La Monarquía Del Miedo: Una Mirada Filosófica A La Crisis Política Actual — Martha C. Nussbaum / The Monarchy of Fear: A Philosopher Looks at Our Political Crisis by Martha C. Nussbaum

Martha Nussbaum es una excelente escritora, y su historial y su papel continuo en la contribución a las perspectivas filosóficas y la conexión de las perspectivas griega y romana con la condición humana actual es impresionante. En esta publicación, Nussbaum habla sobre su papel académico y las razones por las que la filosofía es tan crítica para las interacciones (y el tejido) sociales de hoy en día, ya que ofrece un antídoto viable para los atascos partidistas, el jingoísmo, la demagogia, la visión de túneles, el pensamiento en silos y la arrogancia. . Y Nussbaum escribe sobre las preocupaciones asociadas con la emoción primordial del miedo … y esta preocupación se remonta a los atenienses, aunque puede pensar en la expresión más moderna y una línea del discurso de FDR [Primera Inaugural], “Así que En primer lugar, permítame afirmar firmemente que lo único que debemos temer es el miedo en sí mismo: el terror sin nombre, irracional e injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avance. “En ‘la monarquía del miedo’, Nussbaum excava el capa (s) primordial (es) de miedo (y las emociones relacionadas de ira, disgusto y envidia), y observa cómo tales estados emocionales … pueden ser manipulados por los políticos, y otros en el poder, de manera tal que la manipulación esté acostumbrada a Asegurar y sostener la longevidad de los que están en el poder. Aquí está Nussbaum (2018): “Creo que la naturaleza del miedo es que es muy volátil y muy fácilmente secuestrado por la retórica. Los antiguos griegos ya habían hablado de eso, y tenían ese problema. Tenían demagogos que azotaban el miedo. De todos modos, podemos ver que lo que debe hacer un buen político es calmar a la gente y hacer que piensen bien sobre el problema. La mayoría de los problemas son complicados. No se pueden resolver con un chivo expiatorio “. ¿Y por qué el título del libro? ‘Monarquía del miedo’? Esto: “Una monarquía es como la situación temprana de un infante. El todopoderoso cuidador y el temeroso bebé, y el bebé quiere que lo cuiden, y el monarca quiere que el niño sea más bien dócil. Eso es lo que prospera la monarquía. Quieren un pueblo que tenga miedo y, por lo general, intentan inspirar miedo en la gente “.
Hablando de perspectivas filosóficas, Nussbaum ofrece varias críticas al estoicismo, una de las cuales creo que es estereotipada (sorprendentemente extraña … escuchar esto de Nussbaum) … que los estoicos no están interesados (o son indiferentes) en la política y las causas sociales. , y cuestiones de gobernabilidad. El estereotipo se basa en el estoico de “mirar hacia adentro” que está aislado del entorno social y el panorama político. Nuevamente, basado en mis lecturas (y simplemente examino a Séneca y Marco Aurelio como ejemplos principales de dos filósofos estoicos hasta el cuello en la política), el estoicismo promueve el bienestar interno y apoya la “ciudadela interior”. Y estoy de acuerdo en que los escritos Parece que los epictetos empujan la aguja estoica hacia la escuela cínica, pero yo, por mi parte, prefiero la aguja inclinada hacia una interpretación pragmática (y moderna) de la filosofía estoica que indica una fuerte participación en la actividad política, y que no se pueden negar las emociones. , pero más bien examinado muy de cerca (de la socrática “una vida examinada”) y luego practicar tanto la paciencia como la prudencia en nuestras interacciones humanas, ya sea a nivel de familia, comunidad o sociedad. Dicho esto, parece que Nussbaum favorece las perspectivas de Cicerón (en el contexto del funcionamiento de una ‘República’) y en ese sentido, Nussbaum tiene un fuerte argumento dada la crítica de Cicerón de tantas perspectivas filosóficas y su voluntad de oponerse tiranía – con es vida. Al final, una filosofía que permanece enterrada en la realidad es hueca; lo que importa es la práctica en la esfera pública donde la acción y “vivirla” se traducen en lo que Hamilton, Madison y Jefferson (y otros) asumirían como la base de una democracia, enmarcada en una República … que es la crítica. El papel de un ciudadano informado que escucha los muchos lados del discurso político.

En Estados Unidos, como en el mundo, actualmente hay mucho miedo, y es un miedo que está a menudo entremezclado con la ira, la culpa (que se atribuye a otros) y la envidia. El miedo tiende con demasiada frecuencia a bloquear la deliberación racional, envenena la esperanza e impide la cooperación constructiva en pos de un futuro mejor.
¿En qué consiste el miedo actual? Muchos estadounidenses se sienten impotentes, sin control sobre sus propias vidas. Temen por su futuro y por el de sus seres queridos. Temen que el sueño americano —la esperanza de que sus hijos prosperen y de que les vaya incluso mejor en la vida de lo que les ha ido a sus padres— haya acabado y que todo eso se haya esfumado ya para ellos. Esas sensaciones tienen su fundamento en problemas reales: entre otros, el estancamiento de la renta de la clase media baja, los alarmantes descensos de los niveles de salud y longevidad de los miembros de ese grupo social (sobre todo de los varones). Los problemas que la globalización y la automatización crean a los estadounidenses de clase trabajadora son reales, profundos y, en apariencia, tienen muy difícil remedio. En vez de afrontar esas dificultades e incertidumbres, muchas personas que sienten que su nivel de vida empeora pueden optar por echar la culpa de todo ello a los «malos» de esta historia: si «nosotros» conseguimos que «ellos» no entren (construyendo un muro) o logramos ponerlos en «su lugar» (en puestos subordinados a los «nuestros»), «nosotros» podremos recuperar nuestro orgullo y, en el caso de los hombres, nuestra masculinidad. El miedo conduce así a estrategias agresivas de «alterización.

El miedo tiende también ostensiblemente a sobrepasarnos y a impulsarnos a actuar de forma egoísta, imprudente y antisocial. Trataré de mostrarle que esa inclinación o tendencia procede de la historia evolutiva y la estructura psicológica de dicha emoción. El miedo, más que otras emociones, nos obliga a un escrutinio y a una contención muy cuidadosos si no queremos que nos intoxique. En resumen, necesitamos conocernos y responsabilizarnos de nosotros mismos. Una sociedad aceptable tiene el deber de prestar atención, por ejemplo, a cómo minimizar el odio grupal mediante iniciativas sociales y planes institucionales. Incluso una opción política tan simple como la de integrar a los niños con discapacidades en aulas «normales» tiene consecuencias evidentes para las pautas del miedo y la agresividad.

Nosotros no nacemos preparados para afrontar el mundo. (Y en cierto sentido crucial, jamás llegamos a estarlo realmente.) Blandos y vulnerables hasta el extremo, nos quedamos ahí indefensos, esperando a que otros nos procuren lo que necesitamos: alimento, acomodo y consuelo. Tras las reconfortantes ondulaciones de la vida en el seno materno, donde la nutrición es automática y las excreciones no son un problema, acaece de pronto esa violenta separación, esa bofetada de aire frío y esa dolorosa y solitaria impotencia. El desfase entre el lentísimo desarrollo físico del bebé humano y su rápido desarrollo cognitivo es, en muchos sentidos, una pesadilla. El miedo no solo es la emoción más temprana en la vida humana, sino también la más ampliamente compartida con el resto del reino animal. El miedo no solo es primitivo, sino también asocial. Cuando sentimos compasión, nos orientamos hacia el exterior: pensamos en lo que les está pasando a otros y en qué lo está causando. No atribuimos capacidad de compasión a un animal a menos que pensemos que forma parte de una rica red social. El miedo hace que queramos evitar el desastre. Pero es evidente que no nos dice cómo. En la prehistoria evolutiva, los humanos seguían las indicaciones instintivas del miedo y huían de los depredadores y de otros peligros hondamente implantados. En este complejo mundo nuestro, sin embargo, no podemos fiarnos del instinto, tenemos que pensar y nos conviene pensar bien. Necesitamos tener un concepto de nuestro bienestar y de qué (y quién) lo amenaza. En todas las sociedades, este proceso de conformación del miedo está influido por la cultura, la política y la retórica. Esas tendencias amenazan la democracia en Estados Unidos hoy en día como la llevan amenazando en la India desde hace muchos años. Pero actualmente existe una novedad que hace que las situaciones sean más volátiles si cabe, porque las redes sociales e internet han hecho que sea más fácil la circulación de noticias falsas y la formación de fenómenos de cascada. Cuando una noticia «se viraliza» es fácil que las emociones se descontrolen de un modo que difiere del efecto que suelen tener las noticias de la prensa escrita o, incluso, de la televisión.

Somos vulnerables y nuestras vidas son proclives al miedo. Incluso en momentos de felicidad y éxito, el miedo va royendo los márgenes del interés por los demás y de la reciprocidad, alejándonos así de las otras personas y llevándonos a sentir una preocupación narcisista por nosotros mismos. El miedo es monárquico y la reciprocidad democrática es un logro que cuesta mucho conseguir.

Estados Unidos es un país enfadado. Es una historia que viene de lejos, pero la ira parece hoy más generalizada y estridente. Los hombres culpan a las mujeres, las mujeres culpan a los hombres de clase trabajadora. A la derecha, nos encontramos con una histérica culpabilización de los musulmanes; a la izquierda, se cargan furibundamente las culpas sobre quienes critican a los musulmanes. Los inmigrantes echan la culpa de la inestabilidad de sus vidas al nuevo régimen político. Los grupos dominantes culpan a los inmigrantes de la inestabilidad de «todas nuestras» vidas.

1. Los errores obvios. La ira puede despistarnos y orientarnos mal si se basa en información errónea sobre quién ha hecho algo, sobre qué es lo que ha hecho y a quién, o sobre si el acto malo se cometió de forma realmente indebida (es decir, con cierta dosis de mala intención) o fue simplemente un accidente, y también si esa misma ira está basada en una equivocada valoración de la importancia del acto. 2. El error del estatus. Considero también que nos equivocamos si pensamos que el estatus relativo tiene una importancia enorme y nos centramos en él excluyendo otras cosas. En el fondo, este error no deja de ser una forma de confusión a propósito de la importancia de un valor concreto, pero dado que es muy común y es una de las grandes fuentes de la ira, conviene que lo separemos y le atribuyamos una categoría diferenciada.
3. El error de devolver el golpe. Por último, nos equivocamos muy a menudo cuando permitimos que los pensamientos vengativos que tenemos genéticamente arraigados en nuestra mente se apoderen de nuestra voluntad y nos hagan creer que el dolor del culpable erradicará nuestro dolor, o que la muerte compensará el asesinato, etcétera.

Todas las sociedades marginan o subordinan a ciertos grupos de personas. En las sociedades feudales y las monarquías, la subordinación forma parte de la teoría oficial de la propia forma de gobierno: los nobles son mejores que los campesinos y deben dominarlos; el rey posee un derecho divino a ser superior a los demás. En las democracias modernas, sin embargo, la norma pública suele ser que todas las personas merecen igual respeto y dignidad. Por lo tanto, la subordinación grupal —allí donde se produce— quebranta las normas mismas de justicia de la sociedad. Sabemos, no obstante, que los ciudadanos democráticos no están hechos de una pasta distinta y que son igual de humanos que las demás personas y, como tales, son proclives a los errores en los que el miedo y la preocupación autodefensiva hacen que caiga hasta el más virtuoso de los seres humanos si tales tendencias no se mantienen firmemente bajo control. En la actualidad, la envidia campa a sus anchas por Estados Unidos.
La envidia ha sido un peligro para las democracias desde el momento mismo en que estas empezaron a existir. Bajo las monarquías absolutas y, en especial, bajo el feudalismo, las posibilidades de las personas estaban prefijadas y era fácil que creyeran que ese destino —o cierta justicia divina— las había situado donde estaban, que era donde les correspondía. Pero una sociedad que rompe con los órdenes y los destinos prefijados y favorece la movilidad y la competencia abre las puertas de par en par a que entre en ella la envidia a los otros por sus éxitos o logros como competidores. Si la envidia se extiende lo suficiente, puede terminar por amenazar la estabilidad política; en particular, cuando una sociedad se ha comprometido a proteger o fomentar «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» de todos sus miembros. La envidia nos dice que solo algunos disfrutan de los beneficios de la vida. Los envidiosos odian a esos algunos y quieren destruir su felicidad. La envidia es una emoción dolorosa cuya atención está centrada en las ventajas de otros, pues nace de la comparación desfavorable que quien envidia hace de su situación con la del envidiado o los envidiados. Implica la existencia de un rival (que bien puede ser un grupo) y unos bienes que el envidioso considera muy importantes. Los envidiosos sienten dolor porque el rival tiene esas cosas buenas y ellos no. La envidia comporta normalmente hostilidad hacia el afortunado rival: el envidioso quiere lo que ese rival tiene y, por ello, le desea cosas malas. La envidia crea así animosidad y tensión en el núcleo mismo de la sociedad, y esa es una hostilidad que, en último término, puede impedir que la sociedad alcance algunos de sus objetivos.

Estados Unidos no es ni mucho menos el único país que lidia con el problema del sesgo y la hostilidad de género. Todas las naciones han subyugado a las mujeres durante siglos y, muy probablemente, ninguna está libre hoy en día del prejuicio antifemenino en el ámbito de la política, aun cuando en aquellos países que tienen un sistema parlamentario en vez de una elección presidencial directa, el acceso de las mujeres a los máximos cargos políticos ha sido bastante más regular (Indira Gandhi, Golda Meir, Margaret Thatcher, Angela Merkel, Theresa May). El miedo y la inseguridad nunca desaparecen del todo, pero el miedo puede exacerbarse de manera espectacular cuando se producen cambios sociales rápidos que parecen eliminar una fuente de consuelo y de amor fácil. Y puede intensificarse más aún cuando las condiciones económicas disparan la envidia competitiva, sobre todo, cuando esa envidia tiene un blanco evidente: un competidor que antes «nos» ayudaba y ahora se lleva «nuestro» puesto de trabajo. El sexismo es un problema, pero las creencias sexistas son refutables con datos y hechos. Y, en general, han sido refutadas. El problema es el obstinado empeño de muchos hombres en mantener el antiguo orden por cualquier medio posible: ridiculizando, expresando asco, negándose a contratar, a elegir o a respetar a las mujeres como iguales. La misoginia no es una estrategia inteligente, ciertamente, pues su esencia es puramente negativa: «Malditas mujeres, que no entren». Es como la pataleta de un niño: no, no y no. Negarse al cambio no resuelve los problemas de salud de los hombres de clase trabajadora ni nos ayuda a hacer extensiva la educación universitaria (y sus oportunidades) al conjunto de «nuestra gente», problemas estos que los propios misóginos desean resolver. Tampoco solucionan otro problema que apenas han comenzado a afrontar: cómo reinventar el amor, el cuidado de las personas y la familia nuclear en una era de crecimiento del trabajo y del éxito laboral femeninos. La misoginia es un consuelo momentáneo, pero no consigue nada.

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 Martha Nussbaum is an excellent writer, and her record and {continuing} role in contributing to philosophical perspectives and connecting Greek and Roman perspectives to the current human condition is impressive. In this publication, Nussbaum talks about her academic role, and the reasons for why Philosophy is so critical for today’s social interactions (and fabric) as it offers a viable antidote to partisan logjams, jingoism, demagoguery, tunnel vision, silo thinking, and hubris. And Nussbaum writes of the concerns associated with the primal emotion of Fear… and this concern goes way back – to the Athenians, even though you may think of the more modern expression and a line from FDR [First Inaugural] speech, “So, first of all, let me assert my firm belief that the only thing we have to fear is fear itself—nameless, unreasoning, unjustified terror which paralyzes needed efforts to convert retreat into advance.” In ‘Monarchy of Fear,’ Nussbaum excavates the primal layer(s) of fear (and the related emotions of anger, disgust, and envy), and notes how such emotional states…can then be further manipulated by politicians – and others in power – such that the manipulation is used to assure and sustain the longevity of those in power. Here is Nussbaum (2018): “I think the nature of fear is that it’s very volatile and it’s very easily hijacked by rhetoric. The ancient Greeks already talked about that, and they had that problem. They had demagogues who whipped up fear. So anyway, we can see that what a good politician should be doing is to calm people down and get them to think well about the problem. Most problems are complicated. They can’t be solved by scapegoating.” And why the title of the book? ‘Monarchy of Fear’? This: “A monarchy is like the early situation of an infant. The all-powerful caretaker and the fearful infant, and the infant wants to be taken care of, and the monarch wants the infant to be rather docile. That is what monarchy thrives on. They want a populace who are afraid, and they try, usually, to inspire fear in people.”
Speaking of philosophical perspectives, Nussbaum offers several critiques of Stoicism, one of which I think is stereotypic (thus surprisingly odd…to hear this from Nussbaum)…that Stoics are not interested (or indifferent to) politics, and social causes, and issues of governance. The stereotype is based on the “inward looking” Stoic who is isolated from the social milieu and political landscape. Again based on my readings (and I simply examine Seneca and Marcus Aurelius as prime examples of two Stoic philosophers up to their necks in politics), Stoicism does promote wellbeing from within and to support the “inner citadel.” And I agree that the writings of Epictetus seem to push the Stoic needle toward the Cynic School, but I for one, favor the needle leaning toward a pragmatic (and modern) interpretation of Stoic philosophy that indicates a strong involvement in political activity, and that emotions are not to be denied, but rather examined very closely (from the Socratic “an examined life”) and then to practice both patience and prudence in our human interactions whether at the level of family, community, or society. Having said that, it seems Nussbaum favors the perspectives of Cicero (in the context of the workings of a ‘Republic’) and in that regard, Nussbaum has a strong argument given Cicero’s critique of so many philosophical perspectives, and his willingness to stand against tyranny – with is life. In the end, a philosophy that remains buried in academe is hollow; what matters is the practice in the public sphere where action and “living it” is translated into what Hamilton, Madison, and Jefferson (and others) would assume is the foundation of a democracy, framed in a Republic…which is the critical role of an informed citizen that listens to the many sides of political discourse.

In the United States, as in the world, there is currently much fear, and it is a fear that is often interspersed with anger, guilt (attributed to others) and envy. Fear tends too often to block rational deliberation, poisons hope and impedes constructive cooperation in pursuit of a better future.
What is the current fear? Many Americans feel powerless, with no control over their own lives. They fear for their future and for that of their loved ones. They fear that the American dream – the hope that their children will prosper and that they will do even better in their lives than their parents did – is over and that all that has already vanished for them. These sensations are based on real problems: among others, the stagnation of the income of the lower middle class, the alarming decreases in the levels of health and longevity of the members of this social group (especially of men). The problems that globalization and automation create for working class Americans are real, deep and, in appearance, very difficult to remedy. Instead of facing these difficulties and uncertainties, many people who feel that their standard of living worsens may choose to blame it all on the “bad guys” of this story: if “we” get “them” not to enter (building a wall) or we can put them in “their place” (in positions subordinate to “our”), “we” can recover our pride and, in the case of men, our masculinity. Fear thus leads to aggressive strategies of «alteration.

Fear also ostensibly tends to overwhelm us and drive us to act selfishly, recklessly and antisocially. I will try to show you that this inclination or tendency comes from the evolutionary history and the psychological structure of that emotion. Fear, more than other emotions, forces us to scrutinize and contain very carefully if we do not want to be intoxicated. In short, we need to know and take responsibility for ourselves. An acceptable society has a duty to pay attention, for example, to how to minimize group hatred through social initiatives and institutional plans. Even a simple policy option such as integrating children with disabilities into “normal” classrooms has obvious consequences for patterns of fear and aggression.

We are not born ready to face the world. (And in a certain crucial sense, we never really get it.) Soft and vulnerable to the extreme, we remain helpless, waiting for others to procure what we need: food, accommodation and comfort. After the comforting ripples of life in the womb, where nutrition is automatic and excretions are not a problem, suddenly comes that violent separation, that slap of cold air and that painful and lonely impotence. The gap between the slow physical development of the human baby and its rapid cognitive development is, in many ways, a nightmare. Fear is not only the earliest emotion in human life, but also the most widely shared with the rest of the animal kingdom. Fear is not only primitive, but also asocial. When we feel compassion, we are oriented towards the outside: we think about what is happening to others and what is causing it. We do not attribute compassion to an animal unless we think it is part of a rich social network. Fear makes us want to avoid disaster. But it is clear that it does not tell us how. In evolutionary prehistory, humans followed the instinctive indications of fear and fled from predators and other deeply implanted dangers. In this complex world of ours, however, we can not trust the instinct, we have to think and we need to think well. We need to have a concept of our well-being and what (and who) threatens it. In all societies, this process of shaping fear is influenced by culture, politics and rhetoric. These trends threaten democracy in the United States today as they have been threatening it in India for many years. But now there is a novelty that makes situations more volatile if possible, because social networks and the Internet have made it easier to circulate false news and the formation of cascade phenomena. When a news “goes viral” it is easy for emotions to get out of control in a way that differs from the effect that news from the written press or even television usually have.

We are vulnerable and our lives are prone to fear. Even in moments of happiness and success, fear gnaws at the margins of interest in others and reciprocity, thus separating us from other people and leading us to feel a narcissistic concern for ourselves. Fear is monarchical and democratic reciprocity is an achievement that costs a lot to achieve.

The United States is an angry country. It is a story that comes from afar, but anger now seems more widespread and strident. Men blame women, women blame working-class men. On the right, we find ourselves with a hysterical blame of the Muslims; On the left, the guilts are furiously charged on those who criticize the Muslims. Immigrants blame the instability of their lives on the new political regime. Dominant groups blame immigrants for the instability of “all of our” lives.

1. Obvious errors. Anger can mislead and orient us badly if it is based on erroneous information about who has done something, about what he has done and to whom, or about whether the bad act was committed in a really improper way (ie, with a certain amount of bad intention) or was simply an accident, and also if that same anger is based on a wrong assessment of the importance of the act. 2. The status error. I also believe that we are wrong if we think that relative status is of enormous importance and we focus on it by excluding other things. Basically, this error does not cease to be a form of confusion about the importance of a particular value, but since it is very common and is one of the great sources of anger, we should separate it and give it a category differentiated
3. The error of returning the blow. Finally, we are very wrong when we allow the vengeful thoughts that we have genetically rooted in our minds to take over our will and make us believe that the pain of the guilty will eradicate our pain, or that death will compensate for the murder, et cetera.

All societies marginalize or subordinate certain groups of people. In feudal societies and monarchies, subordination is part of the official theory of the form of government itself: the nobles are better than the peasants and must dominate them; the king has a divine right to be superior to others. In modern democracies, however, the public norm tends to be that all people deserve equal respect and dignity. Therefore, group subordination – wherever it occurs – violates society’s very norms of justice. We know, however, that democratic citizens are not made of a different paste and that they are just as human as other people and, as such, they are prone to mistakes in which fear and self-defensive concern cause them to fall most virtuous of human beings if such tendencies are not kept firmly under control. Currently, envy is at home in the United States.
Envy has been a danger to democracies from the moment they began to exist. Under the absolute monarchies and, especially, under feudalism, the possibilities of the people were fixed and it was easy for them to believe that this destiny – or some divine justice – had placed them where they were, which was where they belonged. But a society that breaks with the preordained orders and destinies and favors mobility and competition opens the doors wide open to the envy of others for their successes or achievements as competitors. If envy is widespread enough, it may end up threatening political stability; in particular, when a society is committed to protect or encourage “the life, freedom and pursuit of happiness” of all its members. Envy tells us that only some enjoy the benefits of life. The envious ones hate those some and want to destroy their happiness. Envy is a painful emotion whose attention is focused on the advantages of others, because it is born from the unfavorable comparison that those who envy make of their situation with that of the envied or the envied. It implies the existence of a rival (which may well be a group) and some goods that the envious one considers very important. The envious ones feel pain because the rival has those good things and they do not. Envy usually involves hostility towards the lucky rival: the envious one wants what that rival has and, for that reason, wishes him bad things. Envy thus creates animosity and tension at the very core of society, and that is a hostility that, in the final analysis, can prevent society from achieving some of its objectives.

The United States is not the only country that deals with the problem of gender bias and hostility. All nations have subjugated women for centuries and, most likely, none is today free from anti-feminine prejudice in the field of politics, even though in those countries that have a parliamentary system instead of a direct presidential election, the Women’s access to top political positions has been much more regular (Indira Gandhi, Golda Meir, Margaret Thatcher, Angela Merkel, Theresa May). Fear and insecurity never completely disappear, but fear can be exacerbated dramatically when there are rapid social changes that seem to eliminate a source of comfort and easy love. And it can intensify even more when economic conditions trigger competitive envy, especially when that envy has an obvious target: a competitor who previously “helped” us and now takes “our” job. Sexism is a problem, but sexist beliefs are refutable with data and facts. And, in general, they have been refuted. The problem is the stubborn commitment of many men to maintain the old order by any means possible: ridiculing, expressing disgust, refusing to hire, to choose or to respect women as equals. Misogyny is not an intelligent strategy, certainly, because its essence is purely negative: “Damn women, do not enter.” It’s like a child’s tantrum: no, no and no. Refusing to change does not solve the health problems of working class men nor does it help us to extend university education (and its opportunities) to the group of “our people,” problems that the misogynists themselves want to solve. Nor do they solve another problem that they have just begun to face: how to reinvent love, caring for people and the nuclear family in an era of growth of work and female job success. Misogyny is a momentary consolation, but it does not achieve anything.

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