Civilización. Occidente Y El Resto — Niall Ferguson / Civilization: The West and the Rest By Niall Ferguson

Todos los libros de este escocés son sublimes, para algunos pretenciosos pero sin duda muy buenos y en este se plantea si Occidente ha regido durante siglos por azar… Para mi Civilización es un ensayo interesante, original en el tema, planteamiento y explicación de determinados fenómenos históricos. El estilo y lenguaje de Ferguson es siempre sencillo (lo que siempre es de agradecer). No es un mero relato de hechos, sino que pretende compartir sus conclusiones (Ferguson no es políticamente correcto ni pretende serlo).
En este libro uno encuentra la huella de temas tratados en libros anteriores y en algunos puntos pudiera parecer algo simplista (los menos), pero eso no desmerece en abosluto su recomendada lectura.

¿Es este realmente el fin del mundo de Occidente y el advenimiento de una nueva época oriental? En otras palabras: ¿estamos presenciando la decadencia de una edad en la que la mayor parte de la humanidad ha estado más o menos subordinada a la civilización surgida en Europa occidental tras el Renacimiento y la Reforma; la civilización que, impulsada por la revolución científica y la Ilustración, se expandió a través del Atlántico y llegó hasta las Antípodas, alcanzando finalmente su apogeo durante los años de la revolución, la industria y el imperio?.
Se basa en:
1. Competencia: una descentralización tanto de la vida política como de la económica, que sirvió de trampolín tanto a los estados-nación como al capitalismo.
2. Ciencia: un modo de estudiar, comprender y, en última instancia, transformar el mundo natural, que dio a Occidente (entre otras cosas) una importante ventaja militar sobre el resto del mundo.
3. Derechos de propiedad: el imperio de la ley como medio de proteger a los propietarios privados y de resolver pacíficamente las disputas entre ellos, lo que constituyó la base de la forma más estable de gobierno representativo.
4. Medicina: una rama de la ciencia que permitió una importante mejora de la salud y la esperanza de vida, y que se inició en las sociedades occidentales, pero también en sus colonias.
5. La sociedad de consumo: una forma de vida material en la que la producción y la compra de ropa y otros bienes de consumo desempeñan un papel económico central, y sin la que la Revolución industrial habría sido insostenible.
6. La ética del trabajo: un marco moral y un modo de actividad derivado (entre otras fuentes) del cristianismo protestante, que proporciona el tegumento que mantiene unida la sociedad dinámica y potencialmente inestable.

¿Por qué China declinó mientras Europa salió adelante? La principal respuesta de Smith era que los chinos no habían sabido «alentar el comercio exterior», y, por lo tanto, se habían perdido los beneficios de la ventaja comparativa y de la división internacional del trabajo. Pero también eran posibles otras explicaciones. En la década de 1740, Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, culpaba al «plan de tiranía establecido», cuyo origen atribuía a la población excepcionalmente grande de China, la cual, a su vez, se debía al clima de Asia oriental:
Razono así: Asia no tiene propiamente una zona templada, dado que los lugares situados en un clima muy frío lindan directamente con los que son sumamente cálidos, es decir, Turquía, Persia, India, China, Corea y Japón. En Europa, por el contrario, la zona templada es muy extensa…
¿Cómo podemos entender la preeminencia de Oriente? Para empezar, la agricultura asiática era considerablemente más productiva que la europea. En Asia oriental bastaba media hectárea de tierra para sustentar a una familia: tal era la eficiencia del cultivo del arroz; mientras que en Inglaterra la cifra media se acercaba a las 10 hectáreas. Esto ayuda a explicar por qué Asia oriental era ya más populosa que Europa occidental. El sofisticado sistema oriental de cultivo del arroz podía alimentar a muchas más bocas.

Durante siglos, la ruta de las especias había discurrido desde el océano Índico por el mar Rojo, o, por tierra, a través de Arabia y Anatolia. A mediados del siglo XV, su lucrativo tramo final que llevaba a Europa estaba fuertemente controlado por los turcos y los venecianos. Los portugueses comprendieron que, si podían encontrar una ruta alternativa, descendiendo por la costa occidental de África y doblando el cabo de Buena Esperanza hasta el océano Índico, podían quedarse con el negocio. Otro marinero portugués, Bartolomé Díaz, había doblado el cabo en 1488, pero su tripulación le había obligado a volver atrás. Nueve años después le tocaba a Vasco da Gama completar la ruta.
Las órdenes del rey Manuel nos dicen algo de crucial importancia sobre el modo en que la civilización occidental se expandió en ultramar. Como veremos, Occidente tenía más de una ventaja sobre el resto del mundo. Pero la que realmente resultó crucial fue seguramente la feroz competencia que impulsó la época de los descubrimientos. Para los europeos, circunnavegar África no tenía nada que ver con exigir un tributo simbólico para algún alto y poderoso potentado del país que fuere, sino con adelantarse a sus rivales.
Europa se repartía el mundo en un frenesí de encarnizada competencia. Pero la pregunta sigue siendo: ¿por qué los europeos parecían tener mucho más fervor comercial que los chinos? ¿Por qué Vasco da Gama era un hombre tan claramente ávido de dinero, lo bastante ávido como para matar por él?
Se puede encontrar la respuesta examinando los mapas de la Europa medieval, donde pueden verse literalmente cientos de Estados rivales, que van desde los reinos del litoral occidental hasta las numerosas ciudades-estado situadas entre el Báltico y el Adriático, de Lübeck a Venecia.
Las guerras de religión fueron la maldición de la vida europea durante más de un siglo desde que la Reforma luterana sacudió Alemania. Pero las sangrientas batallas entre protestantes y católicos, así como la persecución periódica y localizada de los judíos, también tuvieron efectos secundarios beneficiosos. En 1492, los judíos fueron expulsados de Castilla y Aragón como herejes religiosos. Al principio muchos de ellos buscaron refugio en el Imperio otomano, pero a partir de 1509 se estableció una comunidad judía en Venecia. En 1566, con la rebelión de los holandeses contra el dominio español y el establecimiento de las Provincias Unidas como una república protestante, Amsterdam se convirtió en otro refugio de tolerancia. Cuando los protestantes hugonotes fueron expulsados de Francia en 1685, pudieron reasentarse en Inglaterra, Holanda y Suiza. Y, obviamente, el fervor religioso vino a proporcionar otro incentivo más para la expansión en ultramar.

Europa antes de 1500 era un valle de lágrimas, pero no de ignorancia. En el Renacimiento se redescubrieron numerosos estudios clásicos, a menudo gracias al contacto con el mundo musulmán. Hubo asimismo innovaciones importantes. El siglo XII presenció el nacimiento de la polifonía, un avance revolucionario en la historia de la música occidental. Robert Grosseteste planteó la crucial importancia del método experimental, una idea que secundó Roger Bacon en el siglo XIII Alrededor de 1413, Filippo Brunelleschi inventó la perspectiva lineal en la pintura. La primera novela propiamente dicha fue La vida de Lazarillo de Tormes (1500), de autor anónimo. Pero un avance aún más decisivo que el Renacimiento fue el advenimiento de la Reforma protestante y la consiguiente fragmentación del cristianismo de Occidente a partir de 1517. Ello se debió en gran medida al papel revolucionario de la imprenta, seguramente la innovación tecnológica más importante del período anterior a la revolución industrial.
Puede decirse que la revolución científica se inició con avances casi simultáneos en el estudio de los movimientos planetarios y la circulación de la sangre. Pero el microscopio de Hooke llevó la ciencia a una nueva frontera al revelar lo que hasta entonces había sido invisible al ojo humano. La Micrographia fue un manifiesto del nuevo empirismo, un mundo completamente alejado del de la brujería de Fausto. Sin embargo, la nueva ciencia tenía que ver con algo más que la mera observación precisa. Empezando por Galileo, tenía que ver también con la experimentación sistemática y la identificación de relaciones matemáticas. Las posibilidades de las matemáticas se ampliaron a su vez cuando Isaac Newton y Gottfried Leibniz desarrollaron, respectivamente, el cálculo infinitesimal y el cálculo diferencial. Por último, la revolución científica fue también una revolución filosófica cuando René Descartes y Baruch Spinoza echaron por tierra las teorías tradicionales tanto sobre la percepción como sobre la razón. Se puede decir, sin temor a exagerar, que esta cascada de innovaciones intelectuales dieron lugar a la anatomía, astronomía, biología, química, geología, geometría, matemáticas, mecánica y física modernas.
Lo que hizo a la Royal Society tan importante no fue tanto el mecenazgo real como el hecho de que formaba parte de una nueva clase de comunidad científica, que permitía compartir las ideas y abordar los problemas colectivamente mediante un proceso de competencia abierta. El ejemplo clásico es el de la ley de la gravedad, que Newton no podría haber formulado sin los trabajos previos de Hooke. De hecho, la Royal Society —de la que Newton fue presidente en 1703— sería un eje central en la nueva red científica. Esto no equivale a sugerir que la ciencia moderna fuera, o sea, un trabajo exclusivamente de equipo. Entonces, como ahora, los científicos individuales actuaban por ambición tanto como por altruismo. Pero debido al imperativo de publicar los nuevos hallazgos, el conocimiento científico podía crecer de manera acumulativa, aunque a veces lo hiciera con amargura.
Hoy, pues, más de tres siglos después del sitio de Viena, la cuestión clave es en qué medida Occidente sigue siendo capaz de mantener la ventaja científica en la que, entre otras muchas cosas, se ha basado durante tanto tiempo su superioridad militar. O quizá se podría formular la cuestión de manera distinta: ¿puede realmente una potencia no occidental aspirar a beneficiarse de trasvasar el conocimiento científico occidental si, por otro lado, sigue rechazando esta otra parte clave de la fórmula ganadora de Occidente: la tercera innovación institucional del derecho de propiedad privada, el imperio de la ley, y un gobierno auténticamente representativo?.

En vista de los avances ya alcanzados en Europa occidental tanto económica como científicamente antes del desarrollo a gran escala del Nuevo Mundo, tales afirmaciones parecen en exceso pretenciosas. La verdadera importancia de la conquista y la colonización de América reside en que esta fue uno de los mayores experimentos naturales de la historia: tómense dos culturas occidentales, expórtense e impónganse a una amplia gama de pueblos y territorios distintos: la británica en el norte, la española y portuguesa en el sur.
Fue, en cambio, una idea la que marcó la diferencia crucial entre la América británica y la ibérica, una idea sobre el modo en el que los pueblos deben gobernarse. Algunas personas cometen el error de denominar a dicha idea «democracia» e imaginar que cualquier país puede adoptarla simplemente celebrando elecciones. En realidad, la democracia fue el remate de un edificio que tenía sus cimientos en el imperio de la ley.
La colonización británica en general produjo mejores resultados económicos que la española o la portuguesa allí donde se intentó. No hay ninguna prueba perfecta para validar esta proposición, dado que no ha habido dos colonias exactamente iguales, pero Arizona es más rica que México y Hong Kong es más rica que Manila. De modo que quizá la colonización británica de México y Perú habría dado mejores resultados a largo plazo que la española, produciendo en última instancia una especie de Estados Unidos de Centro y Sudamérica. Y quizá la colonización española de Norteamérica habría dejado aquella región relativamente empobrecida a la vez que dividida en repúblicas enfrentadas: múltiples estados-nación como Colombia en lugar del actual Distrito de Columbia como sede de un gobierno federal, y una eterna enemistad entre Wisconsin y Minnesota en lugar de la actual entre Colombia y Venezuela.
El dominio español llevó aparejada asimismo la religión católica, que no es que fuera mala —el misionero dominico Pedro de Córdoba fue el primero en denunciar los espantosos abusos de la población indígena bajo el sistema de las encomiendas—, pero sí constituía, fundamentalmente, otra clase de monopolio. Norteamérica, por su parte, se convirtió en sede de numerosas sectas protestantes, de modo que la disensión y la diversidad se contaron entre los principios organizativos de la colonización británica. Esto tuvo su lado oscuro (de inmediato vienen a la mente los juicios por brujería de Salem), pero el beneficio claro fue la creación de una sociedad de comerciantes y granjeros comprometidos con la libertad religiosa además de política.
No es que en Norteamérica no hubiera mestizaje. Ciertamente lo hubo. Thomas Jefferson es solo el norteamericano más famoso de entre todos los que engendraron hijos con alguna de sus esclavas. Hacia el final de la era colonial había alrededor de 60.000 mulatos en la América británica. Hoy, entre una quinta y una cuarta parte del ADN de la mayoría de los afroamericanos que viven en Estados Unidos tiene un origen europeo. Pero el modelo que arraigó en el período colonial fue esencialmente binario. Un individuo que tuviera siquiera una «gota» de sangre afroamericana —en Virginia, que tuviera un solo abuelo negro— era clasificado directamente corno negro con independencia de lo clara que fuera su piel o de lo caucásica que resultara su fisonomía. En Virginia, ya en 1630 el matrimonio interracial se trataba como una ofensa punible, y en 1662 se prohibió legalmente. La colonia de Maryland había aprobado una ley similar un año antes, y otras cinco colonias norteamericanas promulgaron también leyes en tal sentido. En el siglo posterior a la fundación de Estados Unidos, nada menos que 38 estados prohibieron los matrimonios interraciales. Todavía en 1915 había 28 estados que mantenían tales estatutos, y 10 de ellos habían llegado al extremo de hacer constitucional la prohibición del mestizaje. Incluso hubo una tentativa, en diciembre de 1912, de enmendar la Constitución estadounidense para prohibir el mestizaje «para siempre».
Quinientos años después de que se iniciara el proceso de conquista y colonización, la brecha entre la América angloamericana y la América latina finalmente parece cerrarse. En el hemisferio occidental finalmente está surgiendo una sola civilización americana; una especie de tardía materialización del originario sueño panamericano de Bolívar.
Falta, sin embargo, mucho camino que recorrer, entre otras cosas porque el apogeo de las teorías de distinción racial no se dio de hecho en el siglo XIX, sino en la primera mitad del XX. Para apreciar por qué la raza se convirtió en un elemento tan preocupante en la interacción de Occidente con otras civilizaciones debemos volver la vista a la propia África, que había de convertirse en el foco de la expansión imperial europea en aquella época.

Desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX Occidente dominó al resto del mundo. Esta fue la era no solo de los imperios, sino también del imperialismo, una teoría de la expansión ultramarina que justificaba la dominación oficial y extraoficial de los pueblos no occidentales tanto por razones egoístas como altruistas. El imperio significaba «espacio vital» para el excedente de población; significaba mercados de exportación seguros que una potencia rival no podía proteger con aranceles; significaba rendimientos de las inversiones más elevados que en el propio país.
El momento en que se dio esa «transición sanitaria» —esto es, el inicio de una mejora sostenida de la esperanza de vida— resulta bastante claro. En Europa occidental se produjo entre las décadas de 1770 y 1890, empezando primero en Dinamarca y terminando finalmente en España. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, el tifus y el cólera habían sido prácticamente erradicados en Europa como consecuencia de una serie de mejoras en la higiene y la sanidad pública, mientras que la difteria y el tétanos se controlaban mediante sendas vacunas. En los 23 países asiáticos modernos sobre los que se dispone de datos la transición sanitaria se produjo —con una sola excepción— entre las décadas de 1890 y 1950. En África fue entre las de 1920 y 1950, con solo dos excepciones en un total de 43 países.
El Imperio francés nunca fue tan irremediablemente bárbaro como el Imperio nazi. De haberlo sido, seguramente habría resultado imposible revivir tan gran parte de él tras la Segunda Guerra Mundial, y ni siquiera reafirmar sus viejas ambiciones asimilacionistas rebautizándolo como una «Unión Francesa». Hasta los diez años transcurridos entre la Conferencia de Brazzaville de 1944 y los golpes paralelos de la derrota en Dien Bien Phu y la rebelión en Argelia superaron la duración total del imperio extraalemán de Hitler. Sin embargo, las guerras mundiales fueron la terrible némesis que siguió al orgullo desmedido de la misión civilizadora, cuando todos los imperios europeos aplicaron unos contra otros los métodos que habían preconizado (aunque con diversos grados de crueldad) contra los africanos. La ciencia médica, que había parecido un salvador universal en la guerra contra la enfermedad, acabó viéndose pervertida por el prejuicio racial y la seudociencia de la eugenesia, convirtiendo incluso a algunos médicos en asesinos. En 1945, la expresión «civilización occidental» realmente parecía una contradicción en sus propios términos, tal como dijera Gandhi.

¿Qué tiene nuestra ropa que hace que otras gentes parezcan incapaces de resistirse a ella? ¿El hecho de vestirse como nosotros tiene algo que ver con que quieran ser como nosotros? Es obvio que aquí se trata de algo más que de simple ropa. Se trata de abrazar toda una cultura popular que se difunde a través de la música y las películas, por no hablar de los refrescos y la comida rápida. Dicha cultura popular lleva consigo un sutil mensaje. Un mensaje que tiene que ver con la libertad.
La gran transformación económica que los historiadores denominaron hace ya mucho la revolución industrial —un salto cuántico en el nivel de vida material para una parte creciente de la humanidad— tuvo sus orígenes en la fabricación de tejidos. Fue en parte un milagro de fabricación en serie causado por una oleada de innovación tecnológica, que tuvo su origen en la anterior revolución científica. Pero la revolución industrial no se habría iniciado en Gran Bretaña ni se habría extendido al resto de Occidente sin el desarrollo simultáneo de una sociedad de consumo dinámica, caracterizada por una demanda casi infinitamente elástica de ropa barata. La magia de la industrialización, aunque fuera algo que los críticos contemporáneos generalmente pasaron por alto, consistió en el hecho de que el trabajador era también y al mismo tiempo un consumidor. El «esclavo del trabajo» también iba de compras; el proletario más humilde tenía más de una camisa, y aspiraba a tener más de dos.
La sociedad de consumo resulta hoy tan omnipresente que es fácil suponer que ha existido siempre. Pero en realidad es una de las innovaciones más recientes que propulsaron a Occidente por delante del resto del mundo.
La máquina de coser Singer nació en 1850, cuando Isaac Merritt Singer viajó a Boston, Massachusetts, y vio qué era lo que fallaba en la máquina que estaban construyendo en el taller de Orson C. Phelps. La aguja tenía que ser recta, no curvada. La lanzadera tenía que ser transversal. Y todo el conjunto tenía que ser accionado con el pie, no con la mano. Como Marx, Singer no era precisamente un buen hombre. Tuvo un total de 24 hijos con cinco mujeres distintas, una de las cuales le demandó por bigamia, obligándole a huir de Estados Unidos. Como Marx —y como un desproporcionado número de empresarios de los siglos XIX y XX, sobre todo en los sectores de la ropa y los cosméticos—, Singer era de origen judío. Y también como Marx, cambió el mundo; aunque, a diferencia de Marx, para mejor.
La I. M. Singer & Company, más tarde Singer Manufacturing Company, completó el proceso de mecanización de la producción de ropa que había iniciado James Hargreaves menos de un siglo antes. Ahora hasta la operación de unir piezas de tela cosiéndolas podía hacerse a máquina. El mayor ejemplo de consumo.
Sin embargo, quizá la expresión más notable de esta temprana globalización fue la indumentaria. Con extraordinaria rapidez, una forma de vestir que era claramente occidental se propagó al resto del mundo, consignando los atuendos tradicionales al cesto de la ropa ornamental de la historia. Es cierto que no era esa precisamente la intención declarada de la Singer Manufacturing Company.
El consumismo masivo, con toda la estandarización que implicaba, pudiera reconciliarse de algún modo con un individualismo desenfrenado fue uno de los trucos más hábiles jamás realizados por la civilización occidental. Pero la clave para entender cómo se llevó a cabo radica en ese mismo adjetivo: occidental. Quizá podría perdonarse a la Unión Soviética por no haber sido capaz de inventar y difundir la televisión en color o el microondas. Pero no todos los productos definitorios de la sociedad de consumo fueron tecnológicamente complejos. El más sencillo de todos fue, de hecho, un tipo de pantalón de trabajo inventado en la costa oeste de Estados Unidos. Quizá el mayor misterio de la guerra fría sea por qué el paraíso del trabajador no fue capaz de producir un par de vaqueros decentes.
Los jeans, vaqueros o tejanos, tal como los conocemos hoy, se inventaron en 1873, cuando el comerciante de artículos de confección de origen bávaro Levi Strauss y el sastre de Reno Jacob Davis obtuvieron la patente para utilizar remaches de cobre a fin de reforzar los bolsillos de los pantalones de trabajo de los mineros. La tela que empleaban era la mezclilla o denim (originariamente «sarga de Nímes», de donde deriva el término, igual que el de jeans probablemente proviene de «Génova»), producida en la fábrica Amoskeag de Manchester, New Hampshire, empleando algodón cultivado en Estados Unidos y teñida con índigo cultivado en Estados Unidos. La originaria factoría Levi’s estaba en San Francisco, y fue allí donde se empleó por primera vez, en 1886, la familiar etiqueta de cuero representando a dos caballos que intentan romper un par de Levi’s sin lograrlo; el marbete rojo se agregó en 1936. Los vaqueros son baratos de hacer, fáciles de lavar, duros de romper y cómodos de llevar. Pero por entonces también lo eran los pantalones con peto o monos de trabajo como los que solían llevarse en Gran Bretaña (el propio Churchill llevó uno de ellos durante la guerra). Entonces, ¿por qué los vaqueros californianos —que también se hacía vestir a los presidiarios de muchas cárceles estatales— llegaron a dominar el mundo de la moda? La respuesta reside en dos de las industrias de mayor éxito del siglo XX: el cine y el marketing.
En suma, pues, la forma de vestir de la gente importa. Los dos grandes avances económicos de Occidente —la evolución industrial y la sociedad de consumo— tuvieron que ver en enorme medida con la ropa: primero fabricándola de una manera más eficiente, y luego llevándola de una manera más reveladora. La difusión de la forma de vestir occidental fue inseparable de la difusión del modo de vida occidental, del mismo modo que la reacción contra la indumentaria occidental en el mundo musulmán es síntoma de un renacimiento islámico global. Los revolucionarios iraníes menospreciaban a los occidentalizadores denominándoles fokolí, un término derivado de la palabra francesa faux-col («pajarita»), y actualmente los hombres de Teherán evitan de forma significativa las corbatas.

En general se reconoce que las tasas de ahorro son mucho más elevadas en Oriente que en Occidente. Las cargas de deuda privada son muy inferiores; las casas a menudo se compran al contado o con hipotecas relativamente pequeñas. Otras formas de crédito al consumo desempeñan un papel mucho menor. Es también un hecho conocido, como hemos visto, que los asiáticos trabajan muchas más horas al año que los occidentales: la media de horas anuales trabajadas va de las 2.120 de Taiwan a las 2.243 de Corea del Sur. De lo que no se es tan consciente es de que el auge del ahorro y la industria en Asia ha ido de la mano con uno de los efectos secundarios más sorprendentes de la occidentalización: el aumento del cristianismo, sobre todo en China.
Esta idea de que estamos condenados —de que la decadencia y la caída son inevitables y las cosas solo pueden ir a peor— se halla estrechamente vinculada a nuestra propia percepción de la mortalidad. Dado que como individuos estamos condenados a degenerar, sentimos instintivamente que también a las civilizaciones en las que vivimos habrá de ocurrirles lo mismo.
Cómo se desarrolla exactamente este proceso de decadencia y caída en el ámbito de las complejas estructuras sociales y políticas. ¿Se derrumban las civilizaciones de un golpe, en el campo de batalla del Armagedón, o en una larga y persistente agonía? La única forma de responder a esta última pregunta es volver a los mismos principios de la propia explicación histórica.

¿Qué podría frustrar el auge del dragón chino? Hay al menos cuatro hipótesis distintas propuestas por aquellos que esperan que tropiece.
-La primera es que en el caso de Japón solían hacerse proyecciones similares de ascenso inexorable. También se suponía que este país iba a superar a Estados Unidos y a convertirse en la superpotencia económica global número uno. Por lo tanto, prosigue el razonamiento, también China podría sufrir un día la misma suerte que Japón a partir de 1989. Precisamente porque los sistemas económicos y políticos no son realmente competitivos, una burbuja inmobiliaria o bursátil y su posterior pinchazo podrían cargar al país con bancos zombis, crecimiento plano y deflación, justo la grave situación que ha vivido Japón durante la mayor parte de las dos últimas décadas. La réplica a este argumento es que no era probable que un archipiélago de la costa este de Eurasia pudiera equipararse en ningún momento a una potencia continental como Estados Unidos.
-Una segunda posibilidad es que China pudiera sucumbir al malestar social, como con tanta frecuencia le ha sucedido en el pasado. Al fin y al cabo, sigue siendo un país pobre que ocupa el puesto 86.º del mundo en términos de renta per cápita.
La desigualdad ha experimentado un marcado aumento desde la introducción de las reformas económicas, de modo que su distribución de la renta es hoy característicamente americana (aunque no precisamente brasileña). Se estima que actualmente un 0,4 por ciento de las familias chinas poseen alrededor del 70 por ciento de la riqueza del país. Si a estas disparidades económicas se añaden los problemas crónicos de contaminación del aire, el agua y el suelo, no resulta sorprendente que las zonas más pobres del interior rural de China sean propensas a experimentar oleadas de protestas. Sin embargo, solo una imaginación febril podría construir un escenario revolucionario con tan magros fundamentos. Puede que el crecimiento económico haya hecho de China una sociedad más desigual, pero el régimen capitalista-comunista disfruta en la actualidad de unos niveles de legitimidad excepcionalmente elevados a los ojos de su propio pueblo.
-Un tercer escenario plausible vendría dado por la posibilidad de que la creciente clase media, como tantas veces en la historia occidental, exigiera una mayor representación política de la que actualmente tiene. China fue antaño una sociedad rural: en 1990 tres de cada cuatro chinos vivían en el campo. Hoy el 45 por ciento de la población vive en ciudades, y en 2030 la cifra podría elevarse al 70 por ciento. No solo la clase media está creciendo rápidamente en la China urbana: la difusión de la telefonía móvil y de internet significa que ahora esta puede formar sus propias redes horizontales espontáneas como nunca antes. El reto que esto representa lo personifica no el disidente encarcelado Liu Xiaobo, premio Nobel de la Paz en 2010, quien pertenece a una generación anterior de activistas, sino el corpulento y barbudo artista Ai Weiwei, que ha utilizado su prominencia pública para hacer campaña en favor de las víctimas del terremoto de Sichuan en 2008.
-El cuarto y último peligro es que China pueda ganarse la antipatía de sus vecinos hasta el punto de que estos graviten hacia una coalición equilibradora liderada por unos Estados Unidos cada vez más realistas. Sin duda no escasea el resentimiento en el resto de Asia con respecto al modo en que China hace valer su fuerza hoy en día. Los planes chinos para desviar los recursos hídricos de la meseta Tibetana Qinghai tienen implicaciones preocupantes para Bangladesh, la India y Kazajistán. En Hanoi se les está acabando la paciencia con el hábito chino de emplear a su propia gente en las minas de bauxita vietnamitas. Y las relaciones con Japón dieron un giro a peor en una disputa sobre las diminutas islas Senkaku/Diaoyu, a las que China impuso un embargo sobre las exportaciones de tierras raras en represalia por la detención de un pescador chino que se había extraviado. Sin embargo, estas fricciones están muy lejos de ser razones suficientes para lo que, de ocurrir, sería el mayor cambio en la política exterior estadounidense desde que Richard Nixon y Henry Kissinger reanudaron las relaciones diplomáticas con China en 1972.

Aceptar un nuevo orden global ya resultó bastante difícil tras la desintegración de la Unión Soviética, que trajo de cabeza a muchos analistas. Pero la guerra fría duró algo más de cuatro décadas y la Unión Soviética nunca estuvo cerca de superar a la economía estadounidense. Lo que hoy estamos viviendo, en cambio, es el final de 500 años de predominio occidental. Esta vez el desafío de Oriente es real, tanto económica como geopolíticamente. Es todavía demasiado pronto para que los chinos proclamen que «ahora somos los amos», aunque es evidente que han dejado de ser los aprendices. Sin embargo, el conflicto de civilizaciones en el sentido de Huntington todavía parece una perspectiva distante. Es más probable que presenciemos la clase de cambio que en los últimos 500 años casi siempre se ha producido en favor de Occidente. Una civilización se hace más débil; otra, más fuerte. La cuestión fundamental no es si ambas chocarán entre sí, sino si la más débil pasará de la debilidad directamente al colapso.

All the books of this Scot are sublime, for some pretentious but certainly very good and in this arises if the West has ruled for centuries by chance … For my Civilization is an interesting, original essay on the subject, approach and explanation of certain historical phenomena. The style and language of Ferguson is always simple (which is always appreciated). It is not a mere account of facts, but it intends to share its conclusions (Ferguson is not politically correct or pretends to be).
In this book one finds the track of topics dealt with in previous books and in some points it might seem somewhat simplistic (the least), but that does not detract in any way from its recommended reading.

Is this really the end of the Western world and the advent of a new Eastern epoch? In other words: are we witnessing the decline of an age in which most of humanity has been more or less subordinated to the civilization that emerged in Western Europe after the Renaissance and the Reformation; the civilization that, driven by the scientific revolution and the Enlightenment, expanded across the Atlantic and reached the Antipodes, finally reaching its apogee during the years of revolution, industry and empire ?.
It’s based on:
1. Competence: a decentralization of both political and economic life, which served as a springboard to both nation-states and capitalism.
2. Science: a way of studying, understanding and, ultimately, transforming the natural world, which gave the West (among other things) an important military advantage over the rest of the world.
3. Property rights: the rule of law as a means of protecting private owners and peacefully resolving disputes between them, which formed the basis of the most stable form of representative government.
4. Medicine: a branch of science that allowed a significant improvement in health and life expectancy, and that began in Western societies, but also in their colonies.
5. The consumer society: a material way of life in which the production and purchase of clothing and other consumer goods play a central economic role, and without which the industrial revolution would have been unsustainable.
6. The work ethic: a moral framework and a mode of activity derived (among other sources) from Protestant Christianity, which provides the tegument that holds together the dynamic and potentially unstable society.

Why did China decline while Europe went ahead? Smith’s main response was that the Chinese had not known how to “encourage foreign trade” and, therefore, had lost the benefits of comparative advantage and the international division of labor. But other explanations were also possible. In the 1740s, Charles-Louis de Secondat, Baron de Montesquieu, blamed the “established tyranny plan”, whose origin he attributed to the exceptionally large population of China, which, in turn, was due to the East Asian climate :
I reason like this: Asia does not properly have a temperate zone, given that the places located in a very cold climate border directly with those that are extremely warm, that is, Turkey, Persia, India, China, Korea and Japan. In Europe, on the other hand, the temperate zone is very extensive …
How can we understand the preeminence of the East? For starters, Asian agriculture was considerably more productive than European agriculture. In East Asia, half a hectare of land was enough to support a family: such was the efficiency of rice cultivation; while in England the average figure was close to 10 hectares. This helps explain why East Asia was already more populous than Western Europe. The sophisticated oriental system of rice cultivation could feed many more mouths.

For centuries, the spice route had flowed from the Indian Ocean through the Red Sea, or, by land, through Arabia and Anatolia. In the middle of the 15th century, its lucrative final stretch leading to Europe was strongly controlled by the Turks and Venetians. The Portuguese understood that, if they could find an alternative route, descending the west coast of Africa and bending the Cape of Good Hope to the Indian Ocean, they could keep the business. Another Portuguese sailor, Bartolomé Diaz, had doubled the line in 1488, but his crew had forced him to go back. Nine years later it was up to Vasco da Gama to complete the route.
The orders of King Manuel tell us something of crucial importance about the way in which Western civilization expanded overseas. As we will see, the West had more than one advantage over the rest of the world. But what was really crucial was surely the fierce competition that propelled the era of discovery. For Europeans, circumnavigating Africa had nothing to do with demanding a symbolic tribute for some high and mighty potentate of the country, but with anticipating their rivals.
Europe shared the world in a frenzy of fierce competition. But the question remains: why did the Europeans seem to have much more commercial fervor than the Chinese? Why was Vasco da Gama so clearly avid for money, eager enough to kill for it?
The answer can be found by examining the maps of medieval Europe, where literally hundreds of rival states can be seen, ranging from the kingdoms of the western littoral to the numerous city-states located between the Baltic and the Adriatic, from Lübeck to Venice.
The wars of religion were the curse of European life for more than a century since the Lutheran Reformation shook Germany. But the bloody battles between Protestants and Catholics, as well as the periodic and localized persecution of Jews, also had beneficial side effects. In 1492, the Jews were expelled from Castile and Aragon as religious heretics. At first many of them sought refuge in the Ottoman Empire, but after 1509 a Jewish community was established in Venice. In 1566, with the rebellion of the Dutch against Spanish rule and the establishment of the United Provinces as a Protestant republic, Amsterdam became another refuge of tolerance. When the Huguenot Protestants were expelled from France in 1685, they were able to resettle in England, Holland and Switzerland. And, obviously, religious fervor came to provide another incentive for expansion overseas.

Europe before 1500 was a valley of tears, but not of ignorance. In the Renaissance, many classical studies were rediscovered, often through contact with the Muslim world. There were also important innovations. The 12th century witnessed the birth of polyphony, a revolutionary advance in the history of Western music. Robert Grosseteste raised the crucial importance of the experimental method, an idea that Roger Bacon seconded in the thirteenth century. Around 1413, Filippo Brunelleschi invented linear perspective in painting. The first novel proper was La vida de Lazarillo de Tormes (1500), by an anonymous author. But an even more decisive advance than the Renaissance was the advent of the Protestant Reformation and the consequent fragmentation of Western Christianity after 1517. This was largely due to the revolutionary role of the printing press, probably the most important technological innovation of the period prior to the industrial revolution.
It can be said that the scientific revolution began with almost simultaneous advances in the study of planetary movements and the circulation of blood. But Hooke’s microscope took science to a new frontier by revealing what had hitherto been invisible to the human eye. The Micrographia was a manifesto of the new empiricism, a world completely removed from Faust’s witchcraft. However, the new science had to do with something more than just accurate observation. Starting with Galileo, it also had to do with systematic experimentation and the identification of mathematical relationships. The possibilities of mathematics were expanded in turn when Isaac Newton and Gottfried Leibniz developed, respectively, the infinitesimal calculus and the differential calculus. Finally, the scientific revolution was also a philosophical revolution when René Descartes and Baruch Spinoza overturned traditional theories on both perception and reason. It can be said, without fear of exaggeration, that this cascade of intellectual innovations gave rise to modern anatomy, astronomy, biology, chemistry, geology, geometry, mathematics, mechanics and physics.
What made the Royal Society so important was not so much the royal patronage as the fact that it was part of a new kind of scientific community, which allowed sharing ideas and tackling problems collectively through a process of open competition. The classic example is that of the law of gravity, which Newton could not have formulated without Hooke’s previous works. In fact, the Royal Society – of which Newton was president in 1703 – would be a central axis in the new scientific network. This is not to suggest that modern science was, that is, a work exclusively of equipment. Then, as now, individual scientists acted out of ambition as well as altruism. But due to the imperative to publish the new findings, scientific knowledge could grow cumulatively, although sometimes it did so with bitterness.
Today, then, more than three centuries after the siege of Vienna, the key question is to what extent the West continues to be able to maintain the scientific advantage in which, among many other things, its military superiority has been based for so long. Or perhaps the question could be formulated differently: can a non-Western power really aspire to benefit from transferring Western scientific knowledge if, on the other hand, it continues to reject this other key part of the winning formula of the West: the third institutional innovation? of the right of private property, the rule of law, and an authentically representative government?

In view of the progress already made in Western Europe both economically and scientifically before the large-scale development of the New World, such claims seem overly pretentious. The real importance of the conquest and colonization of America lies in the fact that this was one of the greatest natural experiments in history: take two Western cultures, export and impose themselves to a wide range of different peoples and territories: the British in the north, Spanish and Portuguese in the south.
It was, instead, an idea that made the crucial difference between British and Iberian America, an idea about the way in which the people should govern themselves. Some people make the mistake of calling this idea “democracy” and imagine that any country can adopt it simply by holding elections. In reality, democracy was the auction of a building that had its foundations in the rule of law.
The British colonization in general produced better economic results than the Spanish or the Portuguese where it was attempted. There is no perfect test to validate this proposition, since there have not been two colonies exactly the same, but Arizona is richer than Mexico and Hong Kong is richer than Manila. So perhaps the British colonization of Mexico and Peru would have given better long-term results than the Spanish colonization, ultimately producing a kind of United States of Central and South America. And perhaps the Spanish colonization of North America would have left that region relatively impoverished as well as divided into opposing republics: multiple nation-states such as Colombia instead of the current District of Columbia as the seat of a federal government, and an eternal enmity between Wisconsin and Minnesota instead of the current one between Colombia and Venezuela.
The Spanish domain also led to the Catholic religion, which is not that it was bad – the Dominican missionary Pedro de Córdoba was the first to denounce the appalling abuses of the indigenous population under the encomiendas system, but it was, fundamentally, another monopoly class. North America, on the other hand, became the seat of numerous Protestant sects, so that dissension and diversity were counted among the organizing principles of British colonization. This had its dark side (the Salem witchcraft trials immediately come to mind), but the clear benefit was the creation of a society of merchants and farmers committed to religious freedom as well as politics.
It’s not that in North America there was no miscegenation. Certainly there was. Thomas Jefferson is only the most famous American among those who fathered children with any of his slaves. Towards the end of the colonial era there were around 60,000 mulattos in British America. Today, between a fifth and a quarter of the DNA of most African-Americans living in the United States has a European origin. But the model that took root in the colonial period was essentially binary. An individual who had even a “drop” of African-American blood-in Virginia, who had only one black grandfather-was classified directly as black regardless of how clear his skin was or how Caucasian his physiognomy turned out to be. In Virginia, as early as 1630 interracial marriage was treated as a punishable offense, and in 1662 it was legally prohibited. The colony of Maryland had passed a similar law a year earlier, and five other American colonies also enacted laws in that regard. In the century after the founding of the United States, no less than 38 states banned interracial marriages. As late as 1915 there were 28 states that maintained such statutes, and 10 of them had gone so far as to make the prohibition of miscegenation constitutional. There was even an attempt, in December 1912, to amend the US Constitution to prohibit miscegenation “forever.”
Five hundred years after the process of conquest and colonization began, the gap between Anglo-American America and Latin America finally seems to close. In the Western Hemisphere a single American civilization is finally emerging; a kind of late materialization of the original Pan-American dream of Bolívar.
There is, however, a long way to go, among other things because the apogee of the theories of racial distinction did not occur in fact in the nineteenth century, but in the first half of the twentieth. To appreciate why race became such a worrying element in the interaction of the West with other civilizations we must turn our eyes to Africa itself, which was to become the focus of European imperial expansion at that time.

From the mid-nineteenth century to the mid-twentieth century, the West dominated the rest of the world. This was the era not only of empires, but also of imperialism, a theory of overseas expansion that justified the official and unofficial domination of non-Western peoples for both selfish and altruistic reasons. The empire meant “vital space” for the surplus population; it meant safe export markets that a rival power could not protect with tariffs; it meant higher investment returns than in the country itself.
The moment in which this “health transition” took place-that is, the beginning of a sustained improvement in life expectancy-is quite clear. In Western Europe it occurred between the 1770s and 1890s, beginning first in Denmark and finally ending in Spain. On the eve of the First World War, typhus and cholera had been practically eradicated in Europe as a result of a series of improvements in hygiene and public health, while diphtheria and tetanus were controlled by means of vaccines. In the 23 modern Asian countries for which data are available, the health transition occurred – with one exception – between the 1890s and 1950s. In Africa it was between 1920 and 1950, with only two exceptions in a total of 43 countries.
The French Empire was never as irremediably barbarous as the Nazi Empire. If it had been, it would probably have been impossible to revive so much of it after the Second World War, and not even reaffirm its old assimilationist ambitions by renaming it a “French Union.” Up to the ten years between the Brazzaville Conference of 1944 and the parallel blows of the defeat at Dien Bien Phu and the rebellion in Algeria exceeded the total duration of Hitler’s extra-German empire. However, the world wars were the terrible nemesis that followed the unbridled pride of the civilizing mission, when all the European empires applied against each other the methods they had advocated (albeit with varying degrees of cruelty) against the Africans. Medical science, which had seemed a universal savior in the war against the disease, ended up being perverted by racial prejudice and the pseudoscience of eugenics, turning even some doctors into assassins. In 1945, the expression “Western civilization” really seemed a contradiction in its own terms, as Gandhi said.

What does our clothes have that makes other people seem unable to resist it? Does dressing like us have anything to do with wanting to be like us? It is obvious that here it is more than just clothing. It’s about embracing an entire popular culture that spreads through music and movies, not to mention soda and fast food. This popular culture carries with it a subtle message. A message that has to do with freedom.
The great economic transformation that historians long ago called the industrial revolution – a quantum leap in the material level of life for a growing part of humanity – had its origins in the manufacture of textiles. It was in part a miracle of mass production caused by a wave of technological innovation, which had its origin in the previous scientific revolution. But the industrial revolution would not have begun in Britain nor spread to the rest of the West without the simultaneous development of a dynamic consumer society, characterized by an almost infinitely elastic demand for cheap clothes. The magic of industrialization, although it was something that contemporary critics generally overlooked, consisted in the fact that the worker was also and at the same time a consumer. The “slave of work” also went shopping; the humblest proletarian had more than one shirt, and he aspired to have more than two.
The consumer society is so ubiquitous today that it is easy to assume that it has always existed. But in reality it is one of the most recent innovations that propelled the West ahead of the rest of the world.
The Singer sewing machine was born in 1850, when Isaac Merritt Singer traveled to Boston, Massachusetts, and saw what was wrong with the machine they were building in the workshop of Orson C. Phelps. The needle had to be straight, not curved. The shuttle had to be transversal. And the whole set had to be operated with the foot, not with the hand. Like Marx, Singer was not exactly a good man. He had a total of 24 children with five different women, one of whom sued him for bigamy, forcing him to flee the United States. Like Marx – and as a disproportionate number of entrepreneurs of the nineteenth and twentieth centuries, especially in the sectors of clothing and cosmetics – Singer was of Jewish origin. And also like Marx, he changed the world; although, unlike Marx, for the better.
The I. M. Singer & amp; Company, later Singer Manufacturing Company, completed the process of mechanization of clothing production that James Hargreaves had initiated less than a century earlier. Now even the operation of joining pieces of cloth by sewing them could be done by machine. The biggest example of consumption.
However, perhaps the most notable expression of this early globalization was clothing. With extraordinary rapidity, a form of dress that was clearly Western spread to the rest of the world, consigning the traditional garments to the basket of the ornamental clothes of history. It is true that this was not precisely the stated intention of the Singer Manufacturing Company.
Massive consumerism, with all the standardization it implied, could be reconciled in some way with unbridled individualism was one of the most skillful tricks ever performed by Western civilization. But the key to understanding how it was carried out lies in that same adjective: western. Perhaps the Soviet Union could be forgiven for not having been able to invent and spread color television or the microwave. But not all the defining products of the consumer society were technologically complex. The simplest of all was, in fact, a type of work pants invented on the west coast of the United States. Perhaps the greatest mystery of the cold war is why the worker’s paradise was not able to produce a pair of decent cowboys.
Jeans, jeans or jeans, as we know them today, were invented in 1873, when the Bavarian garment merchant Levi Strauss and the Reno tailor Jacob Davis obtained the patent to use copper rivets to reinforce the pockets of the work pants of the miners. The cloth they used was denim (originally “Twill of Nimes”, from which the term derives, just as the jeans probably comes from “Genoa”), produced at the Amoskeag factory in Manchester, New Hampshire, using cultivated cotton in the United States and dyed with indigo grown in the United States. The original Levi’s factory was in San Francisco, and it was there where, for the first time, in 1886, the familiar leather label was used, representing two horses trying to break a pair of Levi’s without succeeding; The red tag was added in 1936. Jeans are cheap to make, easy to wash, hard to break and comfortable to wear. But then, too, were pants with overalls or work overalls like they used to be in Britain. (Churchill himself carried one of them during the war). So why did the California cowboys – who also wore the inmates of many state prisons – come to dominate the world of fashion? The answer lies in two of the most successful industries of the twentieth century: film and marketing.
In short, then, the way people dress matters. The two great economic advances of the West – industrial evolution and the consumer society – had a great deal to do with clothing: first making it more efficiently, and then taking it in a more revealing way. The spread of Western dress was inseparable from the spread of the Western way of life, just as the reaction against Western clothing in the Muslim world is a symptom of a global Islamic renaissance. The Iranian revolutionaries disparaged the westernizers by calling them fokolí, a term derived from the French word faux-col (“bow-tie”), and today the men of Tehran significantly avoid ties.

It is generally recognized that savings rates are much higher in the East than in the West. Private debt burdens are much lower; Houses are often bought in cash or with relatively small mortgages. Other forms of consumer credit play a much smaller role. It is also a known fact, as we have seen, that Asians work many more hours a year than Westerners: the average annual hours worked ranges from 2,120 in Taiwan to 2,243 in South Korea. What is not so conscious is that the boom in savings and industry in Asia has gone hand in hand with one of the most surprising side effects of Westernization: the rise of Christianity, especially in China.
This idea that we are condemned – that decay and fall are inevitable and things can only get worse – is closely linked to our own perception of mortality. Given that as individuals we are condemned to degenerate, we feel instinctively that the same civilizations will also happen to the civilizations in which we live.
How exactly this process of decadence and fall is developed in the sphere of complex social and political structures. Do civilizations collapse in one fell swoop, on the battlefield of Armageddon, or in a long and lingering agony? The only way to answer this last question is to return to the same principles of the historical explanation itself.

What could frustrate the rise of the Chinese dragon? There are at least four different hypotheses proposed by those who expect him to stumble.
-The first is that in the case of Japan they used to make similar projections of inexorable ascent. It was also supposed that this country was going to overtake the United States and become the number one global economic superpower. Therefore, the reasoning continues, also China could one day suffer the same fate as Japan from 1989. Precisely because economic and political systems are not really competitive, a real estate bubble or stock market and its subsequent puncture could burden the country with zombie banks, flat growth and deflation, just the serious situation that Japan has lived through most of the last two decades. The reply to this argument is that it was unlikely that an archipelago on the east coast of Eurasia could be compared at any time to a continental power like the United States.
-A second possibility is that China could succumb to social unrest, as it has so often happened in the past. After all, it remains a poor country that ranks 86th in the world in terms of per capita income.
Inequality has experienced a marked increase since the introduction of economic reforms, so that its income distribution is now characteristically American (though not exactly Brazilian). It is estimated that currently 0.4 percent of Chinese families own around 70 percent of the country’s wealth. If chronic economic problems of air, water and soil pollution are added to these economic disparities, it is not surprising that the poorer rural areas of China are prone to waves of protests. However, only a feverish imagination could build a revolutionary scenario with such meager foundations. Economic growth may have made China a more unequal society, but the capitalist-communist regime currently enjoys exceptionally high levels of legitimacy in the eyes of its own people.
-A third plausible scenario would be given by the possibility that the growing middle class, as so many times in Western history, demanded greater political representation than it currently has. China was once a rural society: in 1990, three out of four Chinese people lived in the countryside. Today 45 percent of the population lives in cities, and by 2030 the figure could rise to 70 percent. Not only the middle class is growing rapidly in urban China: the spread of mobile and internet telephony means that now it can form its own spontaneous horizontal networks like never before. The challenge that this represents is not embodied by the imprisoned dissident Liu Xiaobo, Nobel Peace Prize winner in 2010, who belongs to a previous generation of activists, but by the corpulent and bearded artist Ai Weiwei, who has used his public prominence to campaign in favor of the victims of the Sichuan earthquake in 2008.
-The fourth and last danger is that China can win the antipathy of its neighbors to the point that they gravitate toward a balancing coalition led by a United States increasingly realistic. No doubt there is no shortage of resentment in the rest of Asia regarding the way China is asserting its strength today. Chinese plans to divert water resources from the Qinghai Tibetan Plateau have troubling implications for Bangladesh, India and Kazakhstan. In Hanoi they are running out of patience with the Chinese habit of employing their own people in the Vietnamese bauxite mines. And relations with Japan took a turn for the worse in a dispute over the tiny Senkaku / Diaoyu Islands, to which China imposed an embargo on exports of rare earths in retaliation for the arrest of a Chinese fisherman who had gone astray. However, these frictions are far from being sufficient reasons for what, if it were to happen, would be the biggest change in American foreign policy since Richard Nixon and Henry Kissinger resumed diplomatic relations with China in 1972.

Accepting a new global order was difficult enough after the breakup of the Soviet Union, which brought many analysts to the fore. But the Cold War lasted just over four decades and the Soviet Union was never close to overtaking the US economy. What we are living today, however, is the end of 500 years of Western predominance. This time the challenge of the East is real, both economically and geopolitically. It is still too early for the Chinese to proclaim that “we are now the masters”, although it is evident that they have ceased to be apprentices. However, the conflict of civilizations in Huntington’s sense still seems a distant prospect. It is more likely that we will witness the kind of change that in the last 500 years has almost always occurred in favor of the West. A civilization becomes weaker; another, stronger. The fundamental question is not whether the two will collide with each other, but whether the weaker will go from weakness directly to collapse.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .