1927. El Verano Que Cambió El Mundo — Bill Bryson / One Summer: America, 1927 by Bill Bryson

Si cree que tuvo un verano ocupado, considere 1927:

Charles Lindbergh cruzó el Atlántico y se convirtió en un héroe nacional. Babe Ruth rompió su propio récord de “home-runs” en un club de los Yankees que sería recordado como uno de los mejores equipos de béisbol jamás reunidos. El Medio Oeste fue devastado por las grandes inundaciones y el Secretario de Comercio, Hebert Hoover, estuvo a cargo de los esfuerzos de recuperación. Un juicio por asesinato de rutina en Nueva York se convirtió en una sensación mediática por razones que nadie puede explicar. Sacco y Vanzetti fueron ejecutados y provocaron indignación en todo el mundo. La prohibición aún estaba vigente, pero eso no impidió que el imperio criminal de Al Capone alcanzara la cima de su poder.
Capone también asistió a un combate de boxeo entre Jack Dempsey y Gene Tunney que cautivaría a la nación y aún hoy sería controvertido. Un joven ingeniero con el asombroso nombre de Philo T. Farnsworth hizo un avance crítico que conduciría al desarrollo de la televisión, y se produjo otro hito del entretenimiento cuando comenzó a filmarse la primera película de larga duración con sonido. Después de construir 15 millones de Model Ts, la compañía de Henry Ford dejó de producir y comenzó a crear el Model A. En Dakota del Sur, comenzó el trabajo de tallar las caras de cuatro presidentes en Mount Rushmore. Por último, pero no menos importante, cuatro banqueros tuvieron una reunión en la que tomaron una decisión que finalmente iniciaría la Gran Depresión.
Y sin embargo, Bryan Adams eligió otro verano para inmortalizar en la canción …
El libro de Bill Bryson está repleto de detalles de estos eventos y muchos más junto con muchas historias y anécdotas relacionadas. Debería leerse como un libro de preguntas y respuestas de 1927 hechos, pero lo que lo hace más que eso es la hábil forma en que Bryson establece la historia de lo que vino antes, así como el impacto a largo plazo. Por ejemplo, no solo cuenta la historia del vuelo histórico de Lindbergh y de su fama posterior, sino que también expone de manera sucinta cómo Estados Unidos había estado siguiendo al mundo en aviación hasta ese momento, y cómo cambió las cosas después.

Es ese contexto lo que hace que esto sea más que una simple lista de eventos, y también se esfuerza por agregar profundidad en varios lugares, como describir cuán horriblemente racista era la sociedad estadounidense en esos días con el Ku Klux Klan disfrutando de un resurgimiento mientras supuestamente alto -publicaciones como The New Yorker usarían casualmente insultos étnicos. Cuando les cuenta a los lectores cómo las extrañas teorías de la eugenesia se volvieron influyentes, lo que resultó en la esterilización legal de decenas de miles de personas en los Estados Unidos, el lector puede comprender muy bien cómo podría suceder en ese tipo de entorno.
De hecho, una de las cosas que me llamó la atención sobre esto es que la mayoría de las figuras populares de 1927 eran básicamente imbéciles. La buena suerte infantil y la habilidad de pilotaje de Charles Lindbergh hicieron que la prensa pasara por alto que era tan interesante como el pan blanco, y mostraría una desagradable racha de antisemitismo más adelante en su vida que empañaría severamente su imagen. Henry Ford también era un notorio antisemita, y también era el tipo de ignorante que despreciaba a las personas con educación o antecedentes científicos. Su negativa a consultar a cualquier tipo de expertos lo llevó a malgastar millones en esquemas como tratar de comenzar una plantación de caucho en América del Sur y cerrar sus líneas de ensamblaje para reorganizarse para el Modelo A sin un plan claro sobre qué exactamente construirían. (Después de leer sobre los tercos errores de Ford, no puedo creer que la Ford Motor Company haya sobrevivido lo suficiente como para llegar a la Gran Depresión, y mucho menos seguir en el negocio hoy).
Herbert Hoover llevó una vida que debería haberlo convertido en uno de los presidentes más fascinantes de Estados Unidos. Fue una historia de éxito hecha a sí mismo que viajó por el mundo como consultor minero y se le atribuyó un esfuerzo de ayuda que alimentó a millones de personas en Europa durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, parecía no disfrutar nada más que el trabajo y mucho tiempo conocido notó que nunca lo escuchó reír una vez en 30 años. Calvin Coolidge creía tanto en limitar el papel del gobierno que pasó la mayor parte de su siesta en la presidencia y se negó a tomar incluso la mayor parte de las acciones inocuas como respaldar una semana nacional de reconocimiento por la importancia de la educación.
Es curioso que, dado que el libro describe a tantas personas como desagradables, poco éticas o francamente criminales, una de las pocas que parece decente fue Babe Ruth. Si bien todos los malos hábitos del chico malo se presentan aquí, también se presenta como uno de los pocos que hizo lo que era bueno con un entusiasmo exuberante por la vida y un espíritu generoso que lamentablemente carecía en muchos de sus contemporáneos. El chico puede haber disfrutado su comida, licor y mujeres en exceso, pero nunca ocultó quién era. Además, ¡fue divertido en las fiestas!.
La mirada de Bryson sobre los eventos, grandes y pequeños, que conformaron un verano crucial es una lectura interesante que proporciona una ventana clara al pasado y es muy entretenida.

Poco antes de la Semana Santa de 1927, las personas que vivían en los edificios más altos de Nueva York se quedaron de piedra cuando se incendió el andamio de madera que rodeaba la torre del apartotel SherryNetherland y quedó patente que los bomberos de la ciudad carecían de medios para lograr que el agua de las mangueras llegara a semejante altura.
La muchedumbre se arracimó en la Quinta Avenida para contemplar las llamaradas del incendio, el más grave que había visto la ciudad desde hacía años. Con sus treinta y ocho plantas, el Sherry-Netherland era el edificio residencial más alto construido hasta entonces, y el andamio (colocado para facilitar las últimas fases de la construcción) cubría las quince plantas superiores. Era tanta la cantidad de madera de la estructura que se formó una hoguera gigante en la cima del edificio. A lo lejos, el hotel parecía una inmensa cerilla ardiendo. Las llamas se veían a más de treinta kilómetros a la redonda. De cerca, la estampa era mucho más dramática. Maderos del andamio en llamas de hasta quince metros de longitud se precipitaban desde una altura de 150 metros y se desmembraban con una lluvia de chispas y cascotes en las calles que rodeaban el edificio, lo que provocaba gritos de júbilo entre los espectadores y ponía en peligro a los bomberos que intentaban apagar el fuego. Las ascuas encendidas cayeron en los tejados de los edificios adyacentes e incendiaron cuatro de ellos. Los bomberos regaban con las mangueras el edificio SherryNetherland, pero no era más que un gesto simbólico, pues los chorros de agua apenas llegaban a la tercera o cuarta planta. Por suerte, no habían terminado de construirlo.

En el New York Times el 15 de abril de 1927, día de Viernes Santo. El titular ocupaba tres columnas y decía:
DOS AVIADORES CONSIGUEN EL RÉCORD DE 51 HORAS EN EL AIRE; DÍA Y NOCHE SIN COMIDA NI AGUA; ESTÁN AGOTADOS, PERO IMPACIENTES POR VOLAR A PARÍS

Habían recorrido 4.100 millas aéreas (500 millas más de las que separan Nueva York de París). También es digno de mención que consiguieran despegar con 1.420 litros de combustible, una carga impresionante para la época, y que emplearan una pista de despegue de solo 365 metros para lograrlo. Su proeza resultó muy esperanzadora para quienes deseaban sobrevolar el Atlántico, y en la primavera de 1927 eran muchos los que, igual que Chamberlin y Acosta, tenían ese sueño.

La década de 1920 fue una época dorada para la lectura en general: lo más probable es que fuese la década de oro de la lectura en las vidas de muchos estadounidenses. No tardaría en verse sustituida por distracciones más pasivas como la radio, pero en aquel momento, para muchos la lectura seguía siendo la principal forma de ocupar el tiempo libre. Las editoriales de Estados Unidos publicaban ciento diez millones de libros al año, más de diez mil títulos distintos, el doble que una década antes. Para quienes se sentían intimidados por semejante maremágnum de posibilidades literarias, nació un fenómeno nuevo muy útil: el club del libro. El Book-of-the-Month Club se fundó en 1926 y al año siguiente se le unió el Literary Guild. Ambos tuvieron un éxito inmediato. La gente veneraba a los autores hasta un punto que hoy resulta increíble.
Las revistas también estaban en auge. Los ingresos en publicidad aumentaron un quinientos por ciento en la década, y muchas publicaciones que después han gozado de larga trayectoria hicieron su debut en esa década: Reader’s Digest en 1922, Time en 1923, American Mercury y Smart Set en 1924, el New Yorker en 1925. De todas ellas, el Time fue quizá la que tuvo una influencia más inmediata. Fundada por dos antiguos compañeros de clase en Yale, Henry Luce y Briton Hadden, se hizo muy famosa, aunque era extremadamente poco rigurosa.
Pero, sobre todo, la década de 1920 fue la época dorada de los periódicos. Las ventas de diarios en esos años aumentaron alrededor de una quinta parte, hasta llegar a 36 millones de ejemplares al día, es decir, 1,4 periódicos en cada hogar. Solo la ciudad de Nueva York tenía ya doce periódicos de frecuencia diaria, y casi todas las ciudades dignas de ese nombre contaban con al menos dos o tres diarios. Y a eso se sumaba un fenómeno importante: en muchas ciudades, los lectores también extraían las noticias de otro tipo de publicación novedoso y revolucionario que cambió por completo las expectativas de la gente en cuanto a lo que deberían ser las noticias: el tabloide o prensa sensacionalista. Los periódicos sensacionalistas se centraban en el crimen, el deporte y los cotilleos de famosos, y al hacerlo, otorgaron a esas tres categorías una importancia considerablemente mayor que la que habían tenido hasta entonces.

La aviación durante la década de 1920 fue con diferencia el campo de la tecnología en el que Estados Unidos se quedó más retrasado respecto al resto de países del mundo en toda la historia. En una fecha tan temprana como 1919, Europa inauguró la primera compañía aérea, la KLM, a la que no tardaron en seguir otras. Antes de que terminara el año había vuelos diarios entre Londres y París, y poco después había más de mil pasajeros que realizaban dicho trayecto a la semana. A mediados de la década de 1920 se podía volar casi a cualquier parte de Europa: de Berlín a Leipzig, de Ámsterdam a Bruselas, de París a la lejana Constantinopla (haciendo escala en Praga y Bucarest). En 1927, Francia contaba con nueve aerolíneas, las compañías aéreas británicas volaban cerca de un millón de millas al año, y Alemania llevaba a su destino a 151.000 pasajeros sin percances. En Estados Unidos, cuando empezó la primavera de 1927, el número de vuelos regulares para pasajeros era… cero.
La aviación en Estados Unidos carecía casi por completo de regulación. El país no tenía sistema de licencias ni requisitos de formación. Cualquier persona podía comprar un avión…

Para un extranjero que llegase a Estados Unidos por primera vez en 1927, lo más sorprendente que vería sería la abrumadora cantidad de comodidades que poseían sus habitantes. Los estadounidenses eran las personas mejor provistas del mundo. Los hogares de Estados Unidos relucían gracias a los elegantes aparatos eléctricos y electrodomésticos (neveras, radios, teléfonos, ventiladores y maquinillas de afeitar eléctricas), cosas que no se generalizarían en otros países hasta una generación posterior por lo menos. De los 26,8 millones de hogares del país, 11 millones contaban con un fonógrafo, 10 millones tenían coche y 17,5 millones tenían teléfono. Cada año la cantidad de teléfonos nuevos aumentaba en Estados Unidos (en 1926 había 781.000) en una cantidad equivalente al total de aparatos que poseía Gran Bretaña.
El 42% de todo lo que se producía en el mundo se fabricaba en Estados Unidos. El país producía el 80% de las películas del planeta y el 85% de los coches. El estado de Kansas tenía más coches que toda Francia.
En 1927, los estadounidenses no tenían muy buena prensa en Europa y, desde luego, no eran bien recibidos en Francia. La insistencia de Estados Unidos de que les devolvieran íntegros, con intereses, los diez mil millones de dólares que habían prestado a Europa durante la guerra parecía un poco abusiva para los europeos, pues todo el dinero que habían prestado se había invertido en comprar productos norteamericanos. De ese modo, devolver el dinero implicaba que Estados Unidos se beneficiara dos veces de los mismos préstamos. No les parecía justo, sobre todo porque la economía de los países de Europa estaba por los suelos, mientras que la estadounidense florecía. Pero muchos norteamericanos no compartían ese punto de vista. Se aferraban a que una deuda es una deuda y debe saldarse, e interpretaban la negativa de Europa a pagar como una trapera violación de la confianza depositada en ellos. Para los estadounidenses de tendencias aislacionistas (cuyo ejemplo más carismático en cierto momento fue nuestro héroe Charles Lindbergh), la situación servía para fortalecer la reivindicación de que Estados Unidos debía evitar a toda costa involucrarse en los asuntos de otros países. En un espíritu de aislacionismo renovado, Estados Unidos aumentó sus aranceles a la importación, ya bastante altos, con lo que consiguió que fuese casi imposible recuperarse y prosperar de nuevo para muchas industrias europeas.

A finales del siglo XIX, Baltimore era la sexta ciudad más grande de Estados Unidos (desde entonces ha bajado al puesto vigésimo primero) y una de las más conflictivas del país. Y la zona más conflictiva dentro de Baltimore era un barrio cercano al puerto Inner Harbor, conocido sin pizca de ironía ni afecto como «la Pocilga».
Allí fue donde, el 6 de febrero de 1895, nació George Herman Ruth, en el seno de una familia con pocos recursos, emocionalmente estéril y aparentemente maldita. Seis de sus ocho hermanos murieron durante la infancia, y tanto su padre como su madre siguieron el mismo camino cuando George todavía era adolescente: su madre murió de tuberculosis, su padre en una reyerta con arma blanca en la puerta de su propia taberna. Nadie habría apostado mucho por semejante familia.
La primera frase de la autobiografía de Ruth es: «Fui un niño malo»…
Babe Ruth se hizo más famoso que cualquier otra figura deportiva de la historia. Todo lo que lo rodeaba, dijo el escritor Paul Gallico, parecía inabarcable: «su envergadura, su enorme cabeza culminada en una mata de pelo rizado de color negro azulado, su inmensa nariz aplastada en medio de la cara». No era guapo, pero tenía un carisma irresistible. Según su amigo y compañero de equipo Waite Hoyt: «Era único en su especie. Si no hubiera jugado al béisbol, si alguien no lo hubiera conocido y se hubiese cruzado con Ruth en Broadway, se habría dado la vuelta para mirarlo».
El ascenso a la fama de Ruth no podría haber estado mejor cronometrado. Coincidió con total precisión con el surgimiento de los periódicos sensacionalistas, los reportajes del nodo, las revistas de divulgación y la radio: todo ello piezas clave en el nuevo engranaje de la cultura de los famosos. Y su llegada a Nueva York le introdujo en el acelerado corazón del mundo de los medios de comunicación. Los periódicos empezaron a publicar una columna diaria titulada «Qué ha hecho Ruth hoy». Si a Ruth le limaban un juanete, se convertía en noticia de ámbito nacional.
También eran legendarios sus derroches. Durante un viaje con el equipo, se puso veintidós camisas distintas en tres días, y luego se las regaló todas al camarero de la habitación antes de irse. En Cuba, perdió 26.000 dólares en una sola carrera de caballos, y 65.000 dólares más a lo largo de los siguientes días. «Los dueños del club han tenido que contratar detectives para que lo sigan con el fin de protegerlo de sí mismo, así como de los estafadores, chantajeadores, pícaros que revenden entradas de las carreras, corredores de apuestas y jovencitas maquinadoras», aseguró el New Yorker en 1926. A pesar de su riqueza, muchas veces no tenía liquidez para pagar los impuestos, ni siquiera en 1927, cuando Ruppert lo convirtió en el jugador de béisbol mejor pagado de la historia. En el transcurso de su carrera, según calculó el propio jugador, perdió o malgastó bastante más de un cuarto de millón de dólares.

Charles E. Sorensen, un paciente ejecutivo de Ford, ningún empresario racional habría interrumpido la producción del Modelo T sin tener antes el modelo de sustitución diseñado y listo para su producción. Ensamblar el modelo nuevo con las máquinas paradas, según cálculos de Sorensen, incrementó entre 100 millones y 200 millones de dólares el coste del recambio. Los costes adicionales ocasionados por la intransigencia de Henry Ford eran incalculables.
El 26 de julio, cuatro días antes de que Henry Ford cumpliera sesenta y cuatro años, General Motors declaró unas ganancias de 129 millones de dólares en el primer semestre del año. Ningún otro fabricante había ganado tanto dinero en seis meses con anterioridad… Y eso que eran los ingresos de las ventas realizadas antes de que se cerrase la producción de Ford. Ahora que Ford no fabricaba coches, sus competidores tenían vía libre para hacerse con el mercado. Hasta qué punto podría recuperarse Ford de un parón prolongado, e incluso si algún día llegaría a hacerlo, era una incógnita que muchas personas del sector empezaban a plantearse.
El resto del mundo se moría de curiosidad por saber con qué sorpresa aparecería Henry Ford para sustituir el Modelo T. Lo que el mundo no sabía era que muchos de los empleados de Ford sentían la misma curiosidad por saber la respuesta.

El cine sonoro fue la salvación de Hollywood, aunque tuvo que pagar un precio muy alto por esa salvación, como la ansiedad de las estrellas y los productores, los gastos del nuevo equipamiento para estudios y salas de cine, y la pérdida de miles de puestos de trabajo de músicos cuyo acompañamiento ya no era imprescindible. En sus comienzos, el mayor miedo de la industria era que las películas sonoras no acabaran siendo más que una moda pasajera (una posibilidad aterradora si se tiene en cuenta la enorme inversión que se necesitaba para subirse al carro del cine sonoro). Cada una de las salas de cine del país que quisieran proyectar películas con sonido tenía que invertir entre 10.000 y 25.000 dólares en equipamiento. Para los estudios, un plató con sonido totalmente equipado costaba como mínimo medio millón de dólares, y eso era suponiendo que el estudio pudiese llegar a adquirir el equipo de grabación básico, ya que la fuerte demanda acabó con las existencias
Otro duro golpe fue la pérdida de mercados extranjeros. Más de un tercio de los ingresos de Hollywood provenían de fuera de Estados Unidos. Para que una película muda se pudiese vender en otros países, bastaba con insertar intertítulos nuevos, pero, a la espera de que se inventasen el doblaje y los subtítulos, las películas sonoras tan solo se podrían proyectar en lugares donde la gente hablase la misma lengua en la que se había rodado la película. Una solución planteaba realizar múltiples versiones de una película: utilizar un mismo plató pero con hasta diez repartos distintos de compañías de actores de diferentes lenguas que filmasen una versión después de otra.
Por supuesto, todos esos problemas se superaron poco a poco y las películas habladas cosecharon un éxito vertiginoso que superaba con creces las expectativas más desmesuradas. En 1930, la práctica totalidad de cines de Estados Unidos disponía de sonido. El número de espectadores saltó de 60 millones en 1927 a 110 millones en 1930. El valor de la Warner Brothers se disparó de 16 millones de dólares a 200 millones de dólares. El número de salas de cine de las que era propietaria o estaban bajo su control pasó de una a setecientas.
Al principio, las películas habladas se denominaban a veces «películas con diálogo». Durante algún tiempo, se produjo cierta incertidumbre porque no se sabía muy bien qué significaba el «cine sonoro» y de qué clases podía ser. Hasta que surgió el consenso. Una película que aportaba música grabada, pero en la que no se hablaba se denominaba «con sonido». Si además incluía efectos de sonido, se denominaba «con sonido y efectos». Si contenía cualquier tipo de diálogo, entonces era una «película hablada». Si se trataba de una película sonora con todas las de la ley, es decir, que presentaba un amplio abanico de diálogos y sonidos, se denominaba una «película completamente hablada». La primera película completamente hablada fue The Lights of New York, de 1928, pero la calidad del sonido seguía siendo tan deficiente que hubo que incluir subtítulos.

De todas las etiquetas que se le atribuyeron a la década de 1920 (la era del jazz, los felices, locos o dorados años veinte, la era del charlestón o del maravilloso disparate), hubo una que no se utilizó y tal vez debería haberse usado: la era del odio. Quizá no se haya dado otro momento en la historia de la nación en el que tantas personas hayan manifestado tanta aversión por otras en tantos sentidos y con tan pocos motivos.
El fanatismo era aleatorio, instintivo y poco menos que universal. En el New Yorker, Harold Ross prohibió el uso del término «papel del váter» por una cuestión de gusto (le producía náuseas), aunque no tenía nada en contra de apelativos racistas como «negrata» o «morenito». La semana anterior al vuelo de Lindbergh a París, el New Yorker publicó una viñeta con la lapidaria y deplorable frase: «Yo, a los negratas, los veo a todos iguales».

Casi nueve décadas han transcurrido desde el verano de 1927, y poco queda de entonces. Los campos de aviación de Long Island desaparecieron hace tiempo. El aeródromo Roosevelt cerró en 1951. Hoy en día es un centro comercial de 44 hectáreas, el más grande del estado de Nueva York. El lugar desde el que despegaron Lindbergh y otros aviadores está marcado con una placa, debajo de una escalera mecánica próxima a una tienda Disney. Una estatua llamada «Spirit», que conmemora el vuelo de Lindbergh, se alza, olvidada, en una glorieta en medio del aparcamiento del centro comercial.
Poco sobrevive también en el recuerdo. Muchos de los nombres más memorables del verano (Richard Byrd, Sacco y Vanzetti, Gene Tunney, incluso Charles Lindbergh) apenas se mencionan hoy en día, y la mayor parte de los demás son ahora completos desconocidos. Así pues, tal vez merezca la pena detenernos un momento a recordar una muestra de las cosas que ocurrieron ese verano. Babe Ruth marcó 60 home runs. La Reserva Federal cometió el error que precipitó el crack de la bolsa. Al Capone disfrutó de su verano de esplendor. Se grabó la película sonora El cantante de jazz. Se creo la televisión. Fue la época dorada de la radio. Sacco y Vanzetti fueron ejecutados. El presidente Coolidge decidió dejar la presidencia. Empezaron las obras del Monte Rushmore. El río Misisipi se desbordó como nunca hasta ese momento. Un loco de Michigan voló una escuela por los aires y mató a cuarenta y cuatro personas en la peor masacre de niños ocurrida en la historia de Estados Unidos. Henry Ford dejó de fabricar el Modelo T y prometió dejar de insultar a los judíos. Y un chaval de Minnesota atravesó el océano en avión y cautivó al planeta con una intensidad desconocida hasta entonces.
A lo mejor fue otras muchas cosas, pero, desde luego, fue un verano de órdago.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/26/el-cuerpo-humano-guia-para-ocupantes-bill-bryson-the-body-a-guide-for-occupants-by-bill-bryson/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/27/1927-el-verano-que-cambio-el-mundo-bill-bryson-one-summer-america-1927-by-bill-bryson/

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If you think that you had a busy summer, consider 1927:

Charles Lindbergh crossed the Atlantic and became a national hero. Babe Ruth broke his own home run record on a Yankees club that would be remembered as one of the best baseball teams ever assembled. The Midwest was devastated by extensive flooding and the Secretary of Commerce Hebert Hoover was in charge of recovery efforts. A routine murder trial in New York became a media sensation for reasons no one can explain. Sacco and Vanzetti were executed and sparked outrage around the world. Prohibition was still in effect but that didn’t stop Al Capone’s criminal empire from reaching the height of its power.
Capone also attended a boxing match between Jack Dempsey and Gene Tunney that would captivate the nation and still be controversial today. A young engineer with the awesome name of Philo T. Farnsworth made a critical breakthrough that would lead to the development of television, and another entertainment milestone occurred when the first full length motion picture with sound began filming. After building 15 million Model Ts, Henry Ford’s company ceased production and began creating the Model A. In South Dakota, the work of carving four president’s faces into Mount Rushmore began. Last but not least, four bankers had a meeting in which they made a decision that would eventually start the Great Depression.
And yet Bryan Adams picked another summer to immortalize in song…
Bill Bryson’s book is packed with the details of these events and many more along with plenty of related stories and anecdotes. It should read like a trivia book of 1927 factoids, but what makes it more than that is the deft way that Bryson establishes the history of what came before as well as the long term impact. For example, he doesn’t just tell the story of Lindbergh’s historic flight and of his subsequent fame, he also lays out in a succinct manner how America had been trailing the world in aviation up until that point as well as how it changed things afterwards.

It’s that context that makes this more than just a list of events, and he also goes to some effort to add depth in several places like describing how horrifyingly racist American society was in those days with the Ku Klux Klan enjoying a reemergence while even supposedly high-brow publications like The New Yorker would casually use ethnic slurs. By the time he tells the readers about how outlandish eugenics theories became influential which resulted in tens of thousands of people being legally sterilized in the United States, the reader can understand all too well how it could happen in that kind of environment.
In fact, one of the things that jumped out at me about this is that most of the popular figures of 1927 were basically assholes. Charles Lindbergh’s boyish good lucks and piloting skill got the press to overlook that he was about as interesting as white bread, and he’d show a nasty streak of anti-Semitism later in his life that would severely tarnish his image. Henry Ford was also a notorious anti-Semite, and he was also the kind of ignoramus that despised people with educations or scientific background. His refusal to consult any types of experts led him to waste millions on schemes like trying to start a rubber plantation in South America and shutting down his assembly lines to retool for the Model A with no clear plan as to what exactly they’d build. (After reading about Ford‘s stubborn mistakes, I can’t believe the Ford Motor Company managed to survive long enough to make it to the Great Depression, let alone still be in business today.)
Herbert Hoover led a life that should have made him one of America’s most fascinating presidents. He was a self-made success story who had traveled the world as a mining consultant and was credited with a relief effort that fed millions in Europe during World War I. Yet he seemed to take no pleasure in anything other than work and one long time acquaintance noted that he never heard him laugh once in 30 years. Calvin Coolidge believed so much in limiting the role of government that he spent most of his presidency napping and would refuse to take even the most of innocuous of actions like endorsing a national week of recognition for the importance of education.
It’s funny that since the book describes so many people as either being unlikable, unethical or downright criminal that one of the few that seems decent was Babe Ruth. While all of the Babe’s bad habits are laid out here, he also comes across as one of the few that did what he was good at with an exuberant zest for life and generous spirit that was sadly lacking in many of his contemporaries. The guy may have enjoyed his food, liquor and women to excess, but he never hid who he was. Plus, he was fun at parties!
Bryson’s look at the events, large and small, that made up one pivotal summer is an interesting read that provides a clear window to the past while being highly entertaining.

Shortly before Easter in 1927, people living in New York’s tallest buildings were stunned when the wooden scaffolding that surrounded the tower of the SherryNetherland apartment hotel caught fire and it became clear that the city’s firefighters lacked means to ensure that the water in the hoses reaches such a height.
The crowd gathered on Fifth Avenue to watch the flames of the fire, the worst fire the city had seen in years. With its thirty-eight floors, the Sherry-Netherland was the tallest residential building ever built, and the scaffolding (placed to facilitate the later stages of construction) covered the top fifteen floors. The amount of wood in the structure was so large that a giant bonfire formed at the top of the building. In the distance, the hotel looked like a huge burning match. The flames were more than thirty kilometers around. Up close, the picture was much more dramatic. Burning scaffold timbers of up to fifteen meters in length fell from a height of 150 meters and dismembered with a shower of sparks and rubble on the streets surrounding the building, causing shouts of joy among the spectators and endangered firefighters trying to put out the fire. Burning embers fell onto the roofs of adjacent buildings and set four of them on fire. The firefighters watered the SherryNetherland building with the hoses, but it was only a symbolic gesture, since the jets of water barely reached the third or fourth floor. Luckily, they hadn’t finished building it.

In the New York Times on April 15, 1927, Good Friday. The headline occupied three columns and said:
TWO AIRCRAFT GET THE RECORD OF 51 HOURS IN THE AIR; DAY AND NIGHT WITHOUT FOOD OR WATER; THEY ARE SOLD OUT, BUT IMPAIRED TO FLY TO PARIS

They had traveled 4,100 air miles (500 more miles than those separating New York from Paris). It is also worth mentioning that they managed to take off with 1,420 liters of fuel, an impressive load for the time, and that they used a take-off runway of only 365 meters to do so. His feat was very hopeful for those who wanted to fly over the Atlantic, and in the spring of 1927 there were many who, like Chamberlin and Acosta, had that dream.

The 1920s were a golden age for reading in general – most likely the golden decade of reading in the lives of many Americans. It would soon be replaced by more passive distractions like radio, but at that time, for many, reading was still the main way to occupy their free time. Publishers in the United States published one hundred and ten million books a year, more than ten thousand different titles, double that of a decade earlier. For those who were intimidated by such a tidal wave of literary possibilities, a very useful new phenomenon was born: the book club. The Book-of-the-Month Club was founded in 1926 and the following year the Literary Guild joined it. Both were immediately successful. People revered authors to an extent that is incredible today.
Magazines were also booming. Advertising revenue increased five hundred percent in the decade, and many publications that have long enjoyed a later career made their debut in that decade: Reader’s Digest in 1922, Time in 1923, American Mercury, and Smart Set in 1924, the New Yorker in 1925. Of all of them, Time was perhaps the one with the most immediate influence. Founded by two former classmates at Yale, Henry Luce and Briton Hadden, it became very famous, although it was extremely lax.
But most of all, the 1920s was the golden age of newspapers. Newspaper sales in those years increased by around a fifth, reaching 36 million copies a day, or 1.4 newspapers in each household. New York City alone already had twelve daily newspapers, and almost every city worthy of the name had at least two or three newspapers. And to that was added an important phenomenon: in many cities, readers also drew the news from another type of innovative and revolutionary publication that completely changed people’s expectations of what the news should be: the tabloid or the press. sensationalist. The tabloid newspapers focused on crime, sports, and celebrity gossip, and in doing so gave these three categories considerably more importance than they had hitherto had.

Aviation during the 1920s was by far the field of technology in which the United States lagged behind the rest of the world in all of history. As early as 1919, Europe launched the first airline, the KLM, which was soon followed by others. Before the end of the year there were daily flights between London and Paris, and shortly thereafter there were more than a thousand passengers who made this journey a week. In the mid-1920s, you could fly almost anywhere in Europe: from Berlin to Leipzig, from Amsterdam to Brussels, from Paris to distant Constantinople (stopping in Prague and Bucharest). In 1927, France had nine airlines, British airlines flew nearly a million miles a year, and Germany carried 151,000 passengers safely. In the United States, when the spring of 1927 began, the number of regular passenger flights was … zero.
Aviation in the United States was almost entirely unregulated. The country had no licensing system or training requirements. Anyone could buy an airplane …

For a foreigner arriving in the United States for the first time in 1927, the most surprising thing he would see would be the overwhelming amount of comforts that its inhabitants possessed. Americans were the best supplied people in the world. America’s homes sparkled with sleek electrical appliances and appliances (fridges, radios, telephones, fans, and electric razors), things that would not become widespread in other countries until at least a later generation. Of the country’s 26.8 million households, 11 million had a phonograph, 10 million had a car, and 17.5 million had a phone. Every year the number of new telephones increased in the United States (in 1926 there were 781,000) in an amount equivalent to the total of devices that Great Britain owned.
42% of everything produced in the world was made in the United States. The country produced 80% of the movies on the planet and 85% of the cars. The state of Kansas had more cars than all of France.
In 1927, the Americans did not have a very good press in Europe and, of course, they were not well received in France. The United States’ insistence that the ten billion dollars they had loaned to Europe during the war be returned in full, with interest, seemed a bit abusive to Europeans, since all the money they had loaned had been invested in buying North American products. . Thus, repaying the money meant that the United States benefited twice from the same loans. It did not seem fair to them, especially since the economies of the countries of Europe were at the bottom, while the United States flourished. But many Americans did not share that view. They clung to the fact that a debt is a debt and must be paid, and interpreted Europe’s refusal to pay as a rag violation of the trust placed in them. For isolationist-minded Americans (whose most charismatic example at one point was our hero Charles Lindbergh), the situation served to strengthen the claim that the United States should at all costs avoid getting involved in the affairs of other countries. In a spirit of renewed isolationism, the United States raised its already high import tariffs, making it almost impossible to recover and prosper again for many European industries.

At the end of the 19th century, Baltimore was the sixth largest city in the United States (it has since dropped to twenty-first) and one of the most troubled in the country. And the most troubled area within Baltimore was a neighborhood near Inner Harbor, known without a hint of irony or affection as “The Pigsty.”
It was there that, on February 6, 1895, George Herman Ruth was born into a family with few resources, emotionally sterile and apparently cursed. Six of his eight siblings died in childhood, and both his father and mother followed the same path when George was still a teenager: his mother died of tuberculosis, his father in a staged brawl at the door of his own tavern. No one would have bet much on such a family.
The first sentence of Ruth’s autobiography is: “I was a bad boy” …
Babe Ruth became more famous than any other sports figure in history. Everything around him, said the writer Paul Gallico, seemed immeasurable: “his size, his enormous head culminated in a clump of bluish-black curly hair, his huge nose pinched in the middle of his face.” He was not handsome, but he had an irresistible charisma. According to his friend and teammate Waite Hoyt: “It was one of a kind. If he hadn’t played baseball, if someone hadn’t met him and crossed paths with Ruth on Broadway, he would have turned to look at him.
Ruth’s rise to fame could not have been better timed. It coincided with complete precision with the emergence of tabloid newspapers, node reports, popular magazines and radio – all key pieces in the new cog in celebrity culture. And his arrival in New York introduced him to the racing heart of the media world. Newspapers began publishing a daily column titled “What Ruth Has Done Today.” If Ruth was filed with a bunion, it became national news.
His wastings were also legendary. During a trip with the team, he put on twenty-two different shirts in three days, and then gave them all to the room waiter before leaving. In Cuba, he lost $ 26,000 in a single horse race, and an additional $ 65,000 over the next few days. “The owners of the club have had to hire detectives to follow him in order to protect him from himself, as well as from scammers, blackmailers, rogues who resell race tickets, bookmakers and young machinists,” said the New Yorker in 1926. Despite his wealth, he often had no liquidity to pay taxes, not even in 1927, when Ruppert made him the highest-paid baseball player in history. Over the course of his career, the player himself calculated, he lost or wasted well over a quarter of a million dollars.

Charles E. Sorensen, a Ford executive patient, no rational entrepreneur would have discontinued production of the Model T without first having the replacement model designed and ready for production. Assembling the new model with the machines stopped, according to Sorensen’s calculations, increased the cost of replacement by between $ 100 million and $ 200 million. The additional costs caused by the intransigence of Henry Ford were incalculable.
On July 26, four days before Henry Ford turned sixty-four, General Motors reported earnings of $ 129 million in the first half of the year. No other manufacturer had made as much money in six months before … And that was the revenue from sales made before Ford’s production closed. Now that Ford wasn’t making cars, its competitors had a free hand to take over the market. The extent to which Ford could recover from a prolonged hiatus, and even if it ever did, was an unknown question that many people in the sector were beginning to consider.
The rest of the world was dying with curiosity as to what surprise Henry Ford would appear to replace the Model T. What the world did not know was that many of the Ford employees were just as curious to know the answer.

Sound cinema was Hollywood’s salvation, although it had to pay a high price for that salvation, such as the anxiety of the stars and the producers, the expenses of the new equipment for studios and movie theaters, and the loss of thousands of stalls. work of musicians whose accompaniment was no longer essential. At its beginning, the biggest fear in the industry was that sound films would end up being nothing more than a passing fad (a terrifying possibility considering the huge investment it took to jump on the bandwagon of sound films). Each of the country’s movie theaters that wanted to screen movies with sound had to invest between $ 10,000 and $ 25,000 in equipment. For studios, a fully equipped sound set cost at least half a million dollars, and that was assuming that the studio could acquire the basic recording equipment, as strong demand ran out of stock.
Another hard blow was the loss of foreign markets. More than a third of Hollywood’s income came from outside the United States. For a silent film to be sold in other countries, it was enough to insert new intertitles, but, waiting for dubbing and subtitles to be invented, sound films could only be shown in places where people spoke the same language. in which the film had been shot. One solution was to make multiple versions of a film: use the same set but with up to ten different casts of companies of actors from different languages filming one version after another.
Of course, all those problems were overcome little by little and the spoken films reaped a dizzying success that far exceeded the most excessive expectations. In 1930, almost all theaters in the United States had sound. Spectator numbers jumped from 60 million in 1927 to 110 million in 1930. The value of the Warner Brothers soared from $ 16 million to $ 200 million. The number of cinemas that it owned or was under its control increased from one to seven hundred.
In the beginning, spoken films were sometimes called ‘dialogue films’. For a time, there was some uncertainty because it was not well understood what “sound cinema” meant and what kinds it could be. Until consensus emerged. A film that provided recorded music but was not spoken was called “with sound.” If it also included sound effects, it was called “with sound and effects”. If it contained any kind of dialogue, then it was a “talking movie.” If it was a sound film with all the law, that is, it had a wide range of dialogues and sounds, it was called a “fully spoken film”. The first fully spoken film was The Lights of New York, from 1928, but the sound quality was still so poor that subtitles had to be included.

Of all the labels attributed to the 1920s (the era of jazz, the happy, crazy, or golden twenties, the era of Charleston or marvelous nonsense), there was one that was not used and perhaps should have been used : the era of hate. Perhaps there has not been another moment in the history of the nation in which so many people have expressed so much dislike for others in so many ways and with so few reasons.
Fanaticism was random, instinctive, and little less than universal. In the New Yorker, Harold Ross prohibited the use of the term “toilet paper” for a matter of taste (it made him nauseous), although he had nothing against racist names like “black” or “little brown.” The week before Lindbergh’s flight to Paris, the New Yorker published a vignette with the lapidary and deplorable phrase: “I, the niggers, I see all the same.”

Almost nine decades have passed since the summer of 1927, and little remains of that time. Long Island airfields long ago disappeared. Roosevelt Airfield closed in 1951. Today it is a 44-hectare mall, the largest in New York State. The location from which Lindbergh and other airmen took off is marked with a plaque, under an escalator next to a Disney store. A statue called “Spirit,” commemorating Lindbergh’s flight, stands, forgotten, in a gazebo in the middle of the mall parking lot.
Little also survives in memory. Many of the most memorable names of the summer (Richard Byrd, Sacco and Vanzetti, Gene Tunney, even Charles Lindbergh) are barely mentioned today, and most of the rest are now complete strangers. So maybe it’s worth pausing for a moment to recall a sample of the things that happened that summer. Babe Ruth scored 60 home runs. The Federal Reserve made the mistake that precipitated the crash of the stock market. Al Capone enjoyed his summer of splendor. The sound film The Jazz Singer was recorded. Television was created. It was the golden age of radio. Sacco and Vanzetti were executed. President Coolidge decided to leave the presidency. The works on Mount Rushmore began. The Mississippi River overflowed like never before. A madman from Michigan blew up a school and killed forty-four people in the worst massacre of children in the history of the United States. Henry Ford stopped making the Model T and promised to stop insulting the Jews. And a Minnesota boy flew across the ocean and captivated the planet with an intensity previously unknown.
Maybe it was many other things, but, of course, it was a summer of education.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/26/el-cuerpo-humano-guia-para-ocupantes-bill-bryson-the-body-a-guide-for-occupants-by-bill-bryson/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/27/1927-el-verano-que-cambio-el-mundo-bill-bryson-one-summer-america-1927-by-bill-bryson/

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