Internet Hackers Y Software Libre — Carlos Gradin (compilador) / Internet & Hackers & Free Software by Carlos Gradin (compiler) (spanish book edition)

Es un interesante libro de artículos sobre internet, aunque este algo desfasado es interesante donde a la velocidad que transcurre la tecnología es evidente que queda mucho por hacer.

Los primeros que empezaron a llamarse «hackers» entre sí, en el MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) en EE. UU. lo que hacían los diferenciaba radicalmente de los demás técnicos y profesores. Éstos cumplían horarios, se ajustaban a la burocracia e investigaban sobre computadoras según sus aplicaciones en estadística y otros campos específicos. Los hackers empezaron a experimentar en usos más terrenales, programas que tocaban música, procesadores de texto, juegos de ajedrez. Esas primeras creaciones fueron el comienzo de una larga serie de aportes y proyectos que tuvieron como protagonistas a estos grupos de entusiastas (desde las computadoras personales a la arquitectura de Internet, pasando por la criptografía y la idea del código abierto que derivó en el actual auge de Linux).
El software libre es una concepción colectiva de la propiedad. Todos los que escriben el código de un programa son dueños de él; y todas las personas pueden escribir y cambiar el código si quieren, y saben cómo hacerlo. Esto es lo que opone a los sistemas operativos Windows y Linux: modelo abierto y participativo de Linux, contra el de Windows, cerrado, orientado a la maximización de ganancias. Es una idea presente entre los hackers desde los comienzos de la informática. El escritor Neal Stephenson lo describe así: «Windows 95 y MacOS son productos, concebidos por ingenieros al servicio de compañías particulares. Unix, en cambio, es menos un producto que la esmerada recopilación de la historia oral de la subcultura hacker.

La red ARPANET propiamente dicha expiró en 1989 como víctima feliz de su éxito abrumador. Sus usuarios apenas se dieron cuenta, pero las funciones de ARPANET no solo continuaron sino que mejoraron firmemente. El uso del estándar TCP/IP para redes es ahora algo global. En 1971, hace 21 años, sólo había cuatro nodos en la ARPANET. Hoy existen decenas de miles en Internet esparcidos por cuarenta y dos países y muchos más que se conectan cada día. Tres millones de personas, posiblemente cuatro, usan esta gigantesca madre-de-todas-las-redes.
Internet es especialmente popular entre los científicos y es probablemente su instrumento más importante de finales del siglo XX. Las posibilidades de acceso tan potentes y sofisticadas que ofrece a datos específicos.
¿Por qué la gente quiere estar «en la internet»? Una de las principales razones es simplemente la libertad. Internet es un raro ejemplo de anarquía verdadera, moderna y funcional. No existe Internet S. A. No hay censores oficiales, ni jefes, ni junta directiva, ni accionistas. En principio, cualquier nodo puede hablar de igual a igual a otros nodos siempre que obedezcan las leyes del protocolo TCP/IP, leyes que no son políticas sino estrictamente técnicas. (Ha existido controversia sobre el uso comercial de Internet, pero esta situación está cambiando según los negocios proporcionan sus propios enlaces y conexiones).
Internet también es una ganga. Internet en conjunto, a diferencia del sistema telefónico, no cuesta dinero según las distancias. Y a diferencia también de la mayoría de las redes comerciales, no se cobra por tiempo de conexión. De hecho, «Internet» de por sí, que ni siquiera existe como una entidad, no cobra nada por nada. Cada grupo de gente que accede a Internet es responsable de su propia máquina y de su propio trozo de línea.

El proyecto GNU se propuso a la sazón una tarea titánica: construir un sistema operativo libre completo. No es sencillo expresar en pocas palabras la enorme dificultad que comporta un proyecto así, sólo al alcance de unas cuantas empresas con miles de programadores a sueldo. No digamos ya si no se dispone de herramientas para hacerlo. Stallman tuvo que empezar casi desde cero, sin modelo bazar, pues no existía la universalizada red Internet tal y como hoy la conocemos; tampoco existía una comunidad de desarrolladores lo suficientemente grande y ni siquiera se disponía de un compilador libre para empezar el trabajo. Una analogía es construir una casa sin disponer apenas de herramientas, por lo que primero hay que fabricarlas: desde picos y palas hasta ladrillos y cemento. Eso sí, contaba con algún material reciclable de «otras casas» —grandes fragmentos de código UNIX y una cultura de reutilizar código—. Stallman y la FSF merecen por tanto un reconocimiento especial en esta historia, pues sin compilador, depurador y editor libres no habría sido posible lo que vino después, incluyendo el propio Linux.
Si un programa tiene un propietario, esto afecta en gran medida a lo que es, y a lo que puedes hacer con un copia si la compras. La diferencia no es sólo una cuestión de dinero. El sistema de propietarios de software incentiva a los propietarios de software a producir algo —pero no lo que la sociedad realmente necesita—. Y causa una contaminación ética intangible que nos afecta a todos.
¿Qué es lo que la sociedad necesita? Necesita información que esté verdaderamente a disposición de sus ciudadanos —por ejemplo, programas que la gente pueda leer, arreglar, adaptar y mejorar, no solamente ejecutar—.
Los desarrolladores de software libre han probado varios métodos para recabar fondos, con algo de éxito. No hay necesidad de hacer rico a nadie; los ingresos medios de una familia media, alrededor de 35.000 dólares, prueba ser incentivo suficiente para muchos trabajos que son menos satisfactorios que programar.
El software libre puede ahorrarle dinero a las escuelas. Hasta en los países más ricos las escuelas tienen pocos fondos. El software libre les da a las escuelas, como a otros usuarios, la libertad de copiar y redistribuir el software, con lo que el sistema escolar puede hacer copias para todas las computadoras en todas las escuelas. En países pobres, esto puede ayudar a achicar la brecha digital.
Esta razón obvia, si bien es importante, es bastante superficial. Y los fabricantes de software propietario pueden salvar la situación donando copias de sus programas. (¡Cuidado! Una escuela que acepte esta oferta puede tener que pagar para recibir las siguientes versiones).
El software libre permite a los estudiantes aprender cómo funcionan los programas. Cuando los chicos llegan a la adolescencia, algunos de ellos quieren aprender todo lo que se pueda sobre sus sistemas de computadoras y sus programas. Ésa es la edad en que las personas que serán buenos programadores deberían aprenderlo. Para aprender a escribir buenos programas, los estudiantes necesitan leer y escribir muchos programas. Necesitan leer y entender programas reales que la gente realmente utiliza. Sentirán una enorme curiosidad por leer los códigos fuente.
El software propietario repele su sed de conocimiento.
Usar software libre, y a participar en la comunidad de software libre, es una lección práctica de educación cívica. También enseña a los estudiantes el rol modelo del servicio público antes que el del exitismo. Todos los niveles de educación deben usar software libre.

En la era electrónica la privacidad es necesaria para lograr una sociedad abierta. Privacidad no es guardar secretos. Un asunto privado es algo de lo que uno no quiere que todo el mundo se entere, pero un asunto secreto es algo de lo que uno no quiere que nadie se entere. Privacidad es la posibilidad de revelarse uno mismo ante el mundo de manera selectiva.
Si dos partes realizan algún tipo de negociación, entonces cada una guarda un recuerdo de ese encuentro. Cada parte puede hablar sobre lo que sabe de la otra; ¿cómo evitarlo? Se podrían hacer leyes contra esto, pero la libertad de expresión, todavía más que la privacidad, es fundamental en una sociedad abierta; no buscamos restringir ninguna expresión en ningún sentido. Si varias partes hablan juntas en el mismo foro, cada una puede hablar a todas las demás y aportar colectivamente conocimiento sobre otras personas y grupos. El poder de las comunicaciones electrónicas hace posible este diálogo grupal.
Los cripto-hackers repudiamos las regulaciones sobre la criptografía, ya que la encriptación es un acto fundamentalmente privado. El acto de encriptar, de hecho, retira información de la esfera pública. Hasta las leyes contra la criptografía alcanzan sólo hasta el borde de una nación y donde llega el brazo de su violencia. La criptografía se propagará indefectiblemente por todo el mundo, y con ella el sistema de transacciones anónimas que hace posible.
Para que la privacidad se extienda debe formar parte de un contrato social. Las personas deben unirse y propagar estos sistemas. La privacidad sólo se extiende ante la cooperación de cada uno en la sociedad. Los cripto-hackers esperamos tus preguntas y propuestas, y que podamos involucrarte para que no nos traicionemos entre nosotros.
Algún día, los viejos «hackers» y los nuevos quizás se encuentren y discutan lo que tienen en común, en lugar de las diferencias. Quizás se den cuenta de que comparten una misma alienación respecto del sistema actual. Podrían hallar que tienen principios y motivaciones comunes. Más importante, podrían dejar de competir entre sí por una investidura o un título. Los viejos hackers podrían analizar los modos en los que fracasó su visión contracultural en dar cuenta de las nuevas realidades, y podrían aportar un sentido de lo colectivo a los nuevos hackers, muchas veces trepadores y amantes del estrellato. Si efectivamente trabajaran juntos, esto podría implicar aquello que Bruce Sterling llama «el Fin de los Amateurs». ¿Y el inicio de la «Revolución Informática»?.

It is an interesting book of articles on the Internet, although this somewhat outdated is interesting where the speed of technology is clear that there is much to do.

The first to start calling themselves “hackers” at each other, at MIT (Massachusetts Institute of Technology) in the USA. UU what they did differentiated them radically from other technicians and professors. They met schedules, adjusted to bureaucracy and investigated computers according to their applications in statistics and other specific fields. Hackers began experimenting with more earthly uses, programs that played music, word processors, chess games. These first creations were the beginning of a long series of contributions and projects that had as protagonists these groups of enthusiasts (from personal computers to Internet architecture, through cryptography and the idea of ​​open source that led to the current boom of Linux).
Free software is a collective conception of property. Everyone who writes the code of a program owns it; And all people can write and change the code if they want, and they know how to do it. This is what opposes the Windows and Linux operating systems: open and participatory model of Linux, against Windows, closed, aimed at maximizing profits. It is an idea present among hackers since the beginning of computing. The writer Neal Stephenson describes it this way: “Windows 95 and MacOS are products, designed by engineers at the service of particular companies. Unix, on the other hand, is less a product than the careful compilation of the oral history of the hacker subculture.

The ARPANET network itself expired in 1989 as a happy victim of its overwhelming success. Its users hardly noticed, but the ARPANET functions not only continued but also improved steadily. The use of the TCP / IP standard for networks is now somewhat global. In 1971, 21 years ago, there were only four nodes in the ARPANET. Today there are tens of thousands on the Internet scattered throughout forty-two countries and many more that connect every day. Three million people, possibly four, use this giant mother-of-all-networks.
The Internet is especially popular with scientists and is probably its most important instrument at the end of the 20th century. The access possibilities so powerful and sophisticated that it offers specific data.
Why do people want to be “on the internet”? One of the main reasons is simply freedom. The Internet is a rare example of true, modern and functional anarchy. There is no Internet S. A. There are no official censors, nor bosses, nor board of directors, nor shareholders. In principle, any node can speak as equal to other nodes as long as they obey the laws of the TCP / IP protocol, laws that are not political but strictly technical. (There has been controversy about the commercial use of the Internet, but this situation is changing as businesses provide their own links and connections).
Internet is also a bargain. The Internet as a whole, unlike the telephone system, does not cost money according to distances. And unlike most commercial networks, there is no charge for connection time. In fact, “Internet” in and of itself, which does not even exist as an entity, does not charge anything for nothing. Each group of people who access the Internet is responsible for their own machine and their own piece of line.

The GNU project was proposed at the time a titanic task: to build a complete free operating system. It is not easy to express in a few words the enormous difficulty involved in such a project, only available to a few companies with thousands of paid programmers. Let’s not say if you do not have the tools to do it. Stallman had to start almost from scratch, without a bazaar model, since there was no universalized Internet network as we know it today; neither was there a large enough community of developers and there was not even a free compiler available to start the work. An analogy is to build a house without just having tools, so first you have to make them: from picks and shovels to bricks and cement. Of course, it had some recyclable material from “other houses” – large pieces of UNIX code and a culture of reusing code. Stallman and the FSF therefore deserve a special recognition in this story, because without compiler, debugger and free editor would not have been possible what came later, including Linux itself.
If a program has an owner, this greatly affects what it is, and what you can do with a copy if you buy it. The difference is not just a matter of money. The software owners system encourages software owners to produce something – but not what society really needs. And it causes an intangible ethical contamination that affects us all.
What is it that society needs? It needs information that is truly available to its citizens – for example, programs that people can read, fix, adapt and improve, not just execute.
Free software developers have tried several methods to raise funds, with some success. There is no need to make anyone rich; The average income of an average family, around $ 35,000, proves to be sufficient incentive for many jobs that are less satisfactory than programming.
Free software can save money for schools. Even in the richest countries, schools have few funds. Free software gives schools, as well as other users, the freedom to copy and redistribute software, so that the school system can make copies for all computers in all schools. In poor countries, this can help bridge the digital divide.
This obvious reason, while important, is quite superficial. And proprietary software manufacturers can save the situation by donating copies of their programs. (Beware, a school that accepts this offer may have to pay to receive the following versions).
Free software allows students to learn how programs work. When children reach adolescence, some of them want to learn everything they can about their computer systems and programs. That’s the age at which people who will be good programmers should learn it. To learn to write good programs, students need to read and write many programs. They need to read and understand real programs that people really use. They will be very curious to read the source codes.
Proprietary software repels their thirst for knowledge.
Using free software, and participating in the free software community, is a practical lesson in civic education. It also teaches students the role model of public service before that of success. All levels of education must use free software.

In the electronic epoch, privacy is necessary to achieve an open society. Privacy is not keeping secrets. A private matter is something you do not want everyone to know about, but a secret matter is something you do not want anyone to know about. Privacy is the possibility of revealing oneself to the world selectively.
If two parties carry out some type of negotiation, then each one keeps a memory of that encounter. Each party can talk about what they know about the other; how to avoid it? Laws could be made against this, but freedom of expression, even more than privacy, is fundamental in an open society; we do not seek to restrict any expression in any way. If several parties speak together in the same forum, each can speak to all the others and collectively contribute knowledge about other people and groups. The power of electronic communications makes this group dialogue possible.
Crypto-hackers repudiate the regulations on cryptography, since encryption is a fundamentally private act. The act of encrypting, in fact, removes information from the public sphere. Even laws against cryptography reach only to the edge of a nation and where the arm of their violence arrives. Cryptography will inevitably spread throughout the world, and with it the system of anonymous transactions that makes it possible.
For privacy to be extended it must be part of a social contract. People must join and propagate these systems. Privacy only extends to the cooperation of everyone in society. The crypto-hackers await your questions and proposals, and we can get involved so that we do not betray each other.
Someday, old hackers and new ones may meet and discuss what they have in common, rather than differences. They may realize that they share the same alienation from the current system. They may find that they have common principles and motivations. More importantly, they could stop competing with each other for an investiture or a title. Old hackers could analyze the ways in which their countercultural vision failed to account for new realities, and could bring a sense of the collective to new hackers, often climbers and lovers of stardom. If they did work together, this could imply what Bruce Sterling calls “the End of the Amateurs.” And the beginning of the «Computer Revolution» ?.

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