jesus to turn him away from his mission and sends demons to torment some people. The authors of the epistolary body of the New Testament refer to it as an ever-present threat. And, finally, in the Apocalypse, emblematic text of apocalyptic literature (from this text comes the qualifier “apocalyptic”), Satan staged a spectacular battle against God at the end of time, in which, is defeated at once for all.
Contrary to the image that is traditionally presented to us, Christianity in its first three centuries was quite fragmented into various sects. And, in the same way, there were many apocryphal texts that were not included in the New Testament canon. Satan appears in some of these texts.
This is how it appears, for example, in its traditional role as archrival of God in the Acts of Peter, a second-century text. The adventures of Peter are narrated there after the death and resurrection of Jesus. The bulk of this text tells the details of a confrontation between Peter and Simon the Magician. This character is mentioned in the New Testament, in Acts 8: 9-24: there, it is narrated that Simon performed wonders with his magic. But, seeing that the disciples of Jesus received the Holy Spirit, Simon offered them money so that he too would receive the Holy Spirit.

In doctrinal terms, the concept of the devil was more or less well delineated during the first five centuries of the history of Christianity. Satan would no longer be merely the adversary in the court of God, but would have already become the archenemy, ready to besiege men with his temptations and, in later dates, bear the responsibility of administering the punishments in the Judgment final.
But, all this remained fundamentally at a high level of abstraction. The theologians discussed what was the primary sin of Satan, how he was deceived by God in the ransom payment, etc .; but very rarely did they consider their physical appearance. Although, especially in later times, there were some theologians who insisted on the immateriality of demons and angels and, in that sense, could not be represented pictorially, the immense majority of Christians assumed that the devil did have a physically representable figure .
However, it is curious that, until the sixth century, there was no pictorial representation of Satan.

Medieval popular literature was imbued with the bestial images of Satan. The golden legend, a compendium of stories about saints compiled by Santiago de la Vorágine in the 13th century, adapted the ancient theme of combat myth to a Christian context. Thus, in several of the stories compiled in this collection, a saint confronts a monster that presumably is a representative of Satan and overcomes him.
For example, veneration for St. George became popular, based on his review in The Golden Legend. It is narrated that a dragon (perhaps in the form of a crocodile) had a nest in a stream that supplied water to the city of Cyrene. To distract the dragon, the citizens offered him sheep and, failing that, beautiful maidens chosen at random.

In the midst of that artistic explosion, the Vatican had the ambition to raise funds to build the majestic temple that today is the Basilica of San Pedro. A very efficient way to raise funds was through the sale of indulgences: from the belief in purgatory as a post-mortem place, the Church sold certificates that, it was believed, could take souls out of purgatory.
The vulgar accepted the legitimacy of this practice, but of course, an intellectual elite was outraged, because it was a gross example of religious fraud. But it was not until the sixteenth century when an Augustinian monk, Martin Luther, tired of so many clerical abuses, decided to rebel and give rise to the movement that came to be called the Protestant Reformation. In a famous scene (but of doubtful historicity), it is narrated that Luther in 1517, nailed on the doors of the cathedral of Wittenberg his famous Ninety-five theses. Like the previous reformers, Luther denounced the sale of indulgences, but he did so with greater vehemence and rhetorical ability.
The clergy, Luther opined, is unnecessary for salvation. Well, the relationship between God and the individual would be direct.

Probably the best-known occultist and the one who most willingly contributed to the popular association between occultism and Satanism was the English Aleister Crowley. Edward Alexander (later changed the name) Crowley, was an English aristocrat who came from a conservative Christian family of the late nineteenth century. From his childhood, Crowley showed signs of having a difficult personality. Apparently, his mother did not give him much affection and often called him the beast, in clear allusion to the beast of the Apocalypse, due to his disobedient behavior. Presumably, this contributed to Crowley’s future eccentricity (and possibly Crowley’s mental instability), but strangely, instead of resenting the nickname, Crowley took it with pride.

There is nothing in the Masonic practices or beliefs that allows one to rationally suppose that this secret society has any link with the cult of Satan. But, in view of the fact that originally it attracted intellectuals hostile to the ecclesiastical authorities, from very early on the Catholic Church has expressed disdain for this secret society. In addition, every secret society runs the risk that, to the extent that they keep their practices hidden, the compass of suspicion will open for all kinds of speculations. And, since their rituals are secret, they are not in a good position to refute those who throw accusations against them.
Well, towards the end of the nineteenth century, the rumor began to spread, especially sponsored by the Catholic Church, that the Freemasons worshiped the devil. At that time, a French writer named Léo Taxil (his real name was Marie Joseph Gabriel Antoine Jogand-Páges), had belonged to the society of the freemasons. But Taxil had only reached the first levels in the complex hierarchy of initiation in that society and, due to some disputes, was expelled.
Taxil decided, then, to orchestrate a joke. Until then, Taxil had been the author of pornographic texts and several pamphlets against the Catholic Church, especially during his time of membership in the society of the Freemasons. But, suddenly, in 1885 he announced his conversion to Catholicism and publicly censured his earlier pamphlets.
The publications of Taxil denouncing the masonic atrocities in their cult to Lucifer became increasingly numerous, and had the unrestricted support of the Catholic Church. In fact, Taxil came to meet with Pope Leo XIII, a notorious pontiff for his opposition to the freemasons and firm believer in the Masonic conspiracy and his cult of Lucifer.
But Taxil’s allegations became more and more extravagant. He began to incorporate supernatural elements, for example, that the demons fought with Diana Vaughan and wrote prophetic texts on her back. The majority of the Catholics in France accepted these allegations without further ado, but a skeptical group emerged that demanded evidence as support.
In 1897, Taxil promised to present the audience to Diana Vaughan, so that she herself could tell the details of her story. Thus, he convened a press conference with many famous personalities of France at the end of the century. At the press conference, Taxil proclaimed that everything had been a joke.
The Taxil joke had two objectives. On the one hand, he wanted revenge on the freemasons, since Taxil had been expelled from that society. Thus, for several years, Taxil delighted in spreading the rumor that the Freemasons worshiped Lucifer. But, the objective of the Taxil joke was to subject to public derision the credulous mentality promoted by the Catholic Church. Taxil was increasingly daring to present monstrous accusations against the Freemasons and the Catholic Church, instead of showing a healthy dose of skepticism, in his collective hysteria gave endorsement to the allegations of Taxil.
Taxil offered a critical sense lesson. But, as we shall see, the Taxil lesson has not been fully assimilated. Then, towards the end of the 20th century, a collective hysteria emerged again (this time much more serious than that experienced in France at the end of the 19th century around the freemasons) around the supposed proliferation of satanic sects and their abominable crimes.

In the seventies, Led Zeppelin emerged, a band with an interest in the life and work of Aleister Crowley. Naturally, their interest in the so-called “most wicked man in the world” made it inevitable that more conservative religious groups label them satanic. Around the same time, Black Sabbath also came up with some songs that explicitly referred to Satan, even though there was never an invitation to worship him.
Very vague celebrations of suicide have also been made by the band Judas Priest. More explicitly satanic is the AC / DC band; but like many satanic movements inspired by LaVey, there is more reference to Satan as a symbol of rebellion than as an object of worship or the representation of absolute evil.
There are, on the other hand, some bands that have taken the metal genre to more extreme variants and, apparently, they have assumed satanism with greater conviction, and not merely as a mere publicity stunt. Marilyn Manson, for example, is an artist whose lyrics are dominated by anti-Christian and nihilistic messages. Other bands have formed the black metal genre (a more extreme version of heavy metal), which incorporates many images of Scandinavian folklore and flirts with social Darwinian ideas.

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