Famosos Impostores — Bram Stoker / Famous Impostors by Bram Stoker

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Bram Stoker escribió mucho más que «Drácula», aunque ese es de lejos su libro más famoso. Sus otros libros son historias de terror y otras ficciones de fantasía, pero este libro es una colección de figuras internacionales (principalmente inglesas) que vivieron vidas asumidas, algunas demostradas y auténticas, otras especulativas. ¡Su conocimiento de los detalles de la historia e información a la que nadie más que un experto británico tendría acceso es una delicia! ¡El superventas es su sección sobre el género y la verdadera identidad de la reina Eizabeth I! No te pierdas esto !.
El libro comienza con Perkin Warbeck, que se hizo pasar por Richard, uno de los Príncipes de Plantagenet en la Torre. El libro tiene muchos impostores y fraudes. El engaño de gato fue uno, y no terminó bien.
¡El último capítulo fue mi favorito! Está dedicado al Bisley Boy. ¿La reina Isabel murió cuando era joven en Bisley? ¿Fue reemplazada por un chico relacionado de alguna manera con ella? ¿Acaso un clérigo de confianza realmente encontró a una chica en un ataúd con galas de Tudor en Bisley? ¿Por qué la Reina Isabel nunca se casó? Estas y muchas otras preguntas son discutidas.

El segundo suplantador de Sebastián De Portugal era un tal Matheus Alvares, quien, tras no haber logrado tomar el hábito, un año después siguió el ejemplo del primer impostor y en 1585 abrió una ermita en Ericeira. Presentaba su complexión cierto parecido con la del rey fallecido, y amparándose en esta circunstancia se anunció con todo atrevimiento como el «rey Sebastián» y partió para Lisboa. Pero fue detenido en el camino y encarcelado. Fue juzgado y ejecutado sin escatimar espantosos aditamentos a la ejecución.
El tercer artista de esta serie de imposturas apareció en 1594. Era un español oriundo de Castilla la Vieja; un cocinero que ya contaba sesenta años. (Sebastián apenas habría tenido cuarenta de haber estado vivo entonces). Cuando se le arrestó, tampoco tuvieron mucha paciencia con él, por lo que compartió el horrendo destino de su predecesor.
La cuarta y última impostura revistió mayor gravedad. En esta ocasión, el suplantador empezó su aventura en 1598 en Venecia, haciéndose llamar el «Caballero de la Cruz».
“El Caballero de la Cruz», quien insinuó, aunque nunca lo afirmase, que era un miembro de la realeza, fue arrestado en presencia del embajador español. Era un mentiroso nato, con todo el ingenio que requería llevar a buen puerto la aventura que se había propuesto. No sólo estaba bien informado acerca de las circunstancias conocidas, sino que además parecía estar preparado para las preguntas que se le plantearon durante el interrogatorio.
Hace cien años, era costumbre de los teatros británicos terminar la actuación vespertina con una farsa. En esta ocasión, la tragedia había concluido dos siglos antes de que llegase la hora de la «mojiganga». La ocasión la brindó la ocupación francesa de Portugal en 1807. La extraña creencia en el rey durmiente resurgió de sus cenizas. La estricta censura aplicada sobre cualquier texto sebastianista no surtió el menor efecto, aun a pesar de que sus propagadores fueron condenados por la inquisición, que aún no había sido abolida. Se renovó la vieja profecía, aplicándola ahora a una situación local y personal: Don Sebastián, al acecho, debía regresar de su misterioso retiro envuelto en un denso manto de niebla para destruir a Napoleón en la semana santa de 1808. Sucederían nuevos portentos.

Stefan Mali (Esteban el pequeño) fue un impostor que se hizo pasar en Montenegro por el zar Pedro III de Rusia, supuestamente asesinado en 1762. Apareció en Bocche di Cataro en 1767. Nadie parecía conocerle, tampoco levantaba sospechas. Sin embargo, después de dar a conocer su historia, no pudo evitar ser identificado. Un testigo que había participado en una visita de Estado a Rusia aseguró reconocer los rasgos del zar, a quien había visto en San Petersburgo. Al igual que tantos otros aventureros, Stefan Mali poseía buenos recursos personales. Un aventurero, y especialmente un aventurero que sea también un impostor, debe ser oportunista, y un oportunista debe estar preparado para moverse en cualquier dirección en todo momento; por lo que también tiene que estar preparado para cualquier emergencia. En este caso, el momento, el lugar y las circunstancias favorecieron en gran medida al impostor. Quizá sea de justicia reconocer que todos sus actos se caracterizaron por la presciencia, la intención, y la comprensión de todo lo que hacía.

El caso de la señora Serres brinda un ejemplo de cómo una persona, por lo demás relativamente inofensiva pero que padece de vanidad y egotismo, puede dejarse arrastrar por malos caminos, ante los que habría retrocedido de haberse percatado de toda su injusticia. La única cuestión que queda al margen del caso que hemos considerado aquí es que se había separado de su marido lo que, en efecto, constituía una desgracia más que un crimen. Había estado casada durante trece años y había tenido dos hijas, pero, que se sepa, nunca fue acusada de ninguna indecencia. Una de sus hijas fue su fiel compañera hasta que cumplió los veintidós años, y durante toda su vida prodigó a su madre y a su memoria una filial devoción y respeto. La premeditación, el oficio y la inventiva que consagró a su fraude, de haber sido empleados correcta y honestamente, puede que le hubieran granjeado una posición sobresaliente en la historia de su tiempo. Pero lo que sucedió fue que, tras dilapidar sus buenas oportunidades y su gran talento en su obra criminal, terminó sus días sometida a los rigores de la ley.

De Malta viajó a Roma, donde se dedicó a falsificar grabados. Como otros criminales de alta o baja estofa, el conde Alessandro Cagliostro —tal era el hombre en el que se había convertido por su propia creación de nobleza— tenía la facultad de trabajar duro y de manera inteligente siempre y cuando la meta que perseguía sólo pudiera alcanzarse por medios retorcidos. Le asqueaba el trabajo entendido de manera honrada y lo evitaba a toda costa, pero si hacerlo le ayudaba en sus planes malvados parece ser que era feliz trabajando. Fue entonces cuando se estableció como hechicero, perfeccionando con el tiempo todas las costumbres y trucos de la profesión. Vendía un elixir afirmando que tenía todas las propiedades corrientes en aquellas pócimas.
Causó sensación en París, adonde regresó en 1785. Como impostor, conocía bien el negocio y respetaba las «reglas del juego». Cuando se ponía manos a la obra, recurría a la influencia de todas sus «propiedades», entre las que se contaba un mantel bordado con signos cabalísticos de color escarlata y signos rosacruz del más alto grado; los mismos emblemas misteriosos jalonaban la esfera que no puede faltar en el taller de un mago.
Aquí también encontramos varias figuritas egipcias o ushebtis, como sin duda las hubiese llamado de haberse empleado la palabra en su tiempo. No permitía que los inocentes se acercaran demasiado a las figuritas y se cuidaba mucho de que no hicieran ningún descubrimiento. Evidentemente, no temía herir las susceptibilidades religiosas de su grey, pues entre los abalorios de su ritual había un crucifijo y otros emblemas de la misma especie y, además, su invocación tomaba la forma de una ceremonia religiosa.
Cagliostro pasó una temporada en la Bastilla, y cuando al cabo de unos meses recuperó la libertad viajó de nuevo con su mujer por Europa. En 1789 fue arrestado en Roma por orden de la Inquisición y condenado a muerte por pertenecer a la francmasonería. La condena le fue conmutada por la de cadena perpetua. Terminó sus días en el castillo de san León, cerca de Roma. Su esposa fue condenada a reclusión perpetua y murió en el convento de santa Apolonia.

(Mesmer) los franceses, hartos de sus artimañas y enojados por su avaricia, empezaron a expresar abiertamente su disgusto. De modo que abandonó Francia, llevándose la fortuna de trescientas cuarenta mil libras. Fue a Inglaterra, y después a Alemania. A la postre, puso fin a sus viajes en Merseburg, localidad de su país natal, Suabia, donde murió en 1815, a los ochenta y un años de edad.

La leyenda del judío errante hunde sus raíces en la creencia de que la longevidad humana puede extenderse más allá de lo que es natural o normal. Está vinculada con la historia de la crucifixión y los misterios que la precedieron y sucedieron. Nuestra relación bien puede hallar su punto de partida en un libro de un interés extraordinario que causó sensación en el siglo XVII y que aún hoy resulta delicioso de leer. El fragmento sobre el que deberemos detener nuestra atención se lee como sigue:
La historia del judío errante es muy extraña y resulta difícil de creer; sin embargo, existe una pequeña versión de la misma redactada por Mateo de París a partir del informe de un obispo armenio, quien arribó a este reino hace cerca de cuatrocientos años y quien afirmaba haber recibido varias veces a este trotamundos a su mesa. Que a la sazón estaba vivo, que su primer nombre era Cartaphilus…
La leyenda del «Judío Errante», una vez que echó a andar, resultó difícil de detener. Los siglos XIII, XIV, XV y XVI fueron tiempos de persecuciones para los judíos que vivían en los reinos occidentales y, como no podía ser de otro modo, las historias se tiñeron con el color de las ideas dominantes de aquel tiempo.
En 1644, Westphalus conoció por varias fuentes que el judío errante curaba enfermedades y que se contaba que había estado en Roma cuando Nerón la incendió; que había presenciado además el regreso de Saladino después de las conquistas orientales; que había estado en Constantinopla cuando Suleimán construyó la mezquita real…

Puede que haya quien diga que John Law no fue un impostor, sino un gran economista que cometió un error. Los economistas no pueden permitírselos, de lo contrario deberán quedar relegados a las filas de los impostores, ya que no sólo manejan sus propios bienes y esperanzas, sino sobre todo los de otras personas. Law no fue sino un jugador a gran escala. Sintiéndose de sus unidades monetarias, persuadió a un país entero de que bastaba con seguir sus ideas para alcanzar el éxito. Los proyectos financieros, cuando carecen de buenas ideas y del trabajo práctico para llevarlos a cabo, son engañosos y destructivos. El proyecto del Mississippi es un buen ejemplo. Si la intención original se hubiera llevado a cabo en su totalidad (lo que incluía un proyecto innovador y de grandes dimensiones que hubiese requerido el trabajo de generaciones presentes y futuras, y renunciar casi absolutamente a obtener beneficios inmediatos) hubiese prestado un servicio inmenso a los sucesores legales de la empresa original. Una estimación del valor de las propiedades transferidas bajo el proyecto del Mississippi equivaldría hoy a más de un tercio de la gigantesca deuda nacional actual de Francia, por mucho que ésta haya crecido con las guerras napoleónicas, la guerra con Austria, los costes de las indemnizaciones por la guerra franco-prusiana, y las largas contiendas con Inglaterra y Rusia.
Si los seres humanos hubiesen sido ángeles que se dieran por satisfechos con expectativas de ganancias a muy largo plazo, los esquemas de Law quizá hubiesen tenido éxito. Sin embargo, como trabajó con una humanidad imperfecta en busca de su propio provecho, sólo podemos juzgarlo por los resultados.

La Voisin y sus cómplices (una mujer llamada Vigoureux y Le Sage, un sacerdote) fueron arrestados junto a otras personas en 1679 y fueron juzgados después de pasar una temporada encarcelados en la Bastilla. El resultado fue que la Voisin, Vigoureux, el hermano de ésta, y Le Sage fueron quemados en la hoguera a principios de 1680. En cuanto a la Vosin, no se le concedió la gracia de la decapitación previa, que sí se había dispensado a su hermana de culpas, la marquesa de Brinvilliers. Puede que ello se debiera, en parte, a la actitud que adoptó con respecto a los asuntos religiosos. Entre otros actos imperdonables, repugnó el crucifijo, un acto terrible según las ideas de aquel tiempo supersticioso.

Hannah Snell nos brinda un buen ejemplo de cómo la vida de una mujer que por naturaleza no era reacia a la aventura fue moldeada por el azar en la dirección que convenía a su personalidad. Desde luego, el gusto por una vida combativa, sea ésta convencional o excepcional en su forma, presupone un atrevimiento, un ímpetu físico y una resolución innatos que esta mujer poseía en grado sumo.
Más tarde se hizo cargo de una taberna en Wapping. El emblema de su mesón se hizo famoso. A un lado se veía la silueta pintada de un marinero británico; al otro, un valiente soldado de la marina; y abajo, la Viuda enmascarada, o la Mujer guerrera.
Como Hannah se prodigó durante su vida aventurera como soldado y marinero, nos brinda, en sí misma, un ilustre ejemplo de valentía femenina así como de femenina duplicidad en los dos servicios que prestó.

Una variante muy entretenida de las incontables imitaciones que suscitó el éxito de este truco fue el «engaño de los gatos», visto en Chester, en agosto de 1815. Por aquel entonces se había decidido enviar a Napoleón a Santa Helena. Una mañana, se repartieron bastantes octavillas en Chester y alrededores en las que se leía que, por estar infestada de ratas la isla de Santa Helena, el gobierno requería cierta cantidad de gatos para su deportación. Se ofrecían dieciséis chelines por «cada gato macho adulto y atlético, diez chelines por cada minino hembra adulto, y media corona por cada gatito que pudiese beber leche, perseguir un ovillo de lana y apresar con sus jóvenes colmillos a un ratón moribundo». Se indicaba la dirección donde se debían entregar los gatos, pero resultó ser una casa vacía. Las víctimas del anuncio se contaron por centenares. Hombres, mujeres y niños recorrieron millas cargados de gatos de todo tipo para afluir a la ciudad. Metieron en la casa a algunos centenares de felinos y se dice que la escena ante la puerta de la misma era indescriptible. Cuando se descubrió el engaño, se soltó a la mayoría de gatos. A la mañana siguiente, se contaron no menos de quinientos animales muertos flotando aguas abajo del río Dee.

En todo el abanico de personalidades dudosas, difícilmente encontraremos una que haya sufrido más el peso de los convencionalismos que el individuo conocido en su tiempo (y aún hoy) como el Chevalier d’Eon. Durante unos ciento cincuenta años se escribió sobre su persona —y durante los primeros cincuenta años se habló sobre él— simplemente como un hombre que se ocultó debajo de un disfraz de mujer. Al parecer este extremo está fuera de toda duda.
Desde un punto de vista histórico, el Chevalier d’Eon fue un hombre muy perjudicado en todos los sentidos. Por vocación quiso ser un agente del servicio secreto de una nación rodeada de enemigos, y supo sacar partido de sus extraordinarias facultades mentales y físicas. Fue un soldado muy aguerrido, que se distinguió en el campo del honor y resultó herido varias veces, y por su resistencia e indiferencia al dolor mientras trasladaba informes de la máxima importancia dio ejemplo para cualquier soldado venidero que aspire a la fama. Como hombre de Estado y diplomático, y por el uso de sus facultades para el razonamiento inductivo, puso a su país a salvo de grandes peligros. Si nada más pudiera decirse de sus méritos, bien podríamos presentarlo como un diplomático que logró derrocar a un canciller ruso deshonesto y a un embajador francés sin escrúpulos. Desde luego, como era un agente del servicio secreto, tuvo conocimiento de muchas intrigas políticas nacionales e internacionales que, en ocasiones, tuvo que desbaratar aun poniendo en peligro todo cuanto amaba.
Hay algo lamentable en el espectáculo de este viejo caballero, que rondaba los ochenta años de edad y que en su tiempo había hecho tanto por el país, viéndose obligado a ganarse la vida a duras penas mediante la explotación de la página más sórdida de su historia, una página que había cerrado más de medio siglo antes y sólo porque así se lo exigió su sentido del deber.
En su retiro, d’Eon reveló su naturaleza real más de lo que le había resultado posible en los días difíciles cuando siempre tenía que estar en guardia y preparado para ocultar en un instante sus intenciones e incluso sus propios pensamientos. Aquí hizo gala de una sensibilidad que ni siquiera sus amigos le conocían. Durante tantos años había guardado silencio con respecto a sus asuntos personales que sus amigos habían empezado a pensar que no sólo había perdido la facultad de dar a conocer sus pensamientos, sino también la de pensar en sí misma.
El siguiente párrafo del Public Advertiser de Londres, en su edición de miércoles 16 de noviembre de 1774, nos revela más información sobre el hombre que era en realidad que cualquiera de sus cartas de negocios o sus informes diplomáticos:
… “lo han dado por encarcelado en la Bastilla, aunque huyó a Inglaterra buscando un país libre; y recientemente se han referido a él como una mujer, aunque ninguno de sus enemigos osó poner a prueba su virilidad. No tiene queja alguna sobre las damas inglesas.

Sus amigos reclamaron a su muerte que se le practicara una autopsia ante diversos testigos de buena posición y renombre. Entre ellos se contaban varios cirujanos, como el padre Elisée, primer cirujano de Luís XVIII. El certificado médico se lee como sigue:
Je certifie, par le present, avoir inspecté le corps du chevalier d’Eon, en présence de M. Adair, M. Wilson et du Pere Elysée, et avoir trouvé les organes masculines parfaitement formés.

933DED17-CCF0-4686-A363-42545A59D796Bram Stoker wrote much more than «Dracula,» though that is by far his most famous book. His other books are horror stories and other fantasy fiction, but this book is a collection of international (mostly English) figures who lived assumed lives — some proved and authentic, others speculative. His knowledge of backstory details and information that no one but a savvy Brit would have access to is a delight! The blockbuster is his section on the gender and true identity of Queen Eizabeth I!!! Don’t miss this!.
The book starts off with Perkin Warbeck, who pretended to be Richard, one of the Plantagenet Princes in the Tower. The book has many imposters as well as hoaxes. The Cat Hoax was one, and it did not end well.
The last chapter was my favorite! It is devoted to the Bisley Boy. Did Queen Elizabeth die when young in Bisley? Was she replaced by a boy somehow related to her? Did a trusted clergyman really find a girl in a coffin with Tudor finery in Bisley? Why did Queen Elizabeth never marry? These and many other questions are discussed.

The second supplant of Sebastian De Portugal was a certain Matheus Alvares, who, after not having managed to take the habit, a year later followed the example of the first impostor and in 1585 opened a hermitage in Ericeira. His complexion showed a certain resemblance to that of the deceased king, and under cover of this circumstance he boldly announced himself as the «King Sebastian» and departed for Lisbon. But he was arrested on the road and imprisoned. He was tried and executed without sparing frightful additions to the execution.
The third artist in this series of impostures appeared in 1594. He was a Spaniard from Castile la Vella; a cook who was already sixty years old. (Sebastian would hardly have been forty if he had been alive then). When he was arrested, they also did not have much patience with him, so he shared the horrendous fate of his predecessor.
The fourth and last imposture was more serious. On this occasion, the supplanter began his adventure in 1598 in Venice, calling himself the «Knight of the Cross.»
«The Knight of the Cross,» who insinuated, although he never affirmed, that he was a member of royalty, was arrested in the presence of the Spanish ambassador. He was a born liar, with all the ingenuity that required carrying out the adventure that had been proposed. Not only was he well informed about the known circumstances, he also seemed to be prepared for the questions that were asked during the interrogation.
One hundred years ago, it was the custom of British theaters to end the evening performance with a farce. On this occasion, the tragedy had ended two centuries before the time for the «mojiganga». The occasion was offered by the French occupation of Portugal in 1807. The strange belief in the sleeping king resurfaced from his ashes. The strict censorship applied to any sebastianist text did not have the slightest effect, even though its propagators were condemned by the Inquisition, which had not yet been abolished. The old prophecy was renewed, applying it now to a local and personal situation: Don Sebastian, on the prowl, had to return from his mysterious retreat wrapped in a dense blanket of fog to destroy Napoleon in the Holy Week of 1808. New portents would take place.

Stefan Mali (Stephen the little) was an imposter who was passed in Montenegro by Tsar Peter III of Russia, supposedly assassinated in 1762. Appeared in Bocche di Cataro in 1767. Nobody seemed to know him, nor did he raise suspicions. However, after disclosing his story, he could not help being identified. A witness who had participated in a state visit to Russia said he recognized the features of the Tsar, whom he had seen in St. Petersburg. Like so many other adventurers, Stefan Mali possessed good personal resources. An adventurer, and especially an adventurer who is also an impostor, must be opportunistic, and an opportunist must be prepared to move in any direction at all times; so you also have to be prepared for any emergency. In this case, the time, place and circumstances greatly favored the imposter. Perhaps it is fair to recognize that all his actions were characterized by foreknowledge, intention, and understanding of everything he did.

The case of Mrs. Serres provides an example of how a person, otherwise relatively harmless but who suffers from vanity and egotism, can allow himself to be dragged along by bad roads, before which he would have retreated if he had noticed all his injustice. The only question that remains outside the case we have considered here is that she had separated from her husband, which, in effect, constituted a misfortune rather than a crime. She had been married for thirteen years and had had two daughters, but, it is known, she was never accused of any indecency. One of his daughters was his faithful companion until he was twenty-two, and throughout his life he lavished on his mother and his memory a filial devotion and respect. The premeditation, the trade and the inventiveness that he devoted to his fraud, had they been correctly and honestly employed, could have earned him an outstanding position in the history of his time. But what happened was that, after squandering his good opportunities and his great talent in his criminal work, he ended his days under the rigors of the law.

From Malta he traveled to Rome, where he devoted himself to falsifying engravings. Like other criminals of high or low stature, Count Alessandro Cagliostro-that was the man he had become by his own creation of nobility-had the ability to work hard and intelligently as long as the goal he pursued could only reached by twisted means. He disliked the work honestly understood and avoided it at all costs, but if doing so helped him in his evil plans it seems that he was happy working. It was then that he established himself as a sorcerer, perfecting all the customs and tricks of the profession over time. He sold an elixir claiming that he had all the ordinary properties in those potions.
He caused a sensation in Paris, where he returned in 1785. As an impostor, he knew the business well and respected the «rules of the game.» When he got down to work, he resorted to the influence of all his «properties,» among which was a tablecloth embroidered with cabalistic signs of scarlet and Rosicrucian signs of the highest degree; the same mysterious emblems marked the sphere that can not be missed in the workshop of a magician.
Here we also find several Egyptian figurines or ushebtis, as I would undoubtedly have called them had the word been used in their time. He did not allow the innocent to get too close to the figurines and was careful not to make any discovery. Evidently, he was not afraid of hurting the religious sensibilities of his flock, since among the beads of his ritual there was a crucifix and other emblems of the same species and, moreover, its invocation took the form of a religious ceremony.
Cagliostro spent a season in the Bastille, and when he regained his freedom after a few months he traveled again with his wife to Europe. In 1789 he was arrested in Rome by order of the Inquisition and condemned to death for belonging to Freemasonry. The sentence was commuted to life imprisonment. He finished his days in the castle of San Leon, near Rome. His wife was sentenced to life imprisonment and died in the convent of Santa Apolonia.

(Mesmer) the French, fed up with their tricks and angry about their greed, began to openly express their displeasure. So he left France, taking the fortune of three hundred and forty thousand pounds. He went to England, and then to Germany. In the end, he put an end to his travels in Merseburg, a town in his native Swabia, where he died in 1815, at eighty-one years of age.

The legend of the wandering Jew is rooted in the belief that human longevity can extend beyond what is natural or normal. It is linked to the history of the crucifixion and the mysteries that preceded and succeeded it. Our relationship may well find its starting point in a book of extraordinary interest that caused a sensation in the seventeenth century and is still delicious to read today. The fragment on which we must stop our attention is read as follows:
The history of the wandering Jew is very strange and hard to believe; however, there is a small version of it written by Matthew of Paris from the report of an Armenian bishop, who arrived in this kingdom about four hundred years ago and who claimed to have received this globetrotter several times at his table. That at the time he was alive, that his first name was Cartaphilus …
The legend of the «Wandering Jew», once he started walking, was difficult to stop. The thirteenth, fourteenth, fifteenth and sixteenth centuries were times of persecution for the Jews who lived in the western kingdoms and, as it could not be otherwise, the stories were stained with the color of the dominant ideas of that time.
In 1644, Westphalus learned from various sources that the wandering Jew healed diseases and that it was said that he had been in Rome when Nero burned it; that he had also witnessed the return of Saladin after the eastern conquests; who had been in Constantinople when Suleiman built the royal mosque …

Some may say that John Law was not an imposter, but a great economist who made a mistake. Economists can not afford them, otherwise they must be relegated to the ranks of impostors, since they not only manage their own assets and hopes, but above all those of other people. Law was nothing but a large-scale player. Feeling of his monetary units, he persuaded an entire country that it was enough to follow his ideas to achieve success. Financial projects, when they lack good ideas and practical work to carry them out, are deceptive and destructive. The Mississippi project is a good example. If the original intention had been carried out in its entirety (which included an innovative and large-scale project that would have required the work of present and future generations, and almost completely waived immediate benefits) it would have rendered an immense service to the legal successors of the original company. An estimate of the value of the properties transferred under the Mississippi project would today amount to more than a third of France’s current national debt, however much it has grown with the Napoleonic wars, the war with Austria, the costs of compensation by the Franco-Prussian war, and the long battles with England and Russia.
If human beings had been angels who were satisfied with expectations of very long-term gains, Law’s schemes might have succeeded. However, since he worked with an imperfect humanity in search of his own benefit, we can only judge him by the results.

La Voisin and his accomplices (a woman named Vigoureux and Le Sage, a priest) were arrested along with other people in 1679 and were tried after spending a season imprisoned in the Bastille. The result was that the Voisin, Vigoureux, her brother, and Le Sage were burned at the stake in the early 1680s. As for Vosin, he was not granted the grace of the previous beheading, which had been dispensed to his sister of faults, the Marchioness of Brinvilliers. This may be due, in part, to the attitude he adopted regarding religious matters. Among other unforgivable acts, he disgusted the crucifix, a terrible act according to the ideas of that superstitious time.

Hannah Snell gives us a good example of how the life of a woman who by nature was not reluctant to adventure was shaped by chance in the direction that suited her personality. Of course, the taste for a combative life, whether conventional or exceptional in its form, presupposes a daring, a physical impetus and an innate resolution that this woman possessed to a great degree.
Later he took over a tavern in Wapping. The emblem of his inn became famous. On one side was the painted silhouette of a British sailor; to the other, a brave soldier of the navy; and below, the Masked Widow, or the Warrior Woman.
As Hannah lavished during her adventurous life as a soldier and sailor, she gives us, in herself, an illustrious example of female courage as well as female duplicity in the two services she rendered.

A very entertaining variant of the countless imitations that gave rise to the success of this trick was the «cheating of cats», seen in Chester, in August 1815. At that time it had been decided to send Napoleon to St. Helena. One morning, several leaflets were distributed in Chester and surrounding areas, which read that, because of being infested with rats on the island of Santa Helena, the government required a certain number of cats for deportation. Sixteen shillings were offered for «each adult and athletic male cat, ten shillings for each adult female pussycat, and half a crown for each kitten who could drink milk, chase a ball of wool and catch a dying mouse with his young fangs.» The address where the cats were to be delivered was indicated, but it turned out to be an empty house. The victims of the announcement counted by hundreds. Men, women and children traveled miles full of cats of all kinds to flow into the city. They put into the house a few hundred cats and it is said that the scene before the door of it was indescribable. When the deception was discovered, most cats were released. The next morning, no less than five hundred dead animals were counted downstream of the River Dee.

In all the range of doubtful personalities, we will hardly find one that has suffered more the weight of conventions than the individual known in his time (and even today) as the Chevalier d’Eon. For about one hundred and fifty years he wrote about himself-and for the first fifty years he was talked about-simply as a man who hid under a woman’s disguise. Apparently this extreme is beyond doubt.
From a historical point of view, the Chevalier d’Eon was a man very damaged in every way. By vocation he wanted to be an agent of the secret service of a nation surrounded by enemies, and he knew how to take advantage of his extraordinary mental and physical faculties. He was a very brave soldier, who distinguished himself in the field of honor and was wounded several times, and for his resistance and indifference to pain while reporting reports of the utmost importance set an example for any future soldier who aspires to fame. As a statesman and diplomat, and by the use of his faculties for inductive reasoning, he put his country safe from great dangers. If nothing else could be said about his merits, we could well present him as a diplomat who managed to overthrow a dishonest Russian chancellor and an unscrupulous French ambassador. Of course, as he was an agent of the secret service, he was aware of many national and international political intrigues that, on occasion, had to disrupt even putting in danger everything he loved.
There is something unfortunate in the spectacle of this old gentleman, who was around eighty years old and who in his time had done so much for the country, being forced to make a living scarcely by exploiting the most sordid page in its history , a page that had closed more than half a century before and only because his sense of duty demanded it.
In his retirement, d’Eon revealed his real nature more than he had been able to do on difficult days when he always had to be on guard and ready to hide his intentions and even his own thoughts in an instant. Here he displayed a sensitivity that even his friends did not know him. For so many years she had kept silent about her personal affairs that her friends had begun to think that not only had she lost the ability to make her thoughts known, but also to think about herself.
The following paragraph of the Public Advertiser of London, in its edition of Wednesday, November 16, 1774, reveals to us more information about the man who was in fact than any of his business letters or his diplomatic reports:
… «they have given him for imprisonment in the Bastille, although he fled to England looking for a free country; and recently they have referred to him as a woman, although none of his enemies dared to test his virility. He has no complaint about the English ladies.

His friends claimed at his death that an autopsy be performed on several witnesses of good standing and renown. Among them were several surgeons, such as Father Elisée, first surgeon of Louis XVIII. The medical certificate reads as follows:
Je certifie, par le present, avoir inspecté le corps du chevalier d’Eon, in présence of M. Adair, M. Wilson et du Pere Elysée, and avoir trouvé the male organes parfaitement formés.

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