Error: Nueve Graves Desastres En Políticas Económicas Y Que Podemos Aprender De Ellos — Richard S. Grossman / WRONG: Nine Economic Policy Disasters and What We Can Learn from Them by Richard S. Grossman

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Un libro entrañable. Recomiendo mucho este libro, porque es una lectura divertida y porque te convertirá en un ciudadano más ilustrado.
En lugar de un tomo seco sobre economía, el libro se parece más a nueve historias cortas fascinantes, llevando al lector a través de una aventura tras otra, la aventura siempre siendo un desastre económico. Uno podría esperar que un libro así sea realmente deprimente, pero no es así. De alguna manera, siempre nos recuperamos y vivimos felices para siempre, al menos hasta el próximo desastre. En cierto sentido, es como una novela policíaca. El crimen se resuelve al final, y esa solución es la delicia.
Hoy, vemos una gran división económica ideológica en toda la nación. De hecho, ese puede ser nuestro principal problema. Richard Grossman, un destacado historiador económico, muestra lo que puede suceder si se siguen ideologías pasadas de moda o mal dirigidas en lugar de utilizar un análisis económico cuidadoso. Ha elegido más nueve errores de política económica, espaciados en los últimos doscientos cincuenta años, tres antes de la Primera Guerra Mundial, tres después de la Segunda Guerra Mundial y tres en el medio, como ilustraciones.
La presentación está orientada para que a los no economistas se les den suficientes antecedentes a medida que surja la necesidad de comprender los problemas. La economía está tan suavemente entretejida en el tejido del libro que apenas se nota. Entonces no tienes que ser un economista para disfrutar el libro.
Y disfrútalo lo harás. Esto está muy bien escrito, no explica los puntos económicos, ni habla al lector.
Tenga en cuenta que el autor no afirma que estos son los únicos o incluso los mayores errores en este período de tiempo. La Gran Depresión no es una de sus nueve, presumiblemente porque ya hemos escuchado mucho al respecto. Sin embargo, no son triviales: hay una idea de por qué Inglaterra perdió sus colonias americanas, por qué el presidente Jackson se opuso al Banco de los Estados Unidos, por qué las reparaciones alemanas al final de la Primera Guerra Mundial eran una mala idea. Y para nuestra situación actual, ha elegido la crisis de las hipotecas subprime y el papel del euro en la crisis actual en Europa, dos temas que son de gran interés actual.

Grossman se opone explícitamente a la ideología económica y a todo lo que se le parezca. Sostiene que el boom económico que precedió a la crisis subprime fue impulsado por una política fiscal y monetaria ideológicamente equivocada: tres recortes de impuestos durante los primeros tres años de Bush II, un aumento del gasto en guerras en Afganistán e Irak y una política monetaria expansiva. Del mismo modo, la crisis de la deuda soberana europea se debió a la opción de política mal concebida de adoptar una moneda única.
Razones por las que nos volcamos excesivamente a ideologías económicas: es más fácil que pensar, influencia desmesurada (a menudo perjudicial) de intereses «privados», intereses nacionalistas (por ejemplo, aranceles) y orgullo que impide admitir que se adoptó una política equivocada.
«Error» se basa en nueve errores económicos interesantes, comenzando por cómo la política británica contra las Colonias los condujo a la independencia, e incluyendo la gran hambruna irlandesa de la papa (en la década de 1840, el hombre adulto promedio en Irlanda comía 5 lbs./día de patatas), cómo las reparaciones aplastantes impuestas a Alemania después de la Primera Guerra Mundial llevaron a una repetición, la crisis de las hipotecas de alto riesgo (anteriormente mencionada, también culpa a la falta de regulación efectiva) y la crisis del euro.
Todo tiene sentido, excepto uno. Realmente estoy teniendo dificultades para aceptar su lógica de que los aranceles de Smoot-Hawley fueron un desastre dado que, en ese momento, el comercio total era un componente minúsculo del PIB de los EE. UU., Smoot-Hawley se aprobó 8 meses después del mercado de valores 10/29 chocar, y no fueron un gran aumento de los aranceles que ya están en su lugar. Peor aún, ¿cómo en el mundo el apoyo ideológico para incrementar el comercio de EE. UU. Tiene sentido económico para una economía que ha acumulado un déficit comercial de $ 8 billones desde los años de Reagan? El hecho de que una encuesta de 210 economistas publicada en 2006 informara que el 87.5% apoya la eliminación de las tarifas restantes de los EE. UU. Y otras barreras comerciales me hace sospechar que todos tienen al menos algunos puntos ciegos.
En cuanto a la ‘Gran Recesión’, Grossman admite que es imposible identificar con precisión cuándo comenzó el periodo inicial. Sin embargo, es fácil documentar eventos que exacerbaron la situación: los tres recortes tributarios de Bush y el gasto militar que más que duplicaron de $ 290 mil millones / año a 4595. Juntos, convirtieron el superávit de $ 236 mil millones en un déficit de $ 458 en 2008. Mientras tanto, la tasa de fondos federales cayó del 6,5% a fines de 2000 al 1% o menos por casi un año durante 2003-04, lo que ayudó a encender un auge especulativo. Dos razones para las bajas tasas de interés: el empleo se recuperó más lentamente de lo esperado de la recesión de 2001 y el temor a una «década perdida» al estilo japonés. (Una visión menos caritativa: Greenspan intentaba aumentar las posibilidades de reelección de Bush en 2004). Independientemente de la razón, se produjo una especulación inmobiliaria, suavizada por la titularización (aumentó el dinero disponible para hipotecas), estímulo del gobierno para que Fannie y Freddie aumentar los préstamos al mercado subprime (aumentó del 3% en 2000 al 22% de emisiones nuevas para 2006), agencias de calificación crediticia que o bien «vendieron su alma al diablo para obtener ingresos, fueron incompetentes, o ambas cosas», swap de impago crediticio ‘seguro’ respaldado por aire ligero, prestatarios codiciosos y la ausencia de una regulación efectiva.

Construir imperios es una de las preocupaciones más antiguas de la humanidad. No es de sorprender, si tenemos en cuenta que gobernar un imperio proporciona múltiples ventajas. En primer lugar, en un imperio gobiernas más territorio y personas que de otro modo; esto puede proporcionarte una ventaja militar sobre tus rivales. Durante los siglos XIII y XIV, Gengis Kan, hijo de un jefe tribal mongol, y sus sucesores conquistaron tierras que se extendían desde Europa hasta el Pacífico, llegando a gobernar un imperio que, en su apogeo, contaba con una población de más de cien millones de personas. En segundo lugar, tu influencia puede persistir largo tiempo después de que tu imperio haya desaparecido, otorgándote una especie de inmortalidad. No existe un mejor ejemplo que el Imperio romano.
Uno de los ejemplos más brutales de explotación colonial lo encontramos en el rey belga Leopoldo II, que gobernó sobre el Estado Libre del Congo entre 1885 y 1908. Durante su mandato, millones de personas fueron asesinadas y mutiladas en la búsqueda de caucho, cobre y otros recursos materiales.
Consideremos el caso de Norteamérica. Para las cuatro potencias europeas que realizaron esfuerzos para colonizarla (Reino Unido, Francia, España y Países Bajos), debió de parecer un premio enorme. Su extensión era quince veces el tamaño de estos cuatro países juntos y casi noventa veces el de Reino Unido. Los recursos naturales que encontraron los europeos eran también asombrosos. Cuando llegaron, había unos 390 millones de hectáreas de bosques que proporcionaban una gran abundancia de madera con la que amueblar hogares y mantenerlos cálidos, y con la que cocinar. La tierra y el clima eran adecuados para el cultivo de un buen número de cosechas, incluidos el tabaco y diversos cereales. Los ríos y canales costeros bullían de peces, y los bosques y valles estaban bien abastecidos de animales que podían proveer de carne y pieles. El legado mineral era igualmente bueno, aunque su verdadero alcance era aún desconocido en tiempos coloniales. Al estallar la primera guerra mundial, Estados Unidos era el principal productor de prácticamente todos los principales minerales industriales de la época.
El mercantilismo fue la ideología económica preponderante durante los siglos XVII y XVIII. Uno de los pilares centrales de esta doctrina consistía en que la riqueza y el bienestar de una nación estaban directamente relacionados con sus reservas de oro y plata. Por tanto, las políticas gubernamentales estaban dirigidas a fomentar un superávit en la balanza de pagos, esto es, a un exceso de las exportaciones sobre las importaciones. Debido a que los pagos internacionales se realizaban en oro y plata, un superávit en el comercio generaba una afluencia de metales preciosos. Por ello, la política comercial a menudo consistía en aranceles altos (por ejemplo, impuestos sobre las importaciones), que podían superar, a veces por una cantidad considerable, el coste del artículo importado, convirtiéndolo en poco atractivo para los consumidores potenciales.
Además, los Gobiernos imperiales requerían que muchas de las actividades relacionadas con el comercio, como el transporte, la financiación o los seguros, fuesen llevadas a cabo por agentes de la madre patria. Uno de los métodos más habituales para explotar completamente el comercio colonial consistía en establecer compañías con monopolios sobre todo el comercio entre la madre patria y colonias y regiones particulares.
Las Actas de Navegación incluían diferentes tipos de regulaciones; algunas iban en detrimento de los colonizadores, otras en su beneficio, y unas pocas más tenían efectos ambiguos. Las Actas ordenaban que los propietarios y las tres cuartas partes de la tripulación de los navíos en los que se enviasen mercaderías coloniales fuesen ingleses, excluyendo así a las embarcaciones holandesas, y extranjeras en general, del comercio colonial. Los irlandeses y los americanos eran considerados ingleses a efectos de esta ley; no obstante, antes del Acta de Unión de 1707, Escocia recibió trato de país extranjero. Las tentativas escocesas de contraataque no resultaron efectivas, ya que no poseían ningún imperio colonial.
La filosofía de la política imperial británica consistía en que las colonias debían proveer a la madre patria con materias primas a un precio razonable y a su vez comprarle productos acabados, fortaleciendo la manufactura en Inglaterra y retrasándola en las colonias.
El Imperio británico fue el imperio más grande jamás conocido: en su apogeo, llegó a cubrir aproximadamente un cuarto de la superficie de la tierra y gobernó a una proporción equivalente de su población. Las primeras avanzadillas coloniales se produjeron en el Caribe y en Norteamérica, y fue también el hemisferio occidental el escenario de la primera salida importante del imperio. Estados Unidos declaró su independencia en 1776; en 1781 ganó la última gran batalla de la guerra de Independencia cuando los británicos se rindieron en Yorktown. La independencia de Estados Unidos fue formalmente reconocida por los británicos con el Tratado de París de 1783.
La pérdida de las colonias americanas no constituye el final del Imperio británico, aunque sí señala el inicio de una nueva fase, en la que las colonias africanas y asiáticas se convierten en el componente más importante. Antes de la segunda guerra mundial, realmente podía decirse que el sol no se ponía en el Imperio británico; después de la contienda, los éxodos del imperio se convirtieron en una suerte de estampida. Los británicos abandonaron la India/Pakistán y el mandato en Palestina en los años cuarenta del siglo XX.
Las Actas de Navegación fueron un fracaso político colosal. Promulgadas en la creencia de que enriquecerían al Reino Unido a expensas de sus colonias, le devolvieron relativamente poco. Para colmo de males, enfurecieron a segmentos clave de la población americana. Aunque durante el siglo XVII con frecuencia se hicieron apaños con las Actas de Navegación, nunca se pensó seriamente en revocarlas. En parte, quizás fue así debido a que la derogación podría haberse visto como un signo de debilidad que habría puesto en peligro otras políticas coloniales. Más aún, las Actas se mantuvieron porque la ideología del mercantilismo estaba tan arraigada en el pensamiento económico del momento que, para los políticos, era más fácil aceptar el negocio tal como era que sucumbir ante los razonamientos de antimercantilistas como David Hume. El compromiso del Reino Unido con una ideología pasada de moda le costó muy caro.

Los bancos centrales se fundaban normalmente por una o más de estas tres razones: para prestar dinero al Gobierno, para establecer un orden monetario coherente o para promover la creación de crédito. El Banco de Inglaterra, como mencionamos con anterioridad, fue fundado en primera instancia como mecanismo para recaudar dinero para el Gobierno. De manera similar, Napoleón, que recelaba de los bancos, fundó el Banco de Francia para generar ingresos para el Estado. Incluso los bancos centrales que no fueron fundados expresamente por motivos fiscales podían otorgar al Gobierno beneficios financieros. El Banco de Suecia, por ejemplo, fue obligado a repartir sus beneficios con la corona y con la ciudad de Estocolmo.
Varios bancos centrales nacieron para solventar situaciones monetarias caóticas, frecuentemente dotando a la nueva institución del monopolio de la emisión de papel moneda. El Banco de Finlandia fue creado en 1812, justo tres años después de que Finlandia fuese cedida por los suecos a Rusia, para retirar todo el dinero sueco en circulación y remplazarlo por moneda rusa.
El Banco de Estados Unidos, al que hoy los historiadores se refieren como el «Primer Banco de Estados Unidos» por razones que pronto se esclarecerán, se fundó por una legislación promulgada en 1791. En aquel entonces, en Estados Unidos, los bancos no representaban una verdadera novedad: hacia finales de 1791 las asambleas legislativas de cinco estados habían concedido estatutos bancarios, y en 1811 había más de cien bancos autorizados por el Gobierno. Sin embargo, el caso del Banco de Estados Unidos era especial, ya que era el único banco que estaba autorizado por el Gobierno federal y, por tanto, era también el único que podía abrir sucursales en cualquier lugar del país. La autorización le otorgaba asimismo una relación especial con el Gobierno federal.
El Banco de Estados Unidos fue una creación del secretario del Tesoro, Alexander Hamilton. En la temprana fecha de 1779, Hamilton sugirió la formación de un banco gubernamental para el financiero Robert Morris, quien pronto asumiría el recién creado puesto de superintendente de Finanzas.
El Banco de Estados Unidos tenía su sede en Filadelfia. Casi inmediatamente, se fundaron sucursales en Nueva York, Boston, Baltimore y Charleston. En 1804, se sumaron nuevas sucursales en Norfolk, Savannah, Nueva Orleans y Washington, D.C. Aunque estas sucursales no tuviesen relación oficial con los bancos locales autorizados, ejercieron una especie de supervisión indirecta.
Una de las diferencias cruciales entre el Banco de Estados Unidos y el Banco de Inglaterra y el Banco de Suecia estribaba en que el acta constitutiva del primero estaba limitada a veinte años: sin una renovación explícita, dicha escritura expiraría en marzo de 1811. En contraste, la escritura del Banco de Suecia no estaba sujeta a límites temporales y en teoría podía continuar de manera indefinida, y el Banco de Inglaterra estaba autorizado para continuar por un período mínimo de entre 11 y 33 años dependiendo de la legislación relativa a la renovación del permiso.
La desaparición del Primer Banco de Estados Unidos marcó el inicio de un período de expansión del sistema bancario aún más rápido, pero no tan sólidamente arraigado. Entre 1811 y 1816 el número de bancos autorizados por estados se dobló con creces. Entonces, sin la restrictiva influencia del Banco de Estados Unidos, el valor del papel moneda en circulación aumentó casi el 250 por ciento. Combinada con las presiones fiscales fruto de la guerra de 1812 con Reino Unido, esta excesiva expansión monetaria volvió al sistema financiero y al crédito público vulnerables a la crisis. Cuando los británicos asaltaron Washington y amenazaron Baltimore en agosto de 1814, se produjo un pánico bancario generalizado. Albert Gallatin, secretario del Tesoro entre 1801 y 1814, culpó al fracaso del acta constitutiva del Banco de Estados Unidos de esta excesiva expansión y de la crisis posterior.
El Banco de Estados Unidos podría haber sido el pionero en este campo, y haber evitado un siglo XIX americano tan proclive a las crisis bancarias.
Dado su potencial para promover la estabilidad financiera, la decisión de no renovar la autorización del Banco de Estados Unidos (no una vez, sino dos) fue un grave error de política pública. El fracaso tuvo dos causas principales. En primer lugar, se debió en parte a la división en sectores firmemente implantada en el país. El banco fue respaldado por aquellos que pensaban que beneficiaría sus intereses económicos y combatido por aquellos que creían que sería perjudicial para los suyos. En segundo lugar, la ideología fue un elemento crucial en el fracaso de la renovación del banco. Jefferson y Madison, que se habían opuesto al banco por ideología, acabaron siendo partidarios suyos a causa de sus beneficios prácticos. La oposición ideológica de Jackson no pudo superarse y, por ese motivo, la banca estadounidense fue condenada a sufrir una crisis tras otra durante los siguientes tres cuartos de siglo.

La Gran Hambruna irlandesa fue uno de los mayores desastres mundiales del siglo XIX. Dejó tras de sí alrededor de un millón de personas muertas (casi el 12 por ciento de la población de Irlanda) y provocó la emigración de un número aún mayor. La Gran Hambruna, An Gorta Mór en gaélico, permanece viva en la tradición oral irlandesa, así como en la literatura académica y popular, con títulos tan evocadores como El lamento de Paddy, Esta gran desgracia o Por qué Irlanda pasó hambre. Su recuerdo llegó también al ámbito de la política. En los años noventa del siglo XX, la presidenta de Irlanda, Mary Robinson, invocó la experiencia irlandesa para rogar por una mayor atención a las víctimas modernas del hambre, argumentando que «el pasado dotó a Irlanda de un punto de vista moral y de una compasión históricamente fundada sobre algunos de los hechos que suceden hoy en día».
La hambruna tuvo en Irlanda un efecto de muy larga duración. En sus vísperas, la población de Irlanda era ligeramente inferior a los 8,5 millones de personas; cuando acabó, por culpa de la muerte y la emigración, se había reducido a menos de 6,5 millones. Y continuó disminuyendo durante todo un siglo. Justo antes de la primera guerra mundial, era de unos 4,25 millones, cantidad más o menos equivalente a la de su población actual. Y a principios de la década de los sesenta alcanzó un mínimo de 2,8 millones. Incluso hoy, la población de Irlanda alcanza solamente las tres cuartas partes del nivel previo a la hambruna.
En Irlanda, la patata floreció como cultivo debido a su clima y tierra favorables.87 No se sabe exactamente el motivo por el cual se convirtió en un cultivo tan importante y si su popularidad fue causa o consecuencia del rápido crecimiento de la población previo a la hambruna. Lo que está claro es que las comidas irlandesas a base de patata y leche de manteca proporcionaban las suficientes calorías y minerales así como la mayor parte de las vitaminas necesarias para una población saludable. En la Irlanda anterior a la hambruna, la incidencia de escorbuto, pelagra y otras enfermedades relacionadas, con las deficiencias vitamínicas comunes en los países desarrollados, durante el siglo XIX y principios del XX, era baja. Evaluando la dieta irlandesa anterior a la hambruna, los investigadores modernos han concluido que era «excelente, no solo al compararla con la “ingesta diaria recomendada por los nutricionistas”, sino también al compararla con la realidad histórica del siglo XIX».
Resulta difícil determinar con precisión cuándo acabó la hambruna. Varias autoridades sitúan la fecha en 1847, 1849, 1850 y 1852.107 En el verano de 1849 los comedores estaban atestados, con un cuarto de millón de internos; más de 750.000 de personas recibieron ayuda fuera de los comedores bajo la «Poor Law».
La Gran Hambruna irlandesa no fue, lamentablemente, la última gran hambruna del planeta. Durante los años transcurridos desde su final, diversas hambrunas han sacudido China, la Unión Soviética, África (la más reciente en Somalia), el subcontinente indio y otros países. Todos estos países ya eran pobres antes de padecer hambrunas. A menudo estaban en guerra. Y, generalmente, no tenían instituciones sociales y gubernamentales modernas. En contraste, la Irlanda de mediados del siglo XIX, si no era rica, tampoco era pobre bajo ningún concepto. Estaba en paz, poseía unas instituciones sociales y gubernamentales de alto nivel, y estaba unida políticamente con la mayor potencia militar y económica del momento. ¿Por qué permitieron los políticos que sucediese esta tragedia?. El compromiso con el mercado libre y sin restricciones hizo imposible afrontar de manera efectiva la grave emergencia irlandesa. El principal culpable fue la administración whig de lord John Russell, que se resistió a la importación de cereales por temor a interferir en el funcionamiento de los mecanismos del mercado. La ciega devoción de Russell por su ideología tuvo, frente al sufrimiento generalizado, consecuencias trágicas.

Para un mundo que aún se estaba recuperando de los estragos de la guerra, la idea del patrón oro resultaba atractiva. Para los británicos, además, este atractivo resultaba irresistible, ya que evocaba una era de dominio político, militar y económico. Pero la idea del patrón oro resultaba más atractiva que la realidad del período de entreguerras: los tipos de cambio estaban desalineados, las reservas de oro resultaban inadecuadas y estaban mal distribuidas, y las alternativas igualmente poco atractivas de abandonar el patrón oro o de mantenerlo a costa de la prosperidad económica doméstica hicieron que los dirigentes de los bancos centrales tuvieran que enfrentarse a un dilema.
Existen pocos estudiosos que afirmen que el patrón oro «provocó» la Gran Depresión. Sostienen que este desempeñó un papel determinante a la hora de propagar sus efectos a nivel internacional, amplificándolos y provocando que fuese más difícil para los políticos encontrar la manera de superarla. Los países que abandonaron antes el patrón oro resultaron más competitivos en los mercados de exportación.
Reino Unido no fue el primer país en regresar al patrón oro después de la primera guerra mundial. No obstante, debido a su papel crucial en el patrón oro antes de la contienda, su retorno fue interpretado como una señal por muchos países para su restablecimiento. El retorno generalizado al patrón oro tuvo un importante papel en la propagación e intensificación de la Gran Depresión, y evitó que los políticos tomasen medidas para contrarrestar la crisis.
La decisión de Reino Unido de volver al patrón oro se tomó, en gran medida, por motivos ideológicos. Reino Unido había funcionado bajo ese patrón durante más tiempo que ningún otro país, de manera que el retorno no fue visto como un experimento, sino como una vuelta a la normalidad. Además, el patrón oro había sido sinónimo del dominio financiero, económico y militar de Reino Unido durante el siglo XIX; su restablecimiento significaba la promesa de volver a esos gloriosos tiempos. Por si fuera poco, la vuelta al patrón oro tenía el apoyo de la poderosa comunidad financiera de Londres.
Es posible que, aunque los políticos hubiesen estado convencidos de que el regreso al patrón oro era una mala idea, su atractivo ideológico lo hubiese convertido en inevitable. Esta realidad no escapó a Norman quien, después de que el patrón oro fracasase, escribió en una carta a otro banquero central: «Sí, también he cometido errores. Ahora se me acusa de haber vuelto al patrón oro. Probablemente fue un error. Y aún en aquellas circunstancias volvería a hacer lo mismo. Es sencillo verlo en perspectiva. Aunque gran parte de lo que sucedió mientras tanto no era necesario, pero dependía de la política. Podría haber sido diferente».
Podría haber sido diferente. Sin embargo, debido al compromiso ideológico y emocional de Reino Unido con el patrón oro, no lo fue.

¿Han aprendido los legisladores del error de la Ley Smoot-Hawley y de legislaciones comerciales igualmente restrictivas del período de entreguerras? Sí, lo han hecho. Las lecciones se aprendieron rápidamente y, lo más importante, no se han olvidado.
Con la elección de Franklin Delano Roosevelt y un Congreso Democrático en 1932, la Ley Smoot-Hawley tenía los días contados. La Ley de Acuerdos Recíprocos de Comercio de 1934 (Reciprocal Trade Agreements Act o RTAA) dio al presidente la autoridad unilateral para negociar tratados comerciales y ofrecer concesiones recíprocas de hasta un 50 por ciento de descuento sobre el precio de los aranceles mediante tratados bilaterales. La RTAA fue renovada en 1937 y 1940. En 1939 Estados Unidos ya había firmado veinte tratados de «nación más favorecida» con países que representaban un 60 por ciento de su comercio. Pero el deseo de implantar un sistema comercial más abierto no era solo un fenómeno norteamericano. Desde el final de la segunda guerra mundial, la reducción de aranceles ha sido un objetivo muy perseguido de manera multilateral.
La Ley de Aranceles Smoot-Hawley fue un craso error político, cometido en buena parte por motivos ideológicos. Los aranceles altos fueron una parte central del credo político del Partido Republicano —y han sido una práctica republicana habitual— durante décadas. Por lo tanto, la aprobación de la Ley Smoot-Hawley nos ofrece un buen ejemplo de un partido político que aplica su receta «verdadera y demostrada», guiándose más por sus instintos que en un análisis minucioso. Por supuesto había otros motivos, incluido el deseo de redistribuir el bienestar económico hacia el sector agrícola y otros, además de las ganas de desviar parte de los costes del declive económico hacia los productores extranjeros. No obstante, lo que estaba en la base de este resbalón legislativo era el compromiso con una ideología anticuada.

La crisis financiera asiática, que había eclosionado durante el verano de 1997 en Tailandia, Malasia e Indonesia, alcanzó Japón en noviembre, cuando los valores de Sanyo Securities, el Hokkaido Takushoku Bank, Yamaichi Securities y el Tokyo City Bank se desplomaron. La crisis asiática puso el foco de atención sobre la precaria situación de los bancos japoneses, que se reflejó en el surgimiento de la «prima de Japón», un tipo de interés más alto que se cobraba a los bancos japoneses, respecto al de sus homólogos europeos y estadounidenses, debido al mayor riesgo percibido de quiebra.
En marzo de 1998 la Dieta promulgó la Ley de Estabilización de la Actividad Financiera, que autorizaba al Banco de Japón y a la Corporación Aseguradora de Depósitos a proporcionar hasta 30 billones de yenes (aproximadamente el 6,25 del PIB) para proteger a los depositantes (17 billones de yenes) e inyectar capital en los bancos «descapitalizados pero presuntamente sanos» (13 billones de yenes). A pesar de que se autorizó un gasto mucho mayor, solo se proporcionaron 1,8 billones de yenes. El plan inyectó la misma cantidad de capital en cada banco, una cantidad basada en la petición del banco más fuerte. Esta pequeña cantidad de capital resultó inadecuada y, un año después, la Ley de Recapitalización Rápida proporcionó una inyección de 8,6 billones de yenes en capital. Aunque estas medidas no fuesen las adecuadas para solucionar la escasez de capital a largo plazo de los bancos japoneses (según los cálculos, sus pérdidas acumuladas causadas por los préstamos incobrables entre 1992 y 2006 alcanzaban los 96 billones de yenes, o aproximadamente, el 19 por ciento del PIB), fueron vistas como una tentativa algo más seria de calmar el mercado y eliminar la prima japonesa.
Las consecuencias de la crisis han sido duraderas. Los años noventa fueron bautizados como la «década perdida» de Japón, y los problemas bancarios y el lento rendimiento económico continuaron durante la siguiente década. El Ministerio de Finanzas fue considerado el principal culpable de la crisis y fue castigado despojándolo de varios de sus poderes. En 2001, el que había sido conocido como el todopoderoso Okurasho, el «gran ministerio almacén», pasó a llamarse Zaimusho. Aunque el nuevo nombre también se traduzca como Ministerio de Finanzas, acarrea la más prosaica connotación de «gestor de la política fiscal» (impuestos y gastos) a la que desde entonces ha sido relegado. El Ministerio de Finanzas sufrió algo más que un cambio de nombre. El Banco de Japón, que había estado muy influido por el ministerio, fue reformado a finales de la década de los noventa, pasando a ser más independiente del ministerio, aunque fue criticado por no tomar medidas más enérgicas para combatir la deflación tanto antes como después de la reforma. En 1998 comenzaron una serie de cambios organizativos que, gradualmente, arrebataron al Ministerio de Finanzas el papel de supervisor bancario así como también de supervisor de la industria de valores y de seguros. La autoridad supervisora fue primero trasladada a la oficina del primer ministro, y en 2001, a un nuevo gabinete, el Ministerio para los Servicios Financieros, bajo el cual opera la Agencia de Servicios Financieros.
La crisis financiera japonesa puede atribuirse a varios factores. Entre los más importantes se encuentra la liberalización a destiempo que contribuyó a una burbuja de activos gigantesca. Cuando la burbuja estalló, sufrieron tanto los sectores financieros como los no financieros de la economía. Sin embargo, la crisis financiera japonesa no fue única. Suecia, Noruega y Finlandia padecieron crisis financieras severas entre 1987 y 1994, todas ellas derivadas en gran medida de la liberalización inoportuna de un sistema financiero estrechamente controlado. Debido a la rápida y decisiva acción de sus Gobiernos, que admitieron públicamente los problemas e instauraron planes de resolución, los países nórdicos no solo resolvieron sus crisis mucho antes que Japón, sino que pasaron muchos menos apuros económicos. La diferencia crucial entre Japón y los países nórdicos estuvo en el compromiso de Japón en mantener el statu quo (tanto del sistema bancario como de sus reguladores) en lugar de velar por la salud de la economía. Resulta inconcebible que Japón pudiese haber escapado de la década de los noventa sin padecer una crisis financiera severa. No obstante, si las autoridades hubiesen estirado de la cuerda andon, las consecuencias de la crisis no habrían sido tan graves.

El grueso de la culpa de la crisis debe atribuirse a la política fiscal de la Administración Bush y a la política monetaria del presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan. ¿Por qué? Es bastante sencillo: miedo y codicia. El boom económico y especulativo propiciado por las políticas monetarias de principios del siglo XXI potenció los beneficios de la codicia (esto es, el incentivo de tomar riesgos adicionales) a niveles extraordinarios. Por muy aterradora que hubiese podido resultar la regulación y la supervisión (y que finalmente no lo fue), su efecto habría sido anulado por los peligrosamente altos niveles de codicia.

-La enorme influencia de los intereses privados. Aunque, normalmente, los políticos adopten las políticas económicas recién promulgadas con proclamas de que lo están siendo en beneficio del bien común, estas políticas acostumbran a reflejar intereses, e influencias, de diferentes sectores de la sociedad. Así, aunque la decisión británica de volver al patrón oro fue, en gran parte, una respuesta a un sentimiento nacional, también estuvo respaldada por la poderosa industria financiera londinense, que recibió de la política un impulso en su prestigio internacional.
-Los errores políticos giran alrededor de trasladar costes a los extranjeros. Si la motivación descrita en el párrafo anterior puede describirse de manera precisa como «intereses privados», este tipo de esfuerzo económico de desplazamiento de costes podría definirse como «intereses nacionales». El atractivo político de estas medidas en el seno de un país resulta evidente. Las reparaciones impuestas a Alemania tras la primera guerra mundial y la insistencia de que las deudas entre las naciones del bando aliado se saldasen completamente ofrecen un buen ejemplo de esto. Las propias reparaciones representaron una tentativa de mantener a Alemania militar y económicamente débil, fortaleciendo en consecuencia a las naciones del bando aliado, especialmente a Francia.
-se agravaron por un retraso excesivo tanto en la aplicación de una política beneficiosa como en la revocación de un error político. Los extraordinarios esfuerzos realizados por el Ministerio de Finanzas japonés para ocultar la gravedad de los problemas bancarios del país a finales de la década de los noventa, así como para posponer el día del Juicio Final, incrementaron sustancialmente el coste final (por no mencionar el coste económico) de la resolución de tal debacle. El patrón oro durante el período de entreguerras representa otro buen ejemplo. Los países que abandonaron el patrón oro a principios de la década de los treinta, incluido Reino Unido, corrieron mejor suerte durante la Gran Depresión que los que no lo hicieron. En la introducción he argumentado que, aunque los fracasos políticos resulten deprimentes, podemos aprender valiosas lecciones.
-se agravaron por un retraso excesivo tanto en la aplicación de una política beneficiosa como en la revocación de un error político. Los extraordinarios esfuerzos realizados por el Ministerio de Finanzas japonés para ocultar la gravedad de los problemas bancarios del país a finales de la década de los noventa, así como para posponer el día del Juicio Final, incrementaron sustancialmente el coste final (por no mencionar el coste económico) de la resolución de tal debacle. El patrón oro durante el período de entreguerras representa otro buen ejemplo. Los países que abandonaron el patrón oro a principios de la década de los treinta, incluido Reino Unido, corrieron mejor suerte durante la Gran Depresión que los que no lo hicieron. En la introducción he argumentado que, aunque los fracasos políticos resulten deprimentes, podemos aprender valiosas lecciones.
-La política basada en la ideología también puede aplicarse porque aquellos con influencia en el proceso se acogen rápidamente a un punto de vista determinado, tanto por convicción como por motivos electorales, aunque un análisis serio no lo respalde. Para estos ideólogos, el único remedio consiste en un análisis económico frío y serio. Esto no significa que todas las creencias que fundamentan la economía deban ponerse en duda a diario.
-Los responsables políticos deben estar dispuestos a reconsiderar las creencias populares fuertemente arraigadas y preparados para trabajar fuera de su zona de confort ideológico. Pero ¿cómo? Después de todo, en economía, como en muchas otras disciplinas, pueden pasar muchos años antes de que surjan nuevas ideas y ganen aceptación. ¿Cómo pueden saber los políticos si las ideas económicas están caducadas? ¿O cómo pueden averiguar si las circunstancias han convertido una ideología económica, antaño sólida, en obsoleta? En resumen, ¿cómo puede saber la clase política —y los ciudadanos que deben juzgarla— si una propuesta o un cambio político pueden representar una nueva y audaz iniciativa o un temerario salto hacia el abismo?
La respuesta corta es que no pueden «saberlo». Sin embargo, la economía tiene una serie de herramientas de análisis que pueden servir de orientación.

Es vital que se reconozcan y se reviertan las malas políticas tan pronto como sea posible. Esta receta también tiene sus inconvenientes, ya que aquellos que se muestran a favor de una nueva política, o de la cancelación de una antigua, acostumbran a argumentar que el cielo se derrumbará si su receta no es aceptada de inmediato. Estas presiones aumentan en tiempos de crisis, cuando las predicciones calamitosas y el alarmismo pueden trabajar para destruir cualquier debate razonado.
La política económica debe ser sometida a un riguroso análisis. Esto puede, en ocasiones, revertir la postura adoptada con anterioridad y poner a los políticos en la incómoda situación de tener que «darle la vuelta» al problema.

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A delightful book. I highly recommend this book, both because it is a fun read and because it will make you a more enlightened citizen.
Rather than a dry tome on economics, the book is more like nine fascinating short stories, carrying the reader through one adventure after another, the adventure always being an economic disaster. One might expect that such a book would be a real downer, but that is not so. Somehow, we always recover and live happily ever after — at least, until the next disaster. In some sense, it is like a whodunit. The crime is solved in the end, and that solution is the delight.
Today, we see a great ideological economic divide across the nation. In fact, that is may be our major problem. Richard Grossman, a leading economic historian, shows what can happen if outmoded or wrong-headed ideologies are followed rather than the use of careful economic analysis. He has chosen nine economic policy mistakes more, spaced over the last two hundred and fifty years, three before World War I, three after World War II and three in between, as illustrations.
The presentation is geared so that non-economists are given enough background as the need arises to understand the issues. The economics is so smoothly woven into the fabric of the book that one hardly notices. So you don’t have to be an economist to enjoy the book.
And enjoy it you will. This is very well written, neither belaboring economic points, nor talking down to the reader.
Keep in mind that the author makes no claims that these are the only or even the biggest mistakes over this period of time. The Great Depression is not one of his nine, presumably because we’ve already heard so much about it. Yet they aren’t trivial: there is insight as to why England lost its American colonies, why President Jackson so opposed the Bank of the United States, why German reparations at the end of World War I was such a bad idea. And for our current situation, he has chosen the subprime meltdown and the role of the Euro in the current crisis in Europe — two topics that are of great current interest.

Grossman explicitly opposes economic ideology, and anything that resembles it. He contends that the economic boom preceding the subprime crisis was fueled by wrongheaded ideologically-driven fiscal and monetary policy – three tax cuts during the first three years of Bush II, increased spending on wars in Afghanistan and Iraq, and expansionary monetary policy. Similarly, the European sovereign debt crisis resulted from the poorly conceived policy choice of adopting a single currency.
Reasons we become overly-devoted to economic ideologies – its easier than thinking, outsized (often harmful) influence of ‘private’ interests, nationalistic interests (eg. tariffs), and pride that impedes admitting that a wrong policy was adopted.
‘Wrong’ is built around nine interesting economic errors, starting with how British policy vs. the Colonies drove them to independence, and including the great Irish potato famine (in the 1840s, the average adult male in Ireland ate 5 lbs./day of potatoes), how crushing reparations imposed on Germany post-WWI led to a repeat, the subprime meltdown (previously referenced; also blames lack of effective regulation), and the Euro-crisis.
All made good sense – except one. I’m really having a difficult time accepting his logic that Smoot-Hawley tariffs were a disaster given that at the time, total trade was a miniscule component of U.S. GDP,, Smoot-Hawley was passed 8 months after the 10/29 stock market crash, and they weren’t a big increase from tariffs already in place. Worse yet, how in the world does ideological support for increasing U.S. trade make economic sense for an economy that has accumulated an $8 trillion trade DEFICIT since the Reagan years? The fact that a survey of 210 economists published in 2006 reported 87.5% supporting the elimination of remaining U.S. tariffs and other trade barriers makes me suspect they all have at least a few blind spots.
As for the ‘Great Recession,’ Grossman admits that it is impossible to precisely identify when the run-up began. It is, however, easy to document events that acerbated the situation – the three Bush tax cuts and military spending that more than doubled from $290 billion/year to 4595. Together, they turned the $236 billion 2000 surplus into a $458 deficit by 2008. Meanwhile, the federal funds rate fell from 6.5% at the end of 2000 to at or below 1% for nearly a year during 2003-04, helping ignite a speculative boom. Two reasons for the low interest rates – employment recovered more slowly than expected from the 2001 recession, and fear of a Japanese-style ‘lost decade.’ (A less charitable view – Greenspan was attempting to increase re-election prospects for Bush in 2004.) Regardless of the reason, real estate speculation ensued, eased by securitization (increased the money available for mortgages), government encouragement for Fannie and Freddie to increase lending to the subprime market (rose from 3% in 2000 to 22% of new issues by 2006), credit-rating agencies that either ‘sold their soul to the devil for revenue, went incompetent, or both), credit-default swap ‘insurance’ backed by thin air, greedy borrowers, and the absence of effective regulation.

Building empires is one of humanity’s oldest concerns. It is not surprising, if we bear in mind that governing an empire provides multiple advantages. First, in an empire you rule more territory and people than otherwise; This can give you a military advantage over your rivals. During the thirteenth and fourteenth centuries, Genghis Khan, the son of a Mongol tribal chief, and his successors conquered lands that stretched from Europe to the Pacific, coming to rule an empire that, at its height, had a population of over one hundred. millions of people. Second, your influence may persist long after your empire has disappeared, granting you a kind of immortality. There is no better example than the Roman Empire.
One of the most brutal examples of colonial exploitation is found in the Belgian King Leopold II, who ruled over the Free State of the Congo between 1885 and 1908. During his tenure, millions of people were murdered and mutilated in the search for rubber, copper and other material resources.
Consider the case of North America. For the four European powers that made efforts to colonize it (United Kingdom, France, Spain and the Netherlands), it must have seemed like a huge prize. Its size was fifteen times the size of these four countries together and almost ninety times that of the United Kingdom. The natural resources that the Europeans found were also amazing. When they arrived, there were about 390 million hectares of forests that provided a great abundance of wood with which to furnish homes and keep them warm, and with which to cook. Land and climate were suitable for the cultivation of a good number of crops, including tobacco and various cereals. The rivers and coastal channels bustled with fish, and the forests and valleys were well supplied with animals that could provide meat and skins. The mineral legacy was equally good, although its true scope was still unknown in colonial times. At the outbreak of the First World War, the United States was the main producer of virtually all the major industrial minerals of the time.
Mercantilism was the preponderant economic ideology during the seventeenth and eighteenth centuries. One of the central pillars of this doctrine was that the wealth and welfare of a nation were directly related to its reserves of gold and silver. Therefore, government policies were aimed at fostering a surplus in the balance of payments, that is, an excess of exports over imports. Because international payments were made in gold and silver, a surplus in trade generated an influx of precious metals. Thus, trade policy often consisted of high tariffs (for example, taxes on imports), which could exceed, sometimes by a considerable amount, the cost of the imported article, making it unattractive to potential consumers.
In addition, the imperial governments required that many of the activities related to trade, such as transportation, financing or insurance, be carried out by agents of the mother country. One of the most common methods for fully exploiting colonial trade was to establish companies with monopolies on all trade between the mother country and particular colonies and regions.
The Navigation Acts included different types of regulations; some were to the detriment of the colonizers, others to their advantage, and a few more had ambiguous effects. The Acts ordered that the owners and three quarters of the crew of the ships in which colonial goods were shipped were English, thus excluding Dutch vessels, and foreigners in general, from colonial commerce. The Irish and Americans were considered English for the purposes of this law; however, before the Union Act of 1707, Scotland was treated as a foreign country. The Scottish counterattack attempts were not effective, since they had no colonial empire.
The philosophy of British imperial policy was that the colonies should provide the mother country with raw materials at a reasonable price and in turn buy finished products, strengthening manufacturing in England and delaying it in the colonies.
The British Empire was the largest empire ever known: at its height, it covered about a quarter of the surface of the earth and ruled an equal proportion of its population. The first colonial outposts took place in the Caribbean and in North America, and it was also the Western Hemisphere the scene of the first important outing of the empire. The United States declared its independence in 1776; in 1781 he won the last great battle of the War of Independence when the British surrendered at Yorktown. The independence of the United States was formally recognized by the British with the Treaty of Paris of 1783.
The loss of the American colonies does not constitute the end of the British Empire, although it does signal the beginning of a new phase, in which the African and Asian colonies become the most important component. Before the Second World War, it could really be said that the sun was not put in the British Empire; after the contest, the exoduses of the empire became a kind of stampede. The British left India / Pakistan and the mandate in Palestine in the 1940s.
The Navigation Acts were a colossal political failure. Promulgated in the belief that they would enrich the United Kingdom at the expense of their colonies, they returned relatively little to it. To make matters worse, they enraged key segments of the American population. Although during the seventeenth century the agreements of navigation were often made, it was never seriously thought of revoking them. In part, perhaps it was because the derogation could have been seen as a sign of weakness that would have endangered other colonial policies. Moreover, the Acts were maintained because the ideology of mercantilism was so ingrained in the economic thinking of the moment that, for politicians, it was easier to accept the business as it was to succumb to the arguments of anti-mercantilists like David Hume. The United Kingdom’s commitment to an old-fashioned ideology cost him dearly.

Central banks were usually based on one or more of these three reasons: to lend money to the Government, to establish a coherent monetary order or to promote the creation of credit. The Bank of England, as we mentioned before, was founded in the first instance as a mechanism to raise money for the Government. Similarly, Napoleon, who was suspicious of banks, founded the Bank of France to generate revenue for the State. Even central banks that were not expressly founded for fiscal reasons could give the government financial benefits. The Bank of Sweden, for example, was forced to share its profits with the crown and with the city of Stockholm.
Several central banks were born to solve chaotic monetary situations, frequently endowing the new institution with the monopoly of the issuance of paper money. The Bank of Finland was created in 1812, just three years after Finland was ceded by the Swedes to Russia, to withdraw all the Swedish money in circulation and replace it with Russian currency.
The Bank of the United States, which today historians refer to as the «First Bank of the United States» for reasons that will soon be clarified, was founded on legislation enacted in 1791. At that time, in the United States, banks did not represent a true novelty: towards the end of 1791 the legislative assemblies of five states had granted banking bylaws, and in 1811 there were more than one hundred banks authorized by the Government. However, the case of the Bank of the United States was special, since it was the only bank that was authorized by the federal government and, therefore, was also the only one that could open branches anywhere in the country. The authorization also granted him a special relationship with the federal government.
The Bank of the United States was a creation of the Secretary of the Treasury, Alexander Hamilton. At the early date of 1779, Hamilton suggested the formation of a government bank for the financier Robert Morris, who would soon take over the newly created position of superintendent of finance.
The Bank of the United States was based in Philadelphia. Almost immediately, branches were established in New York, Boston, Baltimore and Charleston. In 1804, new branches were added in Norfolk, Savannah, New Orleans and Washington, D.C. Although these branches did not have an official relationship with the authorized local banks, they exercised a kind of indirect supervision.
One of the crucial differences between the Bank of the United States and the Bank of England and the Bank of Sweden was that the constitutive act of the former was limited to twenty years: without an explicit renewal, such writing would expire in March 1811. In contrast , the writing of the Bank of Sweden was not subject to time limits and theoretically could continue indefinitely, and the Bank of England was authorized to continue for a minimum period of between 11 and 33 years depending on the legislation relating to the renewal of the permission.
The demise of the First Bank of the United States marked the beginning of a period of expansion of the banking system even faster, but not as firmly entrenched. Between 1811 and 1816 the number of authorized banks per state more than doubled. Then, without the restrictive influence of the Bank of the United States, the value of paper money in circulation increased by almost 250 percent. Combined with the fiscal pressures resulting from the war of 1812 with the United Kingdom, this excessive monetary expansion made the financial system and public credit vulnerable to the crisis. When the British assaulted Washington and threatened Baltimore in August 1814, there was widespread panic. Albert Gallatin, secretary of the Treasury between 1801 and 1814, blamed the failure of the constituent act of the Bank of the United States of this excessive expansion and of the subsequent crisis.
The Bank of the United States could have been the pioneer in this field, and have avoided an American nineteenth century so prone to banking crises.
Given its potential to promote financial stability, the decision not to renew the authorization of the Bank of the United States (not once, but twice) was a serious public policy error. The failure had two main causes. In the first place, it was partly due to the division into sectors firmly implanted in the country. The bank was backed by those who thought it would benefit their economic interests and fought for those who believed it would be detrimental to theirs. Second, ideology was a crucial element in the failure of the bank’s renovation. Jefferson and Madison, who had opposed the bank by ideology, ended up being their supporters because of its practical benefits. Jackson’s ideological opposition could not be overcome and, for that reason, the US bank was condemned to suffer one crisis after another.

The Great Irish Famine was one of the greatest world disasters of the nineteenth century. It left behind about a million dead people (almost 12 percent of the population of Ireland) and caused the emigration of an even greater number. The Great Famine, An Gorta Mór in Gaelic, remains alive in Irish oral tradition, as well as in academic and popular literature, with titles as evocative as Paddy’s lament, This great misfortune or Why Ireland went hungry. His memory also came to the field of politics. In the 1990s, the president of Ireland, Mary Robinson, invoked the Irish experience to plead for greater attention to the modern victims of hunger, arguing that «the past endowed Ireland with a moral point of view and a compassion historically founded on some of the events that happen today ».
The famine in Ireland had a very long duration effect. On their eve, the population of Ireland was slightly less than 8.5 million people; when it ended, because of death and emigration, it had been reduced to less than 6.5 million. And it continued to decline for a whole century. Just before the First World War, it was about 4.25 million, more or less equivalent to its current population. And at the beginning of the sixties it reached a minimum of 2.8 million. Even today, the population of Ireland only reaches three quarters of the level prior to the famine.
In Ireland, the potato flourished as a crop because of its favorable climate and land.87 It is not known exactly why it became such an important crop and whether its popularity was a cause or a consequence of rapid population growth prior to the famine. What is clear is that Irish meals of potato and buttermilk provided sufficient calories and minerals as well as most of the vitamins needed for a healthy population. In pre-famine Ireland, the incidence of scurvy, pellagra and other related diseases, with vitamin deficiencies common in developed countries during the nineteenth and early twentieth centuries, was low. Assessing the Irish diet prior to famine, modern researchers have concluded that it was «excellent, not only when compared to the» daily intake recommended by nutritionists, «but also when compared to the historical reality of the 19th century.»
It is difficult to determine precisely when the famine ended. Several authorities place the date in 1847, 1849, 1850 and 1852.107 In the summer of 1849 the dining rooms were crowded, with a quarter of a million inmates; More than 750,000 people received help outside the soup kitchens under the «Poor Law».
The Great Irish Famine was not, unfortunately, the last great famine on the planet. During the years since its end, various famines have shaken China, the Soviet Union, Africa (most recently in Somalia), the Indian subcontinent and other countries. All these countries were already poor before suffering from famines. They were often at war. And, generally, they did not have modern social and governmental institutions. In contrast, Ireland in the mid-nineteenth century, if it was not rich, was not poor under any circumstances. He was at peace, had high-level social and governmental institutions, and was politically united with the greatest military and economic power of the moment. Why did the politicians allow this tragedy to happen? The commitment to the free and unrestricted market made it impossible to deal effectively with the serious Irish emergency. The main culprit was the Whig administration of Lord John Russell, who resisted the importation of cereals for fear of interfering with the functioning of market mechanisms. Russell’s blind devotion to his ideology had, in the face of widespread suffering, tragic consequences.

For a world that was still recovering from the ravages of war, the idea of ​​the gold standard was attractive. For the British, in addition, this attractiveness was irresistible, since it evoked an era of political, military and economic dominion. But the idea of ​​the gold standard was more attractive than the reality of the interwar period: exchange rates were misaligned, gold reserves were inadequate and poorly distributed, and equally unattractive alternatives to abandon the gold standard or to keep it The cost of domestic economic prosperity meant that the leaders of the central banks had to face a dilemma.
There are few scholars who claim that the gold standard «caused» the Great Depression. They argue that it played a decisive role in spreading its effects internationally, amplifying them and making it more difficult for politicians to find a way to overcome it. Countries that previously abandoned the gold standard proved more competitive in export markets.
The United Kingdom was not the first country to return to the gold standard after the First World War. However, due to its crucial role in the gold standard before the war, its return was interpreted as a signal by many countries for its restoration. The widespread return to the gold standard played an important role in the propagation and intensification of the Great Depression, and prevented politicians from taking measures to counteract the crisis.
The decision of the United Kingdom to return to the gold standard was taken, to a large extent, for ideological reasons. The United Kingdom had operated under this pattern for longer than any other country, so the return was not seen as an experiment, but as a return to normalcy. In addition, the gold standard had been synonymous with the financial, economic and military dominance of the United Kingdom during the 19th century; His restoration meant the promise to return to those glorious times. To make matters worse, the return to the gold standard had the support of the powerful financial community of London.
It is possible that, although politicians had been convinced that returning to the gold standard was a bad idea, their ideological appeal would have made it inevitable. This reality did not escape Norman who, after the gold standard failed, wrote in a letter to another central banker: «Yes, I have also made mistakes. Now I am accused of having returned to the gold standard. It was probably a
error. And even in those circumstances I would do the same again. It is easy to see it in perspective. Although much of what happened in the meantime was not necessary, but it depended on politics. It could have been different ».
It could have been different. However, due to the ideological and emotional commitment of the United Kingdom with the gold standard, it was not.

Have legislators learned of the Smoot-Hawley Law error and of equally restrictive trade legislation of the interwar period? Yes, they have. The lessons were learned quickly and, most importantly, they have not been forgotten.
With the election of Franklin Delano Roosevelt and a Democratic Congress in 1932, the Smoot-Hawley Act was numbered. The Reciprocal Trade Agreements Act (RTAA) of 1934 gave the president unilateral authority to negotiate trade agreements and offer reciprocal concessions of up to 50 percent discount on the price of tariffs through bilateral treaties. The RTAA was renewed in 1937 and 1940. By 1939 the United States had already signed twenty «most favored nation» treaties with countries that accounted for 60 percent of its trade. But the desire to implement a more open commercial system was not just an American phenomenon. Since the end of the Second World War, the reduction of tariffs has been a pursued objective in a multilateral manner.
The Smoot-Hawley Tariff Act was a gross political error, committed largely for ideological reasons. High tariffs were a central part of the Republican Party’s political creed – and have been a regular Republican practice – for decades. Therefore, the approval of the Smoot-Hawley Law offers us a good example of a political party that applies its «true and proven» recipe, guided more by its instincts than in a meticulous analysis. Of course there were other reasons, including the desire to redistribute economic welfare to the agricultural sector and others, in addition to the desire to divert part of the costs of economic decline to foreign producers. However, what was at the base of this legislative slip was the commitment to an antiquated ideology.

The Asian financial crisis, which had emerged during the summer of 1997 in Thailand, Malaysia and Indonesia, reached Japan in November, when the securities of Sanyo Securities, Hokkaido Takushoku Bank, Yamaichi Securities and Tokyo City Bank collapsed. The Asian crisis put the spotlight on the precarious situation of Japanese banks, which was reflected in the emergence of the «Japan premium», a higher interest rate charged to Japanese banks, compared to their counterparts. European and American, due to the higher perceived risk of bankruptcy.
In March 1998 the Diet enacted the Financial Activity Stabilization Act, which authorized the Bank of Japan and the Deposit Insurance Corporation to provide up to 30 trillion yen (approximately 6.25 of GDP) to protect depositors ( 17 trillion yen) and inject capital into banks «undercapitalized but presumably healthy» (13 trillion yen). Although much more spending was authorized, only 1.8 trillion yen was provided. The plan injected the same amount of capital into each bank, an amount based on the strongest bank request. This small amount of capital was inadequate and, a year later, the Rapid Recapitalization Law provided an injection of 8.6 trillion yen in capital. Although these measures were not adequate to solve the short-term capital shortage of Japanese banks (according to calculations, their accumulated losses caused by bad loans between 1992 and 2006 amounted to 96 trillion yen, or approximately 19 trillion yen). percent of GDP), were seen as a somewhat more serious attempt to calm the market and eliminate the Japanese premium.
The consequences of the crisis have been lasting. The 1990s were dubbed the «lost decade» of Japan, and banking problems and slow economic performance continued for the next decade. The Ministry of Finance was considered the main culprit of the crisis and was punished by stripping it of several of its powers. In 2001, the one who had been known as the almighty Okurasho, the «great warehouse ministry», was renamed Zaimusho. Although the new name is also translated as Ministry of Finance, it carries the most prosaic connotation of «fiscal policy manager» (taxes and expenses) to which it has since been relegated. The Ministry of Finance suffered more than a name change. The Bank of Japan, which had been heavily influenced by the ministry, was reformed at the end of the 1990s, becoming more independent from the ministry, although it was criticized for not taking more energetic measures to combat deflation both before and after of the reform. In 1998, a series of organizational changes began which, gradually, deprived the Ministry of Finance of the role of banking supervisor as well as supervisor of the securities and insurance industry. The supervisory authority was first transferred to the prime minister’s office, and in 2001, to a new cabinet, the Ministry for Financial Services, under which the Financial Services Agency operates.
The Japanese financial crisis can be attributed to several factors. Among the most important is the untimely liberalization that contributed to a gigantic asset bubble. When the bubble burst, both the financial and non-financial sectors of the economy suffered. However, the Japanese financial crisis was not unique. Sweden, Norway and Finland suffered severe financial crises between 1987 and 1994, all of which derived to a large extent from the untimely liberalization of a tightly controlled financial system. Due to the rapid and decisive action of their governments, which publicly admitted the problems and set up resolution plans, the Nordic countries not only solved their crises long before Japan, but also suffered much less economic hardship. The crucial difference between Japan and the Nordic countries was in Japan’s commitment to maintain the status quo (both of the banking system and its regulators) instead of ensuring the health of the economy. It is inconceivable that Japan could have escaped the nineties without suffering a severe financial crisis. However, if the authorities had stretched the andon rope, the consequences of the crisis would not have been so serious.

The bulk of the blame for the crisis must be attributed to the fiscal policy of the Bush Administration and to the monetary policy of Federal Reserve Chairman Alan Greenspan. Why? It’s quite simple: fear and greed. The economic and speculative boom fostered by the monetary policies of the early twenty-first century enhanced the benefits of greed (that is, the incentive to take additional risks) to extraordinary levels. As terrifying as regulation and supervision might have been (and which ultimately was not), its effect would have been nullified by the dangerously high levels of greed.

-The enormous influence of private interests. Although, normally, politicians adopt the recently promulgated economic policies with proclamations that they are being for the benefit of the common good, these policies tend to reflect interests, and influences, of different sectors of society. Thus, although the British decision to return to the gold standard was, in large part, a response to a national sentiment, it was also backed by the powerful London financial industry, which received a boost in international prestige from politics.
-The political errors revolve around transferring costs to foreigners. If the motivation described in the previous paragraph can be described accurately as «private interests», this type of economic effort to displace costs could be defined as «national interests». The political appeal of these measures within a country is evident. The reparations imposed on Germany after the First World War and the insistence that the debts between the nations of the Allied side be fully settled offer a good example of this. The reparations themselves represented an attempt to keep Germany militarily and economically weak, thus strengthening the nations of the Allied side, especially France.
– they were aggravated by an excessive delay both in the application of a beneficial policy and in the reversal of a political error. The extraordinary efforts made by the Japanese Ministry of Finance to hide the seriousness of the country’s banking problems at the end of the 1990s, as well as to postpone Judgment Day, substantially increased the final cost (not to mention the cost). economic) of the resolution of such debacle. The gold standard during the interwar period represents another good example. Countries that abandoned the gold standard in the early 1930s, including the United Kingdom, fared better during the Great Depression than those that did not. In the introduction I have argued that, even if political failures are depressing, we can learn valuable lessons.
– they were aggravated by an excessive delay both in the application of a beneficial policy and in the reversal of a political error. The extraordinary efforts made by the Japanese Ministry of Finance to hide the seriousness of the country’s banking problems at the end of the 1990s, as well as to postpone Judgment Day, substantially increased the final cost (not to mention the cost). economic) of the resolution of such debacle. The gold standard during the interwar period represents another good example. Countries that abandoned the gold standard in the early 1930s, including the United Kingdom, fared better during the Great Depression than those that did not. In the introduction I have argued that, even if political failures are depressing, we can learn valuable lessons.
-The politics based on ideology can also be applied because those with influence in the process quickly accept a certain point of view, both by conviction and electoral reasons, although a serious analysis does not support it. For these ideologists, the only remedy is a cold and serious economic analysis. This does not mean that all the beliefs that underlie the economy should be questioned on a daily basis.
-The political leaders must be willing to reconsider popular beliefs strongly rooted and prepared to work outside their zone of ideological comfort. But how? After all, in economics, as in many other disciplines, it can be many years before new ideas emerge and gain acceptance. How can politicians know if economic ideas are out of date? Or how can they find out if circumstances have turned an economic ideology, once solid, into obsolete? In short, how can the political class – and the citizens who must judge it – know whether a proposal or a political change can represent a bold new initiative or a reckless leap into the abyss?
The short answer is that they can not «know». However, the economy has a series of analysis tools that can serve as guidance.

It is vital that bad policies are recognized and reversed as soon as possible. This recipe also has its drawbacks, since those who are in favor of a new policy, or the cancellation of an old one, tend to argue that the sky will collapse if their recipe is not accepted immediately. These pressures increase in times of crisis, when dire predictions and alarmism can work to destroy any reasoned debate.
The economic policy must be subjected to a rigorous analysis. This can, on occasion, reverse the previously adopted position and put politicians in the uncomfortable situation of having to «turn around» the problem.

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