Kamikazes — Albert Axell & Hideaki Kase / Kamikaze: Japan’s Suicide Gods by Albert Axell & Hideaki Kase

Este libro es simplemente magnífico para entender a ese cuerpo especial japonés, leído más de una vez es imprescindible.
El nombre de «Kamikaze» («Viento divino») se remonta al siglo XIII, cuando los guerreros mongoles de Kublai Khan —en realidad las fuerzas aliadas de Mongolia y Corea— intentaron invadir Japón en 1274 y en 1281 pero fracasaron al ser aniquiladas las dos flotas en ambas ocasiones por lo que, según parece, fueron unos tifones o kamikazes enviados por los dioses. La palabra «kamikaze» se empezó a utilizar más frecuentemente a partir de octubre de 1944, cuando se creó un Cuerpo de Ataque Especial o Kamikaze, para aniquilar una flota aliada al este de las islas Filipinas, y más tarde contra las fuerzas navales británicas y americanas en la región de Okinawa. El nombre completo era «Fuerza Especial de Ataque Viento Divino». «Tokko» o «Ataque Especial» es la abreviatura de tokubetsu kogeki, un eufemismo para referirse a ataque suicida.
Los auténticos pilotos kamikaze estaban lejos de ser terroristas. En primer lugar, las víctimas de sus incursiones tenían la misma oportunidad de defenderse. En segundo lugar, muchos buques de guerra estadounidenses no sólo se defendieron bien sino que, con radares de alerta, abatieron muchos aviones de Ataque Especial (pero, todo hay que decirlo, la pericia y efectividad de las misiones kamikaze crearon entre las fuerzas aliadas una profunda conmoción psicológica). Y en tercer lugar, miles de pilotos kamikaze, muchos de ellos novatos con muy pocas horas de vuelo, erraron el blanco y acabaron en una fosa líquida.
Hay un cierto paralelismo entre los pilotos kamikaze japoneses y los activistas de Al-Qaeda en su voluntad de autosacrificio.
«Cuando te vayas a estrellar contra el enemigo, grita con todas tus fuerzas: “Hissatu!”». («¡Húndelo y no falles!»)
«Cuando choques, grita “Alá es grande” porque ese grito horrorizará el corazón de los infieles.»
«Sé siempre alegre y puro de corazón. Los soldados leales son buenos hijos y puros de corazón… Haz siempre todo lo que puedas. Los dioses y los espíritus de tus camaradas muertos te están observando atentamente». (A todos los pilotos kamikaze se les decía que, tras la muerte, serían dioses.)
«Purifica tu corazón y límpialo de cosas materiales… Recuerda el verso que reza “Si Dios está contigo, nadie podrá vencerte”.»
«Vivir y estar rodeado de las bendiciones imperiales. Morir y convertirse en uno de los dioses guardianes de Japón y, por tanto, recibir honores especiales en el templo». (Una opción ofrecida a los pilotos japoneses.)
«Todo el mundo odia la muerte, teme a la muerte. Pero sólo los creyentes, que saben que hay vida y recompensa después de la muerte, serán los que la buscarán.»

La palabra suicidio no tiene la misma connotación moral en japonés que en nuestras lenguas occidentales. En japonés existen varias palabras para el suicidio con sutiles diferencias entre ellas. Por ejemplo, jijatsu («matarse a uno mismo»), tiene un sentido negativo, incluso pecaminoso, como la palabra suicidio en muchas culturas occidentales. Pero jiketsu (literalmente, «autodeterminación», aunque en realidad significa suicidio) y jisai (literalmente, autojuicio, pero también suicidio) sugieren un acto honorable o elogiable realizado en interés público; por ejemplo, un acto llevado a cabo para proteger el honor del que comete el suicidio. A diferencia de la moral judeocristiana, el sintoísmo japonés no tiene tabúes religiosos ni éticos con respecto al suicidio.
Una de las primeras ideas que se inculcaba a los hombres que ingresaban en las fuerzas armadas japonesas era que si caían en el campo de batalla se convertirían instantáneamente en kami, o «dioses», y estarían junto a los espíritus protectores de la nación en el santuario Yasukuni de Tokio. Según el sintoísmo, todo el mundo se convierte en kami tras la muerte. Por tanto, en el funeral sintoísta por Taro Suzuki (el Juan Nadie japonés), al difunto se le consideraría un «Suzuki Taro no Mikoto». Mikoto significa que una persona alcanza el rango de kami. Entre los kamikazes y entre los militares en activo, era normal despedirse con esta frase: «¡Nos vemos en Yasukuni!». A este templo sintoísta, construido en 1868, se le llamó siempre «el templo guardián de Japón». Su enorme torii (puerta sagrada) de bronce, y su ancho sendero pavimentado bordeado de cerezos, farolas de piedra y estatuas de héroes nacionales impresionaban a todo el mundo.

¿Por qué hubo tantos estudiantes voluntarios para una misión contra el enemigo que no tenía billete de vuelta? (El capitán Okamura se refería a ellos comparándolos con un enjambre de abejas, porque «las abejas mueren después de clavar su aguijón»). El hecho es que innumerables soldados, marineros y pilotos estaban dispuestos a morir, a convertirse en eirei, es decir, en «espíritus guardianes» del país. Morir por el país se consideraba un gran honor y también ser deificado en Yasukuni, único templo de este tipo que el Emperador visitaba dos veces al año para rendir homenaje a los que habían dado su vida por la patria.
Desde el otoño de 1944 hasta principios del verano de 1945, toda la atención se centró en las unidades de Ataque Especial. Una razón importante para la gran afluencia de voluntarios fue el entusiasmo que generó la prensa. Militares famosos, veteranos diplomáticos y columnistas apoyaban diariamente la campaña de reclutamiento.

Tras ofrecerse como voluntario para las Fuerzas de Ataque Especial, nunca tuvo ninguna duda. Todos los pilotos kamikaze creían que estaban luchando en una «guerra defensiva por la supervivencia de la nación». «La cuestión estaba clara», asegura, «los norteamericanos ametrallaban y bombardeaban las ciudades de Japón, causando muchas bajas». (No sorprende que, a medida que la guerra aumentaba en crueldad, las razones esenciales del conflicto fueran quedando desdibujadas). Los japoneses veían los ataques aéreos norteamericanos como un puro acto de barbarie. «Por consiguiente —dice Naemura—, las tácticas suicidas se convirtieron en una de las respuestas de Japón». Y estas tácticas no se imponían desde arriba, sino que brotaban de un anhelo compartido por todos los aviadores.

Entre 5000 y 7000 pilotos kamikaze (en unidades organizadas o solos) nunca volverían. Hoy en día en cada base de Autodefensa Aérea de Japón hay un pequeño museo en el que se muestran cartas, últimas voluntades, espadas, capas militares y otros objetos personales de los kamikazes. Por supuesto, no hay restos de los pilotos suicidas. Lo único que quedó de ellos fueron eso: las cartas, los poemas que escribieron, algunas ropas, muchas veces un mechón de cabellos para sus familias o novias, otras un trozo de uña cortada envuelto en un papel.
Muy pocos estaban casados. Por las cartas y poemas, así como por los diarios, sabemos que la mayoría de los pilotos de Ataque Especial creían firmemente en que tras su muerte, la familia, la nación e incluso el mundo irían quizás algo mejor en base al sacrificio.
Ejemplos de despedida de los kamikazes.
Motoko el teniente de aviación Motohisa Uemura, de 25 años de edad, muerto en la campaña de Filipinas, el 26 de octubre de 1944:
Motoko: llevo en mi avión la muñeca que tanto te gustaba cuando eras un bebé. De esta forma estarás conmigo hasta el último momento. Sólo quería que lo supieras.
Papá.

Desde el primer momento hubo aviadores que no estuvieron de acuerdo con las tácticas suicidas. Por ejemplo, el teniente Tadashi Minobe, jefe de una escuadrilla de cazas nocturnos en Filipinas, mostró abiertamente su escepticismo acerca de las operaciones de Ataque Especial. A pesar de que el almirante Onishi había hecho saber que no toleraría disentimiento alguno, nunca obligó a Minobe ni a los hombres que estaban bajo su mando a que participasen en misiones kamikaze.

15 de agosto de 1945. Ese día, en el que el Emperador comunicó por radio el anuncio oficial de rendición, terminaron las salidas kamikaze. Durante parios días, la plaza a la que da el Palacio Imperial, en el centro de Tokio, estuvo teñida de rojo con la sangre de los militares y civiles que se suicidaron para pedir perdón por la derrota en la guerra y por la humillación al Emperador.
En muchos casos se habían malgastado vidas. «Los pilotos novatos, en más de una ocasión, no conseguían llegar a sus objetivos si su avión guía era abatido». A menudo se estrellaban contra el mar.
Por lo que respecta a sus antiguos adversarios, Tagata recordó algunos de los malentendidos mutuos que existían al principio de la guerra. Por ejemplo, él mismo compartía el extendido prejuicio de que los estadounidenses eran enemigos «blandos», «miopes» y «sin civilizar». Se extraían tales conclusiones de las películas de Hollywood. Estas opiniones les habrían de costar caro cuando los dos bandos se enfrentaron en las importantes batallas navales que tuvieron lugar en 1942. Pero en Occidente ocurría lo mismo y se alentaba otra colección de tópicos. Por ejemplo, había militares que pensaban que los japoneses no eran limpios y solían caer enfermos en una campaña prolongada; que su visión era mala debido a una dieta pobre, culpable también de un raquitismo endémico. Esto les llevaba a afirmar que su Ejército no conseguiría penetrar las defensas aliadas. Cuando comenzaron las hostilidades y durante los cuatro años de lucha en el Asia Oriental y el Pacífico, los aliados se arrepintieron de la idea tan poco realista de que los soldados japoneses iban a ser pan comido para los soldados británicos y estadounidenses.

La opinión más extendida entre los expertos estadounidenses, británicos y australianos es que hay muy pocas posibilidades de acertarle a un avión suicida que hace un picado a todo gas hacia su blanco. Según el almirante F. Toro Halsey:
La psicología que subyace a los ataques kamikaze nos resulta incomprensible. Los norteamericanos luchan para vivir, y no comprenden que otro pueblo pueda luchar para morir. No podíamos creer que los japoneses, a pesar de su tradición del harakiri, consiguiesen reclutar suficientes voluntarios como para que tal cuerpo fuera efectivo. Nos llevamos un desengaño al día siguiente cuando fallaron contra el portaaviones Enterprise pero sí le dieron a otros dos, el Franklin y el Belleau Wood.

Los valientes hombres de las unidades de Ataque Especial eran puros de corazón y sublimes. Eran casi divinos. También tenían una gran dignidad. Sin embargo, tendían a aprovechar la primera oportunidad que se les presentara para librarse de la pesada carga impuesta y realizar sus nobles propósitos. Por otra parte, el oficial al mando, atormentado día y noche pensando cómo utilizar de la mejor manera posible las unidades de Ataque Especial, solía utilizarlos antes de tiempo. Yo también estaba sujeto a esta tendencia y me di cuenta de que a otros oficiales les pasaba lo mismo.

Como antes de Japón hubo kamikazes rusos ante la Luftwaffe, donde quizás tomaron nota los japoneses, Moscú una ciudad diseñada en círculos concéntricos era fácil de bombardear, por eso puentes falsos, se pintaron tejados…

Este libro con fotografías me parece simplemente una maravilla.

This book is simply magnificent to understand that Japanese special body, read more than once is essential.
The name “Kamikaze” (“divine wind”) dates back to the thirteenth century, when the Mongol warriors of Kublai Khan – in fact the allied forces of Mongolia and Korea – tried to invade Japan in 1274 and 1281 but failed to annihilate the two fleets on both occasions so, it seems, were typhoons or kamikazes sent by the gods. The word “kamikaze” began to be used more frequently from October 1944, when a Special Attack Corps or Kamikaze was created, to annihilate an allied fleet east of the Philippine Islands, and later against the British naval forces and Americans in the Okinawa region. The full name was “Special Force of Divine Wind Attack”. “Tokko” or “Special Attack” is the abbreviation of tokubetsu kogeki, a euphemism for a suicide attack.
The authentic kamikaze pilots were far from being terrorists. In the first place, the victims of their incursions had the same opportunity to defend themselves. Secondly, many American warships not only defended well but, with warning radars, killed many Special Attack aircraft (but, it must be said, the skill and effectiveness of the Kamikaze missions created among the allied forces a deep psychological shock). And thirdly, thousands of kamikaze pilots, many of them rookies with very few hours of flight, missed the target and ended up in a liquid pit.
There is a certain parallelism between Japanese kamikaze pilots and Al-Qaeda activists in their willingness to self-sacrifice.
«When you go to crash the enemy, shout with all your strength:” Hissatu! “». (“Fill it up and do not fail!”)
«When you crash, shout” Allah is great “because that cry will horrify the heart of the infidels.»
«Be always happy and pure of heart. Loyal soldiers are good children and pure of heart … Always do everything you can. The gods and spirits of your dead comrades are watching you closely. ” (All the Kamikaze pilots were told that, after death, they would be gods.)
«Purify your heart and cleanse it of material things … Remember the verse that says” If God is with you, nobody can defeat you “.»
«Live and be surrounded by imperial blessings. Die and become one of the guardian gods of Japan and, therefore, receive special honors in the temple ». (An option offered to Japanese pilots.)
“Everyone hates death, fears death. But only the believers, who know that there is life and reward after death, will be those who will seek it. ”

The word suicide does not have the same moral connotation in Japanese as in our Western languages. In Japanese there are several words for suicide with subtle differences between them. For example, jijatsu (“killing oneself”) has a negative, even sinful, meaning as the word suicide in many Western cultures. But jiketsu (literally, “self-determination,” though in reality it means suicide) and jisai (literally, self-judgment, but also suicide) suggest an honorable or commendable act performed in the public interest; for example, an act carried out to protect the honor of the one who commits suicide. Unlike Judeo-Christian morality, Japanese Shintoism has no religious or ethical taboos regarding suicide.
One of the first ideas inculcated into men entering the Japanese armed forces was that if they fell on the battlefield they would instantly become kami, or “gods,” and would be alongside the nation’s protective spirits in the Yasukuni shrine of Tokyo. According to Shintoism, the whole world becomes a kami after death. Therefore, at the Shinto funeral by Taro Suzuki (the Japanese John Nobody), the deceased would be considered a “Suzuki Taro no Mikoto.” Mikoto means that a person reaches the rank of kami. Among the kamikazes and among the active military, it was normal to say goodbye with this phrase: “See you in Yasukuni!”. This Shinto temple, built in 1868, was always called “the guardian temple of Japan.” Its huge bronze torii (sacred gate), and its wide paved path lined with cherry trees, stone lanterns and statues of national heroes impressed everyone.

Why were there so many student volunteers for a mission against the enemy that did not have a return ticket? (Captain Okamura referred to them by comparing them to a swarm of bees, because “the bees die after they nail their sting”). The fact is that countless soldiers, sailors and pilots were willing to die, to become eirei, that is, “guardian spirits” of the country. To die for the country was considered a great honor and also to be deified in Yasukuni, the only temple of this type that the Emperor visited twice a year to pay homage to those who had given their lives for the country.
From the fall of 1944 to the early summer of 1945, all attention was focused on Special Attack units. An important reason for the large influx of volunteers was the enthusiasm generated by the press. Famous military, veteran diplomats and columnists supported the recruitment campaign daily.

After volunteering for the Special Attack Forces, he never had any doubts. All the Kamikaze pilots believed they were fighting a “defensive war for the survival of the nation.” “The question was clear,” he says, “the Americans machine-gunned and bombed the cities of Japan, causing many casualties.” (Not surprisingly, as the war increased in cruelty, the essential reasons for the conflict were blurring). The Japanese saw the American air strikes as a pure act of barbarism. “Therefore,” Naemura says, “suicide tactics became one of Japan’s responses.” And these tactics were not imposed from above, but sprung from a longing shared by all aviators.

Between 5000 and 7000 kamikaze pilots (in organized units or alone) would never return. Today, at each Air Self-Defense Base in Japan, there is a small museum displaying letters, last wishes, swords, military capes and other personal items of the kamikazes. Of course, there are no remains of the suicide pilots. The only thing that remained of them was that: the letters, the poems they wrote, some clothes, many times a strand of hair for their families or girlfriends, others a piece of cut nail wrapped in paper.
Very few were married. For the letters and poems, as well as for the newspapers, we know that most of the Special Attack pilots believed that after their death, the family, the nation and even the world would perhaps be better based on sacrifice.
Examples of farewell to the kamikazes.
Motoko the aviation lieutenant Motohisa Uemura, 25 years old, killed in the Philippines campaign, on October 26, 1944:
Motoko: I have on my plane the doll that you liked so much when you were a baby. In this way you will be with me until the last moment. I just wanted you to know it.
Dad.

From the first moment there were aviators who did not agree with the suicide tactics. For example, Lieutenant Tadashi Minobe, head of a squadron of night fighters in the Philippines, openly showed his skepticism about Special Attack operations. Despite the fact that Admiral Onishi had made it known that he would not tolerate any dissent, he never forced Minobe or the men under his command to participate in Kamikaze missions.

August 15, 1945. On that day, when the Emperor radioed the official announcement of surrender, the kamikaze exits ended. For a few days, the square to which the Imperial Palace in the center of Tokyo is located, was dyed red with the blood of the military and civilians who committed suicide to apologize for the defeat in the war and for the humiliation of the Emperor .
In many cases lives had been wasted. “Novice pilots, on more than one occasion, could not reach their objectives if their guide plane was shot down.” They often crashed against the sea.
As for his former adversaries, Tagata recalled some of the mutual misunderstandings that existed at the beginning of the war. For example, he himself shared the widespread prejudice that Americans were “soft”, “myopic” and “uncivilized” enemies. Such conclusions were drawn from Hollywood movies. These opinions would cost them dearly when the two sides met in the important naval battles that took place in 1942. But in the West the same thing happened and another collection of topics was encouraged. For example, there were soldiers who thought that the Japanese were not clean and often fell ill in a prolonged campaign; that his vision was bad due to a poor diet, also guilty of endemic rickets. This led them to affirm that their Army would not be able to penetrate the allied defenses. When hostilities began and during the four years of fighting in East Asia and the Pacific, the allies regretted the unrealistic idea that Japanese soldiers would be a piece of cake for British and American soldiers.

The most widespread opinion among American, British and Australian experts is that there is very little chance of hitting a suicide plane that makes a full-fledged dive towards its target. According to Admiral F. Toro Halsey:
The psychology that underlies kamikaze attacks is incomprehensible to us. Americans struggle to live, and do not understand that another people can fight to die. We could not believe that the Japanese, despite their tradition of harakiri, managed to recruit enough volunteers to make such a body effective. We were disappointed the next day when they failed against the Enterprise aircraft carrier but they gave it to two others, the Franklin and the Belleau Wood.

The brave men of the Special Attack units were pure of heart and sublime. They were almost divine. They also had great dignity. However, they tended to take advantage of the first opportunity presented to them to get rid of the heavy burden imposed and carry out their noble purposes. On the other hand, the commanding officer, tormented day and night thinking how best to use Special Attack units, used to use them ahead of time. I was also subject to this trend and I realized that other officers were the same.

As before there were Russian kamikazes before the Luftwaffe, where perhaps the Japanese took note, a Moscow city designed in concentric circles was easy to bomb, that’s why false bridges, roofs were painted …

This book with photographs according to me opinion is simply a marvel.

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