Contra La Socialdemocracia. Una Defensa De La Libertad — Almudena Negro & Jorge Vilches / Against Social Democracy. A Defense of Freedom by Almudena Negro & Jorge Vilches (spanish book edition)

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Muy buen resumen de la situación actual, tanto europea como en España y de los caminos históricos que explican como hemos llegado a esta situación en la que vivimos en un régimen asfixiante, sin libertades reales y empachados de diarrea legislativa, de expolio fiscal y moral y que lo consideremos el estado «natural» de las cosas, casi el mejor posible.
La introducción de las ideas marxistas en la sociedad moderna. La escuela de Fráncfort es la responsable de ello. Ejemplos como las de Suecia hoy en día es la consecuencia de la devastación del marxismo cultural está operando en Europa. Europa corre el peligro de desaparecer por la pérdida de identidad.
Un ensayo combativo, duro, implacable, pero, sin embargo, en absoluto panfletario sino más bien lo contrario: fino, intelectualmente elaborado y, se esté de acuerdo o no con las tesis, consistente y muy bien trabado. Es política liberal. Pero no se confundan, y mucho menos empiecen a tener sudores fríos, se trata del verdadero liberalismo, el de los principios; no de doctrina económica que nos inunda. No necesitamos una revolución, tampoco una regresión, sino una transformación liberal. Y precisamente de eso va este ensayo: de que tal vez contra la socialdemocracia vivamos mejor.

Se ha construido una democracia sentimental en España, similar a las europeas, donde prima la sociedad del espectáculo, en la que las emociones determinan el discurso político. La idolatría del Estado ha sustituido la iniciativa, la espontaneidad y la responsabilidad individual en el progreso propio, y por la supuesta dependencia de un bienestar colectivo fundado en la solidaridad obligatoria. Este modelo socialdemócrata ha creado el sustrato posible para que, en una crisis política y económica generalizada, surjan populismos que desprecien los fundamentos de la libertad política.
La actual crisis política que azota Europa es culpa del consenso socialdemócrata establecido desde 1945. En este libro se describen sus efectos nocivos, como el ascenso de los populismos, el infantilismo político y social, el desprecio hacia el individualismo, el miedo a la libertad, el incremento de la desigualdad y la idolatría del Estado. La derecha que se rindió a la socialdemocracia debe reconstruirse con principios políticos y económicos sólidos y propios. Sólo recuperando sin complejos las ideas y el espíritu del liberalismo, podrá evitarse el camino hacia la servidumbre.

La Constitución aprobada en 1978, de corte socialdemócrata, fue elaborada por una selección de políticos, de Fraga a Guerra, provenientes del régimen anterior o representantes de las diversas oligarquías asentadas en España. Unas oligarquías que temían la ruptura, que no tenía por qué significar la desaparición de España, por cuanto ello podía suponer la pérdida de sus prebendas. De ahí los deidificados «Pactos de la Moncloa», unos acuerdos tomados de espaldas al pueblo que no eran
más que el resultado del acuerdo entre las oligarquías mediática, financiera, comercial y política. Unos acuerdos que hoy, ante la crisis desatada una vez que abdicó Juan Carlos I, quieren reeditar formaciones emergentes como Ciudadanos.
En España, las elecciones no tienen más finalidad que decidir a quién le corresponde dirigir el consenso. Un consenso cuya voluntad, que pretende ser la del pueblo pero no lo es, se manifiesta y decide en las Cortes, dominadas por el poder ejecutivo. Ello es consecuencia del parlamentarismo bajo el cual el poder ejecutivo acaba domeñando al legislativo y al judicial.
Que algo falla en nuestro sistema empieza a estar inserto en el subconsciente de la gente y, en este sentido, España comienza a encontrarse en esta segunda década del siglo XXI en una situación «prerrevolucionaria», como señala Sloterdijk. En una situación prerrevolucionaria comienzan a asentarse en las mentes ideas críticas u opuestas a las establecidas. Éstas empiezan a verse como falsas y las instituciones como anticuadas, decadentes, caducas, inútiles o dañinas. Las ideas nuevas se abren camino por todo un rosario de distintos motivos: por cansancio de lo caduco, por la atracción de las novedades, por la creencia en la institucionalización de la corrupción, por la inutilidad de las instituciones, por miedo a la incertidumbre, por ansia de seguridad, por interés, etc. Tales ideas llegan a alojarse incluso en las mentes de los beneficiarios del sistema establecido que, azorados por carecer de respuestas adecuadas, se atrincheran o, desconcertados, comienzan a cometer torpezas.

Que la Transición es poco más que un mito es algo que hasta el advenimiento de Rodríguez Zapatero en 2004, que no es causa sino consecuencia —no sólo de los atentados de marzo de 2004, sino también de la propia deriva del Estado de partidos—, lo decían pocos. Ahora son legión. La Transición, por otra parte, siempre fue de izquierdas, por cuanto fue una transición hacia la socialdemocracia y, en ese sentido, la derecha política no ha existido prácticamente. Ahí radica la explicación de piruetas como la del gobierno de Mariano Rajoy entre 2011 y 2015, que hizo suya toda la agenda política socialdemócrata.
Bajo el mandato de Zapatero florecieron movimientos (a)sociales de extrema izquierda, cuyo culmen fue el famoso 15-M, en realidad una acampada en contra de un pueblo que cree que porque vota tiene capacidad de decisión, seguida en principio por unos cuantos buenistas de la derecha, especialmente por el liberalismo progresista.
La democracia deliberativa de Zapatero, cuyo máximo exponente actual es Manuela Carmena, ha sido magníficamente descrita por Jesús Trillo-Figueroa y consiste simplemente en «hablar por hablar». Da igual que no se llegue a ningún acuerdo o que el acuerdo adoptado sea surrealista o incluso dañino para los gobernados. Ha surgido, dirán, del consenso.
La ecología, por su parte, es la más peligrosa de las bioideologías: algunos llegan a proponer, como Murtaugh y Shlax en su informe «Reproduction and the Carbon Legacies of Individuals» de 2009, limitar «a lo chino» el índice de natalidad por debajo del de mortalidad, para así ir reduciendo la población humana poco a poco. Otros incluso hablan de eliminar a parte de la población para permitir el desarrollo de la Naturaleza, como si ésta fuera inmutable. En 2009, un asesor del laborista Gordon Brown llegó a proponer reducir la población británica hasta un máximo de 30 millones de personas. A la mitad.
La bioideología transhumanista, con gran aceptación teórica, pretende construir mecánicamente al hombre. Un hombre inmortal. Basta con pensar en la clonación, aún rechazada moralmente por buena parte de la gente.
Las bioideologías de la salud, que incluso han provocado enfermedades como la ortorexia (obsesión por la comida sana) niegan la muerte y la enfermedad, procesos naturales de la vida humana. Porque, como ya hemos dicho, se trata de negar todo lo natural, que debe ser sustituido por la construcción cultural artificial de los ingenieros sociales.

El gobierno del PP no ha abordado en absoluto la reforma fiscal y tributaria que realmente es necesaria en España, en donde la maraña legislativa ha dejado indefensos a todos los que no pueden permitirse pagar asesores fiscales.
Por otra parte, la reforma energética española, en un país con una grave dependencia del petróleo y el gas del exterior, se ha quedado en agua de borrajas, limitándose el gobierno a penalizar el autoconsumo. Cosas de las puertas giratorias. Para colmo, la izquierda reaccionaria, además de seguir oponiéndose a la energía nuclear, clama hoy contra el modernísimo fracking y la extracción de petróleo, como ha sucedido en Canarias, en donde la derecha no ha sabido defender lo obvio: que es una suerte disponer de reservas de oro negro. El día que se hagan públicas las bolsas de gas que hay en la zona del País Vasco…

El régimen del 78 está en crisis. Negar esta circunstancia es no querer ver ni oír. No se debe solamente a la corrupción en los partidos, pues ya se pasó por una etapa así en los años de gobierno de Felipe González: financiación ilegal del PSOE, enriquecimiento ilícito de políticos, desvío de fondos y terrorismo de Estado. El conjunto entonces fue mucho peor que el actual. La crisis procede del agotamiento de los partidos tradicionales, con programas inanes, liderazgos débiles y poca circulación de élites. Pero también la crisis procede del aumento de la desafección general hacia la política, en una democracia sentimental, infantil y televisiva, donde priman la imagen, la superficialidad y la inmediatez. La política se ha convertido en un espectáculo de tertulia y redes sociales, en el que se antepone la juventud del político que, sin formación suficiente ni experiencia pero con gran imagen, repite de forma mecánica el argumentario oficial del partido mientras los periodistas discuten. Ese elector convertido en espectador —y viceversa— disfruta cuanto más enconada sea la discusión y «los suyos» dejen en evidencia a «los otros».
Esa desafección ha crecido con la incapacidad de las élites políticas para ponerse de acuerdo en un gobierno por razones flagrantemente personales, partidistas y mezquinas. Pero ese alejamiento general también responde al desprecio hacia la vida democrática.

El mito de la Transición nos transmitió que las instituciones eran respetables por ser producto del consenso que nos sacó de la dictadura franquista salvándonos al tiempo de repetir la guerra del 36. La creación y reproducción de ese mito no hizo pensar a la gente que la democracia es siempre un proyecto con horizonte de esperanza e insatisfacción, que debe ser algo en constante movimiento, lo que es terreno fértil para los populismos. Así, pasados cuarenta años, la realidad que ocultaba el mito se hace patente: las instituciones no funcionan de forma mágica, y eso se ha instalado en la mentalidad de los españoles. No sólo el Parlamento no cumple sus funciones de fiscalización y está al servicio del gobierno, sino que el Poder Judicial no es independiente, y responde a los intereses de los partidos, estando ligado al reparto del poder político. El ciudadano, así, se siente desposeído de su papel político, cedido en el acto de introducir una papeleta en una urna.
Si Podemos está desempeñando el papel que el PSOE y el Partido Republicano Radical tuvo en la crisis de la Restauración, Ciudadanos, con su empeño en que sólo las reformas, que no la ruptura, regenerarán el país, se acerca a la posición del Partido Reformista de Melquiades Álvarez, tan cercano a la generación del 14. Ahora bien, aquel regeneracionismo asumido por todos acabó traicionando la libertad, derribando el régimen constitucional e introduciendo al país en una dictadura y una república mal planteada.
Los nacionalismos, sobre todo los tardíos, como el catalán, están compuestos por mitos que alimentan una comunidad imaginada y que constituyen recreaciones históricas engalanadas de heroísmo y victimismo para atar el presente y justificar un comportamiento. El uso de mitos tiene el problema de su contraste con la investigación histórica. Es entonces cuando se produce el choque con la emotividad política, esencia del nacionalismo, que no acaba de aceptar el ritmo de los tiempos políticos ni el mundo globalizado.
Esos nacionalistas, con la rendición preventiva de los partidos tradicionales, que asimilaron como justas las reivindicaciones de los independentistas, incorporando su lenguaje, inocularon en la sociedad una mentalidad tan nihilista como utópica, tan destructora de la naturaleza humana, de su libertad, como soñadora de falsas comunidades uniformes y felices.
Mientras, al otro lado, se seguía creyendo que el nacionalismo xenófobo y antiliberal se apaga con dinero y concesiones para un mayor autogobierno. Pero no es así. Ese sentimiento nacional es el resultado del romanticismo reaccionario, comunitarista, autoritario y violento que surgió a finales del siglo XIX y principios del XX. Es un pensamiento sentimental que no atiende a la razón; ni siquiera al sentido común. Da igual explicar con cuentas que la independencia de Cataluña convertiría a esa región, no en Narnia, sino en la Albania del Mediterráneo.
El Estado de las autonomías sólo podía concluir con la exigencia de la independencia de las «nacionalidades». Y no la piden para librarse de un poder que objetiva e internacionalmente es reconocido como opresor, tiránico, que anula la libertad del individuo, o que soslaya la soberanía popular. No. Ese nacionalismo obligatorio es la gran excusa de la oligarquía catalana para legitimar la construcción de un Estado a su servicio, que les asegure no abandonar jamás el poder. Tomadas las conciencias y anulada la libertad política, sólo queda la conformación institucional del régimen que concluirá la tarea de construcción del «hombre nuevo» nacionalista.
Si bien el cansancio empuja al abandono, no es posible olvidar a la sociedad silenciosa ni a la que da la cara por la libertad de todos, a esos que no se resignan a que su tierra se convierta en un experimento de ingenieros sociales, que insisten en imponer una única forma privada y pública de ser, pensar, sentir o expresarse. Sólo por ellos merece la pena continuar la denuncia.

El nuevo PSOE sustituyó el discurso nacionalista español, progresista y laico, heredado del siglo XIX y concluido en el primer tercio del XX, por el de los nacionalismos sin Estado y el del anticolonialismo de signo comunista, típico de la nueva izquierda. El planteamiento no era nuevo, procedía de la socialdemocracia rota por la primera guerra mundial, que en sus congresos de 1918 y 1928 aceptó el principio de las nacionalidades del presidente Wilson, pasado por la concepción leninista sobre la autodeterminación de los pueblos para acabar con el capitalismo. Ésta es la razón por la que el PSOE de 1931 abandonó el jacobinismo que había caracterizado al internacionalismo proletario, que veía en el Estado el gran instrumento para la transformación social. En su lugar se empeñó en el reconocimiento de las peculiaridades nacionales que dio lugar al Estado integral republicano de 1931.
Pero hubo otro motivo para la radicalización del PSOE en la cuestión territorial: la competencia con el PCE.
La proclama autodeterminista de Suresnes, siempre combinada con la aspiración de emancipación obrera, se repitió en el congreso socialista de diciembre de 1976. «El PSOE —decía—, como organización de masas al servicio de los trabajadores, integrará las reivindicaciones autonómicas en el proceso histórico de la lucha de clases.» Allí se concluyó que el «eje de la acción política» era el «reconocimiento del derecho de autodeterminación» de las nacionalidades y regiones. Sin embargo, se establecía como punto de arranque la puesta en vigor de los estatutos de autonomía de la Segunda República.
Ese giro autonomista se produjo por la constatación de lo alejada que estaba la sociedad española de querer el derecho de autodeterminación, lo que mostró un estudio de la revista socialista Sistema. El cambio fue rápido, tal que González y Guerra publicaron en 1977 un librito, titulado Partido Socialista Obrero Español, donde se redefinía el derecho de autodeterminación como el poder para crear «poderes autonómicos en las nacionalidades y regiones». El quiebro dialéctico sirvió para la concordia en aquel momento y dejó atrás, quizá para siempre, los excesos de Suresnes en materia territorial.
Las elecciones de 1996 marcaron un momento histórico en el camino de la democracia. La última legislatura del PSOE de González, la de la crispación, puso en evidencia lo difícil que resulta cobrar la responsabilidad política por la corrupción y la nefasta gestión económica, a pesar de la labor de los medios de comunicación felipistas. Entre 1993 y 1996 tuvieron lugar acontecimientos que recuerdan a los que hemos sufrido desde 2008 en esos dos ámbitos, pero en grados diferentes. Si bien la corrupción de la etapa final de González es irrepetible por su magnitud, la crisis económica es mucho peor que la que se padeció en aquellos años y la responsabilidad directa del gobierno de Zapatero es mayor que la que tuvo González.
Zapatero no era la tercera vía de Blair, muy identificada con Aznar, ni la política de Clinton o Schröder, sino, como siempre en la historia del socialismo español, la vía cañí. Por eso y por cuestiones de lucha interna en el PSOE, Zapatero ganó contra pronóstico el XXXV Congreso, celebrado en el año 2000. Nadie lo conocía, salvo los cuadros del partido y los periodistas especializados.
Los socialistas eligieron como secretario general al hombre que, en principio, causaba menos problemas internos y que simbolizaba la renovación, un socialismo remozado forjado por la nueva generación, basado en la cooperación con los populares en las cuestiones de Estado, la moderación del discurso y la defensa del modelo constitucional.
El plan de Sánchez tras las elecciones del 26-J fue bloquear todas las posibles salidas de Rajoy. Es pura teoría de juegos. Dijo que «no» a la investidura dos veces, lo que rompió la aritmética soñada por los populares, y le dio la imagen de dureza que suponía que le exigía el electorado izquierdista. Además, Sánchez animaba a los de Rajoy a pactar con los nacionalistas, lo que siempre ha rechazado el electorado del PP. Y al tiempo decía que no habría terceras elecciones, lo que suponía amenazar con un pacto de Frente Popular, algo que gusta a las bases socialistas y consigue presionar a Rajoy y Rivera. Sánchez creía que ese bloqueo le hacía indispensable para ser la alternativa de izquierdas, y quitar identidad y protagonismo a Podemos.
La estrategia del «no es no» sólo miraba por sus intereses personales y los de su partido —por ese orden—, pero todos los planes de Sánchez han salido mal. Llegó a la secretaría general compitiendo con Eduardo Madina y Pérez Tapias. Su proyecto era similar al de Zapatero: demagogia social y exclusión del PP de la vida política. A su favor parecía tener el valor en boga en el momento: la telegenia. Había hecho sus pinitos en tertulias televisivas, y su porte y su juventud indicaban, o eso se creía, que podían competir en ese casting desvergonzado de efebocracia en que se ha convertido la política española. Porque para la nueva política y sus satélites sólo importan dos cosas: la imagen del candidato y que repita con convicción el argumentario oficial.
El PSOE, tras este diluvio que no cesa desde el páramo que dejó Zapatero y Pedro Sánchez, debe decidir qué quiere ser de mayor: si una opción de gobierno a la que se pueda votar sin poner en riesgo la libertad que tenemos, o un mal recuerdo.

Hay algo en el populismo que lo hace imparable, y es su capacidad de contagio. No es una ideología, sino un estilo de hacer política, de imagen, de liderazgo, de construir discursos, de organizar un partido-movimiento. El populista se mueve en un terreno fácil cuanto más infantilizada y sentimental es la política. No hay razones en el populismo, sino emociones. Las palabras del populista se mueven entre las grandes acusaciones, óptimas para la sociedad del espectáculo en la que vivimos, y las soluciones voluntariosas y rompedoras. «¡Sí se puede!», porque no es una cuestión de razón, sino de emoción, de soñar una sociedad utópica, una comunidad reconstruida sobre valores universales. Sí, universales pero tergiversados, porque detrás está la dictadura conseguida a través de la hegemonía cultural, el dominio de la agenda política, del lenguaje, del timing, y una única victoria en las urnas. Y es contagiosa, decíamos, porque los otros partidos lo combaten con fórmulas electoralistas que nada pueden hacer frente al maximalismo del populista. Y cuando no es así, se centran en campañas del miedo a que triunfen esos dictadores, lo que alimenta al populista. «El miedo alimenta al monstruo».
El populismo en Europa es el resultado de un síndrome, de un conjunto de fenómenos reveladores de una situación crítica, que a la mínima oportunidad puede enfermar de muerte a una democracia. Ya es un clásico el confundir «populista» con «electoralista». No se trata de ofertas electorales desproporcionadas, exageradas o poco meditadas, propias de los partidos catch-all que pretenden atraer al elector como si fuera una empresa a los consumidores. El populismo es electoralista, claro, pero no todo electoralismo es populista. Por ejemplo: prometer la subida de las pensiones es electoralista, pero sólo es populista si se reivindica como un histórico ajuste de cuentas del pueblo virtuoso a una oligarquía parásita…
El socialismo del siglo XXI pretende deshacer la estructura de poder desde abajo, no desde el gobierno, y sustituirla por otra poco a poco. El planteamiento es vaciar de facultades a las instituciones y crear unas nuevas, a nivel popular, controladas por los socialistas del siglo XXI, que absorban su papel, funciones y legitimidad, siendo capaces de constituirse en fuente del derecho. De esa manera se vacía de contenido a la vieja estructura y se crea una paralela que con el tiempo se hace con el poder. La democracia dejaría de ser el check and balances entre instituciones representativas para salvaguardar los derechos, y se convertiría en el dictado de las asambleas compuestas por los «actores activos» de la sociedad; es decir, ellos.
El llamado «socialismo del siglo XXI» es la resurrección del marxismo a través del populismo. Podemos fue una formación fundada para aprovechar el movimiento de protesta del 15-M; un movimiento de financiación oscura, bolivariana, al que se apuntaron buena parte de la izquierda y la parte ingenua de la derecha. Según los documentos de Izquierda Anticapitalista, pensaron en «conectar con sectores de la población de izquierdas, insatisfecha con las organizaciones tradicionales», y canalizar esa protesta a través de una persona, a la que señalar como líder, que tuviera un grado de penetración social suficiente, de manera que fuera conocido por los electores.
La imagen del líder redentor se construye desde el partido. Para ello se escenifica que su extracción, vida, estética y costumbres son las corrientes del sujeto colectivo que dice representar. El mesías reúne las virtudes y gustos populares, es abnegado y se sacrifica por el «todos» frente al «régimen» que está en manos del «enemigo». Para mantener el contacto con el pueblo, el líder hace una intensa campaña de comunicación política y persigue la presencia en todos los medios de comunicación posibles. Cada gesto y palabra están calculados para lograr la identificación de la voluntad del pueblo con el líder.
El populismo socialista de Podemos necesitaba para su despegue de un individuo que tuviera proyección televisiva; es decir, construir al líder desde los medios para lograr la identidad nueva, la del pueblo con su portavoz.

Uno de los mayores errores cometidos por la derecha desde la Transición fue admitir la supremacía de la izquierda en relación con la agenda cultural, social y política. Algo que ya se vislumbró cuando Adolfo Suárez se comprometió con el PSOE y el PCE a no crear un movimiento sindical que hiciera frente a UGT y CCOO, apéndices de dichos partidos.
Así, desde los tiempos de la hegemonía socialista de Felipe González, la derecha ha ido renunciando a principios básicos y representativos del electorado que le llevó a la victoria por mayoría absoluta en el año 2000, como la libertad individual o la propiedad privada. Y lo ha hecho frente a una izquierda ensoberbecida, mientras mantenía el conservadurismo social, defendido por los restos, pocos pero muy influyentes, de la democracia cristiana. Al fin y al cabo, derecha e izquierda en España, después de cuarenta años de franquismo y ciertamente en contra de la historia de la propia nación, de las últimas en tener Estado porque fue imperio, son estatistas, fieles seguidores del mito del Estado.
La Iglesia en España, desgraciadamente, se ha sumado en demasiadas ocasiones a los colectivistas, bien sean los nacionalismos o incluso los separatismos violentos, bien sea la socialdemocracia. Posiblemente en ello se encuentre uno de los motivos fundamentales del porqué las iglesias están cada vez más vacías. Son legión los católicos que no comprenden cómo el portavoz de Amaiur en Navarra podía ser del Opus Dei o la complicidad de la Iglesia con el separatismo catalán y vasco.
El Estado no es más que un mito, una máquina artificial, basada en un falaz contractualismo, que pretende fundar el orden humano como explicación inmanentista del origen del poder político desde el punto de vista de la soberanía. Vamos, que es una ficción, un mito, que se ha convertido en el gran problema. En su origen está el desprecio hacia el pacto conforme al ethos del pueblo, el orden natural creado, que sí se tenía en cuenta en la época medieval. La utilidad o el interés sustituyen al hombre social y a lo natural. De ahí que el Estado opere como un Dios. Todo, el hombre social, religioso, moral, lo es gracias al Estado, que impone el ser bueno mediante la coacción.
La derecha española representada por el Partido Popular es, como el resto de las formaciones políticas, profundamente estatista. Y de ahí su camino inevitable hacia el consenso socialdemócrata, del cual implora, como se vio durante los gobiernos de Rodríguez Zapatero, poder formar parte.

La ausencia de representación en el Estado de partidos falsea incluso la realidad: en España hay un partido único. El propio consenso y sus negociaciones y trapicheos a escondidas, convertidos luego en opinión de «la gente» a través del bombardeo mediático, impide que haya demasiada diferencia entre unas formaciones y otras. De hecho, todas comparten las bioideologías o las premisas básicas de la socialdemocracia, por no hablar de los principios económicos del keynesianismo. La mentalidad estatista de casi toda la sociedad hace el resto. Por otra parte, bajo el Estado, no hay más soberanía que la estatal y las reformas no son más que utopías. En la partitocracia hay libertades públicas, pero no libertad política, una bandera que el centro-derecha debería enarbolar.
Así, los españoles deberían elegir directamente a su presidente de gobierno, de comunidad autónoma o alcalde, en votación separada a la elección del poder legislativo.
Otra de las grandes mentiras que se ha convertido en dogma de fe del parlamentarismo es que las mayorías absolutas son malas. Es justo al contrario. La mayoría absoluta permite gobiernos fuertes.
Como es también falso que en España haya habido bipartidismo perfecto. En España los nacionalistas y los comunistas han formado parte del consenso. Felipe González, Aznar o Zapatero han pactado con fuerzas nacionalistas. En realidad en España ha habido un partido único: el del consenso. Algo que no parece vaya a cambiar con el advenimiento de las denominadas fuerzas emergentes, a saber, Ciudadanos y Podemos. Los primeros suplican poder formar parte del partido único; los segundos amenazaban con romperlo hasta que las urnas les han forzado a mimetizarse con el paisaje.

La legislación en España, como en Europa, no es más que el resultado de las batallas de unas pandillas contra otras. Porque si se puede expropiar a otros para enriquecerse sin esfuerzo, todas las pandillas querrán su ley, exigirán su legislación bajo los más peregrinos pretextos.
Donde hay socialdemocracia, hay pillaje y violencia ejercidos por el número y el miedo capaz de crear. Expoliación legal en forma de impuestos, tasas, gravámenes, primas, subvenciones, derecho al trabajo, derecho a la salud, derecho a la educación gratuita… Y hay bandas. Unas más poderosas que otras y en continuo conflicto para repartirse la cada vez más exigua tarta que se ha expropiado a la gente. Los lobbies de presión son producto del socialismo.

Las izquierdas no inventaron la democracia, sino aquellas claves políticas y culturales para mantener su dominio social. La derecha dejó hacer, eliminó su identidad liberal, aceptó la superioridad moral, cultural y económica de la socialdemocracia. Calló y perdió. Ahora, en esta sociedad del espectáculo, emocional e infantil, donde el programa político es una cantinela superficial, y los candidatos responden a la efebocracia telegénica, es más urgente que nunca hacer un llamamiento liberal. Y no queríamos hacerlo sólo a los dirigentes sino a todos aquellos que creen en la libertad, en sí mismos, en conceptos desterrados de nuestra educación como el mérito, el esfuerzo, la capacidad, el sacrificio; pero también en el valor de las tradiciones, las costumbres y el civismo. Somos conscientes de que ir contracorriente, romper el mainstream socialdemócrata, supone la exclusión de la vida civil, o que lo intenten al menos, que te traten como una persona insolidaria, egoísta, y, por tanto, antisocial y repudiable. Esto es ser antisistema. Solamente poniendo en cuestión el pensamiento único que destila la idolatría del Estado puesto en marcha por la hegemonía cultural de la izquierda y la rendición de la derecha, se puede ser verdaderamente libre e intentar mejorar la sociedad en la que vivimos. Es necesario, conocer y criticar el consenso.
Está extendido por toda Europa. Y ahora, por culpa de la socialdemocracia del Partido Demócrata estadounidense desde el New Deal, aparece en Estados Unidos. A diferencia del resto del continente, en nuestro país tenemos dos tipos de populismos, a cada cual más peligroso. Nos referimos al nacional-populismo, que ya ha triunfado en Cataluña, a pesar de la resistencia heroica de algunos ciudadanos, donde se quiere imponer un república autoritaria, homogénea y artificialmente armónica. Y también, al populismo socialista que llegó de la mano de Podemos en el año 2014, con una teoría del poder que los partidos tradicionales —el PP y el PSOE— no acaban de comprender ni de atajar. Mientras el partido socialista ya está podemizado en sus bases, lo que augura su desaparición, la esperanza reside en una verdadera renovación, casi revolución, al estilo thatcheriano, del partido del centro-derecha español: el PP.
Se debe luchar contra la socialdemocracia.

Very good summary of the current situation, both European and in Spain and the historical paths that explain how we have arrived at this situation in which we live in a stifling regime, without real liberties and suffering from legislative diarrhea, tax and moral plunder and that we consider it the «natural» state of things, almost the best possible.
The introduction of Marxist ideas in modern society. The school in Frankfurt is responsible for this. Examples like those of Sweden today is the consequence of the devastation of cultural Marxism is operating in Europe. Europe is in danger of disappearing due to the loss of identity.
A combative essay, hard, implacable, but, however, not at all panfletario but rather the opposite: fine, intellectually elaborate and, whether or not you agree with the thesis, consistent and very well locked. It is liberal politics. But do not get confused, much less start to have cold sweats, it’s true liberalism, that of principles; not of economic doctrine that floods us. We do not need a revolution, nor a regression, but a liberal transformation. And this is precisely what this essay is about: that maybe we will live better against social democracy.

A sentimental democracy has been built in Spain, similar to the European ones, where the spectacle society prevails, in which emotions determine political discourse. State idolatry has replaced initiative, spontaneity and individual responsibility in one’s own progress, and by the supposed dependence on a collective well-being based on compulsory solidarity. This social democratic model has created the possible substratum so that, in a generalized political and economic crisis, populisms may arise that disregard the foundations of political freedom.
The current political crisis in Europe is the fault of the social democratic consensus established since 1945. This book describes its harmful effects, such as the rise of populisms, political and social infantilism, contempt for individualism, fear of freedom, the increase of inequality and the idolatry of the State. The right that surrendered to the social democracy must be rebuilt with solid and proper political and economic principles. Only by recovering the ideas and spirit of liberalism without complexes can the road to serfdom be avoided.

The Constitution approved in 1978, of a social democratic nature, was elaborated by a selection of politicians, from Fraga to Guerra, coming from the previous regime or representatives of the various oligarchies settled in Spain. Some oligarchies that feared the rupture, which did not have to mean the disappearance of Spain, because it could mean the loss of their perks. Hence the deified «Pacts of the Moncloa», agreements taken with their backs to the people that were not
more than the result of the agreement between the media, financial, commercial and political oligarchies. Agreements that today, before the crisis unleashed once Juan Carlos I abdicated, want to reissue emerging formations as Citizens.
In Spain, elections have no other purpose than to decide who should direct the consensus. A consensus whose will, which pretends to be that of the people but is not, manifests itself and decides in the Cortes, dominated by the executive power. This is a consequence of the parliamentarism under which the executive power ends up controlling the legislative and the judicial.
That something fails in our system begins to be inserted in the subconscious of the people and, in this sense, Spain begins to find itself in this second decade of the 21st century in a «prerevolutionary» situation, as Sloterdijk points out. In a prerevolutionary situation begin to settle in the minds critical ideas or opposed to those established. These begin to be seen as false and institutions as outdated, decadent, outdated, useless or harmful. New ideas make their way through a rosary of different motifs: by fatigue of the obsolete, by the attraction of novelties, by the belief in the institutionalization of corruption, by the uselessness of institutions, for fear of uncertainty, for security reasons, interest, etc. Such ideas come to stay even in the minds of the beneficiaries of the established system who, embarrassed by lack of adequate answers, are entrenched or, embarrassed, begin to commit blunders.

Transition period is little more than a myth is something that until the advent of Rodríguez Zapatero in 2004, which is not a cause but a consequence – not only of the attacks of March 2004, but also of the very drift of the State of parties-, few said it. Now they are legion. The Transition, on the other hand, was always leftist, as it was a transition towards social democracy and, in that sense, the political right has practically not existed. There lies the explanation of pirouettes like the one of the government of Mariano Rajoy between 2011 and 2015, which the whole social-democratic political agenda took up.
Under the Zapatero mandate, social movements of the extreme left flourished, the culmination of which was the famous 15-M, in fact a camp against a people who believe that because they vote they have decision-making capacity, followed in principle by a few whore on the right, especially by progressive liberalism.
The deliberative democracy of Zapatero, whose maximum exponent today is Manuela Carmena, has been magnificently described by Jesús Trillo-Figueroa and consists simply of «talking to talk». It does not matter if no agreement is reached or if the agreement adopted is surreal or even harmful for the governed. It has arisen, they will say, of consensus.
Ecology, on the other hand, is the most dangerous of bio-ideologies: some even propose, like Murtaugh and Shlax in their report «Reproduction and the Carbon Legacies of Individuals» of 2009, to limit «to Chinese» the birth rate by below the mortality rate, in order to reduce the human population little by little. Others even talk about eliminating part of the population to allow the development of Nature, as if it were immutable. In 2009, an adviser to Labor Gordon Brown proposed to reduce the British population to a maximum of 30 million people. To the half.
The transhumanist bio-ideology, with great theoretical acceptance, aims to mechanically construct man. An immortal man. Just think of cloning, still rejected morally by many people.
The bio-ideologies of health, which have even caused diseases such as orthorexia (obsession with healthy food) deny death and disease, natural processes of human life. Because, as we have said, it is about denying everything natural, which must be replaced by the artificial cultural construction of social engineers.

The government of the PP has not addressed at all the tax and tax reform that is really necessary in Spain, where the legislative mess has left defenseless to all those who can not afford to pay tax advisors.
On the other hand, the Spanish energy reform, in a country with a heavy dependence on oil and gas from abroad, has been left in the water of booze, limiting the government to penalize self-consumption. Things of the revolving doors. To make matters worse, the reactionary left, in addition to continuing to oppose nuclear energy, today cries against modern fracking and oil extraction, as has happened in the Canary Islands, where the right has not been able to defend the obvious: it is fortunate to have of black gold reserves. The day that the gas exchanges that are in the area of ​​the Basque Country are made public…

The regime of 78 is in crisis. To deny this circumstance is not wanting to see or hear. It is not only due to corruption in the parties, since it has already gone through such a stage in the years of Felipe González’s government: illegal financing of the PSOE, illicit enrichment of politicians, diversion of funds and State terrorism. The whole then was much worse than the current one. The crisis comes from the exhaustion of traditional parties, with inane programs, weak leadership and little circulation of elites. But the crisis also comes from the increase in general disaffection towards politics, in a sentimental, childish and televised democracy, where image, superficiality and immediacy prevail. Politics has become a spectacle of social gatherings and networks, in which the youth of the politician comes first, who, without sufficient training or experience but with great image, mechanically repeats the official argument of the party while the journalists argue. That voter turned into a spectator – and vice versa – enjoys the more bitter the discussion and «theirs» leave «the others» in evidence.
That disaffection has grown with the inability of the political elites to agree on a government for flagrantly personal, partisan and petty reasons. But this general distancing also responds to contempt for democratic life.

The myth of the Transition told us that institutions were respectable because they were the product of the consensus that brought us out of the Franco dictatorship while saving us from the time of repeating the war of 36. The creation and reproduction of that myth did not make people think that democracy it is always a project with a horizon of hope and dissatisfaction, which must be something in constant movement, which is a fertile ground for populisms. Thus, after forty years, the reality that hid the myth becomes clear: institutions do not work in a magical way, and that has been installed in the mentality of the Spaniards. Not only does the Parliament not fulfill its oversight functions and is at the service of the government, but the Judicial Power is not independent, and responds to the interests of the parties, being linked to the distribution of political power. The citizen, thus, feels dispossessed of his political role, given in the act of introducing a ballot into an urn.
If Podemos is playing the role that the PSOE and the Radical Republican Party had in the crisis of the Restoration, Citizens, with their determination that only the reforms, not the rupture, will regenerate the country, it approaches the position of the Reformist Party of Melquiades Álvarez, so close to the generation of 14. Now, that regeneration assumed by all ended up betraying freedom, overthrowing the constitutional regime and introducing the country into a dictatorship and a poorly raised republic.
Nationalisms, especially the late ones, such as Catalan, are composed of myths that feed an imagined community and constitute historical recreations adorned with heroism and victimhood to tie the present and justify a behavior. The use of myths has the problem of its contrast with historical research. That is when the clash with political emotion, the essence of nationalism, which does not just accept the rhythm of political times or the globalized world.
Those nationalists, with the preventive surrender of the traditional parties, who assimilated as just the demands of the independence, incorporating their language, inoculated into society a mentality as nihilistic as utopian, so destructive of human nature, their freedom, as a dreamer of false, uniform and happy communities.
Meanwhile, on the other side, it was still believed that xenophobic and anti-liberal nationalism is extinguished with money and concessions for greater self-government. But it’s not like that. This national feeling is the result of the reactionary, communitarian, authoritarian and violent romanticism that emerged in the late nineteenth and early twentieth centuries. It is a sentimental thought that does not attend to reason; not even common sense. It does not matter to explain with accounts that the independence of Catalonia would convert to that region, not in Narnia, but in the Albania of the Mediterranean.
The State of the autonomies could only conclude with the demand for the independence of the «nationalities». And they do not ask for it to get rid of a power that objectively and internationally is recognized as an oppressor, tyrannical, that annuls the freedom of the individual, or that ignores popular sovereignty. No. That compulsory nationalism is the great excuse of the Catalan oligarchy to legitimize the construction of a State at their service, which assures them never to leave power. Taking consciences and nullifying political freedom, there remains only the institutional conformation of the regime that will conclude the task of building the nationalist «new man».
Although fatigue pushes towards abandonment, it is not possible to forget the silent society or the one that gives the face for the freedom of all, those who do not resign themselves to the fact that their land becomes an experiment of social engineers, who insist in imposing a single private and public way of being, thinking, feeling or expressing oneself. Only for them it is worth continuing the complaint.

The new PSOE replaced the Spanish nationalist discourse, progressive and secular, inherited from the nineteenth century and concluded in the first third of the twentieth, by that of stateless nationalisms and that of communist-style anti-colonialism, typical of the new left. The approach was not new, it came from the social democracy broken by the First World War, which in its congresses of 1918 and 1928 accepted the principle of the nationalities of President Wilson, passed by the Leninist conception of the self-determination of the peoples to end the capitalism. This is the reason why the PSOE of 1931 abandoned the Jacobinism that had characterized proletarian internationalism, which saw in the State the great instrument for social transformation. Instead he insisted on the recognition of national peculiarities that gave rise to the integral republican State of 1931.
But there was another reason for the radicalization of the PSOE in the territorial issue: competition with the PCE.
Suresnes self-determination proclamation, always combined with the aspiration of worker emancipation, was repeated in the December 1976 socialist congress. «The PSOE,» he said, «as a mass organization at the service of the workers, will integrate the autonomic demands in the process history of the class struggle. «There it was concluded that the» axis of political action «was the» recognition of the right of self-determination «of nationalities and regions. However, the starting point of the statutes of autonomy of the Second Republic was established as a starting point.
This autonomist turn came about because of the fact that Spanish society was far from wanting the right to self-determination, which was shown in a study by the Socialist magazine Sistema. The change was rapid, such that González and Guerra published in 1977 a little book, entitled Spanish Socialist Workers Party, where the right to self-determination was redefined as the power to create «autonomous powers in nationalities and regions.» The dialectical break served for concord at that time and left behind, perhaps forever, the excesses of Suresnes in territorial matters.
The 1996 elections marked a historic moment in the path of democracy. The last legislature of the PSOE of González, the one of the crispación, put in evidence the difficult thing that is to charge the political responsibility by the corruption and the disastrous economic management, in spite of the work of the mass media of felipistas. Events took place between 1993 and 1996, reminiscent of those we have suffered since 2008 in these two areas, but in different degrees. Although the corruption of González’s final stage is unrepeatable due to its magnitude, the economic crisis is much worse than the one suffered in those years and the direct responsibility of the Zapatero government is greater than that of González.
Zapatero was not the third way of Blair, very identified with Aznar, nor the politics of Clinton or Schröder, but, as always in the history of Spanish socialism, the Cañí way. For that reason and due to issues of internal struggle in the PSOE, Zapatero won against the prognosis the XXXV Congress, celebrated in the year 2000. Nobody knew him, except the party cadres and the specialized journalists.
The socialists elected as general secretary the man who, in principle, caused fewer internal problems and symbolized renewal, a renewed socialism forged by the new generation, based on cooperation with the popular on questions of state, moderation of discourse and the defense of the constitutional model.
The plan of Sanchez after the elections of 26-J was to block all possible departures of Rajoy. It’s pure game theory. He said «no» to the investiture twice, which broke the arithmetic dreamed by the popular ones, and gave him the image of hardness that he supposed the leftist electorate demanded of him. In addition, Sanchez encouraged the Rajoy to agree with the nationalists, which has always rejected the electorate of the PP. And at the time he said that there would be no third elections, which meant threatening a Popular Front pact, something that the socialist base likes and manages to put pressure on Rajoy and Rivera. Sánchez believed that this blockade made him indispensable to be the alternative of the left, and to remove identity and protagonism from Podemos.
The «no-no-no» strategy was only looking at his personal interests and those of his party -in that order-, but all of Sanchez’s plans have gone wrong. He arrived at the general secretariat competing with Eduardo Madina and Pérez Tapias. His project was similar to that of Zapatero: social demagogy and PP exclusion from political life. In his favor it seemed to have the value in vogue at the time: telegenics. He had made his first steps in television gatherings, and his bearing and his youth indicated, or so it was believed, that they could compete in that shameless casting of efebocracy that Spanish politics has become. Because for the new policy and its satellites only two things matter: the image of the candidate and to repeat with conviction the official argument.
The PSOE, after this flood that does not stop from the wasteland left by Zapatero and Pedro Sanchez, must decide what it wants to be greater: if a government option that can be voted on without jeopardizing the freedom we have, or an evil memory.

There is something in populism that makes it unstoppable, and it is its contagiousness. It is not an ideology, but a style of doing politics, of image, of leadership, of constructing discourses, of organizing a party-movement. The populist moves in an easy terrain the more infantile and sentimental is politics. There are no reasons in populism, but emotions. The words of the populist move between the great accusations, optimal for the society of the show in which we live, and the willful and groundbreaking solutions. «Yes, we can!» Because it is not a matter of reason, but of emotion, of dreaming a utopian society, a community reconstructed on universal values. Yes, universal but distorted, because behind it is the dictatorship achieved through cultural hegemony, the domination of the political agenda, language, timing, and a single victory at the polls. And it is contagious, we said, because the other parties fight it with electoral formulas that can do nothing against the maximalism of the populist. And when this is not the case, they focus on campaigns of fear that these dictators will triumph, which feeds the populist. «Fear feeds the monster».
Populism in Europe is the result of a syndrome, a set of phenomena revealing a critical situation, which at the slightest opportunity can make a democracy sick. It is already a classic to confuse «populist» with «electoralist». It is not about disproportionate, exaggerated or ill-considered electoral offers, specific to catch-all parties that aim to attract the voter as if it were a company to consumers. Populism is electoralist, of course, but not all electoralism is populist. For example: promising the rise of pensions is electoralist, but it is only populist if it is claimed as a historical adjustment of accounts of the virtuous people to a parasitic oligarchy …
The socialism of the 21st century aims to undo the power structure from below, not from the government, and replace it with another one little by little. The approach is to empty the institutions and create new ones, at the popular level, controlled by the socialists of the 21st century, who absorb their role, functions and legitimacy, being able to become a source of law. In this way, the old structure is emptied of content and a parallel is created that over time is made with power. Democracy would cease to be the check and balances between representative institutions to safeguard rights, and would become the dictation of assemblies composed of the «active actors» of society; that is, they.
The so-called «socialism of the 21st century» is the resurrection of Marxism through populism. Podemos was a formation founded to take advantage of the protest movement of 15-M; a movement of dark, Bolivarian funding, to which a good part of the left and the naïve part of the right pointed. According to the documents of the Anti-Capitalist Left, they thought about «connecting with sectors of the left-wing population, dissatisfied with traditional organizations», and channeling that protest through a person, to be designated as a leader, who had a degree of social penetration enough, so that it was known by the voters.
The image of the redeeming leader is constructed from the party. For this it is staged that its extraction, life, aesthetics and customs are the currents of the collective subject that it claims to represent. The messiah gathers the popular virtues and tastes, is self-sacrificing and sacrifices himself for the «all» against the «regime» that is in the hands of the «enemy». To maintain contact with the people, the leader makes an intense campaign of political communication and pursues the presence in all possible means of communication. Each gesture and word are calculated to achieve the identification of the will of the people with the leader.
The socialist populism of Podemos needed to take off from an individual that had a television projection; that is, to build the leader from the means to achieve the new identity, that of the people with their spokesperson.

One of the biggest mistakes made by the right since the Transition was to admit the supremacy of the left in relation to the cultural, social and political agenda. Something that already glimpsed when Adolfo Suárez committed himself with the PSOE and the PCE not to create a union movement that would face UGT and CCOO, appendices of said parties.
Thus, since the times of Felipe Gonzalez’s socialist hegemony, the right has been renouncing basic and representative principles of the electorate that led to victory by an absolute majority in 2000, such as individual freedom or private property. And it has done so in front of an enlightened left, while maintaining social conservatism, defended by the remnants, few but very influential, of Christian democracy. At the end of the day, right and left in Spain, after forty years of Francoism and certainly against the history of the nation itself, of the last to have a State because it was an empire, statist, faithful followers of the myth of the State.
The Church in Spain, unfortunately, has too often joined collectivists, be they nationalisms or even violent separatisms, or social democracy. Possibly in this is one of the fundamental reasons why churches are increasingly empty. Catholics who do not understand how the spokesperson for Amaiur in Navarra could be from Opus Dei or the complicity of the Church with Catalan and Basque separatism are legion.
The State is nothing more than a myth, an artificial machine, based on a fallacious contractualism, which aims to found the human order as an immanentist explanation of the origin of political power from the point of view of sovereignty. Come on, that is a fiction, a myth, that has become the big problem. In its origin is the contempt for the pact according to the ethos of the people, the natural order created, which was taken into account in medieval times. Utility or interest substitutes the social man and the natural. Hence, the State operates as a God. Everything, the social, religious, moral man, is thanks to the State, which imposes being good through coercion.
The Spanish right represented by the Popular Party is, like the rest of the political formations, deeply statist. And hence its inevitable path towards the social democratic consensus, which implores, as it was seen during the Rodríguez Zapatero governments, to be part of it.

The absence of representation in the State of parties falsifies reality: in Spain there is a single party. The consensus itself and its secret negotiations and skulldugges, later turned into the opinion of «the people» through the media bombardment, prevents too much difference between some formations and others. In fact, they all share the bio-ideologies or the basic premises of social democracy, not to mention the economic principles of Keynesianism. The statist mentality of almost all of society does the rest. On the other hand, under the State, there is no more sovereignty than the state and the reforms are no more than utopias. In the partitocracy there are public freedoms, but not political freedom, a flag that the center-right should fly.
Thus, Spaniards should directly elect their president of government, of autonomous community or mayor, in separate voting at the election of the legislative power.
Another of the great lies that has become the faith dogma of parliamentarism is that absolute majorities are bad. It is just the opposite. The absolute majority allows strong governments.
As it is also false that in Spain there has been perfect bipartisanship. In Spain the nationalists and communists have been part of the consensus. Felipe González, Aznar or Zapatero have agreed with nationalist forces. In reality in Spain there has been a single party: that of consensus. Something that does not seem to change with the advent of the so-called emerging forces, namely Citizens and We Can. The former beg to be part of the single party; the second threatened to break it until the polls forced them to blend in with the landscape.

The legislation in Spain, as in Europe, is nothing more than the result of the battles of some gangs against others. Because if you can expropriate others to enrich yourself without effort, all the gangs will want your law, they will demand your legislation under the most pretextful pretexts.
Where there is social democracy, there is pillage and violence exerted by the number and the fear capable of creating. Legal robbery in the form of taxes, fees, levies, bonuses, subsidies, right to work, right to health, right to free education … And there are bands. Some more powerful than others and in continuous conflict to divide the increasingly meager pie that has been expropriated from the people. Pressure lobbies are the product of socialism.

The left did not invent democracy, but those political and cultural keys to maintain their social dominance. The right left to do, eliminated its liberal identity, accepted the moral, cultural and economic superiority of social democracy. He fell silent and lost. Now, in this society of spectacle, emotional and childish, where the political program is a superficial cantilem, and the candidates respond to the telegenic efebocracy, it is more urgent than ever to make a liberal appeal. And we did not want to do it only to the leaders but to all those who believe in freedom, in themselves, in concepts banished from our education as merit, effort, capacity, sacrifice; but also in the value of traditions, customs and civics. We are aware that going against the current, breaking the social democratic mainstream, supposes the exclusion of civil life, or that they try at least to treat you as a person who is unsupportive, selfish, and, therefore, antisocial and repudiable. This is to be anti-system. Only by questioning the unique thought that distills the idolatry of the state set in motion by the cultural hegemony of the left and the surrender of the right, can be truly free and try to improve the society in which we live. It is necessary to know and criticize the consensus.
It is spread throughout Europe. And now, because of the Social Democracy of the American Democratic Party since the New Deal, it appears in the United States. Unlike the rest of the continent, in our country we have two types of populisms, each more dangerous. We refer to national-populism, which has already triumphed in Catalonia, despite the heroic resistance of some citizens, where they want to impose an authoritarian, homogeneous and artificially harmonious republic. And also, to the socialist populism that came from the hand of Podemos in 2014, with a theory of power that the traditional parties – the PP and the PSOE – do not just understand or stop. While the socialist party is already poorer in its bases, which augurs its demise, the hope lies in a true renewal, almost revolution, the Thatcher style, the party of the Spanish center-right: the PP.
We must fight against social democracy.

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