Memorias De Joseph Grimaldi — Charles Dickens / Memoirs Of Joseph Grimaldi by Charles Dickens

Mucho del trabajo de un escritor joven, pero todavía hay destellos del genio familiar de Dickens. Me encanta el hecho de que no tiene absolutamente ningún problema para descartar los fragmentos “aburridos” de la autobiografía original de Grimaldi (incluida la historia del primer amor de Grimaldi) y anunciar su intención al lector. Tal vez no esté a la altura de “la casa desolada” o “Grandes Esperanzas”, sino un relato completamente entretenido de una leyenda teatral y una visión fascinante del desarrollo de uno de los mejores escritores en inglés.

Nacido en Clare Market (Londres), descendiente de italianos, Joseph Grimaldi fue el payaso británico más importante del siglo XIX y, por qué no, de los todos tiempos, a tal punto que su «nombre de guerra» (Joey) se usa todavía en Inglaterra como sinónimo de clown. En sus casi cincuenta años de carrera, Grimaldi trabajó en teatros hoy míticos como el Sadler’s Wells, el Drury Lane o el Covent Garden, por lo que su biografía ofrece también un panorama del teatro británico a comienzos de 1800.
La vigencia de Grimaldi se comprueba una vez por año, cada primer domingo de febrero, cuando cientos de payasos, arlequines y mimos del mundo entero se dan cita en Haggerston (Hackney), más precisamente en la iglesia de Todos los Santos (All Saints), para celebrar una misa en homenaje a Joey a la que religiosamente sigue un espectáculo.

El primer Grimaldi que apareció en Inglaterra fue el padre del protagonista de estas memorias y el hijo de «Piernas de acero». Se lo nombró dentista de la reina Charlotte y llegó con ese puesto a Inglaterra en 1760; había nacido en Génova y, mucho antes de arribar al país, ya había alcanzado una considerable reputación profesional.
Parece que el padre de Grimaldi fue un sujeto muy excéntrico y singular. Una vez, adquirió en Lambeth una pequeña parcela de tierra que estaba en parte dispuesta como un huerto; tomó posesión de ella durante un invierno inclemente, pero tenía tal impaciencia por ver cómo luciría el jardín en flor que, incapaz de esperar la llegada gradual de la primavera y el verano, mandó que decoraran el huerto con gran cantidad de flores artificiales, lo que provocó que las ramas de todos los árboles se combaran bajo el peso de un lujurioso follaje y de toda clase de frutas, desde luego también artificiales.
Otro rasgo singular del señor Grimaldi era el impreciso y profundo terror que sentía por el día catorce de cada mes. Cada vez que se avecinaba esta fecha, se ponía nervioso e inquieto, pero en cuanto pasaba el día catorce volvía a ser el de siempre y exclamaba en su mal inglés: «¡Ah! ¡Por otro mese toy a salvo!». Si a esta circunstancia no la hubiese acompañado una extraordinaria coincidencia, no habría merecido la pena mencionarla: lo asombroso es que el señor Grimaldi murió, en efecto, el día catorce de un mes de mayo y que también había nacido, había sido bautizado y había contraído matrimonio un día catorce.
Poco después de la muerte de Grimaldi padre, el señor King renunció a sus funciones y la sucesión cayó en manos exclusivas de Hopwood, quien utilizó toda la herencia de los hermanos para su provecho comercial, quebró al término de un año y huyó de Inglaterra sin que nunca más se supiera su paradero. Por culpa de este hecho tan imprevisto y desafortunado, los hermanos perdieron toda su fortuna y debieron recurrir a su talento para subsistir.
En cuanto se hizo pública la estafa del ejecutor testamentario, la viuda y los dos hijos recibieron varias muestras y ofertas de apoyo, lo cual habla muy a favor de los generosos sentimientos de los amigos de la familia Grimaldi. El señor Ford, aquel maestro de Putney, se ofreció no sólo a recibir a Joseph en su escuela, sino a adoptarlo como si fuera su hijo, pero la madre rechazó muy amablemente la oferta.

Los bandoleros que antaño asolaban Hounslow, Bagshot, Finchley y cientos de otros lugares tanto o más distinguidos habían dejado de galopar por todos aquellos caminos en procura de un botín, pero en la ciudad y sus alrededores aún había pandillas de ladrones comunes mucho más pobres que cometían sus fechorías con una audacia y un desprecio poco menos que inverosímiles para los ciudadanos de hoy. Si en la actualidad hubiera un intento de robo semejante al que hemos presentado, los periódicos pasarían un mes hablando de ello. Tres intentos de robo en una misma casa y a cargo de una misma banda de ladrones provocarían hoy el asombro y la indignación de toda Londres y de todo el mundo en cincuenta kilómetros a la redonda.
La policía interrogó a los malhechores y así se supo que éstos eran miembros de una banda llamada The Pentonville Robbers (Los ladrones de Pentonville). Los Grimaldi festejaron haberse librado de los malhechores y sintieron mayor alivio al saber que no había más integrantes de la banda con ánimo de venganza. Así concluyó el primer vínculo importante de Joe Grimaldi con la policía. Su siguiente aparición en este mismo escenario se dio en circunstancias muy diferentes y de ello se hablará más adelante.

El teatro Sadler’s Wells abrió sus puertas, como de costumbre, el lunes de Pascua de 1798. Grimaldi apareció en el escenario interpretando un nuevo papel, uno más importante que los precedentes, lo que incrementó su reputación.
Fruto de los grandes esfuerzos que requería este personaje, máxime después de cuatro o cinco meses de relativo reposo, Joe empezó a sentir un cansancio y una merma de energía que no son inusuales entre los actores y que suelen dejarlos, cuando alcanzan la edad madura, en un estado enfermizo y de suma debilidad, como de hecho le ocurrió al propio Grimaldi en su vejez.
Actuar incentivaba a Joe, pero en este caso los aplausos de la concurrencia lo incitaron a redoblar los esfuerzos y, al final de la primera función de esta obra, se lo vio tan extenuado que a duras penas lograba tenerse en pie.
Al llegar la Navidad se reestrenó Harlequin Amulet en el Drury Lane, en reemplazo de cierta fugaz pantomima, y las funciones continuaron sin interrupciones hasta fin de enero, deparando tanta o más ganancias que en el año previo. Fue entonces cuando el «judío» Davis, un viejo amigo de Grimaldi, apareció por vez primera en el Drury Lane.
Joe ganó bastante dinero gracias a su profesión. Pero conviene explicar aquí los muchos esfuerzos y sacrificios que hizo, y el grado de agotamiento que éstos le causaron antes incluso de haber ganado una suma importante. En el Sadler’s Wells comenzaba sus labores de la noche interpretando un papel arduo y extenso en The Great Devil; inmediatamente después aparecía en alguna pequeña farsa; tras ello se convertía en el payaso del equilibrista y luego en el payaso de la pantomima donde siempre cantaba dos canciones cómicas que muy a menudo debía repetir. Tras esto debía cambiarse lo más deprisa posible y dirigirse al Drury Lane, casi siempre a la carrera, para actuar en la última obra de la noche. Esta rutina, que cumplía seis veces cada semana, lo dejaba completamente exhausto. Tamaño esfuerzo físico fue, sin lugar a dudas, la causa de la extrema debilidad que sufrió en los últimos días de su vida.
Ya anciano, Joe tenía derecho a decir que si sus ingresos habían sido en ocasiones importantes, esto se debía a una tarea proporcionalmente grande.
El esmero que ponía en sus compromisos y su extrema puntualidad fueron siempre admirables. En cuanto a sus cualidades, cabe decir
que durante toda su carrera teatral, por más extensa y ardua que haya sido ésta, nunca decepcionó a la audiencia ni incumplió una sola vez con sus obligaciones profesionales.
Durante las seis semanas de su gira provincial de 1818, Grimaldi había ganado seiscientas ochenta y dos libras con doce chelines, pero el desastroso resultado de la temporada en el Sadler’s Wells y la inmovilización del dinero ocasionada por la compra de sus acciones absorbieron casi todos sus beneficios; así pues, a pesar del éxito de aquella excursión, el otoño de 1818 lo encontró pobre y dependiendo por completo de su salario mensual. Esperaba que la siguiente temporada fuera mejor para, de este modo, recuperar las pérdidas.
La reapertura del Sadler’s Wells (en abril de 1819) no estuvo exenta de complicaciones. Diez días antes, el señor Dibdin abandonó repentinamente su cargo como director de escena para marcharse al teatro de Whitsuntide. Como no le encontraban sustituto, Grimaldi debió encargarse de estos asuntos y, con gran pesar, se despidió de la gira de verano que prometía ser tan ventajosa. Durante esa temporada presentó una pantomima de su invención, titulada The Fates (Las parcas). La obra obtuvo tal éxito que, cuando se hizo el balance de fin de año, cada uno de los propietarios recibió algo de dinero, un muy grato progreso con respecto al año anterior.

Grimaldi murió el 31 de mayo de 1837, tras sobrevivir cinco meses al último capítulo de sus Memorias. En ese lapso, aunque su salud mejoró bastante, nunca se sobrepuso a la debilidad que lo obligaba a estar postrado. Tras superar los impactos de esas dos muertes que habían minado sus fuerzas, Grimaldi llegó a recobrar el buen ánimo y la calma y parecía incluso dispuesto a vivir varios años más y a gozar en la medida de lo posible. No albergaba mayor deseo que el de vivir felizmente en compañía de sus amigos y tan sólo protestaba cuando, en ausencia de ellos, la soledad le parecía insoportable.
Esperaba con indescriptible ansiedad que se publicaran sus Memorias e imaginaba que el día de su presentación al público sería el más placentero de su vida; sin embargo, se vio privado de este orgullo por un súbito recrudecimiento de sus dolores que pronto alcanzaron picos inéditos y redujeron su existencia a la de un muerto en vida.
Hasta muy pocos días antes de morir, Grimaldi tuvo la costumbre de pasar parte de la noche en una taberna vecina donde la compañía de unas pocas personas, todas ellas respetables, compensaba las largas horas solitarias que pasaba sentado ante su chimenea. Completamente privado del uso de sus piernas.
Lo enterraron el lunes siguiente, 6 de junio, en el cementerio de St. James Chapel, en Pentonville Hill. En la tumba de al lado yace su amigo Charles Dibdin, nombrado con frecuencia en estas memorias y autor de diversas obras en las que Grimaldi descolló y de muchas canciones que mataron de risa a su público.
En su vida privada, Joe no sólo fue querido por sus iguales, sino también por sus superiores y sus subordinados. Fue un hombre de gran corazón y de simpleza casi infantil, como se habrá percatado quien haya leído las páginas precedentes. Muy incauto para los asuntos mundanos, se cuenta que llegó a pagar cuarenta guineas por un reloj de oro que podría haber obtenido por diez. Entre sus abundantes actos generosos —a los que él no solía aludir— cabe mencionar la ocasión en que, con benevolencia digna de un príncipe, ayudó a que un colega saliera de la cárcel de Lancaster.
Enfrentado a más tentaciones de las que suelen encontrar muchos hombres, Grimaldi llevó una existencia temperada y nunca se lo vio en estado de ebriedad. Fue célebre, eso sí, por su gran apetito, como suele ser el caso de los actores saludables que se abstienen de beber, y se ha llegado a suponer que lo que causó su muerte fue un ataque de indigestión tras una cena excesivamente copiosa.

En enero de 1805 se montó en el Drury una pésima farsa titulada Harlequin’s Fireside. La obra, pese a que los actores tenían dudas sobre su calidad, estuvo en cartel hasta la Pascua siguiente y fue acogida, para sorpresa de Joe, con considerables aplausos. El señor Dibdin, a quien Grimaldi confesó su desconcierto, reconoció la mediocridad de la obra y dejó caer que tan sólo el talento de los actores había propiciado el éxito. Grimaldi cree que Dibdin fue muy gentil al decir eso, pero piensa que estaba en lo cierto. Y no parece improbable porque lo mismo suele ocurrir hoy en día.
El Sadler’s Wells reabrió, como de costumbre, en la Pascua de 1805; se contrató de nuevo a Grimaldi y Bologna y la temporada fue muy exitosa. Después de que Harlequin’s Fireside (La chimenea de Arlequín) dejara de representarse, Joe no volvió a actuar más que media docena de veces en el Drury Lane durante esa temporada. La sala cerró en junio y reabrió el 21 de septiembre con Otello y Lodoiska.
Grimaldi se presentó contadas veces en Haymarket, hasta después de Navidad, fecha en que se reestrenó Mother Goose con un nuevo desenlace en el que las ruinas calcinadas del teatro Covent Garden se transformaban, bajo la varita mágica del arlequín, en un edificio flamante y espléndido. Ya en marzo, encarnó por primera vez a Kanko en La Perouse. La función en su beneficio se realizó el 23 de mayo. La temporada concluyó transcurridas varias noches, al tiempo que finalizaba la carrera del célebre Lewis, quien se despidió del público.

Grimaldi se encontró repetidas veces con lord Byron, no solamente en el Covent Garden, sino en muchas fiestas privadas. A la larga, los dos se hicieron amigos. Lord Byron era un excéntrico, como lo sabe todo el mundo, y Grimaldi no lo pintaba de otro modo. «A veces —escribe—, se veía muy melancólico, y en esos casos parecía el vivo retrato del dolor, porque su rostro era capaz de expresar el más hondo desasosiego; otra veces, en su defecto, si estaba muy animado, conversaba con intensa vivacidad; pero podía ser también un perfecto petimetre y enseñar sus manos y sus dientes blancos con un ridículo grado de afectación. En cualquiera de estos casos, triste o feliz, severo o simpático, su mordacidad nunca desaparecía».
Grimaldi nunca volvió a oír de labios de una persona tantos juicios severos como los que soltaba Byron, lo cual hizo que con el tiempo este lo intimidara más y más. No obstante, Byron siempre se comportaba en presencia de Joe con gran condescendencia y mucho humor.
Antes de partir de Inglaterra en aquel viaje del que nunca retornaría, Byron le ofreció a Grimaldi, como demostración de afecto, una valiosa tabaquera de plata que llevaba como inscripción: «Obsequio de lord Byron para Joseph Grimaldi». El objeto se conservó con la máxima precaución, pues Grimaldi lo estimaba como el más valioso de sus bienes. Es un acto de justicia con los dos hombres decir que Byron siempre trató a Joe con gran generosidad. En 1808, después de ver a Grimaldi por primera vez, mandó un mensaje a su hogar rogándole que en adelante le enviase una localidad para cada función benéfica. Grimaldi acató el pedido y por cada una recibía, invariablemente, un billete de cinco libras.

Durante un periodo de treinta y ocho años, desde 1782 hasta 1820, Grimaldi no faltó a ninguna temporada en el Sadler’s Wells, con la única salvedad de 1817. La causa de esta ausencia excepcional fue que el señor Charles Dibdin, al acercarse el momento de renovar el contrato, quiso saber qué condiciones deseaba Joe. La respuesta fue que tenían tan sólo que pasar las libras a guineas y él estaría muy feliz. No objetaron su pedido, pero en cambio le informaron de que los dueños de la sala ya no le permitirían dos funciones benéficas anuales, sino una. Esto le pareció injusto y arbitrario. Puesto que nunca, bajo circunstancia alguna, había obtenido menos de ciento diez libras en cada una de estas funciones, la pérdida significaba una gran reducción en sus ingresos. Tenía que pagar sesenta libras anuales por la casa donde vivía y sabía que los propietarios no darían el brazo a torcer.
Puestos a hablar de accidentes escénicos, señalemos que Grimaldi no sufrió casi ninguno durante su carrera, algo notable si se consideran los riesgos a los que se exponen los mimos y los arlequines y las serias lesiones que suelen sufrir. Los percances de Grimaldi no fueron tantos como los que habría sufrido otro en su misma situación, tal vez porque su personaje era un payaso tranquilo, nada adicto a las violentas contorsiones corporales que suelen inquietar a los actores y al público. Su payaso era, en cierto modo, una encarnación de su manera de ser y de su sentido del humor, más proclive a miradas que a piruetas, capaz de hacer reír parado sobre los pies y no con la cabeza apoyada en el suelo.

Libros del autor en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2013/07/10/para-leer-al-anochecer-cuentos-de-fantasmas-charles-dickens/

https://weedjee.wordpress.com/2015/03/29/el-misterio-de-edwin-drood-charles-dickens/

https://weedjee.wordpress.com/2015/05/31/el-grillo-del-hogar-charles-dickens/

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/14/cancion-de-navidad-el-manga-charles-dickens-variety-artworks-a-christmas-carol-manga-version-by-charles-dickens-variety-artworks/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/27/memorias-de-joseph-grimaldi-charles-dickens-memoirs-of-joseph-grimaldi-by-charles-dickens/

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Very much the work of a young writer but there are still flashes of the familiar Dickens genius. I love the fact he has absolutely no problem dismissing the “boring” bits of Grimaldi’s original autobiography (including the story of Grimaldi’s first love) and announcing his intention to the reader. Maybe not up there with Bleak House or Great Expectations but a thoroughly entertaining account of a theatrical legend and a fascinating insight into the development of one of the greatest writers in the English language.

Born in Clare Market (London), descendant of Italians, Joseph Grimaldi was the most important British clown of the 19th century and, why not, of all time, to the point that his “name of war” (Joey) is still used in England as a synonym for clown. In his almost fifty-year career, Grimaldi worked in today legendary theaters such as Sadler’s Wells, Drury Lane or Covent Garden, so his biography also offers an overview of British theater in the early 1800s.
Grimaldi’s validity is checked once a year, every first Sunday in February, when hundreds of clowns, harlequins and mimes from all over the world meet in Haggerston (Hackney), more precisely in the Church of All Saints (All Saints) , to celebrate a mass in tribute to Joey, which is religiously followed by a show.

The first Grimaldi to appear in England was the father of the protagonist of these memoirs and the son of “Legs of Steel”. He was appointed Queen Charlotte’s dentist and arrived in England in 1760; He had been born in Genoa and, long before arriving in the country, he had already achieved a considerable professional reputation.
It seems that Grimaldi’s father was a very eccentric and unique subject. Once, in Lambeth, he acquired a small parcel of land that was partly arranged as an orchard; He took possession of it during an inclement winter, but was so impatient to see what the blooming garden would look like, unable to wait for the gradual arrival of spring and summer, he ordered that the garden be decorated with a large number of artificial flowers, which it caused the branches of all the trees to buckle under the weight of lush foliage and all kinds of fruit, of course also artificial.
Another unique feature of Mr. Grimaldi was the vague and deep terror he felt on the fourteenth of each month. Every time this date approached, he became nervous and restless, but as soon as the fourteenth day passed he was back to being the same as always and exclaimed in his bad English: «Ah! For another month I am safe! ». If this circumstance had not been accompanied by an extraordinary coincidence, it would not have been worth mentioning: the amazing thing is that Mr. Grimaldi died, indeed, on the fourteenth day of a month of May and that he had also been born, had been baptized and had married fourteen days.
Shortly after Grimaldi Sr.’s death, Mr. King resigned his duties and the estate fell into the exclusive hands of Hopwood, who used the entire estate of the brothers for his commercial gain, went bankrupt within a year, and fled England without that his whereabouts would never be known again. Due to this unforeseen and unfortunate event, the brothers lost all their fortune and had to resort to their talent to survive.
As soon as the testamentary executor’s scam was made public, the widow and the two children received several samples and offers of support, which speaks in favor of the generous feelings of the friends of the Grimaldi family. Mr. Ford, that teacher from Putney, offered not only to receive Joseph at his school, but to adopt him as if he were his son, but the mother very kindly rejected the offer.

The bandits who once ravaged Hounslow, Bagshot, Finchley and hundreds of other equally or more distinguished places had ceased to gallop all these roads in pursuit of loot, but in the city and its environs there were still gangs of common thieves far poorer than they committed their misdeeds with audacity and contempt that were nothing short of implausible for today’s citizens. If today there were an attempted robbery similar to the one we have presented, the newspapers would spend a month talking about it. Three attempts at burglary in the same house and carried out by the same gang of thieves would cause astonishment and outrage today in London and around the world in fifty kilometers around.
The police questioned the criminals and it was learned that they were members of a gang called The Pentonville Robbers. The Grimaldi celebrated having got rid of the criminals and were relieved to learn that there were no more members of the gang with a vengeance. Thus ended Joe Grimaldi’s first major bond with the police. His next appearance on this same stage occurred in very different circumstances and will be discussed later.

The Sadler’s Wells Theater opened its doors, as usual, on Easter Monday, 1798. Grimaldi appeared on stage playing a new role, one more important than the previous ones, which increased his reputation.
As a result of the great efforts that this character required, especially after four or five months of relative rest, Joe began to feel a fatigue and a loss of energy that are not unusual among the actors and that usually leave them, when they reach middle age, in a sick and extremely weak state, as in fact happened to Grimaldi himself in his old age.
Acting encouraged Joe, but in this case the applause of the audience encouraged him to redouble his efforts and, at the end of the first performance of this work, he was so exhausted that he could hardly stand up.
At Christmas Harlequin Amulet was re-released on Drury Lane, replacing some fleeting pantomime, and the performances continued without interruption until the end of January, bringing as much or more profit than in the previous year. It was then that the “Jew” Davis, an old friend of Grimaldi’s, first appeared on Drury Lane.
Joe made a lot of money from his profession. But it is worth explaining here the many efforts and sacrifices he made, and the degree of exhaustion they caused him even before he had earned a significant sum. At Sadler’s Wells he began his night work playing an arduous and extensive role in The Great Devil; immediately afterwards he appeared in some small farce; after that he became the clown of the tightrope walker and then the clown of pantomime where he always sang two comic songs that he often had to repeat. After this he had to change as quickly as possible and go to Drury Lane, almost always on the run, to act in the last play of the night. This routine, which he performed six times each week, left him completely exhausted. Such physical exertion was, without a doubt, the cause of the extreme weakness that he suffered in the last days of his life.
As an old man, Joe had the right to say that if his income had been important at times, this was due to a proportionately large task.
The dedication he put into his commitments and his extreme punctuality were always admirable. As for its qualities, it should be said
that throughout his theatrical career, however extensive and arduous this may have been, he never disappointed the audience nor did he fail once to fulfill his professional obligations.
During the six weeks of his 1818 provincial tour, Grimaldi had made six hundred and eighty-two pounds and twelve shillings, but the disastrous result of the season at Sadler’s Wells and the immobilization of money caused by the purchase of his shares absorbed almost all of his Benefits; so, despite the success of that excursion, the autumn of 1818 found him poor and depending entirely on his monthly salary. He hoped that the following season would be better, thus, to recover the losses.
The reopening of Sadler’s Wells (in April 1819) was not without complications. Ten days earlier, Mr. Dibdin suddenly left his position as stage director to go to the Whitsuntide theater. Since they could not find a substitute for him, Grimaldi had to take care of these matters and, with great regret, said goodbye to the summer tour that promised to be so advantageous. During that season he presented a pantomime of his invention, entitled The Fates. The work was so successful that, when the year-end balance was made, each of the owners received some money, a very pleasant progress compared to the previous year.

Grimaldi died on May 31, 1837, after surviving the last chapter of his Memoirs for five months. During that time, although his health improved a lot, he never overcame the weakness that forced him to be bedridden. After overcoming the impacts of those two deaths that had undermined his forces, Grimaldi came to recover his good spirits and calm and even seemed willing to live for several more years and to enjoy as much as possible. He had no greater desire than to live happily in the company of his friends and only protested when, in their absence, loneliness seemed unbearable.
He waited with indescribable anxiety for his Memoirs to be published and imagined that the day of his presentation to the public would be the most pleasant of his life; However, he was deprived of this pride by a sudden upsurge in his pain, which soon reached unprecedented peaks and reduced his existence to that of a living dead.
Until very few days before his death, Grimaldi had the habit of spending part of the night in a neighboring tavern where the company of a few people, all of them respectable, compensated for the long solitary hours he spent sitting at his fireplace. Completely deprived of the use of his legs.
He was buried the following Monday, June 6, at St. James Chapel Cemetery on Pentonville Hill. In the next grave lies his friend Charles Dibdin, frequently named in these memoirs and the author of various works in which Grimaldi stood out and many songs that killed his audience with laughter.
In his private life, Joe was loved not only by his peers, but also by his superiors and subordinates. He was a man with a big heart and almost childlike simplicity, as someone who has read the preceding pages will have noticed. Very unsuspecting in worldly affairs, he is said to have paid forty guineas for a gold watch which he could have obtained for ten. Among his abundant generous acts — to which he was not accustomed — to mention the occasion when, with benevolence worthy of a prince, he helped a colleague out of Lancaster prison.
Faced with more temptations than many men usually encounter, Grimaldi led a temperate existence and was never seen drunk. He was famous, yes, for his great appetite, as is usually the case with healthy actors who abstain from drinking, and it has been assumed that what caused his death was an attack of indigestion after an excessively large dinner.

In January 1805 a lousy farce entitled Harlequin’s Fireside was staged in the Drury. The play, although the actors had doubts about its quality, was on the bill until the following Easter and was received, to Joe’s surprise, with considerable applause. Mr. Dibdin, to whom Grimaldi confessed his bewilderment, recognized the mediocrity of the play and let it be known that only the talent of the actors had led to success. Grimaldi thinks Dibdin was very kind in saying that, but thinks he was right. And it does not seem improbable because the same thing usually happens today.
Sadler’s Wells reopened as usual on Easter 1805; Grimaldi and Bologna were rehired and the season was very successful. After Harlequin’s Fireside (Harlequin’s Chimney) ceased performing, Joe did not perform more than half a dozen times on Drury Lane during that season. The room closed in June and reopened on September 21 with Otello and Lodoiska.
Grimaldi appeared a few times in Haymarket, until after Christmas, the date on which Mother Goose was re-released with a new ending in which the charred ruins of the Covent Garden theater were transformed, under the magic wand of the harlequin, into a brand new and splendid building . Back in March, he first played Kanko in La Perouse. The function on his behalf was held on May 23. The season ended after several nights, at the end of the career of the famous Lewis, who said goodbye to the public.

Grimaldi repeatedly met Lord Byron, not only at Covent Garden, but at many private parties. The two eventually became friends. Lord Byron was an eccentric, as everyone knows, and Grimaldi did not paint it any other way. “Sometimes,” he writes, “he looked very melancholic, and in those cases it seemed the living portrait of pain, because his face was capable of expressing the deepest discomfort; other times, failing that, if he was very animated, he conversed with intense vivacity; but he could also be a perfect fop and show his hands and his white teeth with a ridiculous degree of affectation. In any of these cases, sad or happy, severe or sympathetic, his biting never disappeared.
Grimaldi never again heard from a person’s lips as many severe judgments as those made by Byron, which made him intimidate more and more over time. However, Byron always behaved in Joe’s presence with great condescension and great humor.
Before leaving England on that journey from which he would never return, Byron offered Grimaldi, as a show of affection, a valuable silver snuffbox bearing the inscription: “Gift of Lord Byron to Joseph Grimaldi”. The object was preserved with the utmost caution, since Grimaldi considered it the most valuable of his assets. It is an act of justice with the two men to say that Byron always treated Joe with great generosity. In 1808, after seeing Grimaldi for the first time, he sent a message to his home pleading with him to send him a locality for each charity function. Grimaldi complied with the request and invariably received a five pound note.

For a period of thirty-eight years, from 1782 to 1820, Grimaldi did not miss any season at Sadler’s Wells, with the only exception of 1817. The cause of this exceptional absence was that Mr. Charles Dibdin, when the time of to renew the contract, he wanted to know what conditions Joe wanted. The answer was that they just had to pass the pounds to guineas and he would be very happy. They did not object to his request, but instead informed him that the owners of the room would no longer allow him two annual charities, but one. This seemed unfair and arbitrary to him. Since he had never, under any circumstances, earned less than £ 110 at each of these functions, the loss meant a big reduction in his income. He had to pay sixty pounds a year for the house where he lived and he knew that the owners would not give up.
Put to talk about stage accidents, we note that Grimaldi suffered almost none during his career, something remarkable if you consider the risks to which mimes and harlequins are exposed and the serious injuries they usually suffer. Grimaldi’s mishaps were not as many as those that would have suffered in the same situation, perhaps because his character was a calm clown, not addicted to the violent contortions of the body that often disturb actors and the public. His clown was, in a way, an embodiment of his way of being and his sense of humor, more prone to looks than to pirouettes, capable of making people laugh while standing on their feet and not with their heads on the ground.

Books from the author commented in the blog:

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