Aquí No, Ahora No — Erri De Luca / Non Ora, Non Qui by Erri De Luca

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Este es otro magnífico breve libro del autor italiano, de los mejores que te envuelve con su costumbrismo y el manejo del lenguaje en la Italia de carestía que el nació donde refleja perfectamente su narrativa que es excelente y un deleite para el lector donde los sentimientos brotan en cada página.

Había toda una estantería repleta de imágenes nuestras tomadas en las ocasiones especiales y en las corrientes. Duró diez años, más no, la recolección: los años del primer bienestar y de la pérdida de su vista. Queda así documentada hasta el detalle una sola época, quizá la única que he podido olvidar. Los álbumes, los archivos, no me sostienen la memoria, sino que la sustituyen.
Fue aquélla una época de desplazamientos, entre mis nueve años y los diecinueve, cuando hubo mudanzas a barrios mejores y la pobreza acabó de improviso a la vez que la infancia. En la casa nueva, la buena, no se volvió a hablar de la pasada condición: una calle empinada, la lluvia dentro de la cocina, el griterío de la callejuela.
¿Dónde vivíamos antes? En otra ciudad. También ahí se oía hablar en dialecto, pero era oscura al fondo de un precipicio de gradas resquebrajadas.
No hablábamos napolitano. Mis padres se defendían de la pobreza y del entorno con el italiano. Estaban muy solos y no recibían amigos, no podían acogerlos en ese mínimo espacio.

El amor por su madre. Pronto llegaron las canas que no quisiste teñir, despreocupada por corregir los detalles de tu imagen. Aparentabas más años que las de tu edad, pero de mayor recuperaste ventaja sobre ellas. He visto caer a mujeres en la edad siguiente como se cae de un escalón que se calcula mal, por haber retenido demasiado una edad anterior.
A tu juventud la confundió la guerra. Primero los trajines de la emergencia diaria, vivir, bombas, hombres repartidos por los frentes y por los escondites, luego los amaños y la nueva pobreza de posguerra.
La vida es una sucesión de olores. Está el olor de la Torreta el domingo: mercado, gentío, frío. Desde el horno irradian aromas y enfrente el carro de los frutos secos tuesta el aire. De las freidurías sale humo de buñuelos, impregnado de aceite. Las anchoas, el pescado pesado al cliente y luego destripado en la acera y enjuagado en un cubo de agua: el aire se satura de todos los olores, los mezcla hasta la noche.
No está el del café. Es perfume secreto, protegido: quien lo hace no lo derrama, tapa el tarro, pone la capucha en el pico de la cafetera, cierra la ventana de la cocina.

No lloraba de niño; no recuerdo mis lágrimas. Mucho más tarde las conmociones hallaron el camino de las palabras y el de los ojos. Por Massimo lloré. (Su amigo).
Entre madre e hijos no acontece progreso, no se desarrolla civilización: las palabras siempre serán pocas, raras, conservadas. No reemplazan nada, ni los golpes ni las caricias.

He seguido siendo católico, pero no he amado la religión. Para mí rezar nunca fue preguntar. En los momentos de mayor fervor he entrado en una iglesia no para preguntar, sólo para estar lejos. Si Dios fuese una circunferencia la iglesia sería el centro, el punto más distante posible. Desde su suma lejanía noto mi único sentimiento religioso, el de la nostalgia.
He entrado en la iglesia para callar dentro, a la tenue luz de las velas, al lado del susurro de un devoto. Así me vaciaba la mente, me confundía hasta imaginar que el fuego de las mechas susurraba y que ardía el rezo del vecino.

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This is another magnificent short book by the Italian author, one of the best that surrounds you with his local customs and the use of language in the Italy of high cost that he was born where he perfectly reflects his narrative that is excellent and a delight for the reader where the feelings spring up on each page.

There was a whole shelf full of images of us taken on special occasions and currents. It lasted ten years, but not the collection: the years of first well-being and the loss of sight. One single epoch is documented up to the detail, perhaps the only one I have been able to forget. The albums, the archives, do not sustain my memory, but replace it.
It was a time of displacement, between my nine years and nineteen, when there were changes to better neighborhoods and poverty came to an abrupt end at the same time as childhood. In the new house, the good one, there was no talk of the last condition: a steep street, the rain inside the kitchen, the screaming of the alley.
Where did we live before? In another city. There, too, you could hear a dialect, but it was dark at the bottom of a precipice of cracked bleachers.
We did not speak Neapolitan. My parents defended themselves against poverty and the environment with Italian. They were very lonely and did not receive friends, they could not welcome them in that minimum space.

The love for his mother. Soon gray hair arrived that you did not want to dye, careless to correct the details of your image. You looked older than your age, but when you got older, you regained an advantage over them. I have seen women fall in the next age as they fall off a step that is miscalculated, having too retained a previous age.
Your youth was confused by war. First, the daily emergency, living, bombs, men spread across the fronts and hiding places, then the fuss and the new post-war poverty.
Life is a succession of smells. There is the smell of the Turret on Sunday: market, crowd, cold. From the oven they radiate aromas and in front of the cart of dried fruits toasts the air. Smoke fritters, impregnated with oil. The anchovies, the heavy fish to the client and then disembowelled on the sidewalk and rinsed in a bucket of water: the air becomes saturated with all the smells, mixing them until night.
There is no coffee. It’s secret, protected perfume: whoever does not spill it, covers the jar, puts the hood on the top of the coffee machine, closes the kitchen window.

He did not cry as a child; I do not remember my tears. Much later, the commotions found the way of words and eyes. By Massimo I cried. (His friend).
There is no progress between mother and children, civilization does not develop: words will always be few, rare, preserved. They do not replace anything, neither the blows nor the caresses.

I have remained Catholic, but I have not loved religion. For me, praying was never asking. In the moments of greatest fervor I have entered a church not to ask, only to be far away. If God were a circumference, the church would be the center, the most distant point possible. From its extreme distance I notice my only religious feeling, that of nostalgia.
I entered the church to be quiet inside, in the dim candlelight, next to the whisper of a devotee. This emptied my mind, it confused me until I imagined that the fire of the wicks whispered and that the prayer of the neighbor burned.

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