Historia de las creencias (contada por un ateo) — Matthew Kneale / An Atheist’s History of Belief: Understanding Our Most Extraordinary Invention by Matthew Kneale

Este me parece un muy interesante libro en cuanto el autor sin ser católico vive en el Reino Unido y para nada trata de criticar la religión esta es entendida como un vehículo para conseguir el objetivo de conocernos a nosotros mismos en la evolución de las ideas. Nuestras creencias han sido el conducto de nuestras obras más creativas en literatura, pintura, música y arquitectura. También han sido la fuente de inspiración para un número sorprendente de nuestros máximos logros tecnológicos. A menudo las creencias han desempeñado un papel clave en el desenlace de grandes acontecimientos. Incluso diría que la historia de la humanidad se puede comprender mejor, no mediante el aire claro de los descubrimientos lógicos y científicos, sino a través de las aguas turbias de creencias intensas, emotivas y a veces rotundamente extrañas.

Las creencias tienen tendencia a subsistir. A despecho de lo que llevan siglos afirmando los visionarios religiosos, yo opino que no existen religiones nuevas. Las religiones son como núcleos de hielo. En cada una de ellas podemos encontrar una capa tras otra de creencias anteriores. Las creencias religiosas, incluso las de hace 33.000 años, siguen presentes en nuestro mundo.
El paraíso surgió por vez primera hace casi cuatro mil años, lo que lo convierte, en comparación con el hombre-león, en una invención decididamente ultramoderna.
Si el paraíso y la moral no son los elementos clave de todas las religiones, entonces, ¿cuáles son? La respuesta, en mi opinión, es el consuelo. Desde la noche de los tiempos, todas las religiones han consolado a la gente ofreciendo formas —o al menos eso creen sus fieles— de mantener a raya las peores pesadillas. El contenido de esas pesadillas es algo que, inevitablemente, ha cambiado mucho con el tiempo. A medida que han cambiado los estilos de vida, también lo han hecho las cosas que más teme la gente. Son los cambios en nuestros temores, me atrevería a decir, los que han hecho cambiar nuestras ideas religiosas. Es más, nuestra necesidad de apaciguar nuestras pesadillas ha inspirado el máximo proyecto imaginativo de la humanidad: una épica labor de invención que deja en mantillas a la literatura.
De manera que empieza a emerger una imagen tenebrosa de una cultura basada en el sacrificio. Parece que la gente intentaba sobornar a los dioses para que los ayudase (o al menos para que no los castigara) sacrificándoles su tiempo, su trabajo, sus animales y a sí mismos. A juzgar por lo que cabe deducir de religiones posteriores, seguramente también realizaban ofrendas regulares y menos dramáticas de pequeñas cantidades de alimentos, que se quemaban o se dejaban allí para que se pudrieran.
Ha llegado el momento, sin embargo, de ir más allá de nebulosas conjeturas. Estaba en ciernes un nuevo descubrimiento tecnológico que iba a permitirnos ver las creencias religiosas de la gente con todo lujo de detalles: la escritura.

Gracias a la escritura, por primera vez podemos hacernos una idea relativamente precisa de en qué creía la gente y qué rituales seguían. Entonces, ¿cómo era la religión mesopotámica? Uno de sus aspectos más llamativos es que no tenía cielo. Los mesopotámicos creían en una vida de ultratumba, pero se trataba de una existencia miserable en un inframundo gris y oscuro.
La religión mesopotámica primitiva era que no se basaba en la moral, o al menos no en moral alguna que podamos reconocer hoy en día. Por supuesto, las personas podían actuar bien o mal, y según sus elecciones, los dioses los trataban bien o de otro modo. Obrar bien o mal, no obstante, tenía poco que ver con el comportamiento general de una persona o cómo se comportaba con las demás. Más bien tenía que ver con mostrar el debido respeto a los dioses y con realizar rituales laboriosos y complejos sin equivocarse.
¿Quiénes eran esos dioses? Pues precisamente la clase de divinidades que cabría esperar que hubieran imaginado unas gentes que se afanaban en cultivar plantas comestibles en terrenos irrigados. Existían dioses de la agricultura, de los cereales, del agua fresca…

El apocalipsis no solo ofrecía una reconstrucción violenta del mundo. También ofrecía a sus partidarios la tentadora perspectiva de convertirse en una nueva élite de supervivientes elegida por Dios, mientras que la gran masa de la humanidad sería arrojada a un lado. Por lo visto, sentirse uno de los elegidos resulta tan atrayente hoy en día como siempre.
Pero ha llegado el momento de dar un paso atrás, porque nos estamos adelantando. Hemos visto cómo el apocalipsis, pese a ser una de las principales preocupaciones de Jesús —si no la principal— quedó marginado dentro del cristianismo. Si se había eliminado la esencia de la predicación de Jesús, deberíamos preguntarnos qué es exactamente el cristianismo.

En el siglo II, los cristianos gnósticos, creían que Jesucristo no había vuelto físicamente a la vida, sino que solo había aparecido en las visiones de sus seguidores.
Lo que de verdad importaba, sin embargo, no era cómo había surgido semejante creencia, sino que siquiera lo hubiera hecho. Al margen de lo que piense cada cual acerca de si Jesús resucitó o no, no cabe duda de que su movimiento sí lo hizo. Jesús había reclutado partidarios muy voluntariosos y les inspiró una pasión mayor que otros líderes carismáticos judíos religiosos de la época, como el Egipcio anónimo. Rebosantes de celo misionero, los seguidores de Jesús comenzaron a hablar en sinagogas y en el templo de Jerusalén, en un intento de persuadir a sus conciudadanos judíos de que su líder pronto regresaría de nuevo, esta vez para transformar el mundo, como había prometido.
Para los cristianos del siglo I, estaba claro que la ceremonia tenía un nuevo objetivo: mostrar la fidelidad a la creencia que había reiniciado su movimiento, a saber, que Jesucristo había resucitado. Al celebrar la misa, a los cristianos se les exigía reconocer de forma pública y regular que Jesús había vuelto a la vida. Como tal, la misa se parece sospechosamente a un invento que pretendía aplastar cualquier inquietud residual entre los cristianos al respecto. De ser así, no se puede decir que fuera un éxito total. Como ya he mencionado, los cristianos gnósticos nunca aceptaron que Jesús hubiera resucitado físicamente.
Otro importante avatar de esta primera época fue el intento de responder a la pregunta de por qué había muerto Jesús. A los cuatro años de su crucifixión, Pablo escribió que Jesús había muerto «por nuestros pecados». Había muerto para salvar a otros, aunque todavía no a la humanidad entera. Eso vino después. Así pues, el traumático sinsentido de la muerte de Jesucristo quedaba ahora reparado. Había sido intención de Dios que muriera. De este modo se decidió que, pese a todas las apariencias, su movimiento había triunfado.

El islam cambió a los pueblos de su imperio, pero estos a su vez cambiaron al islam. Pese a las pretensiones de sus fundadores, las religiones nunca salen a la luz del día plenamente formadas. Les lleva siglos desarrollar sus rasgos fundamentales y nunca dejan de evolucionar. Cuando murió, Mahoma apenas había creado más que un esbozo de aquello en lo que iba a convertirse su religión. El islam, como el judaísmo, no solo era un camino hacia el paraíso, sino una serie de reglas para la vida, y enseguida comenzó a absorber las costumbres de los pueblos que había conquistado. Si bien había nacido en la provinciana Arabia occidental, maduró en el Irán, Irak, Siria y Egipto cosmopolitas.
Esta mezcla cultural condujo a los árabes a unos cuantos sitios sorprendentes. Durante la década de 750, el califa Al-Mansur emprendió uno de los proyectos más grandiosos de importación cultural nunca vistos: la traducción sistemática de textos clásicos griegos al árabe, conocido como el Movimiento de Traducción. En un momento en el que dichos textos se estaban perdiendo en el Imperio bizantino, en el caos de la controversia de los iconoclastas (una violenta disputa en torno a las imágenes cristianas) más al este se estaban conservando. Esta misma fascinación por el saber griego desembocó en uno de los episodios más curiosos del islam primitivo. Durante el siglo VIII apareció un grupo religioso al que acabó conociéndose con el nombre de mutazilíes (los que se mantienen aparte). Influidos por la lógica griega, los mutazilíes argumentaban que, puesto que el Corán afirmaba que Alá no tenía ninguna característica humana, Alá no podría haber dictado sus versos a Mahoma, y por tanto el Corán debió de crearse de otro modo. Una de las creencias fundamentales del islam —que el Corán era la palabra de Dios— estaba siendo atacada.

Uno de los grupos más extraños, aunque también de los más pequeños, de esta época tan asombrosa, fueron los muggletonianos. Esta minúscula secta no decía haber hallado un nuevo camino para llegar al paraíso, sino que sus miembros sabían por adelantado que iban a llegar a él. El movimiento fue fundado por dos sastres londinenses, John Reeve y su primo Lodowicke Muggleton, que creían ser los dos últimos testigos mencionados en el Apocalipsis. Ambos primos sostenían que tenían el poder de saber, de un simple vistazo, quiénes irían al cielo después de morir y quiénes acabarían en el infierno. Los seguidores que contaban con el visto bueno de los dos sastres podían disfrutar del consuelo de la salvación garantizada. Como era de esperar, por lo general, quienes aceptaban la autoridad de los dos primos estaban destinados a ir al paraíso, mientras que quienes no la aceptaban estaban condenados, si bien a veces los primos cambiaron de opinión y condenaron a quienes antes habían declarado salvados. El último miembro conocido del minúsculo movimiento murió en fecha tan reciente como 1979.
Ahora bien, las nuevas Iglesias de la Reforma cumplieron una innovación que sus predecesores medievales no habían sido capaces de llevar a cabo, algo que podríamos decir que fue la auténtica novedad de aquella época. Trajeron consigo la tolerancia religiosa. La tolerancia del pensamiento religioso ajeno había estado ausente del cristianismo desde tiempos de Pablo, y quizá desde los de Jesús. Era algo por lo que tampoco los primeros protestantes sentían el menor interés. Soñaban con una sola Iglesia uniforme, pero que expresase sus ideas. En 1525, uno de los primeros predicadores reformados, Ulrich Zuinglio, mandó ahogar en el río Limago, en Zúrich, a uno de los primeros anabaptistas, Felix Manz; y en Sajonia, en 1580, los luteranos quemaron en la hoguera a varios protestantes reformados. A la Iglesia católica le resultó muy difícil, como todo el mundo sabe, dejar atrás el sueño de Pablo de un control ideológico total. Ni siquiera los grupos anabaptistas tenían demasiado interés en la tolerancia, pues estaban esperando felizmente el momento en que todo el mundo salvo ellos pereciera a consecuencia del apocalipsis o Juicio Final. Poco a poco, sin embargo, todas las religiones se vieron forzadas a tolerar a sus rivales. No tenían otra opción, ya que carecían del poder necesario para destruirlos. Al llegar el siglo XVII, los cristianos, tras haber reclamado que los tolerasen, exigieron la aceptación de visiones diversas como cuestión de principios. Por vez primera, los cristianos exigieron que se tolerasen visiones del mundo distintas de la suya. La era de las persecuciones entre cristianos por fin comenzaba a llegar a su término.
Pero no la era de las persecuciones a secas. Durante el siglo XVII hubo una única cuestión sobre la que todas las Iglesias cristianas estaban de acuerdo. Ya fuesen católicos, luteranos o reformistas, anabaptistas o baptistas, tratándose de un fenómeno muy concreto, todos estaban unidos por el temor y el odio.

Durante la década de 1940 Qutb empezó a cambiar. Poco a poco, incluso de manera un tanto secretista al principio, se fue convenciendo de que Egipto se estaba alejando de sus raíces islámicas y occidentalizándose demasiado. Opinaba que los egipcios estaban perdiendo su sentido de la justicia social y que las mujeres estaban siendo explotadas. Si bien este cambio empezó dentro de él, se vio impulsado por los acontecimientos de la época. Qutb se quedó estupefacto cuando tanto Occidente como la Unión Soviética apoyaron la fundación del Estado judío en Palestina en 1948. Ese mismo año, fue enviado a Estados Unidos en un viaje patrocinado por el Gobierno, y a diferencia de otros egipcios, que volvieron de la visita llenos de admiración, el desdén de Qutb se volvió más inamovible aún. A su regreso atacó a Estados Unidos por ser un país lleno de prejuicios raciales, promiscuidad y ausencia de sentimientos espirituales. Su antiguo amigo Mahfuz, nada amigo de los islamistas puritanos, terminó por considerarle un personaje siniestro, de ojos graves y saltones.
Ocho años después, el radicalismo de Qutb tomó un nuevo rumbo.
Justicia social en el islam puede considerarse la respuesta de Qutb. O su venganza. Redactado como parte de un enorme comentario sobre el Corán, era, de hecho, la peor pesadilla de todo occidental o musulmán seglar sobre el islam radical. Qutb sostenía que todos los Estados, de Occidente a Japón, y desde la Unión Soviética a la India y China, eran «idólatras». No se mostró menos mordaz al hablar de los Estados musulmanes, a los que describió como «inmersos en la jahiliyyah», palabra que significa algo así como «impiedad» y que era un término empleado para describir la ignorancia religiosa de los habitantes de la península arábiga antes de que fueran convertidos por Mahoma. Qutb declaró que el auténtico islam llevaba «algunos siglos» en estado de extinción. A todos los efectos, decía, ningún país era digno de ser llamado musulmán. Esa forma de pensar inquietó incluso a buena parte de los aliados políticos de Qutb entre los Hermanos Musulmanes. Su jahiliyyah se parecía incómodamente a una práctica islámica que llevaba mucho tiempo desacreditada, el takfir, que recordaba a la excomunión por herejía entre los cristianos.
Al final, la vanguardia se volvería lo bastante numerosa como para librar una yihad —una guerra santa— contra todos los Estados no musulmanes, con la que Qutb quería decir todos los Estados, ya que no consideraba que ningún régimen de su época fuera verdaderamente musulmán. Qutb insistía en que el islam tenía que «moverse» y expandirse, al igual que habían hecho los primeros musulmanes. También tenía el deber de aniquilar a las potencias «no musulmanas», porque solo entonces la humanidad tendría la libertad de «elegir» si quería aceptar el islam: una opción que, según él, los gobernantes no musulmanes jamás permitirían. Finalmente, el mundo entero sería conquistado y sería gobernado a través de la sharía, que Qutb consideraba que el mundo entero debía aceptar, pues era la única ley procedente de Dios. De este modo, insistía Qutb, la humanidad accedería a una sociedad más sencilla y moralmente mejor, semejante a la de Arabia en la primera época del islam.
Esta visión no tardó en encontrar partidarios. Uno de los primeros en ser conquistado por ella fue Ayman al-Zawahiri, que entonces tenía quince años, y que al enterarse de la noticia de la ejecución de Qutb juró crear una pequeña vanguardia secreta para la renovación del islam, como había rogado aquel. Más tarde, el grupo de Zawahiri se convirtió en parte de la Yihad Islámica, y luego, en Afganistán, se fusionó con la organización de Osama bin Laden, que también había sido muy influenciado por Justicia en el islam.
El qutbismo nunca ha sido un movimiento de masas en el mundo musulmán de la misma forma en que el pensamiento de Marx sí lo fue durante un tiempo en Rusia y en China. Lo que sí se hizo popular, al menos entre algunos musulmanes, fue las acciones de los grupos inspirados por sus escritos. Para algunos, las actividades de Al Qaeda ofrecían un alivio, aunque fuera fugaz, de sus sentimientos de indignación cultural. Sin embargo, es dudoso que sean muchos los musulmanes que ansíen el retorno a las costumbres medievales.
En lo que a las recetas de Qutb se refiere, estas no muestran indicio alguno de que vayan a imponerse. Sus sueños de un retorno a los valores de la época de Mahoma parecen más lejanos que nunca en la actualidad. No hay la menor señal de que esté a punto de cobrar vida un gran movimiento guerrero de musulmanes puros. Quienes seguían sus enseñanzas continuaron siendo una vanguardia pequeña y secretista. La sharía no da muestras de que vaya a convertirse en un producto de exportación internacional. Los occidentales, los chinos y los rusos se mantienen obstinadamente ajenos al islam.

La gente adopta creencias fervorosas a partir de la sed de consuelo, para apaciguar sus inquietudes. Estas inquietudes, como es natural, han cambiado considerablemente desde los tiempos de los cazadores-recolectores, que temían al mal tiempo, las enfermedades, el hambre y la incapacidad de encontrar animales que cazar. Las inquietudes, no obstante, siguen muy presentes entre nosotros, y sin duda lo seguirán estando en el futuro. De manera que sospecho que habrá unas cuantas cosmovisiones inventadas más. ¿A qué temores responderán? Eso dependerá de nosotros. Dependerá de lo seguro que parezca nuestro mundo.

According to me a very interesting book insofar as the author without being a Catholic lives in the United Kingdom and does not try to criticize religion at all, it is understood as a vehicle to achieve the goal of knowing ourselves in the evolution of ideas. Our beliefs have been the conduit of our most creative works in literature, painting, music and architecture. They have also been the source of inspiration for a surprising number of our top technological achievements. Often, beliefs have played a key role in the outcome of major events. I would even say that the history of humanity can be better understood, not through the clear air of logical and scientific discoveries, but through the turbid waters of intense, emotional and sometimes outright strange beliefs.

Beliefs have a tendency to subsist. In spite of what religious visionaries have been claiming for centuries, I believe that there are no new religions. Religions are like ice cores. In each of them we can find layer after layer of previous beliefs. Religious beliefs, even those of 33,000 years ago, are still present in our world.
Paradise first emerged almost four thousand years ago, which makes it, in comparison with the lion-man, a decidedly ultramodern invention.
If paradise and morality are not the key elements of all religions, then what are they? The answer, in my opinion, is consolation. Since the dawn of time, all religions have consoled people by offering forms – or at least that’s what their faithful believe – to keep the worst nightmares at bay. The content of these nightmares is something that, inevitably, has changed a lot over time. As lifestyles have changed, so have the things people fear most. These are the changes in our fears, I would dare say, those that have changed our religious ideas. Moreover, our need to appease our nightmares has inspired the greatest imaginative project of humanity: an epic work of invention that leaves literature in the mantle.
So a dark image of a culture based on sacrifice begins to emerge. It seems that people tried to bribe the gods to help them (or at least not to punish them) by sacrificing their time, their work, their animals and themselves. Judging by what can be deduced from later religions, surely they also made regular and less dramatic offerings of small amounts of food, which were burned or left there to rot.
The time has come, however, to go beyond nebulous conjectures. A new technological discovery was in the making that would allow us to see the religious beliefs of the people in great detail: writing.

Thanks to writing, for the first time we can get a relatively accurate idea of ​​what people believed and what rituals they followed. So, what was the Mesopotamian religion like? One of its most striking aspects is that it had no sky. The Mesopotamians believed in a life beyond the grave, but it was a miserable existence in a gray and dark underworld.
The primitive Mesopotamian religion was that it was not based on morality, or at least not on any moral we can recognize today. Of course, people could act well or badly, and according to their choices, the gods treated them well or otherwise. Doing good or bad, however, had little to do with the general behavior of a person or how he behaved with others. Rather it had to do with showing due respect to the gods and performing laborious and complex rituals without making mistakes.
Who were those gods? For precisely the kind of divinities that you would expect to have imagined some people who were busy cultivating edible plants on irrigated land. There were gods of agriculture, of cereals, of fresh water …

The apocalypse not only offered a violent reconstruction of the world. He also offered his supporters the tempting prospect of becoming a new elite of survivors chosen by God, while the great mass of humanity would be thrown aside. Apparently, feeling one of the chosen is as attractive today as ever.
But the time has come to take a step back, because we are getting ahead of ourselves. We have seen how the apocalypse, despite being one of the main concerns of Jesus, if not the main one, was marginalized within Christianity. If the essence of Jesus’ preaching had been eliminated, we should ask ourselves what exactly Christianity is.

In the second century, the Gnostic Christians believed that Jesus Christ had not physically returned to life, but had only appeared in the visions of his followers.
What really mattered, however, was not how such a belief had arisen, but that it had even done so. Regardless of what each one thinks about whether Jesus was resurrected or not, there is no doubt that his movement did. Jesus had recruited very willing supporters and inspired them a greater passion than other religious Jewish charismatic leaders of the time, such as the anonymous Egyptian. Filled with missionary zeal, the followers of Jesus began to speak in synagogues and in the temple of Jerusalem, in an attempt to persuade their fellow Jews that their leader would soon return again, this time to transform the world, as he had promised.
For first-century Christians, it was clear that the ceremony had a new purpose: to show fidelity to the belief that it had restarted its movement, namely, that Jesus Christ had risen. When celebrating Mass, Christians were required to recognize publicly and regularly that Jesus had come back to life. As such, the Mass looks suspiciously like an invention that sought to crush any residual anxiety among Christians about it. If so, it can not be said that it was a total success. As I have already mentioned, the Gnostic Christians never accepted that Jesus had risen physically.
Another important avatar of this first era was the attempt to answer the question of why Jesus had died. Four years after his crucifixion, Paul wrote that Jesus had died “for our sins.” He had died to save others, though not yet the whole of humanity. That came later. Thus, the traumatic nonsense of the death of Jesus Christ was now repaired. It had been God’s intention that he die. In this way it was decided that, despite all appearances, his movement had triumphed.

Islam changed the peoples of its empire, but these in turn changed to Islam. Despite the pretensions of its founders, religions never come to light fully formed day. It takes centuries to develop their fundamental features and never stop evolving. When he died, Muhammad had barely created more than a sketch of what his religion was going to become. Islam, like Judaism, was not only a path to paradise, but a series of rules for life, and soon began to absorb the customs of the peoples it had conquered. Although he was born in the provincial western Arabia, he matured in cosmopolitan Iran, Iraq, Syria and Egypt.
This cultural mix led the Arabs to a few surprising places. During the 750s, Caliph Al-Mansur undertook one of the greatest cultural import projects ever seen: the systematic translation of classical Greek texts into Arabic, known as the Translation Movement. At a time when such texts were being lost in the Byzantine Empire, in the chaos of the iconoclastic controversy (a violent dispute over Christian images) further east were being preserved. This same fascination with Greek knowledge led to one of the most curious episodes of primitive Islam. During the 8th century, a religious group emerged and was known as Mutazilis (those who stand apart). Influenced by Greek logic, the Mutazilians argued that, since the Qur’an claimed that Allah had no human characteristic, Allah could not have dictated his verses to Muhammad, and therefore the Qur’an must have been created differently. One of the fundamental beliefs of Islam – that the Qur’an was the word of God – was being attacked.

One of the strangest groups, although also of the smallest, of this amazing time, were the Muggletonians. This tiny sect did not claim to have found a new way to reach paradise, but its members knew in advance that they would reach it. The movement was founded by two London tailors, John Reeve and his cousin Lodowicke Muggleton, who believed they were the last two witnesses mentioned in the Apocalypse. Both cousins ​​maintained that they had the power to know, at a glance, who would go to heaven after they died and who would end up in hell. The followers who had the approval of the two tailors could enjoy the consolation of guaranteed salvation. As expected, in general, those who accepted the authority of the two cousins ​​were destined to go to paradise, while those who did not accept it were condemned, although sometimes the cousins ​​changed their minds and condemned those who had previously declared saved. . The last known member of the tiny movement died as recently as 1979.
Now, the new Churches of the Reformation fulfilled an innovation that their medieval predecessors had not been able to carry out, something that we could say was the authentic novelty of that time. They brought with them religious tolerance. Tolerance of the religious thought of others had been absent from Christianity since Paul’s time, and perhaps from Jesus’ time. It was something that the first Protestants did not even care about. They dreamed of a single uniform Church, but one that expressed their ideas. In 1525, one of the first reformed preachers, Ulrich Zwingli, had one of the first Anabaptists, Felix Manz, drowned in the Limago River in Zurich; and in Saxony, in 1580, the Lutherans burned several Reformed Protestants at the stake. It was very difficult for the Catholic Church, as everyone knows, to leave behind Paul’s dream of total ideological control. Not even the Anabaptist groups had too much interest in tolerance, for they were happily waiting for the moment when everyone but them perished as a result of the Apocalypse or Final Judgment. Little by little, however, all religions were forced to tolerate their rivals. They had no other choice, since they lacked the power to destroy them. When the seventeenth century arrived, the Christians, having claimed that they tolerated them, demanded the acceptance of diverse visions as a matter of principle. For the first time, Christians demanded that visions of the world other than their own be tolerated. The era of persecutions among Christians was finally coming to an end.
But not the era of the persecutions to dry. During the seventeenth century there was a single issue on which all Christian churches agreed. Whether they were Catholics, Lutherans or Reformists, Anabaptists or Baptists, being a very concrete phenomenon, they were all united by fear and hatred.

During the 1940s Qutb began to change. Little by little, even in a somewhat secretive way at first, he became convinced that Egypt was moving away from its Islamic roots and becoming too westernized. He felt that the Egyptians were losing their sense of social justice and that women were being exploited. While this change began within him, he was driven by the events of the time. Qutb was stunned when both the West and the Soviet Union supported the founding of the Jewish state in Palestine in 1948. That same year, he was sent to the United States on a government-sponsored trip, and unlike other Egyptians, who returned from the visit full of admiration, Qutb’s disdain became even more immovable. On his return he attacked the United States for being a country full of racial prejudice, promiscuity and absence of spiritual feelings. His old friend Mahfuz, not a friend of the Puritan Islamists, ended up considering him a sinister character, with serious and bulging eyes.
Eight years later, Qutb’s radicalism took a new direction.
Social justice in Islam can be considered Qutb’s response. Or his revenge. Drafted as part of a huge commentary on the Koran, it was, in fact, the worst nightmare of any Western or secular Muslim on radical Islam. Qutb argued that all states, from the West to Japan, and from the Soviet Union to India and China, were “idolaters.” He was no less scathing when speaking of the Muslim states, which he described as “immersed in the jahiliyyah”, a word that means something like “impiety” and that was a term used to describe the religious ignorance of the inhabitants of the peninsula. Arabic before they were converted by Muhammad. Qutb declared that authentic Islam had “some centuries” in a state of extinction. For all intents and purposes, he said, no country was worthy of being called a Muslim. That way of thinking disturbed even a good part of Qutb’s political allies among the Muslim Brotherhood. His jahiliyyah looked uncomfortably like an Islamic practice that had long been discredited, the takfir, which resembled excommunication for heresy among Christians.
In the end, the vanguard would become large enough to wage a jihad – a holy war – against all non-Muslim states, with which Qutb meant all states, since he did not consider any regime of his time to be truly Muslim. . Qutb insisted that Islam had to “move” and expand, just as the first Muslims had done. It also had the duty to annihilate “non-Muslim” powers, because only then would humanity have the freedom to “choose” if it wanted to accept Islam: an option that, according to him, non-Muslim rulers would never allow. Finally, the whole world would be conquered and ruled through sharia, which Qutb considered the whole world to accept, since it was the only law coming from God. In this way, Qutb insisted, humanity would accede to a society that is simpler and morally better, similar to that of Arabia in the early days of Islam.
This vision soon found supporters. One of the first to be conquered by her was Ayman al-Zawahiri, who was then fifteen years old, and who upon hearing the news of the execution of Qutb swore to create a small secret vanguard for the renewal of Islam, as he had prayed. Later, the Zawahiri group became part of the Islamic Jihad, and then, in Afghanistan, it merged with the Osama bin Laden organization, which had also been heavily influenced by Justice in Islam.
Qutbism has never been a mass movement in the Muslim world in the same way that Marx’s thought was for a time in Russia and China. What did become popular, at least among some Muslims, was the actions of the groups inspired by their writings. For some, Al Qaeda’s activities offered relief, albeit fleeting, from their feelings of cultural outrage. However, it is doubtful that there are many Muslims who long for a return to medieval customs.
As far as the recipes of Qutb are concerned, they do not show any indication that they will prevail. His dreams of a return to the values ​​of the time of Muhammad seem more distant than ever at present. There is not the slightest sign that a great warrior movement of pure Muslims is about to come alive. Those who followed his teachings continued to be a small and secretive vanguard. Sharia does not show that it is going to become an international export product. Westerners, Chinese and Russians remain stubbornly foreign to Islam.

People adopt fervent beliefs from the thirst for comfort, to appease their concerns. These concerns, of course, have changed considerably since the times of the hunter-gatherers, who feared bad weather, disease, hunger and the inability to find animals to hunt. The concerns, however, remain very present among us, and no doubt will continue to be in the future. So I suspect there will be a few more invented cosmovisions. What fears will they respond to? That will depend on us. It will depend on how secure our world seems.

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