Breve Historia De La Euforia Financiera — John Kenneth Galbraith / A Short History of Financial Euphoria by John Kenneth Galbraith

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Los libros de este economista canadiense los considero clásicos además de gran valor didáctico y que en los tiempos que corren de crisis no está mal leerlos por tener la cualidad de ser breves.

Sin duda, se convendrá en que la economía de libre empresa se entrega a episodios recurrentes de especulación. Éstos sucesos de pequeño y gran alcance, que afectan a billetes de banco, valores, propiedad inmobiliaria, obras de arte y otros bienes u objetos-, con el paso de los años y los siglos, forman parte de la historia. Los que no han sido suficientemente analizados son los rasgos comunes a esos episodios, aquello que señala su seguro retorno y que, por lo mismo, tiene un considerable valor práctico en cuanto que ayuda a comprender y a predecir. Ni la legislación ni un conocimiento de la economía más ortodoxa protegen al individuo y a la institución financiera cuando vuelve la euforia, induciéndoles a interrogarse, como en efecto sucede, sobre el aumento de los valores y de la riqueza, sobre la carrera para anticipar qué determina el alza de precios, y acerca del hundimiento que acabará produciéndose y de sus tristes y dolorosas secuelas. La protección contra esto sólo radica en una clara comprensión de las características comunes de estas trayectorias hacia lo que podría considerarse, en términos cautelosos, como una locura colectiva.
Si la duración es breve, se dirá que se trata de un ataque, motivado por una deficiente comprensión o bien por una incontrolada envidia ante el sorprendente proceso de enriquecimiento. Si la duración es mayor, se considerará una demostración de la falta de fe en la sabiduría inherente al propio mercado.
El episodio eufórico está protegido y sustentado por la voluntad de quienes participan en él, con objeto de justificar las circunstancias que los están enriqueciendo. Y está asimismo protegido por la voluntad de ignorar, exorcizar o condenar a aquellos que expresan sus dudas.

Hay otros dos factores que contribuyen a esa euforia y la sostienen, y que han sido escasamente valorados en nuestro tiempo o en época pasadas. El primero de dichos factores es la extrema fragilidad de la memoria en asuntos financieros. En consecuencia, el desastre se olvida rápidamente. Así pues, cuando vuelven a darse las mismas circunstancias u otras muy parecidas, a veces con pocos años de diferencia, aquéllas son saludadas por una nueva generación, a menudo plena de juventud y siempre con una enorme confianza en sí misma, como un descubrimiento innovador en el mundo financiero y, más ampliamente, en el económico.
El segundo factor que contribuye a la euforia especuladora y al ineluctable colapso es la engañosa asociación de dinero e inteligencia. Mencionarla no es lo más adecuado para atraerse el aplauso de las personas respetables, pero por desgracia es menester aceptarla, pues esa aceptación resulta extremadamente útil y brinda una superior protección contra el desastre personal o empresarial.

Por último, y para más concretar, tendemos a asociar una inteligencia fuera de lo corriente con la dirección de las grandes instituciones financieras: bancos importantes, bancos de inversiones, seguros y agentes de bolsa. Cuanto mayor es el capital y más elevados los ingresos que se tienen, más profundo es el talento que se atribuye en materia financiera, económica y social.
En la práctica, el individuo o individuos que se hallan al frente de aquellas instituciones a menudo están allí, como suele suceder en las grandes organizaciones, porque su talento luchador es el más predecible y, en consecuencia, el menos temible burocráticamente.
Mas para los instrumentos financieros nuevos, la experiencia establece una firme regla, y en pocas materias económicas su comprensión es más importante y frecuentemente, claro está, más sutil. La regla en cuestión dice que las operaciones financieras no se prestan a la innovación. Lo que recurrentemente se describe y se celebra como tal es, sin excepciones, una pequeña variante de un esquema ya establecido.

La especulación se da cuando la imaginación popular se centra en algo que se tiene por nuevo en el campo del comercio o de las finanzas. El tulipán hermoso y de variados colores fue una de las primeras cosas que se prestaron a el y hoy sigue considerándose uno de los más insólitos instrumentos de especulación. Jamás algo tan improbable contribuyó en tan sorprendente medida al engaño masivo que aquí estamos tratando. (S.XVII)

En 1720, el público británico o, mejor, aquella parte del mismo sensible a la idea del enriquecimiento mediante las finanzas, respondió con entusiasmo a la supuesta oportunidad que le brindaba la Compañía de los Mares del Sur y, más aún, al empuje al alza de los valores y al deseo de participar en las ganancias. La guerra había enriquecido a un reducido pero significativo sector de la población británica. Las clases terrateniente y aristocrática, aunque desdeñosas con los «del comercio» o con los relacionados de algún modo con el «hacer dinero», también fueron capaces de tragarse su orgullo y participar a su vez.
Pero la Compañía de los Mares del Sur no era la única oportunidad. Su éxito generó al menos un centenar de imitadores y advenedizos, todos los cuales aspiraban a su parte en el boom. Entre ellos se incluían compañías para desarrollar el movimiento perpetuo (con lo que también se adelantaron a su tiempo), asegurar caballos, perfeccionar el arte de fabricar jabón, comerciar con cabello, reparar y reconstruir casas parroquiales y vicariales, transmutar mercurio en metal fino maleable, y levantar residencias u hospitales para ingresar y mantener en ellos a hijos ilegítimos, amén de la inmortal empresa «para llevar adelante una iniciativa muy ventajosa, pero que nadie sabe en qué consiste». En julio de 1720, finalmente, el gobierno dio el alto. En efecto, se aprobó una ley -la Bubble (»Burbuja») Act- que prohibía esas otras empresas, menos, según se ha creído siempre, para proteger a los insensatos y a los ingenuos que para asegurar el monopolio especulador de la propia Compañía de los Mares del Sur.
Pero por entonces ya se acercaba el fin de la compañía.

En 1907, después de otra huida de la realidad, menos dramática y centrada esta vez en Nueva York, sobrevino el llamado pánico de Wall Street. Sigue siendo memorable por la creencia de que J. P. Morgan, con su llamamiento para que los fondos públicos y privados acudieran en ayuda de la amenazada Trust Company of America, y con su otro llamamiento al clero de Nueva York para que en sus sermones predicara la confianza e infundiera ánimos, condujo la crisis a su final por su sola iniciativa. Lo cual es discutible. Un hundimiento se termina sin necesidad de la intervención divina.

El hundimiento de 1929, sin embargo, tuvo un efecto terapéutico: cosa excepcional, caló en la memoria financiera. Durante el cuarto de siglo siguiente, los mercados de valores se mantuvieron generalmente en orden y llevaron una existencia monótona. Aunque esta tendencia perduró más de lo que había sido usual, la historia financiera no había llegado a su fin. Pronto iba a reafirmarse que la manía de Schumpeter era ineludible.

La caída del mercado bursátil en 1987 atrapó a una generación más joven de especuladores de la era Reagan.
En todo el país se plantea la misma pregunta a aquellos que, por error, optimismo, estupidez y, por qué no decirlo, con ánimo generalizado de latrocinio desprovisto de imaginación, condujeron a las cajas de ahorros y préstamos al mayor escándalo financiero de todos los tiempos. (Década 90 en EE.UU, EL NEGOCIO MÁS DEMENCIAL NUNCA EMPRENDIDO. CÓMO EL EXCÉNTRICO ROBERT CAMPEAU Y SUS BANQUEROS SEDIENTOS DE BENEFICIOS FRAGUARON UN PLAN PARA HACERSE CON EMPRESAS, QUE NO TARDÓ EN FRACASAR. Donald Trump…).

Hay pocas referencias en la vida tan comunes como las que remiten a las lecciones de la historia. Quienes la conocen, no están condenados a repetirla. Desde luego que tales lecciones pueden resultar inquietantemente ambiguas, y acaso de manera especial en economía.
Los implicados se resisten siempre a reconocer su estupidez, y los mercados son teológicamente sacrosantos. Pueden dirigirse algunas imprecaciones a los especuladores iniciales más teatrales o más desaprensivos, pero no a los participantes más recientes, primero encantados y luego desencantados. Las preguntas menos importantes son precisamente las más relevantes: ¿Qué provocó el hundimiento? ¿Concurrieron factores específicos que lo hicieron tan dramático o tan drástico? ¿Quién debería ser castigado?
La perfección radical del mercado, como se ha dicho, está aceptada en la más respetable ortodoxia bursátil. En efecto, el mercado puede reflejar maquinaciones y deseos frívolos; puede estar sujeto al monopolio, a la competencia imperfecta o a los errores de información, pero aparte de esos casos, es intrínsecamente perfecto. Así pues, no cabe duda de que el episodio de especulación, con crecimientos que provocan a su vez crecimientos, es algo que se halla en el propio mercado. Y también el hundimiento en que ese fenómeno culmina. Puesto que este razonamiento es teológicamente inaceptable, se hace necesario buscar influencias externas: en los tiempos más recientes.

El único remedio es un aumento del escepticismo que asociará resueltamente un optimismo a todas luces excesivo, con una probable forma de locura, y que no asociará la inteligencia con la adquisición, despliegue o, en este caso, administración de abundantes sumas de dinero. Permítaseme enunciar a continuación una de las reglas infalibles para guía del inversor individual y, ni que decir tiene, del administrador de fondos de pensiones y de otros fondos: existe la posibilidad, e incluso la probabilidad, de que las personas muy ligadas al dinero incurran en una conducta autocomplaciente y extravagante que las haga proclives al error. Y sea ésta la reiterada moraleja de este trabajo.
Otra regla es que cuando el clima de excitación invade un mercado o rodea la perspectiva de una inversión, cuando se proclama una oportunidad única basada en una especial visión anticipada, las personas sensatas deberían resistir; es el momento de la cautela.

Una cosa sí es cierta: habrá otro de esos episodios y otros más después. Como ya se ha repetido, tarde o temprano a los incautos se los desposee de su dinero. Y lo mismo les sucede, por desgracia, a quienes, respondiendo a un generalizado talante optimista, son cautivados por la creencia en su propia perspicacia financiera. Así ha sido durante siglos, y así continuará siendo en el futuro lejano.

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The books of this Canadian economist consider them classics as well as of great didactic value and that in these times of crisis it is not wrong to read them because they have the quality of being brief.

Undoubtedly, he will agree that the economy of free enterprise is given to recurrent episodes of speculation. These small and large-scale events, which affect bank notes, securities, real estate property, works of art and other goods or objects, are part of history over the years and centuries. Those that have not been sufficiently analyzed are the features common to these episodes, which points to their safe return and, therefore, has considerable practical value in that it helps to understand and predict. Neither legislation nor a more orthodox knowledge of the economy protect the individual and the financial institution when the euphoria returns, inducing them to question themselves, as indeed it happens, about the increase of values ​​and wealth, about the race to anticipate what determines the rise in prices, and the collapse that will eventually occur and its sad and painful consequences. The protection against this only lies in a clear understanding of the common characteristics of these trajectories towards what could be considered, in cautious terms, as a collective madness.
If the duration is short, it will be said that it is an attack, motivated by a poor understanding or by an uncontrolled envy before the surprising process of enrichment. If the duration is longer, it will be considered a demonstration of the lack of faith in the wisdom inherent in the market itself.
The euphoric episode is protected and sustained by the will of those who participate in it, in order to justify the circumstances that are enriching them. And it is also protected by the will to ignore, exorcise or condemn those who express their doubts.

There are two other factors that contribute to this euphoria and sustain it, and that have been poorly valued in our time or in the past. The first of these factors is the extreme fragility of memory in financial matters. Consequently, the disaster is quickly forgotten. So, when the same or similar circumstances come back, sometimes a few years apart, they are greeted by a new generation, often full of youth and always with enormous self-confidence, as an innovative discovery in the financial world and, more broadly, in the financial world.
The second factor that contributes to the speculative euphoria and the ineluctable collapse is the deceptive association of money and intelligence. Mentioning it is not the best way to attract the applause of respectable people, but unfortunately it is necessary to accept it, because that acceptance is extremely useful and provides superior protection against personal or business disaster.

Finally, and to be more precise, we tend to associate an unusual intelligence with the management of large financial institutions: major banks, investment banks, insurance and brokers. The greater the capital and the higher the income that you have, the deeper is the talent that is attributed in financial, economic and social matters.
In practice, the individual or individuals who are at the forefront of those institutions are often there, as often happens in large organizations, because their fighting talent is the most predictable and, consequently, the least fearsome bureaucratically.
But for new financial instruments, experience establishes a firm rule, and in few economic matters their understanding is more important and often, of course, more subtle. The rule in question says that financial operations do not lend themselves to innovation. What is recurrently described and celebrated as such is, without exception, a small variant of an already established scheme.

Speculation occurs when the popular imagination focuses on something that is considered new in the field of commerce or finance. The beautiful tulip and varied colors was one of the first things that was lent to him and today is still considered one of the most unusual instruments of speculation. Never something so improbable contributed in such a surprising measure to the massive deception that we are dealing with here. (C.XVII)

In 1720, the British public or, better, that part of it sensitive to the idea of ​​enrichment through finance, responded with enthusiasm to the supposed opportunity offered by the Company of the South Seas and, even more so, to the upward push of values ​​and the desire to participate in profits. The war had enriched a small but significant sector of the British population. The landed and aristocratic classes, while disdainful of «the merchants» or those related in some way to «making money,» were also able to swallow their pride and participate in turn.
But the Company of the South Seas was not the only opportunity. Its success generated at least a hundred imitators and upstarts, all of whom aspired to their part in the boom. These included companies to develop the perpetual movement (which also went ahead in time), secure horses, perfect the art of making soap, trade hair, repair and rebuild parish and vicarial houses, transmute mercury into malleable thin metal , and to raise residences or hospitals to enter and maintain illegitimate children in them, in addition to the immortal company «to carry out a very advantageous initiative, but nobody knows what it consists of». In July of 1720, finally, the government gave the stop. In effect, a law was approved – the Bubble (»Bubble») Act – which prohibited those other companies, less, as has always been believed, to protect the foolish and naive than to ensure the speculative monopoly of the Company itself. the South Seas.
But by then the end of the company was approaching.

In 1907, after another escape from reality, less dramatic and focused this time in New York, came the so-called Wall Street panic. It remains memorable for the belief that JP Morgan, with his call for public and private funds to come to the aid of the threatened Trust Company of America, and with his other appeal to the New York clergy to preach confidence in his sermons and instilled encouragement, led the crisis to its end by its sole initiative. Which is debatable. A collapse ends without the need for divine intervention.

The collapse of 1929, however, had a therapeutic effect: an exceptional thing, it fell into the financial memory. During the following quarter century, stock markets generally remained in order and led a monotonous existence. Although this trend lasted longer than usual, financial history had not come to an end. Soon he was going to reaffirm that Schumpeter’s mania was inescapable.

The fall of the stock market in 1987 caught a younger generation of speculators of the Reagan era.
Throughout the country the same question is posed to those who, by mistake, optimism, stupidity and, why not say it, with a generalized spirit of robbery devoid of imagination, led the savings and loan banks to the biggest financial scandal of all time. (Decade 90 in the USA, THE MOST DEMENTIAUS BUSINESS NEVER UNDERTAKEN, HOW THE EXCELLENT ROBERT CAMPEAU AND HIS BANKERS SEDIENTS OF BENEFITS CREATED A PLAN TO DO WITH COMPANIES, THAT DID NOT DECEIVE Donald Trump …).

There are few references in life as common as those that refer to the lessons of history. Those who know it, are not condemned to repeat it. Of course, such lessons can be disturbingly ambiguous, and perhaps especially in economics.
Those involved are always reluctant to acknowledge their stupidity, and the markets are theologically sacrosanct. Some imprecations may be addressed to the more theatrical or more unscrupulous initial speculators, but not to the more recent participants, first delighted and then disenchanted. The less important questions are precisely the most relevant: What caused the collapse? Did specific factors that made it so dramatic or so drastic? Who should be punished?
The radical perfection of the market, as has been said, is accepted in the most respectable stock exchange orthodoxy. In effect, the market may reflect machinations and frivolous desires; it may be subject to monopoly, imperfect competition or information errors, but apart from those cases, it is intrinsically perfect. Thus, there is no doubt that the episode of speculation, with growths that in turn cause growth, is something that is found in the market itself. And also the collapse in which this phenomenon ends. Since this reasoning is theologically unacceptable, it is necessary to look for external influences: in the most recent times.

One thing is certain: there will be another episode and others later. As has already been repeated, sooner or later the unwary will be dispossessed of their money. And the same thing happens, unfortunately, to those who, responding to a generalized optimistic mood, are captivated by the belief in their own financial acumen. This has been the case for centuries, and will continue to be so in the distant future.

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