De Donde Soy — Joan Didion / Where I Was From by Joan Didion

El temperamento extravagante le duró a mi abuela toda la vida. Como era una niña, sabía lo que querían los niños. Cuando a los seis años enfermé de paperas, para distraerme no me trajo un libro para colorear, ni helado, ni espuma de baño, sino un frasquito de cristal sellado con hilo de oro del caro perfume On Dit de Elizabeth Arden. Cuando yo tenía once años y me negué a seguir yendo a la iglesia, me regaló a modo de incentivo no el miedo a Dios sino un sombrero, no un sombrero cualquiera, no un gorro de punto ni una boina de niña bien educadita, sino un sombrero, de fibras de seda italiana y con acianos de seda francesa y una gruesa etiqueta de satén que decía «Lilly Dache». Preparaba ponche de champán para los nietos a quienes les tocaba sentarse con ella en Nochevieja. Durante la Segunda Guerra Mundial se presentó voluntaria para ayudar a salvar la cosecha de tomates del Valle Central trabajando en la planta envasadora Del Monte de Sacramento, donde echó un vistazo a la cinta transportadora en movimiento, le entró una de las tremendas jaquecas que se había traído su bisabuela al Oeste junto con las semillas y se pasó su primer y único día en la cadena con las lágrimas cayéndole por la cara. A modo de expiación, se pasó el resto de la guerra tejiendo calcetines para que la Cruz Roja los mandara al frente. El hilo que compraba para tejer aquellos calcetines era de cachemir, de los colores reglamentarios.

Es realmente interesante, y me gustaron especialmente los capítulos sobre la parte más vulnerable de los contratos militares que pagan todo en los suburbios de California. También me gustaron las historias sobre pioneros, siento que no muchas narrativas pioneras son tan poco románticas. El libro era bastante serpenteante y nunca supe adónde nos dirigíamos a continuación, así que, aunque es un libro bastante corto, me llevó tres semanas leerlo. También fue mi primera Joan Didion y me pregunto si es más atractivo para las personas familiarizadas con su estilo y biografía.
El libro comienza con un examen de los ideales corruptos y fuera de lugar dentro de la California que Didion vio evolucionar a lo largo de su vida. Después de observar a las personas que componían este lugar, tanto uniéndola como alienándola de la California en la que creció, la pregunta de «¿De dónde (ella) era?» se transforma. La cuestión del origen busca el “quién” más que el “dónde”, y mientras recuerda la pérdida y la caída de aquellos en los que consistía su “dónde” original, Didion se revela como el último hombre en pie de ese origen.
En lugar de abordar el dolor de estas pérdidas, se convierte en la imagen de su madre, quien en momentos de angustia respondió, con lágrimas corriendo por su rostro, no con la pregunta sino con la declaración forzada de «¿qué más da?». Joan refleja el “quién” materno del que proviene cuando, siguiendo la descripción de sus pérdidas, dice: “Cerré la caja y la metí en un armario. No hay una forma real de lidiar con todo lo que perdemos”.
El uso del tiempo pasado de «era» en el título, entonces, parece una decisión pesada pero adecuada.

A California no venía la gente satisfecha, feliz y contenta, sino la gente aventurera, incansable y osada. Una gente distinta incluso de quienes se establecían en otros estados del Oeste. No venían al Oeste en busca de casas y de seguridad, sino de aventuras y de dinero. Llegaron cruzando las mon­tañas y fundaron las ciudades más grandes del Oeste. En Mother Lode extraían el oro de día y bailaban de noche. La población de San Francisco se multiplicó casi por veinte antes de 1906, cuando se incendió y quedó reducida a cenizas, y volvió a levantarse casi tan deprisa como había ardido. Teníamos un problema de irrigación, de manera que construimos las presas más grandes que el mundo ha conocido. Ahora tanto el desierto como el valle producen comida en cantidades enormes. California ha conseguido mucho en los últimos años. Nos resultaría fácil cruzarnos de brazos y disfrutar de los resultados del pasado. Pero no podemos hacerlo. No podemos detenernos y quedarnos contentos y complacidos. Tenemos que estar a la altura de nuestro patrimonio y seguir avanzando en pos de cosas mejores y más grandes para California.

Hay muchas cosas de California que, contadas en sus términos preferidos, no cuadran. El río Sacramento, fuente principal de agua no subterránea en un estado donde históricamente la desconfianza hacia la autoridad gubernamental centralizada se ha considerado una ética, tiene su nacimiento en las remotas sierras septentrionales del condado de Siskiyou.
Nací en Sacramento y he vivido en California la mayor parte de mi vida. Aprendí a nadar en los ríos Sacramento y American, antes de las presas. Aprendí a conducir en los diques que había río arriba y río abajo de Sacramento. Y sin embargo, en cierto sentido California ha seguido siendo impenetrable para mí, un enigma agotador, igual que para mucha gente que es de allí. Nos preocupa, la corregimos y la revisamos, intentamos sin éxito definir nuestra relación con ella y su relación con el resto del país. De­claramos solemnemente que hemos roto con ella, como hizo Josiah Royce cuando se fue de Berkeley a Harvard. «En California no hay filosofía: desde Siskiyou hasta Fort Yuma, y del Golden Gate hasta la cima de las Sierras», le es­cribió a William James, que le acabaría contestando a aquel cri de coeur con la invitación para ir a Harvard. Nuestros regresos son igual de solemnes, como el de Frank Norris, que decidió antes de cumplir los treinta años «crear una gran obra con el Oeste y California de trasfondo, y que sea al mismo tiempo genuinamente americana».
The Octopus ha sido, desde el principio, una obra problemática, en parte porque resulta muy fácil rechazar su aparente falta de moderación. Todavía en 1991, en una discusión sobre el papel que había desempeñado el ferrocarril en el desarrollo de California, The Octopus sigue siendo quizá la expresión más compleja hasta la fecha de la condición californiana, y también una obra profundamente ambigua.

El club Bohemian de San Francisco lo fundaron en 1872 varios miembros de la prensa de la ciudad, que lo veían al mismo tiempo como una declaración de intereses «artísticos» o poco convencionales y como un lugar para tomar una cerveza y un bocadillo después de cerrar la primera edición. Frank Norris era miembro, igual que Henry George, que todavía no había publicado Progreso y pobreza. Había poetas: Joaquin Miller, George Sterling. Había escritores: Samuel Clemens, Bret Harte, Ambrose Bierce o Jack London, que pocos meses antes de morir se las había apañado para pasar una semana en Bohemian Grove, el campamento que tenía el club en los bosques de secoyas del norte de San Francisco. John Muir pertenecía al club Bohemian y Joseph LeConte también. Durante unos años pareció que los miembros mantenían con resolución su determinación de no admitir a gente por el mero hecho de ser ricos (le habían negado la entrada a William C. Ralston, presidente del Bank of California), pero su política excesivamente ambiciosa de gastos, tanto en el club de la ciudad como en sus periódicos campamentos, enseguida se impuso sobre estas intenciones.
Henry George se preguntaba qué traería el ferrocarril, pero no había mucha más gente que se lo preguntara. Mucha gente se preguntaría más adelante si había servido al bien común transformar los valles de Sacramento y de San Joaquín de marismas estacionales a invernaderos protegidos que requerían la aplicación anual sobre cada kilómetro cuadrado de una tonelada y media de pesticidas químicos, pero no mucha gente lo preguntaba antes de los diques; y quienes lo preguntaban eran tachados de «defensores del medio ambiente», una expresión que se usa informalmente por estos pagos de California para describir a cualquiera que sea percibido como amenaza a la vida de libertad personal absoluta que sus ciudadanos creen llevar.

En el número de mayo de 1935 del American Mercury, William Faulkner publicó una de las pocas obras narrativas que ambientó en California, un relato que tituló «Tierra del oro». «Tierra del oro» cuenta un día en la vida de Ira Ewing Jr., de cuarenta y ocho años, un hombre para quien «veinticinco años de esfuerzos y deseos, de astucia, suerte e incluso fortaleza» parecen haber quedado reducidos a cenizas en los últimos tiempos. A los catorce años Ira Ewing se marchó de Nebraska en un tren de carga rumbo al oeste. Cuando cumplió los treinta, se había casado con la hija de un carpintero de Los Ángeles, había tenido un hijo y una hija y había puesto un pie en el negocio inmobiliario. Cuando lo conocemos, ya está en situación de gastarse cincuenta mil dólares al año, una cantidad considerable en 1935. Ha podido traerse a su madre viuda de Nebraska e instalarla en una casa de Glendale. Ha podido darles a sus hijos «lujos y ventajas que su propio padre no solo no habría imaginado en la práctica sino que los habría condenado por completo en teoría».

Una tarde de septiembre de 2002 recorrí con el coche todo el Corredor de Alameda, saliendo del puerto norte y pasando por todo lo que había sido el corazón industrial de California del Sur: Carson, Compton, Watts. Lynwood, South Gate. Huntington Park. Vernon. Faltaban unas semanas para que la huelga de estibadores de aquel otoño cerrara el comercio del Pacífico, y aquella tarde no vi ni trenes ni contenedores, solo una línea ferroviaria nueva destinada a transportar la carga y unos almacenes nuevos destinados a albergarla, muchos de ellos con letreros de SE ALQUILA. En la primera colina al norte de Signal Hill se veía lo que parecía ser una nueva parcelación, con un letrero que decía VISTA INDUSTRIA. Más allá del letrero solo había más almacenes, miles de almacenes, miles de intersecciones vacías, un Puerto de Entrada tras otro, cada uno indistinguible del anterior. Solo cuando empezaron a emerger las Arco Towers de la neblina suspendida sobre el centro de Los Ángeles me fijé en un almacén que tenía un letrero que parecía sugerir que estaba en uso. 15.000 METROS CUADRADOS DE LOCURA DE CAMISETAS, decía el letrero.

Corría 1993 cuando el Departamento de Prisiones de California activó su primera «valla de la muerte» en Calipatria. Corría 1994 cuando se activó la segunda «valla de la muerte», en Lancaster, que portaba una carga de 650 miliamperios, casi diez veces el voltaje necesario para causar la muerte instantánea. «Lo que hace la valla es eliminar la posibilidad del error humano —consta que dijo el director de Lancaster, explicando que aquellas vallas de un millón de dólares les ahorrarían dinero a largo plazo porque se podría eliminar a los agentes armados de las torres de francotiradores de la prisión—. La valla nunca se retira a dormir. Nunca va al lavabo. No tiene que hacer nada de todo eso. Siempre está funcionando.»
Durante la mayor parte de mi vida he interpretado el crecimiento del sistema penitenciario y la reducción del compromiso con la educación pública como evidencias de cómo había «cambiado» California. Hasta hace poco no he empezado a ver estos fenómenos como lo contrario, evidencias de que California «no había cambiado», y a entender que al analizarse a sí misma la cultura siempre ha interpretado de forma errónea el significado de «cambio».

Cuando murió mi padre, seguí con mi vida. Cuando murió mi madre, no pude. La última vez que la vi fue ocho semanas antes de que se muriera. Había estado en el hospital, mi hermano y yo la habíamos llevado a casa y habíamos organizado el tema del oxígeno y los turnos de las enfermeras, habíamos rellenado las recetas de la morfina y del Ativan. La mañana en que Quintana y yo nos teníamos que marchar a Nueva York, mi madre insistió en que le lleváramos una caja metálica pintada que tenía en una mesilla de su dormitorio, una caja en la que guardaba documentos que pensaba que podían tener importancia, por ejemplo una copia de la escritura de una mina de oro del condado de El Dorado que su hermana y ella habían heredado de su padre y de la que ya no eran dueñas. Mi hermano le dijo a nuestra madre que ya no necesitaba la caja, que él ya había sacado todos los documentos que todavía tenían alguna utilidad y los había guardado en un lugar seguro. Pero ella insistió. Quería la caja metálica…

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/09/la-banda-que-escribia-torcido-una-historia-del-nuevo-periodismo-marc-weingarten-the-gang-that-wouldnt-write-straight-wolfe-thompson-didion-capote-and-the-new-journalism-revolution/

https://weedjee.wordpress.com/2022/12/01/de-donde-soy-joan-didion-where-i-was-from-by-joan-didion/

The extravagant temperament lasted my grandmother all her life. Since she was a girl, she knew what boys wanted. When I got the mumps at age six, to distract me she didn’t bring me a coloring book, or ice cream, or bubble bath, but a gold-threaded glass vial of Elizabeth Arden’s expensive On Dit perfume. When I was eleven years old and refused to go to church anymore, he gave me as an incentive not the fear of God but a hat, not just any hat, not a knitted hat or a well-behaved girl’s beret, but a hat. hat, of Italian silk fibers and with French silk cornflowers and a thick satin label that said ‘Lilly Dache’. She made champagne punch for the grandchildren whose turn it was to sit with her on New Year’s Eve. During World War II, she volunteered to help save the Central Valley tomato crop by working at the Del Monte packing plant in Sacramento, where she took one look at the moving conveyor belt, got one of the terrible headaches she’d ever had. brought his great-grandmother west along with the seeds and spent his first and only day on the chain with tears streaming down his face. As an atonement, she spent the rest of the war knitting socks for the Red Cross to send to the front lines. The yarn she bought to knit those socks was cashmere, the regulation colors.

It’s really interesting, and I especially liked the chapters about the underbelly of the military contracts paying for everything in the California suburbs. I also liked the stories about pioneers, I feel like not many pioneer narratives are that unromantic. The book was was pretty meandering and I never really knew where we were headed next, so even though it is a pretty short book it took me three weeks to read. It was also my first Joan Didion and I wonder if it’s more appealing to people familiar with her style and biography.
The book begins with an examination of the corrupted and misplaced ideals within the California Didion watched evolve over the course of her life. After observing the people that made up this place, both uniting her with and alienating her from the California in which she grew up, the question of “Where (she) Was From” then transforms. The question of origin seeks “who” rather than “where”, and as she remembers loss and the falling of those that her original “where” consisted of, Didion reveals herself as the last man standing from that origin.
Rather than addressing the pain of these losses, she becomes the image of her mother, who in times of heartache responded, tears streaming down her face, with not the question but the forced statement of, “what difference does it make.” Joan reflects the maternal “who” from which she came when, following the description of her losses, says, “I closed the box and put it in a closet. There is no real way to deal with everything we lose.”
The past tense use of “Was” in the title, then, seems a heavy but fitting decision.

Satisfied, happy and contented people did not come to California, but adventurous, tireless and daring people. A different people even from those who settled in other western states. They didn’t come west for houses and safety, but for adventure and money. They came across the mountains and founded the largest cities in the West. In the Mother Lode they mined gold by day and danced at night. San Francisco’s population increased almost twentyfold before 1906, when it burned to the ground, and rose again almost as fast as it had burned. We had an irrigation problem, so we built the biggest dams the world has ever known. Now both the desert and the valley produce food in enormous quantities. California has accomplished a lot in recent years. It would be easy for us to sit back and enjoy the results of the past. But we can’t do it. We cannot stop and stay content and pleased. We have to live up to our heritage and keep moving forward for bigger and better things for California.

There are many things about California that, told in their preferred terms, don’t add up. The Sacramento River, a major non-groundwater source in a state where distrust of centralized government authority has historically been viewed as ethical, has its source in the remote northern Sierras of Siskiyou County.
I was born in Sacramento and have lived in California most of my life. I learned to swim in the Sacramento and American rivers, before the dams. I learned to drive on the levees upstream and downstream from Sacramento. And yet, in a sense, California has remained impenetrable to me, an exhausting enigma, just as it is to many people who are from there. We worry about it, we correct and revise it, we try unsuccessfully to define our relationship with it and its relationship with the rest of the country. We solemnly declare that we have broken with it, as Josiah Royce did when he left Berkeley for Harvard. «In California there is no philosophy: from Siskiyou to Fort Yuma, and from the Golden Gate to the top of the Sierras,» he wrote to William James, who would end up answering that cri de coeur with the invitation to go to Harvard. Our returns are just as solemn, like that of Frank Norris, who decided before he was thirty «to create a great work with the West and California in the background, and at the same time be genuinely American.»
The Octopus has been a problematic work from the start, in part because its apparent lack of restraint is so easy to dismiss. As late as 1991, in a discussion of the role the railroad had played in California’s development, The Octopus remains perhaps the most complex expression of the California condition to date, and also a deeply ambiguous work.

San Francisco’s Bohemian Club was founded in 1872 by various members of the city’s press, who saw it both as a statement of «artsy» or offbeat interests and as a place for a beer and sandwich after closing time. the first edition. Frank Norris was a member, as was Henry George, who had not yet published Progress and Poverty. There were poets: Joaquin Miller, George Sterling. There were writers: Samuel Clemens, Bret Harte, Ambrose Bierce or Jack London, who a few months before he died had managed to spend a week at Bohemian Grove, the club’s camp in the redwood forests north of San Francisco. John Muir belonged to the Bohemian club and Joseph LeConte too. For a few years, members seemed resolute in their determination not to admit people simply because they were rich (William C. Ralston, president of the Bank of California, had been denied entry), but their overly ambitious spending policy , both in the city club and in his periodic camps, he immediately prevailed over these intentions.
Henry George wondered what the railway would bring, but not many other people asked. Many people would later wonder if it had served the greater good to transform the Sacramento and San Joaquin valleys from seasonal marshes to protected greenhouses that required the annual application of a ton and a half of chemical pesticides to each square mile, but not many people would. I asked before about the dikes; and those who asked were branded «environmental defenders,» an expression informally used by these Californians to describe anyone who is perceived as a threat to the life of absolute personal freedom that its citizens believe they carry.

In the May 1935 issue of American Mercury, William Faulkner published one of the few narrative works he set in California, a story he titled «Land of Gold.» «Land of Gold» recounts a day in the life of forty-eight-year-old Ira Ewing Jr., a man for whom «twenty-five years of toil and desire, cunning, luck and even strength» seem to have been reduced to ashes in the last times. At fourteen, Ira Ewing left Nebraska on a freight train heading west. By the time he was thirty, he’d married a Los Angeles carpenter’s daughter, had a son and a daughter, and set foot in real estate. By the time we meet him, he is already in a position to spend fifty thousand dollars a year, a considerable amount in 1935. He has been able to bring his widowed mother from Nebraska and set her up in a house in Glendale. He has been able to give his children «luxuries and advantages that his own father not only would not have imagined in practice but would have totally condemned in theory».

One afternoon in September 2002, I drove the length of the Alameda Corridor, leaving the North Harbor and passing through what had been the industrial heartland of Southern California: Carson, Compton, Watts. Lynwood, Southgate. Huntington Park. Vernon. It was a few weeks before the longshoremen’s strike that fall would shut down the Pacific trade, and that afternoon I saw neither trains nor containers, just a new rail line meant to carry the cargo and some new warehouses meant to house it, many of them with FOR RENT signs. On the first hill north of Signal Hill was what appeared to be a new subdivision, with a sign reading VISTA INDUSTRIA. Beyond the sign were just more warehouses, thousands of warehouses, thousands of empty intersections, one Port of Entry after another, each one indistinguishable from the last. It was only when the Arco Towers began to emerge from the haze hanging over downtown Los Angeles that I noticed a warehouse that had a sign that seemed to suggest it was in use. 15,000 SQUARE METERS OF T-SHIRT MADNESS, the sign read.

It was 1993 when the California Department of Prisons activated its first «death fence» in Calipatria. It was 1994 when the second «death fence» was activated in Lancaster, carrying a charge of 650 milliamps, nearly ten times the voltage needed to cause instant death. “What the fence does is eliminate the possibility of human error,” the Lancaster director is reported to have said, explaining that those million-dollar fences would save them money in the long run because they could remove armed officers from sniper towers. from prison. The fence never retires to sleep. He never goes to the bathroom. You don’t have to do any of that. It’s always working».
For most of my life I have interpreted the growth of the prison system and the reduced commitment to public education as evidence of how California had «changed.» Only recently have I begun to see these phenomena as the opposite, as evidence that California «hadn’t changed,» and to understand that in analyzing itself the culture has always misunderstood what «change» means.

When my father died, I went on with my life. When my mother died, I couldn’t. The last time I saw her was eight weeks before she died. She had been in the hospital, my brother and I had taken her home and we had arranged the oxygen and the nurses’ shifts, we had filled the prescriptions for morphine and Ativan. The morning that Quintana and I had to leave for New York, my mother insisted that we bring her a painted metal box that she had on a nightstand in her bedroom, a box in which she kept documents that she thought might be important, for For example, a copy of the deed to an El Dorado County gold mine that she and her sister had inherited from their father and no longer owned. My brother told our mother that he no longer needed the box, that he had already removed all the documents that still had any use and had put them in a safe place. But she insisted. She wanted the metal box…

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/09/la-banda-que-escribia-torcido-una-historia-del-nuevo-periodismo-marc-weingarten-the-gang-that-wouldnt-write-straight-wolfe-thompson-didion-capote-and-the-new-journalism-revolution/

https://weedjee.wordpress.com/2022/12/01/de-donde-soy-joan-didion-where-i-was-from-by-joan-didion/

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