La historia oculta sobre el golpe del 23-F — Coronel Amadeo Martínez Inglés / The Hidden Story About Coup D’Etat On 23 February by Amadeo Martínez Inglés (spanish book edition)

Ahora que hemos recordado el intento de golpe, he leído este libro sobre “la conspiración de mayo” y me parece más que interesante al giro de 180 grados de la tesis oficialista, para mí con muchos puntos débiles y este me parece otro interesante libro en cuanto a información.

El 19 de diciembre de 1959 tiene lugar en Villa Giralda (Estoril) un duro enfrentamiento dialéctico entre el aspirante al trono de España, don Juan de Borbón, y el todavía preceptor del infante Juan Carlos, el general Martínez Campos, duque de la Torre, en el curso de una delicada conversación privada, ordenada por Franco, con el fin de concretar los futuros estudios universitarios del joven Borbón. El conde de Barcelona rechaza de plano la idea, auspiciada por el régimen, de que Juan Carlos estudie en Salamanca y propone como alternativa la Universidad de Lovaina, más que nada para incordiar al autócrata español y hacer valer sus derechos familiares.
La discusión sube de tono tan rápidamente y el encontronazo personal es de tal magnitud, que el duque llega a amenazar a su anfitrión con enviar de manera fulminante al infante a un destino militar forzoso puesto que no deja de ser un oficial de los tres Ejércitos en activo. El general, de regreso en Madrid, acude directamente a El Pardo a contarle a Franco (que es en definitiva el responsable del desencuentro portugués) su frustrada embajada y como consecuencia de la misma, será finalmente el autócrata gallego el que, tras algunos improperios de corte castrense y después de tachar definitivamente in mente al conde de Barcelona de su lista de futuros herederos, pronuncie su salomónica decisión: Ni a la Universidad de Lovaina, ni a la de Salamanca, ni a la de Navarra, opción por la que habían apostado a última hora determinados jerarcas del Opus Dei.
Tres rebuscados pactos secretos entre caballeros que le despejaran el peligroso camino con el que iniciaba su reinado: el primero, con el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, por el que se quitaba de encima la amenaza cierta de una guerra colonial con Marruecos a costa, eso sí, de entregar vergonzantemente a Marruecos el Sahara Español; el segundo, con los altos jerarcas militares del régimen para asegurarse su lealtad y colaboración después de la debacle del Sahara, prometiéndoles la permanencia sine die de los sagrados Principios del Movimiento Nacional, aunque con algunos cambios cosméticos que no lo pusieran en peligro y permitieran fuera aceptado por un pueblo español sediento de libertades y derechos en el marco de una transición controlada y controlable; y el tercero, en franca contradicción con el segundo, con las fuerzas políticas de la derecha (provenientes del franquismo) y de la izquierda (que habían luchado contra Franco), por el que se comprometía a conceder la ansiada libertad y el Estado de derecho a sus nuevos súbditos, desprendiéndose formalmente de alguno de los poderes que el régimen franquista le había transmitido.
Esto último a cambio, eso sí, de sustanciosas contrapartidas personales, institucionales, políticas y sociales entre las ocuparían un lugar de honor las siguientes: aceptación plena por parte de todos de la nueva monarquía que él representaba, así como de todos sus símbolos (la bandera rojo y gualda, entre ellos); el blindaje de la misma a través de una Constitución, pactada y consensuada, con la que prácticamente resultara imposible que una nueva República pudiera resurgir algún día en nuestro país; la divinización, también constitucional, de su figura (inviolable y no sujeta a responsabilidad alguna); y el mantenimiento en su persona de la Jefatura Suprema de las Fuerzas Armadas, heredada asimismo del Generalísimo Franco.

21 de agosto de 1975. El Departamento de Estado norteamericano da luz verde a un proyecto estratégico secreto de la CIA, financiado por Arabia Saudí, para arrebatar la antigua provincia del Sahara Occidental (270.000 kilómetros cuadrados) a España. Un territorio vital desde el punto de vista geoestratégico, rico en fosfatos, hierro, petróleo y gas, que EE.UU. no está dispuesto a dejar en manos de España dada la situación en que se encuentra el régimen franquista. El plan consiste en invadir la zona mediante una marcha «pacífica» de unos 300.000 ciudadanos marroquíes ( Marcha Verde), que se harán pasar por antiguos habitantes de la zona.

Juan Carlos de Borbón se decidirá finalmente por esa transición a la democracia pactada y consensuada, pero, obviamente, querrá sacar la máxima tajada de esa «real concesión a sus nuevos súbditos», obteniendo las máximas contrapartidas de los líderes políticos de la izquierda que, desde la clandestinidad, el olvido o el exilio, se aprestaban a hacer valer sus derechos en la nueva etapa que se abría tras la muerte de Franco. El bisoño monarca es de todas formas consciente de que el poder real en España en esos momentos recae en el todavía poderoso Ejército franquista, que ha recibido un mandato testamentario de su Generalísimo para que obedezca y apoye a su sucesor, pero desconfía de lo que la institución monárquica pueda hacer en el medio y largo plazo.
Por eso una de las primeras medidas de Juan Carlos ha sido, antes incluso de ceñir la corona y contactar con los dirigentes políticos, el conseguir de los generales su apoyo incondicional a una transición suave, hacia una monarquía parlamentaria respetuosa con los principios generales del antiguo Régimen y las Leyes Fundamentales del Movimiento Nacional.

Tres serán los momentos especialmente graves con los tendrán que lidiar Juan Carlos I y su pléyade de asesores militares y validos civiles si despreciamos el ya mencionado 23-F que no fue, como el poder político ha querido hacer ver a los ciudadanos españoles durante la etapa más dura de la transición, ni el instante más dramático y peligroso en el devenir de la misma, ni, por supuesto, aquel grave «movimiento involucionista contra las libertades y la democracia a cargo de un pequeño grupo de militares y guardias civiles nostálgicos del anterior régimen». Más bien fue todo lo contrario: una operación político-militar montada desde la cúspide del Estado para defenderse in extremis del golpe letal que preparaban para primeros de mayo de 1981 ( La Conjura de mayo), los jerarcas más extremistas y poderosos de la organización castrense franquista. Es algo que afortunadamente terminaría bien para la causa del nuevo Borbón en el trono.
El Sábado Santo «rojo» de la Semana Santa de 1977, en el que el presidente Adolfo Suárez legalizó el PCE desafiando al Ejército franquista; el 15 de junio del mismo año 1977, día en el que se celebraron las primeras elecciones generales de la nueva etapa democrática y en el que la cúpula militar vigiló con lupa el proceso electoral acuartelada en la sede del Estado Mayor del Ejército en Madrid, para actuar de inmediato si las urnas se escoraban demasiado hacia la izquierda; y por último, el otoño de 1980, con los capitanes generales franquistas todavía en la cúspide del poder militar, conspirando abiertamente contra la democracia y la Corona, y exigiéndole al rey que defenestrara a Suárez si no quería que los carros de combate mandaran todo al infierno.

La fecha elegida sería el (2 de mayo de 1981) ante la atrevida y esperanzadora posición adoptada por el grupo más moderado y aperturista del Ejército español que, fiel a la nueva monarquía y al recién nacido régimen parlamentario, aceptaba de buen grado, aunque con carácter temporal, un cierto cambio de rumbo político, un «golpe de timón» institucional que aliviara la grave situación por la que atravesaba el país. La escenificación última de este cambio, de esta corrección de rumbo, de este paso atrás de los demócratas para coger fuerzas, terminaría sin embargo en un auténtico fiasco, en una impresentable chapuza, el 23 de febrero de 1981; aunque, eso sí, supondría una conmoción social y política de tal envergadura que pondría a salvo de una vez por todas a la por entonces débil y vigilada democracia española.
Después de la reunión claramente pregolpista de primeros de octubre de 1980 en la Capitanía General de Aragón, se sucedieron otras dos del mismo estilo, una a mediados de noviembre del mismo año y otra en los primeros días del nuevo año 1981, concretamente el 9 de enero, escasas fechas después de la Pascua Militar. Ambas citas, que se justificaron como dos encuentros reglamentarios más dentro de los contactos que periódicamente mantenía la primera autoridad regional castrense con sus jefes operativos subordinados, no despertaron inquietud especial en la guarnición ni, por supuesto, fuera de ella. Además, era muy difícil, por no decir imposible, que trascendiera nada de lo allí tratado puesto que la orden de confidencialidad era tajante y los que asistiendo a ellas por obligación del cargo pudiéramos estar en desacuerdo con la visión catastrofista que del país nos presentaba el capitán general y, por ende, con la drástica receta que él defendía para regenerarlo, teníamos el camino cerrado para cualquier reacción en contra. Por una sencilla razón, porque, a pesar de la claridad meridiana con que se expresaba, sus palabras, de momento, no pedían otra cosa que la plena disponibilidad por la patria.

La planificación operativa, el nuevo Alzamiento militar previsto para el 2 de mayo de 1981 o «Plan Móstoles» constaba de tres fases perfectamente diferenciadas. Contemplaba un cerco estratégico por sorpresa de la capital de la nación, a una jornada de marcha/combate de Unidades motoacorazadas (100-120 kilómetros, 2-4 horas de marcha), a cargo de columnas (Agrupaciones Tácticas o Brigadas) de las Regiones Militares II, III, V, VII y VIII, que a las 03:00 horas del día 2 de mayo de 1981 se pondrían en marcha para ocupar sus objetivos cercanos a Madrid, y desde unas bases de partida ocupadas con anterioridad en el marco de unas maniobras regionales de ocho días de duración; perfectamente legales y contempladas en el Plan General de Instrucción del Ejército de Tierra. Las distintas Unidades involucradas en la operación habrían salido de sus acuartelamientos hacia estas zonas de maniobras a partir de las 07:00 horas del 25 de abril de 1981 (D-8).
Establecer un cerco estratégico sobre la capital de la nación y su área de influencia a una distancia media de 100-120 kilómetros de la misma, con la finalidad política de controlar todos los órganos del Gobierno de la nación, sus instituciones y organizaciones políticas, económicas, sociales, financieras, de comunicaciones… etc., etc., imposibilitando cualquier reacción en fuerza de la Capitanía General de Madrid y de los centros superiores de mando y planeamiento de las FAS. Realizar una serie de acciones secundarias sobre Salamanca, Aranda de Duero, Tudela, Teruel y Bailén, con el fin de neutralizar posibles reacciones ofensivas de las Capitanías Generales VI y IX que pudieran afectar a la acción principal contra Madrid.
La chapucera asonada militar del 23 de febrero de 1981, escenificada al alimón por viejos tanques del Ejército (desarmados y respetando los semáforos y las paradas de stop), por soldados de reemplazo (vitoreando al rey) y por guardias civiles (sin tricornios, chillando y disparando al aire como demonios). Aquella chapuza militar, aquél esperpento golpista de país bananero, llamativo hasta en un país como España que está muy acostumbrado históricamente a que sus militares hagan el ridículo cada muy pocos años, lógicamente, debía obedecer a alguna razón de peso. La de salvar la monarquía juancarlista (instaurada escasos años antes por el dictador Franco) de las iras de unos militares que se consideraban traicionados por su comandante en jefe. Aunque, de paso, sólo de paso, buscara también el salvaguardar las estrechas libertades concedidas generosamente al pueblo español por una transición política timorata, vigilada, consensuada entre los amos del anterior sistema autoritario y los jóvenes jerifaltes de unos partidos políticos que, aún habiendo luchado valientemente en su momento contra la dictadura, aspiraban a tocar poder derrochando pragmatismo y deslealtad con sus caídos.

El general Armada, cerebro de la operación y director de la acción en Madrid, se asusta. El rey, informado de urgencia, también. A su fiel servidor, don Juan Carlos le había dejado las cosas muy claras: ni violencia, ni soldados, ni tanques en las calles; por el contrario, discreción máxima, coordinación con las fuerzas políticas; lo mismo que respeto, «en lo posible», a las formas democráticas y constitucionales que conformaban en sí mismas las señas de identidad de la Corona.
El general Armada, entonces, trata de reaccionar con rapidez e intenta que el rey lo reciba lo más pronto posible en La Zarzuela para explicarle todo lo ocurrido y asegurarle la pronta solución del «asunto Tejero» por medio de una personal y urgente reconducción del mismo (reconducción de la reconducción en realidad). Pero ya es tarde. La «Solución Armada» ha sido de inmediato abandonada por La Zarzuela después de unos minutos de frenético cambio de impresiones entre don Juan Carlos, sus ayudantes, y el secretario general de su Casa Militar, el general Sabino Fernández Campo. El monarca le dice a Armada, en conversación telefónica a las 18:40 horas (en la que también interviene Fernández Campo), que continúe en su puesto militar del Estado Mayor del Ejército a las órdenes de su titular, el general Gabeiras, y que se abstenga de acudir a palacio. El rey teme que su nombre se asocie a la vergonzosa intentona.
Don Juan Carlos, a toda prisa, monta su particular puesto de mando anticrisis en La Zarzuela, con el fiel Sabino.
Los dos generales monárquicos, Milans y Armada, serán elegidos como los «cabezas de turco» del tremendo desaguisado, los responsables directos de una alocada «intentona militar contra la democracia y el pueblo español», mientras que Sabino Fernández Campo será investido de todos los honores y pasará a la historia, junto con el rey, como la gran figura del 23-F: el hombre fiel, inteligente y valeroso que supo reconducir magistralmente la difícil situación político-militar por la que atravesaba el país, salvando de paso el Estado de derecho y las libertades de todos los españoles. Don Juan Carlos, por su parte, ganará muchos puntos ante los ciudadanos de este país, siendo venerado a partir de entonces como el «salvador y garante máximo de la democracia» en España.

Ninguno de los servicios secretos de este país fue, en absoluto, el máximo responsable de los tristes acontecimientos vividos por este país en la tarde/noche del 23 de febrero de 1981, como bastantes periodistas (no muy bien informados y pseudo «investigadores de oídas» o de café) han recogido en sus orgías literarias sobre aquél falso golpe militar. Alguno de esos informadores por cuenta ajena ha llegado incluso a titular como 23-F. El golpe del CESID el librito consiguiente sobre la materia, publicado, ¡como no!, en emblemático y oportuno aniversario. Ni tampoco, obviamente, fue ninguno de los servicios secretos españoles (CESID, SIGC, Divisiones de Inteligencia de los tres Ejércitos, División de Inteligencia del JEMAD, Servicios de Información de la Policía…etc., etc.) el autor, planificador, incitador y, mucho menos, máximo dirigente, del macro golpe de Estado que da título al presente libro, en preparación en determinados Estados Mayores del Ejército de Tierra allá por el otoño de 1980 y primeros meses de 1981, y cuyo día «D» estaba clara y precisamente señalado: el emblemático 2 de mayo de ese último año.

Con el desmantelamiento por vía de los hechos del nuevo «Alzamiento Nacional» preparado por los tribunos franquistas para revivir en España su particular primavera golpista de 1981, se destruiría asimismo, como bienvenido corolario, el importante poder fáctico militar que todavía existía en España en aquellas fechas. Estaba personalizado en abundantes figuras castrenses del antiguo Régimen y que había venido condicionando, vigilando, mediatizando y, hasta en muchas ocasiones, dirigiendo, el proceso político de la transición puesto en marcha por el heredero de Franco, Juan Carlos I. Con lo que esta moribunda apuesta política podría ver despejado su camino y tomar, sobre todo tras la fulgurante victoria del PSOE en 1982, la deseable velocidad de crucero que demandaba una sociedad española asustada, dividida, expectante… pero muy esperanzada.

Por si alguien no conoce todavía los 16 indicios racionales que avalan la culpabilidad real en el 23-F.
Primero: Armada se entrevista con don Juan Carlos en numerosas ocasiones a lo largo de los meses de diciembre de 1980 y enero y febrero de 1981. En total, once veces (tres en el mes de diciembre, una en enero, el día 3 de febrero a través del teléfono y nuevamente en reuniones personales reservadas los días 6, 7, 11, 12, 13 y 17 de febrero). ¿Qué asuntos tan graves y atípicos empujaban a Armada y al rey a relacionarse personalmente con tanta asiduidad (Baqueira, La Zarzuela, conferencias telefónicas…), no estando ya el primero al servicio directo del segundo sino, por el contrario, en un puesto activo en el Ejército, al mando de la División de Montaña Urgel n.º 4, en Lérida, y más tarde en el Estado Mayor del Ejército, en Madrid? Concretamente la entrevista celebrada el 13 de febrero (diez días antes del 23-F) en La Zarzuela es revestida del mayor de los secretos.
Segundo: Armada siempre le dijo a Milans, en todos sus contactos, que iba de parte del rey, que don Juan Carlos patrocinaba la operación en bien de España y de la democracia. Así lo han reconocido, una y otra vez, los más próximos colaboradores de Milans que estuvieron presentes en las entrevistas del 17 de noviembre de 1980 y 10 de enero de 1981. Y nadie dudó nunca de la veracidad de las palabras de Armada.
Tercero: Está fuera de toda duda, porque así lo reconocieron en su día tanto el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, como su ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, que el rey Juan Carlos estuvo muy interesado, a lo largo de todo el otoño de 1980, en llevar a Madrid al general Armada. Como fuera y donde fuera; aunque tuviera que dejar, de una forma muy poco conveniente para su curriculum profesional, el mando operativo de una de las escasas divisiones del Ejército español. Tanto llegó a involucrarse el monarca en este tema que sus continuas recomendaciones y recordatorios causaron cierto malestar en el jefe del Ejecutivo centrista y no digamos en su fiel Rodríguez Sahagún ( Pelopincho para los militares) que nunca llegaron a comprender el desmedido afán del monarca por volver a tener a su vera al antiguo secretario general de su Casa.
Cuarto: A las 18:40 horas del 23-F, escasos minutos después de que, como millones de españoles, se enterara del asalto al Congreso de los Diputados protagonizado por Tejero y todavía con la sorpresa y el estupor pegados a su mente puesto que lo ocurrido en la Carrera de San Jerónimo de Madrid se había salido totalmente del guión preestablecido e iba a condicionar (prácticamente a arruinar) la posterior consecución del proyecto político-militar que llevaba su nombre, el general Armada llama por teléfono al rey para, según el propio monarca (que así se lo comunica a Sabino Fernández Campo cuando éste lo sorprende conversando con su antiguo colaborador), pedir su autorización para trasladarse a palacio a «explicarle lo ocurrido en el Congreso y buscar soluciones ante la grave situación creada». Juan Carlos, después de un cambio de impresiones con Sabino, le deniega esa autorización y le ordena permanezca en el Estado Mayor del Ejército a las órdenes del general Gabeiras.
Quinto: La respuesta del monarca a la pretensión de Armada de acudir a palacio a darle explicaciones sobre el asunto Tejero es asimismo sorprendente, sobre todo en una primera lectura, aunque a poco que reflexionemos sobre ella resulta muy clarificadora. A esa hora de la tarde del 23 de febrero de 1981 (18:40), nada ha trascendido todavía al país sobre la presunta responsabilidad del antiguo secretario general de la Casa del rey, marqués de Santa Cruz de Rivadulla y general de División, señor Armada y Comyn, en los hechos que contra la legalidad democrática han empezado a desarrollarse, primero en Madrid y luego en Valencia.
Sexto: El rey tarda siete horas en hablar al pueblo español para descalificar y oponerse al «golpe» que acaba de estallar con el asalto de Tejero al Congreso de los Diputados. Lo podía haber hecho en cuestión de minutos a través de la radio mediante comunicación telefónica desde palacio. Sin embargo, no lo hace. Por el contrario, pide unos equipos de grabación a TVE, instalaciones de Prado del Rey (que los oficiales golpistas que ocupan esas instalaciones le envían sin ningún problema), y pierde horas y horas en preparar una comparecencia por televisión que finalmente es emitida sobre las 01:13 horas del 24 de febrero, cuando la crisis política e institucional del país ha sido por fin resuelta y los capitanes generales de las distintas regiones militares han prometido fidelidad eterna al monarca.
Séptimo: Los presuntos golpistas del 23-F, como es norma en cualquier golpe de Estado que se precie, no ocuparon (ni intentaron ocupar) el palacio de La Zarzuela, sede oficial del jefe del Estado. No interrumpieron tampoco sus comunicaciones, dejando al rey libre y perfectamente enlazado con todos los poderes del Estado. Incluso la relación telefónica de palacio con el Congreso de los Diputados, donde Tejero se había hecho fuerte, y el Ministerio del Interior, sede del Gobierno interino, fueron siempre fluidas y satisfactorias. Este anómalo proceder de los dirigentes de la intentona casa perfectamente con sus insistentes declaraciones públicas, durante y después del operativo, en el sentido de que el rey avalaba la misma por el bien de España. Y la lógica efectivamente nos lleva en esa dirección (en la del respaldo regio, que lo del bien de España ya es otra cuestión muy discutible).
Octavo: Y sigamos con las excentricidades de tan impresentable golpe militar. Los carros de combate de Milans salieron a las calles de Valencia totalmente desarmados (sólo con escasa munición de armas ligeras para la defensa de las tripulaciones) y con órdenes rigurosas de respetar el entorno urbano para evitar accidentes entre la población civil. Consigna esta última que cumplieron escrupulosamente (los pesados tanques de 44 toneladas se paraban educadamente ante los semáforos en rojo), hasta el punto que nunca se tuvo noticia del más pequeño incidente de circulación o de cualquier otro tipo a cargo de estas unidades ante la atónita expectación de los ciudadanos.
Noveno: Los golpes militares no se inician jamás a las seis de la tarde; las fuerzas que intervienen en un golpe militar nunca dan vivas al jefe del Estado contra el que atentan en el curso de su ilegal operativo; los tanques que utilizan las Unidades rebeldes comprometidas en un golpe militar llevan siempre sus «santabárbaras» a tope de munición y sus tripulaciones armadas hasta los dientes; el primer objetivo de los rebeldes en un golpe militar es siempre, siempre, el palacio o residencia oficial del jefe del Estado; los presuntos golpistas en una acción militar contra el Estado nunca, nunca, dejan al jefe del mismo libre en su palacio y con todas sus comunicaciones con el exterior abiertas, para que pueda reaccionar cómodamente contra sus enemigos; los dirigentes de un golpe militar no suelen ser tan estúpidos como para llamar por teléfono a la suprema autoridad de la nación, contra la que están actuando, para tratar de explicarle sus movimientos futuros y, menos todavía, para obedecer sin rechistar sus órdenes.
Décimo: Armada solicita al rey (como ya he expresado al hablar de las numerosas entrevistas habidas entre ambos en los tres meses anteriores al 23-F) autorización para usar en su defensa lo tratado con él en la reunión secreta del 13 de febrero de 1981 en La Zarzuela, diez días antes del «intento involucionista». El rey se lo deniega. Esta prohibición del monarca habla por sí sola. ¿Qué temía Juan Carlos de las declaraciones que pudiera efectuar su antiguo subordinado en relación con el 23-F? Si no estaba relacionado con ese desgraciado evento.
Undécimo: El rey Juan Carlos llama «traidor» al general Armada a través de José Luis de Vilallonga, en el libro biográfico El Rey, publicado en Francia. No obstante, ¡qué casualidad!, en la edición española del mismo no figura ese pasaje. Resulta extraña esa mutilación del texto original en un libro de amplísima difusión nacional y que le podía haber servido al monarca para ratificar ante los españoles, con pelos y señales, la incuestionable deslealtad de uno de sus más fieles colaboradores. Sin embargo, no lo hace. ¿Por qué en Francia sí y en España no? ¿Pesaría en el ánimo de don Juan Carlos aquello tan arcaico de la inmadurez del pueblo español?.
Duodécimo: Siempre ha resultado muy extraño en esta oscura y rocambolesca «intentona golpista» del 23-F que fueran los dos generales más monárquicos del país (de gran prestigio los dos, por otra parte) los que se levantaran en armas contra el régimen político representado por su amo y señor, el rey de España, al que ambos profesaban un respeto y una consideración fuera de cualquier duda. Para estos dos militares (uno procedente de la nobleza y dedicado durante muchos años al servicio de don Juan Carlos, y el otro de familia entroncada en la élite castrense más monárquica), el rey era un bien en sí mismo, una especie de patrimonio nacional al que había que preservar de cualquier peligro y al que había que darle todo sin que importara sacrificio personal alguno.
Decimotercero: El rey, en un programa televisivo especial con motivo del vigésimo quinto aniversario del inicio de la transición democrática, emitido por TVE el día 19 de noviembre de 2000 y titulado Juan Carlos I, 25 años de reinado, echó la culpa de su tardanza en salir por televisión para condenar el golpe del 23-F a «un capitán golpista (sic), de Caballería por más señas, que se negó a enviar los equipos necesarios para la grabación desde Prado del Rey.» Esta sorprendente afirmación de Juan Carlos, que no se ha prodigado precisamente en declaraciones personales en relación con este turbio asunto, es totalmente falsa ya que las Unidades militares que ocuparon las instalaciones de TVE (como otros objetivos muy limitados de Madrid) lo hicieron precisamente en nombre del monarca, dando vivas a su regia persona y obedeciendo, según sus jefes, órdenes de La Zarzuela. Ninguno de estos mandos se hubiera atrevido, en aquellas circunstancias, a hacer oídos sordos al más mínimo requerimiento del rey.
Decimocuarto:«Todo lo que hice, lo hice obedeciendo órdenes del rey. Jamás fui desleal con él. Nunca le traicioné. Me he sacrificado siempre por la Corona». Y más aún: «Fue precisamente el rey el que, tras conocer puntualmente los peligros que se cernían sobre España, la democracia y la Corona, me propuso ser presidente de un Gobierno de concentración o unidad nacional a formar con representantes de los principales partidos políticos. Y me encargó que yo personalmente hablara con sus principales dirigentes y buscara el consenso para llevar a buen término el proyecto.» Las palabras del monárquico general Armada en la prisión militar de Alcalá de Henares a algunas de las personas que le apoyaron espiritualmente en los últimos meses de soledad son bien elocuentes.
Decimoquinto: En el juicio militar de Campamento prácticamente todas las personas que declararon (testigos e implicados) manifestaron que los presuntos golpistas creían obedecer órdenes del rey porque, según sus mandos, el monarca estaba al frente de la operación. El propio Tejero, una de las primeras cosas que dijo tras ocupar el Congreso de los Diputados fue que «sólo obedecería órdenes del rey y del capitán general de Valencia, Milans del Bosch». Y el general Armada no se cansó de repetir, antes, durante y después del evento, que «siempre estuvo a las órdenes del rey.» Sin embargo, el Tribunal militar dio por sentado que todos mentían o habían sido engañados, y que sólo La Zarzuela decía la verdad, que no sabía nada de los manejos de Armada y que éste fue un desleal y un traidor. No se molestó en averiguar nada en esa dirección, en la de la posible culpabilidad del monarca, cuando existía sobre la mesa un dato estremecedor: el rey se había entrevistado 11 veces con Armada (el presunto cabecilla supremo de la intentona) entre diciembre de 1980 y febrero de 1981, las dos últimas escasos días antes del 23-F, concretamente el 13 de febrero.
Decimosexto: Sin la autorización (tácita o expresa) del rey Juan Carlos jamás se hubiera podido producir (ojo a lo que digo, ¡jamás!) el 23-F. Así de claro y así de rotundo. Para que ya nadie pueda alegar en este país que las cosas no se expresan con total claridad y que todavía tiene sus dudas… El rey siempre ha recibido (y recibe), desde su ascenso al trono en 1975, información privilegiada y directa de la cúpula militar (JUJEM), de los servicios secretos militares y en concreto, y desde su creación en 1978, del CESID (Centro Superior de Información de la Defensa), donde él mismo colocó en 1981 a uno de sus hombres de confianza, el general Manglano, que ha permanecido hasta fecha reciente al frente del mismo. En la actualidad el CESID ha pasado a denominarse, como todos sabemos, CNI (Centro Nacional de Inteligencia).
Por lo tanto el rey siempre estuvo perfectamente informado, porque todos estos órganos de Inteligencia también lo estaban, de los preparativos de Armada y Milans para llevar a cabo la llamada «Solución Armada».
El teniente coronel Tejero, atacado sin duda por ese desagradable síndrome operativo, por su reconocida vanidad, por su ancestral antipatía hacia los políticos y por un patológico afán de protagonismo, no sólo arruinaría la maniobra político- militar-institucional planificada por sus superiores (que renegarían enseguida de ella, incluidos los dirigentes de los principales partidos políticos que le habían dado su plácet), sino que, además, a título personal, haría el más espantoso de los ridículos en su particular versión del Comandante Cero español.

Now that we have remembered the attempted coup, I read this book about “the conspiracy of May” and it seems more than interesting to the 180 degree turn of the pro-government thesis, for me with many weak points and this seems to me another interesting book in as to information.

The 19 of December of 1959 takes place in Villa Giralda (Estoril) a hard dialectical confrontation between the aspiring to the throne of Spain, don Juan de Borbón, and the still preceptor of the infant Juan Carlos, the general Martinez Fields, Duke of the Tower, in the course of a delicate private conversation, ordered by Franco, with the aim of specifying the future university studies of the young Bourbon. The Count of Barcelona rejects outright the idea, sponsored by the regime, that Juan Carlos study in Salamanca and proposes as an alternative the University of Louvain, mostly to annoy the Spanish autocrat and assert their family rights.
The discussion rises so quickly and the personal clash is of such magnitude that the duke comes to threaten his host with the sudden sending of the infant to a forced military destiny since he is still an officer of the three armies in active. The general, back in Madrid, goes directly to El Pardo to tell Franco (who is ultimately responsible for the Portuguese disagreement) his frustrated embassy and as a result of it, it will finally be the Galician autocrat who, after some expletives of military court and after striking definitively in mind to the Count of Barcelona of his list of future heirs, pronounce his Solomonic decision: Neither the University of Louvain, nor the Salamanca, nor Navarra, option for which they had bet at the last minute determined leaders of Opus Dei.
Three elaborate secret pacts between knights that would clear the dangerous path with which he began his reign: the first, with the US Secretary of State, Henry Kissinger, which removed the threat of a colonial war with Morocco at the expense of , yes, of shamelessly delivering to Morocco the Spanish Sahara; the second, with the high military hierarchy of the regime to ensure their loyalty and collaboration after the Sahara debacle, promising them the sine die permanence of the sacred Principles of the National Movement, although with some cosmetic changes that would not endanger it and allow accepted by a Spanish people thirsty for freedoms and rights within the framework of a controlled and controllable transition; and the third, in frank contradiction with the second, with the political forces of the right (from the Franco regime) and the left (which had fought against Franco), by which he promised to grant the desired freedom and the rule of law to his new subjects, formally detaching himself from some of the powers that the Franco regime had transmitted to him.
The latter in return, however, of substantial personal, institutional, political and social counterparts among them would occupy a place of honor the following: full acceptance by all of the new monarchy he represented, as well as all its symbols (the red flag and gualda, among them); the armoring of the same through a Constitution, agreed and agreed upon, with which it would practically be impossible for a new Republic to resurface one day in our country; the deification, also constitutional, of his figure (inviolable and not subject to any responsibility); and the maintenance in his person of the Supreme Headquarters of the Armed Forces, also inherited from Generalissimo Franco.

August 21, 1975. The US Department of State gives the green light to a secret strategic project of the CIA, financed by Saudi Arabia, to wrest the former province of Western Sahara (270,000 square kilometers) to Spain. A territory geographically vital, rich in phosphates, iron, oil and gas, that the US he is not willing to leave it in the hands of Spain given the situation in which the Franco regime finds itself. The plan is to invade the area through a “peaceful” march of some 300,000 Moroccan citizens (Green March), who will pose as former inhabitants of the area.

Juan Carlos de Borbón will finally decide on that transition to agreed and consensual democracy, but, obviously, he will want to take the maximum out of that “real concession to his new subjects”, obtaining the maximum counterparts from the political leaders of the left that, from clandestinity, oblivion or exile, they were ready to assert their rights in the new stage that was opened after Franco’s death. The fledgling monarch is nevertheless aware that the real power in Spain at that time falls on the still powerful Francoist army, which has received a testamentary mandate from its Generalissimo to obey and support its successor, but distrusts what the Monarchical institution can do in the medium and long term.
That is why one of the first measures of Juan Carlos has been, before even tying the crown and contacting the political leaders, to get the generals unconditional support for a smooth transition, towards a parliamentary monarchy respectful of the general principles of the old Regime and the Fundamental Laws of the National Movement.

There will be three especially serious moments with Juan Carlos I and his army of military advisers and valid civilians if we disregard the aforementioned 23-F that was not, as the political power has wanted to make Spanish citizens see during the stage harder of the transition, not even the most dramatic and dangerous moment in the evolution of it, nor, of course, that serious “involucionista movement against freedoms and democracy in charge of a small group of military and civil guards nostalgic for the previous regime”. Rather, it was the opposite: a politico-military operation mounted from the top of the State to defend itself in extremis from the lethal blow they were preparing for the first of May 1981 (The May Conjuration), the most extremist and powerful hierarchy of the military organization Francoist It is something that would fortunately end well for the cause of the new Bourbon on the throne.
The «Holy» Holy Saturday of Holy Week in 1977, in which President Adolfo Suárez legalized the PCE in defiance of the Francoist army; on June 15 of the same year 1977, the day on which the first general elections of the new democratic phase were held and in which the military leadership watched with magnificence the electoral process quartered at the headquarters of the Army General Staff in Madrid, act immediately if the polls were leaning too far to the left; and finally, the fall of 1980, with the Francoist general captains still at the peak of military power, conspiring openly against democracy and the Crown, and demanding the king to oust Suárez if he did not want the tanks to send everything to the hell.

The chosen date would be (May 2, 1981) before the daring and hopeful position adopted by the more moderate and open group of the Spanish Army that, faithful to the new monarchy and the newborn parliamentary regime, accepted willingly, although with temporary nature, a certain change of political direction, an institutional “rudder” to alleviate the serious situation that the country was going through. The last staging of this change, of this correction of course, of this step back from the democrats to gather strength, would end however in a real fiasco, in an unseemly fudge, on February 23, 1981; although, yes, it would suppose a social and political commotion of such magnitude that would safeguard once and for all the by then weak and watched Spanish democracy.
After the meeting clearly pregolpista of first of October of 1980 in the General Captaincy of Aragon, followed two others of the same style, one in the middle of November of the same year and another in the first days of the new year 1981, concretely the 9 of January, scarce dates after the Military Easter. Both appointments, which were justified as two more regulatory meetings within the contacts periodically maintained by the first regional military authority with their subordinate chiefs of operations, did not arouse special concern in the garrison or, of course, outside it. In addition, it was very difficult, if not impossible, to transcend anything that had been discussed since the confidentiality order was blunt and those who attended them due to the obligation of the position could disagree with the catastrophic vision of the country presented to us by the Captain General and, therefore, with the drastic recipe that he defended to regenerate it, we had the way closed for any reaction against. For a simple reason, because, despite the clearness with which he expressed himself, his words, at the moment, did not ask for anything other than full availability for the country.

Operational planning, the new military uprising planned for May 2, 1981 or “Móstoles Plan” consisted of three distinct phases. Contemplated a strategic siege by surprise of the nation’s capital, to a day of march / combat of Motocross units (100-120 kilometers, 2-4 hours of march), in charge of columns (Tactical Groups or Brigades) of the Regions Military II, III, V, VII and VIII, that at 03:00 hours on May 2, 1981 would be launched to occupy their objectives near Madrid, and starting bases previously occupied within the framework of eight-day regional maneuvers; perfectly legal and contemplated in the General Instruction Plan of the Army. The different units involved in the operation would have left their barracks to these maneuvering areas as of 07:00 hours on April 25, 1981 (D-8).
Establish a strategic fence on the nation’s capital and its area of ​​influence at an average distance of 100-120 kilometers from it, with the political purpose of controlling all the organs of the nation’s Government, its institutions and political, economic organizations , social, financial, communications … etc., etc., precluding any reaction in force of the General Captaincy of Madrid and the higher command and planning centers of the FAS. Perform a series of secondary actions on Salamanca, Aranda de Duero, Tudela, Teruel and Bailén, in order to neutralize possible offensive reactions of the Captaincies General VI and IX that could affect the main action against Madrid.
The sloppy military coup on February 23, 1981, staged by old Army tanks (unarmed and respecting the traffic lights and stop stops), by replacement soldiers (cheering the king) and civil guards (no tricorns, screaming and shooting into the air like demons). That military fudge, that bitter coup plotter banana country, striking even in a country like Spain that is historically accustomed to his military make a fool every few years, logically, should obey some compelling reason. The one to save the juancarlista monarchy (instituted few years before by the dictator Franco) of the wrath of some military men who considered themselves betrayed by their commander in chief. Although, incidentally, only in passing, seek also to safeguard the narrow freedoms generously granted to the Spanish people by a timid political transition, monitored, agreed between the masters of the previous authoritarian system and young jerifaltes of political parties that, even having fought courageously in their time against the dictatorship, aspired to touch power wasting pragmatism and disloyalty with their fallen.

The General Armada, brain of the operation and director of the action in Madrid, is scared. The king, informed of urgency, too. To his faithful servant, Don Juan Carlos had left things very clear: no violence, no soldiers, no tanks in the streets; on the contrary, maximum discretion, coordination with political forces; as much as I respect, “as far as possible,” the democratic and constitutional forms that formed in themselves the hallmarks of the Crown.
The General Armada, then, tries to react quickly and tries to get the king to receive it as soon as possible in La Zarzuela to explain everything that happened and ensure the prompt resolution of the “Tejero affair” by means of a personal and urgent resumption thereof. (redirection of the actual return). But it’s already late. The «Armed Solution» was immediately abandoned by La Zarzuela after a few minutes of frantic exchange of views between Don Juan Carlos, his assistants, and the General Secretary of his Military House, General Sabino Fernández Campo. The monarch tells Armada, in a telephone conversation at 18:40 hours (which also intervenes Fernandez Field), to continue in his military post of the Army General Staff under the orders of its owner, General Gabeiras, and that refrain from going to the palace. The king fears that his name will be associated with the shameful attempt.
Don Juan Carlos, in a hurry, sets up his particular anti-crisis post in La Zarzuela, with the faithful Sabino.
Don Juan Carlos, in a hurry, sets up his particular anti-crisis post in La Zarzuela, with the faithful Sabino.
The two monarchist generals, Milans and Armada, will be chosen as the “scapegoats” of the tremendous mess, directly responsible for a crazy “military intentona against democracy and the Spanish people”, while Sabino Fernández Campo will be invested with all the honors and will go down in history, along with the king, as the great figure of 23-F: the faithful, intelligent and courageous man who masterfully managed to bring about the difficult political-military situation that the country was going through, saving the state of law and the freedoms of all Spaniards. Don Juan Carlos, for his part, will win many points before the citizens of this country, being revered thereafter as the “ultimate savior and guarantor of democracy” in Spain.

None of the secret services of this country was, at all, responsible for the sad events that this country experienced in the evening / night of February 23, 1981, as many journalists (not very well informed and pseudo “hearsay investigators”). Or coffee) have collected in their literary orgies about that false military coup. Some of those paid informants has even reached the holder as 23-F. The coup of the CESID the following booklet on the subject, published, of course, in an emblematic and opportune anniversary. Neither, obviously, was any of the Spanish secret services (CESID, SIGC, Intelligence Divisions of the three Armies, Intelligence Division of the JEMAD, Police Information Services … etc., Etc.) the author, planner, inciter and, much less, maximum leader, of the macro coup d’etat that gives title to the present book, in preparation in certain General Staffs of the Spanish Army back in the autumn of 1980 and the first months of 1981, and whose “D” day was clear and precisely indicated: the emblematic May 2 of that last year.

With the dismantling by way of the facts of the new “National Uprising” prepared by the Francoist tribunes to revive in Spain their particular 1981 coup d’état, would be destroyed, as a welcome corollary, the important military factual power that still existed in Spain in those dates It was personalized in abundant military figures of the old regime and had been conditioning, monitoring, mediating and, on many occasions, directing the political process of the transition put in place by the heir of Franco, Juan Carlos I. With what is Moribund political bet could see cleared his way and take, especially after the brilliant victory of the PSOE in 1982, the desirable cruising speed that demanded a scared Spanish society, divided, expectant … but very hopeful.

In case someone does not know yet the 16 rational signs that support the real guilt in 23-F.
First: Armada met Don Juan Carlos on numerous occasions throughout the months of December 1980 and January and February 1981. In total, eleven times (three in the month of December, one in January, the 3rd of February through the telephone and again in personal meetings reserved on February 6, 7, 11, 12, 13 and 17). What serious and atypical issues pushed Armada and the king to relate to each other so regularly (Baqueira, La Zarzuela, telephone conferences …), the former not being directly at the service of the latter but, on the contrary, in a active position in the Army, commanded by the Urgel Mountain Division No. 4, in Lleida, and later in the Army General Staff, in Madrid? Specifically the interview held on February 13 (ten days before 23-F) in La Zarzuela is covered with the largest of secrets.
Second: Armada always told Milans, in all his contacts, that he was on behalf of the king, that Don Juan Carlos was sponsoring the operation for the good of Spain and democracy. This has been recognized, again and again, by the closest collaborators of Milans who were present at the interviews on November 17, 1980 and January 10, 1981. And nobody doubted the veracity of Armada’s words.
Third: It is beyond doubt, because this was recognized by both the Prime Minister, Adolfo Suárez, and his Defense Minister, Agustín Rodríguez Sahagún, whom King Juan Carlos was very interested in, throughout the autumn. of 1980, in bringing General Armada to Madrid. How it was and where it was; even if I had to leave, in a very inconvenient way for his professional curriculum, the operational command of one of the few divisions of the Spanish Army. So much came to involve the monarch in this issue that his continuous recommendations and reminders caused some discomfort in the centrist executive head and not to mention in his faithful Rodriguez Sahagún (Pelopincho for the military) who never came to understand the excessive desire of the monarch to return to have at his side the old general secretary of his House.
Fourth: At 18:40 hours of 23-F, a few minutes after, like millions of Spaniards, he learned of the assault on the Congress of Deputies starring Tejero and still with the surprise and stupor stuck to his mind since what happened in the Carrera de San Jerónimo in Madrid had completely left the pre-established script and was going to condition (practically ruin) the subsequent achievement of the political-military project that bore his name, General Armada telephoned the king to, according to the monarch himself (who communicates this to Sabino Fernández Campo when he surprises him talking to his former collaborator), ask for permission to go to the palace to “explain what happened in Congress and seek solutions to the serious situation created.” Juan Carlos, after an exchange of impressions with Sabino, denies him that authorization and orders him to remain in the General Staff of the Army under General Gabeiras.
Fifth: The response of the monarch to Armada’s claim to go to the palace to give explanations on the Tejero affair is also surprising, especially in a first reading, although little we reflect on it is very clear. At that time of the afternoon of February 23, 1981 (6:40 pm), nothing has yet transpired to the country on the alleged responsibility of the former Secretary General of the House of the King, Marquis of Santa Cruz de Rivadulla and General of Division, Mr. Armada and Comyn, in the facts that against the democratic legality have begun to develop, first in Madrid and then in Valencia.
Sixth: The King takes seven hours to speak to the Spanish people to disqualify and oppose the “coup” that has just erupted with Tejero’s assault on the Congress of Deputies. He could have done it in a matter of minutes through the radio by telephone communication from the palace. However, it does not. On the contrary, he asks for some recording equipment to TVE, facilities of Prado del Rey (which the coup officers who occupy those facilities send him without any problem), and loses hours and hours in preparing a television appearance that is finally issued on the 01:13 hours of February 24, when the political and institutional crisis of the country has finally been resolved and the captains general of the different military regions have promised eternal fidelity to the monarch.
Seventh: The alleged coup plotters of 23-F, as is the norm in any self-respecting coup, did not occupy (or attempt to occupy) the palace of La Zarzuela, official seat of the head of state. They did not interrupt their communications either, leaving the king free and perfectly linked with all the powers of the State. Even the palace telephone relationship with the Congress of Deputies, where Tejero had become strong, and the Ministry of the Interior, seat of the interim Government, were always fluid and satisfactory. This anomalous proceeding of the leaders of the attempt marries perfectly with their insistent public statements, during and after the operation, in the sense that the king endorsed the same for the good of Spain. And logic effectively leads us in that direction (in the royal support, that the good of Spain is already another question very debatable).
Eighth: And let’s continue with the eccentricities of such an unpresentable military coup. The Milans battle tanks took to the streets of Valencia completely unarmed (only with light ammunition of light weapons for the defense of the crews) and with strict orders to respect the urban environment to avoid accidents among the civilian population. The latter instructed that they complied scrupulously (the heavy tanks of 44 tons stood politely before the red lights), to the point that never was news of the smallest incident of circulation or any other type in charge of these units before the stunned expectation of the citizens.
Ninth: Military coups never start at six o’clock in the afternoon; the forces that intervene in a military coup never give life to the head of the State against whom they attack in the course of their illegal operation; the tanks that the rebel Units engaged in a military coup use always carry their “santabarbars” at the top of ammunition and their crews armed to the teeth; the first objective of the rebels in a military coup is always, always, the palace or official residence of the head of state; the alleged coup plotters in a military action against the State never, never, leave the head of the same free in his palace and with all his communications with the outside open, so that he can react comfortably against his enemies; the leaders of a military coup are usually not so stupid as to telephone the supreme authority of the nation, against which they are acting, to try to explain their future movements and, even less, to obey without discomfort their orders.
Tenth: Armada requests the King (as I have already expressed when speaking of the numerous interviews between the two in the three months before 23-F) authorization to use in his defense what was discussed with him in the secret meeting of February 13, 1981 in La Zarzuela, ten days before the “involucionista attempt”. The king denies it. This prohibition of the monarch speaks for itself. What was Juan Carlos afraid of the statements that his former subordinate could make in relation to 23-F? If it was not related to that unfortunate event.
Eleventh: King Juan Carlos calls General Armada “traitor” through José Luis de Vilallonga, in the biographical book El Rey, published in France. However, what a coincidence, in the Spanish edition of it does not appear that passage. It is strange that mutilation of the original text in a book of wide national diffusion and that could have served to the monarch to ratify before the Spaniards, with hairs and signals, the unquestionable disloyalty of one of its most faithful collaborators. However, it does not. Why in France yes and in Spain not? Would it weigh in the mind of Don Juan Carlos that so archaic of the immaturity of the Spanish people ?.
Twelfth: It has always been very strange in this dark and bizarre “coup attempt” of 23-F that were the two most monarchical generals of the country (both highly prestigious, on the other hand) those who took up arms against the political regime represented by his lord and master, the King of Spain, to whom both professed respect and consideration beyond any doubt. For these two soldiers (one from the nobility and dedicated for many years to the service of Don Juan Carlos, and the other family linked to the most monarchical military elite), the king was a good in itself, a kind of national heritage who had to be preserved from any danger and to whom everything had to be given without sacrificing any personal sacrifice.
Thirteenth: The King, in a special television program on the occasion of the twenty-fifth anniversary of the beginning of the democratic transition, broadcast on TVE on November 19, 2000 and entitled Juan Carlos I, 25 years of reign, blamed his tardiness in going out on television to condemn the coup of 23-F to “a coup master (sic), of Cavalry for more signs, who refused to send the necessary equipment for the recording from Prado del Rey.” This surprising statement by Juan Carlos , which has not been lavished precisely in personal statements in relation to this murky subject, is totally false since the military units that occupied the installations of TVE (as other very limited objectives of Madrid) did precisely in the name of the monarch, giving vivas to his royal person and obeying, according to his bosses, orders from La Zarzuela. None of these leaders would have dared, in those circumstances, to turn a deaf ear to the slightest requirement of the king.
Fourteenth: “Everything I did, I did obeying the king’s orders. I was never disloyal to him. I never betrayed him. I have always sacrificed for the Crown ». And even more: «It was precisely the king who, after knowing punctually the dangers that were hovering over Spain, democracy and the Crown, proposed to me to be president of a government of concentration or national unity to be formed with representatives of the main political parties . And he commissioned me to personally talk to his main leaders and seek consensus to bring the project to fruition. “The words of the monarchist general Armada in the military prison of Alcalá de Henares to some of the people who supported him spiritually in the past Months of solitude are very eloquent.
Fifteenth: In the military trial of Camp virtually all the people who testified (witnesses and implicated) said that the alleged coup plotters believed they obeyed the king’s orders because, according to their commands, the monarch was in charge of the operation. Tejero himself, one of the first things he said after occupying the Congress of Deputies was that “he would only obey orders from the king and the captain general of Valencia, Milans del Bosch.” And General Armada did not tire of repeating, before, during and after the event, that “he was always at the king’s orders.” However, the Military Court assumed that all were lying or had been deceived, and that only Zarzuela said the truth, that he knew nothing about Armada’s handling and that he was a disloyal and a traitor. He did not bother to find anything in that direction, in the possible guilt of the monarch, when there was a shocking fact on the table: the king had met 11 times with Armada (the presumed supreme leader of the attempt) between December 1980 and February 1981, the last two days before 23-F, specifically on February 13.
Sixteenth: Without the authorization (tacit or express) of King Juan Carlos could never have been produced (eye what I say, never!) On 23-F. It’s that clear and that’s how resounding. So that no one can claim in this country that things are not expressed clearly and that he still has his doubts … The King has always received (and receives), since his accession to the throne in 1975, privileged and direct information from the military leadership (JUJEM), of the military secret services and in particular, and since its creation in 1978, the CESID (Higher Defense Information Center), where he himself placed in 1981 one of his trusted men, the General Manglano, who has remained until recently in front of it. At present the CESID has been renamed, as we all know, CNI (National Intelligence Center).
Therefore the king was always perfectly informed, because all these Intelligence organs were also well informed, of the preparations of Armada and Milans to carry out the so-called «Armed Solution».
Lieutenant Colonel Tejero, undoubtedly attacked by that unpleasant operating syndrome, by his recognized vanity, by his ancestral antipathy towards politicians and by a pathological desire for protagonism, would not only ruin the political-military-institutional maneuver planned by his superiors (which they would immediately renege on her, including the leaders of the main political parties that had given her their pleasure), but, in addition, on a personal basis, would make the most frightful of the ridiculous in their particular version of Spanish Commander Zero.

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