Huellas: En Busca Del Mundo Que Dejaremos Atrás — David Farrier / Footprints: In Search of Future Fossils by David Farrier

Farrier explora las profundidades del tiempo profundo (millones de años o más) y se propone imaginar cuáles serán los fósiles que dejarán nuestras ciudades, materiales y forma de vida. Desde cosas como el concreto y el asfalto, pasando por la concentración de carbono en la atmósfera y los desechos nucleares, hasta la disminución de la diversidad microbiana y el almacenamiento de datos en el ADN, el autor muestra cómo nuestras acciones tienen consecuencias mucho más profundas de lo que pensamos. .
Sin embargo, a lo largo de la lectura, seguí preguntándome: ¿a quién le importan esas cosas?
Farrier sugiere que, «durante un tiempo profundo, se reponía un sentido de misterio agotado por los lazos que se aflojaban de la fe religiosa». Esta toma de tiempo profundo parece dar algo de sacralidad a las acciones de nuestro día a día, pero fracasa cuando nos damos cuenta de que tal vez no haya nadie que escudriñe los datos. O tal vez, si los humanos logran sobrevivir en el tiempo profundo, no habrá nadie que se preocupe por nuestra edad y nuestras acciones, así como nos importan poco las angustias y decisiones de quienes vivieron unos siglos antes que nosotros.
Tal vez para contrarrestar eso, Farrier reflexiona sobre que los únicos seres inmortales en el planeta son una especie de medusa, y uno de los científicos a los que entrevistó bromeó diciendo que las cucarachas deberían evolucionar lo suficiente como para analizar los fósiles que dejó el antropoceno: ¡la era de los humanos! – Habría mucho por descubrir. Pero, ¿les importaría?
El libro termina con una historia sobre un poema escrito en el ADN de una bacteria imposible de matar enviada a Marte. Un poema para nadie, parece … ¿O fue para los marcianos, a quienes quizás no les importa menos la poesía humana ?.
Crean lo que puedan sobre el tiempo profundo, digo que solo importa si estamos cerca para preocuparnos: para darle significado e importancia a esa historia, y también para cuidar el planeta y el archivo de la humanidad en que se convirtió.
¡Un profesor de literatura busca huellas futuras de las acciones humanas de hoy en todo el mundo! Es una síntesis creativa de escritura literaria y hechos científicos para mostrar de la manera más completa posible, diferentes evidencias del Antropoceno; lleno de citas sabias de diferentes fuentes filosófico-literarias. Pero en el análisis final, ¡el libro no fue lo que se esperaba!.

El libro es un intento por descubrir cómo seremos recordados en un futuro muy profundo. Aunque las personas hemos estado modificando la tierra y cambiando los ecosistemas desde hace miles de años, las alteraciones causadas al planeta y los materiales cada vez más duraderos que hemos fabricado (sobre todo en el hemisferio norte) desde la revolución industrial se han producido con una velocidad y una innovación sin precedentes, y dejarán marcas que serán también duraderas, mucho más que cualquier cosa producida por los humanos hasta la fecha.
Nuestros fósiles futuros son nuestro legado y, por lo tanto, nuestra oportunidad de elegir cómo seremos recordados.

Las carreteras modernas conectan el mundo que hemos creado. Se calcula que hay más de cincuenta millones de kilómetros de vías por todo el mundo, al menos una tercera parte de las cuales está pavimentada. Esa cantidad es suficiente para dar la vuelta al planeta mil trescientas veces. China, por sí sola, tiene más de cuatro millones de kilómetros de carreteras asfaltadas. La historia que contarán nuestros fósiles futuros estará, en algunos aspectos, condicionada por esta red. Muchos icnofósiles son marcas producidas por el paso de alguna criatura por ese lugar mucho tiempo atrás. Aunque creadas por nuestras máquinas en lugar de por nosotros, las carreteras serán, en este aspecto, tan reveladoras como cualquier huella dejada por un pie.
Asociamos las carreteras con la sensación de libertad. Viajes como el de Kerouac se han convertido en un símbolo del crecimiento libre y del autodescubrimiento, un horizonte abierto que nos ofrece infinitas posibilidades. Las carreteras hacen que nos sintamos modernos. Nos abren el mundo para nosotros, pero, tal como señaló Emerson, también dictan la dirección que tomamos. Las carreteras nos acompañan durante una gran parte de nuestras vidas —¿cuánto tiempo pasa cualquiera de nosotros alejado más de cien metros de una carretera o fuera del alcance de sus voces susurrantes?— y, sin embargo, de alguna manera nos hemos habituado a no ser conscientes de su presencia.

Nueva Orleans está construida sobre una base muy profunda compuesta por arcilla y sedimentos saturados de agua, depositados por el río Misisipi durante miles de años. Muchos de los diques fallaron porque fueron construidos sobre arenas movedizas. Las barreras se derrumbaron cuando el agua socavó el suelo blando sobre el que se encontraban; algunas de las más antiguas se habían hundido casi un metro por debajo del nivel del mar antes de que llegase la tormenta. La ciudad pesaba, literalmente, demasiado para que el suelo pudiera soportarla. Este hundimiento progresivo, llamado subsidencia, fue descrito por primera vez a finales del siglo XIX. Una necesidad cada vez mayor de agua subterránea, que crea bolsas subterráneas que luego son comprimidas por la tierra que hay sobre ellas, y el represamiento río arriba del Misisipi, que evita el rellenado de sedimentos, han socavado la ciudad hasta el punto de que ahora se cree que se está hundiendo unos 12 milímetros al año. Otras grandes ciudades que también se construyeron sobre deltas blandos sufren el mismo problema. Desde 1900, Bangkok se ha hundido 1,6 metros, Shanghái unos 2,6 metros y la parte oriental de Tokio unos increíbles 4,4 metros. El hundimiento de Nueva Orleans es cuatro veces más rápido que el ascenso del nivel del mar. Alrededor de la mitad de la ciudad está ya bajo el nivel del mar y su punto más bajo llega a los dos metros.
Nadie sabe lo rápido que subirá el nivel de los océanos. Pero todas las historias antiguas sobre inundaciones, desde la de Noé hasta la de Gilgamesh, surgieron durante el período interglaciar más reciente, cuando, según creemos, el nivel del agua subió entre uno y dos metros cada siglo.
Hay suficiente hielo encerrado en las capas de hielo del planeta y en los glaciares para que el nivel del mar suba 60 metros respecto al nivel actual. Si se derritiera todo el hielo, los océanos redibujarían el mapa mundial. Norteamérica se hundiría por su lado oeste; Sudamérica se vería consumida por el crecimiento de deltas enormes tierra adentro. El Reino Unido sería una versión muy reducida de lo que conocemos hoy. En Australia, el agua entraría por el golfo Spencer hacia el Centro Rojo del continente. La costa de China se retiraría hasta Beijing, a 150 kilómetros de su actual posición.
La pérdida de todo el hielo es una fantasía, pero no lo es el colapso de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida Occidental, y juntas harían aumentar el nivel del mar unos once metros. Un aumento de este calibre tardaría siglos en producirse, incluso decenas de miles de años, pero si llegamos a un punto en el que el colapso sea irreversible, este sellará el destino de todas las ciudades costeras. Su letanía sería como un lamento para la cultura mundial. Calcuta. Yakarta. Shanghái. Londres. Copenhague. Argel. Lagos. Miami. Nueva York. Houston. Nueva Orleans. Cancún. Buenos Aires.
Venecia ha estado unida al mar durante mil años. Cada año, en la Fiesta de la Ascensión, una procesión de barcas se dirige remando hacia la laguna liderada por el dux, el magistrado jefe de la república y el patriarca. En la desembocadura de la laguna, el patriarca rompe una ampolla de agua sagrada y la vierte sobre las olas, mientras que el dux se quita un anillo dorado del dedo y lo lanza al mar, proclamando: «Te desposamos, ¡oh, mar!, como signo de verdadero y perpetuo dominio». Su intención es apaciguar las aguas y mantener el equilibrio del que depende su prosperidad.
Identificada en la iconografía del Renacimiento con Venus, la diosa del mar, Venecia es una ciudad construida sobre el agua.

Las historias conectan lugares y sucesos, y de esa conexión se extrae un significado; las fábulas moldean nuestra comprensión del mundo y de nuestro lugar en él. Contar historias es fundamental para ser humano. Antes del recipiente, solo existía el presente y lo que se tenía a mano. Pero, para el cuentacuentos, todo el mundo puede ser utilizado y moldeado en una fábula.
Nadie puede asegurar cuándo fue imaginada la primera vasija, pero sí que sabemos que en 1953 se inventó un método para fabricar polietileno de alta densidad, y en 1965 una patente para convertirlo en la bolsa de plástico. Ya sabemos cómo sigue el resto de la historia.
En 1950, la cantidad de plástico fabricado cada año era de alrededor de dos millones de toneladas; en 2015, era de cuatrocientos millones. La producción acumulada durante la era de plástico sobrepasa los seis mil millones de toneladas y es muy posible que cada trozo de plástico producido y no incinerado siga estando presente de alguna forma. Se cree que hay más de cinco billones de trozos individuales de plástico en los océanos del mundo, una gran parte de ellos acumulados por los vórtices de las corrientes oceánicas en enormes islas de basura; son, además, una porción importante de los miles de toneladas de basura espacial que orbitan alrededor del planeta.
No somos conscientes de la presencia del plástico porque, como observó Barthes, los artefactos plásticos solo tienen presente. Tanto la madera como la piedra retienen algo de sus orígenes en sus texturas y densidades; el plástico está alejado de su pasado y absorbido por el presente. La mayoría de los objetos plásticos están diseñados de tal forma que solo existen para nosotros mientras los utilizamos. Aparecen cuando los necesitamos y desaparecen cuando ya no nos son útiles. Son el pegamento imperceptible que mantiene unida una vida compuesta por actos desconectados. Puede que esta sea la razón por la que parecen extrañamente atemporales.

Durante la mayor parte de nuestra historia como especie, nuestro desarrollo ha estado condicionado por el alcance del hielo, dado que nos ha permitido vivir solo en ciertas partes del planeta. El cerebro humano evolucionó hasta su tamaño y complejidad actuales hace doscientos mil años, y con ello alcanzó la capacidad de raciocinio necesaria para desarrollar civilizaciones. Pero todo ese potencial quedó en suspenso hasta que las grandes capas planetarias de hielo se encogieron hasta ocupar tan solo los polos, hace unos doce mil años, al final de la última edad de hielo (que forma parte de un patrón de glaciación mayor, que abarca dos millones y medio de años). En muy poco tiempo, aparecieron los cultivos, se erigieron ciudades y empezó la escritura.
El hielo es el lugar donde se guarda la memoria del planeta. Tal como señala el historiador Tom Griffiths, «antes de que la Antártida fuera siquiera divisada por los humanos, ya albergaba pruebas de nuestro impacto». Lo que parecía ser un inmenso espacio vacío era, de hecho, una máquina dinámica de preservación de la memoria, un archivo global que abarca cientos de miles de años. Nuestros rastros se hunden en el hielo, donde son guardados para su conservación. Si se hiciera un corte transversal de la capa de hielo, este revelaría un mapa de la memoria climática del planeta, exacto no solo año tras año, sino también estación tras estación. Y cada nueva nevada crea una capa de fósiles futuros: un nuevo depósito en la biblioteca helada.
La leyenda de la caja de Pandora cuenta cómo escaparon todos los males del mundo cuando Pandora abrió un cofre maldito que le entregó Zeus. Pero el deshielo global promete una liberación mucho más terrible que la plaga que surgió de la caja de Pandora. Si se cumplen las peores predicciones, con la inundación vendrá la sequía, ya que el deshielo hará que crezca el nivel del mar mientras que miles de millones de personas que dependen de los glaciares por el agua se encontrarán con que esa fuente —que pensaban que duraría eternamente— habrá desaparecido por completo.
En 2018, científicos de la Antártida anunciaron un descubrimiento extraordinario: el hielo estaba cantando.
Para monitorizar con éxito los cambios producidos en la banquisa de hielo de Ross, en la Antártida, un grupo de sismólogos colocó treinta y cuatro sensores sísmicos a dos metros de profundidad en el interior de la capa de nieve granular…

Además del efecto de blanqueo de los mares calientes, a los corales también les afectan los cambios que se producen en la química oceánica. Un tercio del dióxido de carbono producido por la quema de combustibles fósiles desde mediados del siglo XIX ha sido absorbido por los océanos —alrededor de 120 mil millones de toneladas—. Cuando el dióxido de carbono se diluye en el agua produce ácido carbónico. En la actualidad, el pH de los océanos del mundo ha descendido 0,1 puntos, una cantidad aparentemente modesta que esconde una realidad mucho más grave. Dado que el pH se mide en una escala logarítmica, 0,1 representa un aumento de hasta un 30 % de acidez. Los corales necesitan carbonato cálcico para fabricar sus estructuras; los crustáceos, incluido el krill, situado en el inicio de la cadena alimenticia marina, lo necesitan para construir sus caparazones. Más ácido carbónico disuelve más iones de carbono presentes en el agua, por lo que los constructores de arrecifes y caparazones no disponen de los suficientes materiales con los que trabajar. Este cambio es irreversible, al menos en una escala de tiempo humana. Harán falta decenas de miles de años para que los mares recuperen su estado químico preindustrial.
Los corales también tienen que hacer frente a otras amenazas. Los pólipos deben estar construyendo continuamente para mantener las estructuras coralinas lo suficientemente cerca de la superficie, pues necesitan absorber luz solar. Si los niveles crecientes del mar hunden un arrecife por debajo de la zona fotovoltaica, sus zooxantelas no podrán realizar la fotosíntesis y los pólipos morirán de hambre: en otras palabras, los arrecifes de coral pueden ahogarse. También pueden sufrir enfermedades transmitidas por el agua que circulan mejor en las aguas calientes. Las tormentas tropicales, que cada vez son más comunes y violentas, pueden dañar también a los arrecifes vulnerables.
Los defensores de los arrecifes artificiales saben que no se trata de una solución definitiva al problema del calentamiento de los océanos, pero esperan que la tecnología implicada pueda comprar el tiempo suficiente para que se mantenga el coral mientras abordamos las causas del calentamiento y la acidificación, pero, a medida que cambia la química de los océanos, se hace menos probable que haya alguna zona en la que pueda sobrevivir el coral.

El metabolismo de las medusas se acelera cuando las aguas están más calientes, mientras que, si son más ácidas, ablandan los caparazones de muchos crustáceos; el agua caliente puede incluso desencadenar la reproducción de algunas especies de medusas. Las vías marítimas que unen los puertos de todo el mundo les sirven de autopistas, ya que son succionadas por el agua de lastre de los barcos para ser vertidas al finalizar el viaje, invadiendo nuevos ecosistemas en puertos distantes que están muy poco preparados para lidiar con estos invasores. Mnemiopsis, una medusa del tamaño de un huevo, ocultó su diminuto tamaño para propagarse sin obstáculo alguno por todo el mundo en un par de décadas; desde Estados Unidos, ha colonizado el mar Muerto, el mar Caspio, el mar del Norte, el mar Báltico y el Mediterráneo.
El éxito de las medusas está teniendo toda clase de consecuencias inquietantes e inesperadas. Las centrales eléctricas suelen estar situadas en la costa porque necesitan tener acceso a grandes cantidades de agua como sistema de enfriamiento. En junio de 2011, una concentración masiva de medusas luna bloqueó los sistemas de filtración de dos centrales nucleares, separadas por más de 8.800 kilómetros, obligando a ambas a cerrar temporalmente: la central nuclear de Torness, a cincuenta kilómetros de Edimburgo.
Las medusas tienen éxito porque, básicamente, son como las malas hierbas. Existe una enorme variedad de formas y se pueden encontrar prácticamente en cualquier sitio, desde el suelo oceánico hasta la superficie, y en cualquier latitud, desde las aguas heladas de los polos a las cálidas de los trópicos. Cada especie se desarrolla pasando por dos fases: la fase de pólipo que es bentónica (sobre el suelo marino) y la fase de medusa, que es pelágica (en la columna de agua). Cada una de ellas se reproduce de manera diferente. La fase de medusa es la que solemos reconocer como tal, flota, es pegajosa y de aspecto vidrioso y utiliza la reproducción sexual; a través de esta, macho y hembra se unen para generar pólipos. En lugar de madurar y convertirse en una nueva medusa, los pólipos también se reproducen, pero lo hacen asexualmente mediante un proceso conocido como estrobilación. El pólipo se elonga y se separa produciendo discos de medusas larvales, como un croupier repartiendo fichas de juego. En realidad, se está clonando. Incluso si el pólipo muere, sus clones genéticos siguen viviendo para crear nuevas medusas.
Una especie, Turritopsis dohrnii, va un paso más allá. Es diminuta mide tan solo unos pocos milímetros de ancho, posee cientos de tentáculos y una campana transparente que deja ver una brillante mancha carmesí, el estómago. Cuando la medusa muere, un puñado de sus células se separan del animal muerto y, de alguna manera (nadie sabe exactamente cómo), se encuentran entre sí y se agrupan en colonias microscópicas que, con el tiempo, forman un nuevo pólipo. Toda la vida compleja de la tierra vive a la sombra de la muerte; la muerte celular es el precio de la reproducción sexual.
Los huecos están para ser rellenados. Donde no debería haber nada vivo, algo prospera. Las medusas reinaron en los océanos durante millones de años, y están preparadas para volver a hacerlo una vez más.

El cambio constante es la característica más fundamental del mundo microbiano. Las formas de vida unicelulares existen desde hace unos cuatro mil millones de años, y cada una de las innumerables generaciones ha nacido con una ligera diferencia respecto a la anterior, una diminuta imperfección en el proceso de copia. Incluso se ha sugerido que existen tantas especies diferentes como bacterias individuales han existido —una idea que es lo suficientemente extraordinaria si tenemos en cuenta que deben de existir unos cinco quintillones de bacterias en la Tierra en cualquier momento dado—. Se cree que otro trillón —1.000.000.000.000.000.000— viven en las partículas de polvo de la atmósfera, y entre el 50 % y el 90 % de la biomasa oceánica corresponde a células microbianas. Incluso los microbios que viven en los océanos están evolucionando para consumir restos plásticos y, en 2016, científicos japoneses descubrieron una bacteria en una fábrica de reciclaje de botellas de plástico.

Los fósiles futuros plantean un reto peculiar: aprender a ver un cambio que se producirá dentro de un tiempo, pero del que ya hay indicios. Los fósiles futuros nos muestran que no solo tenemos un deber con las generaciones que vienen a continuación de la nuestra, los hijos de los hijos de nuestros hijos, sino con seres humanos de los que nos separan cientos, incluso miles de generaciones. Son personas cuyos idiomas y culturas serán completamente diferentes a lo que conocemos o lo que podemos imaginar, pero que tendrán que vivir en un mundo deformado por nuestras decisiones, tomadas milenios antes de que ellos nacieran. Cuanto más aprendamos a ver el nuevo mundo que vendrá por nuestra inacción, más capaces seremos, creo, de imaginar una posible alternativa, para nosotros mismos y para aquellos que vendrán después.
Sin embargo, es una tarea que está muy lejos de ser fácil.

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Farrier explores the depths of deep time (millions of years, or more) and sets out to imagine what will be the fossils that our cities, materials, and way of living will leave behind. From things like concrete and tarmac, passing through the concentration of carbon in the atmosphere and nuclear waste, all the way to the decrease of microbial diversity and data storage in DNA, the author shows how our actions have consequences way more profound than we might think.
However, throughout the reading, I kept wondering: who will care about those things?
Farrier suggests that, «for some, deep time replenished a sense of mystery depleted by the loosening bonds of religious faith». This take on deep time seems to give some sacrality to our everyday’s actions, but it falls flat when we realize that maybe there will be no one to sift through the data. Or maybe, if humans manage to suvive into deep time, there will be no one who cares about our age and our actions, just as we care little about the anguishes and decisions of those who lived a few centuries before us.
Maybe to counteract that, Farrier muses that the only immortal beings on the planet are a species of jellyfish, and one of the scientists he interviewed jests that should cockroaches evolve enough to analyze the fossils left by the anthropocene – the age of humans! – there would be a lot to discover. But would they care?
The book finishes with a story about a poem written on the DNA of an unkillable bacteria sent to Mars. A poem for no one, it seems… Or was it for the martians, who maybe couldn’t care less for human poetry?.
Believe what you may about the deep time, I say that it only matters if we are around to care: to attach meaning and importance to that story, and also to look after the planet and the archive of humanity it became.
A literature teacher looks for future footprints of today human actions world-wide! It is a creative synthesis of literary writing and scientific facts to show as comprehensively as possible, different evidences of Anthropocene; full of wise quotes from different philosophical- literary sources. But at the final analysis, the book was not what I was expected!.

The book is an attempt to discover how we will be remembered in a very deep future. Although people have been modifying the earth and changing ecosystems for thousands of years, the disruptions caused to the planet and the increasingly durable materials that we have manufactured (especially in the northern hemisphere) since the industrial revolution have occurred with a unprecedented speed and innovation, and they will leave marks that will also last, far longer than anything man-made to date.
Our future fossils are our legacy and therefore our chance to choose how we will be remembered.

Modern roads connect the world we have created. It is estimated that there are more than fifty million kilometers of roads around the world, at least a third of which is paved. That amount is enough to go around the planet 1,300 times. China alone has more than four million kilometers of paved roads. The story that our future fossils will tell will, in some respects, be conditioned by this network. Many ichnofossils are marks produced by the passage of some creature through that place long ago. Although created by our machines rather than by us, the roads will be as revealing in this respect as any footprint.
We associate the roads with the feeling of freedom. Trips like Kerouac’s have become a symbol of free growth and self-discovery, an open horizon that offers us infinite possibilities. Roads make us feel modern. They open up the world to us, but, as Emerson pointed out, they also dictate the direction we take. Roads are with us for a large part of our lives – how long do any of us spend more than a hundred meters away from a road or out of reach of their whispering voices? – and yet we have somehow gotten used to not be aware of their presence.

New Orleans is built on a very deep foundation made up of clay and water-saturated sediments, deposited by the Mississippi River over thousands of years. Many of the levees failed because they were built on quicksand. The barriers collapsed as the water undermined the soft soil on which they stood; some of the oldest had sunk nearly a meter below sea level before the storm hit. The city was literally too heavy for the ground to support. This progressive subsidence, called subsidence, was first described in the late 19th century. A growing need for groundwater, which creates underground pockets that are then compressed by the soil above them, and damming upstream of the Mississippi, which prevents sediment backfill, have undermined the city to the point that now it is believed to be sinking about 12 millimeters a year. Other large cities that were also built on soft deltas suffer from the same problem. Since 1900, Bangkok has sunk 1.6 meters, Shanghai 2.6 meters and the eastern part of Tokyo an incredible 4.4 meters. The sinking of New Orleans is four times faster than the rise in sea level. About half of the city is already below sea level and its lowest point reaches two meters.
No one knows how fast the level of the oceans will rise. But all the ancient flood stories, from Noah’s to Gilgamesh’s, emerged during the most recent interglacial period, when, we believe, the water level rose between one and two meters every century.
There is enough ice encased in the planet’s ice sheets and glaciers for the sea level to rise 60 meters from the current level. If all the ice melted, the oceans would redraw the world map. North America would sink on its western side; South America would be consumed by the growth of huge deltas inland. The UK would be a very reduced version of what we know today. In Australia, the water would enter the Spencer Gulf into the continent’s Red Center. The coast of China would retreat to Beijing, 150 kilometers from its current position.
The loss of all the ice is a fantasy, but the collapse of the Greenland and West Antarctic ice sheets is not, and together they would raise sea levels by about eleven meters. An increase of this caliber would take centuries to occur, even tens of thousands of years, but if we reach a point where the collapse is irreversible, it will seal the fate of all coastal cities. His litany would be like a lament for world culture. Calcutta Jakarta. Shanghai London. Copenhagen. Algiers. Lakes. Miami. New York. Houston. New Orleans. Cancun. Buenos Aires.
Venice has been linked to the sea for a thousand years. Every year, on the Feast of the Ascension, a procession of boats paddles towards the lagoon led by the doge, the chief magistrate of the republic and the patriarch. At the mouth of the lagoon, the patriarch breaks a vial of sacred water and pours it over the waves, while the doge removes a golden ring from his finger and throws it into the sea, proclaiming: «We marry you, oh sea! , as a sign of true and perpetual dominion ». His intention is to calm the waters and maintain the balance on which your prosperity depends.
Identified in Renaissance iconography with Venus, the goddess of the sea, Venice is a city built on water.

Stories connect places and events, and from that connection a meaning is drawn; fables shape our understanding of the world and our place in it. Telling stories is fundamental to being human. Before the container, there was only the present and what was at hand. But, for the storyteller, everyone can be used and molded into a fable.
No one can be sure when the first vessel was imagined, but we do know that a method to make high-density polyethylene was invented in 1953, and in 1965 a patent to convert it into the plastic bag. We already know how the rest of the story goes.
In 1950, the amount of plastic manufactured each year was around two million tons; in 2015, it was four hundred million. Cumulative production during the plastic era exceeds six billion tons and it is quite possible that every piece of plastic produced and not incinerated is still present in some form. There are believed to be more than five trillion individual pieces of plastic in the world’s oceans, much of it accumulated by the vortices of ocean currents into huge islands of garbage; they are also a significant portion of the thousands of tons of space debris that orbit the planet.
We are not aware of the presence of plastic because, as Barthes observed, plastic artifacts are only present. Both wood and stone retain something of their origins in their textures and densities; plastic is removed from its past and absorbed by the present. Most plastic objects are designed in such a way that they only exist for us while we are using them. They appear when we need them and disappear when they are no longer useful to us. They are the imperceptible glue that holds together a life made up of disconnected acts. This may be the reason why they seem strangely timeless.

For most of our history as a species, our development has been conditioned by the extent of ice, since it has allowed us to live only in certain parts of the planet. The human brain evolved to its current size and complexity two hundred thousand years ago, thereby achieving the reasoning capacity necessary to develop civilizations. But all that potential was put on hold until the great planetary ice sheets shrank to just occupy the poles, some twelve thousand years ago, at the end of the last ice age (part of a larger glaciation pattern, which spans two and a half million years). In a very short time, crops appeared, cities were erected, and writing began.
Ice is the place where the memory of the planet is kept. As historian Tom Griffiths points out, «Before Antarctica was even seen by humans, it already harbored evidence of our impact.» What appeared to be an immense empty space was, in fact, a dynamic memory preservation machine, a global archive spanning hundreds of thousands of years. Our tracks sink into the ice, where they are kept for conservation. If a cross section of the ice sheet were made, it would reveal a map of the planet’s climatic memory, accurate not only year after year, but also season after season. And each new snowfall creates a layer of future fossils: a new deposit in the frozen library.
The legend of Pandora’s box tells how all the evils of the world escaped when Pandora opened a cursed chest that Zeus gave her. But the global thaw promises a liberation far more terrible than the plague that emerged from Pandora’s box. If the worst predictions come true, with the flood will come drought, since the thaw will cause the sea level to rise while billions of people who depend on glaciers for water will find that this source – who thought that it would last forever — it will be completely gone.
In 2018, Antarctic scientists announced an extraordinary discovery: the ice was singing.
To successfully monitor the changes in the Ross ice pack in Antarctica, a group of seismologists placed thirty-four seismic sensors two meters deep inside the granular snow cover …

In addition to the bleaching effect of warm seas, corals are also affected by changes in ocean chemistry. One third of the carbon dioxide produced by the burning of fossil fuels since the mid-19th century has been absorbed by the oceans – about 120 billion tons. When carbon dioxide is diluted in water it produces carbonic acid. Currently, the pH of the world’s oceans has dropped 0.1 points, an apparently modest amount that hides a much more serious reality. Since pH is measured on a logarithmic scale, 0.1 represents an increase of up to 30% in acidity. Corals need calcium carbonate to make their structures; crustaceans, including krill, located at the beginning of the marine food chain, need it to build their shells. More carbonic acid dissolves more carbon ions in the water, so reef and shell builders don’t have enough materials to work with. This change is irreversible, at least on a human time scale. It will take tens of thousands of years for the seas to regain their pre-industrial chemical state.
Corals also face other threats. The polyps must be continually building to keep the coral structures close enough to the surface, as they need to absorb sunlight. If rising sea levels sink a reef below the PV zone, its zooxanthellae will not be able to photosynthesize and the polyps will starve – in other words, coral reefs can drown. They can also suffer from waterborne diseases that circulate better in warm waters. Tropical storms, which are becoming more common and violent, can also damage vulnerable reefs.
Advocates of artificial reefs know that this is not a definitive solution to the problem of warming oceans, but they hope that the technology involved can buy enough time for coral to remain while we address the causes of warming and acidification. But as the chemistry of the oceans changes, it becomes less likely that there will be any areas in which coral can survive.

The metabolism of jellyfish is accelerated when the waters are warmer, while, if they are more acidic, they soften the shells of many crustaceans; hot water can even trigger the reproduction of some species of jellyfish. The sea lanes that link ports around the world serve as highways, as they are sucked up by the ballast water of the ships to be discharged at the end of the trip, invading new ecosystems in distant ports that are very poorly prepared to deal with these invaders. Mnemiopsis, a jellyfish the size of an egg, hid its tiny size to spread unimpeded around the world in a couple of decades; From the United States, it has colonized the Dead Sea, the Caspian Sea, the North Sea, the Baltic Sea and the Mediterranean.
The success of the jellyfish is having all kinds of unsettling and unexpected consequences. Power plants are often located on the coast because they need access to large amounts of water as a cooling system. In June 2011, a massive concentration of moon jellyfish blocked the filtration systems of two nuclear power plants, separated by more than 8,800 kilometers, forcing both to temporarily close: the Torness nuclear power plant, fifty kilometers from Edinburgh.
Jellyfish are successful because they are basically like weeds. There are a huge variety of shapes and they can be found almost anywhere, from the ocean floor to the surface, and at any latitude, from the icy waters of the poles to the warm waters of the tropics. Each species develops through two phases: the polyp phase, which is benthic (on the sea floor) and the jellyfish phase, which is pelagic (in the water column). Each of them reproduces differently. The jellyfish phase is what we usually recognize as such, it floats, is sticky and glassy in appearance and uses sexual reproduction; Through this, male and female unite to generate polyps. Instead of maturing into a new jellyfish, polyps also reproduce, but they do so asexually through a process known as strobilation. The polyp elongates and spreads, producing disks of larval jellyfish, like a dealer handing out gambling chips. Actually, it is being cloned. Even if the polyp dies, its genetic clones continue to live to create new jellyfish.
One species, Turritopsis dohrnii, goes one step further. It is tiny, measuring only a few millimeters across, has hundreds of tentacles and a transparent bell that reveals a bright crimson spot, the stomach. When the jellyfish dies, a handful of its cells detach from the dead animal and somehow (no one knows exactly how) they find each other and clump together into microscopic colonies that eventually form a new polyp. All complex life on earth lives in the shadow of death; cell death is the price of sexual reproduction.
The gaps are to be filled. Where there should be nothing alive, something thrives. Jellyfish ruled the oceans for millions of years, and they’re poised to do so once again.

Constant change is the most fundamental characteristic of the microbial world. Single-celled life forms have existed for about four billion years, and each of the innumerable generations was born with a slight difference from the previous one, a tiny imperfection in the copying process. It has even been suggested that there are as many different species as individual bacteria have existed – an idea that is extraordinary enough when you consider that there must be about five quintillion bacteria on Earth at any given time. Another trillion – 1,000,000,000,000,000,000 – are believed to live in dust particles in the atmosphere, and between 50% and 90% of ocean biomass is made up of microbial cells. Even microbes that live in the oceans are evolving to consume plastic debris, and in 2016, Japanese scientists discovered a bacterium at a plastic bottle recycling factory.

Future fossils pose a peculiar challenge: learning to see a change that will occur in time, but of which there are already signs. Future fossils show us that we not only have a duty to the generations that follow our own, the children of our children’s children, but to human beings from whom we are separated by hundreds, even thousands of generations. They are people whose languages and cultures will be completely different from what we know or what we can imagine, but who will have to live in a world warped by our decisions, made millennia before they were born. The more we learn to see the new world that will come through our inaction, the more capable we will be, I think, of imagining a possible alternative, for ourselves and for those who will come later.
However, it is a task that is far from easy.

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