La Cita — Katharina Volckmer / The Appointment (Or, The Story of a Cock) by Katharina Volckmer

Sé que puede que este no sea el mejor momento para sacar el tema, doctor Seligman, pero me acabo de acordar de que una vez soñé que era Hitler. Aún hoy me avergüenza hablar de ello, pero era de verdad él, con una fanática masa de incondicionales a mis pies, y daba un discurso desde un balcón.
No quiero decir que le tuviese lástima a Hitler, y seguiría sin ser aceptable exterminar a una civilización entera porque no te gusta el cuerpo que te ha tocado y porque esa otra gente personifica lo que odias en ti, pero sí que me llevó a pensar en su vida privada.

Me intrigaron mucho sus pensamientos sobre la historia de Alemania y cómo debe ser para los alemanes de hoy vivir con su pasado, siempre al acecho en las sombras.
Nunca fui capaz de comprender completamente lo que hemos hecho, Dr. Seligman, lo que significa acabar con una civilización entera, pero siempre sentí que había crecido en un país fantasmal en el que había más muertos que vivos, donde vivíamos en ciudades que habían sido construidas alrededor de los remanentes de donde solían estar nuestras ciudades, y todos los días sentíamos como caminar sobre algo que se suponía que no debía estar allí.
Aparentemente, este libro aún no ha encontrado un editor alemán, lo que quizás sea bastante revelador sobre la forma en que Alemania quiere lidiar con una historia que está lejos de desaparecer de la mente de la gente.
El vínculo entre la identidad alemana y la identidad sexual y el odio que tiene lugar con ambos entró en un área un poco turbia para mí. Estaba un poco confundida por la perspectiva feminista casi militante aquí que se yuxtapone con el rechazo final de la narradora a su cuerpo femenino.
Si bien parte de ella es atractiva y entretenida, parte de ella se sintió como si estuviera tratando de impactar. Como si la autora cagara en la página solo para obtener una reacción. Supongo que Ottessa Moshfegh ha sido acusada de lo mismo. Pero las novelas de Moshfegh tienen una narrativa, una historia por la que viajar, en lugar de estar atrapado en un túnel de viento.
Lo que pasa con los monólogos es que por su naturaleza son solipsistas. Hay mucho de eso que puedo tomar. Seguí deseando, por el amor de Dios, que el médico tuviera una línea de diálogo, o que una enfermera asomara la cabeza por la puerta, algo, para que pudiera obtener un alivio momentáneo de la rueda de hámster que es la cabeza del narrador. Si alguien habla demasiado tiempo sin interrupciones, eventualmente se convierte en una charlatanería adolescente.
Estoy interesado en lo que escribe Volckmer en el futuro, sin lugar a dudas.
Sin embargo, esta breve novela (sólo 85 páginas) contiene una gran cantidad de temas: la identidad liberal alemana de posguerra; el amor, no como algo que se da, sino como algo que el dador impone egoístamente a su objeto; transgénero – en particular, mirando la forma en que el mundo busca imponer una división binaria clara y fundamental en algo que para algunas personas es fluido; sexbots (robots de sexo) y lo que dicen sobre los fundamentos del sexo; el cuerpo y cómo cambian las actitudes hacia él entre la edad y el sexo; arte y religión y su interacción con la identidad y el cuerpo; el papel y las desventajas de la terapia.
Y todo escrito en un estilo que es una reescritura muy deliberada de dos gigantes de la literatura (uno estadounidense y otro europeo), siendo ambos:

Una reescritura deliberada de el “mal de Portnoy” de Philip Roth – algunos elementos son simplemente tributos (el controvertido hígado de Roth es reemplazado por – al menos según las revisiones que he visto – un plátano igualmente divisivo), en algunos casos un juego de manos literario ( el lector se toma su tiempo para darse cuenta de que el Dr. Seligman en esta novela no es un psicoanalista) y algunas simplemente reversiones (de sexo, religión, etc.).

Y un libro inspirado explícitamente en la escritura de Thomas Bernhard, pero que en este caso tiene mucho más sentido que el rastro más bien triste de los autores que simplemente han tomado de Bernhard que solo tienen que escribir una mezcla de misantropía y escatología y fingir que es literatura.
Un libro que lleva el subtítulo “La historia de un gallo (pene)”, cuya aportación al polémico tema de los derechos transgénero y los baños es demasiado banal para ni siquiera enumerarla aquí, con un protagonista que pretende interactuar con Hitler y con una mezcla de humor crudo y escatológico y culminando con la supuesta ingestión de miembros populares y peludos de la familia de los roedores: el libro es básicamente una reescritura de Freddie Starr.

No debe tener miedo de mí, doctor Seligman, de verdad. Su asistente me dijo que es usted muy concienzudo y que esto podría llevar un tiempo, en particular las fotos, así que no quiero que se preocupe, porque sigo pensando que los motivos de mi despido se han tergiversado y que no es justo decir que yo tenga problemas para manejar la ira. Estaba enfadada ese día, desde luego –fue antes de empezar a hormonarme–, pero suspenderme así, cuando no tienen ni idea de cómo son las cosas para la gente como yo… Además, no creo que amenazar con graparle la oreja a la mesa a un compañero de trabajo mientras blandes una grapadora cuente realmente como violencia.
No tenía ni idea de cuáles eran sus orígenes, pero se me ocurrió que le pondría de los nervios que le hablase de mi fijación sexual con nuestro querido Führer, y que le dijese que era la imposibilidad de satisfacer algún día mis deseos lo que había desatado mi furia y había hecho que quisiera graparle el lóbulo de la oreja a la mesa a mi colega. Imposible contarle la auténtica naturaleza de mis sueños y todas las cosas que fallaban en mi cuerpo, y al cabo de un tiempo empecé a disfrutar de verdad con mi historia. Yo quise ser escritora en su día, doctor Seligman, y lo de ingeniarme una narración como esa fue una experiencia maravillosa.

Doctor Seligman, para alguien que se ha criado en Alemania una persona judía viva es una sensación, algo para lo que nadie nos había preparado. Nunca las habíamos visto más que muertas o desgraciadas, mirándonos fijamente desde incontables fotografías grises o desde algún lugar muy lejano en el exilio, sin sonreír nunca, sintiéndonos para siempre en deuda con ellas. Y nuestra única manera de compensarles fue convirtiéndolas en criaturas mágicas que iban soltando polvo de hadas por todos sus orificios, con intelectos superiores, nombres curiosos y biografías infinitamente más interesantes. En nuestra imaginación, no hay taxistas de origen judío, y en mi libro de teología había incluso una página dedicada a sus figuras más relevantes.
Tiene razón, podría ser que mi madre no fuese tan fea, en realidad, pero ni siquiera con el tiempo fui capaz de superar la decepción de su cuerpo, las discrepancias que mis ilusiones y todas esas revistas inútiles para adolescentes habían producido. Usted ve más gente desnuda que yo, doctor Seligman, y estoy segura de que convendrá conmigo en que toda la excitación que hemos creado en torno al cuerpo no está justificada. Es solo la ilusión lo que nos hace seguir: hemos visto esas estatuas antiguas y pensamos que algún día volverán a nacer mortales así, que son retratos de seres humanos reales, como usted y yo. No pretendo decir que no sea usted atractivo, doctor Seligman –es usted desde luego un hombre bien parecido, incluso con su alopecia y demás–, pero, ya sabe, nadie nos querría en mármol. No desprendemos nada que pudiera inspirar música o poesía, que llevase a alguien a pasar la noche en vela, presa de un deseo torturador. Ahí es donde nos diferenciamos de los animales: salvo pocas excepciones, los animales siempre visten el cargo, son representaciones perfectas de su especie, dignas y justo con la forma exacta.

El amor me recuerda a menudo a la sangre, doctor Seligman. ¿No le parece que son bastante similares? La sangre es hermosa y está llena de símbolos siempre y cuando se quede en su sitio, pero tan pronto la vemos embadurnando la cara de alguien o seca en una toalla, nos echa para atrás, porque nuestra mente llena de inmediato los huecos con violencia y descontrol. El amor, como la sangre, ha de ser una historia que se pueda contar.
Los cuerpos –y no me refiero solo a los cuerpos humanos, doctor Seligman– me siguen pareciendo muy extraños. Creo que nunca he tenido muy buen ojo. No he sabido nunca cuánta sopa cabría en un táper, y nunca he sabido decir la estatura de alguien ni qué talla de jersey le vendrían bien. En lugar de eso, percibía siempre el tamaño de la gente según su personalidad, según el espacio que necesitaran para expresarse. Seguro que usted tiene mucha mejor vista para esta clase de proporciones, y debe de ver a la gente de un modo muy distinto, pero yo, por ejemplo, no puedo visualizar nunca a mi padre como un hombre grandullón. En mi cabeza, su insignificancia general ha quedado ligada a su realidad física, y el resultado es un hombre canijo que tiene que esforzarse para llegar a los botones de su lavadora. Un hombre criado por hombres que no se enseñaban a crecer unos a otros.

¿Usted cree en el infierno, doctor Seligman? ¿O las personas judías solo pueden ir al cielo? Yo no creo ni en lo uno ni en lo otro, pero a veces me da miedo igualmente, y a quien se le ocurriera la idea de un sufrimiento eterno debía de tener una mente realmente retorcida. Tuvo que ser alguien con el alma patas arriba y demasiadas ratas en el cuarto; ¿quién si no iría por ahí diciéndole a la gente que el dolor que tuvieron que soportar durante sus vidas no fue suficiente? Arrebatándoles ese último consuelo. Y a veces tengo esas pesadillas en las que no puedo dejar de sangrar, doctor Seligman, es muy doloroso, se me ha abierto una vena en el codo y la sangre no deja de salir, pero no me muero, y no hay manera de parar la hemorragia ni el dolor, y como siempre estoy tan cansada no me despierto. Por la mañana, a menudo pasa un buen rato hasta que esos espectros se alejan. Pero me gusta imaginarlo a usted en el cielo; desde luego merece sentarse en una nube esponjosa por obrar este milagro, por permitirme al fin escapar de mi árbol.
Nunca le di mucha importancia a la inocencia, doctor Seligman, y nunca creí en ella, porque mi fracción de segundo fue demasiado corta como para hacer de mí algo que no fuese un monstruo, y a lo largo de los años me he ido acostumbrando a no poder verme las manos de noche, a la comodidad de no tener que preocuparme por la limpieza de mis días. Me pregunto si alguna vez se aburre o se siente solo usted en la cima de su montaña, doctor Seligman. Si tiene una cueva secreta para sus vicios. Aunque bueno, como judío, irá al cielo de todos modos, así que no se tiene que preocupar.

Cada persona es el pecado de otra, doctor Seligman, y antes de que se quite usted los guantes y yo me levante en esta silla, antes de que me ponga de nuevo los pantalones y pueda mirar al fin sus siete marcos de foto, antes de que me vea otra vez la cara, quiero hablarle de mi bisabuelo, porque creo que debería usted saber de dónde viene el dinero de este tratamiento. No era un nazi famoso, no era ninguno de sus siete favoritos, lo que nos convertiría casi en parientes, unidos por la sangre y las perversiones. Ni siquiera estoy segura de que fuese propiamente nazi; no lo llegué a conocer, y no hay que fiarse nunca de las historias de familia. Lo único que sé es que era jefe de estación, y que vivía con su mujer y sus siete hijos e hijas encima de la estación de un pueblecito de Silesia, y que como las cosas iban bien compró un terreno para que cada uno de sus siete hijos e hijas construyese allí su casa cuando fuese mayor, y vivieran felices con sus propias familias, con montones de criaturitas correteando por ahí y robando trozos de pastel de las despensas de sus numerosas tías. Pero en esas tierras nunca se construyó nada; tuvieron que desplazarse al final de la guerra, y si fuese usted allí ahora, encontraría un bosquecillo en mitad de un pequeño pueblo polaco, hogar de Bambi y compañía, un pedazo de naturaleza preservado de las malvadas garras de la civilización. Con abejas y flores silvestres y búhos por la noche. Casi romántico, se diría, y si le apeteciera dar un pequeño paseo, no estoy exactamente segura de cuánto rato tendría que andar hasta allí, pero antes de que se pusiera la sol llegaría a Auschwitz, o lo que queda de él, los cimientos de todo lo que somos hoy en día. Aunque mi bisabuelo no trabajó en Auschwitz; él era un hombre devoto, un católico que abominaba del uso de las armas y que habría rechazado semejante deber. Él no era más que el jefe de la última estación de tren antes de llegar a Auschwitz.

——————

I know this may not be the best time to bring it up, Dr. Seligman, but I just remembered that I once dreamed that I was Hitler. Even today I’m ashamed to talk about it, but it was really him, with a fanatical mass of stalwarts at my feet, and he was giving a speech from a balcony.
I do not mean to say that I felt sorry for Hitler, and it would still not be acceptable to exterminate an entire civilization because you do not like the body that has touched you and because those other people personify what you hate in yourself, but it did lead me to think about Your private life.

I was most intrigued by her thoughts on Germany’s history, and how it must be like for today’s Germans to live with their past, always lurking in the shadows.
I was never really able to fully grasp what we have done, Dr. Seligman, what it means to wipe out an entire civilization, but I always felt that I had grown up in a ghostly country in which there were more dead than living, where we lived in cities that had been built around the remnants of where our cities used to be, and every day felt like walking on something that wasn’t supposed to be there.
Apparently this book has not yet found a German publisher, which is perhaps quite telling about the way Germany wants to deal with a history that is far from faded from people’s minds.
The link between German identity and sexual identity and the loathing that takes place with both entered a bit of a murky area for me. I was a little bit confused by the near-militant feminist perspective here that is juxtaposed with the narrator’s ultimate rejection of her female body.
While some of it is engaging and entertaining, some of it felt like it was trying hard to shock. Like the author took a shit on the page just to get a reaction. I guess Ottessa Moshfegh has been accused of the same thing. But Moshfegh’s novels have a narrative, a story for you to travel through, rather being caught in a wind tunnel.
The thing with monologues is that by their nature they are solipsistic. There’s only so much of that I can take. I kept wishing, for the love of god, that the doctor would have a line of dialogue, or a nurse would pop her head in the door, something, so I could get momentary relief from the hamster wheel that is the narrator’s head. If anyone talks too long without interruption, it eventually turns into whiny, teenage blather.
I’m interested in what Volckmer writes next, without a doubt.
This short novella (only 85 pages) nevertheless packs in a whole host of themes: German post-war liberal identity; love – not as something that is given but as something that is egotistically imposed by its giver on its object; transgenderism – in particular looking at the way in which the world seeks to impose a clear and fundamental binary divide on something which for some people is fluid; sexbots and what they say about the fundamentals behind sex; the body and how attitudes to it change between age and sex; art and religion and their interaction with identity and the body; the role and downsides of therapy.
And all of it written in a style that is a very deliberate rewriting of two giants of literature (one American and one European), with it being both:

A deliberate rewrite of Philip Roth’s “Portnoy’s Complaint” – some items being simply tributes (Roth’s controversial liver is replaced by – – at least from reviews I have seen – an equally divisive banana), in some cases a literary sleight-of-hand (the reader takes time to realise that Dr Seligman in this novel is not a psychoanalyst) and some simply reversals (of sex, religion etc).

And a book explicitly inspired by the writing of Thomas Bernhard but which in this case makes far more sense than the rather dismal trail of authors who have simply taken from Bernhard that they just have to write a mix of misanthropy and scatology and pretend it’s literature.
A book which is subtitled “The Story of A Cock”, whose contribution to the controversial issue of transgender rights and toilets is too banal to even list here, with a protagonist who pretends to interact with Hitler and with a mix of crude and scatalogical humour, and culminating in the alleged eating of popular and furry members of the rodent family – the book is basically a rewrite of Freddie Starr.

You mustn’t be afraid of me, Dr. Seligman, really. Your assistant told me that you are very conscientious and that this could take a while, particularly the photos, so I don’t want you to worry, because I still think that the reasons for my dismissal have been misrepresented and that it is not fair to say that I have trouble managing anger. I was angry that day, of course – it was before I started getting hormones – but to suspend myself like that, when they have no idea how things are for people like me … Besides, I don’t think threatening to staple her ear to the table to a co-worker while brandishing a stapler actually counts as violence.
I had no idea what his origins were, but it occurred to me that it would get on his nerves if I told him about my sexual fixation with our beloved Führer, and that I told him that it was the inability to one day satisfy my desires that he had unleashed. my fury and had made me want to staple my colleague’s earlobe to the table. Impossible to tell him the true nature of my dreams and all the things that were failing in my body, and after a while I began to really enjoy my story. I wanted to be a writer back in the day, Dr. Seligman, and coming up with a narrative like that was a wonderful experience.

Dr. Seligman, for someone who grew up in Germany, a living Jewish person is a sensation, something that no one had prepared us for. We had never seen them more than dead or miserable, staring at us from countless gray photographs or from somewhere far away in exile, never smiling, feeling forever indebted to them. And our only way to compensate them was by turning them into magical creatures that were spewing fairy dust from all their orifices, with superior intellects, curious names and infinitely more interesting biographies. In our imagination, there are no taxi drivers of Jewish origin, and in my theology book there was even a page dedicated to their most important figures.
He’s right, it could be that my mother wasn’t that ugly, actually, but even with time I wasn’t able to overcome the disappointment of her body, the discrepancies that my illusions and all those useless teen magazines had produced. You see more naked people than I do, Dr. Seligman, and I’m sure you’ll agree that all the excitement we’ve created around the body isn’t justified. It is only illusion that keeps us going: we have seen those ancient statues and we think that one day they will be reborn as mortals like that, that they are portraits of real human beings, like you and me. I’m not saying you’re unattractive, Dr. Seligman – you’re certainly a handsome man, even with your alopecia and so forth – but, you know, no one would want us in marble. We do not give off anything that could inspire music or poetry, that would lead someone to spend the night awake, prey to a tormenting desire. That is where we differ from animals: with few exceptions, animals always wear the position, they are perfect representations of their species, dignified and just in the exact shape.

Love often reminds me of blood, Dr. Seligman. Don’t you think they are quite similar? Blood is beautiful and full of symbols as long as it stays in place, but as soon as we see it smearing someone’s face or drying on a towel, it pushes us back, because our mind immediately fills the gaps with violence and uncontrolled. Love, like blood, must be a story that can be told.
Bodies – and I’m not just talking about human bodies, Dr. Seligman – still seem very strange to me. I don’t think I’ve ever had a very good eye. I’ve never known how much soup would fit in a container, and I’ve never been able to tell someone’s height or what size sweater would suit them. Instead, he always perceived the size of people according to their personality, according to the space they needed to express themselves. Sure you have much better eyesight for these kinds of proportions, and you must see people in a very different way, but I, for example, can never visualize my father as a big man. In my head, his general insignificance has been tied to his physical reality, and the result is a puny man who has to struggle to reach the buttons on his washing machine. A man raised by men who did not teach each other to grow.

Do you believe in hell, Dr. Seligman? Or can Jewish people only go to heaven? I don’t believe in either one or the other, but sometimes I am just as scared, and whoever came up with the idea of eternal suffering must have a really twisted mind. It had to be someone with his soul turned upside down and too many rats in the room; Who else would go around telling people that the pain they endured during their lives was not enough? Taking away that last consolation. And sometimes I have those nightmares where I can’t stop bleeding, Dr. Seligman, it’s very painful, a vein has opened in my elbow and the blood won’t stop coming out, but I’m not dying, and there’s no way to stop the bleeding or the pain, and since I’m always so tired I don’t wake up. In the morning, it often takes a long time for those specters to walk away. But I like to imagine you in heaven; he certainly deserves to sit on a fluffy cloud for working this miracle, for finally allowing me to escape from my tree.
I never made a big deal out of innocence, Dr. Seligman, and I never believed in it, because my split second was too short to make anything other than a monster out of me, and over the years I’ve grown used to not being a monster. to be able to see my hands at night, to the comfort of not having to worry about the cleanliness of my days. I wonder if you ever get bored or lonely on the top of your mountain, Dr. Seligman. If you have a secret cave for your vices. Well though, as a Jew, you will go to heaven anyway, so you don’t have to worry.

Each person is another’s sin, Dr. Seligman, and before you take off your gloves and I get up in this chair, before I put my pants back on and can finally look at your seven picture frames, before let him see my face again, I want to tell you about my great-grandfather, because I think you should know where the money for this treatment comes from. He was not a famous Nazi, he was none of his seven favorites, which would make us almost relatives, united by blood and perversions. I’m not even sure he was a proper Nazi; I never got to know him, and you should never trust family stories. All I know is that he was a stationmaster, and that he lived with his wife and seven sons and daughters above the station in a small town in Silesia, and that since things were going well, he bought a piece of land so that each of his seven Sons and daughters built their home there when they grew up, and lived happily with their own families, with lots of little creatures running around and stealing pieces of cake from the pantries of their many aunts. But nothing was ever built on those lands; they had to travel at the end of the war, and if you were to go there now, you would find a grove in the middle of a small Polish town, home to Bambi and company, a piece of nature preserved from the evil clutches of civilization. With bees and wildflowers and owls at night. Almost romantic, it would be said, and if you wanted to take a little walk, I’m not exactly sure how long you would have to walk there, but before the sun went down you would reach Auschwitz, or what remains of it, the foundations of everything we are today. Although my great-grandfather did not work at Auschwitz; he was a devout man, a Catholic who abhorred the use of arms and who would have rejected such a duty. He was just the boss of the last train station before arriving at Auschwitz.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.