Identidad Y Amistad: Palabras Para Un Mundo Posible — Emilio Lledó / Identity And Friendship: Words For A Possible World by Emilio Lledó (spanish book edition)

Ha sido un libro que me recomendaron a destacar desde el principio, por su alto contenido filosófico y ético.

Los orígenes de la cultura griega son siempre sorprendentes. Una de esas sorpresas, que nos invita a dialogar con ella, es su presencia y, en esa presencia, su actualidad. Es difícil descubrir en qué consiste el carácter clásico, quiero decir, enriquecedor en todo tiempo y útil en la gestión de nuestras dudas, de nuestra soledad, de nuestra necesidad de entender. Con las obras de esa cultura siempre es posible el diálogo: el saber que nos ofrece el lógos, esa escritura compartida, interpretada y asumida.
Ese saber tuvo siempre un principio fundamental, el de sustentar la concordia que, en su manifestación social, se transformaba en política, o sea, en organización de la vida colectiva, de la ciudad, de la polis.

Tal vez el concepto más problemático de nuestro tiempo, tan lleno de palabras problemáticas, sea el de «ética», que, junto con «democracia», «libertad», «derechos humanos», «verdad», «educación» y algunos otros no menos importantes, forma un espacio ideal por el que, muchas veces a ciegas, va caminando la sociedad. La repetición usual de estos términos, que configuran buena parte de los discursos políticos y de los comentarios, análisis, interpretaciones de los desbordantes medios de comunicación, los ha convertido, por el roce continuo con los intereses más o menos conscientes de quienes los emplean, en conceptos petrificados, inmóviles, incapaces de unir un supuesto, verdadero, significado ideal con la praxis correspondiente.
Porque precisamente por la facilidad de oír, repetidas hasta el ofuscamiento, esas palabras, empezamos a dejarlas escurrir por nuestra mente sin preocuparnos de lo que quieren decir y a lo que nos comprometen.
El pensamiento del êthos, del destino, puede ser un pensamiento sin riesgo, sin la necesidad de salir de ese rincón donde se piensa lo ya pensado, lo ya establecido y consolidado en el curso del tiempo. Es cierto que en ese cobijo encontramos palabras como «bien», «justicia», «verdad», «concordia», «amistad», «identidad», que delimitan una frontera del existir, del bienestar e incluso del bienser. Pero una fuerza misteriosa nos lleva, a veces, a olvidar los sentidos de esas palabras que, en momentos de su desarrollo, la humanidad inventó, encontró, para vivir. La fuerza de los instintos, de la deformación mental, de la no libertad, puede hacer que tales palabras se encajen en las paredes de la caverna particular, donde, si no tenemos impulsos capaces de movernos a reflexionar sobre tales palabras y, en consecuencia, a vivirlas, acabemos sumergidos en los hábitos mentales del rincón que cobija y que acaba convirtiéndose en prisión.

La polis se entenderá, pues, como ese refugio en el que los miembros de una comunidad encuentran las posibilidades de su convivencia. Ese descubrimiento del cobijo había sido ya entrevisto en la República platónica, como una forma de refugio ideal, hacia el que mirar, hacia el que pensar.
La construcción de esa ciudad interior tenía que encontrar sus verdaderos fundamentos en la educación (paideía [παιδεία]). Esa ciudad interior era, realmente, un refugio, pero tenía que irse construyendo con ese instrumento de la educación, el gran invento sin el que la ética griega no podía levantarse.
Somos seres humanos por esa paulatina y siempre asombrosa adquisición del lenguaje. Nos educamos, por así decirlo, en ese «aire semántico» que empezamos a escuchar y, en parte también, por esos signos escritos que aprendemos a leer. A pesar de todos los importantes adelantos que la humanidad ha impulsado y desarrollado y que hoy constituyen lo que suele denominarse «sociedad científico-tecnológica», los pasos esenciales de ese desarrollo los siguen dando las palabras mismas, los supuestos contenidos que nos comunicamos, lo que interpretamos o pensamos, con independencia de los medios por los que tales contenidos se transmiten.
Pero precisamente por ese carácter constitutivo, por esa forja de la personalidad que va plasmando el lenguaje que somos y a la que, más o menos conscientemente, nos entregamos, el endurecimiento de las palabras con las que pensamos presenta un problema importante en el progreso de cada inteligencia individual, de cada cultura colectiva.
La bondad es otro de los conceptos que circulan por el mundo humano. El agathós [ἀγαθός] implica toda una serie de comportamientos que guardan relación con el convivir; pero que brotan de estados subjetivos que, sin duda, se han educado y fomentado en los seres humanos.
Los elementos esenciales del bien constituyen un principio ontológico que incide en la persona con más intimidad que la verdad. La bondad tiene que ver con lo que se es, con lo que se puede llegar a ser. Pero, así como la verdad se hace presente como camino que hay que recorrer con la experiencia de las cosas, con el mundo, con la mente y la racionalidad, la bondad se nos manifiesta como un camino interior, como un ser que somos, como un proceso también de racionalidad, de coherencia, pero, sobre todo, de sensibilidad, de sentimiento.

La educación (paideía [παιδεία]) fue, principalmente, una búsqueda de esa libertad interior de la que ya hemos hablado, que se hace desde la infancia, porque es en esta época donde nuestras neuronas son capaces de adquirir la suficiente fluidez para pensar, para entender lo pensado, para crear.
La educación es, pues, la invención y el cultivo de la libertad. Por eso, los que han pretendido dominar la mente de los ciudadanos y convertirlos en súbditos entontecidos, han intentado, con éxito a veces, controlar y manipular la educación. Precisamente tal forja de la intimidad mantiene una estrecha conexión con el término esencial de los sentimientos y comportamientos morales: el Bien.

Una fórmula gnómica que, hace ya siglos, estuvo colocada, al parecer, en el templo de Delfos proponía a los que alcanzasen a leerla un extraño reto: «Conócete a ti mismo» (gnóthi seautón [γνώθι σεαυτόν). Este imperativo, que ha recorrido, en variadas interpretaciones, la historia de la cultura, ha acabado por formar parte de ella, como una máxima trivializada e inmersa en ese cielo de jaculatorias morales, de piadosos deseos, que resbalan dulcemente entre un montón de frases hechas, de construcciones asumidas en lo que hoy suele llamarse —otra frase hecha, también— «imaginario colectivo».
El problema del conocimiento de sí mismo no podemos plantearlo si olvidamos la dificultad de objetivar esa mismidad. Sobre todo porque no hay una mismidad estática que como un espejo inmóvil sostenga el peso de nuestra mirada. No es un espejo sino un río, un río de palabras, el supuesto fondo de nuestra intimidad.

La lectura de los clásicos griegos y latinos es algo estimulante y aleccionador. Hay obras pensadas y escritas hace veinticuatro siglos que siguen pudiendo dialogar con nosotros como lo hacen.
El Banquete de Platón constituye uno de los grandes escritos de la cultura griega. Su grandeza no se debe, únicamente, a que en él se realiza, con precisión y fuerza, una variante de ese género literario del diálogo, inventado por el filósofo ateniense, sino, sobre todo, a los temas que en él emergen y a la originalidad con que se plantean. Es verdad que, no existiendo en la época una tradición escrita importante, la cantidad de los escritos platónicos constituye de por sí una singularidad. Pero más allá de ello, con «originalidad» me refiero, sobre todo, al asombro que nos produce el ver aparecer determinadas cuestiones con tal claridad y hondura. Como si esos temas hubiesen sido objeto de una larga y previa elaboración antes de saltar a la escritura.

El concepto de «identidad» tiene una larga historia, en cuyos inicios se refería a la mirada humana sobre el mundo y, en un grado enormemente complejo, a la mirada sobre sí mismo, sobre la propia persona, a la reflexión sobre los propios actos y, por decirlo de una manera concisa, sobre la propia existencia.
La mirada humana sobre el mundo, sobre el entorno, supuso el comienzo de ese descubrimiento en el que veíamos cómo esa mirada era ya un saber. Es lógico, pues, que el verbo que expresó en Grecia ese acto de mirar se transformase, al mismo tiempo, en un saber (eidénai [εἰδέναι]). Ver y saber constituyeron, así, el primer paso en la humanización de ese extraño animal que veía sabiendo y que comunicaba, que decía, lo visto: un «animal que habla». Pero el hablar no decía solo la experiencia, el lento aprendizaje del mundo, del entorno y de la relación con los otros. Hablar, por muy elemental y simple que sea lo que se dice, arranca de esa estructura previa donde se aglutina cada experiencia singular.
El lenguaje que acabó siendo, en el curso de la historia, una herencia, un fondo de interpretaciones y miradas, desde el que nacíamos, condiciona y supone, por ello mismo, la perspectiva concreta de quien lo utiliza. Esa perspectiva permite ya abordar los primeros balbuceos de la intimidad: un ser quien, una persona (prósopon [πρόσωπον]), que, a través de la elaboración de las múltiples formas de experiencia, se manifiesta y expresa.

Vivimos en un mundo de palabras. Ese mundo en el que nacemos no solo es un elemento de comunicación entre los seres humanos y, por consiguiente, un creador de la cultura, o sea, de experiencia y memoria, de interpretación y de teoría, sino que los comportamientos, las acciones, las opiniones y, en el mejor de los casos, las reflexiones y las ideas van marcando la historia y el conglomerado social que la hace.
De ese universo, que forma la característica esencial del «animal que habla», aflora el presente de cada día: lo que oímos y vemos, lo que recibimos a través de los latidos del tiempo, que marca el ritmo de cada corazón, el contenido de las ideas, y que sirve para configurar el futuro de los destinos individuales, condicionados a los ámbitos concretos en que, por azar, aparece cada individualidad, forzada ya a realizarse en ellos y a despegarse, en lo posible, de ellos.
Las opiniones y presiones para justificar la segregación invaden, en forma de prejuicios, el territorio ideal de la democracia:
1. El prejuicio interesado, como todo prejuicio. Interesado o fruto de la incesante repetición de eslóganes tradicionales o mediáticos. El prejuicio de la distinción, que podría describirse así: «No somos iguales a vosotros», lo que hace que miremos al otro como extraño, como extranjero. Así pues, podríamos sintetizar este sentimiento con una frase: «El prejuicio de la alteridad».
2. El hecho del descubrimiento de esa desigualdad implica que dicha diferencia se hace presente en un soterrado sentimiento de superioridad, de ser mejor, de ser desigual porque se es mejor que otros. Podríamos resumir esto así: «El prejuicio de la superioridad».
3. Ese prejuicio de decirse superior y de buscar fundamentos, ideas, frases hechas, que describen esa superioridad desigualadora, no puede venir de la naturaleza, aunque la lucha por la vida haya marcado a determinados grupos sociales con algunas posibles características físicas que dejaran ver una cierta distinción positiva. Lo podríamos llamar: «prejuicio racial».
4. El ensamblaje, la continuidad del existir, dentro de un territorio, cuyas gentes han creado a lo largo de la historia determinadas formas de vida, usos, costumbres, hábitos que, utilizados políticamente, podríamos llamar «prejuicio cultural».
Lo cual no quiere decir que el arrastre de un grupo humano que durante siglos, y a través de las tradiciones, haya creado formas de comportamientos colectivos no pueda presentar aspectos distintos, marginales.
5. Es un hecho esencial en la naturaleza humana la común constitución, la identidad de toda ella, su semejanza, su igualdad. Seres dotados, entre los mamíferos superiores, de ojos, de oídos, de corazón, de estómago, de extremidades y, sobre todo, de cerebro. Caracteres absolutamente uniformadores, iguales, principios de uniformidad y esencialidad.

Ninguno de los anteriores prejuicios tiene sentido en la órbita de la naturaleza. La alteridad como prejuicio se circunscribe a lo social, a los casos en que presenta el rostro de la enemistad, de la agresividad, de la competencia incompetente, inmisericorde, que casi siempre proviene de los distintos, opuestos y entrecruzados desniveles.
«Democracia» quiere decir libertad, y el ejercicio de la libertad solo es posible tras la liberación. Esta entraña un proceso que implica conducción, guía, salida, escape, fluencia, continuidad, y en esto se basa la educación: en la elaboración del individuo, frente a la paralización y deformación que sufre desde el momento en que se lo somete a la repetición de frases irracionales, de manipulaciones sistemáticas, de engaño.
La autarquía aparece, sin embargo, enmarcada en el territorio real en el que se mueven los individuos. Al comparar los griegos la autarquía de los dioses con la de los humanos, parece que pretenden desligar el concepto abstracto de autarquía: aquel que no depende de ninguna otra voluntad más que de la propia; de la que ni siquiera necesitaría voluntad, porque el querer es manifestación de esa radical insuficiencia.

Una identidad que exprese toda esa larga serie de principios que dan homogeneidad y coherencia a la vida humana, a todos los seres humanos:

1. El derecho al propio cuerpo y a su sustento
2. La educación de la inteligencia y la sensibilidad
3. El fomento de la amistad y la justicia
4. La práctica de la honradez y la veracidad
5. El aprendizaje de la verdad
6. El amansamiento de la violencia y la agresividad
7. El ejercicio de la bondad
8. La superación del fanatismo
9. La cultura de la racionalidad
10.El descubrimiento de la igualdad de la naturaleza humana
11.El sentimiento de esa igualdad
12.La identificación con toda vida
13.El estudio de todas las categorías semejantes que subyacen en todas las lenguas
14.El estudio de un catálogo de conceptos esenciales que expresen inteligencia, solidaridad, concordia, amistad, etcétera, en los que los seres humanos se identifican
15.El análisis de las causas que han hecho surgir la violencia, la maldad y todos los conceptos negativos que se han levantado en la historia
16.La democratización del cuerpo
17.La democratización de la mente
Claro que el sentido de todos esos puntos esquemáticos, con palabras tan generales y vacías, depende fundamentalmente de la novedad que pueda aportar una reflexión concreta desde la historia presente —lo que se ve o se lee ahora en los medios— y desde el supuesto diálogo intelectual, por así decirlo, con los planteamientos e inquietudes recientes.

Libros sobre el autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/08/05/palabras-en-el-tiempo-abecedario-filosofico-de-emilio-lledo-cipriano-jativa-by-cipriano-jativa-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/11/30/identidad-y-amistad-palabras-para-un-mundo-posible-emilio-lledo-identity-and-friendship-words-for-a-possible-world-by-emilio-lledo-spanish-book-edition/

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It has been a book that I was recommended to highlight from the beginning, due to its high philosophical and ethical content.

The origins of Greek culture are always surprising. One of those surprises, which invites us to dialogue with her, is her presence and, in that presence, her actuality. It is difficult to discover what the classic character consists of, I mean, enriching at all times and useful in managing our doubts, our loneliness, our need to understand. Dialogue is always possible with the works of that culture: the knowledge that the lógos offers us, that shared, interpreted and assumed writing.
That knowledge always had a fundamental principle, that of sustaining the concord that, in its social manifestation, was transformed into politics, that is, into the organization of collective life, of the city, of the polis.

Perhaps the most problematic concept of our time, so full of problematic words, is that of «ethics», which, together with «democracy», «freedom», «human rights», «truth», «education» and a few others no less important, it forms an ideal space through which, often blindly, society walks. The usual repetition of these terms, which make up a good part of the political speeches and the comments, analyses, interpretations of the overflowing media, has converted them, due to the continuous friction with the more or less conscious interests of those who use them, in petrified, immobile concepts, incapable of uniting a supposed, true, ideal meaning with the corresponding praxis.
Because precisely because of the ease of hearing, repeated until obfuscation, those words, we begin to let them slip through our minds without worrying about what they mean and what they commit us to.
The thought of êthos, of destiny, can be a thought without risk, without the need to leave that corner where one thinks what has already been thought, what has already been established and consolidated in the course of time. It is true that in this shelter we find words like «good», «justice», «truth», «harmony», «friendship», «identity», which delimit a border of existence, well-being and even well-being. But a mysterious force leads us, sometimes, to forget the meanings of those words that, in moments of its development, humanity invented, found, to live. The force of instincts, of mental deformation, of non-freedom, can make such words fit into the walls of the particular cave, where, if we do not have impulses capable of moving us to reflect on such words and, consequently, to live them, we end up immersed in the mental habits of the corner that shelters and ends up becoming a prison.

The polis will be understood, then, as that refuge in which the members of a community find the possibilities of their coexistence. This discovery of shelter had already been glimpsed in the Platonic Republic, as a form of ideal refuge, towards which to look, towards which to think.
The construction of that inner city had to find its true foundations in education (paideía [παιδεία]). That inner city was really a refuge, but it had to be built with that instrument of education, the great invention without which Greek ethics could not rise.
We are human beings because of that gradual and always amazing acquisition of language. We are educated, so to speak, in that «semantic air» that we begin to hear and, in part, also by those written signs that we learn to read. Despite all the important advances that humanity has promoted and developed and that today constitute what is usually called «scientific-technological society», the essential steps of this development continue to be given by the words themselves, the supposed contents that we communicate, what that we interpret or think, regardless of the means by which such content is transmitted.
But precisely because of that constitutive character, because of that forging of the personality that shapes the language that we are and to which, more or less consciously, we give ourselves, the hardening of the words with which we think presents an important problem in the progress of each individual intelligence, of each collective culture.
Kindness is another of the concepts that circulate in the human world. The agathós [ἀγαθός] implies a whole series of behaviors that are related to living together; but that spring from subjective states that, without a doubt, have been educated and fostered in human beings.
The essential elements of the good constitute an ontological principle that affects the person with more intimacy than the truth. Kindness has to do with what one is, with what one can become. But, just as the truth makes itself present as a path that must be followed through the experience of things, with the world, with the mind and rationality, goodness manifests itself to us as an interior path, as a being that we are, as a process also of rationality, of coherence, but, above all, of sensitivity, of feeling.

Education (paideía [παιδεία]) was, mainly, a search for that inner freedom that we have already talked about, which is done from childhood, because it is at this time that our neurons are capable of acquiring sufficient fluidity to think, to understand what is thought, to create.
Education is thus the invention and cultivation of freedom. Therefore, those who have tried to dominate the minds of citizens and turn them into foolish subjects have tried, sometimes successfully, to control and manipulate education. Precisely such forging of intimacy maintains a close connection with the essential term of moral sentiments and behaviors: the Good.

A gnomic formula that, centuries ago, was apparently placed in the temple of Delphi proposed to those who managed to read it a strange challenge: «Know thyself» (gnóthi seautón [γνώθι σεαυτόν). This imperative, which has traveled, in various interpretations, the history of culture, has ended up being part of it, like a trivialized maxim immersed in that sky of moral ejaculatory prayers, of pious wishes, that gently slide between a pile of phrases facts, of constructions assumed in what today is usually called —another cliche, too— “collective imagination”.
We cannot pose the problem of self-knowledge if we forget the difficulty of objectifying that sameness. Above all because there is no static sameness that, like a motionless mirror, supports the weight of our gaze. It is not a mirror but a river, a river of words, the supposed background of our intimacy.

The reading of the Greek and Latin classics is something stimulating and sobering. There are works conceived and written twenty-four centuries ago that are still able to dialogue with us as they do.
Plato’s Banquet is one of the great writings of Greek culture. Its greatness is not only due to the fact that it performs, with precision and strength, a variant of that literary genre of dialogue, invented by the Athenian philosopher, but, above all, to the themes that emerge in it and to the originality with which they are raised. It is true that, in the absence of an important written tradition at the time, the quantity of Plato’s writings constitutes in itself a singularity. But beyond that, by «originality» I mean, above all, the astonishment caused by seeing certain issues appear with such clarity and depth. As if these themes had been the object of a long and previous elaboration before jumping to writing.

The concept of «identity» has a long history, in whose beginnings it referred to the human gaze on the world and, to an enormously complex degree, to the gaze on oneself, on one’s own person, to the reflection on one’s own acts and, to put it succinctly, about existence itself.
The human gaze on the world, on the environment, was the beginning of that discovery in which we saw how that gaze was already knowledge. It is logical, then, that the verb that expressed in Greece that act of looking became, at the same time, a knowledge (eidénai [εἰδέναι]). Seeing and knowing constituted, thus, the first step in the humanization of that strange animal that saw knowing and that communicated, that said, what was seen: an «animal that speaks». But speaking did not only express the experience, the slow learning of the world, the environment and the relationship with others. Speaking, no matter how elementary and simple what is said, starts from that previous structure where each singular experience is agglutinated.
The language that ended up being, in the course of history, an inheritance, a fund of interpretations and views, from which we were born, conditions and supposes, for that very reason, the specific perspective of those who use it. This perspective already allows us to address the first babblings of intimacy: a being who, a person (prósopon [πρόσωπον]), who, through the elaboration of multiple forms of experience, manifests and expresses himself.

We live in a world of words. This world in which we are born is not only an element of communication between human beings and, therefore, a creator of culture, that is, of experience and memory, of interpretation and theory, but also behaviors, actions, opinions and, in the best of cases, reflections and ideas mark history and the social conglomerate that makes it.
From that universe, which forms the essential characteristic of the «speaking animal», the present of each day emerges: what we hear and see, what we receive through the beats of time, which marks the rhythm of each heart, the content of ideas, and which serves to configure the future of individual destinies, conditioned to the specific spheres in which, by chance, each individuality appears, already forced to realize himself in them and to detach himself, as far as possible, from them.
The opinions and pressures to justify segregation invade, in the form of prejudices, the ideal territory of democracy:
1. Interested prejudice, like all prejudice. Interested or fruit of the incessant repetition of traditional or media slogans. The prejudice of distinction, which could be described as: «We are not the same as you», which makes us look at the other as a stranger, as a foreigner. Thus, we could synthesize this feeling with a phrase: «The prejudice of otherness».
2. The fact of discovering that inequality implies that said difference is present in a buried feeling of superiority, of being better, of being unequal because one is better than others. We could summarize this thus: “The prejudice of superiority”.
3. That prejudice of saying oneself superior and of looking for foundations, ideas, set phrases, which describe that unequal superiority, cannot come from nature, although the struggle for life has marked certain social groups with some possible physical characteristics that would reveal some positive distinction. We could call it: “racial prejudice”.
4. The assembly, the continuity of existence, within a territory, whose people have created throughout history certain forms of life, uses, customs, habits that, used politically, we could call «cultural prejudice».
This does not mean that the drag of a human group that for centuries, and through traditions, has created forms of collective behavior cannot present different, marginal aspects.
5. The common constitution, the identity of all of it, its resemblance, its equality, is an essential fact in human nature. Beings endowed, among the higher mammals, with eyes, ears, heart, stomach, extremities and, above all, a brain. Absolutely uniform characters, equal, principles of uniformity and essentiality.

None of the above prejudices makes sense in the orbit of nature. Otherness as prejudice is circumscribed to the social, to the cases in which it presents the face of enmity, of aggressiveness, of incompetent, merciless competition, which almost always comes from the different, opposite and intersecting unevenness.
«Democracy» means freedom, and the exercise of freedom is only possible after liberation. This entails a process that implies driving, guiding, exiting, escaping, flowing, continuing, and this is what education is based on: in the elaboration of the individual, in the face of the paralysis and deformation that he suffers from the moment he is subjected to repetition of irrational phrases, of systematic manipulations, of deception.
Autarky appears, however, framed in the real territory in which individuals move. When the Greeks compare the autarchy of the gods with that of humans, it seems that they intend to separate the abstract concept of autarchy: that which does not depend on any other will than its own; of which he would not even need will, because wanting is a manifestation of that radical insufficiency.

An identity that expresses all that long series of principles that give homogeneity and coherence to human life, to all human beings:

1. The right to one’s own body and its sustenance
2. The education of intelligence and sensitivity
3. The promotion of friendship and justice
4. The practice of honesty and truthfulness
5. Learning the truth
6. The taming of violence and aggressiveness
7. The exercise of kindness
8. Overcoming fanaticism
9. The culture of rationality
10.The discovery of the equality of human nature
11. The feeling of that equality
12. Identification with all life
13.The study of all the similar categories that underlie all languages
14.The study of a catalog of essential concepts that express intelligence, solidarity, harmony, friendship, etc., in which human beings identify themselves
15. The analysis of the causes that have given rise to violence, evil and all the negative concepts that have arisen in history
16. The democratization of the body
17.The democratization of the mind
Of course, the meaning of all those schematic points, with such general and empty words, depends fundamentally on the novelty that a concrete reflection can bring from the present history —what is seen or read now in the media— and from the supposed dialogue intellectual, so to speak, with recent approaches and concerns.

Books about author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/08/05/palabras-en-el-tiempo-abecedario-filosofico-de-emilio-lledo-cipriano-jativa-by-cipriano-jativa-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/11/30/identidad-y-amistad-palabras-para-un-mundo-posible-emilio-lledo-identity-and-friendship-words-for-a-possible-world-by-emilio-lledo-spanish-book-edition/

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