¡Vigilen Los Cielos!. La Filosofía De La Ciencia Ficción — Luis Miguel Ariza / Watch The Skies! The Philosophy of Science Fiction by Luis Miguel Ariza (spanish book edition)

El subtítulo era prometedor: “La filosofía de la ciencia ficción”. Después de leerlo, el subtítulo me parece engañoso.
Primero, porque la ciencia ficción de la que supuestamente extrae su filosofía se circunscribe a las películas (lo dice en la contraportada, así que, al menos en eso, no tengo derecho a sentirme estafado), cuando las ideas más interesantes de la ciencia ficción están en la literatura. De hecho, las películas están basadas en la literatura y, algunas, directamente versiones de alguna novela (Contact, Blade Runner). Además, hecho en falta algunos títulos que me parecen importantes, aunque solo sea por citarlos.
Segundo, porque el análisis me parece superficial y muy poco “filosófico”. La mayoría de los temas fundamentales del género se obvian. Mucha ciencia ficción se preocupa por ser humano, su definición y lugar en el universo. En “¡Vigilen los cielos!” se tratan más temas geopolíticos, se evalúa si la película tiene un planteamiento más conservador o más progresista y se intenta responder a la pregunta de si la ciencia se presenta como algo positivo o negativo. Desde mi punto de vista, la ciencia pretende desentrañar la lógica de la naturaleza. A quien se puede culpar de su uso es a quien toma las decisiones que involucran a la ciencia.

Definir este libro como un breve ensayo sobre la “filosofía de la ciencia ficción” es como menos un dislate, por no hablar de una estafa intelectual. Nada de filosofía y mucho de “cuñaísmo” con pretensiones politológicas.
No deja de ser un análisis vacuo de un ramillete de películas bien conocidas, de sinopsis ampliadas (lleno de spoilers) para espectadores poco exigentes y con un nulo conocimiento de cómo combinar estas con films del pasado o contemporáneos sobre los que están influidos.
Tan solo es una colección de películas en las que el autor lo que hace es ir describiendo las mismas escenas que ya viste y que tanto recuerdas (porque son títulos muy famosos) sin profundizar en absoluto ni llegar a ninguna reflexión ni absolutamente nada. Como ensayo es un desastre.

Es la histo­ria de una ab­duc­ción. El esta­do, las com­pa­ñías, los in­divi­duos, la so­cie­dad, todo ha sido com­ple­ta­men­te ab­du­ci­do y co­pia­do, al igual que las re­glas y los com­por­ta­mien­tos. Los in­divi­duos que ve­mos en Ma­trix son una pro­yec­ción de sí mis­mos en este mun­do vir­tual don­de todo está pro­gra­ma­do. El vien­to, las aves, el sol, los co­ches, los edi­fi­cios, la co­mi­da, los olo­res, los vesti­dos, las con­ver­sa­cio­nes…todo cuan­to per­ci­bi­mos es el resul­ta­do de mi­llo­nes de pro­gra­mas in­divi­dua­les que se han es­crito para crear estos efec­tos. Es una si­mu­la­ción asom­bro­sa­men­te real. Es la rea­li­dad de la rea­li­dad. Aun­que po­dría­mos ha­blar de «to­ta­lita­ris­mo ci­ber­néti­co vir­tual», en contra­po­si­ción al to­ta­lita­ris­mo ci­ber­néti­co «real» que su­gie­ren pe­lícu­las he­chas quin­ce años atrás, como Ter­mi­na­tor.
Más que la do­lo­ro­sa y gra­dual pér­di­da de la pro­pia li­ber­tad, Ma­trix pro­po­ne un jue­go en­ga­ño­so acer­ca de la ver­dad y su inac­ce­si­bi­li­dad para el ser hu­ma­no. La so­cie­dad, el esta­do, el go­bierno, las re­glas, no son más que una far­sa. La sustitu­ción de una so­cie­dad por otra se ha com­ple­ta­do y ya no hay vuel­ta atrás. Toda la es­pe­ran­za gira en torno a un úni­co in­divi­duo en­tre mi­llo­nes. Tie­ne que ser es­pe­cial, úni­co. El con­sen­so del resto es in­su­fi­cien­te para con­ju­rar la ame­na­za de las má­qui­nas. Sin la apa­ri­ción de ese in­divi­duo, Neo el Ele­gi­do, la hu­ma­ni­dad, que so­brevive en la ciu­dad sub­te­rrá­nea lla­ma­da Sion, esta­ría desti­na­da a desa­pa­re­cer.

El univer­so de Star Wars no es otra cosa que el im­pe­rio de la irra­cio­na­li­dad ga­lác­ti­ca, que le ha lleva­do a ser la saga de cien­cia fic­ción más ren­ta­ble de la histo­ria y con más se­gui­do­res en todo el mun­do. ¡Es una ver­da­de­ra lá­sti­ma! ¿Ver­dad? Por irra­cio­na­li­dad asu­mi­mos la existen­cia de fuer­zas so­bre­na­tu­ra­les, como la ca­pa­ci­dad de mo­ver ob­je­tos a distan­cia —levan­tar co­sas tan gran­des como una nave es­pa­cial— solo con la men­te.
Ca­ba­lle­ros como Luke y Obi Wan, contra «se­ño­res» como Dar­th Va­der (el diá­lo­go nos lo pre­sen­ta como Lord Va­der). El ene­mi­go como Im­pe­rio, los re­bel­des como re­pu­bli­ca­nos. Todo ello nos re­tro­t­rae a una épo­ca que mar­ca los co­mien­zos del ca­pita­lis­mo contra el feu­da­lis­mo, la gue­rra de los em­pren­de­do­res contra los se­ño­res. Y si ta­miza­mos el jue­go por la Gue­rra Fría y el sur­gi­mien­to del ene­mi­go so­cia­lista como es la Unión So­viéti­ca, las piezas de la ba­ta­lla en­ca­jan. El in­divi­duo re­pre­sen­ta el bien. El esta­do, con­ver­ti­do en una ti­ra­nía, el mal ab­so­luto.

Alien es, en resu­mi­das cuen­tas, un pro­yec­to mi­litar para crear un arma dia­bó­li­ca. Lo que nos dice la pe­lícu­la es que sus máxi­mos res­pon­sa­bles están a favor de la gue­rra y de usar cual­quier re­cur­so para ga­nar­la, sin im­por­tar el pre­cio. No sa­be­mos contra quién ni te­ne­mos más de­ta­lles del ene­mi­go al que hay que ba­tir, pero pa­re­ce cla­ro que los res­pon­sa­bles po­líti­cos no tie­nen nin­gún es­crú­pu­lo en usar cual­quier tipo de arma y de sa­l­tar­se presun­tas prohi­bi­cio­nes, ma­tar a ino­cen­tes y po­ner al mun­do en pe­li­gro.

Em­pe­ce­mos por cómo se tra­ta a las mu­je­res en la pe­lícu­la. Ad­mitá­mo­s­lo, ab­so­luta­men­te todo rezu­ma un tono ma­chista, como si el film fue­ra la res­puesta con­tun­den­te al mo­vi­mien­to fe­mi­nista que em­peza­ba a dar sus pri­me­ros pa­sos en los años se­ten­ta, con la píl­do­ra anti­con­cep­tiva y la li­be­ra­ción sexual de la mu­jer como te­lón de fon­do.
La pe­lícu­la pro­po­ne una re­fle­xión cui­da­do­sa acer­ca de lo que sig­ni­fi­ca ser hu­ma­no en un futu­ro don­de las répli­cas de los hu­ma­nos, fa­bri­ca­das me­dian­te in­ge­nie­ría ge­néti­ca, son in­distin­gui­bles de las per­so­nas. Es el pla­to fuer­te. Ha­bla­mos de répli­cas hu­ma­nas, no de má­qui­nas. A di­fe­ren­cia de ot­ras pe­lícu­las en los que la lí­nea diviso­ria en­tre los ro­bo­ts y las per­so­nas apa­re­ce níti­da, en Bla­de Run­ner esta fron­te­ra es muy bo­rro­sa. El uso de pa­la­bras ta­les como má­qui­nas, com­puta­do­ras o an­droi­des se nos an­to­ja aquí com­ple­ta­men­te ina­de­cua­do. No hay pistas visua­les que po­da­mos usar como di­fe­ren­cias. Aquí no hay par­tes me­cá­ni­cas a la vista, ni hi­bri­da­ción de piezas con ma­te­rial bio­ló­gi­co. Los re­pli­can­tes son per­so­nas como no­so­t­ros.
Des­de el pun­to de vista ideo­ló­gi­co, Bla­de Run­ner es un film com­ple­jo, rico y contra­dic­to­rio. Si tuvié­ra­mos que dar­le un co­lor po­líti­co, po­dría­mos con­cluir que es con­ser­va­dor y pro­gresista a la vez. Es un film muy pro­gresista. Criti­ca las con­se­cuen­cias de un ca­pita­lis­mo des­bor­dan­te, todo ese mun­do pro­du­ci­do nada atrac­tivo y deshu­ma­niza­do, acen­tuan­do la cul­pa so­bre esas gran­des cor­po­ra­cio­nes cuyos edi­fi­cios re­cuer­dan a los tem­plos ma­yas, cor­po­ra­cio­nes que han pro­mo­vi­do una nueva for­ma de es­clavitud, que a la po­st­re nos pa­re­ce re­pug­nan­te y con­de­na­ble. Y por aña­dir algo más de rica con­fusión al mie­do que siem­pre flo­ta so­bre la ex­plo­ta­ción de estas cor­po­ra­cio­nes y so­bre sus con­se­cuen­cias en­contra­mos al in­divi­duo que se re­be­la contra todo.

El diá­lo­go ma­ne­ja con­cep­tos como la ma­ter­ni­dad y la he­ren­cia que la cien­cia debe so­por­tar so­bre sus hom­bros. ¿Cuál es la críti­ca? Los cien­tí­fi­cos son cul­pa­bles por par­ti­da do­ble. Se les acu­sa de ha­ber in­ven­ta­do la bom­ba ató­mi­ca y de em­pu­jar a las má­qui­nas ha­cia el pe­li­gro­so esta­do de la con­s­cien­cia. Sa­rah está a pun­to de asesi­nar a Dyson, pero el hijo pe­que­ño se in­ter­po­ne en­tre ella y la bala desti­na­da a su pa­dre, y su in­stin­to ma­terno se en­cien­de. Poco des­pués, cuan­do lle­ga John Con­nor, ella le pre­gun­ta si ha ve­ni­do para de­te­ner­la, a lo que el mu­cha­cho res­pon­de afir­ma­ti­va­men­te, y am­bos se fun­den en un abra­zo.
La ma­ter­ni­dad y la con­de­na tá­cita de la cien­cia y la in­vesti­ga­ción ar­man de for­ma muy diá­fa­na un dis­cur­so con­ser­va­dor he­re­da­do del pri­mer Ter­mi­na­tor. La ma­ter­ni­dad y la re­la­ción en­tre ma­dre e hijo es un teso­ro que debe ser pre­ser­va­do a toda co­sta y fun­cio­na al mis­mo tiem­po como va­cu­na contra la vio­len­cia. Por otra par­te, el edi­fi­cio de Cy­berd­y­ne es fi­nal­men­te dest­rui­do.

(El planeta de los simios) La pe­lícu­la ar­ti­cu­la una críti­ca de­mo­le­do­ra de la hu­ma­ni­dad. Y eso es algo que lue­go ve­re­mos en ot­ras obras ma­est­ras. En Bla­de Run­ner se cuestio­na mo­ral­men­te la fa­cul­tad irres­pon­sa­ble de los hu­ma­nos a la hora de fa­bri­car clo­nes o re­pli­can­tes, es de­cir, se pone en tela de jui­cio la es­en­cia de lo que so­mos. En Ter­mi­na­tor, el em­pe­ño hu­ma­no por la gue­rra to­tal, con­fian­do su control a las má­qui­nas, resul­ta ser nuest­ro ma­yor error. Con la mal­di­ción fi­nal de Ta­y­lor ante los restos de la esta­tua de la li­ber­tad que­dan pa­ten­tes los pe­ca­dos co­lec­tivos co­me­ti­dos por la hu­ma­ni­dad y el ca­rác­ter anti­mi­lita­rista y an­ti­gu­ber­na­men­tal de la obra de Scha­ffner, don­de el in­divi­duo es mu­cho más im­por­tan­te que el esta­do.

Ava­tar es una pe­lícu­la pro­gresista que apuesta por la cien­cia y el pro­greso tec­no­ló­gi­co y que co­lo­ca a los cien­tí­fi­cos como pri­me­ra lí­nea de de­fen­sa. Ar­ti­cu­la el mie­do a la co­lo­niza­ción y la gue­rra, y a los ex­ce­sos de las gran­des mul­ti­na­cio­na­les y sus con­se­cuen­cias para el me­dio am­bien­te. El film de Ca­me­ron sig­ni­fi­ca el pun­to fi­nal de una saga de pe­lícu­las que co­mien­zan en los años se­ten­ta con la te­má­ti­ca de la preo­cu­pa­ción me­dioam­bien­tal de fon­do, don­de en oca­sio­nes se co­lo­ca a los cien­tí­fi­cos como hé­roes y en ot­ras como cul­pa­bles. Tras una eta­pa de con­ser­va­du­ris­mo que se exten­dió des­de los años ochen­ta has­ta me­dia­dos de la pri­me­ra dé­ca­da de este si­glo, Ava­tar su­po­ne el bautizo de­fi­nitivo de la ci­be­re­co­lo­gía, los ade­lan­tos tec­no­ló­gi­cos al ser­vi­cio de causas me­dioam­bien­ta­les.
Es pa­ten­te el con­stan­te en­fren­ta­mien­to en­tre los cien­tí­fi­cos res­pon­sa­bles de ha­ber crea­do esos cuer­pos y el man­do mi­litar, el mo­tor dra­má­ti­co de la histo­ria.

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The subtitle was promising: “The philosophy of science fiction.” After reading it, the subtitle seems deceptive.
First, because science fiction from which he supposedly extracts his philosophy is limited to films (he says it on the back cover, so, at least in that, I have no right to feel cheated), when the most interesting ideas of science fiction They are in the literature. In fact, the films are based on literature and, some, directly versions of a novel (Contact, Blade Runner). In addition, missing some titles that seem important to me, if only to mention them.
Second, because the analysis seems superficial and very little “philosophical.” Most of the fundamental gender issues are ignored. A lot of science fiction cares about being human, its definition and place in the universe. In “Watch the heavens!” more geopolitical issues are discussed, it is evaluated whether the film has a more conservative or more progressive approach and attempts are made to answer the question of whether science is presented as something positive or negative. From my point of view, science aims to unravel the logic of nature. Who can be blamed for its use is the one who makes the decisions that involve science.

Defining this book as a brief essay on the “science fiction philosophy” is at least a dislate, not to mention an intellectual scam. No philosophy and a lot of “wedge” with political pretensions.
It is still a vacuous analysis of a bunch of well-known films, of expanded synopsis (full of spoilers) for less demanding spectators and with no knowledge of how to combine these with past or contemporary films on which they are influenced.
It is only a collection of films in which the author does what he describes as the same scenes that you saw and that you remember so much (because they are very famous titles) without deepening at all or reaching any reflection or absolutely anything. As an essay it is a disaster.

It is the story of an abduction. The state, the companies, the individuals, the society, everything has been completely abducted and copied, as well as the rules and behaviors. The individuals we see in Matrix are a projection of themselves in this virtual world where everything is programmed. The wind, the birds, the sun, the cars, the buildings, the food, the smells, the dresses, the conversations … everything we perceive is the result of millions of individual programs that have been written to create these effects. It is a surprisingly real simulation. It is the reality of reality. Although we could talk about “virtual cyber totalitarianism,” as opposed to “real” cyber totalitarianism that films made fifteen years ago like Terminator suggest.
More than the painful and gradual loss of one’s own freedom, Matrix proposes a deceptive game about truth and its inaccessibility for the human being. Society, the state, the government, the rules, are nothing more than a farce. The substitution of one company for another has been completed and there is no turning back. All hope revolves around a single individual among millions. It has to be special, unique. The consensus of the rest is insufficient to conjure the threat of the machines. Without the appearance of that individual, Neo the Chosen, humanity, which survives in the underground city called Zion, would be destined to disappear.

The Star Wars universe is nothing more than the empire of galactic irrationality, which has led it to be the most profitable sci-fi saga in history and with more followers worldwide. It is a real shame! Right? By irrationality we assume the existence of supernatural forces, such as the ability to move objects at a distance – lift things as large as a spaceship – only with the mind.
Gentlemen like Luke and Obi Wan, against “gentlemen” like Darth Vader (the dialogue presents us as Lord Vader). The enemy as Empire, the rebels as Republicans. All this brings us back to an era that marks the beginnings of capitalism against feudalism, the war of entrepreneurs against lords. And if we sift the game for the Cold War and the rise of the socialist enemy such as the Soviet Union, the battle pieces fit together. The individual represents good. The state, turned into a tyranny, absolute evil.

Alien is, in short, a military project to create a diabolical weapon. What the film tells us is that its top leaders are in favor of war and of using any resource to win it, regardless of the price. We do not know against whom nor do we have more details of the enemy to be beaten, but it seems clear that the political leaders have no scruples in using any type of weapon and skipping alleged prohibitions, killing innocents and putting the world in danger.

Let’s start with how women are treated in the movie. Admit it, absolutely everything oozes a macho tone, as if the film were the blunt response to the feminist movement that began to take its first steps in the seventies, with the contraceptive pill and the sexual liberation of women as a backdrop.
The film proposes a careful reflection about what it means to be human in the future where the replicas of humans, manufactured by genetic engineering, are indistinguishable from people. It is the main course. We talk about human replicas, not machines. Unlike other films in which the dividing line between robots and people appears sharp, in Blade Runner this border is very blurred. The use of words such as machines, computers or androids seems completely inappropriate here. There are no visual clues that we can use as differences. Here there are no mechanical parts in sight, nor hybridization of parts with biological material. Replicators are people like us.
From an ideological point of view, Blade Runner is a complex, rich and contradictory film. If we were to give it a political color, we could conclude that it is both conservative and progressive. It is a very progressive film. He criticizes the consequences of an overflowing capitalism, all that world produced nothing attractive and dehumanized, accentuating the blame on those large corporations whose buildings remind of Mayan temples, corporations that have promoted a new form of slavery, which in the end seems disgusting and condemnable And for adding something more rich confusion to the fear that always floats about the exploitation of these corporations and their consequences we find the individual who revolts against everything.

The dialogue handles concepts such as motherhood and inheritance that science must bear on its shoulders. What is the criticism? Scientists are guilty twice. They are accused of having invented the atomic bomb and of pushing the machines towards the dangerous state of consciousness. Sarah is about to kill Dyson, but the little son gets in between her and the bullet destined for her father, and her maternal instinct goes on. Shortly after, when John Connor arrives, she asks if he has come to stop her, to which the boy responds affirmatively, and they both merge into a hug.
Motherhood and the unspoken condemnation of science and research put together a conservative speech inherited from the first Terminator. Motherhood and the relationship between mother and child is a treasure that must be preserved at all costs and works at the same time as a vaccine against violence. On the other hand, the Cyberdyne building is finally destroyed.

(Planet of the apes) The film articulates a devastating critique of humanity. And that is something we will see later in other masterpieces. In Blade Runner, the irresponsible faculty of humans is morally questioned when it comes to making clones or replicators, that is, the essence of who we are is called into question. In Terminator, the human commitment to total war, entrusting its control to machines, turns out to be our biggest mistake. With Taylor’s final curse on the remains of the statue of liberty, the collective sins committed by humanity and the antimilitarist and anti-government nature of Schaffner’s work are evident, where the individual is much more important than the state.

Avatar is a progressive film that bets on science and technological progress and places scientists as the first line of defense. It articulates the fear of colonization and war, and the excesses of large multinationals and their consequences for the environment. Cameron’s film means the end point of a saga of films that begin in the 1970s with the theme of environmental concerns, where scientists are sometimes placed as heroes and sometimes as guilty. After a stage of conservatism that extended from the eighties to the middle of the first decade of this century, Avatar is the definitive christening of cybercology, technological advances at the service of environmental causes.
The constant confrontation between the scientists responsible for creating those bodies and the military command, the dramatic engine of history, is evident.

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