La Gran Manipulación Cósmica — Juan G. Atienza

Este es un libro que nos habla de la manipulación y en boga en estos momentos, por esto es interesante ver los puntos de vista de un libro donde el ser humano es parte del cosmo o es el centro de este.
El hombre es el gran engañado del cosmos. Prefiero decirlo así, con vergüenza, pero sin medias tintas. Y —diré más— es o somos engañados conscientemente, como si estuviéramos ansiosos de engaño, de dependencia, como si estuviéramos ancestralmente necesitados de que otros —quienes fueran— nos saquen de nuestra radical inseguridad, aunque sea a costa de dominios, de imposiciones y de obediencias que hayan de marcarnos para siempre como esclavos de cuanto —persona o entidad presuntamente celeste— aceptamos como cosa superior, como señora y dueña de nuestras vidas, de nuestro pensamiento y de nuestro mismo destino en tanto que especie zoológica, que es lo que somos.
Curiosamente, el ser humano es el único animal que obedece a aquello que desconoce radicalmente, el único ser que teme enfrentarse con lo desconocido.
El ser humano parece obligado inapelablemente a elegir entre estas dos dependencias primarias: o cree y acepta a ciegas la creencia, o se lanza a tumba abierta a confiar en una ciencia que juega a los bolos con la realidad aparente y niega por principio lo inexplicable o lo que no ha pasado por el cedazo de su pragmatismo. El hombre «tiene que» creer o «tiene que» aceptar a los que dicen saber. Si no lo hace, o se condena o se le suspende. Y nadie, que yo sepa, se resigna a ninguna de estas dos cosas, porque arrastra en su inconsciente colectivo siglos de mentalizaciones en los que se le ha impuesto, por las buenas o por las bravas, la doble necesidad física de la salvación condicionada o del triunfo igualmente condicionado. Nadie quiere ser proscrito, ni en esta vida ni en la otra.
El ser humano se ha proclamado, irracionalmente, Rey de la Creación. Sin embargo, si queremos molestarnos en analizar fríamente la naturaleza de este término, ya de por sí condicionante, veremos que la palabra abarca sólo el mundo físico y sensorial que se presenta ante nuestros medios de percepción.

Estamos siendo a la vez testigos y víctimas, a nivel planetario, de una inmensa campaña general que tiende a poner en entredicho cualquier grado de libertad que el ser humano quiera permitirse para elegir voluntariamente su propio destino y, en consecuencia, para evolucionar conforme a su estricta conciencia. Movimientos religiosos, policías paralelas, partidos políticos totalitarios, asociaciones terroristas y grandes empresas comerciales de ámbito multinacional se dedican activamente a vigilar al individuo, a mediatizarlo en cualquier forma, a controlar sus palabras, sus pensamientos y hasta sus movimientos, para obligarle a la obediencia, al consumo, a la sumisión y, en definitiva, al silencio.
Se ha creado a nivel mundial un clima de amenaza moral en el cual prácticamente cada entidad individual asume la sospecha de estar vigilada y en inminente peligro de aniquilación —psíquica o física, eso es lo que menos importa ahora, porque viene a ser lo mismo— a no ser que busque, ruegue y solicite la protección de esas fuerzas efectivas que le rodean y de que acepte ciegamente sus condiciones. La sensación de amedrentamiento y de impotencia ante esos fantasmas de poder omnímodo que surgen a nuestro alrededor vienen a coartar incluso nuestro deseo de pensar y expresarnos libremente.
(España como el mundo) un porcentaje alarmante de parados. Y esta alarma la proclaman los mismos que han contribuido a provocar el paro que se sufre. Por otro lado, una masa informe de ciudadanos empeñados por igual en mantener posición y supervivencia. Finalmente, una minoría de ganadores a quienes la crisis ha logrado finalmente diferenciar, de modo que resulta ya relativamente sencillo apostar por ellos. De un modo casi insensible, la crisis económica de Occidente, transformada en crisis social y hasta —perdón— religiosa, rompe de raíz nuestras vagas ideas de democracia y de igualdad y establece un novísimo sistema de castas, en el que los presuntos vencedores o elegidos van siendo atraídos desde la cúspide de la pirámide, examinados, analizados célula a célula y, eventualmente (si la prueba resulta positiva), ensalzados a la categoría de poder delegado, en la que actúan como buscoemisarios de la entidad anónima —o innominada— que decide, desde la cima, el destino de TODOS los seres humanos, su función y sus coordenadas, al margen de deseos soñados y de esperanzas concebidas.
Se han alterado, sin solución de continuidad, los esquemas éticos que rigieron el comportamiento del ser humano durante milenios.

Que el mundo está metido en una crisis, es un hecho que ya nadie creo que tuviera la desfachatez de dudar. Que esa crisis —al menos exotéricamente— viene producida por la circunstancia de que las materias primas imprescindibles para el mantenimiento del crecimiento industrial de los países desarrollados están localizadas en territorios que forman parte del llamado Tercer Mundo, es una realidad que se detecta en los manuales de geografía económica. Que —en apariencia— esos países tercermundistas pueden dar al traste con el ideario evolucionista de Occidente y convertir a los países desarrollados en un caos de paro, de miseria y de futuro incierto, es un temor que aflora como visión apocalíptica en las declaraciones de los gobiernos, lo mismo que en las reuniones de los consejeros.
Sin embargo —hecho curioso que no parece extrañar a nadie y que está a la vista de todos—, estas circunstancias que, naturalmente, no propician el progreso lógico de los países occidentales, tampoco parecen colaborar realmente en la transformación de las tierras del Tercer Mundo.
El ser humano ha de conseguir esa liberación a pesar de un mundo denso de trabas de preceptos condicionantes no significa, sin embargo, que ese mundo y esa experiencia hayan de ser aceptados por el entorno. Eso es algo que los místicos de todos los tiempos han captado a la perfección, porque todos ellos, en cualquier época y en cualquier lugar, se han encontrado inmersos en un entorno hostil a la libertad fundamental que suponía su propia trascendencia. En el fondo, esa es la razón de los largos comentarios de Juan de la Cruz a las breves y contundentes estrofas místicas que le inspiraron sus saltos a la trascendencia. En el fondo también, esa es la causa primaria de la multivalencia del símbolo ocultista, que lo mismo puede aparecer en el más heterodoxo de los grimorios que en la más oficialmente santa de las Iglesias.
Pues bien, en esa multivalencia del símbolo y en esas explicaciones impuestas a la experiencia mística desnuda está, precisamente, la raíz de la distinción entre la manipulación y la libertad, como se encuentra la sutilísima capa que limita la realidad aparente que vivimos y la Realidad inmediata a la que indefectiblemente tendemos. Si somos capaces de reconocer esos límites y de distinguir lo que realmente se encuentra a cada lado de cada uno de ellos (y digo reconocer y distinguir, nunca entender ni interpretar) habremos dado, supongo yo, el primer paso hacia nuestra propia liberación. Es posible que los otros pasos podamos darlos con menos dificultades y hasta con conciencia iluminada de nuestro destino.

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