El Tiempo En La Historia — G.J.Withrow / Time in history. The evolution of our general awareness of time and temporal perspective by G. J. Whitrow

EA91D9D5-B674-4BF5-8F02-5715C953DB3E
Esta obra es muy interesante y didáctica, nos ofrece una original y renovadora visión de las distintas formas en que el tiempo ha sido percibido, descrito y expresado por las grandes civilizaciones, desde la prehistoria hasta nuestros días, y de cómo estas formas han determinado las concepciones del progreso y del destino, las esperanzas en la acción del hombre o en la gran transformación del milenio, el terror ante el fin de los días. Porque, aunque nuestra percepción del tiempo se base en factores psicológicos y en procesos fisiológicos que escapan a nuestra conciencia, depende también de un conjunto de influencias sociales y culturales: es, en suma, una consecuencia de nuestra historia.
Nosotros estamos tan acostumbrados a las ideas de tiempo, historia y evolución que somos proclives a olvidar que a esos conceptos no siempre se les ha otorgado la importancia que ahora les concedemos. Sin embargo, si damos por sentado que el tiempo tiende a dominar nuestro modo de vivir y de pensar, debemos adquirir ciertos conocimientos de cómo se ha producido. En otras palabras, debemos someter el propio tiempo a una perspectiva temporal.

La mayoría de nosotros sentimos de modo intuitivo que el tiempo transcurre inexorablemente, sin que le afecte nada en absoluto, de manera que, si de repente cesara toda actividad, el tiempo continuaría sin interrupción. Para mucha gente la forma en que medimos el tiempo por medio del reloj y el calendario es absoluta, y algunos incluso han llegado a creer que su alteración provocaría una catástrofe. Cuando en 1916 se introdujo en Inglaterra por primera vez el horario de verano, al adelantar el reloj una hora, fueron muchos los que objetaron que interfería en lo que la popular novelista Marie Corelli denominó «el tiempo de Dios». De modo similar, en 1752, cuando el gobierno británico decidió modificar el calendario para ponerse de acuerdo con el que ya habían adoptado con anterioridad la mayoría de los países de Europa occidental, y se decretó que al día 2 de septiembre seguiría el 14 de septiembre, mucha gente pensó que con ello estaban acortando sus vidas. Algunos trabajadores creyeron realmente que iban a perder la paga de once días. Así que se amotinaron y exigieron: «¡Devolvednos los once días!”

Sólo en las lenguas indoeuropeas se han desarrollado por completo las distinciones entre pasado, presente y futuro. Por ejemplo, en hebreo el verbo no trata la acción de ese modo sino como incompleta o perfecta. Además, «se cree predominantemente que el futuro se encuentra ante nosotros, mientras que en hebreo los acontecimientos futuros se
expresan siempre como si nos precediesen». Por otro lado, ya en el griego arcaico hallamos la prueba de formas verbales que diferencian los tiempos.
El «inglés antiguo», la lengua hablada en Inglaterra antes de la conquista normanda, no poseía palabras específicas para el futuro; en cambio, el presente estaba especialmente adaptado para este propósito en caso necesario.
Suzanne Fleischman ha llamado la atención sobre el hecho de que los tiempos que ahora empleamos corresponden a distintas actividades mentales: el pasado al conocimiento, el presente al sentimiento, y el futuro al deseo y a la obligación, así como a lo potencial. Debido a la importancia que el cristianismo concedió al deber moral, se ha pretendido que el auge de esta religión fue el único motivo por el cual, alrededor del siglo V, se introdujeron nuevos tiempos futuros.

El uso extenso de la palabra «día» es un buen ejemplo de este método. La fusión de día y noche en una sola unidad de veinticuatro horas no tenía lugar para el hombre primitivo, que los consideraba dos fenómenos esencialmente distintos. Es un hecho curioso que, incluso ahora, muy pocos idiomas tengan una palabra especial para designar esta importante unidad. Los términos escandinavos son notables excepciones, por ejemplo, el dygn sueco, mientras que en inglés se emplea la misma palabra «day» para designar el período completo de veinticuatro horas y también la parte diurna del mismo. En lugar de recurrir al «amanecer» y al «día», algunos pueblos cuentan el tiempo por el número de noches. Esto puede deberse a que el dormir proporciona un indicador del tiempo particularmente adecuado. Una reliquia familiar de esto en inglés es la palabra fortnight (quincena), término ahora tan obsoleto en los Estados Unidos como la palabra sennight (semana) en Gran Bretaña.

La base del calendario de los jubileos parece haber sido el famoso triángulo rectángulo pitagórico de lados tres, cuatro y cinco. La suma de los dos primeros da el número de días de la semana, la suma de los tres da el número de meses del año y la suma de sus cuadrados da el número cincuenta. Según Filón de Alejandría, filósofo grecojudío del siglo I, autor de varias obras que han llegado hasta nosotros, incluidos comentarios del Antiguo Testamento, el número cincuenta se consideraba el más sagrado de los números y «el principio de la generación del universo» (De vita contemplativa, 65). La significación de un ciclo de cincuenta años en la vida judía, con el perdón de las deudas, la liberación de esclavos, etc., fue, con el tiempo, responsable de la práctica, seguida por sucesivos papas desde el año 1300, de declarar un jubileo de la Iglesia romana cada cincuenta años.
La Pascua fue introducida en Roma alrededor del año 160 y, al igual que en Alejandría, se celebraba el domingo, siguiendo la Pascua judía que, a fines prácticos, era calculada como el domingo siguiente a la primera luna llena, después del equinoccio de primavera. El conjunto de tablas pascuales trazadas por Cirilo de Alejandría (376-444) estaba acompañado por un conjunto de años sucesivos que empezaban con el emperador Diocleciano y su persecución en el 284, pero cuando en el año 525 Dionisio Exiguo, un monje escita que habitaba en Roma, preparó una continuación de las tablas cirílicas, a instancia del papa Juan I, sintió que era inadecuado calcularla desde el reinado de un enemigo del cristianismo y en su lugar prefirió datar los años desde la encarnación de Cristo.

El calendario islámico es uno de los pocos que siguen siendo estrictamente lunares, al ser el año justo diez días más corto que el año trópico, o año de las estaciones. La era islámica empieza el 16 de julio del año 622, el primer día de la huida de Mahoma a Medina. Al-Biruni (973-c. 1050), en su gran obra Cronología de las naciones antiguas, explica las circunstancias por las que este hecho fue adoptado como época, en vez del momento en que el profeta nació, se le encomendó su misión divina o murió. El instante fundamental de la vida islámica tiene lugar con la luna nueva, que debe ser observada y determinada por dos «testigos del instante». Sin embargo, el «instante perfecto» es la Hora del Juicio Final, pues el «testigo» de ese instante es el propio Juez divino.

La palabra inglesa clock (reloj) está relacionada etimológicamente con la palabra latina clocca y la francesa cloche, que significan campana. Las campanas jugaron un importante papel en la vida medieval y los mecanismos para hacerlas repicar, fabricados con ruedas dentadas y palancas oscilantes, debieron de ayudar a preparar la invención de los relojes mecánicos. Puede hallarse una posible prueba de esta tesis en la única pintura conservada de un reloj de agua occidental del siglo XIII, según parece, empleado en la corte de Luis IX en París en 1250. Era básicamente un instrumento para tocar las horas. La única rueda visible parece tener veinticuatro dientes, lo que quizás significa que tardaba un día en girar. Un peso que descendía lentamente y que pendía de una cuerda enrollada alrededor del eje proporcionaba la fuerza motriz; este es el primer ejemplo conocido de un reloj accionado por un peso. Unos veinte años más tarde, en 1271 fue imitado por Robertus Anglicus (Roberto el Inglés), precursor de un cronómetro puramente mecánico, en un comentario que escribió en la obra Esfera del mundo, de Sacrobosco.
El reloj más antiguo que se conserva en Inglaterra es el de la catedral de Salisbury, construido antes de 1386. No tenía esfera ni manecillas, pero tocaba las horas. El período del eje de volante en media vuelta es de cuatro segundos. El reloj fue restaurado a su condición original de pleno funcionamiento en 1956, después de un lapso de setenta y dos años. Desde por lo menos el año 1392, en la catedral de Wells, hubo otro reloj más completo, realizado, al parecer, por el mismo artesano, que ahora se encuentra en el Museo de la Ciencia de Londres (ambos relojes fueron convertidos en relojes de péndulo).

En el siglo XIX, la naturaleza unidireccional del tiempo fue básicamente asociada en física con la segunda ley de la termodinámica. Esta ley, formulada por primera vez alrededor de 1850, por Rudolf Clausius y William Thomson, era una generalización de la hipótesis de que el calor no puede pasar por sí sólo de un cuerpo más frío a otro más caliente. Esta ley determina la dirección en la que los procesos termodinámicos suceden y expresa el hecho de que, aunque la energía nunca se destruye, puede hacerse inaccesible para realizar trabajos mecánicos. Clausius creía que debido a esta ley, el universo como conjunto tiende hacia un estado de «muerte térmica» en el que la temperatura y los demás factores físicos serán los mismos en cualquier parte y todos los procesos naturales cesarán. Esta aplicación particular de la ley fue discutida y en la actualidad ya no se acepta debido a los avances de la cosmología, pero durante un tiempo ejerció una poderosa influencia que minó la asentada creencia en la idea de un universo físico cíclico no evolutivo.

El siglo XIX asistió a una gran proliferación de relojes de bolsillo, aunque la mejora más importante de su mecanismo (al margen del muelle espiral) ya había sido introducida en el siglo anterior. Era el escape de gravedad inventado por Thomas Mudge (1715-1794). Más tarde, el mecanismo de los relojes fue mejorado por Abraham Louis Breguet (1747-1823), que también ideó en 1815 un reloj de observatorio que tocaba cada segundo, precursor de la moderna señal horaria. Un eminente horólogo de principios del siglo XIX que tuvo una importante y duradera influencia sobre la relojería en otros países, especialmente en Francia y Suiza, fue John Arnold. Hacia mediados de siglo, sir John Bennett, cuya empresa había sido fundada en 1843, reconoció el peligro de la creciente competencia de la industria relojera suiza. Por consiguiente, dispuso que Inglaterra importara los mecanismos de los relojes para que su firma pudiera hacer los retoques finales necesarios y venderlos como británicos. Hizo grandes derroches para dar publicidad a sus artículos en la gran exposición de 1851. A finales del siglo XIX en Estados Unidos empezó la moderna producción masiva de relojes, pero fue ampliamente superada por los suizos, que muy pronto dominaron la industria.
Uno de los hechos más sorprendentes de la historia de la horología es que, mucho después de la invención de instrumentos más precisos, los relojeros continuaron empleando el escape de eje de volante en los relojes caseros y los portátiles. Esto fue debido a que demostró ser particularmente adecuado para soportar los rigores del uso doméstico y del transporte, mientras que escapes como el de tipo áncora necesitaban mantenerse en superficies planas para que funcionasen satisfactoriamente.

El Bureau International de l’Heure (BIH) coordina ahora las señales horarias del mundo, basándose en un «reloj medio» mundial que es el promedio de unos ochenta relojes atómicos de veinticuatro países. Esto proporciona una sincronización directa de cerca de un milisegundo. Aunque este Tiempo Universal Coordinado (UTC), que ha reemplazado al GMT como base del tiempo civil en el mundo, ahora se controla desde París, el primer meridiano del mundo para la longitud y el tiempo todavía pasa por el viejo observatorio de Greenwich. En la práctica, el meridiano cero se define ahora por medio de las longitudes aceptadas de los instrumentos que contribuyen a la determinación del UTC. Desde 1985 la contribución del Royal Observatory de Greenwich a la determinación internacional del UTC y la longitud se produce a través de sus observaciones del satélite artificial Lageos, por un sistema de enfoque por láser empleado en Herstmonceux desde el otoño de 1983. Desde el 1 de enero de 1972 las señales horarias han radiado segundos atómicos, pero así como no existe un número entero de días en un año, tampoco existe un número entero de segundos atómicos en un día solar. Esto ha desembocado en la adopción de correcciones, positivas o negativas, de exactamente un segundo. Se llaman «segundos bisiestos» y, cuando es necesario, se incorporan al último día de un mes del calendario, preferiblemente al 31 de diciembre o al 30 de junio.

En cuanto al universo como conjunto, se ha empleado la ley de Hubble para estimar su edad. Los testimonios experimentales del índice corriente de recesión de las galaxias aplicados a los modelos del mundo en expansión más simples, indican que el universo podía haber tenido un origen explosivo hace entre 10.000 y 20.000 millones de años, pareciendo esta última la estimación más correcta. A pesar de las incertidumbres que entraña la obtención de este resultado, es importante la coherencia que mantiene con las estimaciones totalmente independientes de las edades de las agrupaciones estelares más antiguas y de nuestra galaxia. En el estado actual del conocimiento, esta parece ser la extensión más dilatada del pasado en el que podemos fijar la existencia del universo físico tal y como nosotros lo conocemos.

1B98AEB9-86C9-4791-A218-CF0EA4114ABE

This work is very interesting and didactics, offers an original and innovative vision of the ways in which time has been perceived, described and expressed by the great civilizations, from prehistory to the present day, and how these forms have been determined conceptions of progress and destiny, hopes in the action of man or in the great transformation of the millennium, terror before the end of days. Because, although our perception of time is based on psychological factors and physiological processes that escape our consciousness, it also depends on a set of social and cultural influences: it is, in short, a consequence of our history.
We are so used to the ideas of time, history and evolution that we are prone to forget that these concepts have not always been given the importance that we now grant them. However, if we take for granted that time tends to dominate our way of living and thinking, we must acquire certain knowledge of how it has been produced. In other words, we must submit our time to a temporal perspective.

Most of us feel intuitively that time passes inexorably, without being affected by anything at all, so that, if all activity suddenly ceases, time will continue without interruption. For many people the way we measure time by means of the clock and the calendar is absolute, and some have even come to believe that their alteration would cause a catastrophe. When summer time was introduced in England for the first time in 1916, by advancing the clock by an hour, many objected that it interfered with what the popular novelist Marie Corelli called «the time of God.» Similarly, in 1752, when the British government decided to change the calendar to agree with the one that had already been adopted by most of the Western European countries, and it was decreed that September 2 would continue on September 14. , many people thought that with it they were shortening their lives. Some workers really believed that they would lose the eleven-day pay. So they mutinied and demanded: «Give us back the eleven days!»

Only in the Indo-European languages ​​have the distinctions between past, present and future been fully developed. For example, in Hebrew the verb does not treat the action in that way but as incomplete or perfect. In addition, «it is predominantly believed that the future is before us, while in Hebrew future events are
they always express as if they preceded us. » On the other hand, already in the archaic Greek we find the proof of verbal forms that differentiate the times.
«Old English,» the language spoken in England before the Norman conquest, had no specific words for the future; instead, the present was specially adapted for this purpose if necessary.
Suzanne Fleischman has called attention to the fact that the times we now use correspond to different mental activities: the past to knowledge, the present to feeling, and the future to desire and obligation, as well as the potential. Because of the importance that Christianity attached to moral duty, it has been claimed that the rise of this religion was the only reason why, around the fifth century, new future times were introduced.

The extensive use of the word «day» is a good example of this method. The merging of day and night into a single unit of twenty-four hours had no place for primitive man, who considered them to be essentially different phenomena. It is a curious fact that, even now, very few languages ​​have a special word to designate this important unit. The Scandinavian terms are notable exceptions, for example, the Swedish dygn, while in English the same word «day» is used to designate the full twenty-four hour period and also the diurnal part of it. Instead of resorting to «dawn» and «day,» some people count time by the number of nights. This may be because sleeping provides a particularly adequate time indicator. A familiar relic of this in English is the word fortnight, a term now as obsolete in the United States as the word sennight in Great Britain.

The basis of the Jubilee calendar seems to have been the famous Pythagorean triangle of sides three, four and five. The sum of the first two gives the number of days of the week, the sum of the three gives the number of months of the year and the sum of its squares gives the number fifty. According to Philo of Alexandria, 1st century Greek-Jewish philosopher, author of several works that have come down to us, including commentaries on the Old Testament, the number fifty was considered the most sacred of the numbers and «the beginning of the generation of the universe» (De vita contemplativa, 65). The significance of a cycle of fifty years in Jewish life, with the forgiveness of debts, the liberation of slaves, etc., was, over time, responsible for the practice, followed by successive popes from the year 1300, to declare a jubilee of the Roman Church every fifty years.
Easter was introduced in Rome around the year 160 and, as in Alexandria, was celebrated on Sunday, following the Jewish Passover which, for practical purposes, was calculated as the Sunday following the first full moon, after the spring equinox. . The set of Easter tables drawn by Cyril of Alexandria (376-444) was accompanied by a set of successive years that began with the Emperor Diocletian and his persecution in 284, but when in the year 525 Dionysius Meager, a Scythian monk who lived in Rome, he prepared a continuation of the Cyrillic tables, at the request of Pope John I, felt that it was inappropriate to calculate it since the reign of an enemy of Christianity and instead chose to date the years since the incarnation of Christ.

The Islamic calendar is one of the few that remain strictly lunar, being the year just ten days shorter than the tropic year, or year of the seasons. The Islamic era begins on July 16, 622, the first day of Muhammad’s flight to Medina. Al-Biruni (973-c.1050), in his great work Chronology of the Ancient Nations, explains the circumstances by which this fact was adopted as an epoch, instead of the moment when the prophet was born, he was entrusted with his divine mission or died The fundamental moment of Islamic life takes place with the new moon, which must be observed and determined by two «witnesses of the moment». However, the «perfect moment» is the Hour of Judgment, because the «witness» of that moment is the divine Judge himself.

The English word clock (clock) is etymologically related to the Latin word clocca and the French word cloche, which means bell. The bells played an important role in the medieval life and the mechanisms to make them ring, manufactured with cogwheels and oscillating levers, must have helped to prepare the invention of the mechanical clocks. A possible proof of this thesis can be found in the only surviving painting of a western water clock of the thirteenth century, it seems, used at the court of Louis IX in Paris in 1250. It was basically an instrument for playing the hours. The only visible wheel seems to have twenty-four teeth, which perhaps means that it took a day to turn. A weight that descended slowly and hung from a rope wound around the shaft provided the driving force; This is the first known example of a clock driven by a weight. About twenty years later, in 1271 he was imitated by Robertus Anglicus (Robert the English), forerunner of a purely mechanical chronometer, in a commentary he wrote in Sacrobosco’s work Sphere of the World.
The oldest clock that remains in England is that of Salisbury Cathedral, built before 1386. It had no dial or hands, but it played the hours. The period of the steering wheel axis in half turn is four seconds. The clock was restored to its original condition of full operation in 1956, after a lapse of seventy-two years. Since at least the year 1392, in the cathedral of Wells, there was another more complete clock, made, apparently, by the same craftsman, who is now in the Science Museum of London (both clocks were turned into clocks of pendulum).

In the nineteenth century, the unidirectional nature of time was basically associated in physics with the second law of thermodynamics. This law, formulated for the first time around 1850, by Rudolf Clausius and William Thomson, was a generalization of the hypothesis that heat can not pass itself from a colder body to a hotter body. This law determines the direction in which thermodynamic processes occur and expresses the fact that, although energy is never destroyed, it can become inaccessible for mechanical work. Clausius believed that because of this law, the universe as a whole tends toward a state of «thermal death» in which temperature and other physical factors will be the same everywhere and all natural processes will cease. This particular application of the law was discussed and is currently no longer accepted due to advances in cosmology, but for a time it exerted a powerful influence that undermined the established belief in the idea of ​​a non-evolutionary cyclic physical universe.

The 19th century witnessed a great proliferation of pocket watches, although the most important improvement of its mechanism (apart from the spiral spring) had already been introduced in the previous century. It was the escape of gravity invented by Thomas Mudge (1715-1794). Later, the mechanism of the clocks was improved by Abraham Louis Breguet (1747-1823), who also devised in 1815 an observatory clock that played every second, precursor of the modern time signal. An eminent horologist of the early nineteenth century who had an important and lasting influence on watchmaking in other countries, especially in France and Switzerland, was John Arnold. By the middle of the century, Sir John Bennett, whose company had been founded in 1843, recognized the danger of increasing competition from the Swiss watch industry. Accordingly, he arranged for England to import the mechanisms of the watches so that his signature could make the necessary final touches and sell them as British. He made great splurges to publicize his articles in the great exhibition of 1851. In the late nineteenth century in the United States the modern mass production of watches began, but it was largely surpassed by the Swiss, who soon dominated the industry.
One of the most surprising facts in the history of horology is that, long after the invention of more precise instruments, watchmakers continued to employ wheel-axle escapement in household clocks and laptops. This was because it proved particularly suitable to withstand the rigors of domestic use and transport, while leaks such as the anchor type needed to be maintained on flat surfaces to function satisfactorily.

The Bureau International de l’Heure (BIH) now coordinates the world’s time signals, based on a global «average clock» that is the average of some eighty atomic clocks of twenty-four countries. This provides a direct synchronization of about one millisecond. Although this Coordinated Universal Time (UTC), which has replaced the GMT as the basis of civil time in the world, is now controlled from Paris, the world’s first meridian for longitude and time still passes through the old Greenwich observatory. In practice, the zero meridian is now defined by means of the accepted lengths of the instruments that contribute to the UTC determination. Since 1985 the contribution of the Royal Observatory of Greenwich to the international determination of UTC and the length is produced through its observations of the artificial satellite Lageos, by a laser focusing system used in Herstmonceux since the autumn of 1983. From 1 January 1972 the time signals have radiated atomic seconds, but just as there is no whole number of days in a year, there is not a whole number of atomic seconds in a solar day either. This has led to the adoption of corrections, positive or negative, of exactly one second. They are called «leap seconds» and, when necessary, they are added to the last day of a calendar month, preferably December 31 or June 30.

As for the universe as a whole, Hubble’s law has been used to estimate its age. The experimental testimonies of the current recession index of the galaxies applied to the simplest expanding world models indicate that the universe could have had an explosive origin between 10,000 and 20,000 million years ago, the latter appearing to be the most correct estimate. Despite the uncertainties involved in obtaining this result, it is important to maintain consistency with estimates that are totally independent of the ages of the oldest stellar groups and of our galaxy. In the current state of knowledge, this seems to be the most extensive extension of the past in which we can fix the existence of the physical universe as we know it.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.