El Crash De 1929 — John Kenneth Galbraith / The Great Crash 1929 by John Kenneth Galbraith

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Este es otro de esos libros clásicos que no ha dejado de estar de moda por los sucesos económicos imperantes.

Una generación entera de historiadores ha acometido contra Coolidge por el superficial optimismo que le impidió ver la gran tormenta que se estaba fraguando en el interior y, también pero más a distancia, en el exterior. Esto es groseramente injusto. Predecir un desastre no requiere valor ni presciencia.
Los años veinte norteamericanos fueron una época realmente buena. La producción y el empleo eran altos y aumentaban constantemente. Los salarios no subían demasiado y los precios eran estables.
Aunque muchas personas eran todavía muy pobres, eran más los acomodados confortablemente, los prósperos y adinerados, en una palabra, los más ricos que nunca. En definitiva, el capitalismo norteamericano pasaba indudablemente por una fase muy vigorosa. Entre 1925 y 1929, el número de empresas manufactureras aumentó de 183.000 a 206.700…
Junto con las genuinas virtudes ensalzadas, los norteamericanos desplegaron también un asombroso afán de hacerse ricos rápidamente y con un mínimo de esfuerzo físico. La primera sorprendente manifestación de este aspecto de su personalidad tuvo lugar en Florida, donde, mediados los años veinte, Miami, Miami Beach, Coral Gables, la costa este hasta Palm Beach al Norte y las ciudades a orillas del Golfo, fueron sacudidas violentamente por el famoso auge de bienes raíces en Florida. En él se dieron cita todos los elementos clásicos de la excitante burbuja especulativa. O, por lo menos, se conjugaron los más esenciales e indispensables.

Cuando la especulación se fue extendiendo hacia el Norte, un audaz bostoniano, Charles Ponzi, descubrió unos terrenos «cerca de Jacksonville», situado a unas sesenta y cinco millas al Oeste de la ciudad. (Hay que reconocer el fanatismo de Ponzi por las buenas y compactas vecindades, pues vendió veintitrés parcelas por acre.) En los casos en que los terrenos estaban cerca de la ciudad —como el de Maniatan Estates— «a sólo tres cuartos de milla de la próspera y pujante ciudad de Nettie», la tal ciudad —es el caso de Nettie— no existía ni existió nunca. La congestión del tráfico en el interior del Estado llegó a ser de tales dimensiones que, en otoño de 1925, los ferrocarriles se negaron a transportar las mercancías menos esenciales, entre las cuales figuraban los materiales de construcción para la urbanización de las parcelas. Los precios subieron prodigiosamente. En un radio de 40 millas correspondiente a la zona «interior» de Miami, terrenos valorados en 8.000 dólares se vendieron a 20.000; los situados frente al mar subieron de 15.000 a 25.000 dólares, y los más o menos bona fide junto a las playas de 20.000 a 75.000.

El público especulará una y otra vez siempre que disponga de dinero suficiente. Nada más lejos de la verdad. Antes y después de esa fecha ha habido largos períodos en los que el crédito era abundante y barato —mucho más barato que en 1927-1929— y, sin embargo, la especulación fue insignificante. Y, como veremos más adelante, tampoco se hizo incontrolable la situación después de 1927; únicamente quedó fuera del alcance de unos hombres que no querían de ninguna manera controlarla. La explicación es, simplemente, un tributo a esa tan repetida preferencia —en asuntos económicos— por los más impresionantes disparates.

La actitud del señor Hoover hacia el mercado, sin embargo, constituyó un secreto excepcionalmente bien guardado. El pueblo norteamericano no tuvo conocimiento de sus esfuerzos, sistemáticamente frustrados por Coolidge y el Consejo de la Reserva Federal, por traducir sus pensamientos en acción. La noticia de su elección, lejos de ocasionar el pánico, supuso el mayor incremento jamás registrado en la contratación de valores. El 7 de noviembre, un día después de la elección la Bolsa celebró el «auge de la victoria», y los valores más eminentes se auparon entre 5 y 15 enteros.

El genio del capitalismo reside sin más en esto: allí donde existe una demanda real alguien acude antes o después a llenar el vacío. En todas las grandes orgías especulativas han surgido sutiles mecanismos que han permitido al especulador consagrarse fervorosamente a su negocio.

La regulación de la actividad económica es, sin duda, la actividad pública menos elegante y agradecida. Casi todo el mundo se opone a ella por principio; su única justificación reside en el poco atractivo argumento del «mal menor». La regulación da lugar a broncos debates en el Congreso, en los cuales los desnudos intereses de los grupos de presión se muestran en ocasiones de una forma tan sincera que bordean lo obsceno. La promulgación y aplicación de decretos y reglamentos por medio de pesadas burocracias es una servidumbre incesantemente cuarteada por la crítica. Últimamente, los reguladores han considerado ya obligación suya confesar siempre que se presenta una ocasión sus limitaciones e imperfecciones, que de todas formas son demasiado evidentes.
La gran excepción de esta triste historia es la actividad reguladora de los bancos centrales —el Sistema de la Reserva Federal en nuestro país—. La regulación en este caso es en cierto modo decorosa y apropiada, y a nadie se le ha ocurrido justificarla. Hasta los conservadores menos sospechosos se alzarían para defender esta forma de regulación si se les reclamase para ello, aunque tal cosa ocurre raras veces.

Era evidente que la Reserva estaba menos interesada en controlar y moderar la especulación que en descargarse de toda responsabilidad por la especulación que se estaba desarrollando. Y podrá observarse que ciertos proyectistas anónimos abundaron en una fraseología indicadora de que lo verdaderamente alarmante no sería el nivel del mercado de entonces, sino el que podría alcanzarse posteriormente de progresar la especulación. Es curioso, pero incluso estas casi increíblemente tímidas palabras provocaron, habida cuenta del estado de nerviosismo reinante, una grave deteriorización del mercado.

Una estimación correspondiente a 1928 contó 186 trusts de inversión organizados en este año. Durante los primeros meses de 1929 siguieron apareciendo otros nuevos a un ritmo aproximado de uno por cada día hábil de negocios. El cómputo total del año arrojó la cifra de 265 nuevos trusts. En 1927 los trusts vendieron al público títulos por un valor aproximado de 400 millones de dólares; en 1929, según estimaciones, esa cifra se elevó a 3.000 millones, que representaba más o menos la tercera parte de todas las nuevas emisiones de capital de dicho año; en el otoño de 1929 el total de los activos de los trusts de inversión se calculaba en más de 8.000 millones de dólares, es decir, unas once veces el volumen de comienzos de 1927.
La partenogénesis de un trust de inversión difería bastante de la de una sociedad anónima ordinaria. En casi todos los casos fue patrocinado por otra compañía, y hacia 1929 un número sorprendentemente elevado de negocios de diversas clases estaban moviéndose hacia la constitución de trusts.

El patronazgo de un trust no dejaba de tener sus compensaciones. La entidad auspiciadora imponía un contrato de dirección a las sociedades creadas por ella. Por lo general y de acuerdo con las condiciones corrientes, el padrino dirigía los asuntos de la nueva empresa de inversión, invertía sus fondos y recibía una gratificación calculada sobre un determinado porcentaje del capital o los beneficios. Si el patrocinador era una entidad dedicada a la compraventa de acciones, recibía además una comisión por las compras y ventas de valores realizadas por cuenta de su trust. Muchos de estos patrocinadores eran bancos de inversión, lo cual significaba, en efecto, que tales bancos «fabricaban» títulos para luego colocarlos en el mercado. Sin duda este procedimiento les permitía asegurarse una satisfactoria oferta de negocio.
La mayor recompensa a todos estos afanes consistía en el entusiasmo con que el público se lanzó a comprar valores de los trusts de inversión.
Conforme avanzaba el año 1929 se hacía evidente que un número creciente de inversores confiaba en el talento y ciencia de los trusts. Esto significaba, por supuesto, que aún se enfrentaban con el grave problema de escoger entre un trust bueno y otro malo. Se reconocía ciertamente la existencia de trusts malos, si bien no se pasaba de ahí. En un artículo publicado en The Atlantic Monthly del mes de marzo de 1929, Paul C. Cabot decía que entre los defectos corrientes de la nueva industria debían contarse la deshonestidad, la negligencia, la incompetencia y la avaricia. Sin duda, estas desventajas eran importantes y el señor Cabot hablaba con cierta autoridad, puesto que era alto funcionario y uno de los organizadores de un prometedor trust de inversión, la State Street Investment Corporation. Sin embargo, la reacción a estas advertencias era muy pobre. Por otra parte, tales advertencias eran poco frecuentes.

El principio de la palanca referido a un trust de inversión es el mismo que el del juego de crack-the-whip. Mediante la aplicación de leyes físicas conocidas, un ligero movimiento de la mano se transforma en una sacudida más intensa en la otra punta. En un trust de inversión, el papel de la palanca lo desempeñaba la emisión de obligaciones, acciones preferentes y acciones ordinarias, lo cual permitía, más o menos exclusivamente, adquirir una cartera de acciones ordinarias. Cuando el valor de las acciones ordinarias así compradas aumentaba —lo cual se daba siempre por supuesto— no se alteraba el de las obligaciones y acciones preferentes del trust. Estos títulos tenían un valor fijo debido a que su rendimiento había sido especificado de antemano. La mayor parte y a veces toda la ganancia obtenida a consecuencia de un aumento del valor de la cartera se concentraba en las acciones ordinarias del trust de inversión, las cuales, por consiguiente, prosperaban maravillosamente.

Durante el verano de 1929 el mercado no dominó solamente las noticias de la prensa, sino también los feudos de la cultura. La refinada minoría que en otros tiempos reconocía su interés por santo Tomás de Aquino, Proust, el psicoanálisis y la medicina psicosomática, hablaba entonces con fervor de las United Corporation, United Founders y Steel. Solamente los excéntricos más agresivos mantenían su alejamiento del mercado y su afición a la autosugestión o el comunismo. Main Street siempre había tenido un ciudadano capaz de hablar con conocimiento de causa sobre las operaciones de compraventa de valores. En aquellos días se convirtió en un auténtico oráculo. En Nueva York, cualquier corrillo o acompañamiento de expresivos y conscientes ciudadanos había contado siempre con algún ilustrado agente de cambio o consejero de inversión oportunamente al corriente de los planes y proyectos sobre pools, sindicatos y conexiones o fusiones, y sabedor además de la dirección de las posibilidades más atractivas. De buena gana aconsejaba a sus amigos sobre las inversiones más interesantes y, presionado a ello, siempre tendría algo que decir sobre lo que sabía del mercado y sobre lo mucho que no sabía del mismo. Pues bien, en aquellos días estos hombres se convirtieron repentinamente en astros de cegadora luz, y eso que muchas veces aparecían rodeados solícitamente de artistas, comediógrafos, poetas y hermosas concubinas.

Entre finales de 1928 y últimos días de julio de 1929, período en el que según el folklore popular los norteamericanos se lanzaron como tiburones a participar en el mercado, el número de cuentas con fianza en todas las Bolsas del país sólo se incrementó en algo más de 50.000. Lo sorprendente de la especulación bursátil de 1929 no fue precisamente la masa de participantes, sino más bien el modo como aquélla se convirtió en el centro de la cultura del país.

La confianza no desapareció inmediatamente. Como ya dijimos, el mes de septiembre y los días transcurridos de octubre trajeron buenas y malas jornadas, y aunque la tendencia del mercado era a la baja, el volumen de negocios era todavía muy alto. En la Bolsa de Nueva York la cifra de valores contratados era casi siempre superior a los cuatro millones y, frecuentemente, superior a los cinco. Durante el mes de septiembre se hicieron nuevas emisiones por un valor superior al de agosto, y regularmente obtenían una prima sobre el precio de oferta. El 20 de septiembre el Times observó que el papel de la recientemente constituida Lehman Corporation, cuyo precio de emisión era 104, se había vendido el día anterior a 136 dólares (en este caso particular se trataba de un trust de inversión bien administrado y orientado, de modo que el entusiasmo del público no era completamente infundado). Los préstamos de los agentes aumentaron durante este mes casi 670 millones de dólares, con mucho la cifra mensual más importante conocida hasta esa fecha. Todo esto demostraba que el celo especulativo no había disminuido.
Aún había otros signos indicadores de que los dioses de la Nueva Era continuaban en sus templos.

Según los historiadores del año 1929, el jueves 24 fue el primer día de pánico. Efectivamente, merece ser considerado así por su desorden, espanto y confusión. Este día se transfirieron 12.894.650 acciones, muchas de ellas a precios que destrozaron los sueños y esperanzas de quienes las habían poseído. De todos los misterios bursátiles, ninguno tan impenetrable como el de por qué tiene siempre que haber un comprador para quienquiera que necesite vender. El 24 de octubre de 1929 demostró que lo misterioso no es inevitable, pues con frecuencia faltaron compradores, ‘y sólo cuando el desplome fue vertical se decidieron éstos a pujar.
El pánico no duró todo el día. El fenómeno se redujo a las primeras horas de la mañana. La apertura del mercado no fue particularmente espectacular y, durante un rato, los precios se mantuvieron firmes. El volumen de contratación, empero, comenzó a aumentar y los precios a aflojar.

El martes 29 de octubre fue el día más devastador en la historia de la Bolsa de Nueva York y, posiblemente, el más devastador en la historia de todos los mercados. Todo lo peor de todos los días anteriores se dio apretada cita en él. El volumen de contratación fue inmensamente superior al del Jueves Negro; la degradación de los precios alcanzó profundidades sólo superadas el lunes. La incertidumbre y la alarma fueron tan grandes como en cualquiera de los dos días citados.
Tan pronto como abrió el mercado, comenzó a venderse con enloquecida urgencia. Se ofrecían grandes masas de valores al precio que quisiesen dar: de haber continuado todo el día el ritmo de venta de la primera media hora el volumen total habría sido de 33 millones de transferencias. Una ventilación huracanada circulaba por las «fugas» de aire que los banqueros hubiesen querido tapar.
En los mismos círculos bursátiles se extendió con fuerza el sentimiento de que una primera medida para restaurar el coraje y la esperanza podía consistir en mandar a paseo los negocios por una temporadita. Durante varios días, en efecto, este sentimiento había ido ganando fuerza. Finalmente, su justificación más importante se basaba en la simple circunstancia de la necesidad que tenía todo el mundo de dormir. Los empleados de algunas entidades bursátiles no habían ido a sus hogares en varios días. Para conseguir habitación en cualquier hotel había que pagar una prima, y los restaurantes del distrito financiero estuvieron abiertos de quince a veinticuatro horas. Los nervios andaban sueltos y ya nadie prestaba atención a errores y faltas porque éstos no eran privilegio de nadie. Después del cierre del martes, un agente de cambio encontró su cesto de los papeles lleno de órdenes incumplidas que había puesto a un lado para atenderlas inmediatamente y olvidado después completamente.

En muchos aspectos el efecto del crash sobre la cifra de estafas fue más significativo que sobre la de suicidios. Para un economista, la estafa es el más interesante de los crímenes. Es la única ratería susceptible de ser fijada sobre un parámetro de tiempo. Pueden pasar semanas, meses e, incluso, años, entre la perpetración del crimen y su descubrimiento (y ya para este momento, de paso, el estafador tiene su ganancia y el estafado, cosa bastante extraña, no siente la pérdida; a no dudar, la riqueza psíquica experimenta un incremento neto). En un momento dado cualquiera, existe un inventario (por hacer) de estafas no descubiertas en los bancos y otros diversos negocios del país. Este inventario quizás debería llamarse «cartera de estafas» al igual que «depósitos», «cartera de valores», etc., asciende en cualquier momento a muchos millones de dólares y sus variaciones siguen fielmente los movimientos de la coyuntura. En los buenos tiempos, el público vive relajado y confiado; el dinero es abundante. Mas, aunque el dinero sea en efecto abundante, siempre hay muchas personas que necesitan más. En estas circunstancias la tasa de estafas aumenta, la tasa de descubrimiento de estafas baja y la cartera de estafas se incrementa rápidamente. En tiempos de depresión todos estos fenómenos se producen a la inversa. Se vigila el dinero con ojos llenos de recelo, atención y sospecha. El hombre que lo maneja es considerado deshonesto por definición mientras no demuestre lo contrario (y, a veces, aunque lo demuestre).

A mediados de noviembre de 1929, por fin, la crisis del mercado se detuvo, al menos por el momento. El nivel mínimo de entonces se alcanzó el 13 de noviembre, un miércoles. El índice industrial del Times cerró a 224, casi la mitad de los 452 del 3 de septiembre último. Sin olvidar que esta cota representaba 82 puntos menos —una cuarta parte aproximadamente— que la del cierre de una sesión sólo dos semanas anterior, en la que John D. Rockefeller había anunciado que él y su hijo comprarían acciones ordinarias. El 13 de noviembre hubo otro episodio de la serie Rockefeller: circuló el rumor de que la familia había ordenado comprar un millón de acciones para asegurar Standard Oil de New Jersey a 50. Durante el resto de noviembre y diciembre la tendencia del mercado fue moderadamente alcista.
La contracción había disminuido su alocada carrera. Sin embargo, el final coincidió con un último esfuerzo tendente a devolver la confianza. Nadie podría asegurar que fue totalmente inútil.

El crash redujo a cenizas la fortuna de muchos cientos de miles de norteamericanos. Entre las personas de categoría la reputación fue el activo que más sufrió los estragos del derrumbe. Su fama de cordura, previsión y, desgraciadamente, también de honradez sufrió una atroz merma.
En conjunto, a quienes habían proclamado durante el crash que la situación económica era «fundamentalmente buena» no se les consideró responsables de sus palabras. Se reconoció la naturaleza meramente ritual de sus manifestaciones; tanto entonces como ahora nadie suponía que semejantes personas tuviesen alguna idea de si la situación económica era buena o mala. Pero el señor Hoover fue una excepción. Sin duda alguna, el presidente sufrió a resultas de sus repetidas predicciones de inminente prosperidad. Sin embargo, Hoover había convertido el simple rito del restablecimiento de la confianza en un importante instrumento político de cara a la opinión pública. Por consiguiente, tenía que ser objeto de comentarios políticos.

Los dos mayores bancos de Nueva York, el Chase y el National City, sufrieron severamente las consecuencias del crash. Naturalmente, participaron de la general maledicencia de los banqueros neoyorquinos, consecuencia última de las grandes esperanzas y las no menores frustraciones del sostén organizado. Pero por desgracia para ellos, hubieron de sufrir también la desventura de tener como presidente, en aquellos tiempos, a jugadores bursátiles de gran estilo. De los dos, la Chase fue el más afortunado.

La quiebra del menor banquero rural del país ocasionaba más trastornos, angustias y privaciones que la insolvencia de Richard Whitney. Sus víctimas pudieron hacer frente a la situación casi por sus propios medios. Y las cantidades robadas, aunque sustanciosas, no le alineaban en las filas de los grandes desfalcadores del momento, puesto que no habrían sido suficientes para pagar los intereses anuales de las estafas de Ivar Kreuger. Empero, desde el punto de vista de los enemigos de Wall Street, su pecado fue ideal. Pocas veces se ha acogido un crimen con más buen humor.
Whitney aparecía absolutamente identificado con la Bolsa, símbolo perfecto del pecado. Más aún, había sido incluso presidente de la institución y su inflexible defensor ante el Congreso y la opinión pública durante su proceso. Por si fuera poco, era republicano y archiconservador y descaradamente socio, dentro de la comunidad financiera, de J. P. Morgan and Company. Además, no había tenido el menor reparo en predicar fervientemente en favor de la honestidad.

El caso de Whitney provocó un fuerte cambio en las relaciones entre la Bolsa y el gobierno federal, y, en cierto modo, entre la Bolsa y la opinión pública en general. En la Ley sobre Títulos y Valores de 1933 y, más específicamente, en la de Contratación de Títulos y Valores de 1934, el gobierno buscaba una fórmula para prohibir las extravagancias más espectaculares de 1928 y 1929. Se exigió una completa y cabal declaración de las nuevas emisiones de títulos, aunque no hubo manera de arbitrar un procedimiento para que los posibles inversores se aplicasen a leer lo que había sido declarado. Se pusieron fuera de la ley las operaciones interiores y las ventas a la baja al estilo del señor Wiggin. El Consejo de la Reserva Federal recibió atribuciones para fijar los porcentajes de los requerimientos de cobertura o fianzas, y si fuese necesario implantar el 100 por 100 y eliminar de esta forma todas las operaciones a plazo con fianza. Se prohibieron las operaciones en pool, las ventas masivas, extender rumores confidenciales o informaciones claramente falsas y otros procedimientos para provocar alzas o bajas artificiales y todo tipo de manipulaciones. La gestión de los bancos comerciales quedó divorciada de la de sus holdings. Y, lo más importante, se enunció el principio de que la Bolsa de Nueva York y todas las demás estarían sujetas a la regulación de los poderes públicos, creándose la Comisión de Valores y Bolsa para aplicar mediante los recursos de la ley tales regulaciones.

El derrumbe del mercado de valores en otoño de 1929 estaba ya implícito en la especulación que le precedió. La única cuestión —o lo único cuestionable— en relación con esa especulación era el tiempo que aún duraría. En algún momento, más pronto o más tarde, comenzaría a debilitarse la confianza en la precaria realidad del valor siempre creciente de las acciones ordinarias. Cuando esto sucediese, ciertas personas empezarían a vender y esta acción destruiría la realidad de los valores en alza. En esas circunstancias no tendría ya sentido la tenencia de títulos en espera de un alza de su valor; la nueva realidad traería consigo precios decrecientes. A continuación se produciría una atropellada carrera para deshacerse de los títulos. Así habían terminado todas las orgías especulativas anteriores. Así terminó la de 1929. E, igualmente, así terminarán todas las que se desarrollen en el futuro.
No sabemos por qué tuvo lugar una orgía especulativa en 1928 y 1929. La explicación, aceptada durante mucho tiempo, de que el crédito era fácil y, por consiguiente, que el público se lanzó confiado a solicitar préstamos para comprar acciones ordinarias a plazo previo aval monetario, es por supuesto un auténtico sinsentido. En muchas ocasiones antes y después, el crédito ha sido igualmente fácil, y no se ha producido en absoluto especulación. Por lo demás, gran parte de la especulación en 1928 y 1929 se hizo con dinero prestado a unos tipos de interés que en años anteriores habría sido considerado astringente.

¿Cuáles son, entonces, las causas de la depresión? Podemos simplificar en cierto modo la tarea de contestar esta pregunta si la dividimos en dos partes. En primer lugar, se plantea el problema de por qué cedió la actividad económica en 1929. Después abordaremos la cuestión mucho más importante de por qué, una vez iniciado el proceso recesivo, éste continuó en esta desgraciada ocasión año tras año agudizando la depresión hasta completar toda una década.
Existen otras posibles explicaciones de la recesión. Los altos tipos de interés, por ejemplo, podrían estar a la base del frustrado o insuficiente progreso de la inversión. Quizás, si bien menos probablemente, fue algún sector frágil —como el agrícola— el agente que habría transmitido la crisis a toda la economía. Y aún se podrían presentar otras tesis. En definitiva, una cosa está clara sobre esta dramática experiencia. Hasta bien entrado el otoño de 1929 la recesión fue limitada: modesta en la actividad económica en general y ligeramente apreciada en el índice de desempleo. Hasta noviembre se pudo argüir que no había ocurrido nada del otro mundo. La economía, como dijimos, ha sufrido similares recesiones. Pero, a diferencia de esas otras ocasiones anteriores, en 1929 la recesión se prolongó insospechadamente y siempre empeorando. Este es el rasgo fundamental específico de la experiencia de 1929. Y es también precisamente el que nosotros necesitamos comprender.

Muchas cosas iban mal, pero el desastre parece haberse debido especialmente a cinco causas íntimas o cinco puntos débiles del sistema en aquel momento. Son los siguientes:

1. La pésima distribución de la renta. En 1929 los ricos eran indudablemente ricos. Las cifras no son enteramente satisfactorias, pero de todos modos parece que el 5 por ciento de la población con rentas más altas recibió aproximadamente la tercera parte de toda la renta personal de la nación.
2. La muy deficiente estructura de las sociedades anónimas. En noviembre de 1929, pocas semanas después del crash, la Harvard Economic Society dio a conocer la principal razón de por qué no era de temer una depresión. Según el razonado juicio de esta institución, «la actividad económica, por lo general, ha sido dirigida con prudencia y conservadurismo». La realidad era que la empresa norteamericana de los años veinte había abierto sus hospitalarios brazos a un número excepcionalmente alto de promotores, arribistas, sinvergüenzas, impostores y todas sus supercherías. Pocas veces, en la larga historia de estas actividades, se las ha visto operar como una marea de latrocinios corporativos de tan vastas proporciones.
3. La pésima estructura bancada. Desde los primeros años del decenio de los treinta, una generación de norteamericanos ha venido oyendo comentarios sobre las prácticas bancarias de los veinte, pronunciados a veces con regocijo, otras con indignación y a menudo con coraje. De hecho, sólo la depresión convirtió estas prácticas en ridículas y risibles. Préstamos que habrían sido perfectamente correctos dejaban de serlo y se convertían en imprudentes y poco juiciosos debido al derrumbe de los precios del prestatario, de los mercados para sus mercancías o del valor de las garantías subsidiarias que empleaba para cubrirse.
4. La dudosa situación de la balanza de pagos. Ésta es una historia familiar. Durante la Primera Guerra Mundial, EE.UU. se convirtió en acreedor internacional. En la década siguiente se mantuvo el excedente de las exportaciones sobre las importaciones, excedente que ya había pagado los intereses y el capital de los préstamos procedentes de Europa. Sin embargo, la historia y los hábitos tradicionales de comercio también influyeron para mantener una balanza (llamada) favorable.
5. Los míseros conocimientos de economía de la época. Parece vagamente impropio apreciar de particularmente obtuso el estado intelectual de las personas de cualquier época, sin olvidar que esta actitud supone un precedente que los miembros de esta generación podrían sentir en su día. Empero, también parece cierto que los economistas y todos aquellos que ofrecían consejo económico durante los últimos años veinte y primeros treinta eran fundamentalmente malos economistas y perversos consejeros.

El crash del mercado de valores fue asimismo un eficacísimo medio para poner de manifiesto y agudizar todas las taras de la estructura de sociedades anónimas. El crash obligó a las compañías de producción situadas al final de la cadena de las holdings a reducir sus gastos y vivir de sus propios recursos. El inmediato colapso de estos sistemas así como el de los trusts de inversión destruyó la disposición a pedir créditos y la no menos necesaria disposición a prestarlos para inversión. Los que durante mucho tiempo han parecido efectos puramente fiduciarios tuvieron, en realidad, una repercusión inmediata al traducirse en planes de producción cada vez más menguados y creciente desempleo.
El crash trajo también la liquidación de los créditos al exterior, con los cuales se había venido equilibrando la balanza internacional de pagos. Desde entonces, el balance sólo pudo equilibrarse, principalmente, mediante una reducción de las exportaciones. Esta nueva situación provocó una inmediata y fuerte presión sobre los mercados algodoneros, del trigo…
Si la economía hubiese estado «fundamentalmente firme y sólida» en 1929 los efectos del gran crash de la Bolsa habrían sido pequeños. Y recíprocamente, la crisis de confianza y la disminución del gasto entre quienes habían sido atrapados por el crash se habría superado inmediatamente. Pero la actividad económica no era firme ni sólida; por el contrario, era extraordinariamente frágil. Y desde luego era vulnerable a un zarpazo como el recibido de Wall Street.

Mas cuando un invernadero se desploma a consecuencia de una tormenta de granizo suele atribuirse a la tormenta algo más que un papel puramente pasivo. Una significación similar debe concederse al tifón que sopló desde el bajo Manhattan en octubre de 1929.

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This is another of those classic books that has not stopped being fashionable due to the prevailing economic events.

An entire generation of historians has attacked Coolidge because of the superficial optimism that prevented him from seeing the great storm that was brewing in the interior and, also but more distantly, abroad. This is grossly unfair. Predicting a disaster does not require courage or foreknowledge.
The American twenties were a really good time. Production and employment were high and constantly increasing. Salaries did not rise too much and prices were stable.
Although many people were still very poor, they were more comfortably settled, prosperous and wealthy, in a word, richer than ever. In short, American capitalism undoubtedly went through a very vigorous phase. Between 1925 and 1929, the number of manufacturing companies increased from 183,000 to 206,700 …
Along with the genuine virtues extolled, the Americans also displayed an amazing desire to get rich quickly and with a minimum of physical effort. The first surprising manifestation of this aspect of his personality took place in Florida, where, in the mid-1920s, Miami, Miami Beach, Coral Gables, the east coast as far as Palm Beach to the north and the cities on the Gulf shores were violently shaken by the famous real estate boom in Florida. In him all the classic elements of the exciting speculative bubble met. Or, at least, the most essential and indispensable were conjugated.

As speculation spread northward, a bold Bostonian, Charles Ponzi, discovered land «near Jacksonville,» located about sixty-five miles west of the city. (We must recognize Ponzi’s fanaticism for good and compact neighborhoods, since he sold twenty-three plots per acre.) In cases where the land was close to the city-such as Maniatan Estates- «only three-quarters of a mile from the prosperous and thriving city of Nettie «, such a city -in the case of Nettie- did not exist or ever existed. Traffic congestion inside the state became such that in the autumn of 1925, the railways refused to transport the less essential goods, among which were the construction materials for the urbanization of the plots. The prices went up prodigiously. Within a radius of 40 miles corresponding to the «interior» area of ​​Miami, land valued at $ 8,000 was sold at 20,000; those facing the sea rose from 15,000 to 25,000 dollars, and the more or less bona fide along the beaches of 20,000 to 75,000.

The public will speculate again and again as long as they have enough money. Could not be farther from the truth. Before and after that date there have been long periods in which credit was plentiful and cheap-much cheaper than in 1927-1929-and yet the speculation was insignificant. And, as we will see later, the situation was not uncontrollable after 1927 either; it was only beyond the reach of men who did not want to control it in any way. The explanation is, simply, a tribute to that so repeated preference – in economic matters – for the most impressive nonsense.

Mr. Hoover’s attitude towards the market, however, was an exceptionally well-kept secret. The American people were unaware of their efforts, systematically frustrated by Coolidge and the Federal Reserve Board, for translating their thoughts into action. The news of his election, far from causing panic, was the largest increase ever recorded in securities trading. On November 7, a day after the election, the stock exchange celebrated the «victory boom», and the most eminent values ​​were raised between 5 and 15 whole.

The genius of capitalism resides without further ado: where there is a real demand someone comes sooner or later to fill the void. In all the great speculative orgies, subtle mechanisms have arisen that have enabled the speculator to devote himself fervently to his business.

The regulation of economic activity is, without doubt, the least elegant and grateful public activity. Almost everyone is opposed to it on principle; its only justification lies in the unattractive argument of the «lesser evil.» The regulation gives rise to fierce debates in Congress, in which the naked interests of lobbyists sometimes show themselves in such a sincere way that they border on the obscene. The promulgation and application of decrees and regulations by means of heavy bureaucracies is a bondage incessantly cracked by criticism. Lately, the regulators have already considered it their obligation to confess whenever there is an occasion their limitations and imperfections, which in any case are too obvious.
The great exception to this sad history is the regulatory activity of central banks – the Federal Reserve System in our country. The regulation in this case is somewhat decorous and appropriate, and no one has thought to justify it. Even the least suspicious conservatives would rise up to defend this form of regulation if they were called upon to do so, although such a thing rarely happens.

It was evident that the Reserve was less interested in controlling and moderating speculation than in discharging all responsibility for the speculation that was developing. And it may be observed that certain anonymous designers abounded in an indicative phraseology that what was truly alarming would not be the level of the market of that time, but that which could be reached later on if the speculation progressed. It is curious, but even these almost incredibly timid words provoked, given the state of nervousness, a serious deterioration of the market.

An estimate corresponding to 1928 counted 186 investment trusts organized in this year. During the first months of 1929, new ones continued appearing at an approximate rate of one per business day. The total figure for the year was 265 new trusts. In 1927 the trusts sold to the public titles for an approximate value of 400 million dollars; in 1929, according to estimates, that figure rose to 3,000 million, which represented about a third of all the new capital issues of that year; in the fall of 1929 the total assets of the investment trusts were estimated at more than 8,000 million dollars, that is, about eleven times the volume of the beginning of 1927.
The parthenogenesis of an investment trust differed considerably from that of an ordinary corporation. In almost all cases it was sponsored by another company, and by 1929 a surprisingly large number of businesses of various kinds were moving towards the constitution of trusts.

The patronage of a trust did not stop having its compensations. The sponsoring entity imposed a management contract on the companies created by it. In general, and in accordance with current conditions, the sponsor managed the affairs of the new investment company, invested its funds and received a bonus calculated on a certain percentage of the capital or profits. If the sponsor was an entity dedicated to the sale of shares, it also received a commission for the purchases and sales of securities made on behalf of its trust. Many of these sponsors were investment banks, which meant, in effect, that such banks «made» securities and then put them on the market. No doubt this procedure allowed them to ensure a satisfactory business offer.
The greatest reward for all these efforts was the enthusiasm with which the public set out to buy securities from the investment trusts.
As the year 1929 progressed, it became clear that a growing number of investors relied on the talent and science of the trusts. This meant, of course, that they were still faced with the serious problem of choosing between a good and a bad trust. The existence of bad trusts was admittedly recognized, although it was not passed from there. In an article published in The Atlantic Monthly of the month of March 1929, Paul C. Cabot said that among the current defects of the new industry should be counted dishonesty, negligence, incompetence and greed. Undoubtedly, these disadvantages were important and Mr. Cabot spoke with some authority, since he was a high official and one of the organizers of a promising investment trust, the State Street Investment Corporation. However, the reaction to these warnings was very poor. On the other hand, such warnings were rare.

The principle of the lever referred to an investment trust is the same as that of the crack-the-whip game. Through the application of known physical laws, a slight movement of the hand becomes a more intense shake at the other end. In an investment trust, the role of the lever was played by the issuance of bonds, preferred shares and ordinary shares, which allowed, more or less exclusively, to acquire a portfolio of ordinary shares. When the value of ordinary shares thus purchased increased -which was always taken for granted- the bonds and preferred shares of the trust were not altered. These securities had a fixed value because their performance had been specified in advance. Most and sometimes all the gain obtained as a result of an increase in the value of the portfolio was concentrated in the ordinary shares of the investment trust, which, therefore, prospered marvelously.

During the summer of 1929 the market dominated not only the news of the press, but also the fiefs of culture. The refined minority who once recognized their interest in Saint Thomas Aquinas, Proust, psychoanalysis, and psychosomatic medicine, then spoke fervently of the United Corporation, United Founders, and Steel. Only the most aggressive eccentrics maintained their distance from the market and their fondness for autosuggestion or communism. Main Street had always had a citizen capable of knowingly speaking about securities transactions. In those days it became an authentic oracle. In New York, any group or accompaniment of expressive and conscious citizens had always had some enlightened change agent or investment advisor in a timely manner of plans and projects on pools, unions and connections or mergers, and knowing in addition to the direction of the most attractive possibilities. He willingly advised his friends about the most interesting investments and, pressed to it, he would always have something to say about what he knew about the market and how much he did not know about it. Well, in those days these men suddenly became stars of blinding light, and that often appeared solicitously surrounded by artists, playwrights, poets and beautiful concubines.

Between the end of 1928 and the last days of July 1929, period in which, according to popular folklore, the Americans launched themselves as sharks to participate in the market, the number of accounts with bail in all the country’s stock exchanges only increased in something more of 50,000. The surprise of the stock market speculation of 1929 was not precisely the mass of participants, but rather the way in which it became the center of the country’s culture.

The trust did not disappear immediately. As we have already said, the month of September and the days of October brought good and bad days, and although the market trend was downward, the volume of business was still very high. On the New York Stock Exchange, the figure of contracted securities was almost always higher than four million and, frequently, higher than five. During the month of September new issues were made for a value higher than that of August, and they regularly obtained a premium over the offer price. On September 20, the Times noted that the role of the newly formed Lehman Corporation, whose issue price was 104, had been sold the previous day at $ 136 (in this particular case it was a well-managed and oriented investment trust, so that the enthusiasm of the public was not completely unfounded). The loans of the agents increased during this month almost 670 million dollars, by far the most important monthly figure known until that date. All this showed that the speculative zeal had not diminished.
There were still other signs that the gods of the New Age continued in their temples.

According to the historians of the year 1929, Thursday the 24th was the first day of panic. Indeed, it deserves to be considered that way because of its disorder, fright and confusion. This day, 12,894,650 shares were transferred, many of them at prices that destroyed the dreams and hopes of those who had possessed them. Of all the stock mysteries, none as impenetrable as why there always has to be a buyer for whoever needs to sell. On October 24, 1929, he demonstrated that the mysterious is not inevitable, since buyers often lacked, and only when the collapse was vertical did they decide to bid.
The panic did not last all day. The phenomenon was reduced to the first hours of the morning. The opening of the market was not particularly spectacular and, for a while, prices remained firm. The volume of hiring, however, began to increase and the prices to loosen.

Tuesday, October 29 was the most devastating day in the history of the New York Stock Exchange and, possibly, the most devastating in the history of all markets. All the worst of all the previous days was tight appointment in him. The volume of hiring was immensely superior to that of Black Thursday; the degradation of prices reached depths only surpassed on Monday. The uncertainty and the alarm were as great as on any of the two days mentioned.
As soon as he opened the market, he began to sell himself with mad urgency. Large masses of values ​​were offered at the price they wanted to give: if the rate of sale of the first half hour had continued all day, the total volume would have been 33 million transfers. Hurricane ventilation circulated through the «leaks» of air that the bankers had wanted to cover.
In the same stock exchange circles, there was a strong feeling that a first step to restore courage and hope could be to send businesses for a short time. For several days, in effect, this feeling had been gaining strength. Finally, its most important justification was based on the simple circumstance of the need that everyone had to sleep. The employees of some stock exchanges had not gone to their homes in several days. To get a room at any hotel, you had to pay a premium, and restaurants in the financial district were open fifteen to twenty-four hours. The nerves were loose and nobody paid attention to mistakes and faults because these were no one’s privilege. After the close of Tuesday, a change agent found his basket of papers full of unfulfilled orders that he had set aside to attend them immediately and then completely forgotten.

In many ways the effect of the crash on the number of scams was more significant than on the number of suicides. For an economist, the scam is the most interesting of the crimes. It is the only shoplifting that can be set on a time parameter. It can take weeks, months and even years between the perpetration of the crime and its discovery (and for this moment, by the way, the scammer has his gain and the scam, something quite strange, does not feel the loss, no doubt , the psychic wealth experiences a net increase). At any given moment, there is an inventory (to be done) of scams not discovered in banks and other various businesses in the country. This inventory should perhaps be called «portfolio of scams» as well as «deposits», «portfolio of securities», etc., amount at any time to many millions of dollars and its variations faithfully follow the movements of the conjuncture. In good times, the public lives relaxed and confident; the money is abundant. But, although money is indeed abundant, there are always many people who need more. In these circumstances the scam rate increases, the scam discovery rate goes down and the scam portfolio increases rapidly. In times of depression all these phenomena occur in reverse. The money is watched with eyes full of suspicion, attention and suspicion. The man who handles it is considered dishonest by definition until proven otherwise (and sometimes, even if it proves it).

In mid-November 1929, at last, the market crisis stopped, at least for the moment. The minimum level then was reached on November 13, one Wednesday. The Times’ industrial index closed at 224, almost half of the 452 on September 3 last. Without forgetting that this level represented 82 points less – a quarter approximately – than the closing of a session only two weeks earlier, in which John D. Rockefeller had announced that he and his son would buy common shares. On November 13 there was another episode of the Rockefeller series: the rumor circulated that the family had ordered to buy one million shares to secure Standard Oil of New Jersey to 50. During the rest of November and December the market trend was moderately bullish .
The contraction had diminished his mad career. However, the end coincided with a last effort aimed at restoring confidence. No one could say that it was totally useless.

The crash reduced the fortunes of many hundreds of thousands of Americans to ashes. Among the people of category, reputation was the asset that suffered the most from the collapse. His fame of sanity, foresight and, unfortunately, also of honesty suffered an atrocious loss.
On the whole, those who had proclaimed during the crash that the economic situation was «fundamentally good» were not held responsible for their words. The merely ritual nature of its manifestations was recognized; both then and now nobody assumed that such people had any idea of ​​whether the economic situation was good or bad. But Mr. Hoover was an exception. Undoubtedly, the president suffered as a result of his repeated predictions of impending prosperity. However, Hoover had turned the simple ritual of restoring trust into an important political instrument for public opinion. Therefore, it had to be the subject of political comments.

The two largest banks in New York, the Chase and the National City, suffered severely the consequences of the crash. Naturally, they participated in the general slander of the New York bankers, the ultimate consequence of the great hopes and the no less frustrations of the organized support. But unfortunately for them, they also had to suffer the misfortune of having as president, in those times, stock players of great style. Of the two, the Chase was the luckiest.

The bankruptcy of the country’s smallest rural banker caused more trouble, anguish and deprivation than the insolvency of Richard Whitney. Their victims were able to face the situation almost by their own means. And the stolen quantities, although substantial, did not rank him in the ranks of the great embezzlers of the moment, since they would not have been enough to pay the annual interest of Ivar Kreuger’s scams. However, from the point of view of Wall Street’s enemies, his sin was ideal. Seldom has a crime with more good humor been accepted.
Whitney appeared absolutely identified with the Stock Exchange, the perfect symbol of sin. Moreover, he had even been president of the institution and his uncompromising defender before Congress and public opinion during his trial. As if that were not enough, he was a Republican and archconservative and unabashedly a member, within the financial community, of J. P. Morgan and Company. Besides, he had not had the slightest qualms about preaching fervently in favor of honesty.

The case of Whitney caused a strong change in the relations between the Stock Exchange and the federal government, and, in a certain way, between the Stock Exchange and public opinion in general. In the Securities and Securities Act of 1933 and, more specifically, in the Securities and Securities Act of 1934, the government was seeking a formula to prohibit the most spectacular extravagances of 1928 and 1929. A complete and complete declaration of the new issues of securities, although there was no way to arbitrate a procedure for potential investors to apply to read what had been declared. Internal operations and downward sales in the style of Mr. Wiggin were outlawed. The Federal Reserve Board was given the authority to set the percentages of the coverage or bond requirements, and if necessary, to implement 100% and thus eliminate all term operations with bail. Banking operations, mass sales, spreading confidential rumors or clearly false information and other procedures to cause artificial ups and downs and all kinds of manipulations were prohibited. The management of commercial banks was divorced from that of their holding companies. And, most importantly, the principle was stated that the New York Stock Exchange and all others would be subject to the regulation of public powers, creating the Securities and Exchange Commission to apply such regulations through the resources of the law.

The collapse of the stock market in the autumn of 1929 was already implicit in the speculation that preceded it. The only question – or the only questionable – in relation to that speculation was the time that would last. At some point, sooner or later, confidence in the precarious reality of the ever-increasing value of ordinary shares would begin to weaken. When this happened, certain people would start selling and this action would destroy the reality of rising values. Under these circumstances, the holding of securities awaiting a rise in their value would no longer make sense; the new reality would bring with it decreasing prices. Then there would be a running race to get rid of the titles. Thus all previous speculative orgies had ended. Thus ended the 1929. And, likewise, this will end all that will develop in the future.
We do not know why a speculative orgy took place in 1928 and 1929. The explanation, accepted for a long time, that credit was easy and, consequently, that the public took it upon itself to request loans to buy ordinary shares in the previous term. monetary, is of course a real nonsense. On many occasions before and after, credit has been equally easy, and there has been no speculation at all. For the rest, much of the speculation in 1928 and 1929 was made with money lent at interest rates that in previous years would have been considered astringent.

What, then, are the causes of depression? We can simplify in some way the task of answering this question if we divide it into two parts. First of all, the problem arises as to why economic activity gave way in 1929. Then we will address the much more important question of why, once the recessive process started, it continued on this unfortunate occasion year after year deepening the depression until completing a whole decade
There are other possible explanations for the recession. High interest rates, for example, could be at the base of the frustrated or insufficient progress of the investment. Perhaps, although less likely, it was some fragile sector – such as agriculture – the agent that would have transmitted the crisis to the entire economy. And other theses could still be presented. In short, one thing is clear about this dramatic experience. Until well into the autumn of 1929 the recession was limited: modest in economic activity in general and slightly appreciated in the unemployment rate. Until November it could be argued that nothing of the other world had happened. The economy, as we said, has suffered similar recessions. But, unlike those other previous occasions, in 1929 the recession went on unsuspectedly and always getting worse. This is the specific fundamental feature of the 1929 experience. And it is also precisely what we need to understand.

Many things went wrong, but the disaster seems to have been due especially to five intimate causes or five weak points of the system at that time. They are the following:

1. The bad distribution of income. In 1929 the rich were undoubtedly rich. The figures are not entirely satisfactory, but in any case it seems that the top 5 percent of the population with the highest incomes received approximately one third of the nation’s entire personal income.
2. The very poor structure of public limited companies. In November 1929, a few weeks after the crash, the Harvard Economic Society released the main reason why depression was not to be feared. According to the reasoned judgment of this institution, «the economic activity, in general, has been directed with prudence and conservatism». The reality was that the American company of the twenties had opened its hospitable arms to an exceptionally high number of promoters, careerists, scoundrels, impostors and all their trickery. Seldom, in the long history of these activities, have they been seen operating as a tide of corporate larceny of such vast proportions.
3. The bad bank structure. Since the early 1930s, a generation of Americans has been hearing comments about the banking practices of the twenties, sometimes delivered with rejoicing, sometimes with indignation and often with courage. In fact, only depression made these practices ridiculous and laughable. Loans that would have been perfectly correct ceased to be so and became imprudent and unwise because of the collapse of the borrower’s prices, the markets for his merchandise or the value of the collateral he used to cover himself.
4. The dubious situation of the balance of payments. This is a family story. During the First World War, USA He became an international creditor. The surplus of exports over imports remained in the following decade, a surplus that had already paid interest and capital on loans from Europe. However, history and traditional trading habits also influenced to maintain a favorable balance.
5. The miserable knowledge of economics of the time. It seems vaguely improper to appreciate the intellectual state of the people of any epoch, particularly of obtuse, without forgetting that this attitude supposes a precedent that the members of this generation could feel in their day. However, it also seems certain that the economists and all those who offered economic advice during the late twenties and early thirties were fundamentally bad economists and perverse advisors.

The crash of the stock market was also a very effective means to highlight and sharpen all the defects of the structure of corporations. The crash forced the production companies located at the end of the chain of holding companies to reduce their expenses and live on their own resources. The immediate collapse of these systems as well as that of the investment trusts destroyed the willingness to ask for loans and the no less necessary provision to lend them for investment. Those that for a long time have seemed purely fiduciary effects had, in fact, an immediate repercussion when translated into increasingly diminished production plans and growing unemployment.
The crash also brought the liquidation of loans abroad, with which the international balance of payments had been balanced. Since then, the balance could only be balanced, mainly through a reduction in exports. This new situation caused an immediate and strong pressure on the cotton, wheat markets …
If the economy had been «fundamentally sound and solid» in 1929, the effects of the big stock market crash would have been small. And reciprocally, the crisis of confidence and the decrease in spending among those who had been caught by the crash would have been overcome immediately. But economic activity was not firm or solid; on the contrary, it was extraordinarily fragile. And of course he was vulnerable to a claw like the one received from Wall Street.

But when a greenhouse collapses as a result of a hail storm is usually attributed to the storm something more than a purely passive role. A similar significance should be given to the typhoon that blew up from lower Manhattan in October 1929.

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