El economista camuflado ataca de nuevo — Tim Harford

Este es otro nuevo libro de temática ya conocida pero este me parece el más flojo en cuanto a intentar explicar la economía con actividades cotidianas pero el problema es que pasa de un tema a otro y en la mayoría de casos no hace propuestas concretas. Se moja muy poco, queda muy ambiguo y superficial. Supongo que en un libro más bien corto no da para más, pero no aporta nada y creo que tampoco cumple el que creo que es el objetivo principal: hacer entendible la macroeconomía al ciudadano de a pie. Eso sí, es ameno.

La prosperidad es un momento inmejorable para recortar el gasto público, pagar las deudas e intentar que funcionen mejor los mercados derogando leyes innecesarias. Todo eso es caballo de batalla de la derecha. En cambio las recesiones son momentos pésimos para esas cosas. Vale más seguir gastando, endeudándose y poniendo en marcha grandes obras públicas.
Por desgracia parece que suceda casi siempre lo contrario: en tiempos de pujanza nos da la sensación de que podemos permitirnos elegir a gobiernos de izquierdas para que mejoren la protección laboral y emprendan grandes proyectos en el sector público, lo cual implica con frecuencia un mayor endeudamiento; luego, cuando llegan los problemas, elegimos a un gobierno de derechas para que se cargue el déficit, deseche los proyectos de inversión y eche a la hoguera las regulaciones proteccionistas del empleo, todo lo cual no hace más que empeorar la recesión.

Sabemos que en muchos casos los sueldos no bajan durante las recesiones: las empresas despiden a un número determinado de trabajadores y a otros les mantienen el sueldo. Además, muchos parados lo pasan francamente mal. Si nos tomamos en serio la investigación psicológica de la felicidad y de las circunstancias económicas, llegamos a la conclusión de que el dinero en sí no tiene demasiado peso en la satisfacción vital de la gente, mientras que tener trabajo es un factor mucho más importante. No es un dato fácil de encajar con la idea de que los parados han abandonado sus puestos de trabajo porque no estaban contentos con lo que cobraban…
Modelización del desempleo como «búsqueda» ha demostrado ser muy útil para comprender el problema. Nos ayuda a resolver el enigma que parece constituir a simple vista el paro (según la escuela de la oferta y la demanda), y por si fuera poco abre la vía al uso de determinadas estrategias para intentar resolver el elemento estructural del desempleo (o, dicho de otro modo, para desplazar hacia la izquierda la curva de Beveridge). Si hay alguna manera de hacerlo, de mover la curva hacia la izquierda, siempre se saldrá ganando: habrá menos paro tanto si la economía está en auge como si se deprime.
Básicamente hay dos tipos de paro: el cíclico, que sube y baja al ritmo de las recesiones, y el estructural, más permanente. El paro estructural depende de todo tipo de cosas, algunas de ellas son inevitables (siempre habrá gente que esté «entre dos trabajos», aunque sea por poco tiempo) y otras son los efectos secundarios no deseados de políticas como las prestaciones de desempleo y los salarios mínimos, y otras fruto del sistema de salarios de eficiencia, a lo Henry Ford. El paro estructural no tiene por qué ser permanente; por ejemplo, si hace que se contraigan los viejos sectores y surjan otros nuevos, sería de esperar que las personas pudieran reciclarse y encontrar a su debido tiempo nuevos puestos de trabajo. Ahora bien, ni el paro estructural ni el temporal puede
paliarse mucho con políticas de estímulo de la demanda.
Hay dos maneras de luchar contra el paro. Una es luchar contra las recesiones: batallar constantemente por que la economía se sitúe en la esquina superior izquierda de la curva de Beveridge, con muchas vacantes y pocos desempleados. La otra, en cambio, es más estructural, y consiste en intentar mover la curva hacia abajo y a la izquierda, de modo que en cualquier nivel de vacantes haya menos gente sin trabajo. A rasgos generales no veo motivos para no intentar poner en marcha los dos métodos al mismo tiempo.

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