Odisea 2050: La Economía Mundial Del Siglo XXI — Jaime Requeijo / Odyssey 2050: The 21st Century World Economy by Jaime Requeijo (spanish book edition)

El libro es una predicción, de acuerdo al estado de la economía mundial en el inicio de la crisis que aún nos azota, de cómo estarán repartidos los poderes económicos en el año 2050. Pese a que aporta una buena cantidad de datos para apoyar sus predicciones, no deja de ser un futuro irreal, ya que cualquier hecho relevante en ese período de tiempo, dará al traste con todas las predicciones del autor. Aún así, no deja de ser interesante. En esta nueva reedición se añadió un capítulo extra sobre los tiempos de la pandemia.

Superada, en parte, la crisis financiera iniciada en 2008, la economía mundial se enfrenta, en este año 2020, a otra perturbación de dimensiones mundiales: la generada por un virus, el Covid-19, altamente infeccioso y, en ocasiones, letal para el ser humano.
Para tratar de contener sus efectos, a la espera de una vacuna eficaz, los gobiernos de todos, o casi todos, los países optan por restringir, en mayor o menor medida, la movilidad de sus ciudadanos: restricciones que, inevitablemente, dificultan la producción de bienes y servicios, reducen su demanda y generan incertidumbres económicas de todo tipo.

Antes de que la actual crisis alcanzara la dimensión universal que hoy conocemos, una de las previsiones sobre la evolución de la economía mundial dibujaba un horizonte 2050 con un producto total cuadruplicado, respecto de los 54,347 billones de dólares del 2007, con tres grandes economías dominantes —China, Estados Unidos e India, por ese orden—, con la región asiática como área económica principal, pese al declive relativo de Japón, con la presencia de dos grandes economías no asiáticas —Brasil y Rusia— y con un menor peso, sobre el total, de las principales economías de la UE-27.
Pero ese horizonte virtual ha quedado ensombrecido por el estallido de una crisis financiera internacional.
En primer lugar, los mercados financieros están totalmente integrados, por lo menos en el área OCDE; y lo están porque las barreras que los separaban han sido gradualmente eliminadas y porque las tecnologías de la información y comunicación (las TIC) permiten actuar en cualquier mercado, dado que los costes de información y transacción se han reducido muy considerablemente. Quiere ello decir que lo que ocurre en cualquier mercado terminará reflejándose en muchos otros, como lo demuestran los movimientos sincrónicos de las bolsas.
En segundo lugar, muchos de los productos negociados presentan una enorme complejidad. Piénsese, por ejemplo, en las muy diferentes fórmulas de derivados y de productos estructurados, negociados casi siempre en mercados no organizados, lo que acentúa su opacidad.
En tercer lugar, y frente a los sistemas financieros tradicionales, existe lo que muchos autores, Roubini entre ellos, denominan el sistema financiero «en la sombra» , formado por bancos de inversión, fondos del mercado monetario, fondos de alto riesgo, conduits , vehículos especiales de inversión y varios otros intermediarios financieros no bancarios. Actúan, como la banca tradicional, con elevado apalancamiento y transformando pasivos líquidos a corto en activos a largo, y mucho menos líquidos, pero se diferencian de esa banca tradicional en que su funcionamiento está mucho menos regulado y supervisado. Sirva de ejemplo la actuación, fuera de toda supervisión, de los fondos de alto riesgo (hedge funds).
En cuarto lugar, resulta dudosa la fiabilidad de las entidades que, tradicionalmente, han valorado la solvencia de instituciones y emisores. Nos referimos a las empresas auditoras y a las agencias de calificación.
Surge la trampa de liquidez cuando la política monetaria, por expansiva que sea, no parece tener efectos positivos sobre las variables reales. Los tipos de interés básicos fijados en este fin de año por la Reserva Federal norteamericana, el Banco Central Europeo y el Banco de Japón —1%, 2% y 0,30%, respectivamente 6 — se encuentran en niveles mínimos sin que se corrijan las tendencias recesivas de las economías correspondientes. Probablemente porque el problema de solvencia prevalece sobre el de liquidez y obstruye los canales de financiación.
No estamos, por tanto, ante un panorama expansivo de la economía mundial sino ante una coyuntura claramente recesiva de duración indeterminada y de alcance global. El futuro inmediato es claramente recesivo para las economías desarrolladas porque así lo ponen de relieve sus propios indicadores.

EE.UU.
La primera de ellas es el tamaño comparado. Con casi 14 billones de dólares de producto total en 2007, la economía norteamericana es la mayor de todas y representa el 25% de la economía mundial. Y el tamaño importa porque facilita la consecución de economías de escala y alcance y las ganancias de productividad. Es, además, una economía con ramificaciones mundiales, una de las razones por las que el resto de las economías no han conseguido desvincularse (decoupling ), es decir, lograr que los altibajos de la economía de Estados Unidos —los bajos sobre todo— no les afecten, lo cual plantea una situación hilarante desde el punto de vista del análisis político: para una parte del pensamiento político mundial.
La segunda es su capacidad tecnológica, impulsada, en parte, por la investigación militar. Sin que las cifras sean reveladoras de la situación real, porque lo que importa, en definitiva, es el uso práctico del esfuerzo investigador, la sociedad norteamericana parece estar a la cabeza en biotecnología y nanotecnología; comparte con Reino Unido las mayores cifras de capital riesgo —la clave del esfuerzo privado de investigación— y el empleo en los sectores de Investigación y Desarrollo crece al 2,5% anual, algo por debajo de la UE-15.
La tercera es la flexibilidad de sus mercados de productos y factores. ¿Qué entendemos por esa expresión? En términos generales, que los mercados de productos funcionen con escasas regulaciones y con grados elevados de competencia y que los mercados laborales no estén sometidos a múltiples intervenciones que mermen su eficacia para crear empleo. Si es difícil crear nuevas empresas, por la existencia de barreras de entrada; si los gobiernos regulan el funcionamiento de ciertas industrias, especialmente de las industrias de red; si los precios de determinados productos y servicios están fijados por las Administraciones Públicas.
Y, finalmente, la cultura americana es una cultura mucho más individualista que la de la mayoría de los otros países. Por lo general, el ciudadano norteamericano considera que, para prosperar en la vida, debe apoyarse en su esfuerzo personal y que es ese esfuerzo el que le permitirá alcanzar los objetivos perseguidos. Es la esencia de lo que se denomina «el sueño americano»; el sueño de una vida mejor, labrada por el esfuerzo propio y que explica, en parte, por qué el americano está dispuesto a trabajar más horas y a gozar de menos vacaciones que el europeo, por ejemplo. Es posible que la «ética del trabajo» asiático, mucho más anclada en el grupo que en el individuo, se mueva en la misma dirección, pero la capacidad de esfuerzo y trabajo de la sociedad norteamericana es todavía uno de sus activos más importantes.

Unión Europea.
La Unión Europea es una casa a medio hacer, rodeada de rigideces considerables y con un futuro borroso. Hablar de la UE como de un conjunto totalmente integrado, en la esfera política y económica, constituye una aproximación irreal al tema. En el ámbito político los vínculos comunes son, hoy por hoy, muy tenues, y prueba palpable de ello son los fracasos cosechados por los dos proyectos de Constitución, fracasos que evidencian, de un lado, que las sociedades correspondientes no están muy decididas a seguir adelante en la búsqueda de una unidad política y, del otro, que la distancia entre dirigentes y dirigidos es enorme. En la esfera económica, lo que existe es un mercado común para productos manufacturados, una política agrícola común costosa e ineficaz, un mercado común de servicios que está dando sus primeros pasos, en medio de grandes resistencias, y una amplia libertad de movimientos de capital y trabajo; más, para el caso de dieciséis países, una moneda común.
La búsqueda de ayudas de todo tipo, amparadoras de situaciones reales o ficticias, es una característica de las sociedades europeas: en muchos casos es preferible mantenerse en el seguro de desempleo que aceptar trabajos no muy remunerados y, con frecuencia, penosos.
Hay que distribuir el gasto y vigilar, puntillosamente, el cumplimiento de las obligaciones fiscales—, lo que, en principio, eleva el nivel de intervención: cuantos más funcionarios públicos regulen cualquier actividad, mayor será la intervención, puesto que el funcionario, sea cual sea su nacionalidad y condición, ansía dejar su impronta en la actividad que regula, mermando con ello la libertad de acción de los individuos. La afirmación de Von Mises sobre la burocracia resiste, siempre, el paso del tiempo.
Pero la capacidad interventora de los países de la Unión Europea rebasa, con mucho, los límites del Estado de Bienestar. Por dos razones: porque las economías de los países europeos —pensemos en Alemania, Francia o España— son, por tradición, economías sujetas a múltiples regulaciones; y porque la arquitectura política de la Unión Europea las multiplica.

1) ¿Cuánto tiempo puede durar la presente crisis?, y
2) ¿Qué rasgos económicos presentará la economía mundial tras la crisis?.
Lo importante, sin embargo, no es la duración —de las crisis siempre se sale—, sino la configuración del orden mundial una vez superada la perturbación. Para limitar los desperfectos del vendaval financiero, los gobiernos de muchos países han recapitalizado, con dinero público, múltiples instituciones del sector financiero y algunas del sector real. Las han, por tanto, desprivatizado.

Un mundo cada vez más poblado, con regiones que se desarrollan rápidamente, es un mundo que requiere cada vez más energía, como se desprende del cuadro 1.
Como puede observarse, en el transcurso de un cuarto de siglo la demanda mundial habrá aumentado un 45%, pero las fuentes energéticas no habrán experimentado grandes variaciones: carbón, petróleo y gas natural, que suponen ahora un 80% de la demanda energética total, constituirán, en 2030, el 81%. Se seguirá dependiendo, por tanto, de combustibles no renovables, el petróleo seguirá siendo la fuente energética principal, aunque su porcentaje de participación haya disminuido, y, junto con el gas, facilitarán el 52% de la demanda total.
Tras de ese aumento de la demanda de la energía primaria se encuentra el crecimiento previsto de los países asiáticos.
La pregunta que hay que hacerse, al llegar aquí, es si la energía primaria que el mundo va a necesitar en los próximos años va a seguir dependiendo de combustibles fósiles, no renovables, y contaminantes, o si conviene a los países importadores netos de esos combustibles ampliar su generación de energía a través de plantas nucleares. Porque, en el primer caso, los mercados energéticos van a seguir dominados por los productores de los combustibles, en especial los productores de petróleo; y, en el segundo, y transcurridos unos años —el período de maduración de las plantas es largo—, es posible que las tensiones en esos mercados amainen.
Pero hay algo más que debe hacerse: conseguir ahorros energéticos sustanciales, tanto en la producción como en el consumo. Es decir, mejorar la eficiencia energética por medio de una reducción de la elasticidad-renta de la demanda de energía.

La globalización despierta, de por sí, reacciones proteccionistas: en países en desarrollo porque consideran que la libertad de movimientos de capital les ha causado problemas de envergadura; en países desarrollados porque la deslocalización productiva, impulsada por las muy amplias diferencias salariales, afecta al empleo de determinados sectores y, además, contrae las retribuciones de la mano de obra menos cualificada.
A esas tensiones, que vibran desde hace tiempo, se han sumado ahora las que suscitan el mercantilismo monetario y el empuje de los fondos soberanos.
Nada convendría menos a la economía mundial que se desatase una guerra comercial entre Estados Unidos y los países asiáticos porque, en la actual situación de interdependencia, todos saldrían perdiendo. Pero hay que comprender que el déficit comercial de Estados Unidos, 711.600 millones de dólares en 2007, constituye un generador de problemas a la búsqueda de soluciones múltiples.
China como Japón son los grandes acreedores de Estados Unidos y que, a finales de octubre del 2008, China poseía 652.900 millones de dólares en títulos del Tesoro norteamericano, y Japón, 585.500 millones de dólares 152. Los dos países eran, por tanto, los dos grandes acreedores del Tesoro, aunque su inversión en Estados Unidos vaya mucho más allá de ese tipo de préstamos.
No resulta nunca fácil actuar en contra de los intereses de tres principales prestamistas, pero, en cualquier caso, la situación descrita se acerca a un equilibrio inestable que entraña riesgos de naturaleza explosiva.

La inmigración ilegal es hoy uno de los grandes problemas que acosan a los gobiernos de los países de destino; problema, además, que en el caso de la Unión Europea adquiere dimensión regional porque, en la medida en que un país endurece su política frente a este tipo de movimientos, los inmigrantes sin documentación procuran desplazarse a otro país de reglas menos severas. Y hay que suponer que, en años venideros, las medidas que los distintos gobiernos adopten irán endureciéndose aún más porque el rechazo de las poblaciones autóctonas —por considerar que esa inmigración pone en peligro sus puestos de trabajo, por temor a un aumento de la criminalidad o por simple xenofobia— se irá haciendo más explícito. En público, los ciudadanos de la mayoría de los países occidentales suelen mostrar su comprensión hacia ese tipo de movimientos; en privado, la complacencia desaparece, y no olvidemos que el voto es un acto privado.
Es muy probable que esos flujos aumenten en los próximos años. No olvidemos que los factores de impulso y atracción, a los que se ha hecho referencia, van a seguir influyendo en los movimientos migratorios; es decir, la presión migratoria no va a disminuir. Pero tampoco conviene olvidar que, muy probablemente, la mayoría de los países de destino va a filtrar cada vez más la concesión de permisos de residencia y de trabajo a los futuros emigrantes porque así lo exigen, cada vez con más fuerza, sus ciudadanos. Luego hay que suponer que la dificultad para entrar y trabajar legalmente dará como resultado un aumento de la inmigración ilegal. Hacia el futuro, por lo tanto, es muy probable que los flujos de emigración se mantengan, y en algunos momentos se aceleren, con proporción alta de inmigrantes ilegales y, por tanto, con problemas sociales crecientes para los países receptores.

Los ciudadanos de casi todos los países, y de nuevo de los europeos continentales, desconfían cada vez más de los gobiernos, unos gobiernos que consideran mendaces, volubles y poco fiables: no cuentan la verdad, para lo cual usan y abusan de la palabrería; afirman rotundamente lo que, pasado un cierto tiempo, negarán rotundamente; sus propósitos reales tienen, a veces, muy poco que ver con el enunciado de esos propósitos. Será muy complicado, por tanto, convencer a los votantes de la necesidad de un cambio de esa envergadura, supuesto el gran acuerdo político previo, porque muchos de esos votantes considerarán que les están engañando una vez más. Y recordemos, por ejemplo, que, en España, y respecto al tema que nos ocupa, se ha pasado, en muy pocos años, de considerar que la edad de jubilación de funcionarios y trabajadores debía anticiparse, para que gozaran de un «merecido descanso», a acariciar la idea de prolongarla.
Es posible, y deseable, que se logre cambiar la norma en el sentido propugnado por la OCDE, pero el tránsito será muy difícil y, a veces, imposible.
Se atribuye a Auguste Comte, filósofo francés del siglo XIX y padre del término «sociología», la frase «la demografía es el destino»; un destino, en nuestro tiempo, cargado de nubarrones y múltiples incertidumbres.
La acelerada evolución técnica prevista ayudará a resolver muchos problemas de nuestro mundo, tanto en el ámbito personal como en el económico y social, pero es posible que también genere muchos otros problemas.

El rápido avance de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), avance claramente perceptible desde el último tercio del siglo pasado, ha potenciado la conectividad mundial, entendida ésta como la capacidad de relación rápida entre personas, empresas e instituciones, muchas de ellas situadas en diferentes, y a veces distantes, países.
Más aún, esa capacidad de relación directa ha dado paso a la globalización económica, es decir, a que las transacciones transnacionales puedan efectuarse con extremada rapidez.
En 2020, el Covid-19, un agente patógeno que infectó primero una zona de China (Wuhan) y que se ha ido extendiendo por todo el planeta. Se trata de un virus altamente contagioso y, en ocasiones, letal. A finales de septiembre de 2020 se han contabilizado, en el mundo, 30 millones largos de contagios y un millón aproximado de fallecimientos 245 .
Sin antídoto disponible, por el momento, los gobiernos de todos los países han optado, con mayor o menor premura, por la protección de sus ciudadanos, lo que ha supuesto, en un primer momento, el confinamiento de las familias en sus domicilios y el cierre de fronteras. Se trata, sobre todo, de evitar contagios.
Pero, aunque las medidas se hayan ido flexibilizando —y siempre bajo la amenaza de un confinamiento muy amplio—, los efectos económicos son visibles porque esa situación golpea, una y otra vez, tanto a las economías nacionales como a la economía global.
Los confinamientos, las restricciones a la movilidad y el temor al contagio han afectado a todas las economías del mundo al generar graves perturbaciones de oferta, demanda e incertidumbre.
La crisis de oferta surge porque las restricciones dificultan la producción y entrega de una serie de bienes y servicios: vehículos que tardan en completarse porque algunas de sus piezas se fabrican en países distintos, ropa confeccionada con telas de múltiples orígenes, servicios de transporte que tropiezan con diferentes obstáculos reglamentarios… En general, lo que caracteriza a las perturbaciones de oferta son los retrasos, retrasos que generan, por supuesto, quebrantos económicos.
Mucho más amplia, y de efectos económicos más contundentes, es la crisis de demanda: se ofrecen bienes y servicios que se enfrentan a una demanda muy limitada. Y el primer ejemplo es el turismo internacional.
España es un país especialmente afectado por la crisis, puesto que buena parte de los turistas que nos visitan son «de sol y playa», con estancias prolongadas en determinadas zonas y visitas, de duración variable, para sumarse a los múltiples festejos que se ofrecen a lo largo y ancho de la geografía española.
Pero, además de afectar al turismo internacional, la crisis de demanda deriva, también, de las restricciones a la movilidad de las personas y del miedo al contagio. Dentro de un mismo país, sus ciudadanos se desplazan menos, de una a otra zona, y restringen su vida social por la razón ya señalada.
Desde ese punto de vista, la crisis de demanda afecta, con mayor intensidad, a los países en los que predomina la «cultura de reunión», países en los que la generalidad de sus ciudadanos suele reunirse en bares, cafeterías y restaurantes para celebrar determinados acontecimientos o, simplemente, para charlar de asuntos varios.
La tercera de las crisis reseñadas es la crisis de incertidumbre y afecta al consumo y a las decisiones de inversión.
El consumo privado —el componente fundamental de la demanda— ya ha venido disminuyendo, a escala global, a consecuencia del desplome económico generalizado y el aumento del desempleo. Pero, además, la omnipresente incertidumbre ha dado lugar a un aumento de las tasas de ahorro: los hogares prefieren ahorrar, en la medida de lo posible, ante las múltiples dudas provocadas por la pandemia.
Esa contracción económica mundial supondrá un empeoramiento generalizado de las demás variables económicas, especialmente del nivel de empleo y de la situación financiera de la mayor parte de los países.
¿Se cumplirán esas previsiones? La prognosis está envuelta en dudas por numerosas que sean las variables tenidas en cuenta. Por dos razones ya anunciadas. En primer lugar, porque no sabemos cuándo se dispondrá del antídoto que bloquee la acción del virus; sabemos, eso sí, que cuanto más se atrase su llegada, la situación económica general se agravará. En segundo lugar, porque esta epidemia es distinta a las que la historia nos muestra: nunca se ha sufrido una epidemia que, en un mundo de elevada movilidad personal, obligase a reducirla en grado sumo.
Sabemos, eso sí, que, mientras duren los efectos del virus, los perjuicios económicos y sociales serán considerables, pero conocemos muy poco de la fase posterior y de la capacidad y ritmo de recuperación de los distintos países.

Los gobiernos de la Unión Europea acordaron poner en funcionamiento un plan de ayuda a través del incremento del presupuesto y de la emisión de deuda respaldada por el presupuesto. Sus características básicas son las siguientes 249 :
— La ayuda especial alcanzará los 750.000 millones de euros, destinados a apoyar lo que se denomina «Next Generation UE».
— Los fondos se distribuirán en el bienio 2021-2022.
— Se establece un «Mecanismo de Recuperación y Resiliencia», a través del cual se canalizará el 90% de la cantidad total, es decir, 672.500 millones.
— De esa cantidad, 360.000 millones se destinarán a préstamos y 312.500 millones a subvenciones.
— Para conceder las subvenciones se tendrán en cuenta, con referencia al período 2015-2019, el porcentaje de población, el PIB per cápita y el nivel de desempleo.
— Los objetivos que se persiguen, con el plan, son reforzar la capacidad de crecimiento, la creación de empleo y la resiliencia económica y social del país miembro y todo ello con miras a completar la transición ecológica y digital.
La decisión adoptada —facilitar la recuperación de las economías más golpeadas por la infección— parece lógica, puesto que el desplome económico de una parte del mercado comunitario afectaría, sin duda, al conjunto.
Pero, sin duda, será la realización del Plan lo que permitirá valorar su eficacia y comprobar si los grandes desequilibrios económicos de los países receptores de la ayuda han sido corregidos.
Facilitar el crecimiento debe ser el objetivo de las políticas que puedan aplicarse, porque sin crecimiento no será posible disminuir la elevada tasa de desempleo ni lograr, a medio plazo, la consolidación fiscal. Y el crecimiento debe apoyarse, a nuestro entender, en facilitar la expansión de la empresa privada y de la empresa exportadora.

La actividad económica, nacional e internacional, no se normalizará, como ya se ha señalado, hasta que una vacuna eficaz constituya un muro contra el virus. Mientras tanto, las diferentes políticas económicas tenderán, probablemente, a evitar sus peores efectos.
Superada esa fase, la normalización de la actividad económica no será, a nuestro juicio, uniforme, porque la recuperación dependerá de la profundidad de los daños causados y de las debilidades estructurales de cada economía. Por tanto, las recuperaciones en V no serán la regla, sino la excepción.
En primer lugar, el proceso de digitalización de las economías va a continuar y, probablemente, a ritmo acelerado. La digitalización supone que buena parte de la actividad económica discurre a través de la red global; que, en suma, se potenciará el comercio electrónico, el uso de plataformas de negociación y las transacciones electrónicas de todo tipo.
Dos razones avalan esa previsión.
La primera: el proceso de digitalización ha alcanzado ya niveles sustanciales en buena parte del mundo. La segunda razón es bastante clara: la pandemia ha puesto de manifiesto que el teletrabajo, la educación on-line y otras teleactividades varias han permitido superar, en múltiples campos, los obstáculos derivados de la distancia y el confinamiento.
La digitalización de las actividades económicas permite, además, reducir costes y aumentar la capacidad competitiva. Necesita, eso sí, capital humano especializado y expulsa, por tanto, al no especializado.
Resultado, casi inevitable, de la digitalización es la desaparición del dinero físico (creo que esto tardará en suceder según mi opinión), tendencia ya observable antes del virus y que la pandemia ha acelerado, al difundirse la idea de que los billetes y monedas podían ser vías de contagio. Y, por tanto, hay que suponer que, en un futuro no muy lejano, las transacciones serán todas electrónicas, con un papel preponderante de los teléfonos móviles, a través de los cuales se pagará, se abonará y se efectuará cualquier tipo de transacción.
La reindustrialización es otro de los objetivos que muchos de los gobiernos occidentales, y especialmente los de los países de la Unión Europea, impulsarán. En el caso europeo no se trata de un tema nuevo, puesto que la Comisión Europea viene propugnándolo desde tiempo atrás.
En 2012, y ante la reducción generalizada del peso del sector industrial en varias de las economías de los países miembros, la Comisión insistió en la necesidad de reforzar el sector industrial de cada país hasta llegar, en 2020, al 20% del Producto Interior.
Para la Comisión, la economía europea debía contar con un sólido sector industrial, habida cuenta de su capacidad multiplicadora de empleo, innovación y crecimiento. Algo que ha cambiado con la pandemia.
La distancia importa y puede plantear problemas de suministro y, más aún, la fragmentación productiva, llevada al extremo actual, puede originar problemas de envergadura en un mundo global rociado, en ocasiones, de notables tensiones políticas. Por eso hay que suponer que, de forma gradual, se generará una cierta nacionalización de sectores industriales.
Hay que suponer, también, que, para mantener la capacidad competitiva, muchas de las nuevas empresas se servirán de la robotización: sustituirán trabajadores por máquinas cada vez más inteligentes.

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The book is a prediction, according to the state of the world economy at the beginning of the crisis that still plagues us, of how the economic powers will be distributed in 2050. Although it provides a good amount of data to support its predictions , It is still an unreal future, since any relevant event in that period of time will ruin all the author’s predictions. Still, it is still interesting. A new re-issued with an extra chapter in order to pandemic times.

Having partially overcome the financial crisis that began in 2008, the world economy faces, in this year 2020, another disturbance of global dimensions: that generated by a virus, Covid-19, highly infectious and, at times, lethal for the human being.
To try to contain its effects, while waiting for an effective vaccine, the governments of all, or almost all, countries choose to restrict, to a greater or lesser extent, the mobility of their citizens: restrictions that inevitably make production difficult. of goods and services, reduce their demand and generate economic uncertainties of all kinds.

Before the current crisis reached the universal dimension that we know today, one of the forecasts on the evolution of the world economy drew a 2050 horizon with a total product quadrupled, compared to the 54.347 trillion dollars in 2007, with three major dominant economies —China, the United States and India, in that order—, with the Asian region as the main economic area, despite the relative decline of Japan, with the presence of two large non-Asian economies —Brazil and Russia— and with less weight, over the total, from the main economies of the EU-27.
But that virtual horizon has been overshadowed by the outbreak of an international financial crisis.
First, financial markets are fully integrated, at least in the OECD area; and they are so because the barriers that separated them have been gradually eliminated and because information and communication technologies (ICTs) make it possible to act in any market, given that information and transaction costs have been greatly reduced. This means that what happens in any market will end up being reflected in many others, as shown by the synchronous movements of the stock markets.
Second, many of the products traded are extremely complex. Take, for example, the very different formulas for derivatives and structured products, almost always traded on unorganized markets, which accentuates their opacity.
Third, and compared to traditional financial systems, there is what many authors, Roubini among them, call the financial system «in the shadow», made up of investment banks, money market funds, hedge funds, conduits, special investment vehicles and various other non-bank financial intermediaries. They act, like traditional banking, with high leverage and transforming short liquid liabilities into long, much less liquid assets, but they differ from traditional banking in that their operation is much less regulated and supervised. An example is the action, outside of any supervision, of hedge funds.
Fourth, the reliability of the entities that, traditionally, have assessed the solvency of institutions and issuers is doubtful. We refer to auditing companies and rating agencies.
The liquidity trap arises when monetary policy, no matter how expansive, does not seem to have positive effects on real variables. The basic interest rates set at the end of the year by the North American Federal Reserve, the European Central Bank and the Bank of Japan —1%, 2% and 0.30%, respectively 6 – are at minimum levels without being corrected the recessive trends of the corresponding economies. Probably because the problem of solvency prevails over that of liquidity and obstructs the financing channels.
Therefore, we are not facing an expansive outlook for the world economy but rather a clearly recessive situation of indeterminate duration and global reach. The immediate future is clearly recessive for developed economies because this is highlighted by their own indicators.

USA
The first one is the comparative size. With almost 14 trillion dollars of total product in 2007, the North American economy is the largest of all and represents 25% of the world economy. And size matters because it facilitates the achievement of economies of scale and scope and productivity gains. It is also an economy with global ramifications, one of the reasons why the rest of the economies have not succeeded in decoupling, that is, to ensure that the ups and downs of the United States economy – especially the lows – do not affect them, which poses a hilarious situation from the point of view of political analysis: for a part of world political thought.
The second is its technological capabilities, driven, in part, by military research. Without the figures being revealing of the real situation, because what matters, ultimately, is the practical use of the research effort, American society seems to be at the forefront in biotechnology and nanotechnology; it shares the highest risk capital figures with the United Kingdom – the key to the private research effort – and employment in the Research and Development sectors is growing at 2.5% annually, somewhat below the EU-15.
The third is the flexibility of your product and factor markets. What do we understand by that expression? In general terms, that product markets operate with few regulations and high levels of competition, and that labor markets are not subject to multiple interventions that reduce their effectiveness in creating jobs. If it is difficult to create new companies, due to the existence of entry barriers; whether governments regulate the operation of certain industries, especially network industries; if the prices of certain products and services are set by the Public Administrations.
And finally, American culture is a much more individualistic culture than that of most other countries. In general, the American citizen considers that, to prosper in life, he must rely on his personal effort and that it is this effort that will allow him to achieve the objectives pursued. It is the essence of what is called «the American dream»; the dream of a better life, carved out by self-effort and that explains, in part, why the American is willing to work longer hours and take fewer vacations than the European, for example. The Asian «work ethic», much more anchored in the group than in the individual, may move in the same direction, but the effort and work capacity of American society is still one of its most important assets.

European Union.
The European Union is a half-done house, surrounded by considerable rigidities and with a blurred future. To speak of the EU as a totally integrated whole, in the political and economic sphere, constitutes an unrealistic approach to the subject. In the political sphere, the common bonds are, today, very tenuous, and palpable proof of this are the failures reaped by the two draft Constitution, failures that show, on the one hand, that the corresponding societies are not very determined to follow forward in the search for a political unity and, from the other, that the distance between leaders and those led is enormous. In the economic sphere, what exists is a common market for manufactured goods, a costly and ineffective common agricultural policy, a common market for services that is taking its first steps, amidst great resistance, and a wide freedom of capital movements and work; plus, in the case of sixteen countries, a common currency.
The search for help of all kinds, which protects real or fictitious situations, is a characteristic of European societies: in many cases it is preferable to stay on unemployment insurance than to accept low-paid and often painful jobs.
Expenditure must be distributed and carefully monitored compliance with fiscal obligations—, which, in principle, raises the level of intervention: the more public officials regulate any activity, the greater the intervention, since the official, whatever Whatever their nationality and condition, they long to leave their mark on the activity they regulate, thereby reducing the freedom of action of individuals. Von Mises’s claim about bureaucracy always stands the test of time.
But the intervening capacity of the countries of the European Union goes far beyond the limits of the Welfare State. For two reasons: because the economies of European countries – think of Germany, France or Spain – are, by tradition, economies subject to multiple regulations; and because the political architecture of the European Union multiplies them.

1) How long can the current crisis last? And
2) What economic features will the world economy present after the crisis?
The important thing, however, is not the duration – crises always come out – but the configuration of the world order once the disturbance has been overcome. To limit the damage of the financial storm, the governments of many countries have recapitalized, with public money, multiple institutions of the financial sector and some of the real sector. They have, therefore, been deprivatized.

An increasingly populated world, with rapidly developing regions, is a world that requires more and more energy, as shown in Table 1.
As can be seen, in the course of a quarter of a century world demand will have increased by 45%, but energy sources will not have experienced great variations: coal, oil and natural gas, which now account for 80% of total energy demand, they will constitute, in 2030, 81%. Therefore, it will continue to depend on non-renewable fuels, oil will continue to be the main energy source, although its percentage of participation has decreased, and, together with gas, they will provide 52% of total demand.
Behind this increase in demand for primary energy is the expected growth of the Asian countries.
The question that must be asked, when arriving here, is whether the primary energy that the world will need in the coming years will continue to depend on fossil fuels, non-renewable, and polluting, or if it is convenient for the net importing countries of these fuels expand their power generation through nuclear plants. Because, in the first case, energy markets will continue to be dominated by fuel producers, especially oil producers; and, in the second, and after a few years – the maturation period of the plants is long – it is possible that the tensions in those markets will ease.
But there is something else that needs to be done: achieving substantial energy savings, both in production and consumption. In other words, improving energy efficiency by reducing the income elasticity of energy demand.

Globalization in itself arouses protectionist reactions: in developing countries because they consider that the freedom of capital movement has caused them major problems; in developed countries because the relocation of production, driven by very wide wage differences, affects employment in certain sectors and, furthermore, reduces the remuneration of the less qualified labor force.
These tensions, which have been vibrating for a long time, have now been added to those caused by monetary mercantilism and the drive of sovereign wealth funds.
Nothing would be less convenient for the world economy if a trade war broke out between the United States and the Asian countries because, in the current situation of interdependence, they would all lose out. But it must be understood that the US trade deficit, 711.6 billion dollars in 2007, is a generator of problems in the search for multiple solutions.
China and Japan are the major creditors of the United States and that, at the end of October 2008, China had 652.9 billion dollars in US Treasury securities, and Japan, 585.5 billion dollars 152. The two countries were, therefore, the two major creditors of the Treasury, although their investment in the United States goes far beyond these types of loans.
It is never easy to act against the interests of three main lenders, but in any case the situation described is approaching an unstable equilibrium that carries risks of an explosive nature.

Illegal immigration is today one of the great problems that beset the governments of destination countries; Furthermore, a problem that in the case of the European Union acquires a regional dimension because, to the extent that a country toughens its policy towards this type of movement, immigrants without documentation try to move to another country with less severe rules. And it must be assumed that, in coming years, the measures that the different governments adopt will become even tougher because the rejection of the indigenous populations – considering that this immigration endangers their jobs, for fear of an increase in crime. or by simple xenophobia — it will become more explicit. In public, citizens of most western countries tend to show their understanding of such movements; in private, complacency disappears, and let’s not forget that voting is a private act.
These flows are very likely to increase in the coming years. Let us not forget that the factors of impulse and attraction, to which reference has been made, will continue to influence migratory movements; that is, the migratory pressure will not decrease. But it should not be forgotten that, most likely, the majority of destination countries will increasingly filter the granting of residence and work permits to future emigrants because they are increasingly required by their citizens. Then it must be assumed that the difficulty of entering and working legally will result in an increase in illegal immigration. Towards the future, therefore, it is very likely that emigration flows will continue, and at times accelerate, with a high proportion of illegal immigrants and, therefore, with growing social problems for the receiving countries.

Citizens of almost all countries, and again of continental Europeans, increasingly distrust governments, governments they consider mendacious, fickle and unreliable: they do not tell the truth, for which they use and abuse verbiage; they flatly affirm what, after a certain time, they will flatly deny; their actual purposes sometimes have very little to do with the statement of those purposes. It will be very difficult, therefore, to convince voters of the need for such a change, assuming the previous great political agreement, because many of those voters will consider that they are being deceived once again. And let us remember, for example, that, in Spain, and with respect to the subject at hand, in a very few years, it has been considered that the retirement age of civil servants and workers should be anticipated, so that they could enjoy a «well-deserved rest», To cherish the idea of prolonging it.
It is possible, and desirable, to be able to change the rule in the sense advocated by the OECD, but the transition will be very difficult and, at times, impossible.
Auguste Comte, a 19th century French philosopher and father of the term «sociology,» is credited with the phrase «demography is destiny»; a destination, in our time, full of dark clouds and multiple uncertainties.
The anticipated accelerated technical evolution will help to solve many problems in our world, both personally and economically and socially, but it may also generate many other problems.

The rapid advance of information and communication technologies (ICT), clearly perceptible progress since the last third of the last century, has enhanced global connectivity, understood as the ability to quickly interact between people, companies and institutions, many of them they are located in different, and sometimes distant, countries.
Moreover, this capacity for direct relationship has given way to economic globalization, that is, to transnational transactions being able to take place extremely quickly.
In 2020, Covid-19, a pathogen that first infected an area of China (Wuhan) and that has spread throughout the planet. It is a highly contagious and sometimes fatal virus. At the end of September 2020, 30 million long infections and an approximate million deaths 245 have been recorded in the world.
With no available antidote, for the moment, the governments of all countries have opted, with greater or lesser urgency, for the protection of their citizens, which has meant, at first, the confinement of families in their homes and border closure. It is, above all, about avoiding infections.
But, although the measures have been made more flexible – and always under the threat of a very broad confinement – the economic effects are visible because this situation hits, time and again, both the national economies and the global economy.
Confinements, restrictions on mobility and fear of contagion have affected all the world’s economies by generating serious supply, demand and uncertainty disruptions.
The supply crisis arises because restrictions make it difficult to produce and deliver a series of goods and services: vehicles that take time to complete because some of their parts are manufactured in different countries, clothing made with fabrics of multiple origins, transportation services that stumble with different regulatory obstacles… In general, what characterizes supply shocks are delays, delays that generate, of course, financial losses.
Much broader, and with more forceful economic effects, is the demand crisis: goods and services are offered that face a very limited demand. And the first example is international tourism.
Spain is a country particularly affected by the crisis, since a good part of the tourists who visit us are «sun and beach», with prolonged stays in certain areas and visits, of varying duration, to join the many festivities that are offered throughout the Spanish geography.
But, in addition to affecting international tourism, the demand crisis also derives from restrictions on people’s mobility and the fear of contagion. Within the same country, its citizens travel less, from one area to another, and restrict their social life for the reason already mentioned.
From this point of view, the demand crisis affects, with greater intensity, the countries in which the «culture of gathering» predominates, countries in which the majority of their citizens usually meet in bars, cafes and restaurants to celebrate certain events or simply to chat about various matters.
The third of the crises outlined is the crisis of uncertainty and affects consumption and investment decisions.
Private consumption – the fundamental component of demand – has already been declining, globally, as a result of the widespread economic collapse and rising unemployment. But, in addition, the omnipresent uncertainty has led to an increase in savings rates: households prefer to save, as much as possible, given the multiple doubts caused by the pandemic.
This global economic contraction will mean a general deterioration of the other economic variables, especially the level of employment and the financial situation of most of the countries.
Will these forecasts be fulfilled? The prognosis is shrouded in doubts, no matter how many variables are taken into account. For two reasons already announced. In the first place, because we do not know when the antidote that blocks the action of the virus will be available; we do know that the longer their arrival is delayed, the general economic situation will worsen. Secondly, because this epidemic is different from the ones that history shows us: there has never been an epidemic that, in a world of high personal mobility, forced it to be greatly reduced.
We know, of course, that while the effects of the virus last, the economic and social damage will be considerable, but we know very little about the subsequent phase and the capacity and pace of recovery of the different countries.

The governments of the European Union agreed to put into operation an aid plan through the increase of the budget and the issuance of debt backed by the budget. Its basic characteristics are the following 249:
– The special aid will reach 750,000 million euros, destined to support what is called «Next Generation EU».
– The funds will be distributed in the 2021-2022 biennium.
– A «Recovery and Resilience Mechanism» is established, through which 90% of the total amount will be channeled, that is, 672,500 million.
– Of that amount, 360,000 million will go to loans and 312,500 million to grants.
– In order to grant the subsidies, the percentage of the population, the GDP per capita and the level of unemployment will be taken into account, with reference to the period 2015-2019.
– The objectives pursued, with the plan, are to strengthen the capacity for growth, job creation and the economic and social resilience of the member country, all with a view to completing the ecological and digital transition.
The decision taken – to facilitate the recovery of the economies hardest hit by the infection – seems logical, since the economic collapse of one part of the Community market would undoubtedly affect the whole.
But, without a doubt, it will be the implementation of the Plan that will make it possible to assess its effectiveness and check whether the major economic imbalances in the countries receiving aid have been corrected.
Facilitating growth should be the objective of the policies that can be applied, because without growth it will not be possible to reduce the high unemployment rate or achieve fiscal consolidation in the medium term. And growth should be based, in our opinion, on facilitating the expansion of private companies and export companies.

Economic activity, national and international, will not normalize, as has already been pointed out, until an effective vaccine forms a wall against the virus. Meanwhile, the different economic policies will probably tend to avoid their worst effects.
After this phase, the normalization of economic activity will not be, in our opinion, uniform, because the recovery will depend on the depth of the damage caused and the structural weaknesses of each economy. Therefore, recoveries in V will not be the rule, but the exception.
In the first place, the process of digitization of economies will continue and, probably, at an accelerated pace. Digitization means that a good part of the economic activity runs through the global network; that, in short, electronic commerce, the use of trading platforms and electronic transactions of all kinds will be promoted.
Two reasons support this forecast.
The first: the digitization process has already reached substantial levels in much of the world. The second reason is quite clear: the pandemic has shown that teleworking, online education and various other teleactivities have made it possible to overcome, in multiple fields, the obstacles derived from distance and confinement.
The digitization of economic activities also allows reducing costs and increasing competitive capacity. However, it does need specialized human capital and therefore expels the non-specialized.
The almost inevitable result of digitization is the disappearance of physical money (I think this will take time to happen in my opinion), a trend that was already observable before the virus and that the pandemic has accelerated, as the idea spread that banknotes and coins could be routes of contagion. And, therefore, it must be assumed that, in the not too distant future, the transactions will all be electronic, with a preponderant role of mobile phones, through which any type of transaction will be paid, credited and carried out.
Reindustrialization is another of the objectives that many of the western governments, and especially those of the countries of the European Union, will promote. In the European case, it is not a new issue, since the European Commission has been advocating it for some time.
In 2012, and given the general reduction in the weight of the industrial sector in several of the member countries’ economies, the Commission insisted on the need to strengthen the industrial sector in each country until reaching 20% of the Domestic Product by 2020.
For the Commission, the European economy should have a strong industrial sector, given its multiplying capacity for employment, innovation and growth. Something that has changed with the pandemic.
Distance matters and can pose supply problems and, even more so, productive fragmentation, taken to the extreme today, can cause major problems in a global world, sometimes sprinkled with notable political tensions. For this reason, it must be assumed that, gradually, a certain nationalization of industrial sectors will be generated.
We must also assume that, to maintain competitive capacity, many of the new companies will use robotization: they will replace workers with increasingly intelligent machines.

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