El fin de la oscuridad — Paul Bogard

Interesante libro para concienciarnos, aunque por momentos algo pesado y con ejemplos muy americanos pero sin perder su interés dicho sea de paso. Nos intenta adentrar en problemas futuros o presentes, al menos en lo que respecta a la contaminación lumínica lo que pasa en Las Vegas no se queda en Las Vegas. Lo que pasa aquí se filtra a través del desierto alrededor, de modo que los parques nacionales en Nevada, California, Utah y Arizona —encargados de conservar sus características «intactas para el goce de generaciones futuras»— reportan que sus horizontes brillan, que sus oscuros cielos están contaminados.
La luz que irradian las lámparas de calles, estacionamientos, gasolineras, centros comerciales, estadios deportivos, oficinas y casas delimitan a lo largo del planeta las fronteras entre agua y tierra; incluso la luz a veces entra en el terreno marítimo a través de barcos pesqueros de calamares cuyos faros parecen imitar al sol al mediodía. Si toda esta luz fuera beneficiosa otra cosa sería (puede servir para guiar nuestro camino, darnos una sensación de seguridad o embellecer nuestra noche), pero la mayoría de ese resplandor es un desperdicio. La luz que se ve en las imágenes del espacio, desde la ventanilla del avión o desde nuestra habitación de hotel de 14 pisos es luz a la que se le permite brillar en el cielo, en nuestros ojos, sin que ilumine mucho de lo que se suponía tendría que alumbrar y que además nos cuesta mucho. Aunque lo entendamos o apenas comencemos a hacerlo, la oscuridad natural de la noche es invaluable para mantener nuestra salud y la del planeta, y la pérdida de esta oscuridad afecta a cada uno de los seres vivientes de la Tierra.
En ese número infinito de estrellas, en sus conjuntos, colores y constelaciones, en las «lluvias fugaces» de polvo y hielo centelleantes, siempre hemos encontrado la belleza. Y en ella el tamaño abrumador del universo parece ser menos siniestro y la belleza de la Tierra aún más impresionante. Si en verdad las cifras y distancias del cielo nocturno son tan enormes que por poco carecen de sentido, entonces encontremos ese sentido debajo de nuestros pies. No hay otro lugar al cual ir: el cielo de la noche lo deja muy claro.

El alumbrado público de gas se encendió por primera vez en Pall Mall, en Londres, en 1807, aclamando a la luz como «hermosamente blanca y brillante. En una década más de 40 mil lámparas de gas alumbraban 322 kilómetros de las calles de Londres, una escena que fue descrita por un visitante como “miles de lámparas en largas cadenas de fuego”». En 1825, cuando la capital británica era la ciudad más poblada del mundo, no había otro lugar en el planeta que estuviera tan alumbrado o que fuera tan luminoso.
La isla de Sark se eleva de manera abrupta en el Canal de la Mancha, con acantilados de más de 90 metros que en su parte más alta están llenos de setos oscuros y de un tablero de ajedrez inclinado en verdes; parece como si Inglaterra se hubiera despostillado y esta astilla flotara en el mar. Pero eso es Sark durante el día; en la noche, en la oscuridad, la isla casi desaparece. Sin alumbrado público, sin carros ni camiones, sin gasolineras iluminadas hasta el amanecer, solo los bares, las granjas y las casas de unos seis millones de habitantes, Sark casi no emite luz. A 113 kilómetros del sur de Inglaterra y a la mitad de distancia del norte de Francia, Sark tiene una extensión de 3.22 km2, pero quizá pronto tenga un impacto mucho mayor que su tamaño como la primera Isla Internacional de Cielo Oscuro en el mundo.

Tomar fotos del cielo oscuro sobre los parques no es tan sencillo como se lee. Por principio, solo puede hacerse durante noches muy oscuras cercanas a la Luna nueva, cuando el ciclo lunar priva de su luz al cielo. Después, el clima debe cooperar, es decir, no debe haber nubes y de preferencia sin viento fuerte, definitivamente sin lluvia, truenos, tornados, tormentas de nieve o huracanes. En tercer lugar, para que la cámara tome una imagen precisa de la oscuridad del cielo nocturno sobre cada parque, Moore y Duriscoe tenían que alejarse de cualquier luz asociada con el parque: nada de instalar la cámara en el estacionamiento de visitantes del parque y después caminar con tranquilidad al calor de la comodidad de un motel. En cada uno de los parques, ambos hombres cargaban con todo el equipo necesario y lo llevaban a las locaciones que podían encontrar, con frecuencia dedicando horas a caminar a una ubicación remota y estando toda la noche fuera.

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