Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro — Paul Mason / PostCapitalism: A Guide to Our Future by Paul Mason

Me parece un libro muy interesante en cuanto nos habla del futuro, más allá de la situación que sufre Moldavia desde la llegada del capitalismo, ha sido un ente carente de contenido, sin embargo no coincidiendo con todos sus postulados me parece más que interesante en cuanto a la apertura del debate y darnos cuenta de lo que hemos padecido y tomar conciencia. Las perspectivas a largo plazo del capitalismo son poco halagüeñas. Según la OCDE, el crecimiento en el mundo desarrollado será «débil» durante los próximos cincuenta años. La desigualdad aumentará en un 40%. Incluso en los países en vías de desarrollo, el dinamismo actual estará ya agotado para 2060[2]. De hecho, los economistas de la OCDE pecaron de excesivamente corteses al no explicitar lo que nosotros sí podemos afirmar alto y claro: la época dorada del capitalismo es ya historia en el mundo desarrollado, y en el resto, lo será también en muy pocas décadas.
Deshacerse del neoliberalismo es la parte más fácil. Cada vez es más general el consenso existente entre los movimientos de protesta, los economistas y los partidos políticos de los círculos radicales europeos, acerca de cómo conseguirlo: restringiendo la actividad de los grandes círculos financieros, dando marcha atrás a la austeridad, invirtiendo en energías verdes y promoviendo el empleo bien remunerado.
Pero ¿y luego qué?
Como bien nos muestra la experiencia griega, todo Gobierno que desafíe a la austeridad chocará frontalmente de inmediato con las instituciones globales que protegen al «1%».
La crisis actual no solo anuncia el fin del modelo neoliberal, sino que es también un síntoma de una discordancia más a largo plazo entre los sistemas de mercado y una economía basada en la información.
El capitalismo es más que una mera estructura económica o un conjunto de leyes e instituciones. Es el conjunto del sistema —social, económico, demográfico, cultural, ideológico— que se necesita para que una sociedad desarrollada funcione por medio del mercado y la propiedad privada. Ahí están incluidas también las empresas, así como los Estados y los mercados de toda clase. Pero también lo están las bandas criminales, las redes de poder secretas, los predicadores milagreros de un suburbio marginal de Lagos, o los analistas deshonestos de Wall Street. Capitalismo es la fábrica de Primark que se desplomó en Bangladés y las adolescentes que se agolpan en tumulto a la entrada de un establecimiento de dicha cadena en Londres el día de su inauguración, sobreexcitadas por la idea de comprarse ropa a precios de ganga.

El postcapitalismo es posible gracias a tres impactos provocados por las nuevas tecnologías durante los pasados veinticinco años.
En primer lugar, la informática ha reducido la necesidad de trabajar, ha difuminado las líneas que separan el trabajo del tiempo libre, y ha debilitado la relación entre trabajo y salarios.
En segundo lugar, los bienes informacionales están corroyendo la capacidad del mercado para formar o establecer precios correctamente, porque los mercados se basan en la escasez, pero la información es abundante. El mecanismo de defensa del sistema ante tal evolución de la situación ha consistido en la formación de monopolios a una escala desconocida desde hacía doscientos años; pero estos no podrán durar.
En tercer lugar, estamos siendo testigos del auge espontáneo de la producción colaborativa. Actualmente, aparecen bienes, servicios y organizaciones que ya no responden a los dictados del mercado y la jerarquía directiva. El mayor producto informacional del mundo (Wikipedia) lo han elaborado 27 000 voluntarios que no cobran por su trabajo, con lo que destruyen de un plumazo el negocio de las enciclopedias y, según las estimaciones, privan a las compañías publicitarias de unos 3000 millones de dólares.
La austeridad no consiste en siete años de recortes del gasto, como ha sucedido en el Reino Unido, ni tan siquiera en la catástrofe social provocada en Grecia. Tidjane Thiam, presidente ejecutivo de Prudential, expresó el verdadero sentido de la austeridad en el foro de Davos de 2012. Los sindicatos son «enemigos de la gente joven», dijo, y el salario mínimo interprofesional es «una máquina de destrucción de empleo». Los derechos de los trabajadores y los salarios dignos son, pues, obstáculos en el camino del restablecimiento del capitalismo, por lo que, según afirma este financiero multimillonario sin sonrojarse, deben desaparecer.
Ese es el verdadero proyecto que se persigue con la austeridad: impulsar a la baja los salarios y los niveles de vida en Occidente durante décadas hasta nivelarlos con los de la clase media de China e India, en ascenso.
Mientras tanto, y a falta de un modelo alternativo, están confluyendo otra vez las condiciones propicias para una nueva crisis.

El resultado inevitable del neoliberalismo fue el surgimiento de los llamados «desequilibrios globales» en el comercio, el ahorro y la inversión. Para los países que aplastaron el movimiento obrero organizado, que deslocalizaron buena parte de sus industrias productivas y que alimentaron el consumo a base de incrementar el crédito, la inevitable consecuencia de todo ello fue la generación de déficits comerciales, deudas públicas elevadas e inestabilidad en sus sectores financieros. Los gurús del neoliberalismo instaron a todo el mundo a seguir el modelo anglosajón, pero, en realidad, el sistema dependía de que unos cuantos países clave optaran por no seguirlo.
El superávit comercial de Asia con el resto del mundo, el superávit de Alemania con Europa, la incesante acumulación de deudas de otros países en las carteras de valores de los exportadores de petróleo… Ninguno de esos fenómenos era una anomalía; al contrario, fue lo que permitió que Estados Unidos, Gran Bretaña y el sur de Europa tomaran prestado por encima de sus posibilidades.
Dicho de otro modo, debemos entender desde el primer momento que el neoliberalismo solo puede existir porque ciertas naciones clave no lo practican. Alemania, China y Japón aplican lo que quienes los critican llaman «neomercantilismo»; esto es, manipulan sus posiciones comerciales, inversoras y monetarias para acumular un gran volumen de efectivo de otros países.

Los neoliberales veían en el surgimiento del infocapitalismo el mayor de sus logros. Apenas podían concebir que tuviera defectos. Las máquinas inteligentes, creían ellos, crearían una sociedad postindustrial en la que todo el mundo desempeñaría un trabajo de alto valor basado en el conocimiento, y en la que todos los conflictos sociales de antaño perderían su razón de ser. La información haría posible que el capitalismo idealizado de manual —caracterizado por la transparencia, la competencia perfecta y el equilibrio— se hiciera realidad. A finales de la década de 1990, las publicaciones que sintonizan con la línea de pensamiento convencional dominante —desde la revista Wired hasta la Harvard Business Review— venían llenas de descripciones que exaltaban el nuevo sistema. Sin embargo, todos esos artículos guardaban un llamativo silencio a propósito de cómo funcionaba realmente, un silencio que nada bueno hacía presagiar.
El verdadero peligro inherente a la robotización es un peligro mayor incluso que el desempleo masivo, porque es el agotamiento de la tendencia del capitalismo durante doscientos cincuenta años a crear nuevos mercados cuando los antiguos se agotan.
Y hay otro obstáculo más: los derechos de propiedad. Para capturar las externalidades en una economía caracterizada por un fuerte componente informacional, el capital tiene que hacer extensivos sus derechos de propiedad a nuevas áreas; tiene que apropiarse de nuestros selfies, de nuestras listas de reproducción…, no puede conformarse con nuestros artículos académicos publicados, sino que tiene que ser dueño de la investigación en la que nos basamos para escribirlos. Pero la tecnología misma nos proporciona los medios para oponer resistencia a esa pretensión, lo cual implica que esta sea irrealizable a largo plazo.
Así pues, lo que tenemos en realidad en la actualidad es un infocapitalismo que lucha a duras penas por existir.
Deberíamos estar viviendo una tercera Revolución Industrial, pero su motor se ha calado antes incluso de que echase a andar. Quienes atribuyen ese fracaso a una acción política débil desde los Gobiernos, a una mala estrategia en el terreno de las inversiones y a la arrogancia del sector financiero están confundiendo la enfermedad con sus síntomas. Quienes tratan continuamente de imponer normas legales colaborativas superpuestas a las estructuras de mercado no están entendiendo lo que pasa de verdad.
Una economía basada en la información, por su tendencia misma a los productos de coste cero y a la debilidad de los derechos de propiedad, no puede ser una economía capitalista.
La economía ya está produciendo y reproduciendo un estilo de vida en red y una conciencia (igualmente en red) que no concuerda con las jerarquías del capitalismo. La sed de cambio económico radical es evidente.

Veinticinco años de neoliberalismo han atrofiado y empequeñecido nuestra forma de pensar sobre el cambio. Pero si somos suficientemente audaces como para imaginar que podemos rescatar el planeta, deberíamos serlo también para imaginarnos rescatándonos a nosotros mismos de un sistema económico que no funciona. De hecho, esta fase, la de la imaginación, es crucial.
El nacionalismo económico el gran peligro para el futuro de la globalización: un nacionalismo en el que se refugia la población de una (o más) de las economías avanzadas que, incapaz de seguir soportando la austeridad, fuerza a su clase política —como ya hicieran muchas ciudadanías nacionales en la década de 1930— a aplicar una solución a la crisis basada en la máxima de «empobrecer a nuestros vecinos para salvarnos nosotros». Pero los impactos externos aquí mencionados crean una dimensión de inestabilidad que va más allá de la pura rivalidad económica. La búsqueda de la autosuficiencia en materia de energía está engendrando unos mercados energéticos globales regionalizados.
Actualmente, internet corre el peligro de sufrir una mayor fragmentación a medida que los Estados reaccionen a las revelaciones de la cibervigilancia masiva llevada a cabo estos años por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense. Además, en 2014, varios Gobiernos (el turco y el ruso entre ellos) intentaron reprimir el disenso obligando a las empresas de internet a registrarse como sociedades sometidas a sus respectivos sistemas legales nacionales y haciéndolas susceptibles de ese modo de la correspondiente censura política formal e informal.
Así pues, la primera fase de la disgregación del sistema global es ya patente tanto en forma de desintegración informativa como de desintegración energética. Pero la tendencia a la fragmentación dentro de los Estados también está a la orden del día.
Solo el Estado —y, más concretamente, los Estados actuando de forma conjunta— puede organizar una acción así. La crudeza del objetivo climático que estamos obligados a cumplir y la claridad de los medios técnicos que debemos aplicar para responder a ese reto exigirán de nosotros una mayor planificación y un mayor papel de la propiedad estatal que los que hoy esperaría o incluso querría nadie. La posibilidad de un mundo en el que el 60% de los Estados estén en bancarrota, aplastados por el coste del envejecimiento de sus poblaciones, implica que necesitamos soluciones estructurales y no solo económicas.
Pero las falsas ilusiones desarrolladas en el caldo de cultivo de los últimos veinticinco años alimentan la parálisis actual. Ante el reto de cumplir unos objetivos de emisiones, nos limitamos a compensarlos pagando para que se planten árboles en el desierto de otros: todo con tal de no cambiar nuestra propia conducta.
El pánico sería una reacción racional a tales desafíos, pero los cambios sociales, tecnológicos y económicos que ya están en marcha significan que podemos afrontarlos, siempre y cuando sepamos entender el postcapitalismo como un proceso a largo plazo y, a la vez, como un proyecto urgente.
Así pues, necesitamos inyectar en los movimientos del ecologismo y de la justicia social ciertos elementos que, durante los pasados veinticinco años, parecieron ser privativos de la derecha: me refiero a la voluntad de poder, la seguridad en las propias posibilidades y la planificación.

Una vez socializadas la energía y la banca, nuestro objetivo a medio plazo sería preservar el sector privado más extenso posible en el mundo no financiero, y mantenerlo abierto a un abanico diverso e innovador de empresas.
El neoliberalismo, por su elevada tolerancia con los monopolios, ha ahogado en realidad la innovación y la complejidad. Si disolvemos los monopolios tecnológicos y los bancos, podremos crear un espacio activo en el que otras compañías (más pequeñas) podrían reemplazarlos y hacer realidad (por fin) el prometedor potencial de la infotecnología que todavía está por materializar.
Si así lo deseáramos, el sector público podría también externalizar funciones hacia el sector privado, siempre y cuando en este no se permitiera ninguna competencia basada en las diferencias salariales y de otras condiciones laborales. Una consecuencia secundaria de la potenciación de la competencia y la diversidad en el sector servicios es que, desde el momento en que ya no fuera posible impulsar implacablemente a la baja los salarios, tendría que producirse un súbito aumento de la innovación técnica que traería como resultado una reducción del número de horas de trabajo necesarias en la sociedad en general.
Y esto último nos lleva al que probablemente será el mayor cambio estructural requerido para que el postcapitalismo sea una realidad: una renta básica universal garantizada por el Estado.
Existe el riesgo, sin embargo, de que, a medida que la crisis se perpetúe, la adhesión de la élite a ese progresismo liberal se disipe. Son ya varios los dictadores de economías emergentes y los sinvergüenzas que, tras hacerse con el mando en sus respectivos países, han conseguido comprar influencia y respetabilidad.
La afirmación de que «China es la prueba de que el capitalismo funciona mejor sin democracia» se ha convertido en tema de discusión de muchas de sus conversaciones. La fe en sí mismos de los miembros del «1%» corre el peligro de consumirse y de ser reemplazada por una burda e indisimulada oligarquía.
Pero tengo buenas noticias para ellos.
El 99% va a rescatarlos.
El postcapitalismo los hará libres.

It´s a nice and a very interesting book as it speaks to us about the future, beyond the situation that Moldova suffers since the arrival of capitalism, it has been an entity devoid of content, however not coinciding with all its postulates seems to me more than interesting as to the opening of the debate and to realize what we have suffered and become aware. The long-term prospects of capitalism are bleak. According to the OECD, growth in the developed world will be “weak” for the next fifty years. Inequality will increase by 40%. Even in developing countries, the current dynamism will be exhausted by 2060 [2]. In fact, the OECD economists were excessively polite in not making explicit what we can affirm loud and clear: the golden age of capitalism is already history in the developed world, and in the rest, it will also be in a few decades. .
Getting rid of neoliberalism is the easiest part. The consensus between the protest movements, the economists and the political parties of the European radical circles is getting more general, about how to achieve it: restricting the activity of the great financial circles, reversing the austerity, investing in energies greens and promoting well-paid employment.
But then what?
As the Greek experience shows, every government that defies austerity will immediately clash with the global institutions that protect the “1%”.
The current crisis not only announces the end of the neoliberal model, but is also a symptom of a longer-term discordance between market systems and an information-based economy.
Capitalism is more than a mere economic structure or a set of laws and institutions. It is the whole system – social, economic, demographic, cultural, ideological – that is needed for a developed society to work through the market and private property. There are also included companies, as well as States and markets of all kinds. But so are the criminal gangs, the secret power grids, the miraculous preachers of a marginal suburb of Lagos, or the dishonest analysts of Wall Street. Capitalism is the factory of Primark that collapsed in Bangladesh and the teenagers who crowd in a tumult at the entrance of an establishment of this chain in London on the day of its inauguration, overexcited by the idea of ​​buying clothes at bargain prices.

Post-capitalism is possible thanks to three impacts caused by new technologies during the past twenty-five years.
In the first place, computer science has reduced the need to work, has blurred the lines that separate work from free time, and has weakened the relationship between work and wages.
Second, information goods are eroding the ability of the market to form or set prices correctly, because markets are based on scarcity, but information is abundant. The defense mechanism of the system in the face of such evolution of the situation has consisted in the formation of monopolies on a scale unknown for two hundred years; but these will not last.
Third, we are witnessing the spontaneous rise of collaborative production. Currently, goods, services and organizations appear that no longer respond to the dictates of the market and the management hierarchy. The largest informational product in the world (Wikipedia) has been developed by 27,000 volunteers who do not charge for their work, destroying the encyclopedias business at a stroke and, according to estimates, depriving advertising companies of some 3 billion Dollars.
Austerity does not consist of seven years of spending cuts, as has happened in the United Kingdom, or even in the social catastrophe caused in Greece. Tidjane Thiam, CEO of Prudential, expressed the true meaning of austerity at the Davos forum in 2012. Trade unions are “enemies of young people,” he said, and the minimum wage is “a machine of job destruction” . The rights of the workers and the dignified wages are, then, obstacles in the way of the restoration of the capitalism, reason why, according to affirms this multimillionaire financier without blushing, they must disappear.
That is the real project that is pursued with austerity: pushing down wages and living standards in the West for decades to level with those of the rising middle class of China and India.
Meanwhile, and in the absence of an alternative model, the favorable conditions for a new crisis are converging again.

The inevitable result of neoliberalism was the emergence of so-called “global imbalances” in trade, savings and investment. For the countries that crushed the organized labor movement, which relocated a large part of their productive industries and that fed consumption based on increasing credit, the inevitable consequence of all this was the generation of trade deficits, high public debts and instability in their financial sectors. The gurus of neoliberalism urged the whole world to follow the Anglo-Saxon model, but, in reality, the system depended on a few key countries opting not to follow it.
The trade surplus of Asia with the rest of the world, the surplus of Germany with Europe, the incessant accumulation of debts of other countries in the portfolios of values ​​of oil exporters … None of these phenomena was an anomaly; on the contrary, it was what allowed the United States, Great Britain and Southern Europe to borrow over their means.
In other words, we must understand from the first moment that neoliberalism can only exist because certain key nations do not practice it. Germany, China and Japan apply what critics call “neomercantilism”; that is, they manipulate their commercial, investment and monetary positions to accumulate a large volume of cash from other countries.

The neoliberals saw in the rise of infocapitalism the greatest of their achievements. They could hardly conceive that it had defects. Intelligent machines, they believed, would create a postindustrial society in which everyone would perform a high-value work based on knowledge, and in which all the social conflicts of yesteryear would lose their raison d’être. The information would make it possible for the idealized capitalism of manual – characterized by transparency, perfect competition and balance – to become a reality. In the late 1990s, publications that tune into the mainstream conventional wisdom – from Wired magazine to the Harvard Business Review – were filled with descriptions that extolled the new system. However, all these articles kept a striking silence about how it really worked, a silence that did not sound good.
The real danger inherent in robotization is a greater danger even than mass unemployment, because it is the exhaustion of the tendency of capitalism during two hundred and fifty years to create new markets when the old ones are exhausted.
And there is another obstacle: property rights. To capture externalities in an economy characterized by a strong informational component, capital must extend its property rights to new areas; he has to appropriate our selfies, our playlists … he can not make do with our published academic articles, but he has to own the research on which we base ourselves to write them. But technology itself provides us with the means to resist that claim, which implies that it is unrealizable in the long term.
So, what we actually have today is an infocapitalism that struggles hard to exist.
We should be living through a third Industrial Revolution, but its engine has been set before it even started. Those who attribute this failure to weak political action by governments, a bad strategy in the field of investment and the arrogance of the financial sector are confusing the disease with its symptoms. Those who continuously try to impose collaborative legal norms superimposed on market structures are not understanding what is really happening.
An information-based economy, because of its very tendency towards zero-cost products and weak property rights, can not be a capitalist economy.
The economy is already producing and reproducing a network lifestyle and a conscience (equally networked) that does not agree with the hierarchies of capitalism. The thirst for radical economic change is evident.

Twenty-five years of neoliberalism have atrophied and dwarfed our way of thinking about change. But if we are bold enough to imagine that we can rescue the planet, we should also be able to imagine rescuing ourselves from an economic system that does not work. In fact, this phase, that of the imagination, is crucial.
Economic nationalism is the great danger to the future of globalization: a nationalism in which the population of one (or more) of the advanced economies, unable to continue to endure austerity, take refuge in their political class – as they already did many national citizenships in the 1930s – to apply a solution to the crisis based on the maxim of «impoverishing our neighbors to save ourselves». But the external impacts mentioned here create a dimension of instability that goes beyond pure economic rivalry. The search for self-sufficiency in energy is generating regionalized global energy markets.
Currently, the Internet is in danger of further fragmentation as states react to the revelations of the massive cyber surveillance carried out these years by the National Security Agency (NSA). In addition, in 2014, several governments (Turkish and Russian among them) tried to repress dissent by forcing Internet companies to register as societies subject to their respective national legal systems and thus making them susceptible to the corresponding formal political censorship. informal.
Thus, the first phase of the disintegration of the global system is already evident both in the form of information disintegration and energy disintegration. But the tendency to fragmentation within States is also the order of the day.
Only the State – and, more specifically, the States acting jointly – can organize such an action. The harshness of the climate objective that we are obliged to comply with and the clarity of the technical means that we must apply to respond to this challenge will require from us greater planning and a greater role of state ownership than those that today would be expected or even wanted by anyone. The possibility of a world in which 60% of the States are bankrupt, crushed by the cost of the aging of their populations, implies that we need structural and not only economic solutions.
But the false illusions developed in the breeding ground of the last twenty-five years feed the current paralysis. Faced with the challenge of meeting emission targets, we simply compensate by paying for trees to be planted in the desert of others: all in order not to change our own behavior.
Panic would be a rational reaction to such challenges, but the social, technological and economic changes that are already underway mean that we can face them, as long as we know how to understand post-capitalism as a long-term process and, at the same time, as a project urgent.
Thus, we need to inject into the movements of environmentalism and social justice certain elements that, during the past twenty-five years, seemed to be exclusive to the right: I refer to the will to power, the security in one’s own possibilities and planning.

Once energy and banking were socialized, our medium-term objective would be to preserve the largest private sector possible in the non-financial world, and keep it open to a diverse and innovative range of companies.
Neoliberalism, because of its high tolerance for monopolies, has really drowned out innovation and complexity. If we dissolve technological monopolies and banks, we can create an active space in which other (smaller) companies could replace them and make (at last) the promising potential of infotechnology that is yet to materialize.
If we so wish, the public sector could also outsource functions to the private sector, as long as this does not allow any competition based on wage differences and other working conditions. A secondary consequence of the strengthening of competition and diversity in the services sector is that, from the moment it was no longer possible to relentlessly drive down wages, there would have to be a sudden increase in the technical innovation that would result a reduction in the number of working hours needed in society in general.
And this last one leads us to what is probably the biggest structural change required for post-capitalism to become a reality: a universal basic income guaranteed by the State.
There is a risk, however, that, as the crisis continues, the adherence of the elite to this liberal liberalism will dissipate. There are already several dictators of emerging economies and scoundrels who, after taking control of their respective countries, have managed to buy influence and respectability.
The sentence that “China is the proof that capitalism works best without democracy” has become a topic of discussion in many of its conversations. The faith in themselves of the members of the “1%” is in danger of being consumed and of being replaced by a crude and undisguised oligarchy.
But I have good news for them.
99% will rescue them.
Post-capitalism will set you free.

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