El Fantasma En El Libro: La Vida En Un Mundo De Traducciones — Javier Calvo / The Ghost in the Book: Life in a World of Translations by Javier Calvo (spanish book edition)

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Magnífico, este ensayo está escrito de forma amena y desvela muchas curiosidades sobre la traducción. A veces lo que resulta más jugoso son las anécdotas sobre los traductores. Es un breve ensayo que se lee del tirón y no defrauda. Recomendable para todos aquellos lectores que quieran saber un poco de eso que es invisible pero que en muchas ocasiones es determinante en la calidad de un texto traducido.
De los traductores suele decirse que son invisibles, y a menudo en tono de queja. Hay colegas a quienes esto les incomoda. Les parece un menoscabo a su tarea. Para muchos de mis compañeros de profesión, ya hace tiempo que la inclusión del nombre del traductor en la portada de las obras literarias traducidas es un caballo de batalla.
Yo pienso que la invisibilidad es intrínseca a nuestra labor; no puede ser de otra forma. Aspiramos a desaparecer. Nuestra escritura es la única que intenta que nadie se fije en ella, que quiere ser literalmente invisible, algo en lo que la mente no se detenga en absoluto. Nuestro ideal es que nuestra traducción se lea «como si no fuera una traducción».
El descenso del número de lectores en la mayoría de los mercados literarios, especialmente en la última década, obedece a distintas razones. Probablemente la principal sea el terreno que está perdiendo la lectura frente a otras formas de entretenimiento y de información. Internet ha terminado de alejar de la literatura al gran público, y no parece que este proceso vaya a tener marcha atrás. En cualquier caso, ese descenso del número de lectores está provocando un redimensionamiento muy rápido de los mercados literarios, que también incide sobre la traducción literaria.

La Historia de la Traducción puede leerse como un cuento.
Su argumento sería bastante tradicional: la historia de una Caída. De lo sagrado a lo profano. De lo heroico a lo cotidiano. La traducción empezó siendo un oficio de príncipes y de sabios, que la usaron a menudo para cambiar la Historia. Después estuvo en manos de los poetas y fue una modalidad de creación literaria que dio forma al canon de Occidente. A medida que se democratizaba, sin embargo, la traducción se fue volviendo una especie de profesión liberal de segunda fila, desligada de la creación literaria. El traductor dejó de ser un actor con voz propia en la escena cultural.

En Occidente, la Edad Heroica de la Traducción tiene su apoteosis en las traducciones al latín de la Biblia y el pensamiento griego, durante la Era Antigua y la Edad Media. Nuestra civilización es el producto de un tremendo flujo de intercambios culturales que empezaron en Oriente Próximo, con la escritura de la Biblia unos mil años antes de Cristo. La Biblia se tradujo al arameo y al griego al mismo tiempo que en Grecia florecía la cultura clásica. Con la llegada del Imperio romano en el siglo I de nuestra era, todo ese gigantesco corpus de pensamiento religioso y filosófico que fundamenta nuestra cultura podría haberse perdido, pero no fue ésa la política imperial: los romanos asumieron como suyo todo aquel legado. Eso propició que el flujo de transmisión cultural iniciado mil años atrás no se detuviera con la caída del Imperio, sino que el pensamiento griego y cristiano siguiera traduciéndose durante toda la Edad Media, usando el latín como vehículo.
Puede parecer que todo ese proceso de transmisión cultural fue inevitable, una corriente demasiado poderosa para detenerse y que había de conducir necesariamente al mundo que hoy conocemos. Esta perspectiva es un espejismo.
Religión y traducción crecieron juntas en nuestra cultura, influyéndose y ayudándose mutuamente a crecer. A todas luces, la primera gran traducción conocida de nuestra cultura es la legendaria traducción de la Biblia judía al griego helenístico, la Septuaginta.

¿Qué nos ha quedado de toda la tradición de traducción creativa que, de hecho, hasta hace un siglo, era sinónimo de traducción literaria? En el siglo XX todavía hubo grandes ejemplos de traducciones creativas. Pienso en algunas muy famosas dentro del contexto del modernismo literario, como Cathay o «El navegante» de Ezra Pound, o bien las Imitaciones de Robert Lowell. Estas traducciones, sin embargo, ya pertenecían a un contexto completamente distinto: la prerrogativa que tenía el artista modernista de romper las convenciones literarias imperantes. Los productos de esa ruptura estaban concebidos para leerse como experimentos literarios, y no como traducciones «verdaderas». No se leían para comprender y apreciar los originales, sino como muestras de la creatividad y el estilo del traductor. El original era una excusa.
En algún momento de nuestra historia se asentó entre nosotros cierta desconfianza a la libertad del traductor. Históricamente a los traductores se nos han atribuido muchos excesos y culpas, y está claro que en muchos casos con toda la razón; también está claro que para subsanarlos se nos han cortado bastante las alas.

El poltergeist como metáfora del traductor tramposo y/o entrometido puede abarcar toda una serie de manifestaciones notorias a lo largo de la historia de la traducción. Todo el mundo sabe que los traductores tenemos algo de traidores.

Es verdad que la industria actual de la traducción es resultado de la historia reciente, y de los cambios que ésta ha producido a nivel global. Es verdad que la traducción se ha normalizado, en el sentido de convertirse en la «norma», una práctica integrada en la cotidianidad, un fenómeno tan ubicuo que ya es prácticamente invisible.
Sin embargo, vivimos en un panorama anómalo, con problemas y con desviaciones del que sería el flujo global deseable de traducciones. Como es lógico, después de la segunda guerra mundial se produjo en todo Occidente una expansión tremenda de los intercambios culturales. A partir de los cincuenta se sucedieron fenómenos como el boom demográfico, la alfabetización plena del mundo desarrollado, la democratización de la enseñanza de idiomas y la globalización de la cultura. En el mundo de la traducción, los números crecieron geométricamente (y eso que todavía no había llegado internet).
La principal anomalía del actual Mundo de Traducciones, por supuesto, es el hecho de que está dominado aplastantemente por el idioma inglés.
Está claro que la pérdida de influencia literaria del traductor dentro del sistema actual obedece a intereses económicos. Como en tantas otras profesiones, se ha impuesto una serie de criterios capitalistas que se hacen pasar por la normalidad. Uno de ellos es que el traductor literario es un proveedor de servicios, igual que un vendedor de papel, y no un actor con voz en el sistema cultural. Y en realidad, esa subsidiariedad del traductor a los criterios de la empresa no es el peor problema que genera hoy en día para el traductor la dinámica del mercado editorial. Ojalá lo fuera. Porque una vez se ha establecido que un traductor es un mero proveedor de servicios en un mercado abierto a la oferta y demanda, su posición pasa a regirse por criterios puramente de mercado.
La congelación efectiva de las tarifas de los traductores ya se había dado años antes de la recesión económica de 2008. Empezó, de hecho, con los cambios traídos por la concentración editorial y la apropiación del mercado por las multinacionales, que impusieron el criterio de rentabilidad por encima de cualquier otra consideración. Y la pieza más frágil del sistema, claro, son los colaboradores externos como los traductores, individuos sin contrato y desprotegidos en el mercado. Pero el problema no se restringe ni mucho menos a las grandes editoriales. También editoriales independientes, con el pretexto de tener menos recursos, han rebajado los derechos y tarifas del traductor en nuestro país.
Para hacernos una idea de la magnitud real de estos desequilibrios: en los países anglófonos se calcula la tarifa del traductor en base a las palabras (en España la base siempre es el carácter o pulsación). La tarifa media actual en el mundo anglosajón sería de unos 12,5 céntimos por palabra, mientras que la tarifa media en España según el estudio de 2008 (es decir, antes de que empezaran a bajar) era de 12,5 euros por página. Teniendo en cuenta que el estándar de página tiene 2.100 caracteres, y que la media en español es de unos seis caracteres por palabra, es fácil calcular: la página de 2.100 caracteres tiene una media de 350 palabras, que a 12,5 céntimos por palabra (la tarifa anglosajona) nos da un equivalente de 43,75 euros por página. Es decir, los traductores de países de habla inglesa cobran tres veces y media más.

La situación del traductor en Hispanoamérica sigue estando lejos de ser ideal. En países como México, Colombia o Chile, la traducción literaria estuvo siempre tradicionalmente en manos de escritores, académicos y otra gente de letras. La emergencia de un contingente de traductores «profesionales», es decir, provistos de una serie de condiciones laborales que les permitan profesionalizarse, sigue siendo una aspiración realizada a medias. Poco a poco el traductor se va haciendo más visible para la industria.
La mayoría de los editores saben esto, y saben lo importante que es proteger a los traductores. Salta a la vista que en el mundo actual, escritores, traductores y editores tenemos los mismos problemas (poco dinero, pocos lectores, una sociedad que parece estar abandonando la literatura como forma de consumo cultural).
Así pues, tiene sentido también que trabajemos juntos para solucionarlos, en vez de culpar como se ha hecho a veces a los lectores. Ofrecer mejores catálogos, mejores traducciones y mejores novelas —y no solamente mayores dividendos a los accionistas de las empresas— me parece una buena estrategia en común para seducir al público.

La fansubtitulación es el ejemplo perfecto de fenómeno de traducción que responde a la demanda salvaje de rapidez del mundo actual. Los traductores de fansubs se organizan en forma de grupos capaces de subtitular los episodios de las series americanas más populares del momento apenas un par de horas después de su emisión. Para ir más deprisa, los distintos fansubbers se dividen el capítulo en minutos y cada persona se encarga de traducir su parte; después suele haber un corrector que lee todas las partes juntas y alguien que sincroniza los subtítulos con las imágenes. En este ámbito, por supuesto, prima la rapidez frente a la calidad de la traducción.
La traducción es una escuela mucho más barata que los programas de escritura creativa o las escuelas de letras que proliferan hoy en día. Frente a la traducción, que propone una iniciación lenta a la escritura, una formación retórica a la antigua usanza, las escuelas actuales de escritura proponen métodos rápidos para convertirse en escritor. Estos métodos se basan además en la idea de «encontrar tu propia voz», frente a la anulación del ego que supone la traducción. Como es sabido, la idea de que las escuelas de letras son la vía óptima de entrada a la creación literaria (casi la única) es una idea importada de Estados Unidos, donde la enseñanza de escritura creativa es un negocio muy lucrativo. En este poscapitalismo en el que vivimos, todo se compra o se vende, y el talento literario no puede ser una excepción.
Todo esto no equivale a decir que la práctica diaria de la traducción literaria lo convierta a uno automáticamente en novelista o poeta. Hay miles de traductores literarios en el mundo que jamás han escrito sus propias obras. Y sin embargo, es evidente que el traductor literario es un escritor.

Magnificent, this essay is written in an entertaining way and reveals many curiosities about translation. Sometimes the juiciest are anecdotes about translators. It is a brief essay that reads the pull and does not disappoint. Recommended for all those readers who want to know a little about what is invisible but which in many cases is decisive in the quality of a translated text.
Translators are often said to be invisible, and often in a tone of complaint. There are colleagues who are uncomfortable with this. They seem to be undermining their task. For many of my colleagues, the inclusion of the translator’s name on the cover of translated literary works has long been a workhorse.
I think that invisibility is intrinsic to our work; It can not be any other way. We aspire to disappear. Our writing is the only one that tries not to notice anyone, who wants to be literally invisible, something in which the mind does not stop at all. Our ideal is for our translation to be read «as if it were not a translation».
The decline in the number of readers in most literary markets, especially in the last decade, is due to different reasons. Probably the main one is the ground that is losing the reading in front of other forms of entertainment and information. Internet has finished to move away from the literature to the general public, and it does not seem that this process is going to reverse. In any case, this decline in the number of readers is causing a very rapid resizing of the literary markets, which also affects literary translation.

The History of Translation can be read as a story.
His argument would be quite traditional: the story of a Fall. From the sacred to the profane. From the heroic to the everyday. The translation began as a trade of princes and sages, who often used it to change history. Then it was in the hands of poets and was a form of literary creation that shaped the canon of the West. As it was democratized, however, the translation became a kind of second-line liberal profession, detached from literary creation. The translator ceased to be an actor with a voice in the cultural scene.

In the West, the Heroic Age of Translation has its apotheosis in the Latin translations of the Bible and Greek thought, during the Ancient Era and the Middle Ages. Our civilization is the product of a tremendous flow of cultural exchanges that began in the Middle East, with the writing of the Bible about a thousand years before Christ. The Bible was translated into Aramaic and Greek at the same time that classical culture flourished in Greece. With the arrival of the Roman Empire in the first century of our era, all that huge body of religious and philosophical thought that founded our culture could have been lost, but that was not the imperial policy: the Romans assumed all that legacy. This led to the flow of cultural transmission initiated a thousand years ago not stop with the fall of the Empire, but the Greek and Christian thought continued to be translated throughout the Middle Ages, using Latin as a vehicle.
It may seem that all this process of cultural transmission was inevitable, a current too powerful to stop and that necessarily led to the world we know today. This perspective is a mirage.
Religion and translation grew together in our culture, influencing each other and helping each other grow. By all accounts, the first great known translation of our culture is the legendary translation of the Jewish Bible into Hellenistic Greek, the Septuagint.

What has remained of the whole tradition of creative translation that, in fact, until a century ago, was synonymous with literary translation? In the 20th century there were still great examples of creative translations. I think of some very famous within the context of literary modernism, such as Cathay or «The Navigator» by Ezra Pound, or the Imitations of Robert Lowell. These translations, however, already belonged to a completely different context: the prerogative of the modernist artist to break the prevailing literary conventions. The products of that break were conceived to be read as literary experiments, and not as «true» translations. They were not read to understand and appreciate the originals, but as samples of the creativity and style of the translator. The original was an excuse.
At some point in our history, a certain distrust of the freedom of the translator settled between us. Historically translators have been attributed many excesses and faults, and it is clear that in many cases with all reason; it is also clear that to correct them we have cut our wings enough.

The poltergeist as a metaphor for the cheating and / or meddling translator can cover a whole series of notorious manifestations throughout the history of the translation. Everyone knows that translators have something of traitors.

It is true that the current translation industry is the result of recent history, and the changes that it has produced globally. It is true that translation has become normalized, in the sense of becoming the «norm», an integrated practice in everyday life, a phenomenon so ubiquitous that it is practically invisible.
However, we live in an anomalous panorama, with problems and deviations from what would be the desirable global flow of translations. As is logical, after the Second World War there was a tremendous expansion of cultural exchanges throughout the West. After the fifties, phenomena such as the demographic boom, the full literacy of the developed world, the democratization of language teaching and the globalization of culture took place. In the world of translation, the numbers grew geometrically (and that the Internet had not yet arrived).
The main anomaly of the current Translation World, of course, is the fact that it is overwhelmingly dominated by the English language.
It is clear that the loss of literary influence of the translator within the current system is due to economic interests. As in so many other professions, a series of capitalist criteria have been imposed that are passed off as normal. One of them is that the literary translator is a service provider, just like a paper salesman, and not an actor with a voice in the cultural system. And in reality, that subsidiarity of the translator to the criteria of the company is not the worst problem that today generates for the translator the dynamics of the publishing market. I wish it were. Because once it has been established that a translator is a mere provider of services in a market open to supply and demand, his position becomes governed by purely market criteria.
The effective freezing of the translators’ tariffs had already taken place years before the economic recession of 2008. It started, in fact, with the changes brought about by the editorial concentration and the appropriation of the market by the multinationals, which imposed the criterion of profitability above any other consideration. And the most fragile part of the system, of course, are external collaborators such as translators, individuals without a contract and unprotected in the market. But the problem is not restricted to large publishers. Also independent publishers, with the pretext of having fewer resources, have reduced the rights and fees of the translator in our country.
To get an idea of ​​the real magnitude of these imbalances: in the English-speaking countries the translator’s rate is calculated based on the words (in Spain the base is always the character or pulsation). The current average rate in the Anglo-Saxon world would be about 12.5 cents per word, while the average rate in Spain according to the 2008 study (that is, before they started to fall) was 12.5 euros per page. Taking into account that the page standard has 2,100 characters, and that the average in Spanish is about six characters per word, it is easy to calculate: the 2,100-character page has an average of 350 words, which at 12,5 cents per word (the Anglo-Saxon tariff) gives us an equivalent of 43.75 euros per page. That is, the translators of English-speaking countries charge three and a half times more.

The situation of the translator in Latin America is still far from ideal. In countries like Mexico, Colombia or Chile, literary translation was always traditionally in the hands of writers, academics and other literary people. The emergence of a contingent of «professional» translators, that is, provided with a series of working conditions that allow them to become professional, remains a half-hearted aspiration. Little by little the translator becomes more visible to the industry.
Most editors know this, and they know how important it is to protect translators. It is obvious that in today’s world, writers, translators and editors have the same problems (little money, few readers, a society that seems to be abandoning literature as a form of cultural consumption).
So, it also makes sense that we work together to solve them, instead of blaming the readers as they have done sometimes. Offering better catalogs, better translations and better novels – and not only greater dividends to the shareholders of the companies – seems to me a good common strategy to seduce the public.

The fansubtitling is the perfect example of translation phenomenon that responds to the wild demand of speed of the current world. The translators of fansubs are organized in the form of groups able to subtitle the episodes of the most popular American series of the moment just a couple of hours after its broadcast. To go faster, the different fansubbers divide the chapter into minutes and each person is responsible for translating their part; then there is usually a corrector that reads all the parts together and someone who synchronizes the subtitles with the images. In this field, of course, speed is the priority over the quality of translation.
Translation is a much cheaper school than the creative writing programs or the letters schools that proliferate today. In front of the translation, which proposes a slow initiation to writing, an old-fashioned rhetorical formation, the current writing schools propose quick methods to become a writer. These methods are also based on the idea of ​​»finding your own voice», against the cancellation of the ego that translation implies. As is well known, the idea that literary schools are the best way to enter literary creation (almost the only one) is an idea imported from the United States, where the teaching of creative writing is a very lucrative business. In this post-capitalism in which we live, everything is bought or sold, and literary talent can not be an exception.
All this does not mean to say that the daily practice of literary translation automatically converts one into a novelist or a poet. There are thousands of literary translators in the world who have never written their own works. And yet, it is clear that the literary translator is a writer.

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