En Primera Línea. Un Testimonio Desde La UCI De La Crisis Del Coronavirus — Gabriel Heras La Calle / At The Core. Evidence from the ICU of the Coronavirus Crisis by Gabriel Heras La Calle (spanish book edition)

Todo muy bien explicado con palabras que se entienden. Cuenta cosas duras pero no se recrea en el morbo. La sanidad es un laberinto con muchas moradas. Unas de las más temidas son las UCIs por implicar pacientes muy graves, pronósticos no siempre positivos e indefensión total para los que entran en ellas.
¿Consentirías pasar unas horas dentro de ellas de la mano de un intensivista especial? Si aceptas la oferta te propongo a Gabi Heras como acompañante y “En primera línea” como la puerta que te llevará a conocer una realidad donde la vida y la muerte bailan sobre una delgada línea roja mientras un montón de profesionales sanitarios se afanan en mil tareas.
El libro es un pequeño milagro escrito en tiempo récord y narra la crisis del Coronavirus casi en directo. Con un estilo cercano y cordial nos lleva de la mano por situaciones muy difíciles que quizá nos ayuden a entender el peso que los sanitarios sostienen en su día a día.
El autor nos abre su UCI y su vida, regalándonos su manera de ver las cosas y su esfuerzo por humanizar tanto la asistencia como su cotidianidad. Damos lo que tenemos, este libro es una prueba al ofrecernos un testimonio real contado desde el corazón.

El sistema ya era frágil y ha quedado arrasado por un virus que hasta hace un mes parecía solo un meme encerrado en nuestros teléfonos. La experiencia profesional adquirida desde la peor guardia de mi vida parece que se la ha llevado la lluvia. Dudo. No me siento un médico, sino un tipo disfrazado con unas gafas de buceo y un traje de plástico. Miro a mi alrededor y veo a mis compañeros hundidos, llorando bajo la mordaza de sus mascarillas.
Quizás me estoy pasando de negativo, quizás solo sea esta guardia horrible, que me hace perder la perspectiva. Hoy es miércoles 25 de marzo de 2020, sigo en el hospital y tengo una tos persistente: la peor noticia durante una epidemia.

Concretamente, nuestro virus informático era de lo más miserable. El viernes 17 de enero entró en los ordenadores del hospital, probablemente a través de un correo electrónico contaminado en el que pinchó algún incauto, e inmediatamente cifró los archivos de nuestro sistema para que no pudiéramos acceder a ellos.
Los virus que piden un rescate a cambio de devolver el contenido que han secuestrado se conocen como ransomware. En nuestro caso se ignora qué hacker bromista se encargó de mandárnoslo. Lo único seguro es que, en cuanto se hizo con el control de nuestro sistema, las pantallas de los ordenadores y de las salas de espera dejaron de funcionar y nuestro hospital, completamente informatizado, se fundió en negro.
El coronavirus era algo tan mítico y lejano como la bestia de un relato oriental: un contratiempo que los chinos se disponían a resolver con el derroche de medios y esfuerzos al que nos tienen acostumbrados. Nosotros en España, mientras tanto, debíamos lidiar con nuestras pequeñas miserias cotidianas, que todo el mundo sabe que son terriblemente incómodas cuando te tocan a ti.
Hay quien analiza esta interdependencia en parámetros económicos: nuestra vulnerabilidad es el precio residual de la prosperidad que nos ha traído el mundo global.

Una pandemia es un suceso que no entra en los parámetros de lo esperable. Por esa razón, los indicios de peligro que fueron apareciendo se desecharon de inmediato o se clasificaron en la categoría de eventos improbables. Esa incredulidad inicial, tan humana, ayuda a comprender lo ocurrido, pero me sigue costando digerir que los profesionales no encontráramos el apoyo de las instituciones hasta muchos días después de que la amenaza se concretara en una escalada de contagios evidente. Cuando llegue el momento de discutir reposadamente qué falló en la gestión del coronavirus, los responsables de tomar decisiones sanitarias no podrán obviar que estaban al corriente de lo que ocurría en hospitales como el mío, e incluso les tocará reconocer que tenían teléfonos móviles. Por eso, igual que cualquiera de nosotros, habían podido ver los vídeos de Wuhan convertido en zona catastrófica. Simplemente no alcanzaron a pensar que, excepto lo de construir hospitales en una semana, todo lo que había ocurrido en China estaba a punto de repetirse en España.

Los jefes de servicio de las UCI de Madrid están conectados por un chat de WhatsApp, y algunos comentan que la situación empieza a ser insostenible. En mi hospital casi no nos quedan camas libres y, lo que es aún más grave, hay pacientes por los que no podemos hacer mucho más con los recursos que tenemos. Sus problemas respiratorios han llegado a tal punto que no basta con los ventiladores ni con el cambio de posición para oxigenarlos. Necesitan ir un paso más allá y enchufarse a una máquina ECMO.
Un ECMO, o membrana de oxigenación extracorpórea, es un aparato prodigioso que se conecta al paciente mediante un catéter en la pierna, extrae su sangre, la oxigena en el exterior y se la devuelve. El problema es que esta compleja tecnología no está disponible más que en unos pocos hospitales.
El 19 de marzo reorganizamos nuestro sistema de trabajo. La UCI se nos ha quedado definitivamente pequeña y solo alcanza para contener a la mitad de los pacientes de coronavirus que requieren cuidados intensivos.
Los pacientes que salen de una UCI lo hacen con graves cicatrices físicas y emocionales. A las complicaciones de la enfermedad se unen las derivadas del hecho de estar ingresado: desde un catéter que causa una infección a la traqueostomía que debe cerrarse, pasando por los efectos de la medicación. El síndrome post-UCI está reconocido desde 2012 y afecta a entre el 30 y el 50 % de los supervivientes de una UCI. El listado de dolencias es innumerable: inmovilidad, pérdida de fuerza y masa muscular, deterioro neurológico, depresión, ansiedad, alucinaciones, terrores nocturnos…
En el caso concreto del SARS-CoV2, aún no tenemos claras cuáles serán sus secuelas específicas. Dentro del cuerpo de un enfermo de coronavirus se libra una guerra sin cuartel de la que el enfermo sale con el pecho hundido, los brazos y las piernas del grosor de un fideo, y las manos tan débiles que las uñas parecen gigantescas. Pero lo peor es lo que no se ve, porque las neumonías graves dejan cicatrices en los alvéolos, y eso implica problemas respiratorios y un riesgo futuro de infartos, ictus e insuficiencias renales. Al mismo tiempo, vamos descubriendo que el coronavirus no solo daña los pulmones, sino que tiene efectos que aún están por estudiar en los riñones, el corazón, los vasos sanguíneos y el cerebro.
Los equipos de cuidados intensivos intentamos que las secuelas sean las mínimas.
El problema es que, en situaciones de estrés como la presente, resulta imposible trabajar pensando en minimizar las secuelas futuras y privilegiamos únicamente la supervivencia en el presente. A modo de ejemplo, los fisioterapeutas casi han desaparecido de las UCI durante esta crisis, cuando su trabajo es fundamental para mantener un mínimo tono muscular y preparar la recuperación motriz.

Si la sanidad hubiera alcanzado un grado de humanización mayor antes de la crisis del SARS-CoV2, muchos hospitales no hubieran caído en el error de excluir a los familiares al comienzo de la crisis, negándoles un equipo de protección individual para permanecer con sus seres queridos en el momento de la muerte. Ante el desconocimiento que rodeaba al coronavirus, se optó por dejar caer el telón de acero. Es una reacción normal, pero no debería de haberse prolongado más allá del momento de impacto, porque a las dos semanas de la llegada del SARS-CoV2 ya quedaba patente la aberración que resultaba que la gente estuviera muriendo sola.
Sin embargo, ninguna autoridad sanitaria se atrevió a desandar el camino recorrido, probablemente para no ser acusada de temeridad después de haber alimentado el discurso del miedo a los pacientes infectados. Si el punto de partida hubiera sido distinto y la sociedad tuviese asumido que la sanidad debe ser una realidad que no quede ajena a lo humano, no hubiéramos tardado tanto en verlo. Esa labor pedagógica nos hubiera permitido evitar miles de historias trágicas.

La lucha para conseguir equipos sanitarios se ha vuelto feroz, y el Ministerio de Sanidad ha tenido que cambiar sus protocolos para adaptarse a la carestía internacional. Tras minimizar la amenaza durante meses, las Administraciones nacionales, regionales y hospitalarias de toda la Unión Europea y de Estados Unidos se han lanzado a la vez al mercado de Asia para acumular todo el stock de productos disponible: desde ventiladores a guantes y batas.
Los medios de comunicación nos están permitiendo conocer escenas inimaginables, como subastas a pie de pista en el aeropuerto de Shanghái en las que se decide quién se queda con un avión y el equipo médico que transporta. Por ejemplo, ha trascendido el testimonio de Jean Rottner, que además de médico es presidente de Grand Est, una de las regiones francesas más afectadas por el coronavirus, después de que una delegación estadounidense comprara al triple de precio las mascarillas que ya estaban embarcadas en un avión para volar hacia Francia. Un espectáculo de solidaridad realmente reconfortante.
En medio de esta escasez internacional de medios, a nosotros se nos acaban las batas impermeables y no hay forma de reemplazarlas, así que pasamos a usar otras no impermeables, aunque homologadas como equipos de protección individual por el Ministerio de Sanidad. Las complementamos vistiéndonos por debajo con una bata de papel verde de las que normalmente utilizamos para explorar a pacientes en aislamiento de contacto y no transmitir patógenos. Por encima de esas dos capas, nos colocamos una nueva bata de papel y, por último, un delantal plástico blanco similar a una gran bolsa de basura. En total, cuatro capas, dos de las cuales tiramos a la basura cada vez que pasamos de paciente a paciente.
La soledad parece una maldición imposible de romper en circunstancias como estas, pero no lo es. El virus puede ser altamente infeccioso, pero existen elementos para neutralizarlo, como los equipos de protección individual.

A la espera de la vacuna contra el coronavirus, confío en que hayamos desarrollado cierta inmunidad contra el triunfalismo. Antes de esta crisis, políticos de uno y otro color repetían sin empacho que el sistema sanitario español es el mejor del mundo. Es positivo que la opinión pública haya aprendido que el sistema sanitario español no es el mejor del mundo ni en cuanto a medios ni en planificación, pero que sus profesionales están altísimamente preparados y tienen una voluntad de servicio admirable.
La crisis que ha terminado de arrasarnos estos días arrancó en 2008. Nuestro sistema lleva desde entonces sobreviviendo gracias al sacrificio de profesionales con sueldos que en muchas ocasiones apenas superan los mil euros mensuales.

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All very well explained with words that are understood. It has hard things but it does not recreate the morbid. Healing is a labyrinth with many dwellings. One of the most feared are ICUs for involving very serious patients, not always positive prognoses and total defenselessness for those who enter them.
Would you consent to spending a few hours inside them with a special intensivist? If you accept the offer, I propose Gabi Heras as a companion and “On the front line” as the door that will take you to a reality where life and death dance on a thin red line while a lot of health professionals are busy with a thousand tasks .
The book is a small miracle written in record time and tells the Coronavirus crisis almost live. With a close and cordial style, he takes us by the hand through very difficult situations that may help us understand the weight that the toilets hold in their day to day.
The author opens his ICU and his life to us, giving us his way of seeing things and his effort to humanize both care and daily life. We give what we have, this book is a test by offering us a real testimony told from the heart.

The system was already fragile and has been devastated by a virus that until a month ago seemed just a meme locked in our phones. The professional experience gained from the worst guard in my life seems to have been washed away by the rain. I doubt. I don’t feel like a doctor, but a guy dressed in diving goggles and a plastic suit. I look around me and see my companions sunk, crying under the gag of their masks.
Maybe I’m going over negative, maybe it’s just this horrible guard, that makes me lose my perspective. Today is Wednesday March 25, 2020, I am still in the hospital and I have a persistent cough: the worst news during an epidemic.

Specifically, our computer virus was most miserable. On Friday, January 17, he entered the hospital’s computers, probably through a contaminated email in which he punctured some unwary, and immediately encrypted the files on our system so that we could not access them.
Viruses that ask for a ransom in exchange for returning the content they have hijacked are known as ransomware. In our case, we do not know which prank hacker was in charge of sending it to us. The only certainty is that, as soon as control of our system was taken, the screens of the computers and the waiting rooms stopped working and our hospital, completely computerized, melted into black.
The coronavirus was as mythical and distant as the beast of an oriental story: a setback that the Chinese were preparing to solve with the waste of means and efforts to which they have accustomed us. We in Spain, meanwhile, had to deal with our little daily miseries, which everyone knows are terribly uncomfortable when they touch you.
Some people analyze this interdependence in economic parameters: our vulnerability is the residual price of the prosperity that the global world has brought us.

A pandemic is an event that does not fall within the parameters of what is expected. For this reason, the signs of danger that were appearing were immediately discarded or classified in the category of improbable events. That initial incredulity, so human, helps to understand what happened, but it is still difficult for me to digest that the professionals did not find the support of the institutions until many days after the threat materialized in an evident escalation of contagions. When the time comes to calmly discuss what failed in the management of the coronavirus, those responsible for making health decisions can not ignore that they were aware of what was happening in hospitals like mine, and they will even have to recognize that they had mobile phones. So, like any of us, they had been able to see the videos of Wuhan turned into a catastrophic zone. They simply failed to think that, except for building hospitals in a week, everything that had happened in China was about to be repeated in Spain.

The heads of services of the UCIs in Madrid are connected by a WhatsApp chat, and some comment that the situation is beginning to be unsustainable. In my hospital we hardly have any free beds and, what is even more serious, there are patients for whom we cannot do much more with the resources we have. Breathing problems have reached such a point that not enough fans or the change in position for oxygenate. They need to go one step further and plug into an ECMO machine.
An ECMO, or extracorporeal oxygenation membrane, is a prodigious device that connects to the patient through a catheter in the leg, draws their blood, oxygenates it outside and returns it to them. The problem is that this complex technology is only available in a few hospitals.
On March 19 we reorganized our work system. The ICU has definitely become too small for us and is only enough to contain half of the coronavirus patients who require intensive care.
Patients who leave an ICU do so with severe physical and emotional scarring. To the complications of the disease are added those derived from the fact of being admitted: from a catheter that causes an infection to the tracheostomy that must be closed, through the effects of the medication. Post-ICU syndrome has been recognized since 2012 and affects between 30 and 50% of ICU survivors. The list of ailments is innumerable: immobility, loss of strength and muscle mass, neurological deterioration, depression, anxiety, hallucinations, night terrors …
In the specific case of SARS-CoV2, we are still not clear what its specific sequelae will be. Within the body of a coronavirus patient, an unremitting war is waged from which the patient emerges with a sunken chest, arms and legs the thickness of a noodle, and hands so weak that the nails look gigantic. But the worst is what is not seen, because severe pneumonia leaves scars in the alveoli, and that implies respiratory problems and a future risk of heart attacks, strokes and kidney failure. At the same time, we are discovering that the coronavirus not only damages the lungs, but has effects that have yet to be studied in the kidneys, the heart, the blood vessels and the brain.
Intensive care teams try that the consequences are minimal.
The problem is that, in stressful situations like the present one, it is impossible to work thinking about minimizing the future consequences and we only privilege survival in the present. As an example, physiotherapists have almost disappeared from the ICU during this crisis, when their work is essential to maintain a minimum muscle tone and prepare for motor recovery.

If healthcare had reached a higher degree of humanization before the SARS-CoV2 crisis, many hospitals would not have made the mistake of excluding family members at the beginning of the crisis, denying them an individual protection team to stay with their loved ones at the time of death. Given the lack of knowledge surrounding the coronavirus, it was decided to drop the Iron Curtain. This is a normal reaction, but it should not have lasted beyond the moment of impact, because within two weeks of the arrival of SARS-CoV2 the aberration that resulted in people dying alone was already evident.
However, no health authority dared to retrace its steps, probably not to be accused of recklessness after having fed the discourse of fear to infected patients. If the starting point had been different and society had assumed that healthcare should be a reality that is not alien to humanity, we would not have taken so long to see it. This pedagogical work would have allowed us to avoid thousands of tragic stories.

The fight to get sanitary equipment has become fierce, and the Ministry of Health has had to change its protocols to adapt to the international famine. After minimizing the threat for months, national, regional and hospital administrations throughout the European Union and the United States have simultaneously launched into the Asian market to accumulate all the stock of products available: from fans to gloves and gowns.
The media is allowing us to see unimaginable scenes, such as runway auctions at the Shanghai airport in which it is decided who gets to keep an airplane and the medical equipment it transports. For example, the testimony of Jean Rottner, who is also a doctor, is the president of Grand Est, one of the French regions most affected by the coronavirus, after a US delegation bought three times the masks that were already shipped in an airplane to fly to France. A truly heartwarming show of solidarity.
In the midst of this international shortage of means, we are running out of waterproof gowns and there is no way to replace them, so we began to use non-waterproof ones, although approved as personal protective equipment by the Ministry of Health. We complement them by dressing underneath in a green paper gown that we normally use to explore patients in contact isolation and not transmit pathogens. On top of those two layers, we don a new paper dressing gown and finally a white plastic apron similar to a large garbage bag. In total, four layers, two of which we throw away every time we go from patient to patient.
Loneliness seems like a curse impossible to break in circumstances like these, but it is not. The virus can be highly infectious, but there are elements to neutralize it, such as personal protective equipment.

While waiting for the coronavirus vaccine, I am confident that we have developed some immunity against triumphalism. Before this crisis, politicians of one color or another repeated unequivocally that the Spanish health system is the best in the world. It is positive that public opinion has learned that the Spanish health system is not the best in the world neither in terms of resources nor in planning, but that its professionals are highly trained and have an admirable willingness to serve.
The crisis that has finished sweeping us these days started in 2008. Our system has been surviving since then thanks to the sacrifice of professionals with salaries that in many occasions barely exceed a thousand euros per month.

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