El Libro De Los Animales Misteriosos — Lothar Frenz / Riesenkraken und Tigerwölfe. Auf der Spur mysteriöser Tiere ( The Book Of Mysterious Creatures) by Lothar Frenz (spanish book edition)

Esta es otra de las joyas literarias que releo cada cierto tiempo. Muchos creen que en el mundo actual ya no caben más descubrimientos, salvo entre las miríadas de insectos y otros seres vivos inferiores. En los bosques del parque nacional de Gombe, se ha topado ciertamente con innumerables escarabajos, moscas y otros insectos desconocidos para la ciencia.
Este libro recoge descubrimientos espectaculares, pero también esos hallazgos pequeños menos esplendorosos. Con su objetiva exposición, Lothar Frenz consigue transmitir respeto por la criptozoología, un ámbito de los afanes humanos que ha sido malinterpretado con excesiva frecuencia.

La mayoría de estas «nuevas» especies demuestran que también los animales grandes permanecen ocultos durante largo tiempo, a pesar de ser conocidos de sobra por la población nativa. Sin embargo, ¿qué científico «serio» presta oídos a los cuentos de los nativos? ¿O a las historias de dragones gigantes, como las que referían reiteradamente los pescadores y buscadores de perlas de las islas orientales de la Sonda a comienzos del siglo XX?.
Tras todos y cada uno de estos informes se escondía una nueva especie animal: el primer «cocodrilo terrestre» llegó en 1912 a los dominios de la ciencia y se lo denominó dragón de Komodo. En 1901 el belga Oscar von Beringe demostró la existencia del «mono monstruoso» tras disparar a algunos ejemplares. Hoy los «monstruos raptores de mujeres» reciben un sobrenombre diferente, concretamente el de gigantes apacibles, los gorilas de montaña.
La criptozoología no encaja en el sistema de las ciencias naturales. Sus fuentes suelen ser antiguas tradiciones; numerosas suposiciones e interpretaciones se basan más en la intuición que en pruebas palpables. Precisamente Alemania muestra mayor escepticismo que otros países hacia el ilustre grupo de los criptozoólogos: de los aproximadamente ochocientos miembros de la ISC, solo veinte son alemanes. En los países anglosajones, por el contrario, científicos de renombre y naturalistas tienen menos miedo al contacto: Jane Goodall, la famosa investigadora de chimpancés de talla mundial, es miembro de la Sociedad de Criptozoología.

Hoy, sin embargo, sigue sin esclarecerse por qué aparecieron en esa época tantos pulpos gigantes; ignoramos si las variaciones climáticas u oceanográficas jugaron algún papel en dicho fenómeno. También en la década de los sesenta del siglo XX quedaron varados en esa región pulpos gigantes con llamativa frecuencia. El biólogo Frederick Aldrich de la Memorial University de Saint John en Terranova, que en esa época investigó a fondo al Architeuthis, lo explica aduciendo las oscilaciones periódicas de la corriente del Labrador, que en su opinión acontecen cada noventa años. Entonces las corrientes frías arrastran a los pulpos cerca de la costa. Por ello Aldrich profetizó para los años posteriores al 2050 una nueva aparición masiva de pulpos gigantes frente a Terranova.
En 1880, el mayor Architeuthis jamás capturado quedó varado en la costa de Nueva Zelanda: desde la punta de su manto —ese tegumento que envuelve el cuerpo y la cabeza— hasta el final de los tentáculos medía 18 metros y pesaba casi una tonelada. Sus ojos de 40 centímetros de diámetro eran mayores que una cabeza humana: poseía sin duda los ojos más grandes de todo el reino animal. Sus vías nerviosas eran tan gruesas que al principio se pensaba en venas sanguíneas.
Los calamares gigantes, se sabe que los gigantes cazan sobre todo peces abisales. Su presa también son los hokis. Durante veinte minutos el submarino buceó entre la bandada de peces relucientes: hokis y más hokis, pero ni un solo calamar gigante se dejó ver.

Los nativos de algunas regiones de la República Popular de Congo denominan wakawaka —o elefante de los pantanos— a la modalidad enana del elefante corriente de bosque; ese animal se llama messala en Camerún y mussaga en Gabón.
Sin embargo, la mayoría de los zoólogos pensaban que los elefantes enanos eran meras formas raquíticas, ejemplares aislados retrasados en su crecimiento. Y creían saber por qué precisamente los cazadores de caza mayor insistían tanto en que en África vive un tipo enano de elefante: porque si un cazador abatía animales jóvenes de la variedad «normal» con pequeños colmillos, podía infringir fácilmente las leyes de caza que protegen a los animales jóvenes. Pero si en África existiera otra especie de elefante más pequeña, los traficantes de marfil siempre podrían alegar que el valioso «oro blanco» había pertenecido a un animal de esa especie enana completamente adulto. De ahí que todas las noticias sobre elefantes enanos fueran acogidas con desconfianza.

El dingiso no es simplemente otra nueva especie de los indolentes marsupiales arborícolas, sino un eslabón muy importante para comprender la filogénesis de ese grupo de animales. Como lleva una vida «semiterrestre» —la mitad de su vida la pasa en el suelo—, ocupa un lugar especial entre los canguros arborícolas. Al principio Flannery creyó que el animal estaba cerca de aquella forma de transición que retrocedió desde el suelo a los árboles. A pesar de los pies planos, las patas delanteras y traseras casi de la misma longitud están bien dotadas para trepar. También el cráneo se parece mucho al de las otras especies de Dendrolagus. Los huesos, sin embargo, son demasiado ligeros para resistir saltos o caídas desde los árboles. En opinión de Flannery, el dingiso está recorriendo ahora el camino inverso: descender de los árboles al suelo. Y es que la evolución a veces es como la vida: unas veces se baja y otras se sube, y después vuelta a bajar…

En 1956 otros hallazgos rebatieron la creencia en el hombre gigante: un labrador chino que buscaba huesos de dragón en la cueva de Liucheng se topó con una mandíbula descomunal que albergaba los típicos dientes de Giganto. Más tarde se descubrieron allí otros dos maxilares y casi mil dientes sueltos, de una antigüedad aproximada de un millón de años. Y todos estos fósiles pertenecían inequívocamente a antropoides. Por eso en la actualidad Giganto se considera un pariente del orangután.
¿Había sobrevivido Giganto? Una y otra vez se habla de él como antepasado de misteriosos hombres mono, aunque no descubiertos hasta la fecha: como antepasado del yeti, el «abominable hombre de las nieves» del Himalaya, o del bigfoot.
Pero por desgracia no existe demostración alguna de esta apasionante hipótesis, ni siquiera un mísero diente. No obstante, a falta de pruebas sólidas, en ocasiones también la simple lógica permite deducir hechos irrefutables. El antropólogo Grover Krantz sigue convencido de que el mono gigante americano de pies grandes existe, y sabe también cómo bigfoot, alias Gigantopithecus, cambió en su día de continente: el mayor mono de la Tierra, único primate que vive en Norteamérica, aparte del hombre, aunque todavía no haya sido oficialmente descubierto, llegó por supuesto a través del estrecho de Bering. En las glaciaciones, con el descenso del nivel del mar, ese puente de tierra unía la masa continental asiática con la americana Alaska. Numerosas especies de animales pasaban de ese modo de un continente a otro; los primeros pobladores humanos de América posiblemente alcanzaron también por ese camino el «nuevo mundo». Y el sasquatch emigró de la misma manera a Norteamérica, opina Grover Krantz, aunque hasta ahora no
disponemos de hallazgos fósiles que lo corroboren.
Las huellas de oso son claramente distintas de las de los bigfoots. Hasta ahora las huellas son absolutamente inexplicables. Solo en Walla Walla (estado de Washington) se descubrió en 1991 un rastro de bigfoots de varios kilómetros compuesto por 5.800 huellas distintas, muy sorprendentes, únicas y abundantes en detalles.

Hasta 1983 no fue descrita científicamente la nueva especie: Megachasma pelagios, «boca gigante de los mares abiertos». El megamouth, la sexta especie más grande aún viva de tiburón, fue, tras el celacanto, la sensación ictiológica del siglo XX.
Seguramente esta especie vive a gran profundidad: el borde del hocico gigante y su boca desprenden un brillo plateado, quizá para atraer en la oscuridad a los microorganismos de los que se alimenta el enorme animal. De unas 370 especies de tiburón solo se nutren de plancton otras dos: el tiburón ballena, que con sus 18 metros de longitud es el mayor del mundo, y el Cetorhinus maximus, otro tiburón de gran tamaño que llega a medir hasta 10 metros de largo y vive en alta mar, incluso frente a las costas de Inglaterra. Los boquianchos están muy aislados dentro del grupo de los tiburones, tan solo los unen ciertos vínculos con el Cetorhinus a lo sumo.
Dicho de otra manera: los mares siguen albergando verdaderos misterios. Y no solamente el tiburón de hocico gigante: en el siglo XX se descubrieron varias especies de ballena, siete solamente desde la década de los cincuenta, la mayoría de ellas ballenópteros. Este grupo de mamíferos marinos posee un largo hocico parecido a un pico con muy pocos dientes en su interior. Seguramente se limitan a absorber con sus fauces a los calamares, su presa principal.

En Australia el retroceso de los batracios es especialmente drástico. Durante los últimos años las existencias de al menos 57 de las 194 especies de anfibios conocidas han disminuido de manera muy considerable, 7 de ellas se han extinguido por completo, entre las que figuran unas ranas que eran posiblemente los anfibios más peculiares y extraños del mundo. En 1973, Michael Tyler, un especialista en anfibios de la Universidad de Adelaida, descubrió en un arroyo de montaña del sureste de Queensland un batracio desconocido. El anfibio era algo especial porque Rheobatrachus silus, así denominó Tyler a la nueva especie, era la única rana de Australia que pasaba su vida entera en el agua.
Pero lo más asombroso sucedió el 23 de noviembre de 1973, solo pocos meses después del descubrimiento, cuando una de las ranas de los acuarios de Tyler abrió la boca… y salieron de ella unas crías completamente desarrolladas. Los científicos no tardaron en averiguar el secreto del pequeño batracio: tras el desove, las hembras se tragaban la puesta y la «incubaban» en el estómago. Los renacuajos seguían allí después de abandonar el huevo hasta que se transformaban en ranitas. En el estómago de la madre no recibían comida, pues durante todo su desarrollo juvenil se alimentaban de una gran vesícula blastodérmica. La madre también se veía obligada a ayunar durante todo ese tiempo, unas ocho semanas. Como es natural, la «incubación estomacal» causó sensación: ¿por qué el estómago de la madre no digería a los renacuajos?
Los científicos no tardaron en averiguar que los renacuajos segregan una sustancia propia, una hormona específica que impide las secreciones gástricas corrosivas. De ese modo el órgano de la digestión se convertía en incubadora.

(Tigre De Tasmania), sigue sin esclarecerse si fue realmente el dingo el que expulsó de Australia al marsupial carnívoro: al fin y al cabo, el dingo y el «lobo» convivieron varios miles de años en Australia. En cualquier caso, se descarta que las causas de la extinción en el continente fuesen las variaciones del clima y de la vegetación, pues las condiciones de vida eran comparables a las de Tasmania. No está claro qué provocó en última instancia la desaparición del lobo marsupial en Australia. Al dingo le amenaza ahora la misma suerte que al tilacino: está sometido a una persecución despiadada y se ofrecen recompensas por dingos muertos, pues se los tilda de asesinos de ovejas (y esto es lo peor que cabe decir de un animal en Australia). A ello se añade la extinción encubierta: como pertenecen a la misma especie, los dingos y los perros domésticos asilvestrados se cruzan sin limitaciones. La consecuencia es que apenas quedan ya dingos de pura raza en Australia. Posiblemente la supervivencia de esta interesante raza desde el punto de vista históricoevolutivo solo pueda garantizarse en pequeñas islas donde no vivan otros cánidos. La historia del exterminio parece repetirse.

En 1999. El biólogo marino Joseph Eastman descubre nada menos que cuatro nuevas especies de peces en las gélidas aguas del continente más desconocido, la Antártida. Las cuatro especies pertenecen a los Nototheniidae, o «peces antárticos». Este grupo desciende de peces sin vejiga natatoria que viven en el suelo y aquí ha ocupado muchos nichos que en otros mares habitan otras especies.
La ciencia hace un descubrimiento verdaderamente grande en el mundo de los microbios diminutos: Thiomargarita namibiensis, sulfobacteria de Namibia, se conoce como la mayor bacteria viviente de la Tierra, que fue observada por primera vez dos años antes por la bióloga marina alemana Heide Schulz. La sulfobacteria, casi cien veces más grande que la mayor bacteria conocida hasta entonces, puede verse a simple vista: tiene el tamaño aproximado del punto.

This is another of the literary gems that reread every so often. Many believe that in today’s world no more discoveries fit, except among the myriads of insects and other lower living beings. In the forests of the Gombe National Park, it has certainly met countless beetles, flies and other insects unknown to science.
This book gathers spectacular discoveries, but also those less splendid small findings. With his objective exposition, Lothar Frenz manages to transmit respect for cryptozoology, a field of human endeavors that has been misinterpreted too frequently.

Most of these “new” species show that large animals also remain hidden for a long time, despite being well known by the native population. However, what “serious” scientist listens to the stories of the natives? Or the stories of giant dragons, such as those repeatedly referred to by the fishermen and pearl seekers of the eastern islands of the Sonda at the beginning of the 20th century?
After each and every one of these reports a new animal species was hidden: the first “terrestrial crocodile” arrived in 1912 to the domains of science and was called Komodo dragon. In 1901 the Belgian Oscar von Beringe demonstrated the existence of the «monstrous monkey» after shooting some specimens. Today, the “female kidnapping monsters” receive a different nickname, namely that of gentle giants, the mountain gorillas.
Cryptozoology does not fit into the natural science system. Their sources are often old traditions; Many assumptions and interpretations are based more on intuition than on palpable evidence. Precisely Germany shows greater skepticism than other countries towards the illustrious group of cryptozoologists: of the approximately eight hundred members of the ISC, only twenty are Germans. In Anglo-Saxon countries, on the other hand, renowned scientists and naturalists are less afraid of contact: Jane Goodall, the famous researcher of world-class chimpanzees, is a member of the Cryptozoology Society.

Today, however, it remains unclear why so many giant octopuses appeared at that time; We do not know if climatic or oceanographic variations played any role in this phenomenon. Also in the sixties of the twentieth century giant octopuses with striking frequency were stranded in that region. The biologist Frederick Aldrich of the Memorial University of Saint John in Newfoundland, who at that time investigated thoroughly the Architeuthis, explains it by citing the periodic oscillations of the Labrador current, which in his opinion occur every ninety years. Then the cold currents drag the octopi near the coast. That is why Aldrich prophesied for the years after 2050 a new massive appearance of giant octopuses in front of Newfoundland.
In 1880, the greatest Architeuthis ever captured was stranded off the coast of New Zealand: from the tip of his mantle – that tegument that envelops the body and head – to the end of the tentacles was 18 meters and weighed almost a ton. His eyes, which were 40 centimeters in diameter, were larger than a human head: he certainly possessed the largest eyes of the entire animal kingdom. His nerve pathways were so thick that at first he thought of blood veins.
The giant squid, it is known that the giants hunt above all abyssal fish. His prey are also the Hokis. For twenty minutes the submarine dived among the flock of gleaming fish: hokis and more hokis, but not a single giant squid could be seen.

The natives of some regions of the People’s Republic of Congo denominate wakawaka – or elephant of the marshes to the dwarf modality of the elephant current of forest; that animal is called messala in Cameroon and mussaga in Gabon.
However, most zoologists thought that dwarf elephants were mere rickety forms, isolated individuals delayed in their growth. And they thought they knew precisely why the big game hunters insisted so much that in Africa there lives a dwarf elephant type: because if a hunter slaughtered young animals of the “normal” variety with small fangs, he could easily violate the hunting laws that protect to young animals. But if in Africa there were another species of smaller elephant, the ivory traffickers could always claim that the valuable “white gold” had belonged to an animal of that completely adult dwarf species. That is why all the news about dwarf elephants was received with distrust.

The dingiso is not simply another new species of the indolent arboreal marsupials, but a very important link to understand the phylogenesis of that group of animals. As he leads a “semi-terrestrial” life – half of his life is spent on the ground – he occupies a special place among tree-dwelling kangaroos. At first Flannery believed that the animal was close to that form of transition that fell back from the ground to the trees. In spite of the flat feet, the front and back legs of almost the same length are well equipped to climb. The skull is also very similar to that of the other Dendrolagus species. The bones, however, are too light to resist jumping or falling from the trees. In Flannery’s opinion, the dingiso is now traveling the reverse way: descending from the trees to the ground. And the fact is that evolution is sometimes like life: sometimes it goes down and sometimes it goes up, and then it goes down again …

In 1956 other findings refuted the belief in the giant man: a Chinese farmer looking for dragon bones in the Liucheng cave encountered a huge jaw that housed Giganto’s typical teeth. Later, there were discovered two other jaws and almost a thousand loose teeth, approximately one million years old. And all these fossils belonged unmistakably to anthropoids. That is why Giganto is currently considered a relative of the orangutan.
Had Giganto survived? Again and again he is spoken of as an ancestor of mysterious ape men, though not discovered to this day: as ancestor of the yeti, the “abominable snowman” of the Himalayas, or the bigfoot.
But unfortunately there is no demonstration of this exciting hypothesis, not even a miserable tooth. However, in the absence of solid evidence, sometimes simple logic also allows to deduce irrefutable facts. The anthropologist Grover Krantz remains convinced that the American giant giant-footed monkey exists, and also knows how bigfoot, aka Gigantopithecus, changed in his continent day: the largest monkey on Earth, the only primate living in North America, apart from man , although it has not yet been officially discovered, it arrived of course through the Bering Strait. In the glaciations, with the descent of the level of the sea, that bridge of earth united the Asian continental mass with the American Alaska. Numerous species of animals passed in this way from one continent to another; The first human settlers in America possibly also reached the “new world” along this path. And the sasquatch emigrated in the same way to North America, says Grover Krantz, although until now
We have fossil finds that corroborate it.
The bear tracks are clearly different from those of the bigfoots. So far, the prints are absolutely inexplicable. Only in Walla Walla (State of Washington) was discovered in 1991 a trail of bigfoots of several kilometers composed of 5,800 different tracks, very surprising, unique and abundant in detail.

Until 1983 the new species was not scientifically described: Megachasma pelagios, “giant mouth of the open seas”. The megamouth, the sixth largest living species of shark, was, after the coelacanth, the ichthyological sensation of the 20th century.
Surely this species lives at great depth: the edge of the giant snout and its mouth give off a silvery shine, perhaps to attract in the dark the microorganisms that feed the huge animal. About 370 species of shark feed only two other plankton: the whale shark, which is 18 meters long is the largest in the world, and Cetorhinus maximus, another large shark that can measure up to 10 meters long and lives on the high seas, even off the coast of England. The boquianchos are very isolated within the group of sharks, only bind them certain links with the Cetorhinus at the most.
In another way: the seas still harbor true mysteries. And not only the giant-snouted shark: in the twentieth century several whale species were discovered, seven only since the 1950s, most of them whale-watching. This group of marine mammals has a long snout like a beak with very few teeth inside. Surely they are limited to absorb with their jaws the squid, their main prey.

In Australia the backward movement of the batrachians is especially drastic. During the last years the stocks of at least 57 of the 194 species of amphibians known have diminished very considerably, 7 of them have been completely extinct, among which are some frogs that were possibly the most peculiar and strange amphibians in the world . In 1973, Michael Tyler, an amphibian specialist at the University of Adelaide, discovered an unknown batrachian in a mountain stream in southeastern Queensland. The amphibian was something special because Rheobatrachus silus, as Tyler called the new species, was the only Australian frog that spent its entire life in the water.
But the most amazing thing happened on November 23, 1973, only a few months after the discovery, when one of the frogs in Tyler’s aquarium opened its mouth … and came out of it fully developed pups. The scientists soon discovered the secret of the small batrachian: after the spawning, the females swallowed the spawn and “incubated” it in the stomach. The tadpoles were still there after leaving the egg until they were transformed into frogs. In the stomach of the mother they did not receive food, because during all their youthful development they fed on a large blastodermic vesicle. The mother was also forced to fast all this time, about eight weeks. Naturally, the “stomach incubation” caused a sensation: why did the mother’s stomach not digest the tadpoles?
Scientists soon found out that tadpoles secrete their own substance, a specific hormone that prevents corrosive gastric secretions. In this way the organ of digestion became an incubator.

(Tasmanian Tiger), it is still unclear if it was really the dingo that drove the carnivorous marsupial from Australia: after all, the dingo and the “wolf” lived together in Australia for several thousand years. In any case, it is discarded that the causes of the extinction in the continent were the variations of the climate and the vegetation, because the conditions of life were comparable to those of Tasmania. It is not clear what ultimately caused the disappearance of the marsupial wolf in Australia. The dingo is now threatened with the same fate as the thylacine: it is subject to ruthless persecution and rewards are offered for dead dingoes, since they are branded killers of sheep (and this is the worst thing that can be said of an animal in Australia). To this is added the disguised extinction: as they belong to the same species, dingoes and feral domestic dogs cross without limitations. The consequence is that there are hardly any purebred dingoes left in Australia anymore. Possibly the survival of this interesting breed from the historical-evolutionary point of view can only be guaranteed on small islands where other canids do not live. The history of extermination seems to repeat itself.

In 1999. Marine biologist Joseph Eastman discovers no less than four new species of fish in the icy waters of the most unknown continent, Antarctica. The four species belong to the Nototheniidae, or “Antarctic fish”. This group descends from fish without swim bladder that live in the ground and here it has occupied many niches that in other seas inhabit other species.
Science makes a truly great discovery in the world of tiny microbes: Thiomargarita namibiensis, Namibia’s sulfobacteria, is known as the largest living bacterium on Earth, which was first observed two years earlier by the German marine biologist Heide Schulz. The sulfobacteria, almost a hundred times larger than the largest bacteria known until then, can be seen with the naked eye: it has the approximate size of the point.

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