La edición sin editores — André Schiffrin /The Business of Books: How the International Conglomerates Took Over Publishing and Changed the Way We Read by André Schiffrin

Este es otro magnífico breve libro sobre los retos en el campo literario y la cultura y no todo suena bien, este es un libro que debe ser leído para generar debate sobre las acciones neoliberales y su pensamiento.

En los últimos años, la edición se ha transformado radicalmente. País tras país, ha pasado de un estadio artesanal de carácter decimonónico a una industria dominada por los grandes grupos, que ejercen todo tipo de actividades en la industria cultural y de la información.
El final de la guerra fría no tuvo una influencia nítida sobre la edición, al menos no en mayor medida que sobre otros medios de comunicación. Pero ésta presenció el desarrollo de una nueva ideología que reemplazó a la de la democracia occidental frente al bloque soviético. La fe en el mercado, en su capacidad de conquistar el mundo, la prisa por someter a él todos los otros valores se han convertido en una marca de fábrica de la edición, no sólo en el mundo occidental sino también en los países antes comunistas.
En 1998 en Estados Unidos se vendieron cerca de 2500 millones de libros, cifra muy superior a la de cualquier otro país occidental. El monto global de las ventas alcanzó unos 21 mil millones de dólares, aproximadamente ocho veces el valor de los libros vendidos en Francia (14 400 millones de francos en 1997). Como la población estadounidense es más o menos cuatro veces y media superior a la de Francia, estas cifras no son sorprendentes en sí mismas. Lo interesante es que en 1998 se publicaron unos 70 mil nuevos títulos en Estados Unidos, mientras que en Francia fueron 20 mil.
Los libros suelen publicarse más por su supuesto interés comercial que por aspectos intelectuales y culturales que antes los editores valoraban a la hora de incluir un libro en su catálogo.

La compra de Random House por RCA sólo era un caso más en una gran marea de adquisiciones. Otros grupos de electrónica/entretenimiento habían seguido este ejemplo y comprado editoriales. En esa época Wall Street ardía en rumores sobre la idea de sinergia. Se suponía que RCA entraba en el nuevo campo de las máquinas de enseñar, primera e infructuosa versión de lo que más tarde serían las computadoras. Esperaban que los manuales editados por Random House aportaran contenido a esta tentativa para beneficio de todos. Pero la adquisición no había sido bien pensada y RCA no se había dado cuenta de que los manuales eran uno de los puntos débiles de Random. Además, las leyes antitrust de la época prohibían tales acuerdos dentro de un mismo grupo. Random no era lo que RCA suponía, al igual que Holt no había sido lo que CBS esperaba o lo que Raytheon esperaba, por citar las otras adquisiciones importantes de la época. Todos estos reagrupamientos iban a deshacerse al cabo de unos años, dejando a las editoriales varadas como ballenas en la arena, sin saber quién podría venir a socorrerlas.

El grupo Bertelsmann, al tomar el control de Random House, publicó inmediatamente un comunicado en el que anunciaba que esperaba ganancias de 15 por ciento en los próximos años, lo que quería decir que las ganancias debían pasar de 10 a 150 millones de dólares para unas ventas anuales de aproximadamente mil millones. Por supuesto, los medios para lograrlo no se especificaban. No era posible que esas ganancias procedieran sólo de economías sobre la masa salarial (despidos que seguirían inevitablemente a la fusión de los dos grupos). El nuevo grupo, con el nombre de Random House, publicaría un libro de cada tres de los distribuidos en las librerías en Estados Unidos. Representaría 40 por ciento de las ventas mundiales de Bertelsmann. A pesar de este gigantismo, las demandas de aplicación de la ley antimonopolio dirigidas al fiscal general —por los autores, entre otros— quedaron sin respuesta. Este mamut iba a crecer aún más al integrarse en el departamento de venta electrónica de la cadena de librerías Barnes & Noble. También los grupos franceses anuncian constantemente nuevas adquisiciones en el extranjero, en especial en España y Gran Bretaña: recientemente Hachette ha tomado el control del grupo inglés Orion —que posee entre otras la venerable casa Weidenfeld— y últimamente de Cassels, otro editor inglés. La lista se alarga sin cesar, porque todos estos grandes grupos tratan de internacionalizarse y por lo tanto de adquirir en primer lugar grandes editoriales de lengua inglesa, pero también de absorber editoriales más pequeñas, preferentemente las que poseen un fondo prestigioso.
Lo más curioso en este proceso es que, en conjunto, el personal de las sociedades compradas acepta las indicaciones tranquilizadoras del comienzo. La desgracia no caerá sobre ellos. Es verdad que habrá despidos, pero no en su sector. Los responsables, y aun los directivos, están convencidos de que las seguridades que les han dado están grabadas en mármol y que nada fundamental va a experimentar cambios. Las lecciones de casos semejantes en el pasado quedan olvidadas.

La decisión de publicar o no un libro ya no la toman los editores sino lo que se llama el «comité editorial», donde el papel principal lo desempeñan los responsables financieros y los comerciales. Si se considera que un libro venderá menos de cierto número de ejemplares —número que se incrementa cada año, y en la actualidad gira alrededor de 20 mil en la mayoría de las grandes editoriales—, se afirma que la sociedad «no puede permitirse» lanzarlo, sobre todo si se trata de una primera novela o de un ensayo serio. Lo que El País ha llamado sensatamente la «censura del mercado» funciona a fondo en el proceso de decisión, basado en la existencia o en la ausencia de un prepúblico para cada libro. Por tanto, lo que se busca es el autor conocido, el tema de éxito, y los nuevos talentos o los puntos de vista originales difícilmente encuentran lugar en las grandes editoriales.
El PDG (presidente director general) de McGraw-Hill gana más de 2 millones de dólares por año, más que los de Exxon o Philip Morris. El principal ejecutivo de Viacom, editorial pendiente de venta por rentabilidad insuficiente, ganaba 3.25 millones. ¿En qué medida la falta de ganancias está relacionada con los insensatos salarios de los dirigentes de Viacom, invertidos en detrimento de los libros y sus autores?
Además de estos salarios aberrantes, los despachos de los editores, cada vez más lujosos, empiezan a parecerse a los de los banqueros. En Random House, las reuniones de agentes de venta se realizan a menudo en lugares de prestigio, en las Bermudas u otro lugar parangonable, lo que costaba en la época en que me fui un millón $.
En Gran Bretaña y en la mayoría de los países de Europa, a pesar de una enorme concentración en el ámbito de la edición, las librerías siguen siendo independientes, o son reemplazadas por cadenas (como Waterstone) cuya filosofía no está muy alejada de la librería tradicional. En Estados Unidos, por el contrario, las grandes cadenas ponen toda su energía en los best-sellers en detrimento de otros títulos. Gestionadas en su mayoría por ejecutivos que proceden de otras ramas comerciales y que no tienen interés particular por los libros, las cadenas estadounidenses se focalizan en el número de dólares recogidos por centímetro cuadrado de superficie útil. He escuchado quejarse a la gente que trabaja allí —incluso si están de acuerdo con la ideología de la ganancia— de no tener tiempo de vender bien los supuestos best-sellers que tienen en existencia. Si no tienen el éxito que se espera en los primeros días se exilian al fondo de la librería. Len Riggio, el presidente director general de Barnes & Noble, se atribuye un salario de un millón de dólares por año, lo que no es nada en comparación con los 100 millones de dólares que cobró por poner en el mercado las acciones de su compañía. Suma que es interesante comparar con los salarios de los libreros independientes.

El progreso, a mi parecer, puede llegar de tres direcciones diferentes. La primera es tecnológica. Ya se ha dicho todo sobre la importancia de internet para la difusión de la información, y la proliferación de páginas web da vértigo: sólo en Estados Unidos se cree que existen más de 400 mil y esta cifra aumenta cada día. Cualquier individuo puede crear la suya, cualquier autor puede dar a conocer su trabajo, cualquier periódico puede publicar con la esperanza de encontrar en alguna parte del mundo un público receptivo. Pero el número de páginas es a la vez una ventaja y un inconveniente. Los que utilizan regularmente internet saben que es imposible juzgar la fiabilidad o los fines de la mayoría de ellas. Una página de apariencia inocente puede servir de fachada para una empresa publicitaria, para un grupúsculo político o una secta de racistas perversos. También puede tratarse de divagaciones de gente bien intencionada pero mal informada. A tal efecto, puede advertirse la ventaja de tratar con editores que al fin y a la postre son gente cuyo oficio es hacer una selección, elegir el material que van a publicar según ciertos criterios. Su nombre en la cubierta de los libros basta como garantía —o inquietud— sobre la naturaleza del contenido.
Otro problema es el de los costos, porque los sistemas para hacer pagar a los lectores no están todavía perfeccionados. Montar y hacer funcionar una página puede convertirse en una empresa costosa. Evidentemente la red representa una enorme ventaja para los autores que se sienten felices de dar a conocer gratuitamente sus trabajos.
La segunda objeción a la influencia creciente de los grandes grupos es de naturaleza política. Hemos visto que en Gran Bretaña y en Estados Unidos los grupos son tan poderosos, controlan tanto los medios clave, que los gobiernos temen utilizar las barreras representadas en otra época por las leyes antimonopolio. Murdoch, por ejemplo, obtuvo favores en ambos países prometiendo su apoyo a los gobiernos respectivos. En Gran Bretaña, el gobierno Thatcher le autorizó a comprar el prestigioso Times de Londres, aunque ya poseía otras cabeceras en la misma ciudad, lo que hubiera debido impedir esa adquisición. En Nueva York, se produjo el mismo fenómeno con el New York Post, que nunca hubiera debido poder comprar porque ya poseía una importante cadena de televisión. No es muy realista esperar una descarga de valor cívico por parte de los gobiernos que cedieron a la presión de los grupos, de aquellos que, como Blair y Clinton, deben holgadamente su lugar a los monopolios que se considera que deben controlar.
La tercera vía consistiría en incrementar la ayuda pública a la edición, en el marco general del apoyo a las instituciones culturales. En el momento actual, casi todos los gobiernos europeos disponen de un programa de ayuda a la creación cinematográfica y de un sistema de apoyo a las cadenas de televisión culturales. La mayoría de las buenas películas producidas en estos últimos años en Europa se han realizado gracias a la participación de cadenas de televisión públicas o subvencionadas. Se han creado nuevas entidades, como la cadena francoalemana Arte, cuyo nivel es superior a todo lo que se hace en otras partes del mundo. Cabría imaginar que la producción de libros un día se beneficiará de un apoyo semejante. No faltan estructuras que permitirían distribuir los apoyos a la publicación, en forma de subvenciones o de becas para los autores.

En las decisiones de la Comisión Europea, en los debates parlamentarios, en las discusiones que se producen en el seno de cada editorial, pero por encima de todo en el espíritu de la población, el combate continúa. Para nosotros, que observamos la situación desde el exterior, el resultado es de suma importancia porque lo que está en juego nos concierne a todos.

De las cinco empresas que detentan 80 por ciento del mercado estadounidense, tres están en manos de grupos europeos. Bertelsmann controla más de 30 por ciento de las ventas de libros en Estados Unidos y los grupos ingleses Pearson y Murdoch reinan también en un importante sector de la industria del libro estadounidense. A lo largo de los últimos años, tres editoriales estadounidenses han sido puestas a la venta porque no conseguían obtener 15 por ciento de beneficio que exigían los grupos que las poseían. Como he descrito en mi libro, la búsqueda de best-sellers a cualquier precio les había hecho perder sumas sin precedentes en el negocio. Que firmas como Bertelsmann hayan buscado escaparse de las exigencias del mercado de lengua alemana, no significa en modo alguno que no vayan a imponer los mismos niveles de beneficios a sus nuevos holdings. Han declarado, por otro lado, que ésa es su intención. Alianza en España, y muchos otros grandes grupos, no imponen a las casas editoriales que han adquirido objetivos de beneficios análogos, sino superiores.
La causa profunda de la transformación de la edición tal y como la hemos conocido es el paso de una rentabilidad de 3 o 4 por ciento, que era la norma tanto en Estados Unidos como en Francia, a exigencias de 15 por ciento e incluso más.

La tradición cultural y la independencia tradicional —que nosotros también tenemos— no constituyen una garantía suficiente contra la globalización de la economía.

This is another magnificent short book about challenges in the literary field and culture and not everything sounds good, this is a book that must be read to generate debate about neoliberal actions and their thinking.

In recent years, the edition has been radically transformed. Country after country, has gone from a nineteenth-century artisan stage to an industry dominated by large groups, who exercise all kinds of activities in the cultural and information industry.
The end of the cold war did not have a clear influence on the edition, at least not to a greater extent than on other media. But it witnessed the development of a new ideology that replaced that of Western democracy against the Soviet bloc. Faith in the market, in its ability to conquer the world, the haste to submit to it all other values ​​have become a trademark of the edition, not only in the Western world but also in the former communist countries.
In 1998, nearly 2,500 million books were sold in the United States, much higher than in any other Western country. The total amount of sales reached about 21 billion dollars, approximately eight times the value of the books sold in France (14.4 billion francs in 1997). As the American population is roughly four and a half times higher than that of France, these figures are not surprising in themselves. The interesting thing is that in 1998 about 70 thousand new titles were published in the United States, while in France they were 20 thousand.
Books tend to be published more for their supposed commercial interest than for intellectual and cultural aspects that publishers previously valued when including a book in their catalog.

The purchase of Random House by RCA was just one more case in a large tide of acquisitions. Other electronics / entertainment groups had followed this example and purchased editorials. At that time, Wall Street was bursting with rumors about the idea of ​​synergy. RCA was supposed to enter the new field of teaching machines, the first and unfruitful version of what later would be computers. They hoped that the manuals edited by Random House would contribute content to this attempt for the benefit of all. But the acquisition had not been well thought out and RCA had not realized that manuals were one of Random’s weak points. In addition, antitrust laws of the time prohibited such agreements within the same group. Random was not what RCA supposed, just as Holt had not been what CBS expected or what Raytheon expected, to name the other major acquisitions of the time. All these regroupings were going to be undone after a few years, leaving publishers stranded like whales in the sand, not knowing who could come to help them.

The Bertelsmann group, taking control of Random House, immediately published a statement announcing that it expects profits of 15 percent in the coming years, which meant that the profits had to go from 10 to 150 million dollars for some annual sales of approximately one billion. Of course, the means to achieve it were not specified. It was not possible for these gains to come only from savings on the wage bill (layoffs that would inevitably follow the merger of the two groups). The new group, with the name of Random House, would publish a book of every three of those distributed in bookstores in the United States. It would represent 40 percent of Bertelsmann’s worldwide sales. In spite of this gigantism, the antitrust law enforcement demands addressed to the attorney general -by the authors, among others- remained unanswered. This mammoth would grow even more when it joined the electronic sales department of the Barnes & Bookstore chain. Noble. French groups are also constantly announcing new acquisitions abroad, especially in Spain and Great Britain: Hachette has recently taken control of the English group Orion – which owns the venerable Weidenfeld house among others – and lately of Cassels, another English publisher. The list goes on and on, because all these major groups try to internationalize and therefore acquire first large publishers of the English language, but also to absorb smaller publishers, preferably those with a prestigious background.
The most curious thing in this process is that, as a whole, the personnel of the companies bought accept the reassuring indications of the beginning. Misfortune will not fall on them. It is true that there will be layoffs, but not in their sector. Those responsible, and even the managers, are convinced that the assurances given to them are engraved in marble and that nothing fundamental is going to change. The lessons of similar cases in the past are forgotten.

The decision to publish or not a book is no longer made by publishers but by what is called the “editorial board”, where the main role is played by financial and commercial managers. If one considers that a book will sell less than a certain number of copies – a number that increases every year, and currently revolves around 20 thousand in most of the large publishers -, it is affirmed that society “can not afford” to launch it. , especially if it is a first novel or a serious essay. What El País has sensibly called the “market censorship” works in depth in the decision process, based on the existence or absence of a prepubblica for each book. Therefore, what is sought is the known author, the topic of success, and new talents or original points of view hardly find a place in large publishing houses.
The PDG (president general manager) of McGraw-Hill earns more than 2 million dollars per year, more than those of Exxon or Philip Morris. The main executive of Viacom, editorial pending sale for insufficient profitability, earned 3.25 million. To what extent the lack of profits is related to the foolish salaries of the Viacom leaders, invested to the detriment of the books and their authors?
In addition to these aberrant salaries, the offices of the publishers, increasingly luxurious, begin to resemble those of the bankers. At Random House, sales agent meetings are often held in prestigious locations, in Bermuda or another comparable place, which cost around the time I left $ 1 million.
In Britain and in most European countries, despite a huge concentration in the field of publishing, bookstores remain independent, or are replaced by chains (such as Waterstone) whose philosophy is not far from the bookstore traditional. In the United States, on the other hand, the big chains put all their energy in the best-sellers to the detriment of other titles. Managed mostly by executives who come from other commercial branches and who have no particular interest in books, the US chains focus on the number of dollars collected per square centimeter of usable area. I have heard people complaining about the people who work there – even if they agree with the profit ideology – that they do not have time to sell well the supposed bestsellers they have in existence. If they do not have the success that is expected in the first days they are exiled to the library fund. Len Riggio, the CEO of Barnes & amp; Noble is credited with a salary of one million dollars per year, which is nothing compared to the 100 million dollars he charged for putting his company’s shares on the market. It adds that it is interesting to compare with the salaries of independent booksellers.

Progress, in my opinion, can come from three different directions. The first is technological. Everything has already been said about the importance of the internet for the diffusion of information, and the proliferation of web pages gives vertigo: only in the United States it is believed that there are more than 400 thousand and this number increases every day. Any individual can create their own, any author can publicize their work, any newspaper can publish with the hope of finding a receptive audience somewhere in the world. But the number of pages is both an advantage and an inconvenience. Those who regularly use the Internet know that it is impossible to judge the reliability or purpose of most of them. A page of innocent appearance can serve as a facade for an advertising company, for a political group or a sect of perverse racists. It can also be ramblings of well-intentioned but ill-informed people. To this end, you can see the advantage of dealing with editors who ultimately and ultimately are people whose job is to make a selection, choose the material they will publish according to certain criteria. His name on the cover of the books suffices as a guarantee – or concern – about the nature of the content.
Another problem is the cost, because the systems to make the readers pay are not yet perfected. Riding and running a page can become a costly enterprise. Obviously the network represents a huge advantage for authors who are happy to make their work known for free.
The second objection to the growing influence of large groups is political in nature. We have seen that in Great Britain and in the United States the groups are so powerful, they control so much the key means, that the governments fear to use the barriers represented in other times by the antitrust laws. Murdoch, for example, won favors in both countries by pledging his support to the respective governments. In Britain, the Thatcher government authorized him to buy the prestigious Times of London, although he already had other titles in the same city, which should have prevented that acquisition. In New York, the same phenomenon occurred with the New York Post, which should never have been able to buy because it already had a major television network. It is not very realistic to expect a discharge of civic value by the governments that yielded to the pressure of the groups, of those that, like Blair and Clinton, comfortably place their place in the monopolies that they are supposed to control.
The third way would be to increase public support for publishing, within the general framework of support for cultural institutions. At the present time, almost all European governments have a program to help with the creation of films and a support system for cultural television channels. Most of the good films produced in recent years in Europe have been made thanks to the participation of public or subsidized television channels. New entities have been created, such as the French-German art network, whose level is superior to everything that is done in other parts of the world. One might imagine that the production of books will one day benefit from similar support. There is no shortage of structures that would make it possible to distribute the supports to the publication, in the form of grants or scholarships for the authors.

In the decisions of the European Commission, in the parliamentary debates, in the discussions that take place within each editorial, but above all in the spirit of the population, the combat continues. For us, who observe the situation from the outside, the result is very important because what is at stake concerns us all.

Of the five companies that hold 80 percent of the US market, three are in the hands of European groups. Bertelsmann controls more than 30 percent of book sales in the United States and English groups Pearson and Murdoch also reign in an important sector of the American book industry. Over the past few years, three US publishers have been put on sale because they could not get 15 percent of the profit demanded by the groups that owned them. As I described in my book, the search for best sellers at any price had caused them to lose unprecedented sums in the business. That firms like Bertelsmann have sought to escape from the demands of the German language market does not mean in any way that they will not impose the same levels of benefits on their new holdings. They have declared, on the other hand, that this is their intention. Alliance in Spain, and many other large groups, do not impose on publishing houses that have acquired similar benefits objectives, but superior ones.
The profound cause of the transformation of the edition as we have known it is the passage of a profitability of 3 or 4 percent, which was the norm both in the United States and in France, to demands of 15 percent and even more.

The cultural tradition and traditional independence – which we also have – do not constitute a sufficient guarantee against the globalization of the economy.

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